• juan carlos reyes cruz
JCRC
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  • País: Chile
 
                                                                      Fragmentos   Ensimismado el violinista frotó el arco con pasión arrebatada sobre las cuerdas dispuestas de su amado Yamaha, dejando notar todo el numen de su alma prisionera en ese impetuoso inicio del espectáculo. Tras su  apasionada interpretación se sumó talentosamente un resto de la sinfónica, llenando la totalidad de la bóveda con una voluminosa melodía en concierto de solistas, provocando en la sensibilidad del auditorio un estado patético y erizante, emocionalmente muy cercano a un  vertimiento de lágrimas. Constanza, sentada a mi lado en la platea, sin poder evitarlo, puso su suave, delicada y marmórea mano sobre mi antebrazo y me apretó con fuerza, dejando en evidencia que se había conmovido de la misma manera como yo, con esas primeras notas de la música, haciéndome pensar, paralela y entusiastamente, que era ese el camino por el cual podríamos hacer transitar nuestros entendimientos futuros…  
Te vas… Te vas…   Ciertamente no fue una tormenta, pero cayeron profusas gotas desde el cielo y el silente adoquinado de la callejuela hizo brillos con el agua recibida.   Ambos ocultamos la mirada y al tiempo que diste la vuelta y te alejaste amparada bajo tu negro paraguas, tu dulce forma se fue desvaneciendo en la bruma y el sonido de tus tacos se perdió entre el murmullo de la lluvia.   En medio de la soledad quise encender un cigarrillo pretendiendo ocultar el adiós entre algunas volutas de humo y una tóxica embriagues tabaquera, pero mis manos húmedas temblaban de frío y no pude dar lumbre al cerillo.   Por mi espalda se deslizó una gélida sensación de abandono.
                                                                         En el armario.   Enamorado empedernido, fiel admirador de la belleza femenina, de su dulce debilidad física, la grácil y armónica línea de sus curvas, el encanto esparcido por sus naturales fragancias, el maravilloso estilo de lucir su elegancia y la tierna manera de corresponder sus sentimientos. Les he entregado mi corazón en innumerables ocasiones y les he mostrado una admiración manifiesta a muchas desconocidas. No me arrepiento y en semejante sentimiento se han coludido maravillosamente satisfacción y  orgullo. Sin embargo, mi corazón tiene algunos recovecos en el armario de sus recuerdos y, secretamente,  un par de varones se ganaron merecidamente un pequeño espacio en él. Tampoco me arrepiento.                                                            
Últimamente, en mis íntimos instantes, me ha rondado el fantasma de la muerte, pero no precisamente me atemoriza que el filo de su guadaña me roce o desgarre la piel de las piernas y que yo, desesperado,   le esté huyendo.   Después de todo, por mí, ella y yo juntos, podemos irnos a la mierda.   Sin embargo, obsesivamente se ha instalado en mi consciencia la inevitable cercanía de su presencia…   Razón por lo cuál ya no es cómodo desconocer día y momento de mi muerte pues seguro estoy   que saberlo me daría una paz diferente. .
Soy un tonto; me da igual. Tú ya conoces mi tragedia…   A solas con mis sueños reconozco mi estupidez y hasta soy capaz de burlarme   de mi desfigurado rostro en el espejo.   En el reflejo de la realidad se forma la patética figura de mis restos y la evidencia protesta por la imagen basureada.   Sin embargo, el marco de mi silencio se forma con recuerdos, melodías hechiceras, fragancias cautivantes    e infinitas luces de colores donde espléndida, deliciosa y bella, te sitúas en el centro de un  adecuado proscenio que te convierte en protagonista irremplazable.    Es la escena precisa que me acepta grotesco en mi indigno papel, donde hieres mi alma con indolencia,  arrastras mi orgullo por la suciedad y empequeñeces a mis sinceros sentimientos.   Pero ya no existen más opciones y solo queda colorear estos ridículos y hermosos sueños contigo que me brindan gozo,   esbozan una sonrisa en mi rostro y envuelven a mi alma en una lúdica esperanza.  
Bajo el regazo de la nostalgia he descubierto un viejo túnel impregnado con reminiscencias tuyas, en fragancias de tiempo, aromas de tu cuerpo, susurros juveniles y miradas llenas de encanto.   En la vuelta de una curva, apoyada con desdén en uno de los rancios muros empedrados, tu imagen provocadora me espera misteriosa, esbozando en tus labios un culpable mohín de inocencia parapetado tras una sonrisa encantadora, como una araña en su red esperando su presa.   Tu dulce mentón, apoyado en tu brazo en descanso, finge un tremor   y me invitas en silencio a deambular junto a viejas melodías que pululan fantasmales por la espesura de la añejada atmósfera de aquel túnel pleno de recuerdos…   Los sueños son míos y la libertad me permite llevarles a tierras insospechadas.      
Dagas con hojas de acero indolente y de filos mortales, empuñaba la brisa aquella otoñal, pero  soleada mañana de Junio, cuando en medio de circunstancias injustificadas y triviales, el viejo tomó la escoba y comenzó a barrer y amontonar las hojas secas esparcidas en el vasto prado extendido en frente de su hogar humilde. Mas, a tan solo unos pocos segundos de haber iniciado su faena, la fría brisa arreció, penetrando con su ostentado hielo en lo más profundo del umbral de su alma, congelando sin piedad su corazón ya debilitado por tanto tiempo. Como una más de todas aquellas hojas secas acumuladas en ese desamparado jardín, su frágil cuerpo se fue desplomando lentamente para caer sobre el césped. El ingrato Otoño, la brisa fría y los tantos años recorridos, le habían quitado la vida En sus últimos días había pensado y temido profusamente que llegara ese acontecimiento; hasta se lo había imaginado. Sin embargo, para su mayor desgracia, al llegar éste, ni siquiera tuvo la certeza plena para conocer que aquel fue su momento.  
Estoy atado a tu recuerdo con una suave cinta verde de satín, caprichosamente en silencio y obstinado con las pocas bondades que siempre me bridaste; como si mi corazón construyera mentiras, o como si fuere yo un mendigo sin abrigo. Me amparo en la débil sensación de tibieza que me dejaron tus labios ardientes, o con el intenso brillo de tus ojos pardos que iluminaron el trayecto perdido de nuestro egoísta pasado. No obstante, mi más profusa evocación se anuda irremediablemente a la inolvidable fragancia de tu marmóreo y escultural cuerpo adolescente que ahora percibo en todo mi tiempo, en cada uno de mis actos y en los anhelos del resto de mi senda. ¡Cuánto te extraño después de tantos años!
En el sótano de mi alma  y prisionero de las leyes de mi constitución, el fantasma de mis anhelos sufre...entre pasos cansinos y muros de piedra, reviviendo con sueños secretos el lejano tiempo pasado,con la hermosa máscara de tu rostro y el traidor sabor de tus besos. El intenso dolor de mi presente es una tortuosa condena y quisiera cambiarla por el sufrimiento de tu presenciapara respirar el fantástico perfume de tu cuerpo que se burló siempre de todas mis soledades.
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Un deseo.
Autor: juan carlos reyes cruz  46 Lecturas
Había sido una de aquellas noches de dormir inquieto en la que había despertado incómodo más veces de las acostumbradas. Molesto me había  revolcado una y otra vez en la cama intentando recobrar el sueño y en cada intento buscaba ver los números rojos del reloj digital esperando que pronto fuere la hora para levantarme. Cuando marcó las 7:00 tiré las piernas fuera de la cama y me alcé resuelto para ir hasta la cocina y prepararme un delicioso café acompañado por unas sabrosas  tostadas untadas con mantequilla. Me cubrí con mi bata de franela y me calcé las viejas pantuflas de cuero marrón que tanto me aliviaban de la incomodidad de mis pies. Ya aterrizado en la planta baja, percibí cómo una incipiente lluvia se dejaba caer suavemente, golpeteando con sus gotas en los cristales del ventanal.   Fue en ese mismo instante que sonó un toc toc en la puerta de entrada. Era demasiado temprano para haber esperado a alguien. Asomé la mirada por la ventana y, entre los hilos líquidos que se deslizaban sobre el vidrio, vi a una elegante mujer envuelta en un entallado sobretodo merengue que iluminaba su bella figura. Su mano enguantada quitó los cabellos desordenados que cubrían su mejilla y tuve, entonces, la oportunidad de notar la frescura y dulzor de su rostro. El impacto que me provocó su hermosura hizo que estirara rápidamente el brazo y abriera completamente la hoja de la puerta. Su sonrisa diluyó el gris de la mañana y un brillo platinado adornó su voz cuando me dice juguetonamente: --¡Surprise! Quedé atónito. Era imposible que aquello fuera realidad. Era tal como siempre la había imaginado; su aspecto, su personalidad, su gracia, su encanto… Una sola cosa de ella nunca había tenido el placer de conocer: Su verdadera voz. Porque todo es posible referir con palabras, pero reproducir sonidos, melodías y voces quedarán siempre solo a merced de una directa interpretación. Sin embargo, demás puedo decir que la voz de ella era cálida como su sonrisa. --¿Puedo pasar? --Por supuesto. Perdón. ¡Adelante! Me hice hacia un lado y de inmediato le señalé el sofá. --¿Quieres tomar asiento? Encendí las luces de la sala. --Disculpas por éste desorden y por mi facha*. Lo cierto es que no estaba preparado para recibir a alguien… Me disponía a tomar un café… ¿Me aceptarías uno para ti? --¡Si, me encantaría! Con un ágil movimiento se despojó del abrigo, quedando con su negro traje de fino corte que la puso como dueña de la situación. Con semejante arrojo terminó desbaratando mis defensas. La luz del entorno se hizo indefinida y me sentí flotando en ese denso y angustioso ambiente. La miraba una y otra vez, perplejo y sin tener una claridad para enfrentarla, con mil preguntas atropellándose en mi garganta. Los minutos que siguieron fueron una brisa impetuosa que, sin darme cuenta, no dejarn huellas claras. Al parecer fui y regresé repetidas veces hacia la cocina hasta que el agua hubo hervido y serví las dos tazas de café ofrecidas. Recuerdo, también,  haberle oído preguntar cómo había estado yo en los últimos días y, si acaso, no me habría topado con algunas complicaciones que alteraran mi quietud.  Mis respuestas fueron rápidas palabra solitarias y, repentinamente, estuve sentado enfrente suyo, con las tazas de café humeantes sobre la pequeña mesita central. Embobado y nervioso clavé mis ojos en los suyos, tranquilos, brillosos y hermosos --Te miro y no lo puedo creer, ni entender – le dije con una voz trémula. --¿Qué es lo que no entiendes..? Pregúntame. Sabes quién soy ¿Verdad? Y quieres saber qué hago aquí. No tuve el valor para responder, pero mi mente lo sabía. --La necesidad me ha traído a buscarte – dijo quedamente, ocupando el espacio de mi silencio. Prosiguió con un tono adolorido: —Me has abandonado con indolencia… Lanzaste mi vivir al basurero como la nada y tengo ahora mis anhelos en un limbo. Olvidaste con odiosa facilidad que fui la ninfa que llenó tus sueños, la que respondió a las inquietudes de género que se manifestaban en tu mente, la que allanó tantos vacíos. Recuerdo que mirabas mis facciones con tanto orgullo…En general sentías un enorme orgullo de mí…   --Eras solo un personaje que creé… --¿Tan solo un personaje..? ¡Qué triste! Me diste un rostro, una personalidad, una familia, un entorno… --Fueron solo fantasías… También tenía el derecho de concluir todo a mi libre antojo. --Sin embargo, dejaste que me involucrara con personas vivas. Opinaba; dejabas que planteara verdades y yo las defendía. --Eran mis verdades. --Dichas con mi nombre. Que tú inventaste, pero no te responsabilizabas… Acéptalo; me eliminaste cruelmente. --No tuve más alternativa porque te trasformaste en una telaraña que acabó por atraparme. --Entiendo. Entonces te trasformaste en un dios cuya creación fue solo para tu beneficio. --Como todo dios. --Yo no soy un dios, pero tendré el privilegio de vivir en tu conciencia y, de alguna manera, ello me otorgará un maravilloso poder sobre ti. -- ¿Qué me harás? --Seguirte eternamente donde quiera que estés. Con un movimiento fuera de lo normal desplazó toda su figura, apoyó una de sus rodillas sobre la alfombra, estiró su brazo encima de la mesita y tomó mi mano con la suya mostrando  un digno gesto de humildad. Apretó los dedos de la mano que me tenía tomada y me jaló con fuerza. -- Te llevaré por el inframundo de la locura, en donde la imaginación lo puede todo… Dices que todo fue una locura. ¡De acuerdo! Seamos locos y dichosos como entonces… Solo quiero que no me dejes nunca más ¡Por favor..! La luz de la sala se desvaneció y la figura de ella danzó en el aire en medio de mil haces luminosos irradiados desde su cuerpo, ahora vestida con un pequeño blusón de tul blanco y transparente que insinuaba nítidamente su armoniosa y dulce figura, notándose sus diminutos pezones color de miel, el coqueto lunar en su cadera y todo el mágico nácar de su piel. Sonreía como siempre, encantadora y en paz. ¡Crip, crip, crip..! Un extraño y persistente ruido interrumpió la calma reinante y noté en mi rededor una profunda obscuridad. Mi vista circuló con avidez por entremedio de los laberintos de la tiniebla buscando desorientado una forma o una razón y tras un lapso de angustia, divisé una ceniza cabellera desgreñada y una espalda encorvada sentada al borde de la cama. Era mi anciana esposa que movía sus brazos en una acción que supuse era el motivo del ruido persistente. --¿Qué problema tienes, mujer? --Estoy ventilando ésta bolsa infame. Está muy inflada, llena de porquería…  Perdóname si te desperté. Su “bolsa” era el dispositivo de colostomía que evacuaba sus heces, ya que hacía poco había sido intervenida con una cirugía por un cáncer en su colon. Era una incomodidad que últimamente le arruinaba completamente toda su vida; y a mí me destruía la felicidad. --No importa—le contesté – Estuvo bien que me despertara, pues estaba teniendo una pesadilla.                                                                                                   F  I  N    
                                    El bien contra el mal. He conocido uno solo de los tiempos descritos en la existencia universal y en él he podido notar cómo el bien y el mal se disputan inclementemente la presa... Nunca he podido definir cuál de ambos tiene la prevalencia. Por un lado se habla de la fé y, por el otro, la nada solo es una tumba olvidada.
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Odiar.
Autor: juan carlos reyes cruz  213 Lecturas
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Poseerte.
Autor: juan carlos reyes cruz  106 Lecturas
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No...
Autor: juan carlos reyes cruz  75 Lecturas
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Sueños
Autor: juan carlos reyes cruz  186 Lecturas
Yo: --Al despertar hoy por la mañana, tomaste de mi rostro y me dijiste: Tú: --"Quédate así como estás, dulce y ansiosa como si fueses navidad, frágil  como una volátil burbuja de jabón, radiante como el amanecer de primavera, temblorosa de emoción, la sensación desnuda y erizada la piel. Quédate un instante más; duérmete entre mis brazos inmersa en tu sueño junto a tu ansiedad, esperando al placer. Cierra tus ojitos y dispón la excitación de tus labios para mí,  para conjugarlos con mis anhelos, mis susurros y mis verbos. Quédate suavemente en silencio para hurgar en tu corazón la pasión, las caricias    y todo el caudal de urgencia que en él palpita. Entrégame la quietud desvestida de tu alma estimulante, tu envolvente aroma de mujer y el temor de tu inocencia. Quédate ensoñada entre mis brazos para volcarme por entero muy dentro de tu excitante esencia…”  Yo: --Tras tu tierno susurro en mi ardor, con dulzura, hicimos el amor.  
                           Deja que te sueñe. Dame los instantes de tu tiempo como si fueren las migajas de tu pan. Óyeme mencionar tu nombre como si fuere un llamado de auxilio. Rosa mis labios con los tuyos como si fuera un accidente. Pon tu mano en mi mejilla solo para cerciorarte que todo es cierto y no te incomodes porque la aprieto contra mí. De estos sobrantes minutos tuyos haz que yo viva el resto de mi vida. Deja que me engañe con tu mentira, porque mi sueño es tan aventurado y amplio   que mi castillo lo puedo construir solo con tus sombras.    
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