• Roberto Gutiérrez Alcalá
RAGA
Mexicano. Autor de los libros de cuentos La vida y sus razones y El corrector de estilo.
  • País: Argentina
 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Los aullidos de la sirena de aquella ambulancia rasgaban el aire como si fueran los lamentos de un ave prehistórica en agonía. El conductor dio un volantazo para esquivar el auto que tenía delante y que no se decidía a ir a la derecha o a la izquierda, y aceleró; sin embargo, pronto debió frenar otra vez. A esa hora de la tarde, el tráfico en la ciudad –y especialmente en esa avenida- era apocalíptico. El conductor alargó el cuello para mirar más allá de unos arbustos marchitos y, resuelto, pisó hasta el fondo el pedal del acelerador. La ambulancia cruzó el camellón entre tumbos y se incorporó al carril opuesto, que en ese momento estaba menos congestionado. Una camioneta que circulaba por ese carril frenó en seco al verla venir de frente, por lo cual el auto que la seguía a escasos metros se estrelló aparatosamente contra su defensa trasera. La ambulancia pasó a un lado, ululando sin piedad. El conductor sintió cierto remordimiento por haber ocasionado aquel choque con su más que audaz maniobra, aunque casi de inmediato se sobrepuso. Con el puño de una mano se quitó las gotas de sudor que le resbalaban por el rostro tenso y de nuevo se concentró en su único objetivo: llegar lo antes posible al hospital. La ambulancia avanzó en sentido contrario, mientras los vehículos con que se topaba disminuían su velocidad y se orillaban para no interrumpir su desaforado recorrido. En el cruce con otra avenida, la situación volvió a ponerse fea. El conductor, entonces, enfiló la ambulancia en dirección al punto por el que algunos autos y camiones iban pasando como en cuentagotas, de uno en uno, y con el poder que le confería la aulladora sirena y la cruz roja pintada en los costados y el cofre logró meterse en ese embudo vial y salir airoso de él. Los minutos transcurrían y aún se encontraba lejos del hospital. Si no se apuraba, el desenlace podía ser fatídico. El conductor no lo ignoraba. Desesperado, tomó un atajo. Dos transeúntes que se disponían a cruzar la calle por donde la ambulancia transitaba ahora tuvieron que saltar hacia atrás para no ser arrollados por ella. En la esquina, el conductor giró a la derecha y aceleró, aceleró, aceleró... Al cabo de un rato divisó, a lo lejos, el edificio principal del hospital. Apretó los dientes y también, con las manos, el volante. “Ya mero, ya mero”, repetía con angustia. Los autos de adelante se abrían a derecha e izquierda, como un abanico metálico, para dejarlo pasar. Todavía estuvo a centímetros de golpear un camión de pasajeros, pero su pericia lo salvó. La ambulancia subió una pequeña rampa y con un rechinido de llantas se detuvo junto a la puerta de Urgencias. Y urgente, apremiante, perentoriamente, el conductor abrió la portezuela, bajó del vehículo y a trompicones, como quien va en pos de algo muy valioso que se escapa, corrió rumbo al escusado más cercano para vaciar el vientre.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Enrique me habló por teléfono ese sábado en la tarde para invitarme a una fiesta en casa de su novia Clarita. Acepté. El ambiente era bastante aburrido, pero había cervezas y yo estaba de buen humor. Por eso concluí que lo mejor sería platicar con la mamá de Clarita. Enrique ya me había hablado de ella. Cogí una cerveza y fui a sentarme a su lado. La buena mujer intentaba llevar el ritmo de la música con los dedos y sonreía. Al verme, sonrió más. -Hola. -Mucho gusto -dijo. -¿Me puedo sentar? -Oh, por supuesto. -Oiga -dije luego de acomodarme en una silla de metal-, ha llegado hasta mí la especie de que a usted le huele la boca. ¿Es cierto? La mujer dejó de chasquear los dedos, apretó los labios y, cohibida, musitó: -Bueno, no sé..., creo que sí. -A ver, sópleme. La infeliz me hizo caso. ¡Virgen Santísima! Su boca era una auténtica cloaca. La sometí a un exhaustivo interrogatorio: -¿Nombre completo? -Clara Benavides Iturriaga. -¿Edad? -Cuarenta y tres años. ¿Ocupación? -Repostera. -¿Estado civil? -Divorciada. -Lo suponía. -¿Cómo dice? -Dije que lo suponía. Según usted, ¿cuál fue el motivo de su divorcio? -El desgraciado me engañó con otra. -Señora mía, ésa fue la consecuencia. El verdadero motivo de su divorcio radicó en el hecho de que a usted le apesta el hocico. -¡Oooh! -Cálmese. -¡Oooh! -Le digo que se calme -casi grite mientras la zarandeaba con fuerza. -Sí, sí... -Lamento haberme portado un tanto brusco con usted, pero era necesario. -No se preocupe -dijo comprensiva. Yo le di un trago a mi cerveza y enseguida ordené: -Tráigame su cepillo de dientes. -¿Mi cepillo de dientes? -¿No entiende el español? -Sí. -Entonces sea obediente y tráigamelo. La señora Benavides Iturriaga se levantó de la silla y se dirigió a la escalera que conducía al segundo piso de la casa. Movía sus voluminosas caderas con soltura. Yo fui por otra cerveza. Al rato, la señora Benavides Iturriaga regresó. Empuñaba en la mano un grotesco cepillo de dientes con las cerdas dobladas hacia fuera. -Escóndalo, no sea cínica -le susurré al oído. -¿Por qué? -¡Cómo que por qué, insensata! No ve que ese cepillo es una auténtica porquería. -Es que no he podido comprar otro. -A ver, déjeme revisar sus dientes. La señora Benavides Iturriaga echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca. Yo recordé que tenía un palillo usado en la bolsa de la camisa, lo tomé y con él comencé a raspar aquella horrenda dentadura. Al cabo de unos minutos logré sacar varios pedacitos de carne putrefacta y cantidades industriales de sarro. -Terminé... Su caso es patético. -¿De veras? -Señora mía, ¿conoce el hilo dental? -Sí. -Entonces, ¿por qué diablos no lo usa? -Es que... -Nada, nada. Asuma su responsabilidad con valentía y acepte que usted es una pinche vieja descuidada. Sólo así, derrotándose, podrá salir otra vez a la superficie y triunfar. Aquellas palabras fueron demoledoras: la señora Benavides Iturriaga se soltó llorando a lágrima viva. Algunos invitados a la fiesta voltearon a vernos y cuchichearon quién sabe cuánta cosa. Mi filípica surtió efecto. Todavía con lágrimas en los ojos, la señora Benavides Iturriaga me vio fijamente y dijo: -Tiene razón, soy una pinche vieja descuidada. Pero, créame, cambiaré... Mañana mismo voy a comprar el mejor cepillo de dientes y el más fino hilo dental... Asistirá al nacimiento de una nueva mujer. Yo no pude menos que sonreír satisfecho. Arrastré mi silla al centro de la sala, me subí en ella y anuncié: -¡Hey, muchachos, la doña ha prometido estrenar cepillo de dientes y usar hilo dental después de cada comida! ¡Un aplauso para ella! ¡Se lo merece! La concurrencia me miró primero sorprendida: luego, siguiendo mi ejemplo, aplaudió con desgano. La señora Benavides Iturriaga sacó el pecho orgullosa y comenzó a hacer caravanas a derecha e izquierda. Se veía contenta, feliz.                                       De El corrector de estilo
Por Roberto Gutiérrez AlcaláSe llamaba Petra, pero todos le decíamos Petrita. Era pequeña de estatura, morena y prognata. Durante muchos años había trabajado como enfermera en distintos hospitales del gobierno. Ahora estaba jubilada y vivía con su esposo y sus dos hijos varones en la planta baja del edificio dos.   Cuando yo jugaba futbol y me raspaba o abría una rodilla (lo cual sucedía más seguido de lo que hubiera deseado), siempre acudía al llamado de mi abuela para curarme.   Entonces subía lentamente las escaleras, jadeando, sofocada, hasta el quinto piso del edificio uno, donde mi madre, mi hermana y yo habíamos encontrado asilo después de la separación.   Limpiaba la herida con agua y jabón. Luego le ponía agua oxigenada, le agregaba polvos de sulfiatazol y la cubría con una gaza. Todo lo hacía con sumo cuidado y destreza. Al cabo de dos o tres días regresaba, cambiaba la curación y pedía que me cuidara.   Alguna vez la vi salir de su departamento a toda prisa, gritando, perseguida por su marido ebrio, que blandía un rifle como si hubiera estallado la revolución.   Otro día, un 10 de mayo, en la mañana, nos la encontramos al pie de las escaleras. Íbamos de paseo. Ella lloraba, aullaba. ¿Qué pasó? Su hijo Pedro se había matado en un accidente de carretera.   Yo hubiera querido decirle algo, algo, algo, pero no supe qué.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Petrita
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  444 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Cuando yo tenía ocho años, mi padre echó por la borda a su mujer y sus dos hijos. Digamos que a él no le apasionaba ir al supermercado, pagar colegiaturas, regar el jardín, poner el árbol de Navidad. Lo suyo era la música y el alcohol (no necesariamente en ese orden). Ya libre de obligaciones familiares, a veces me llevaba a su nueva guarida -el departamento de su hermana- a pasar el fin de semana. En la noche del sábado, mientras cenábamos, veíamos en la televisión (en blanco y negro) un juego de futbol o una pelea de box. Luego, yo me iba a dormir y él se quedaba a oscuras, en la sala, pensando, pensando, pensando, con una cerveza en las manos. Mi padre no la pasaba nada bien entonces, de eso estoy seguro. Había tirado por la borda a su mujer y sus dos hijos, y algo así se paga con dolor y remordimientos y un montón de angustia. Muy temprano, el domingo, una suave ráfaga de viento acariciaba mis oídos: la Mattinata, de Leoncavallo, interpretada por Di Stefano.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá El hedor se escapaba a través de la rendija inferior de la puerta. No había manera de que los vecinos no lo percibieran al subir o bajar las escaleras del edificio, incluso si se tapaban la nariz con el dorso del brazo o con un pañuelo. Surgía, inclemente, de la orina mezclada con kilos de excremento de los más de treinta gatos que vivían hacinados en ese departamento del segundo piso, bajo el cuidado de una anciana enjuta, medio sorda y ya sin olfato. La dueña de aquel gaterío estaba entregada a él en cuerpo y alma. Calzada con unas pantuflas sucias y cubierta con una desgarrada bata rosa, cada tercer día abría la puerta –gracias a lo cual el hedor se esparcía sin freno por el cubo de las escaleras-, bajaba a la calle y se dedicaba a buscar alimento para sus mininos. Cuando regresaba, cargando una bolsa de plástico repleta de cabezas de pollo, el Tuerto, un gato de pelo pardusco que había perdido un ojo en una tumultuosa pelea callejera, ya la esperaba frente a la puerta, relamiéndose los bigotes, mientras sus compañeros yacían sobre los sillones de la sala, o deambulaban por el pasillo y las habitaciones, o intentaban aparearse entre maullidos que semejaban los gritos angustiosos de unos niños aterrorizados. Apenas entraba, la anciana sacaba de la bolsa una cabeza de pollo y se la arrojaba al Tuerto, que la pescaba al vuelo y comenzaba a devorarla con avidez. Al oírla, los demás gatos dejaban lo que estuvieran haciendo y con pasos ágiles y silenciosos se acercaban a ella y la rodeaban, cada vez más desesperados por saciar su hambre. La anciana, entonces, echaba las restantes cabezas de pollo en un rincón de la estancia y se quedaba observando cómo aquéllos se abalanzaban sobre esos miserables despojos y los engullían. Los vecinos habían hecho todo lo posible para evitar que aquel hedor siguiera invadiendo, como un fantasma infernal, el edificio. Primero pretendieron razonar con la anciana, hacerle ver que la insalubridad en que malvivía no sólo la afectaba a ella, sino a todos, y que, por lo tanto, debía deshacerse de los gatos y consentir que un escuadrón de sanidad limpiara y desinfectara su departamento, pero ella se había negado rotundamente, aduciendo que nada ni nadie le impedía tener todos los animalitos que quisiera. También acudieron a las autoridades de la delegación para que tomaran cartas en el asunto, pero éstas les dijeron que, sin una demanda de por medio, no podían ejercer ninguna acción contra la anciana, y como una demanda implicaba mucho tiempo, dinero y esfuerzo, desecharon ese camino. Finalmente se pusieron en contacto con distintas organizaciones protectoras de animales para exponerles su caso y hallar una solución, pero todas les informaron lo mismo: que sin la anuencia de la anciana, no tenían ninguna facultad legal para entrar en su departamento y llevarse a los gatos. Ante tales fracasos, los vecinos consideraron la opción más radical: envenenar a los mininos. Sin embargo, ¿qué ganarían? Si mataban a los cuatro -entre ellos el Tuerto- que se escabullían por la ventana del comedor que la anciana dejaba abierta de tarde en tarde para vagar con displicencia por los jardines o cazar algún roedor desprevenido, el hedor persistiría, inalterado... Tal era la realidad que se negaban a admitir. De cualquier modo pusieron manos a la obra y, más por necedad y frustración que por otra causa, lograron envenenar a tres de aquellos gatos aventureros, los cuales un día, muy temprano, aparecieron muertos al pie de la puerta del departamento de su ama. Ninguno de ellos era el Tuerto. Esa vez, cuando vio los cuerpos inertes de sus amados gatos, la anciana prorrumpió en una andanada de juramentos y maldiciones; al cabo de unos minutos los metió en un costal, arrastró éste hacia el interior del departamento y azotó la puerta. Esa noche, un coro de maullidos dolientes y macabros impidió que los vecinos conciliaran el sueño. A la mañana siguiente, lo primero que hizo la anciana fue cerciorarse de que la ventana del comedor estuviera perfectamente cerrada (ya nunca más la abriría, se dijo); luego sacó del departamento el costal con los gatos muertos, lo depositó en uno de los tambos de la basura que había al fondo del estacionamiento y salió a la calle en busca de las cabezas de pollo. Pasó el tiempo y la situación no varió demasiado. El hedor gatuno que envolvía a todas horas las escaleras del edificio, adquirió el carácter de una invisible presencia maléfica que crispaba los nervios de los vecinos. Pero, a pesar de todo, éstos asumieron que tendrían que convivir con él hasta que algo sucediera. Y, para no pocos, ese algo no significaba otra cosa que la eliminación de la anciana. Algunos pensaron en la posibilidad de un accidente inducido; otros, en una fuga de gas dentro de su departamento; otros más, en una incursión nocturna para clavarle un cuchillo en el corazón... Pero estos pensamientos no eran más que eso: pensamientos, ideas, ensoñaciones que les servían como válvulas de escape de su ira y su impotencia. A final de cuentas no hubo necesidad de que ninguno de los vecinos se manchara las manos de sangre. Hacia el anochecer de un día de invierno, la anciana terminó de merendar unas galletas rancias con una taza de café soluble y se encaminó a su cuarto para tenderse en su cama. El Tuerto y otros gatos la seguían de cerca por el pasillo y en un momento dado se le metieron entre las piernas y la hicieron perder el equilibrio. Al caer, la anciana se golpeó brutalmente la cabeza contra el suelo y perdió el conocimiento. Aunque lo recobró instantes después y consiguió arrastrarse hasta su habitación, falleció en la madrugada, víctima de un derrame cerebral. Unos cuantos gatos –no más de diez- se aproximaron con cautela al cadáver de la anciana, el cual había quedado tendido boca arriba a un costado de la cómoda, y al no advertir ningún movimiento en él, lo empezaron a olisquear y lamer, como tratando de insuflarle vida. El resto permaneció en la sala, la cocina y las otras habitaciones, ajeno a lo que acababa de ocurrir. Cuando los primeros rayos del sol irrumpieron en el departamento, todos los gatos ya sabían que algo no estaba bien. A la mayoría le dio por maullar con más fuerza de la habitual. Entretanto, el Tuerto se desperezó y fue a beber agua a la pileta del lavadero; a continuación bajó de ella, abandonó la cocina y de un salto trepó al alféizar de la ventana del comedor, desde donde se puso a arañar el cristal, como corroborando que por ahí era imposible salir... Hacia el atardecer, el hambre ya había enloquecido a casi todos los mininos, que corrían de aquí para allá, lanzando zarpazos al aire o peleando entre ellos. Sólo el Tuerto se mantenía en calma. Se dirigió lentamente a la habitación de la anciana y se detuvo a unos centímetros de la cabeza de ésta. El hedor de la descomposición de aquel cadáver comenzaba a sumarse al de la orina mezclada con los kilos de excremento desparramados por todos lados. El Tuerto fijó la singular mirada en el rostro de la anciana... De pronto alargó una pata y lanzó un poderoso zarpazo sobre uno de sus ojos cerrados. Un fino hilillo de sangre brotó de la piel del párpado y se deslizó por una de las mejillas. El Tuerto repitió el ataque un par de veces, antes de alargar el hocico e hincar los colmillos en aquella zona. Al sentir el sabor de la sangre en la lengua, un loco frenesí se apoderó de él y mordisqueó con furia hasta que logró desgarrar la piel y vaciar el ojo de la anciana, que se tragó entero. Media docena de gatos cruzaron el umbral de la puerta de la habitación, atraídos por la curiosidad. Cuando vieron al Tuerto hurgando en el rostro de la anciana, aceleraron el paso en dirección a él. El Tuerto hizo el intento de alejarlos: encorvó el lomo y enseñó los colmillos amenazadores. Pero como cada vez más animales llegaban a la habitación, mejor se dio la vuelta y retomó la tarea que había emprendido. El festín se prolongó hasta bien entrada la noche.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Acababa de escapar de sus captores, arrojándose contra el cristal de la ventana de aquel infame cuartucho. Extrañamente, ni su cabeza ni su rostro, ni sus brazos ni sus piernas lucían herida alguna. Sólo sentía dolor en las muñecas de las manos, causado por los trozos de mecate con que lo habían mantenido maniatado durante quién sabe cuántos días, y, también, una terrible hipersensibilidad a la luz del sol por haber permanecido con los ojos vendados desde el momento en que lo metieron en un auto para secuestrarlo. Ahora corría por una calle solitaria en la que se levantaban, a ambos lados, unas casuchas miserables. Aquel lugar era absolutamente desconocido para él. Se detuvo, tomó aire por la boca y volteó hacia atrás. A lo lejos, entre brumas y destellos luminosos, vio que uno de sus captores lo seguía. Impulsado por el pánico y la desesperación, volvió a emprender la huida. A cada zancada que daba, tenía la impresión de que en cualquier instante podía tropezar y rodar por el pavimento. Saltó una barda de ladrillos y se halló en un terreno baldío. Avanzó a trompicones por un suelo irregular, atestado de matorrales secos, piedras y basura. Varias ratas se desperdigaron en todas direcciones a su paso. Empezó a experimentar una fuerte opresión en el pecho por el esfuerzo que estaba llevando a cabo para correr a esa velocidad vertiginosa. Giró la cabeza: su perseguidor ya estaba dentro del terreno baldío y cada vez se acercaba más a él... Llegó al otro extremo del terreno, saltó otra barda y cayó en el patio de una casa de una sola planta. Abrió una puerta de metal y continuó su camino desbocado a través de una cocina diminuta y, después, de una estancia oscura repleta de muebles viejos y olorosos a humedad. Salió a otra calle, tan desierta o más que la anterior, y prosiguió su marcha enloquecida y sin rumbo. El ladrido de unos perros se dejó oír en algún sitio como el estallido de un sinnúmero de cohetes. Desfalleciente, a punto del colapso, les pidió a sus piernas que no lo fueran a traicionar... Miró sobre su hombro izquierdo y escuchó claramente el jadeo de su captor. Pensó en sus hijos, en su esposa, en sus padres, y, como si se tratara de un milagro, sus piernas comenzaron a moverse con la potencia de una locomotora. No lo podía creer... Poco a poco, la distancia que lo separaba de su captor, de aquel criminal cruel y desalmado que tanto lo había hecho sufrir, fue creciendo más y más. Sonrió. El sudor le escurría por la frente, el cuello, el pecho... Más allá, en el cruce de aquella calle con una avenida muy transitada, divisó, con la vista ya completamente recuperada, una patrulla de la policía y, junto a ella, parados, a dos policías que lo miraban con atención. Una alegría inmensa lo invadió. ¡Estaba salvado!, pensó. Cuando estuvo a escasos metros de ellos, sin embargo, comprendió de golpe, por su sonrisa burlona y despectiva, que aquellos individuos uniformados eran cómplices del sujeto que lo venía persiguiendo y del resto de la banda que lo había privado de su libertad. El terror más espantoso que jamás hubiera podido imaginar lo envolvió como una camisa de fuerza. Los policías salieron a su encuentro. Él se paró en seco y avistó la avenida. Aún tenía una oportunidad, la última, sin duda: precipitarse hacia ella e intentar atravesarla. Era eso o regresar al cuartucho y padecer, de nuevo, miedo, frío, hambre, golpes, burlas, humillaciones, el infernal encierro. Tensó los músculos de todo su cuerpo y se puso en movimiento... Los policías se quedaron atónitos, viendo cómo se les escurría de entre las manos. Esquivó uno, dos, tres autos antes de advertir, con el rabillo del ojo, un tráiler que se abalanzaba sobre él... Entonces despertó.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   México, D. F., 27 de febrero.- Un puñado de palabras no identificadas escapó ayer en la tarde del Gran Diccionario. Según fuentes fidedignas, las prófugas, aun cuando tomaron rumbo desconocido, ya están en boca de todos. Las autoridades aseguraron que de un momento a otro serán capturadas y reimpresas en una apartada página del Gran Diccionario. Elementos del Gepri (Grupo estratégico para la represión del idioma) salieron, minutos después de la evasión, en su busca. Van armados con potentes gomas de borrar. Un vocero oficial del Gran Diccionario dejó entrever la posibilidad de que esta fuga haya sido planeada por la letra H. “Es muda, pero no tonta”, dijo antes de dar una conferencia de prensa en la que anunció que se adoptarán las medidas pertinentes en todas las editoriales, librerías y bibliotecas del país, para impedir otras fugas o motines de palabras, letras y/o signos de puntuación y ortográficos. No obstante, en las primeras horas de hoy trascendió que, en una editorial de esta ciudad (no se especificó en cuál), tres vocales (presumiblemente la A, la E y la U), varias consonantes y un considerable número de acentos y comas habían causado graves erratas en los pliegos de una novela que próximamente saldrá a la venta. Por lo pronto, la frontera norte fue cerrada para que las palabras en cuestión no puedan huir a la nación vecina y esconderse debajo de un disfraz inglés. Mientras tanto, el SUCP (Sindicato Único de Conjunciones y Preposiciones) acusó ayer mismo en la noche a la ANSA (Asociación Nacional de Sustantivos y Adjetivos) de “aprovechar la coyuntura paura incitar o nuestros agremiados o cometer ilícitos in los periódicos e revistas que se publican in el país”. El CVA (Colegio de Verbos y Adverbios) emitió horas después un comunicado en el que llama a la concordia “en estos momentos de confusión inaudita”. La ANSA, por su lado, se mantenía en silencio hasta poco antes del cierre de la presente edición. En círculos allegados a esa organización se manejaba la hipótesis de que sus dirigentes tienen serias diferencias con los sustantivos y adjetivos necesarios para responder a la acusación del SUCP.                                                                                   De La vida y sus razones. Editorial Aldus 
Noticia
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  423 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Quién sabe dónde dejó su botella de agua con jabón. A veces está medio ido y pierde todo. No importa. Eso no le impide chambear. Siempre, desde que lo conozco, se las arregla para resolver cualquier problema que se le presente. Con una de las mangas de su nuevo saco viejo, que le queda grande grande, limpia el parabrisas del coche. La cosa va bien hasta que se le ocurre valerse de un poco de saliva para aflojar el polvo del vidrio. El conductor del coche, un tipo muy bien peinadito y, de seguro, muy bien perfumado, empieza a manotear y gritarle que pare, que no sea cerdo, y apenas se pone el verde en el semáforo, arranca hecho la fregada. -¡Ven, Nico! –lo llamo- ¡Ven! Con una mano se quita un mechón de los ojos y mira cómo aquel coche se aleja por la avenida; después camina despacio hasta donde estoy recostado en la banqueta y se deja caer junto a mí. -Ni modo, Nico. Hay muchos ojetes en el mundo –digo, y le doy otro trago a mi anforita. Estoy pensando que ya va a ser de noche y tendremos que buscar dónde dormir... De pronto, su cuerpo pegado al mío comienza a sacudirse con fuerza. Así reacciona cuando le da uno de sus ataques de risa en silencio. -¿De qué te ríes, Nico? –le pregunto-. ¿De qué? ¡Dime! Pero no me pela. Entonces volteo y me doy cuenta de que no se está riendo. Llora. Llora a mares, como se dice. Las lágrimas le empapan los cachetes mugrosos y caen sobre las solapas de su nuevo traje viejo. Le acerco la anforita y le digo: -Ten, Nico. Chupa. Ya verás cómo poco a poco se te irá calmando todo ese dolor que sientes.
Nico
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  421 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Pasaba por uno de esos periodos en los cuales resulta poco menos que imposible llevar a cabo la más insignificante tarea. Fue así como dejó de bañarse, cambiarse de ropa, alimentarse correctamente, incluso salir de casa. Permanecía acostado en su cama, hojeando algún libro tomado al azar del librero o el periódico de hacía tres semanas, rumiando toda clase de pensamientos deshilvanados, dormitando a ratos, soñando sueños en los que todo era oscuro y confuso, como su vida. El cabello entrecano, la barba y el bigote ya le habían crecido más de lo habitual. Y las uñas, tanto de los dedos de las manos como de los pies. Su apariencia era la de un pordiosero o la de un náufrago perdido en una isla remota. Apenas se reconocía a sí mismo cuando, de pie frente al espejo del baño, miraba su rostro desaliñado y enjuto antes de agacharse, abrir la llave del lavabo y sorber un poco de agua. Al anochecer deambulaba por el pasillo como un fantasma, con la mente obnubilada y el cuerpo debilitado por la falta de alimento. Hacia la medianoche regresaba a su cuarto y dormía hasta el amanecer como si ya estuviera muerto. El polvo cubrió los muebles, los vidrios de las ventanas, cada rincón de la casa, y un olor a materia en descomposición invadió el aire. Una mañana, cuando abrió los ojos a la penumbra de su cuarto, sintió un ligerísimo movimiento en la cama, como si algo ajeno a él se desplazara sigilosamente entre las sábanas y las cobijas. Se destapó con brusquedad, pero no vio nada. En cambio, sí notó que las uñas de sus manos habían alcanzado una longitud y un grosor desmesurados, tanto que semejaban las garras de un animal salvaje. No le dio ninguna importancia al asunto y se incorporó para ir al baño a tomar agua. Sin embargo, al poner los pies en el piso, experimentó un dolor agudísimo, se tambaleó y cayó cual largo era. Con sus manos-garras se hizo a un lado las greñas que le tapaban los ojos, dirigió la mirada hacia sus pies y se percató de que también las uñas de éstos eran largas y gruesas, y de que estaban muy curvadas hacia adentro, de tal modo que, al levantarse para caminar, se le habían encajado en las plantas. Con enormes esfuerzos se arrastró hasta el baño. Luego se hincó sobre el lavabo, abrió la llave, tomó agua y volvió a su cama. A partir de entonces ya no pudo deambular por la casa ni asir ningún objeto. Las uñas se lo impedían: minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día crecían como si hubieran adquirido vida y voluntad propias. Una tarde lluviosa, como un pequeño ejército de víboras voraces, las uñas empezaron a reptar, cada vez con mayor rapidez, alrededor de sus muñecas y sus tobillos, los rodearon como esposas y se introdujeron en ambos extremos del colchón. Tendido boca arriba, con los brazos inmovilizados a los costados y las piernas totalmente estiradas, ahora parecía un hombre a punto de ser torturado, con los ojos muy abiertos por la incredulidad y la desesperación. Pronto perdió, casi de manera permanente, la conciencia, y en los breves lapsos en que la recobraba, oía con inaudita claridad cómo las uñas se iban abriendo camino entre las entrañas del colchón, igual que las raíces de un árbol endemoniado. Entre delirios, accesos de tos y espasmos ocasionados por la sed y el hambre, una madrugada percibió el roce de las uñas en su cuello. El terror lo paralizó. Quiso gritar, pero tan sólo logró emitir un sombrío quejido. Un momento después, en un acto instintivo, recurrió a su última reserva de energía para tratar de zafar sus manos y pies de aquellos gruesos grilletes de células muertas que los aprisionaban. Al convencerse de que sus intentos eran inútiles, deseó que la muerte llegara cuanto antes. Las uñas seguían ganando terreno en su cuello. Cuando se hubieron cerrado sobre él, comenzaron a estrangularlo lenta pero inexorablemente. Un crujido de vértebras rotas crepitó en medio del denso silencio del cuarto, mientras la boca del hombre se retorcía en una mueca grotesca y desolada.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Antes de ser escritor, Antoine de Saint-Exupéry se convirtió en aviador, profesión que ejercería hasta el último día de su vida. Nacido en Lyon, Francia, el 29 de junio de 1900, Saint-Exupéry sin duda tenía algo de ave, pues desde niño se sintió atraído irresistiblemente por la posibilidad de volar. En 1921, su sueño se concretó: mientras cumplía su servicio militar en Estrasburgo, se hizo piloto. Por esa época comenzó un noviazgo con la escritora Louise de Vilmorin; sin embargo, como ésta no quería que se dedicara a la aviación, abandonó todo lo que tuviera que ver con vuelos y aviones…, hasta que rompió con Vilmorin. La compañía Aéropostale lo contrató como piloto del correo para que cubriera la línea de Toulouse a Dakar. Posteriormente fue nombrado jefe de la base aérea de Cabo Juby, en el protectorado español de Marruecos, donde permaneció un año y medio. En 1929, luego de publicar su novela Correo del Sur, viajó a Buenos Aires para asumir la dirección de la Aeropostal Argentina, filial de la compañía francesa donde trabajaba. Allí, en esa ciudad, conoció a la millonaria salvadoreña Consuelo Suncin, con quien se casó en 1931. Ese año también publicó su segunda novela: Vuelo nocturno, con un prólogo de André Gide. A partir de 1932, como consecuencia de las dificultades financieras por las que atravesaba la Aeropostal Argentina, Saint-Exupéry se entregó al ejercicio del periodismo (escribió reportajes sobre Indochina  y España, entre otros), sin dejar de volar, con cierta frecuencia, como piloto de pruebas. El 30 de diciembre de 1935, a bordo de un monoplano Caudron Simoun con el que buscaban romper el récord de tiempo de vuelo entre París y Saigón, Saint-Exupéry y su amigo André Prevot se vieron en la necesidad de hacer un aterrizaje forzoso en el desierto del Sahara. Ambos sufrieron una severa deshidratración y estuvieron a punto de morir. Basado en esta experiencia, Saint-Exupéry escribió su novela Tierra de hombres, la cual se publicó en 1939. Ese mismo año, ante el avance de las tropas nazis, se integró a una escuadrilla de reconocimiento aéreo del Ejército del Aire. Y tras el armisticio del 22 de junio de 1940, firmado por el Tercer Reich alemán y el gobierno francés del mariscal Pétain, él y Consuelo cruzaron el Atlántico y se instalaron en Nueva York. Entonces, Saint-Exupéry se puso a escribir y a ilustrar la que sería su obra más aclamada: El principito. No obstante, la idea de retornar a Francia para combatir a los nazis no lo dejaba en paz de día ni de noche. Finalmente, a principios de 1944, Saint-Exupéry le comunicó a Consuelo su decisión de sumarse a los Aliados en Europa. En sus Memorias de la rosa, Consuelo recuerda los días anteriores a su partida: “Tonio quiso que también el bulldog se acostumbrara a su marcha. Hacía pompas de jabón y el perro las aplastaba contra las blancas paredes de la casa de Greta Garbo [la actriz les había alquilado la casa que tenía en Nueva York]. –Cuando regrese –decía–, cuando vuelva a verte con tu perro, si no me reconoce no le pegaré, haré pompas de jabón y él sabrá que su amo está de regreso.” Pero Saint-Exupéry nunca regresaría. El 31 de julio de 1944, a las ocho cuarenta y cinco de la mañana, a bordo de un caza bimotor Lockhedd Lightning P-38, el escritor francés despegó de una base aérea en Córcega para llevar a cabo una misión de exploración y ya no se supo de él. El 1 de agosto, una mujer dijo haber visto un día antes la caída de un avión cerca de la bahía de Carqueiranne. Y días después, al este del archipiélago Frioul, al sur de Marsella, se halló un cadáver con insignias francesas que no pudo ser identificado. Es posible que, entre los innumerables lectores de Saint-Exupéry, no haya uno solo que no recuerde cuando, en el más famoso de sus libros, el zorro le revela su secreto al principito: “Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.”
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   En aquellos tiempos, la selva era gobernada por un chango que, para mantenerse en el poder, recurría a hordas de gorilas bien entrenados en el difícil arte de reprimir con alevosía y ventaja. Todos los días, después de levantarse, el chango aquel se dirigía al balcón de Palacio y con fuertes golpes en el pecho y gritos coléricos hacía alarde de su autoritarismo (sobra decir que los demás animales vivían inconformes bajo su férula corrupta). Sin embargo, instigada por el búho y el zorro cuando la situación se volvió intolerable, buena parte de la fauna empezó a expresar su descontento en grandes manifestaciones y mítines. Por primera vez en su historia, las principales avenidas de la selva se llenaron con pancartas en las que se demandaba justicia social, democracia, la desaparición de las hordas de gorilas y la libertad de los presos políticos, entre los que había varios conejos y una que otra aguerrida avestruz. Al enterarse de ello, el chango se mordió una mano y se tiró al piso y pataleó, pero como no quería asustar a los animales atletas que pronto participarían en una justa deportiva ni mucho menos a las visitas que, con motivo de dicha justa, viajarían a la selva, se abstuvo de reprimir abiertamente a los manifestantes. Por eso les dijo a los gorilas que les dieran, pero sólo de noche. Así, los manifestantes recibieron golpizas nocturnas que influyeron decisivamente para que se les unieran más compañeros, de modo que, en pocas semanas, toda la fauna (a excepción, claro, de la hiena, el chacal y el buitre) estaba en contra del chango. Eso lo sacó de sus casillas. Una tarde, como diez mil animalitos se reunieron en una plaza porque en ese sitio se iba a realizar otro mitin. No se dieron cuenta de que los gorilas (unos con uniforme militar, otros vestidos de civil) la tenían rodeada, de ahí que el gallo hubiera comenzado sin preocupaciones su brillante alocución en la que una vez más le exigió al chango dialogar en público. Justo en el momento en que el oso le pedía a la multitud que abandonara la plaza en forma ordenada y pacífica, los gorilas salieron de sus escondites y abrieron fuego contra ella. El espectáculos fue siniestro: los animales corrían desesperadamente por la plaza buscando en vano un refugio, mientras los gorilas se divertían de lo lindo cazándolos con sus rifles y sus ametralladoras. Al final, la selva quedó inundada de sangre y en tinieblas. Esa noche, empero, la hiena dijo alegremente por tele que sólo faltaban diez días para la inauguración de la justa deportiva y que toda la fauna debía agradecerle al chango la oportunidad de presenciar tan fabulosos juegos, y de pasadita y con voz impersonal también dijo que en la tarde había habido un problemilla entre rijosos, sí, pero que, gracias a la mediación de las fuerzas del orden, ya se había restablecido la calma.                                                                               De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Mujer, pianista, compositora y, por si fuera poco, hermana de Felix Mendelsshon, uno de los genios musicales del periodo romántico: evidentemente, Fanny Mendelsshon no la tenía nada fácil para destacar en un ámbito artístico dominado por los hombres. Nacida el 14 de noviembre de 1805 en Hamburgo, Alemania, en el seno de una rica familia judía que más tarde se convertiría al protestantismo, Fanny fue la mayor de cuatro hermanos. Y a pesar de que le tocó vivir en una época en que se consideraba que las mujeres sólo debían dedicarse a labores hogareñas, pues su destino natural era casarse y criar hijos, Fanny recibió, junto con sus demás hermanos, una sólida educación. Una vez que de niña aprendió los secretos del piano, empezó a llamar la atención por sus excepcionales dotes interpretativas (su madre solía decir que había nacido con unos dedos que eran ideales para tocar fugas de Bach). Pero la cosa no quedó ahí: a los doce años sorprendió aun más a propios y extraños al dar a conocer sus primeras composiciones. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con Felix, ella no fue alentada por sus padres para que siguiera una carrera musical. Es más, en 1820, su padre le escribió una carta en la que le decía: “La música tal vez se convierta en la profesión de Felix, mientras que para ti puede y debe ser sólo un adorno, nunca la base de tu ser y tu hacer.” En 1829, luego de casarse con el pintor Wilhelm Hensel, pareció que asumiría el rol que se esperaba de ella: ser una amorosa esposa. Y lo hizo, aunque también se las arregló para continuar tocando el piano y no dejar de componer. Al fin, en 1838, Fanny se presentó por primera –y única– vez en público, interpretando el Concierto para piano y orquesta número 1 en sol menor, opus 25, de su hermano Felix. Se dice que Fanny tocaba el piano mejor que Felix y que éste incluso sometía sus obras a su exigente ojo crítico y modificaba o eliminaba lo que ella señalaba como deficiente o poco afortunado. Y si bien Felix la apoyaba en todo lo que se relacionara con su actividad como compositora, no creía que debía publicar sus obras. Más tarde, éste publicó varias composiciones de Fanny bajo su nombre, entre ellas la canción “Italien”. Al respecto hay una anécdota: la reina Victoria de Inglaterra invitó a Felix para que la visitara en el Palacio de Buckingham e interpretara algunas de sus obras. El compositor aceptó y cuando estuvo frente a la reina, ésta le pidió que tocara su canción preferida: “Italien”. Felix, entonces, no tuvo más remedio que confesar que esa canción era de su hermana Fanny. Fanny Mendelsshon compuso poco más de 460 obras (sonatas para piano, piezas para piano solo, música de cámara, lieder, música coral…), pero no publicó su primer trabajo con su propio nombre hasta 1846, cuando tenía cuarentaiún años. El 14 de mayo del año siguiente murió de una hemorragia cerebral en Berlín, mientras tocaba una pieza de su ya célebre hermano.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Es famoso el “Testimonio de las erratas” de la edición príncipe de la primera parte del Quijote, que, firmado por el licenciado Francisco Murcia de la Llana, a la letra dice: “Este libro no tiene cosa digna de notar que no corresponda a su original; en testimonio de lo haber correcto di esta fe. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años.” Sin embargo, como se sabe, esa edición de la primera parte de la obra cumbre de Cervantes está plagada de erratas que algunas veces incluso llegan a alterar el sentido del texto. ¿Por qué Francisco Murcia de la Llana ejerció su oficio de corrector de libros, como entonces se le conocía, con tan poco rigor y cuidado? Aventuremos una hipótesis. En agosto de 1604, el librero Francisco de Robles -hijo de Blas de Robles, quien había publicado La Galatea, de Cervantes, en 1585, en Alcalá de Henares- buscó al impresor segoviano Juan de la Cuesta, cuya imprenta se localizaba en el número 87 de la calle de Atocha, en Madrid, le entregó el manuscrito original de la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y le pidió que hiciera un tiraje de mil quinientos ejemplares. Días después, Francisco Murcia de la Llana, a quien ya se le había encomendado la corrección de dicho libro, se puso en contacto con Juan de la Cueva, y fue así como se inició el proceso de impresión del Quijote. Al quedar listas las pruebas de los primeros folios, un mensajero de la imprenta de Juan de la Cuesta las llevó a casa de Francisco Murcia de la Llana. Apenas las recibió, éste se encerró en su estudio, se sentó ante su mesa de trabajo y comenzó a leer: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...” Fue como si un rayo le hubiera traspasado el cráneo... Con una avidez creciente siguió pasando los ojos por aquellas palabras nunca antes dispuestas de aquella forma, hasta que concluyó su lectura hacia el amanecer. Al cabo de un par de horas de sueño, Francisco Murcia de la Llana cogió las pruebas, salió de casa y se dirigió a la imprenta de Juan de la Cueva, donde las dejó sin perder la oportunidad de preguntar, con una impaciencia mal disimulada, cuándo saldrían las siguientes. La misma dinámica, con contadísimas variaciones, habría de repetirse una y otra y otra vez, hasta que, al fin, a mediados de noviembre, salieron las pruebas de los últimos folios. Durante todo ese tiempo, Francisco Murcia de la Llana vivió enajenado por las aventuras de don Quijote y su escudero Sancho Panza. Durante todo ese tiempo, Francisco Murcia de la Llana no aspiró a otra cosa que no fuera terminar de leer aquella singular obra. Por supuesto, esta enajenación, este delirio lector lo hizo olvidar por completo la tarea que tenía, esto es, corregir aquel texto, dejarlo libre de toda errata, pulcro, para que sus próximos lectores lo disfrutaran sin ningún obstáculo prosódico ni sintáctico. Cuando, de alguna manera, la cordura regresó a él, Francisco Murcia de la Llana se dio cuenta de que le quedaba un trámite por cumplir: redactar y firmar el “Testimonio de erratas”, indispensable en toda obra que se publicaba en aquella época. Así pues, a pesar de que sabía que pasaría a la historia de la literatura como un corrector negligente e irresponsable, una mañana en que estaba en su cubículo del Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, donde era catedrático, tomó una pluma y con trazo firme escribió en una hoja de papel: “Este libro no tiene cosa digna de notar que no corresponda a su original...” La edición príncipe de la primera parte del Quijote se puso a la venta en enero (otra versión dice que en mayo) de 1605 en la librería de Francisco de Robles y fue recibida por los lectores con un entusiasmo inusual. 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Escuché que se había organizado una manifestación en mi contra. Partiría el día tal, a media mañana, de una plaza no muy alejada de donde yo vivía. Llegó el día y me presenté a la hora indicada, en el sitio acordado. Ahí estaban mis propósitos incumplidos, mis sueños no realizados, mis ideas frustradas por mi flagrante ineptitud. Comenzaron a marchar, primero en silencio, luego vociferando toda clase de injurias y reclamos dirigidos a mi persona. Convencido de que su proceder era justo, no tuve más remedio que sumarme al vasto contingente que formaban.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Una vez terminó de componer Aida, cuyo fastuoso estreno se realizó el 24 de diciembre de 1871 en el Teatro de la Ópera de El Cairo, Egipto, bajo la batuta de Giovanni Bottesini, Giuseppe Verdi decidió que su carrera como compositor había llegado a su fin. Sin embargo, en 1879, un libreto de Arrigo Boito basado en la célebre tragedia de William Shakespeare, hizo que Verdi abandonara su retiro voluntario y comenzara a componer la ópera Otello, la cual se estrenó, con un rotundo éxito, el 5 de febrero de 1887 en el Teatro de La Scala de Milán. Entonces, Verdi dijo: “Después de haber masacrado implacablemente a tantos héroes y heroínas, por fin tengo derecho a reír un poco”, y se puso a escribir, con otro libreto de Arrigo Boito, la que sería su única comedia lírica y su última ópera: Falstaff, la cual se estrenó el 9 de febrero de 1893, también en La Scala, cuando el músico italiano tenía ochenta años. Verdi, nacido el 10 de octubre de 1813 en Le Roncole, en la provincia de Parma, era inmensamente rico y generoso. Por eso, a partir de 1895, mandó construir la Casa di Riposo per Musicisti, un hogar de descanso para músicos retirados, en Milán, así como un hospital en Villanova sull’Arda, en la provincia de Piacenza. A principios de 1897 padeció un ligero ataque cerebral, pero pronto empezó a recuperarse. Ese mismo año publicó sus Quatro pezzi sacri (Ave Maria, Stabat Mater, Laudi alla Vergine Maria y Te Deum) y perdió a su segunda esposa, Giuseppina Strepponi, lo que supuso un fuerte golpe anímico para él. Verdi había sido un hombre sano prácticamente toda su vida. Ahora comentaba que estaba un tanto ciego y sordo, y se quejaba de que se le escapaba cada vez más la memoria y no dormía a causa del insomnio. En la mañana del 21 de enero de 1901, en su habitación del Gran Hotel de Milán, donde vivía, sufrió una embolia que le dejó el lado derecho de su cuerpo completamente paralizado. Apenas fue divulgada la noticia de su mal estado de salud, una enorme multitud se agolpó frente al Gran Hotel. Y para evitar que se produjera cualquier ruido que pudiera molestarlo, se cubrieron con paja las calles vecinas y se redujo la circulación en la Via Manzoni. Verdi, quien había entrado en coma, ya no resistió más y murió hacia las tres de la tarde del 27 de enero, a los ochenta y siete años, rodeado por Arrigo Boito, la soprano Teresa Stolz y sus editores Giulio y Tito Ricordi, entre otras personas. En señal de luto, las banderas ondearon con listones negros, los teatros y comercios cerraron sus puertas, y los periódicos publicaron ediciones especiales en la que daban cuenta de su fallecimiento, con los bordes de sus páginas impresos en negro. Verdi fue enterrado en una ceremonia privada en el Cimitero Monumentale de Milán pero, al cabo de un mes, sus restos, junto con los de Giuseppina Strepponi, fueron exhumados y llevados a la capilla de la Casa di Riposo per Musicisti, donde aún hoy permanecen. En esta ocasión, unas trescientas mil personas acompañaron el cortejo fúnebre y la orquesta de La Scala y más de ochocientas voces interpretaron, bajo la batuta de Arturo Toscanini, el coro “Va, pensiero”, de otra de sus creaciones: Nabucco.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   No sé cuánto tiempo permanecí frente a aquel edificio de departamentos: minutos, horas, quizás un día entero... Unas veces caminando lentamente por la banqueta, de acá para allá; otras, parado junto a las rejas que dividían el estacionamiento de la avenida. Siempre frotándome las manos con inquietud y, de tanto en tanto, levantando los ojos hacia la ventana ubicada en el extremo derecho del quinto y último piso. Hubo momentos en los que estuve a punto de tomar la decisión más drástica: abandonar definitivamente mi puesto de observación y reintegrarme a mis actividades cotidianas; sin embargo, algo –la curiosidad, cierta sensación de compromiso ineludible- me detenía. La tarde agonizaba. En su fuga, el sol había desparramado por el cielo un abanico de jirones anaranjados, rosas y violáceos. Unos cuantos autos y camiones transitaban por la avenida, y la gente pasaba a mi lado -de norte a sur, de sur a norte-, esquivándome sin apenas verme. Al llegar al límite de la banqueta y volver sobre mis pasos, la luz del cuarto que vigilaba con obstinación se encendió de repente, como un fogonazo. Un instante después apareció en el marco de la ventana. A pesar de la distancia, distinguí a la perfección las facciones de su rostro, el fleco cayéndole sobre la frente. Me dirigí a las escaleras del edificio. La luz que ahora iluminaba el cielo parecía indicar que pronto amanecería. Subí los escalones tan rápido como me lo permitían mis piernas. Cuando alcancé el quinto piso, aspiré una bocanada de aire junto al barandal y resoplé. A continuación me acerqué, decidido, a la puerta de la izquierda. Antes de alzar la mano para tocar el timbre, noté que estaba entreabierta. La empujé con suavidad y me metí en el departamento a oscuras. Al fondo se escuchaba una radio. Atravesé la sala y el pasillo, y me planté debajo del marco de la puerta de su cuarto, aquel que daba a la avenida. Recostado en su cama, leía un libro. Mientras lo cerraba y lo dejaba sobre el buró, dijo: -Adelante. Caminé hasta la silla del escritorio y me senté en ella. -Ya eres viejo –dijo. -¿Cómo has estado, cómo te sientes? -No muy bien. -Ya lo veo... ¿Estás solo? -Sí. Identifiqué la música que salía de la radio. Era el Cuarteto número 15, en sol mayor, de Schubert. Estiró una mano y lo silenció. -No, no la apagues. Quiero oír eso –dije. Me hizo caso: accionó nuevamente la palanquita de la radio y Schubert volvió a sonar. -Cuéntame qué ha sucedido. Han pasado tantos años que ya no me acuerdo de los detalles. Se sentó en la cama y me clavó una mirada llena de curiosidad, como tratando de reconocer en mi rostro ciertas facciones, ciertos gestos que no le eran ajenos. Luego habló con una voz muy débil: -Ahora mismo siento que el mundo se está desplomando sobre mí. -¿Por qué? Refresca mi memoria. -Soy un cero a la izquierda, un inútil, un perdedor. Se esfumaron de mí las ganas de emprender cualquier empresa, de salir del hoyo en que me encuentro. Me quiero morir... Al oír estas palabras experimenté un estremecimiento y agaché la cabeza. Dejé que corrieran unos segundos y al fin dije: -Te comprendo. -He fracasado en el amor –continuó-; he fracasado como hijo, como hermano, como amigo; he fracasado en mi afán de convertirme en escritor... Por si fuera poco, he perdido el respeto por mí mismo. ¿Qué puedo hacer sino desaparecer, diluirme en la nada? Me puse de pie y empecé a deambular por aquel cuarto. Ahí estaba el mueble de madera donde guardaba su ropa, con una puerta destrozada por su puño iracundo; y más allá, en los entrepaños del clóset, la colección de elepés ordenados según sus preferencias: de izquierda a derecha, Mozart, Beethoven, Bach...; y sobre el buró, a un lado de la lámpara de noche y con un separador entre sus hojas, Bajo las ruedas, y Demian y Residencia en la tierra, y el cassete con la grabación de la Rapsodia para contralto y orquesta, y, también, la caja de Ativan y un vaso de agua a medio llenar; y en el piso, junto a sus zapatos, la radiograbadora Panasonic; y encima del escritorio, el tocadiscos portátil y la máquina de escribir Olivetti con una cuartilla en blanco enrollada en el rodillo... Regresé al punto de donde había partido, me senté otra vez y, mirándolo, dije: -Desaparecer no es una buena solución. -Lo dices porque a tu edad ya has alcanzado el pináculo de la sabiduría -dijo con sorna. -No, estás equivocado. Sigo ignorando muchísimas cosas y, ante ciertas situaciones, aún no sé qué hacer. Pero ya no tengo ninguna duda de que el suicidio es un acto egoísta, y como todo acto egoísta, no sólo anula a quien lo ejecuta, sino también causa daño y dolor a los demás. -Los demás también me han hecho daño a mí. -¿Entonces quieres matarte para vengarte de los demás? Se removió en la cama y exclamó: -¡No! ¡Sólo sé que estoy desesperado! Abrió la caja de Ativan, sacó varias pastillas de su envoltorio metálico y se las echó a la boca. Después se llevó el vaso a los labios, se las pasó con un trago de agua y se acurrucó en la cama, dándome la espalda. En ese momento me di cuenta de que la intensa luminosidad que entraba por la ventana hacía innecesaria la luz del foco que colgaba del techo. Pero, al cabo de un rato, las sombras de lo que me pareció un nuevo anochecer comenzaron a invadir el cuarto. Me levanté, me acerqué a él y vi que lloraba. -Todavía deberás enfrentar otros obstáculos aparentemente insalvables, otras pruebas terribles que te sumirán en la confusión y el abatimiento. Pero habrás de superarlos, todos –aseguré. -No lo creo –murmuró. -No puedo hacer nada por ti. Sólo he de decirte que tienes que ser fuerte y luchar, siempre, contra tus propios impulsos y contra las circunstancias. -¡Déjame en paz! ¡Lárgate! –gritó enfurecido. Me incorporé y me dispuse a retirarme de aquel cuarto, de aquel departamento, de aquel edificio. Avancé sobre los fríos mosaicos del piso, pero antes de cruzar la puerta, volteé a verlo y le dije mientras la música de Schubert se disolvía en aquella atmósfera difusa: -Cuando tengas la edad que hoy tengo, soñarás este sueño que está llegando a su término y sentirás –como ahora yo lo siento por ti- compasión y un amor ilimitado por el muchacho que fuiste, que fui. Adiós...
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Para Blanca Castañeda, a quien no conozco   Allí estaba: tres lugares adelante, sentada sobre una de las coderas del asiento, platicando despreocupadamente con sus amigas, riéndose con facilidad, mostrando en cada carcajada esas dos perfectas hileras de dientes blanquísimos que tanto lo habían impresionado cuando la conoció el primer día de clases. Parecía mentira: tan cerca y tan lejos a la vez. En su asiento reclinado hasta el tope, junto al pasillo, con la cabeza echada a un lado, los brazos en el regazo y las piernas estiradas, Arturo semejaba un enfermo grave. Mientras contemplaba a Laura, mientras registraba con la mirada cada uno de sus rasgos, cada uno de sus ademanes, cada uno de sus movimientos, sentía una leve opresión en el pecho que lo obligaba a jalar aire con la boca de cuando en cuando. También tenía ganas de llorar. Pero debía ser fuerte, se dijo. Ya habría tiempo de hacerlo a solas para mitigar aquel desconocido, increíble dolor. El autobús dio un tumbo en el camino de tierra. Casi de inmediato, una cascada de gritos de sorpresa inundó la atestada cabina. Arturo se incorporó en su asiento y miró por la ventanilla: los rayos del sol se colaban a través del apretado follaje de los árboles, formando un finísimo manto de luz neblinosa. Su acompañante, un niño que llevaba puesta una gorra de beisbolista con la visera hacia atrás, comentó algo que él no pudo, o no quiso, oír. Luego, como quien desea sumergirse de nuevo en un sueño bruscamente interrumpido, Arturo volvió a recostarse, entrecerró los ojos y se dedicó a ordenar los recuerdos que bullían en su mente. Amor a primera vista. Arturo ya había escuchado esta frase muchas veces: en el cine, en la televisión, en alguna conversación entre adultos. Pero si antes de conocer a Laura no le transmitía nada, es decir, ningún sentimiento, ninguna emoción, ahora entendía perfectamente su significado, pues eso -amor a primera vista- era lo que había sentido por aquella niña que aparentaba tener más años de los que tenía en realidad. Esa nublada mañana de septiembre, se acordaba bien, mientras el director les dirigía a los alumnos unas palabras de bienvenida, él permaneció muy derechito en la fila, con su uniforme, sus zapatos y sus útiles nuevos, fija la mirada en la nuca del niño de adelante. Estaba aterrado, y así lo manifestaba: con una inmovilidad casi catatónica. El hecho de tener que adaptarse a otra escuela lo había sumido en ese estado mental. Arturo odiaba el estudio y todo lo que implicaba: maestros, tareas, exámenes... Pero ni modo, debía afrontar tan difícil situación: ése era el papel que se le había asignado. La ceremonia de apertura de cursos terminó y los maestros dieron la orden de avanzar hacia los salones. Entonces, en el preciso momento en que toda la angustia se le agolpaba en la boca del estómago, alcanzó a escuchar una risa que provenía de la fila de junto. Arturo volvió la cabeza y lo primero que vio fueron sus dientes, sus espléndidos dientes blancos. Quedó deslumbrado. “Como cuando uno se halla en un cuarto a oscuras y alguien enciende repentinamente la luz”, pensó. Puede decirse que esa mañana ocurrió un milagro: aquella fugaz visión hizo que Arturo olvidara todo su miedo y sintiera una emoción que nunca había experimentado, una emoción que poco a poco, al paso de los días, lo fue colmando de un entusiasmo y una alegría indescriptibles. Hoy sabía que eso que había sentido se llamaba amor a primera vista. Pero al recordar dónde y en qué circunstancias se encontraba, una ráfaga de desesperación lo sacudió. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué podía hacer él para recuperar aquel entusiasmo y aquella alegría que habían brotado como por arte de magia en su interior? Al tiempo que daba otra bocanada de aire, Arturo abrió los ojos: allí seguía Laura, a sólo unos metros de distancia, moviendo los brazos con una ligereza de pájaro, haciendo gala de su lozana hermosura. Era insoportable contemplar su rostro, su cuerpo ya adolescente, y no poder abrazarla, cubrirla de besos, decirle cuánto la amaba... A Arturo le sorprendió volver a tener estos pensamientos. Incluso por un instante se sintió avergonzado e incómodo. Ciertamente, aún no se acostumbraba a ellos, pero no podía ni quería negarlos. Eran tan verdaderos como el dolor que le partía el alma. El autobús transitaba ahora por una carretera pavimentada. Un murmullo intenso pero monótono, alterado en ocasiones por una carcajada o un grito, invadía el aire enrarecido de la cabina. Afuera, la luz del sol empezaba a declinar. Arturo vio de reojo que su compañero de asiento dormitaba con la cabeza apoyada en la ventanilla; luego fijó la vista en un punto del techo. Una nube lo envolvió... Se levantaba más temprano que de costumbre, para bañarse y arreglarse minuciosamente frente al espejo del baño. Y cuando no había moros en la costa, abría el clóset de su papá, tomaba el frasco de su loción preferida, se echaba un chorrito en la mano y se lo esparcía por la cara y el cuello. Después salía de casa, radiante, chiflando cualquier tonada de moda, pensando en que era maravilloso sentirse así: enamorado, y en que ese día, sin duda, la volvería a ver, aunque fuera de lejos, antes de entrar a clases, durante el recreo o a la hora de la salida, no importaba. Ya habría una oportunidad de conocerla y platicar con ella. Esa oportunidad tardó poco más de un mes en presentarse. Una mañana, los tres grupos de sexto año fueron reunidos en el salón de música para ensayar los villancicos que cantarían en una fiesta navideña. Entonces, cuando el maestro pasó lista. Arturo supo al fin que aquella niña se llamaba Laura. Laura..., Laura..., Laura... Arturo nunca antes se había puesto a pensar en la prodigiosa fuerza que un nombre de mujer puede llegar a tener. Así, el de Laura comenzó a ser para él como el abracadabra de los brujos y magos: al pronunciarlo, siempre en voz baja, como si fuera una plegaria, se le abrían las puertas de un paraíso lleno de promesas sublimes. Esa vez, al término del ensayo, cuando los alumnos ya se dispersaban por el patio de la escuela, Arturo se dejó llevar por el impulso de su absoluto enamoramiento: se le acercó a Laura, la llamó por su nombre y le preguntó algo relacionado con aquellos villancicos que acababan de cantar. El chiste era hacer contacto con ella de cualquier manera. Y lo logró. Los vestigios de una felicidad ya perdida golpearon intempestivamente a Arturo. El efecto fue demoledor, como el de un choque eléctrico: el niño se removió en su asiento, inquieto, anhelante, mientras cerraba los párpados con todas sus fuerzas para tratar de retener en la memoria aquellas imágenes bañadas por una luminosidad diáfana, etérea. Sin embargo, pronto, muy pronto, la realidad acabó por imponérsele: aquellas imágenes pasaron y se difuminaron en su mente como nubes destrozadas por el viento. Arturo entreabrió los párpados: Laura se había sentado en su lugar y ahora escuchaba con atención a una niña que estaba del otro lado del pasillo, a su izquierda. Su perfil se delineaba sutilmente en la semipenumbra del autobús. Exhausto, abatido, sintiendo como si un bisturí lo desgarrara por dentro, Arturo se entregó al repaso de aquella frente amplia, de aquel ojo negro enmarcado por una ceja muy tupida, de aquella nariz recta, de aquella mejilla tersísima, de aquellos labios pálidos y delgados. Arturo pensó que era una visión cruel, la más cruel de todas, pero no apartó los ojos de Laura. Deseaba vivir intensamente ese momento, precipitarse en él, y para volverlo aún más agudo e hiriente, decidió contrastarlo con la dicha que había sentido apenas unos días antes, cuando la ilusión lo guiaba. Para coronar el fin de cursos y despedir a los grupos de sexto año, el director organizó un campamento en un sitio localizado a tres horas de la ciudad, en medio de un hermoso bosque de pinos y junto a un río de aguas todavía claras y limpias. Cuando se enteró de esto, Arturo se dijo que precisamente algo así -un campamento- era lo que estaba esperando para llevar a cabo lo que desde hacía varios meses rondaba su cabeza con una obsesiva perseverancia. Arturo ya trataba a Laura con una confianza plena, y Laura parecía sentirse a gusto en su compañía. En el recreo le regalaba una bolsa de papas fritas, un chocolate, un chicle..., y a la hora de la salida, sin falta, la buscaba ansioso, iba a su encuentro y se despedía de ella con un ligerísimo apretón de manos que bien podía confundirse con una caricia. Este trato continuo con Laura lo transformó de una manera inesperada: se mostraba animado, risueño, y su rendimiento escolar mejoró tanto que al final obtuvo uno de los primeros lugares de su salón. Así pues, el día en que maestros y alumnos partieron rumbo al campamento en tres autobuses rentados, una gran sonrisa iluminaba su rostro. La estadía de Arturo en aquel sitio estuvo marcada por una permanente tensión. Él tenía una idea fija y sólo andaba a la caza de la ocasión propicia para ponerla en práctica. También consideraba los pros y los contras de cada uno de los hipotéticos escenarios que imaginaba constantemente. Por eso adquirió un aspecto meditabundo, reconcentrado, y casi no convivió con sus compañeros ni participó en los juegos organizados por el personal del campamento. Su objetivo era otro, y en él confluía toda su energía, toda su pasión. La segunda y última noche, después de la cena, Arturo comprendió que no podía dejar pasar más tiempo, que su indecisión lo estaba llevando a un callejón sin salida. Respiró profundamente y, temblando, sintiendo cómo los impetuosos latidos de su corazón le cimbraban el pecho, se encaminó a donde se hallaba Laura. Más allá, una veintena de niños cantaba y se balanceaba alrededor de una fogata. Arturo saludó a Laura y le pidió que se alejaran unos pasos porque le quería decir una cosa, a lo cual Laura accedió sin titubear. Caminaron sobre la hierba húmeda y, entonces, apartados de las miradas de los demás, junto a la cerca de alambre que delimitaba el terreno del campamento, Arturo apretó los puños y se lo dijo. Le dijo que ya no aguantaba, que debía saberlo ya, que estaba enamorado de ella, que la amaba y que, si aceptaba, podían ser novios. Aquella vertiginosa andanada de frases fue como un relámpago en medio de la noche. Laura quedó petrificada, pero al cabo de unos segundos, cuando logró superar la confusión y el asombro, reaccionó con una abrumadora serenidad: con voz nítida y pausada le dijo a Arturo que aún no pensaba tener novio y que lo mejor para los dos era seguir siendo amigos. Luego hizo una mueca que significaba “ni modo”, le dio la espalda y corrió en dirección a la tienda de campaña donde dormía con otras compañeras. Todo -no algo ni mucho, sino todo..., ¡todo!- estaba perdido, pensó Arturo, y se mesó el pelo. Aquello había sido como un naufragio. Así pues, ¿qué caso tenía continuar, es decir, esforzarse en la escuela, jugar futbol, bañarse, tomarse su Quik, lavarse los dientes, rezar, dormir, despertar a un nuevo día..., si el barco en que navegaba rumbo a una isla fantástica se había ido a pique y ahora yacía en el fondo del mar, abandonado, terriblemente solo? Las sombras del atardecer ya caían sobre el campo y las montañas. Arturo miró las casitas de adobe, las vacas, los hombres a caballo que el autobús iba dejando atrás, y tuvo el presentimiento de que nunca más volvería a ver todas esas cosas; de que, de algún modo, se estaba despidiendo para siempre de ellas. Luego, con la vista extraviada en el crepúsculo, se quedó quieto, muy quieto, sin pensar nada, sin sentir nada... El autobús se detuvo. Una voz gritó que habían llegado. Las luces de la cabina se encendieron y los niños de hasta adelante cogieron sus pertenencias y empezaron a bajar ruidosamente por la escalerilla. Laura se puso de pie y se alejó por el estrecho pasillo. El niño de la gorra de beisbolista también se puso de pie y le pidió permiso a Arturo para pasar. El autobús no tardó en vaciarse. Arturo no se decidía a abandonar su lugar. Un rato después, el mismo hombre que había anunciado la llegada del autobús se asomó por la puerta y lo instó a hacerlo. Entonces, él no tuvo más remedio que levantarse trabajosamente y, con su maletín en una mano y su chamarra en la otra, avanzar con lentitud. Pero antes de llegar a la escalerilla y comenzar a bajarla, se dio la vuelta y paseó los ojos por cada una de las hileras de asientos, como despidiéndose del mundo.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Corría el mes de noviembre de 1969, y los aficionados al futbol de todo el planeta tenían puestos los ojos en Edson Arantes Do Nascimento, mejor conocido como Pelé, la estrella indiscutible del equipo Santos de Brasil y, también, de la Verdeamarela.Gracias a un minucioso recuento que consideraba tanto partidos oficiales como amistosos, se sabía que el prodigioso futbolista nacido en 1940 en Tres Corazones, en el estado de Minas Gerais, Brasil, llevaba 999 goles en su cuenta personal; es decir, sólo le faltaba uno para sumar mil, una hazaña que nadie había conseguido hasta entonces.El domingo 16, en un ambiente de extrema excitación, el Santos saltó a la cancha para enfrentarse al Bahía en la ciudad de El Salvador, al noreste de Brasil.  Un día antes, el presidente del Bahía había declarado en una entrevista para la televisión: “Será muy difícil que Pelé le anote al Bahía, porque queremos ganar el partido. El deporte es una cosa seria, y yo le pido a Pelé que meta su gol mil en otro sitio.”  Con todo, volaba de boca en boca el rumor de que ya se había organizado una misa especial de acción de gracias por la confianza de los locales en que Pelé anotaría su milésimo gol ahí...El partido arrancó. Pelé se movía como una pantera al acecho de su presa. Pronto se le presentó la primera oportunidad: tiró un espléndido cañonazo, pero el balón pegó en uno de los postes de la portería enemiga... Minutos después recibió la pelota cerca del manchón de penalti, dejó atrás a un contrario, se abrió hacia la derecha, engañó al portero y tiró al arco, pero, en el último momento, el defensa Nildo apareció sobre la línea de gol y no permitió que el balón entrara. En un hecho insólito, en lugar de que le aplaudieran a Nildo, los seguidores del equipo local comenzaron a abuchearlo... Pelé ya no tuvo una tercera oportunidad y el partido terminó uno a uno.   ¡Penalti! Llegó el miércoles 19. El Santos jugaría en Río de Janeiro contra el Vasco de Gama. El escenario no podía ser mejor: el Maracaná, el estadio más grande del mundo.La mayoría del público que abarrotaba las tribunas del Maracaná quería ser testigo del gol mil de Pelé. Sin embargo, los jugadores del Vasco da Gama estaban decididos a evitarlo.Manuel Amaro, el árbitro de aquel histórico juego, dio el silbatazo inicial y la pelota se puso en movimiento. Pelé trotaba, se detenía, se desmarcaba… Por su parte, los jugadores del Vasco da Gama se multiplicaban sobre el césped para que no tuviera el balón en su poder.De repente, Pelé se encontró con la pelota dentro del área del Vasco da Gama y disparó a la portería; la de gajos, no obstante, pegó en el travesaño... ¡Aquello era increíble! ¡El gol mil se le negaba a O’Rei!Faltaban doce minutos para que el juego terminara. El marcador estaba uno a uno. La tensión se sentía en el aire. Fue entonces cuando la leyenda empezó a tomar forma. Clodoaldo le filtró un pase rasante a Pelé. Éste emprendió la carrera y, cuando estaba a punto de tocar el balón, fue derribado dentro del área por el defensa René. Amaro no dudó en marcar penalti, a pesar de las airadas protestas de los jugadores del Vasco da Gama.Los fotógrafos y periodistas que había detrás del arco del argentino Edgardo Andrada se felicitaron por estar ahí, en ese sitio privilegiado... Entretanto, Pelé tomó distancia del balón que ya descansaba sobre el manchón de penalti y esperó a que los jugadores del Vasco da Gama se resignaran a su suerte. En ese instante, el tiempo se detuvo.   Nervioso como nunca antes En el libro Pelé. Memorias del mejor futbolista de todos los tiempos (2008), O’Rei recuerda: “Por primera vez en toda mi carrera, me sentía nervioso. Nunca antes había experimentado una responsabilidad como ésa. Estaba temblando. Dependía solamente de mí. Mis compañeros me habían dejado solo y se quedaron en la línea central del campo de juego.”Pelé trotó lentamente hacia el balón y, a escasos centímetros de él, hizo su famosa paradinha y luego lo pateó con la parte interna de su pie derecho. Aunque Andrada adivinó la dirección de la pelota y se lanzó a su izquierda, ésta entró rozando el poste. ¡Goooooooool!Pelé corrió hacia la red de la portería, cogió el balón y lo besó. Todos los fotógrafos y periodistas siguieron al astro brasileño y lo rodearon. Ante las cámaras y los micrófonos, Pelé dedicó su milésimo gol a los niños pequeños, dijo que había que cuidarlos y lloró. Entre varios lo subieron a los hombros de alguien y sostuvo el balón en alto.El partido se interrumpió veinte minutos. Algunos seguidores del Vasco da Gama se acercaron a Pelé y le dieron una camiseta de ese equipo con el numero mil impreso en ella. Si bien le pareció algo extraño, Pelé se la puso y dio una vuelta olímpica al estadio en medio de la ovación del público. Al final, Santos ganó el partido dos a uno y O’Rei se erigió como el primer futbolista de la historia en meter mil goles.En 1975, Pelé fue contratado por el Cosmos de Nueva York. Hasta el 1 de octubre de 1977, día en que, vistiendo la camiseta de ese club, se despidió del futbol profesional, anotó mil doscientos ochenta y dos goles, una cifra que nadie ha logrado superar aún.   Recuadro:   El primero y el últimoPelé anotó su primer gol ante el Corinthians-Santo André, el 7 de septiembre de 1956, durante su primer partido con el equipo mayor del Santos.El último, vestido con la camiseta del Cosmos, se lo metió al Santos, su antiguo club, el 1 de octubre de 1977, durante su partido de despedida del futbol profesional.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   El 16 de diciembre de 1770, en la buhardilla de una casa localizada en el número 515 de la Bonngasse, en Bonn, Alemania, nació un niño destinado a ser un hombre que daría de qué hablar al mundo. Hijo de Maria Magdalena Keverich y de Johann van Beethoven, fue bautizado al día siguiente en la iglesia de San Remigio con el nombre de Ludwig van Beethoven. No se trató del primer Ludwig van Beethoven de la familia, sino del tercero: los otros dos fueron el viejo Ludwig van Beethoven, su abuelo y padrino, y Ludwig Maria van Beethoven, su hermano, muerto un año antes a los seis días de nacido. Según Jan Swafford, uno de los biógrafos del compositor alemán, el apellido Beethoven, con distintas variantes (Betho, Bethove, Bethof, Bethenhove, Bethoven), era común entre vendedores y taberneros del Ducado de Bravante, lugar de nacimiento de su abuelo, y podría derivar de las palabras flamencas que significan “tierra cultivada”. Tanto su abuelo como su padre fueron músicos: el primero llegó a ser Kapellmeister del electorado de Colonia; el segundo, director de la orquesta de Bonn. Frustado porque, a la muerte de su padre, no obtuvo su cargo en el electorado de Colonia, Johann, quien ya había desarrollado un alcoholismo devastador, volcó todas sus esperanzas en su hijo. Así, adoptando como modelo a Leopold Mozart, empezó a enseñarle a Ludwig, entonces de cuatro años, los rudimentos de la música, pero a golpes y gritos. Sin duda, la intención de Johann era convertir a Ludwig en músico de la corte para que, lo antes posible, pudiera ser contratado y ganarse la vida. Una vez que aprendió a tocar el klavier, el violín y la viola, Ludwig intentó crear su propia música. Se cuenta que en alguna ocasión, su padre lo sorprendió improvisando al violín, por lo que le gritó con furia: “¿Con qué estupideces estás destrozando las cuerdas? Ya sabes que no soporto el ruido. ¡Dedícate a seguir la partitura o no llegarás a ningún sitio!” El pequeño Ludwig, sin embargo, mostró una recia perseverancia y, cuando su padre no se hallaba cerca, continuó componiendo de manera furtiva. Con todo, Johann no tardó en darse cuenta de que su hijo tenía un talento musical verdaderamente excepcional. Fue así como comenzó a fantasear con la idea de que bien podría llegar a ser un niño prodigio, igual que aquel joven salzburgués que en ese momento tenía en un puño a Europa y que se llamaba Wolfgang Amadeus Mozart.   Un niño taciturno y reservado apodado el Español   Antes de cumplir los nueve años, Beethoven ya atraía la atención de la gente por sus dotes musicales. Su padre aprovechó esta circunstancia y comenzó a organizar, en casa de un amigo apellidado Fischer, unos conciertos domésticos que fueron un éxito tanto desde el punto de vista monetario como artístico. A esa edad, Beethoven ya mostraba también una personalidad taciturna y reservada, lo cual le impedía hacer amigos en la escuela a la que iba, llamada el Tirocinium. En su biografía Beethoven, Jan Swafford escribe: “En la escuela, Beethoven aprendió algo de francés y de latín, así como a escribir con una elegante caligrafía que conservó hasta después de haber cumplido los veinte años, para degenerar más tarde en un frenético garabateo. En la escuela aprendió a sumar, pero no a multiplicar ni a dividir. Hasta el final de su vida, si por ejemplo tenía que multiplicar 62 por 50, escribía 50 veces 62 en una columna y lo sumaba.” Al llegar a la conclusión de que en la escuela no estaba aprendiendo nada que valiera la pena, su padre lo sacó de ella y le dijo que de ahora en adelante sólo estudiaría y haría música. Esto, claro, resultó una bendición para el niño. A causa de su tez oscura, Beethoven era conocido por sus familiares y vecinos como der Spagnol (el Español). En casa, Beethoven jugaba con sus hermanos Caspar Carl y Nikolaus Johann, y pasaba largas y felices horas con su madre. Maria se ocupaba del cuidado del hogar, pero no le daba mucha importancia a la limpieza, por lo que sus hijos lucían desaseados frecuentemente. A pesar de todo, esta mujer poseía un carácter fuerte, indoblegable. Según Swafford, una de sus sentencias más socorridas rezaba: “Sin sufrimiento no hay lucha, sin lucha no hay victoria, sin victoria no hay coronación.” Es probable que esta sentencia se incrustara en el alma del pequeño Ludwig y lo preparara para enfrentar una vida llena de sufrimientos y penalidades... En 1781, junto con su padre y el violinista Franz Georg Rovantini, Beethoven emprendió por Renania su primera gira artística. Durante ésta y otras giras posteriores, él y Rovantini tocaron en casas modestas, pero también en suntuosos palacios campestres, como el de la familia de banqueros Meinertzhagen de Oberkassel y en el de C. J. M. Burggraf, el segundo palacio barroco más grande al norte de Los Alpes.     La carrera musical de Beethoven se iniciaba con buenos augurios.   Su primera obra: las Variaciones Dressler   En aquella época no pudo haberle ocurrido un hecho más afortunado a Beethoven: Christian Gottlob Neefe, compositor, organista, escritor y poeta originario de Leipzig, se hizo cargo de su enseñanza musical. Neefe era un hombre culto y refinado, con un carácter suave y bondadoso, que, a diferencia de Johann, su padre, supo encauzar con buenas maneras las extraordinarias aptitudes que vio en Beethoven. Gracias a él, Beethoven pudo conocer una gran cantidad de literatura musical, sobre todo de compositores alemanes como Johann Sebastian Bach y Carl Philipp Emanuel Bach. En un informe sobre la música y los músicos de Bonn, Neefe escribió: “Louis van Beethoven, hijo del mencionado tenor, es un muchacho de once años de talento más que prometedor. Toca el klavier con mucha destreza y gran dominio, lee muy bien a primera vista, y […] toca con maestría El clave bien temperado, de Sebastian Bach […]. Este joven genio está llamado a ser un segundo Wolfgang Amadeus Mozart, siempre que continúe como ha comenzado.” Bajo la tutela del que a la postre se convertiría en su mentor más importante, Beethoven publicó su primera obra propiamente dicha: las Variaciones Dressler, compuestas en la tonalidad de do menor a partir de una marcha fúnebre de Ernst Christoph Dressler. En opinión de Swafford, esta obra “es ligera y convencional, aunque impresiona la imaginación, la armonía y la técnica de teclado en un muchacho de la edad de Beethoven.” En junio de 1782, Gilles van den Eeden, organista de la corte, murió. Entonces Neefe asumió ese puesto. Al día siguiente, éste debió acompañar al elector Maximilian Friedrich a la ciudad de Münster, por lo que dejó a Beethoven como su sustituto. Esto habría de repetirse con cierta regularidad en el futuro. Al año siguiente, Beethoven publicó tres sonatas para teclado dedicadas al elector Maximilian Friedrich. Conocidas como las Sonatas electorales, muestran un avance considerable en relación con las Variaciones Dressler. Tiempo después, un crítico del Musikalischer Almanach se atrevió a comentar que las Variaciones Dressler y las Sonatas electorales “quizá podrían ser respetadas como las primeras tentativas de un principiante en música, como ejercicios de un estudiante de tercer o cuarto grado en nuestras escuelas.” Beethoven ya era organista asistente de Neefe y, también, pianista repetidor en el teatro de la corte. Neefe solicitó al elector Maximilian Friedrich que hiciera oficial el puesto de Ludwig como organista, pero dicha solicitud no prosperó. Mientras tanto, como consecuencia de su alcoholismo, Johann se mostraba cada vez más incapaz de sostener a su familia.   Abril de 1787: Beethoven conoce a Mozart en Viena   A la muerte del elector Maximilian Friedrich, un melómano lo sucedió: Maximilian Franz. Poco tiempo después, Beethoven fue contratado como músico de la corte de Bonn. De ese período son sus tres cuartetos para piano –en mi bemol mayor, re mayor y do mayor–, en los que, tomando como modelo distintas sonatas para violín y piano de Mozart, Beethoven demuestra un marcado avance compositivo con respecto a sus obras anteriores. En ellos se anuncia, de acuerdo con Swafford, “otro de los rasgos que definirán el arte de Beethoven a lo largo de su vida: llevarlo todo al límite, volver propios sus modelos en parte haciendo de cada elemento algo más. Los niveles de volumen son a la vez más altos y más bajos que los de sus modelos, todo es más intenso, más conmovedor, más impulsivo y dramático, más individual, más extenso y pesado, con contrastes más acusados y mayor virtuosismo.” Su trabajo en la corte de Bonn mantenía muy ocupado a Beethoven: hacía música en la capilla y el teatro, daba lecciones de klavier a los hijos de los nobles y de los funcionarios, tocaba en conjuntos de cámara y como solista con la orquesta... También era más sociable y contaba con un mayor número de amigos. Sin embargo, no dejaba de añorar la soledad para dedicarse a componer o dar largos paseos a orillas del río Rin. Maximilian Franz sabía perfectamente que Beethoven poseía un talento fuera de serie. Por eso decidió enviarlo a Viena. Así, el 20 de marzo de 1787, luego de despedirse de su madre enferma, de su padre y de sus hermanos, Beethoven emprendió en solitario su primer viaje a la capital europea de la música, a donde llegó el 7 de abril. Al cabo de unos días fue conducido ante Mozart, quien acababa de regresar de Praga, ciudad donde lo adoraban y donde recién había estrenado su Sinfonía número 38 en re mayor, Köechel 504, “Praga”. En un primer momento, Beethoven tocó algunas piezas de su autoría, pero el genio salzburguez se mostró frío e impasible frente a aquel adolescente de gesto huraño. A continuación, Beethoven le mostró a Mozart sus tres cuartetos para piano. Mozart quedó complacido. Finalmente, Beethoven le pidió a éste que le obsequiara un tema sobre el cual pudiera improvisar. Mozart accedió. Una vez que escuchó sus improvisaciones, Mozart quedó profundamente impresionado por la capacidad interpretativa y creativa de Beethoven. Salió de aquel salón de música y, de acuerdo con la leyenda que perdura hasta nuestros días, dijo a los que estaban ahí presentes: “Prestadle atención porque algún día dará de qué hablar al mundo.”   Beethoven pierde a su madre y conoce al conde Waldstein   Beethoven permaneció en Viena menos de dos semanas porque recibió una carta de Johann, en la que le decía que su madre estaba muy enferma y que volviera cuanto antes a Bonn. Ya de regreso en casa, Beethoven halló a su padre borracho, a sus hermanos menores aterrorizados y a María gravemente enferma de tuberculosis, un padecimiento para el cual, en aquella época, no había ningún tratamiento eficaz. Las siguientes dos semanas, Beethoven fue testigo del terrible sufrimiento de su querida madre. Finalmente, a los cuarenta años, ésta murió el 17 de julio de 1787. Entonces, con tan sólo dieciséis años a cuestas, Beethoven asumió el liderazgo de su familia. Dos meses después, en una carta dirigida a Joseph von Schaden, su nuevo amigo de Augsburgo, Beethoven escribía: “[…] Era una madre tan buena y cariñosa conmigo, además de mi mejor amigo. ¡Oh!, quién más feliz que yo cuando aún podía pronunciar el dulce nombre de madre, y ser oído y respondido. ¿A quién se lo diré ahora? ¿A la muda apariencia que de ella fabrica mi imaginación? […]” A comienzos de 1788, el conde Ferdinand Ernst Joseph Gabriel Waldstein llegó a la corte de Bonn y casi de inmediato se enteró de la existencia y del singular talento musical de Beethoven, por lo que resolvió protegerlo e impulsarlo. Con el paso del tiempo, el conde Waldstein, quien tocaba el piano y solía componer de vez en cuando alguna pieza, se convertiría en el principal mentor y mecenas de Beethoven durante su adolescencia y, también, en la persona que le permitiría conocer a otros mecenas vieneses.  En agradecimiento por su invaluable ayuda, Beethoven le dedicaría, hacia finales de 1803, su Sonata número 21 para piano en do mayor, opus 53, hoy conocida como Sonata Waldstein. En relación con esta obra, Jan Swafford escribe en su biografía del compositor alemán: “En la Waldstein, Beethoven inventó colores y texturas originales para el piano, y al mismo tiempo revisó el do mayor con una nueva perspectiva. Al ser la tonalidad más afinada de los pianos de la época, representaba generalmente lo sencillo, lo contenido, siendo adecuada también para la ecuanimidad o para la grandeza, incluso para la pompa militar, aunque no para la pasión y el entusiasmo. En esta ocasión, Beethoven la hizo sonora e intensa, gracias en parte a que la rodeó de tonalidades sorprendentes.” Originalmente, Beethoven compuso como segundo movimiento de la Sonata Waldstein un Andante grazioso con moto. Sin embargo, cuando tocó por primera vez esta sonata completa, un amigo suyo comentó que dicho movimiento era demasiado largo. Aunque Beethoven se molestó por este comentario, posteriormente estuvo de acuerdo con su amigo. Así pues, sacó ese segundo movimiento de la Sonata Waldstein, al cual le tenía un especial cariño, y lo publicó con el nombre de Andante favori (Andante favorito).   Beethoven compone sus Cantatas imperiales   A finales de 1789, ante la caída en picada de Johann por su exacerbado alcoholismo, Beethoven solicitó al elector Maximilian Franz el retiro y el cobro de la pensión de su progenitor. Dicha solicitud le fue concedida mediante un decreto en el que se estipulaba que una mitad de la pensión de Johann estaría destinada a éste y la otra al propio Beethoven. Así, con este dinero extra, sumado a su salario como músico de la corte y a lo que percibía por sus lecciones e interpretaciones públicas, Beethoven pudo hacerse cargo, sin problemas, de la manutención de sus hermanos. El 20 de febrero de 1790, el sacro emperador románico germánico José II, hermano mayor del elector Maximilian Franz y uno de los líderes más progresistas de la época, falleció en Viena. Entonces, a iniciativa de Eulogius Schneider, un antiguo monje franciscano, se comenzó a planear un programa para rendirle homenaje. El mismo Schneider escribió su Oda a José II, que sería recitada durante la ceremonia; también propuso que se incluyera una cantata fúnebre compuesta por uno de los principales músicos de Bonn, a partir de un texto del joven estudiante de teología y protegido suyo Severin Anton Averdonk. El encargo de componer esta cantata recayó en Beethoven, quien de inmediato puso manos a la obra. Sin embargo, dos días antes de la ceremonia se anunció oficialmente que no podría ser interpretada “por diversos motivos”, lo cual significaba básicamente que era demasiado compleja y difícil para la orquesta de la corte. A pesar de todo, Beethoven no se desanimó y, con la esperanza de que fuera ejecutada en otra ocasión, siguió componiendo su Cantata por la muerte del emperador José II, que terminó durante el verano. En opinión de Jan Swafford, al igual que el texto de Averdonk, la música de Beethoven es muy exaltada y revela que, a sus diecinueve años, “aún prometía mayores exaltaciones.” Y añade: “Sí, la excesiva exaltación fue un signo de su juventud, pero su expresión es ya poderosa, el manejo de la orquesta eficaz y expresivo, y su voz inconfundiblemente propia. Como signo de ese dinamismo, utilizó ideas procedentes de esa cantata una y otra vez en años posteriores.” Beethoven nunca publicó o interpretó su Cantata por la muerte del emperador José II, la cual permaneció perdida hasta la década de los años 80 del siglo XIX. Para la coronación de Leopoldo, hermano de José, Beethoven recibió otro texto con el objetivo de que compusiera otra cantata, pero ésta, llamada Cantata para la coronación del emperador Leopoldo II, tampoco fue tocada por las mismas razones que la primera. Sobre ella, Swafford escribe: “En la Cantata para la coronación del emperador Leopoldo II, Beethoven revela aun con más claridad que es un joven de notable técnica pero todavía con un escaso sentido de la forma y la proporción. Pone en música lo que pretende que el texto sea, más que lo que realmente es, con sus vuelos de ángeles y ‘la sonrisa de la humanidad dibujándose’ en los labios de Leopoldo.”   Beethoven viaja de nuevo a Viena para estudiar con Haydn   En 1791, Beethoven tomó la popular aria de ópera “Venni amore”, del compositor italiano Vincenzo Righini, para componer veinticuatro variaciones en re mayor conocidas como las Variaciones Righini. De acuerdo con Swafford, el compositor alemán transformó el tema de dicha aria “en una virtuosa exploración de colores y efectos pianísticos de una escala imaginativa superior a cuanto había escrito para piano hasta aquel momento.” El 5 de diciembre de ese mismo año, Mozart murió en Viena. Meses después, Beethoven pidió permiso al elector Maximilian Franz para ir a esa ciudad a estudiar con el gran compositor austriaco Franz Joseph Haydn, lo cual le fue concedido. Antes de partir, sus amigos y conocidos le dedicaron algunas líneas de despedida en un Stammbuch o “libro familiar”. Entre todas destacan, sin duda, las escritas por el conde Waldstein, que a la postre resultarían proféticas: “¡Querido Beethoven! Os vais por fin a Viena para realizar vuestros deseos, durante tanto tiempo frustrados. El genio de Mozart aún sigue de luto y llora la muerte de su discípulo. En el inagotable Haydn había encontrado refugio, aunque no ocupación; a través de él quiere formar una unión con otro. Por medio de un esfuerzo constante recibiréis de manos de Haydn el espíritu de Mozart. Vuestro fiel amigo, Waldstein.” En la mañana del 2 de noviembre de 1792, Beethoven subió a un carruaje con sus escasas pertenencias, entre las que había un montón de manuscritos y esbozos musicales, y viajó nuevamente a Viena. Atrás quedaron sus hermanos, que ya podían valerse por sí mismos, y Johann, su padre, cada vez más marchito y derrotado por el alcohol. Según, Gottfried Fischer, autor de unas memorias de la familia Beethoven, luego de la partida de su hijo, Johann decía a todos aquellos que quisieran escucharlo: “Mi Ludwig es ahora mi única alegría; se ha convertido en un músico y en un compositor tan consumado que todo el mundo lo mira con asombro. ¡Mi Ludwig! Algún día será un gran hombre en el mundo. ¡Vosotros que hoy estáis aquí, recordad lo que os he dicho!” Beethoven llegó a Viena con un solo objetivo en mente: convertirse, a como diera lugar, en un compositor único, distinto de todos los que había habido hasta entonces. Se instaló en una mísera buhardilla y, a continuación, se puso a revisar la lista de contactos que el conde Waldstein y otros le habían dado... Hacia finales de diciembre, mientras intentaba levantar el vuelo financieramente, Beethoven recibió una carta en la que se le anunciaba que su padre había fallecido el día 18, a causa de “una hidropesía en el pecho”. A diferencia de lo que ocurrió cuando murió su madre, no regresó a Bonn para estar presente en su funeral.   Beethoven le dedica su opus 1 al príncipe Lichnowsky   Como la mayoría de los jóvenes de entonces, Beethoven llamaba a Haydn “papá”. En mayo de 1793, el viejo compositor austriaco llevó al joven músico venido de Bonn al Palacio de los Esterházy, en Eisenstadt, para presentárselo a su patrón, el príncipe Nikolaus. Beethoven regresó a Viena y Haydn se quedó en Eisenstadt, trabajando en varias sinfonías que debía estrenar en Inglaterra. Y cuando éste volvió, seguía tan ocupado que ya no pudo reanudar las lecciones que daba a Beethoven. En aquel tiempo, Beethoven ya vivía en una acogedora habitación de una casa que pertenecía al príncipe Karl Lichnowsky, un consumado melómano. Su esposa, la princesa Maria Christiane, había tomado clases con Mozart y era una de las mejores pianistas aficionadas de Viena. En una de las veladas musicales organizadas por los Lichnowsky en su palacio –a las que, por cierto, acudía regularmente Haydn–, Beethoven interpretó El clave bien temperado, de Bach, lo cual le permitió ganarse la simpatía y la admiración del círculo de amistades de Karl y Maria Christiane. Pronto, Karl Lichnowsky se convirtió en el primer mecenas de Beethoven en Viena. El compositor respondió a este generoso gesto, dedicándole su opus 1, conformado por tres tríos para piano: en mi bemol mayor, sol mayor y do menor. Estas obras fueron interpretadas especialmente para Haydn durante otra velada musical de los Lichnowsky. Aunque “papá” Haydn se expresó bien de ellas, también comentó que él nunca le habría aconsejado a su pupilo publicar el Trío en do menor número 3, pues creía que el público no podría comprenderlo o aceptarlo. Como Beethoven consideraba que dicho trío era precisamente el mejor de los tres, montó en cólera y concluyó que el viejo compositor austriaco estaba celoso de su talento y que en realidad pretendía boicotear la obra que podía introducirlo de lleno en el mundo musical de la época. Al respecto, Swaffor comenta: “El Trío en do menor número 3 es la primera obra que demuestra hasta qué punto esa tonalidad galvanizó a Beethoven: un repertorio de efectos hacia lo violento y lo implacable, lo que vendría a llamarse su ‘carácter en do menor’. […] Después de haber divagado, rellenado y agradado en diversa medida en sus dos primeros tríos, aquí Beethoven estira el brazo y agarra por el cuello a sus oyentes.” Beethoven no se equivocó: este trío fue el que más atrajo la atención, tanto del público como de los críticos, y el que, de alguna manera, anunció lo que aquél sería capaz de componer en el futuro.   Beethoven emprende una gira por varias ciudades de Europa   A instancias de Haydn, Beethoven tomó, durante más de un año, lecciones de contrapunto con Johann Georg Albrechtsberger, Kapellmeister de la catedral de San Esteban. A principios de 1796, emprendió una gira de conciertos organizada por el príncipe Lichnowsky, que lo llevaría a Praga, Dresde, Leipzig y Berlín. En Praga pudo conseguir un piano y se puso a trabajar con un ánimo inmejorable. Entre las obras que compuso entonces sobresale Ah, perfido!, una aria de concierto para soprano y orquesta sobre un texto del escritor y poeta italiano Pietro Metastasio, la cual sería publicada posteriormente con el opus 65. Acerca de esta obra, Jan Swafford escribe: “Da la sensación de que Beethoven se divirtió mucho con esta pieza, sin sentirse forzado a ser original. En ella se ajustó en gran medida a las convenciones operísticas mozartianas e italianas, subrayando las emociones con un torrente de pirotecnias vocales y una colorida instrumentación.” Mientras tanto, al sur de Europa, un nuevo comandante llamado Napoleón Bonaparte se hacía cargo del ejército francés en Italia y barría a las tropas austriacas… En marzo de ese mismo año, Beethoven vio publicadas sus tres sonatas para piano del opus 2 (en fa menor, la mayor y do mayor), dedicadas a Haydn. De acuerdo con Swafford, ya para la sonata número 2, opus 2, “Beethoven se había liberado prácticamente de los gestos y el estilo convencionales del siglo XVIII.” De Praga, Beethoven viajó a Dresde, donde maravilló a todos los que tuvieron el privilegio de escucharlo al piano, entre ellos, el elector de Sajonia, quien no dudó en regalarle una tabaquera de oro. A continuación se trasladó, vía Leipzig, a Berlín, donde, a pedido de Federico Guillermo, rey de Prusia, compuso dos sonatas para violonchelo (en fa mayor y sol menor) que él mismo estrenó junto con el violonchelista Jean-Louis Duport y que serían publicadas en febrero del año siguiente con el opus 5. “No es extraño que esas sonatas resultaran ser obras llenas de confianza, vivaces, frescas y juveniles. En aquel momento de su vida, Beethoven tenía todos los motivos para sentirse así. Era idolatrado y muy bien pagado allá donde iba. Se sentía muy bien de salud, lo cual no era habitual en él”, apunta Swafford. Ya de regresó en Viena, Beethoven se dedicó a esbozar nuevos proyectos. El 16 de diciembre cumplió 26 años.   Ludwig van Beethoven compone su lied Adelaide   Además de las sonatas para violonchelo en fa mayor y sol menor, en febrero de 1797 fueron publicadas otras obras de Beethoven: la Sonata para piano a cuatro manos, opus 6, las Doce variaciones sobre una danza rusa, dedicadas a la condesa Anna Margarete von Browne, y el lied Adelaide, sobre un poema del poeta alemán Friedrich von Matthisson. A Beethoven le apasionaba el poema de Matthisson, y durante más de dos años trabajó arduamente para ponerle música. “Las cuatro estrofas del poema evocan imágenes de la amada inspiradas por la naturaleza, y cada verso termina con una extasiada repetición del nombre: ‘¡Adelaide!’ En el último verso, el poeta imagina su tumba y una flor púrpura brotando de las cenizas de su corazón, con el nombre ‘Adelaide’ inscrito en cada pétalo”, comenta Jan Swafford. Con el tiempo, el lied Adelaide, que probablemente fue compuesto como parte del cortejo de Beethoven a la contralto Magdalena Willmann (a quien había conocido en su ciudad natal), se convertiría en uno de los mayores éxitos en la vida del compositor. Más adelante, Beethoven concluyó la Sonata para piano número 4 en mi bemol mayor, opus 7, “Gran sonata”, dedicada a la condesa Babette de Keglevic, una alumna de piano aún adolescente a la que posteriormente le dedicaría también las Diez variaciones sobre el dueto “La stessa, la stessissima”, de la ópera Falstaff, de Antonio Salieri, el Concierto para piano número 1 en do mayor, opus 15, y las Seis variaciones sobre un tema original, opus 34. A finales de ese año, Beethoven cayó enfermo de tifus, padecimiento que en aquella época causaba casi siempre la muerte y que en muchas ocasiones afecta al oído. Apenas se recuperó al cabo de varias semanas, volvió al trabajo y terminó las Variaciones para dos oboes y corno inglés sobre el aria “La ci darem la mano”, de la ópera Don Giovanni, de Mozart, una sonata para piano que, junto con otra, integraría su opus 49, los tres Tríos para cuerdas, opus 9, las tres Sonatas para piano, opus 10, el Trío para clarinete, opus 11, y las tres Sonatas para violín, opus 12, dedicadas a Antonio Salieri. En 1798, Beethoven conoció a Carl Friedrich Amenda, quien había abandonado su carrera como violinista virtuoso para estudiar teología. Los dos se hicieron inseparables, a tal grado que, si uno aparecía solo por las calles de Viena, los transeúntes preguntaban a gritos dónde estaba el otro. Se cuenta que una vez, luego de que Beethoven improvisó al piano solamente para Amenda, éste dijo que le entristecía que una música tan maravillosa se perdiera para el mundo, a lo cual el compositor exclamó: “¡Te equivocas!”, y volvió a tocar, nota por nota, la pieza entera.   La historia oculta de la Sonata Kreutzer   Desde su adolescencia, Beethoven mostró ser un hombre que tendía a enamorarse apasionadamente. Ya dijimos que trató de conquistar a la contralto Magdalena Willmann, pero ésta lo rechazó cuando le declaró su amor (años después también intentaría enamorar a la hija de Willmann, pero tampoco tendría éxito). Según su alumno Ferdinand Ries, “Beethoven miraba con gusto a las mujeres, sobre todo a las de bello y juvenil rostro. Cuando nos cruzábamos con una muchacha encantadora, solía darse vuelta para mirarla otra vez con sus anteojos, y reía o hacía gestos cuando era sorprendido por ella.” Ahora bien, si Beethoven se veía superado por otro hombre en una lid amorosa, podía reaccionar con ira y desprecio. Así lo hizo ante el virtuoso violinista y compositor británico George Augustus Polgreen Bridgetower, a quien había conocido por intermediación del príncipe Lichnowsky. Bridgetower era un atractivo mulato de 24 años, hijo de un hombre nacido en las Antillas y de una mujer suaba. Había participado en algunos de los conciertos londinenses de Haydn y poseía una brillante técnica, gracias a la cual contaba con la admiración de, entre otros, el violinista y compositor italiano Giovanni Battista Viotti. Pronto, Beethoven y él se hicieron amigos; incluso llegaron a irse de juerga varias veces. Un día, Bridgetower le propuso a Beethoven tocar un recital juntos y éste accedió. Con el tiempo encima, Beethoven se puso a componer, de atrás hacia adelante –es decir, a partir del movimiento final que había descartado para la Sonata número 6 en la mayor, opus 30, número 1–, otra sonata para violín. Fue así como el 24 de mayo de 1803, día del recital en el gran pabellón del palacio de Augarten, en Viena, la parte correspondiente al piano del primer movimiento (Adagio sostenuto –Presto– Adagio) estaba sólo esbozada, y el movimiento lento (Andante con variazioni) tuvo que ser leído en un manuscrito con la tinta aún fresca. Con todo, la interpretación de ambos músicos fue magistral. En un principio, Beethoven dedicó la Sonata para violín número 9 en la mayor, opus 47, a Bridgetower. Sin embargo, al poco tiempo, ambos se enamoraron de una misma muchacha, y como la dama en cuestión prefirió los galanteos del apuesto mulato, Beethoven, iracundo, borró el nombre de su amigo en el manuscrito y lo sustituyó por el del violinista y compositor francés Rodolphe Kreutzer, quien, al parecer, nunca ejecutó esta sonata, pues no se sentía atraído por la música del compositor alemán. De acuerdo con Jan Swafford, la Sonata Kreutzer “iba a convertirse en una obsesión para la nueva generación romántica. En su conjunto es espléndida, pero su leyenda descansa en su arrebatador primer movimiento. Hay una especie de improvisada excitación e inmediatez, una amplitud y variedad de ideas que sorprenden y deslumbran en cada ocasión.” En 1889, el escritor ruso León Tolstoi retomaría el título de esta impetuosa sonata para publicar una novela en la que abordó precisamente el tema de los celos.   Beethoven da inicio a su faceta como sinfonista   De acuerdo con Emil Ludwig (1881-1948), otro de los grandes biógrafos de Ludwig van Beethoven, las nueve sinfonías del compositor alemán “han penetrado en el mundo más profundamente que todas las demás obras. Han llegado a ser propiedad de la humanidad occidental como ninguna otra música. En eficacia universal, sólo pueden ser comparadas con Homero o Shakespeare, con Don Quijote o Fausto; como éstos, han llegado a ser conceptos aun para la gente que no las conoce.” La faceta de Beethoven como sinfonista salió a la luz el 2 de abril de 1800, cuando presentó su Sinfonía número 1 en do mayor, opus 21, en un concierto para su propio beneficio en el Teatro de la Corte Imperial y Real de Viena. A pesar de que tiene una evidente influencia de Haydn, esta obra ya muestra ciertos rasgos innovadores que Beethoven habría de desarrollar en el futuro hasta límites nunca antes vistos o, mejor dicho, escuchados.  Esta sinfonía inaugural alcanzó un gran éxito entre el público asistente al concierto. En una nota de la época, el crítico del Allgemeine Musikalische Zeitung encontró en ella “mucho arte, novedad y una gran riqueza de ideas.” Si Haydn compuso sus doce celebérrimas sinfonías londinenses en cuatro años (de 1791 a 1795) y Mozart sus tres últimas sinfonías (la cumbre de su arte sinfónico: 39, 40 y 41, “Júpiter”) en unas cuantas semanas de 1788, Beethoven necesitó para cada una de las suyas –a excepción de la Octava–  años, y para la Novena incluso un decenio. Así, en 1800, Beethoven comenzó a componer su Sinfonía número 2 en re mayor, opus 36, en la localidad de Heiligenstadt, en las cercanías de Viena, poco antes de que se manifestaran los primeros síntomas de su sordera. Al cabo de tres años, el 5 de abril de 1803, la estrenó también en Viena. En ella prescindió, por primera vez, del término minueto para el tercer movimiento y lo sustituyó por el de scherzo, que en italiano significa “broma”. El compositor francés Héctor Berlioz escribió que esta sinfonía fue compuesta “elegante, enérgica y orgullosamente” y que exhibe “todo el fuego de la juventud de un corazón noble que ha podido, logrado mantener todas las hermosas ilusiones de la vida”. Por su lado, Jan Swaffor comenta que Beethoven “nunca más compondría otra obra parecida a la Segunda, ni siquiera en su música teatral, donde tuvo que encontrar la manera de zafarse de Mozart. Para él, la Sinfonía en re mayor era una estación en un viaje que le llevaba a un destino que desconocía cuando la empezó, pero que quizá había comenzado a comprender en el momento en que la terminó.” Para entonces ya hacía tiempo que se gestaba en la mente de Beethoven una obra absolutamente revolucionaria, para muchos la mejor sinfonía que escribiría jamás: la Tercera, en mi bemol mayor, conocida también como la Eroica (en italiano).   Beethoven compone su Sinfonía número 3   El proceso creativo es un misterio. Y en el caso de la Sinfonía número 3 en mi bemol mayor, opus 55, de Beethoven, este misterio es aun más profundo si se considera que dicha obra representa un hito en la historia de la música. Con ella quedó atrás, en definitiva, el Clasicismo, con su claridad meridiana, su simetría y su equilibrio, y subió al pedestal el Romanticismo, con su pasión incontenible, su furia y sus tempestades.  En el verano de 1802, en Heiligenstadt, Beethoven hizo algunos esbozos para los tres primeros movimientos de una nueva sinfonía; sin embargo, ninguno de ellos acabaría integrando esta obra. Un año después, en junio de 1803, el compositor alquiló en Oberdöbling, un pueblo sobre la colina ubicada junto a Heiligenstadt, tres habitaciones de una casa, y retomó su trabajo con otro cuaderno de apuntes. Para entonces, Beethoven tenía muy claro que su Tercera sinfonía se llamaría Bonaparte, en honor de quien había liberado Europa del yugo austriaco y puesto los cimientos de un nuevo orden social. Según Jan Swafford, en la Sinfonía Bonaparte, Beethoven quería evocar el carácter y la historia de un conquistador, así como la dimensión moral de lo que el “primer cónsul perpetuo francés” estaba creando por toda Europa. En la primera etapa de la escritura de esta sinfonía, Beethoven ya sabía que terminaría con un movimiento en forma de variaciones, basado en el último movimiento de la música para el ballet Las criaturas de Prometeo, opus 43, que había compuesto entre 1800 y 1801 (este tema también lo usaría en 1802 en las Quince variaciones con fuga para piano en mi bemol mayor, opus 35, conocidas como las Variaciones Eroica). Sentado ante su piano en la casa de Oberdöbling, Beethoven se dedicó a componer, en un estado emocional cercano al frenesí, el primer movimiento, Allegro con brio –el más largo y complejo primer movimiento de cualquier sinfonía escrita hasta esa fecha–, como la escenificación del drama del Héroe que enfrenta su destino. Una vez concluido éste, compuso el segundo movimiento, Marcia funebre (Adagio assai), cuyo origen se puede encontrar en el tercer movimiento, Marcia funebre sulla morte d'un Eroe, de la Sonata para piano número 12 en la bemol mayor, opus 26. Así como el segundo movimiento alude al entierro solemne de los muertos después del fragor de la batalla, Beethoven concibió el tercer movimiento, Scherzo (Allegro), “como el retorno a la vida y a la alegría”, a decir de Swafford. En él, por cierto, se utilizan, por primera vez en la historia de la orquesta sinfónica, tres cornos. Y en el Finale (Allegro molto–Poco andante–Presto), Beethoven aprovechó, como ya se dijo, el último movimiento de Las criaturas de Prometeo, para desplegarlo en once variaciones con ritmos impetuosos y culminar con una coda majestuosa. En el otoño de ese mismo año, ya de regreso en Viena, escribió la partitura orquestal de su nueva obra, y en la portada puso en italiano: “Sinfonia grande intitulata Bonaparte del Sigr. Louis van Beethoven”.   Beethoven rompe la portada de su Sinfonía Bonaparte   Un día de mayo de 1804, la desilusión y el desencanto cayeron sobre Beethoven. Su alumno Ferdinand Ries lo visitó para darle la noticia de que Napoleón Bonaparte se había hecho proclamar emperador. Iracundo, el compositor gritó: “¡No es más que un ser humano cualquiera. También él pisoteará todos los derechos para satisfacer su vanidad. Se creará superior a todos y será un tirano.” A continuación caminó hasta su mesa de trabajo, arrancó la portada de una copia de su Sinfonía Bonaparte, la rompió en dos pedazos y los aventó al suelo.    Antes de su estreno formal, programado para el domingo 7 de abril de 1805 en el Theater an der Wien, la Sinfonía número 3 en mi bemol mayor, opus 55, de Beethoven, ya había sido ejecutada varias veces en los palacios del príncipe Lobkowitz, a quien estaba dedicada, así como en casa de un melómano llamado Wirth.  Entonces empezó a correr el rumor de que algo excepcional estaba a punto de suceder en el mundo de la música. Un amigo de Haydn y reciente conocido de Beethoven, que respondía al nombre de Georg August von Griesinger, envió un informe al editor Gottfried Härtel en el que señalaba: “Se trata de la obra de un genio, dicen tanto los admiradores como los detractores de Beethoven. Algunos dicen que hay más en ella que en Haydn y Mozart, y que la sinfonía-poema ha sido alzada a nuevas cumbres. Los que están en contra dicen que al conjunto le falta consistencia; desaprueban la acumulación de ideas colosales.” Y llegó el domingo 7 de abril. Ante un público expectante, la orquesta del teatro, complementada con músicos del príncipe Lobkowitz, comenzó a tocar esta obra bajo la batuta del propio Beethoven. Según crónicas de la época, el largo y complejo primer movimiento desató una oleada de estupefacción entre el público. El pianista y compositor austriaco Carl Czerny, quien ocupaba una de las butacas del teatro, contaría después que en algún momento alguien gritó: “¡Pagaré lo que sea si paran esto!” Con la Marcia funebre, los oyentes se sintieron en terreno firme y pudieron asimilarla con facilidad. Por lo que se refiere al tercer movimiento, Scherzo (Allegro vivace), incluso arrancó el aplauso de no pocos asistentes. Sin embargo, el último movimiento, conformado por una serie de variaciones sobre un tema de música de ballet, concitó nuevamente la perplejidad del público. Una vez concluida la interpretación de la orquesta, hubo pocos aplausos. Beethoven, ofendido, se rehusó a agradecerlos y salió del escenario. Aún se conserva la portada del manuscrito original de la Tercera sinfonía donde el compositor escribió en italiano: “Sinfonia grande intitulata Bonaparte del Sigr. Louis van Beethoven”, con las palabras intitulata Bonaparte borroneadas. Pero en la parte inferior, escrito a lápiz por el propio Beethoven, se lee en alemán: “Geschrieben auf Bonaparte” (“Escrita para Bonaparte”).  Finalmente, antes de que se publicara esta obra en 1806, Beethoven rectificó de nuevo, por lo que el título definitivo quedó en italiano de esta manera: “Sinfonia Eroica, composta per festeggiare il sovvenire di un grand’uomo” (“Sinfonía Heroica, compuesta para celebrar la memoria de un gran hombre”).   Beethoven compone su Concierto para violín en re mayor, opus 61   En la cúspide de la lista de los más bellos conciertos para violín de toda la historia de la música (número 1 en re mayor, BWV 1042, de J. S. Bach, número 5 en la mayor, K. 219, de Mozart, en mi menor, opus 64, de Mendelssohn, en re mayor, opus 77, de Brahms, número 1 en sol menor, opus 26, de Bruch, en re mayor, opus 35, de Tchaikovsky…), refulge, como un diamante, el de Beethoven. Compuesto para el virtuoso violinista austriaco Franz Clement (“Concerto par Clemenza pour Clement” –“Concierto por Clemencia para Clement”–, escribió el compositor en el manuscrito) durante un periodo extraordinariamente fértil que también vio nacer la Sonata para piano número 22 en fa mayor, opus 54, el Triple concierto para piano, violín y violonchelo en do mayor, opus 56, el Concierto para piano número 4 en sol mayor, opus 58, y los tres Cuartetos Razumovsky, opus 59, entre otras obras, Beethoven lo terminó apenas dos días antes de su estreno, el cual tuvo lugar el martes 23 de diciembre de 1806 en el Theater an der Wien. Por esta razón, Clement tuvo que tocar con la partitura original –llena de tachaduras y correcciones– a la vista (asimismo, se cuenta que, en un gesto inaudito, luego del primer movimiento, Clement no interpretó el siguiente, sino una obra propia, con un violín de una sola cuerda puesto bocabajo…). Aunque el Concierto para violín en re mayor, opus 61, de Beethoven fue recibido con muchos aplausos por parte del público, los críticos no lo trataron nada bien. El del Wiener Zeitung escribió: “El juicio de los conocedores sobre el concierto de Beethoven es unánime; admiten que contiene algunos bellos pasajes, pero reconocen que frecuentemente carece de coherencia y que sus interminables repeticiones de pasajes banales llegan a cansar.” Esto sin duda influyó para que cayera en el olvido durante casi cuarenta años después de su estreno. Por fortuna, el húngaro Joseph Joachim, uno de los mejores violinistas de todos los tiempos, lo rescató en 1844 en una velada musical dirigida por Mendelssohn y lo reintegró, con todos los honores, al repertorio violinístico mundial (por cierto, a lo largo de varias décadas, Joachim fue su intérprete ideal y sus cadencias para esta obra se consideraron poco menos que obligatorias). En su libro Pensemos en Beethoven (Ediciones Monte Carmelo/CONACULTA, 2015), el escritor y melómano mexicano Eusebio Ruvalcaba escribió a propósito de este concierto: “[…] Nos sentamos a escucharlo y la belleza se desparrama. Como si un volcán hiciera erupción delante de nosotros. Las notas introductorias llaman a formar fila para recibir la hostia. Y es verdad flagrante, cada vez que los fieles aguardan que el sacerdote les dé la sagrada comunión, recuerdan en mucho a los individuos cuando están dispuestos a escuchar este concierto, que ha sido calificado como el más bello escrito hasta ahora. […]” Posteriormente, Beethoven escribió una versión para piano de esta misma obra que nunca llegó a ejecutarse mientras vivió. Innumerables son las grabaciones que se han hecho del concierto para violín de Beethoven; sin embargo, una sobresale entre todas: la del ucraniano David Oistrakh con la Orquesta de la Radio Nacional Francesa bajo la dirección de André Cluytens.   En un estado de plenitud, Beethoven compone su Sinfonía número 4   Beethoven pasó el verano de 1806, uno de los años más felices de su vida, en la residencia que la condesa Josephine von Brunswick y sus hermanos tenían en Martonvásár, Hungría. Entonces, probablemente motivado por el intenso amor que Josephine despertaba en él, compuso su Sinfonía número 4 en si bemol mayor, opus 60, que está dedicada al conde Franz von Oppersdorf. De ella, el célebre director de orquesta austriaco Josef Krips dijo: “Esta obra se aproxima al espíritu que campea en la Octava, pero mientras que esta última es la más vienesa de las nueve sinfonías, la Cuarta contiene un movimiento lento de indescriptible profundidad. Situada entre el drama de la Tercera y de la Quinta, esta sinfonía es un estudio sobre la serenidad: toda ella es la aceptación beethoveniana de la vida.” Aunque Josephine, por entonces viuda del conde Joseph von Deym, admiraba a Beethoven más que a ninguna otra persona, no sentía por él ningún sentimiento amoroso ni mucho menos atracción física. Además, casarse con un plebeyo como Beethoven hubiera significado para ella la pérdida de su título nobiliario, de sus privilegios e incluso de la custodia de sus cuatro hijos. En todo caso, Beethoven nunca se vio correspondido por esta mujer que, de acuerdo con algunos estudiosos, podría ser la Amada Inmortal, es decir, la destinataria de la famosa carta que el compositor escribió en julio de 1812 y que comienza así: “Mi ángel, mi todo, mi yo…” Pero volvamos a la Cuarta. En apariencia, está muy cerca del espíritu de Haydn y Mozart, pero sólo en apariencia... El primer movimiento, Adagio–Allegro vivace, se inicia con una lenta e introspectiva introducción que, luego de seis insistentes repeticiones de un mismo acorde, abre paso al Allegro, uno de los más gozosos y vivaces que Beethoven compusiera a lo largo de su existencia. Acerca del segundo movimiento, Adagio, Hector Berlioz comentó que “es tal la pureza de su forma, tan angelical su expresión melódica e irresistible su ternura, que la prodigiosa mano del artista queda enteramente oculta”. Por lo que se refiere al tercer movimiento, Allegro vivace–Trío. Un poco meno Allegro, es un enérgico scherzo pletórico de humor y libertad. Y el movimiento final, Allegro ma non troppo, es, en opinión de Jan Swafford, “un jadeante y alocado moto perpetuo, como la más alegre escena final de una ópera bufa.” La Sinfonía número 4 de Beethoven fue estrenada, junto con la obertura Coriolano, opus 62, en marzo de 1807, en un concierto privado que se efectuó en el palacio del príncipe Lobkowitz, en Viena. Robert Schumann se refería a ella como “una doncella griega entre dos gigantes nórdicos”, o sea, entre la Tercera y la Quinta. Cabe añadir que no pocos críticos la consideran, desde el punto de vista formal, la más perfecta sinfonía de Beethoven.   La Quinta de Beethoven: de la oscuridad a la luz   De acuerdo con Anton Schindler, el primer biógrafo de Beethoven, éste habría dicho con respecto a las famosas cuatro notas (tres breves y una larga) que dan comienzo a su Sinfonía número 5 en do menor, opus 67: “Así llama el destino a la puerta…” Y en efecto, el primer movimiento de esta obra, Allegro con brio, “implica una historia acerca de algo parecido a la acción del destino sobre la vida de un individuo, una acometida que no puede ser rechazada sino tan sólo soportada, resistida y trascendida desde dentro”, en palabras de Jan Swafford. Por lo demás, estas primeras cuatro notas no sólo dominan el Allegro con brio, sino también reaparecen una y otra vez en los momentos más dramáticos de los tres movimientos restantes. El segundo movimiento, Andante con moto, es una serie de variaciones sobre dos temas que alternan y contrastan entre sí. El primero de ellos, interpretado por las violas y los violonchelos, es una melodía de gracia y encanto femeninos; el segundo es fuerte y viril.   El comienzo y la conclusión del Scherzo. Allegro son tenebrosos. Y como para acentuar todavía más la interdependencia de los distintos movimientos, Beethoven encadena el tercero con el finale, Allegro, y retoma brevemente una parte de aquél hacia el luminoso remate de la sinfonía. Es posible que Beethoven tuviera en mente algo así como un guión dramático de su Quinta sinfonía, pero luego llegó a la conclusión de que ésta no tenía que seguir al pie de la letra una narración definida. Así pues, a partir de un plan general, iría de la oscuridad más profunda, de la desgracia del destino inexorable, a la luz más brillante, al triunfo total y exaltado.    A diferencia de la Tercera, en la que se describe la victoria del héroe que habrá de dar paso a un mundo mejor, más justo y libre, la Quinta cuenta la historia de una victoria personal ante el destino incierto y los embates de la vida. No por nada ésta es la obra más representativa del espíritu revolucionario y romántico. Beethoven comenzó a componer su Quinta sinfonía en 1803 y la terminó en 1807. Está dedicada al príncipe Lobkowitz y al conde Andrei Razumovsky. Su estreno se llevó a cabo el jueves 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien, en un concierto maratónico de cuatro horas de duración que incluyó exclusivamente obras del compositor alemán. El programa de esa tarde-noche gélida y memorable en la que Beethoven dirigió y tocó como solista, estuvo conformado de la siguiente manera: Sinfonía número 6 en fa mayor, opus 68, “Pastoral” (estreno), aria Ah, pérfido, opus, 65, Gloria de la Misa en do mayor, opus 86, Concierto para piano número 4 en sol mayor, opus 58 (estreno), Sinfonía número 5 en do menor, opus 67, Sanctus de la Misa en do mayor, opus 86, una improvisación para piano solo y Fantasía coral, opus 80 (estreno). Por cierto, después de esa velada musical, Beethoven nunca más volvería a tocar ningún concierto en público. La versión de la Quinta dirigida en 1974 por Carlos Kleiber al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena es considerada la mejor de todas por muchos críticos y melómanos, aunque no hay que olvidar las versiones de Erich Kleiber (padre de aquél) con la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam (1950) y la de Wilhelm Furtwängler con la Orquesta Filarmónica de Berlín (1947).   Otras obras de Beethoven se estrenan en un concierto extraordinario   El concierto del jueves 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien ha quedado registrado en la historia de la música como uno de los más extraordinarios de todos los tiempos porque, además de la Quinta sinfonía de Beethoven, se estrenaron otras grandes obras del compositor alemán: su Sinfonía número 6 en fa mayor, opus 68, “Pastoral”, su Concierto para piano número 4 en sol mayor, opus 58, y su Fantasía coral, opus 80. A diferencia de su predecesora, la Sexta es suave y serena. Hacia 1806, en los esbozos de esta sinfonía, Beethoven hizo las siguientes anotaciones: “Se deja que el oyente descubra la situación […] Sin descripciones, el conjunto será percibido más como sentimiento que como pintura con sonidos […] Quien sea sensible a cualquier idea sobre la vida en el campo descubrirá por sí mismo las intenciones del autor […]”   Beethoven la terminó en la primavera de 1808, en un departamento de la Kirchengasse, en Heiligenstadt. En la primera edición de Breitkopf & Härtel recibió el nombre de “Sinfonía pastoral o Remembranzas de la vida en el campo, una expresión de sentimientos más que una descripción”. Al igual que la Quinta, está dedicada al príncipe Lobkowitz y al conde Andrei Razumovsky. Cada uno de sus cinco movimientos es una estampa de un día en el campo. Al primero lo llamó “Despertar de los alegres sentimientos al llegar al campo” –Allegro ma non tropo; al segundo, “Escena junto al arrollo” –Andante molto mosso; al tercero, “Alegre reunión de campesinos” –Allegro; al cuarto, “La tormenta” –Allegro; y al último, “Canción de los pastores tras la tormenta” –Allegreto. Si bien es cierto que Beethoven ya había escrito música sacra, como el oratorio Cristo en el Monte de los Olivos, opus 85, y la Misa en do mayor, opus 86, se puede decir que con su Sexta sinfonía también se acercó a Dios, pero ahora desde la naturaleza, a la que amaba intensamente. En cuanto a su Cuarto concierto para piano, Beethoven lo terminó en la primavera de 1807 y está considerado uno de los más bellos del repertorio mundial. Si en el anterior (en do menor, opus 37), el compositor no pudo deshacerse por completo de la influencia de Mozart, en éste al fin lo consiguió. Luego de su estreno, el crítico del Allgemeine Musikalische Zeitung, escribió: “Es el concierto más maravilloso, insólito, artístico y difícil de todos cuantos Beethoven ha compuesto. El segundo movimiento es extraordinariamente expresivo en su hermosa sencillez y el tercero alcanza la exuberancia por medio de una poderosa alegría.”    Según Carl Czerny, en la tarde-noche del estreno, Beethoven tocó la parte del piano con más ornamentaciones de las que finalmente saldrían en la partitura impresa. Con todo, después de esa ocasión, este concierto entró en un largo y oscuro periodo de olvido, hasta que en 1836 fue rescatado por Felix Mendelssohn. Por lo que se refiere a la Fantasía coral, Beethoven la compuso a toda prisa para cerrar el concierto del 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien, a partir de su lied Gegenliebe. Los versos del coro final fueron escritos por el poeta Christoph Kuffner cuando la música ya había sido terminada. Cabe añadir que esta obra –cuya meta simbólica, a decir de Jan Swafford, era reunir el amor y la fuerza por medio de la música– es precursora del último movimiento de la Sinfonía número 9 en re menor, opus 129, “Coral”.   Una sinfonía quizá compuesta bajo la influencia de la Amada Inmortal   Wagner la llamó “la apoteosis de la danza” por su tremendo poderío rítmico que no cesa en ninguno de sus cuatro movimientos (Poco sostenuto –Vivace, Allegretto, Presto y Allegro con brio). Hablamos, por supuesto, de la Sinfonía número 7 en la menor, opus 92, de Beethoven. De acuerdo con varios musicólogos, es posible que la Amada Inmortal, aquella mujer de identidad incierta hasta la fecha y de la que Beethoven estaba perdidamente enamorado, haya sido quien desató el impulso creador que dio como resultado esta sinfonía. Beethoven, ya con serios problemas de sordera, la terminó en el verano de 1812. Y el miércoles 8 de diciembre de 1813, bajo la dirección del propio compositor –y con Louis Spohr, Giacomo Meyerbeer, Mauro Giuliani, Johann Nepomuk Hummel, Antonio Salieri, Ignaz Moscheles, Doménico Dragonetti e Ignaz Schuppanzigh como integrantes de la orquesta–, se estrenó en el salón de actos de la Universidad de Viena, durante un concierto en beneficio de los soldados austriacos y bávaros que habían resultado heridos el 30 y 31 de octubre de ese mismo año al combatir a las tropas de Napoleón en la batalla de Hanau. Esa noche, sin embargo, el salón de actos de la Universidad de Viena estaba repleto no tanto por la nueva sinfonía del genio de Bonn, como por La victoria de Wellington (o La batalla de Vitoria), opus 91, espectacular obra orquestal compuesta a toda prisa por Beethoven para celebrar el triunfo de las tropas británicas, españolas y portuguesas, lideradas por Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington, sobre el ejército francés en Vitoria, España (tiempo después, al leer, en un periódico, una crítica negativa de La victoria de Wellington, Beethoven, quien ciertamente la consideraba una tontería, escribió: “Nada más que una obra de circunstancias […] Ah, miserables granujas, mi mierda es mejor que cualquier cosa que podáis imaginar”). Como era de suponerse, en aquel ambiente victorioso y patriótico, La victoria de Wellington se llevó el aplauso más entusiasta del público, aunque la Séptima no fue recibida con indiferencia, ni mucho menos. Incluso, ante la insistencia de los presentes, el segundo movimiento, Allegretto, tuvo que interpretarse de nuevo, algo no muy común con los movimientos lentos (otro apunte acerca de este Allegretto: pronto se volvió tan popular que, en muchos conciertos, los directores lo tocaban en lugar de los movimientos lentos de la Segunda y la Octava). El compositor mexicano Joaquín Gutiérrez Heras (1927-2012) escribió sobre esta sinfonía: “La Séptima ocupa un lugar especial en la obra de Beethoven. Su desbordante energía la coloca cerca de la Tercera y la Quinta, pero en ella no encontramos los acentos trágicos o combativos que caracterizan a aquéllas. Es la expresión de un genio en el pináculo de su potencia creadora y se mueve en un plano que ha dejado muy atrás las connotaciones autobiográficas. En este sentido es una obra similar a la Sinfonía “Júpiter”, de Mozart –el juego del espíritu puramente musical.” Y otro mexicano, el escritor Eusebio Ruvalcaba, le dedicó el siguiente poema que forma parte de su libro Pensemos en Beethoven (Ediciones Monte Carmelo/CONACULTA, 2015).   Aún bajo los efectos del alcohol, un hombre escucha el Allegro con brio de la Séptima sinfonía   ¿De dónde proviene ese ritmo trepidante, Dios mío? Es como si una estampida de búfalos se aproximara. Las notas se suceden a una velocidad frenética. El aparato de sonido despide relámpagos y truenos. Como si fuera la voz colérica de Dios. De ese Dios iracundo e inclemente de que nos habla la Biblia. A una oleada de rápidos furiosos se avecina otra. Me sumerjo en esa agua que bulle bajo un impulso incontenible. Estoy pronto a ahogarme. No hay salvación posible. Excepto que piense en el sufrimiento de Beethoven, en lo que tuvo que haber pasado para darle a la música este dramatismo sublime.   El Testamento de Heiligenstadt: un escrito desde la desesperanza   En el verano de 1802, por consejo de su médico, Beethoven, entonces de treinta y dos años, se trasladó a Heiligenstadt, localidad ubicada en los alrededores de Viena, para descansar y estar en contacto con la naturaleza. En cuanto a su creatividad, el compositor pasaba por uno de sus periodos más fecundos (la Sonata para piano número 17 en re menor, opus 32, número 2, “La tempestad”, es, entre otras obras, de esa época). Sin embargo, su sordera no dejaba de avanzar de manera avasalladora. Hacia comienzos de octubre, Beethoven debió de haber intuido que se quedaría completamente sordo más temprano que tarde y cayó en una profunda crisis depresiva. Fue así como el día 6 de ese mes redactó una carta de tres páginas dirigida a sus hermanos Karl y Johann, la cual se conoce como el Testamento de Heiligenstadt. Sin duda, Beethoven esperaba que, luego de que sus hermanos la leyeran, fuera publicada para que el mundo supiera cómo había sido injustamente despreciado y malentendido por sus semejantes. Pero, a final de cuentas, esta carta nunca fue puesta en el correo y Beethoven la conservó el resto de su vida entre sus papeles privados. En marzo de 1827, después de su muerte, Anton Schindler y Stephan von Breuning la sustrajeron, junto con otros documentos y objetos, de su habitación y la publicaron en octubre de ese mismo año. Como ya dijimos, Beethoven la dirigió a sus hermanos Karl y Johann, pero en los tres lugares donde tendría que leerse el nombre de este último hay un espacio en blanco, porque aquél odiaba escribir un nombre o una palabra que le causara dolor, y en ese momento Johann seguramente le estaba causando un gran dolor. En ella se puede leer: “[…] Ah, ¿cómo podría aceptar una enfermedad en el único de los sentidos que, en mi caso, debe ser más perfecto que los otros, un sentido que antes poseía en la más alta perfección, una perfección como pocos en mi profesión han gozado? Oh, no puedo hacerlo, y por ello os pido que me perdonéis cuando veis que me retiro, pese a que hubiera estado encantado de unirme a vosotros. Y mi desgracia es doblemente dolorosa porque estoy destinado a ser mal comprendido: no puedo sentirme relajado con mis semejantes, no puedo asistir a cultas conversaciones, no puedo participar en el mutuo intercambio de ideas. Solo, completamente solo, no entro en la vida hasta que me lo exige una necesidad imperiosa; y debo vivir como un proscrito. Si me acerco a una tertulia, el miedo de que puedan advertir mi estado me sobrecoge con una angustia espantosa. […]” Más adelante, Beethoven admite que, ante la desesperación que ha experimentado, poco faltó para que se quitara la vida. Y agrega: “Sólo mi arte me ha detenido. Oh, me parecía imposible dejar este mundo antes de haber creado todo aquello que soy capaz de crear; por ello he decidido prolongar esta miserable existencia, en verdad miserable para un cuerpo tan sensible que cualquier cambio súbito puede precipitarlo del mejor al peor de los estados. […]” El 10 de octubre, Beethoven le añadió las siguientes palabras: “¡Con qué tristeza me despido de ti, Heiglnstadt [sic], con qué tristeza! La amable esperanza de cura que aquí me trajo, o al menos de alivio, debe morir del todo. De igual manera que las hojas del otoño caen y se marchitan, mi ilusión se me ha secado. Me voy casi como vine. El mismo esforzado valor que a menudo me socorría en los días bellos del estío se ha desvanecido del todo ¡Dios mío, concédeme, por una sola vez, un día de alegría! ¡Hace tanto tiempo que el profundo eco de la alegría verdadera me es desconocido! ¡Oh, cuándo, Señor, cuándo podría yo oírlo en el Templo de la naturaleza y de los hombres. ¿Nunca? ¡No! Esto sería demasiado cruel.” Al poco tiempo, Beethoven regresó a Viena, incomprensiblemente se instaló en una casa que se localizaba en una de las esquinas de la plaza de San Pedro, donde las campanas de la catedral de San Esteban, por un lado, y de la iglesia de San Pedro, por el otro, torturaban sus oídos con cierta frecuencia, y, como si nada hubiera sucedido, se puso a trabajar de nuevo. El original del Testamento de Heiligenstadt terminó en manos de Johanna, la viuda de Karl van Beethoven. En 1840, Franz List ayudó a Johanna a encontrar a alguien que se lo comprara. Finalmente, este conmovedor documento que pone al descubierto el corazón del compositor quedó en posesión de la célebre soprano sueca Jenny Lind. Hoy en día está bajo resguardo de la Biblioteca Estatal y Universitaria de Hamburgo.   La Octava: la más vienesa de todas las sinfonías de Beethoven   La Sinfonía número 8 en fa mayor, opus 93, es la más vienesa de todas las que compuso Beethoven, pues en ella retomó varios rasgos característicos del espíritu de Mozart y Haydn. Para distinguirla de la Sexta, también en fa mayor, Beethoven se refería a ella como “mi pequeña sinfonía en fa”. Sin dedicatoria y con una duración de menos de treinta minutos, el compositor la terminó en 1812, si bien no la estrenó hasta el 27 de febrero de 1814 en la Grosser Redoutensaal de Viena, en un concierto para su propio beneficio, cuyo programa incluyó, además, la Séptima y La victoria de Wellington. Al lado de estas dos obras, más acordes con el momento celebratorio que se vivía entonces por el fin de la guerra con los franceses y, también, más representativas del carácter típicamente beethoveniano, la nueva sinfonía no causó furor entre el público. Según Carl Czerny, ante el hecho de que la Octava no hubiera sido recibida con tanto entusiasmo como la Séptima, Beethoven exclamó socarronamente: “¡Eso se debe a que es mucho mejor!” Hacia fines de la primavera de 1812, varios amigos de Beethoven le ofrecieron una cena de despedida porque estaba a punto de emprender un viaje. Uno de ellos, el mecánico e inventor alemán Johann Mälzel, describió durante la velada el funcionamiento de un instrumento de su creación, el cronómetro musical, que precedió al metrónomo. Así, basado en el “ta ta ta” del instrumento de Mälzel, Beethoven improvisó un canon al que de inmediato se unieron alegremente los demás asistentes. Este canon sería aprovechado más tarde por el compositor para escribir el segundo movimiento, Allegreto scherzando, de la Octava. Sobre esta sinfonía, el compositor mexicano Joaquín Gutiérrez Heras escribió: “[…] si en sus temas el compositor parece regresar a su juventud, la manera de desarrollarlos es tan formidable y sorprendente como en las demás obras de su madurez, especialmente en el último  movimiento. En éste, partiendo de un tema vivaz y despreocupado, Beethoven nos abre en el desarrollo y en la coda imponentes e insospechadas perspectivas. Tal parece como si en esta obra el compositor, retomando el lenguaje de una etapa superada, concentrara sus energías para el salto gigantesco a su siguiente sinfonía.” Casi un mes y medio después del estreno de la Octava, el 11 de abril de 1814, Beethoven se empeñó en tocar la parte del piano en el estreno de su Trío en si bemol mayor, opus 97, “Archiduque”, pero, a decir del compositor Luis Spohr, “no fue gran cosa porque, en primer lugar, el piano estaba horriblemente desafinado, lo que a Beethoven le preocupó bien poco, puesto que no puede oírlo.” Una etapa especialmente convulsa y llena de momentos oscuros y difíciles estaba a punto de comenzar en la vida de Beethoven.   Beethoven se hace cargo de su sobrino Karl   Antes de morir el 15 de noviembre de 1815 de tisis (tuberculosis), Karl van Beethoven, hermano del compositor, dejó establecido por escrito que quería que su hijo, también de nombre Karl, de nueve años, quedara bajo la custodia compartida de su esposa, Johanna, y de Ludwig. Sin embargo, Beethoven estaba convencido de que Johanna era un ser inmoral y una madre indigna (incluso le endilgó el apodo de “Reina de la Noche”, en referencia al malvado personaje de la ópera La flauta mágica, de Mozart), por lo que, dos semanas después del fallecimiento de su hermano, pidió al Landrecht, el tribunal de la nobleza, que lo designara único custodio de su sobrino. El Landrecht falló a favor de Beethoven el 19 de enero de 1816. El compositor, entonces, se presentó ante dicho tribunal y juró “con solemnidad” cumplir con su deber. Beethoven inscribió al pequeño Karl en un afamado internado local y suplicó a su director, Cajetan Giannatasio del Rio, que no le permitiera a su madre, bajo ninguna circunstancia, ejercer sobre él la más mínima influencia; además, le dijo con firmeza que no podía visitarlo ahí... Beethoven, a quien le gustaba repetir una y otra vez: “Karl es mi hijo, yo soy su verdadero padre”, amaba realmente al niño y, de alguna manera, deseaba hacer de él otra de sus creaciones. El año anterior, las enfermedades, la sordera y la inseguridad en su capacidad creativa lo habían acercado peligrosamente al suicidio. Ahora, Karl le daba una razón para vivir y seguir componiendo. Así pues, con el ánimo renovado, Beethoven concluyó, en la primavera de 1816, An die ferne Geliebte (A la amada lejana), opus 98, su único ciclo de lieder. Basado en poemas de Alois Isidor Jeitteles, está considerado formalmente el primer ciclo de lieder de la historia de la música. En An die ferne Geliebte se aborda el dolor por la separación de la amada. Es muy probable que, para componerlo, Beethoven se haya inspirado en el tormento que le causaba el recuerdo de aquella mujer cuya identidad se desconoce hasta la fecha y a la que él llamaba simplemente la Amada Inmortal. De este ciclo de lieder, Jan Swafford dice: “Ninguna de las canciones puede ser extraída del conjunto; cada una conduce a la siguiente. Como en su música instrumental, hay motivos internos, tonalidades interrelacionadas y un regreso al final.”   Beethoven compone la más grande de todas sus sonatas para piano   En noviembre de 1817, Beethoven concluyó su Sonata número 28 en la mayor, opus 101, con la cual abrió un nuevo camino –más íntimo, personal e introspectivo– en su producción musical. Dedicada a la baronesa Dorothea Ertmann, el compositor Johann Friedrich Reichardt (1752-1814) escribió acerca de ella: “No he hallado jamás tanta fuerza unida a tan exquisita belleza.” Inmediatamente después, Beethoven comenzó a componer otra sonata para piano. Quería que fuera la más grande de todas... Entretanto, en enero del año siguiente, al fin logró realizar el plan que había concebido poco antes: sacar a su sobrino Karl del internado de Cajetan Giannatasio del Rio y llevarlo a vivir con él. En el verano de 1818, mientras Beethoven y Karl se encontraban en Mödling, una pequeña ciudad medieval ubicada al sur de Viena, el dueño de la firma inglesa John Broadwood & Sons le envió como regalo un espléndido piano, encima de cuyas teclas se podía leer, grabada sobre un placa de metal, esta inscripción latina: “Hoc Instrumentum est Thomae Broadwood (Londini) donum propter Ingenium illustrissimi Beethoven” (Este instrumento es un regalo de Thomas Broadwood de Londres para el ilustrísimo Beethoven”). Al respecto, Jan Swafford escribe: “Igual que en la década anterior su Érard le había ayudado a inspirarse para la Waldstein y la Appassionata, quizá el Broadwood, el piano más robusto en construcción y sonido que jamás había tenido, le ayudó a situarle en la dirección correcta para escribir la sonata para piano más colosal de su vida.” En el otoño de ese mismo año, una vez de regreso en Viena, Beethoven terminó la Sonata número 29 en si bemol mayor, opus 106, a la que llamó Grosse Sonate fur das Hammerklavier, es decir, Gran Sonata para Pianoforte. Fue entonces cuando el compositor alemán dijo: “Ahora ya sé cómo componer”. Con el tiempo, esta obra única en su género sería conocida simplemente como la Hammerklavier. Está dedicada al archiduque Rodolfo de Austria y lo de grande se refiere tanto a su dimensiones –es la más larga de todas las que compuso: dura alrededor de cuarenta y cinco minutos– como a su complejidad técnica. En su libro Pensemos en Beethoven (Ediciones Monte Carmelo/CONACULTA), 2015), Eusebio Ruvalcaba escribe: “Pocas obras nos quitan el sueño. Contadísimas obras se inoculan en nuestra sangre y nos perturban como una droga incontrolable. Exactamente lo que sucede con la sonata Hammerklavier de Beethoven, prueba de fuego para el que toca y para el que escucha. Como ninguna otra, esta sonata es un volcán en erupción. No hay más el Beethoven de las concesiones por el lado del romanticismo, y menos todavía por el lado de la experimentación. La Hammerklavier es la suma de todos los Beethoven: el de la Patética, el de la Appassionata, el de la Waldstein, pero aun, y lo que es inaudito, el de las sonatas que sobrevendrían más allá de la Hammerklavier.”   Beethoven comienza a componer las Variaciones Diabelli   La vida que Karl llevaba junto a Beethoven no le resultaba nada grata, por lo que el 3 de diciembre de 1818 huyó y se refugió con su madre. A la mañana siguiente, Beethoven fue a casa de Johanna y exigió que Karl volviera con él. Johanna presentó otra solicitud al Landrech, el tribunal de la nobleza, para recuperar a su hijo, alegando que Beethoven pretendía mandarlo lejos de ella para que no pudiera verlo. Una vez que este tribunal llamó a los tres para interrogarlos y descubrió que Beethoven no pertenecía a la nobleza, trasladó el caso al Magistrat. En enero de 1819, el Magistrat resolvió que Beethoven dejara de ser el tutor de Karl y que se buscara otro. Karl, por su lado, debía regresar a vivir con su madre. En marzo del mismo año, Beethoven y otros compositores vieneses fueron convocados por el músico austriaco Anton Diabelli para que cada uno escribiera una variación sobre una melodía de vals del propio Diabelli. Todas las variaciones resultantes serían publicadas en distintas entregas por una editorial de la que Diabelli era socio (por cierto, a los compositores que participaron en este proyecto musical se les agrupó bajo el nombre de Sociedad Patriótica de Artistas). A pesar de los problemas y líos legales que debía enfrentar, Beethoven le respondió a Diabelli que, a partir de lo que él calificaba de “remiendo de zapatero” (Schusterfleck), no compondría una sola variación, sino un conjunto entero, y puso manos a la obra. A principios del verano ya había escrito más de veinte variaciones; no obstante, al considerar que la obra estaba prácticamente terminada, la abandonó y se dedicó a esbozar las primeras secciones de lo que a la postre sería su Missa solemnis en re mayor, opus 123.   Mientras tanto, Karl ingresó en un internado y un amigo de Beethoven, Mathias von Tuscher, se convirtió en su nuevo tutor, pero pronto renunció a su cargo y el Magistrat designó a Johanna tutora única de su hijo. Al cabo de un año, Karl ya estudiaba en una escuela de Viena dirigida por Joseph Blöchlinger, quien era seguidor de Johann Heinrich Pestalozzi, el famoso pedagogo suizo que revolucionó la educación con sus ideas progresistas. Sin embargo, bajo el peso del disturbio emocional que suponía para él la disputa por su tutoría, Karl empezó a dar muestras de rebeldía y falta de interés en los estudios. En una libreta de conversaciones, el mismo Blöchlinger le informaba a Beethoven: “He tenido mucho problemas para lograr que se ponga de nuevo a trabajar; las buenas palabra son a menudo inútiles con él y no logran sacarlo de su indolencia.”   Beethoven continúa la composición de su Missa solemnis   Beethoven se encolerizaba y sufría mucho porque Karl no respondía a las cartas que le enviaba y porque, además, no mostraba ningún deseo de verlo o de hablar con él. A pesar de todo, siguió trabajando en su Missa solemnis y, también, como un último intento de “salvar” a su sobrino, preparó, con la ayuda de su abogado, Johann Baptist Bach, otro memorándum legal para el Tribunal de Apelación. Por esas fechas (fines de 1819), el compositor leyó en un periódico las palabras que Emmanuel Kant había escrito en la “Conclusión” de su obra Crítica a la razón práctica y que sirvieron como su epitafio: “Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Beethoven quedó tan subyugado con ellas que las resumió así en una de sus libretas de conversaciones: “‘La ley moral en nuestro interior, el cielo estrellado sobre nosotros.’ ¡¡¡Kant!!!” Al respecto, Jean Swafford escribe: “Su obsesión con los imperativos morales, con la necesidad de la bondad personal y su férreo sentido del deber, que Kant y su época habían predicado, se unificaban con Dios en esas palabras en un radiante intercambio que enlazaba la Tierra con el cielo. Esas ideas iban a resultar centrales en la Missa solemnis, en la que Beethoven llevaba trabajando casi un año, y la idea, exaltada y exaltante, de la humanidad erguida sobre la tierra, elevando su mirada hacia las estrellas, iba a convertirse en una imagen familiar en la música que escribiría el resto de su vida.”  Meses después, el 8 de abril de 1820, su lucha por la custodia de Karl rindió frutos: el Tribunal de Apelación falló a su favor. Johanna fue hecha a un lado, y él y su amigo Karl Peters fueron nombrados cotutores del adolescente. Karl permaneció internado en el colegio de Joseph Blöchlinger, donde su espíritu rebelde y la aversión que sentía por su tío no dejaron de crecer. Mientras tanto, Beethoven vivía agobiado por los gastos que implicaban la manutención del muchacho y sus propios tratamientos médicos, entre otras cosas. Por eso envió al editor Nikolaus Simrock una de las obritas que componía para una venta rápida y que llamaba “nimiedades”: las Variaciones sobre canciones folclóricas nacionales para piano y flauta, opus 107, y le pidió trescientos quince florines por ella. Y más tarde, a cambio de un adelanto de cien luises de oro, le ofreció la misa que aún no terminaba. Para entonces, debido a su sordera, ya no era capaz de componer directamente en el piano, sino que tenía que hacerlo nota a nota, lo cual le exigía un enorme esfuerzo.   Beethoven y Rossini se conocen en Viena   Hacia 1822, cuando tenía sólo treinta años, Gioachino Rossini ya era un compositor idolatrado en toda Europa y, también, el único que opacaba la fama de Beethoven. Por lo demás, el italiano admiraba varias obras del alemán, como sus sonatas para piano, sus cuartetos para cuerda y, sobre todo, su Sinfonía Eroica. Por lo contrario, Beethoven no apreciaba mucho el quehacer artístico de Rossini. En alguna ocasión había afirmado: “Su música se adapta al frívolo y sensual espíritu de la época, y su productividad es tan grande que para escribir una ópera necesita tantas semanas como años necesitan los alemanes.” En abril de ese año, Rossini visitó por vez primera Viena, donde fue recibido con un gran entusiasmo. A los pocos días de su llegada, el editor Dominico Artaria lo llevó a casa de Beethoven para que lo conociera. A pesar de que sabía que aquel joven le estaba haciendo sombra, Beethoven lo recibió con alegría y cordialidad, y si bien no pudo oír nada de lo que Rossini le decía, lo felicitó por El barbero de Sevilla y le aseguró que, mientras existiera la ópera italiana, se seguiría interpretando. Asimismo, luego de hojear algunas de sus óperas serias, le dijo que no intentara escribir nada que no fuera opera buffa, pues cualquier otro estilo iría en contra de su naturaleza. Al final de aquel encuentro, Rossini abandonó la casa de Beethoven profundamente emocionado. Más tarde diría: “Beethoven es un gigante que a veces le da a uno puñetazos en el costado, mientras que Mozart siempre es digno de admiración.” Por aquellos días, Beethoven entregó al editor Schlesinger las sonatas para piano número 31 en la bemol mayor, opus 110, y número 32 en do menor, opus 111. A decir de Jan Swafford, junto con la número 30 en mi mayor, opus 109, esta sonatas “marcan el punto final de su evolución en cada dimensión: técnica pianística, expresiva y espiritual. Cada una posee un carácter individual, y las tres comparten una preocupación por el contrapunto, una yuxtaposición de extremos, un final culminante y una no menos extraordinaria variedad combinada con una extraordinaria integración […] En otros momentos exhiben una simplicidad y una franqueza casi infantiles.” El pianista ruso Sviatoslav Richter –nacido el 20 de marzo de 1915 en Zhytómyr y muerto el 1 de agosto de 1997 en Moscú– ha sido uno de los mejores intérpretes de estas tres últimas sonatas para piano de Beethoven.   Beethoven termina dos cumbres de la música   En abril de 1823, Beethoven terminó al fin una de las obras para piano más excelsas de todos los tiempos: las Variaciones Diabelli, opus 120, elaboradas sobre la melodía de un vals más bien insignificante del músico y editor Anton Diabelli. Una vez tuvo la partitura de esta obra en sus manos, el mismo Diabelli comprendió de inmediato que lo que había hecho Beethoven a partir de su rudimentario tema musical era algo que tocaba lo sublime y lo eterno. Por eso, cuando la publicó bajo el sello de su editorial, incluyó la siguiente nota: “Presentamos al mundo unas Variaciones que no pertenecen al tipo común, sino que constituyen una gran e importante obra maestra que se situará entre las creaciones inmortales de los Clásicos del pasado […] más interesantes por el hecho de haber sido concebidas a partir de un tema que nadie podría suponer susceptible de una elaboración semejante […] Todas estas variaciones […] se aseguran un lugar de privilegio junto a la obra maestra de Sebastian Bach [las Variaciones Goldberg].” Cada una de las treinta y tres variaciones que conforman esta singularísima obra encierra en sí misma un universo que deja traslucir diferentes estados de ánimo: jocoso, melancólico, ensoñador, alocado, risueño, nostálgico, triste… Por lo que se refiere a la Missa solemnis en re mayor, opus 123, otra de las cumbres de la música, Beethoven la concluyó también por aquella época. En un primer momento fue pensada para ser interpretada en la ceremonia de investidura del archiduque Rodolfo de Austria como arzobispo de Olomouc, pero el compositor no la acabó a tiempo. Beethoven creía que era su mejor obra. Con todo, debido a sus dimensiones (dura casi una hora y media) y a las dificultades técnicas que conlleva, aún hoy en día es poco interpretada. Consta de cinco partes: Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei, y en ella intervienen, además de los músicos de la orquesta, una soprano, una contralto, un tenor, un bajo y un coro mixto. Acerca de esta obra, Jan Swafford escribe: “La Missa solemnis es una obra desde el corazón de Beethoven al corazón de los oyentes, a través del tiempo. Puesto que el propio Beethoven quería tratar con Dios de hombre a hombre, no hay en ella ninguna devota plegaria a Dios para que la acepte, ningún ‘… terminado con la ayuda de Dios’. Se trata de la declaración de fe de un hombre en la forma del texto litúrgico central de la Iglesia católica, y está dirigida no a los fieles, sino a toda la humanidad.” Se cuenta que, cuando se convenció a sí mismo de que no era capaz de obtener un resultado que hiciera justicia a la esencia espiritual y la magnificencia de esta obra que, junto con la Misa en si menor, de Bach, y la Gran Misa en do mayor y el Requiem, de Mozart, es una de las joyas de la música sacra, el director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler la retiró de su repertorio.   Beethoven comienza a componer la Novena   Alguna vez, durante su adolescencia, Beethoven dijo a unos amigos que tenía la intención de ponerle música a la “Ode an die Freude” (“Oda a la alegría”), de Friedrich Schiller (esto, por cierto, lo harían, además de él, otros compositores, entre ellos Franz Schubert, quien en 1815 compuso un lied titulado precisamente “An die Freude”, que lleva el número de catálogo Deutsch 189). En 1812, a los cuarenta y dos años, el compositor alemán escribió los primeros esbozos de lo que llegaría a ser la Sinfonía número 9 en re menor, opus 125, “Coral”. En el invierno de 1817-1818 apuntó otros nuevos esbozos y en el transcurso de este último año dejó bien asentada la idea de que el finale o uno de los movimientos anteriores contaría con la participación, inédita hasta entonces en una sinfonía, de voces solistas y un coro. En noviembre de 1822, la Sociedad Filarmónica de Londres aceptó la propuesta de Beethoven de componer una sinfonía para ella, lo cual le causó un gran entusiasmo y lo impulsó a seguir adelante con su proyecto. Hacia abril de 1823, una vez terminadas las Variaciones Diabelli, Beethoven escribió nuevos esbozos y apuntes, y, durante los once meses siguientes se entregó por completo a la conclusión de su más grandiosa sinfonía. Pero había un problema: si, como dice Swafford, había decidido que la Novena estuviera dirigida a un final con voces solistas y un coro, es decir, si el finale y su tema debían ser el objetivo, la música tenía que presagiarlo desde el comienzo. “Así que antes de avanzar demasiado en el primer movimiento –añade Swafford–, debía encontrar el tema del finale. En ese sentido, la sinfonía se escribiría de atrás hacia delante, como había sucedido con la Heroica y con la Sonata Kreutzer: las ideas principales del inicio se desarrollarían a partir del tema principal del finale.” Fue así como Beethoven se dedicó a trabajar arduamente hasta concebir la frase inicial que ponía en música los cuatro primeros versos del poema de Schiller… Los cuatro movimientos de la Novena son: I) Allegro ma non troppo, un poco maestoso; II) Molto vivace; III) Adagio molto e cantabile; y IV) Presto – Allegro ma non tropo – Allegro assai.  En una interpretación del valor simbólico de esta sinfonía, al primer movimiento se le da el título de “Destino, la inexorable trama del universo”; al segundo, “Fuerza y plenitud”; al tercero, “Amor”; y al cuarto y último, “Júbilo, el júbilo de la fraternidad humana”. La partitura original de esta obra, compuesta por casi doscientas páginas, es uno de los tesoros más valiosos de la Biblioteca Estatal de Berlín. Y desde el 12 de enero del 2003, la Novena está inscrita en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés).   7 de mayo de 1824: se estrena la Novena de Beethoven   Como sus últimas composiciones no habían sido bien recibidas en Viena (“Hace mucho que no están de moda y la moda lo hace todo”, decía), Beethoven concibió un plan: estrenar su Sinfonía número 9 en re menor, opus 125, “Coral”, en Prusia. Pronto, sin embargo, dicho plan se divulgó por toda Viena y llegó a oídos de varios “amantes del arte” que de inmediato se reunieron y redactaron una carta que se publicó en febrero de 1824 en el Theater Zeitung y el Wiener musikalische allgemeine Zeitung, bajo el título “Llamamiento de sus admiradores”. En ella le decían a Beethoven, entre otras cosas: “Sabemos que la corona de sus grandes sinfonías se ha visto aumentada con una flor inmortal. Desde hace ya años, desde que se aplacó el trueno de la batalla de Vitoria [La Victoria de Wellington], aguardamos y esperamos. Abra de nuevo el tesoro de su inspiración y extiéndalo sobre nosotros como antaño. No defraude durante más tiempo las expectativas públicas. Acreciente el precio de sus obras incomparables dándonoslas a conocer en persona. No querrá que los hijos de su genio sean arrancados de su patria para ser presentados primero ante extraños. ¡Aparezca entre nosotros, muéstrese en su gloria y acuda a alegrar a sus amigos, a sus ardientes y respetuosos admiradores!” Finalmente, emocionado por aquella excepcional muestra de afecto y admiración, Beethoven accedió a estrenar la Novena en el Theater am Kärntnertor, en Viena, el 7 de mayo de 1824. Ese día –ese histórico día–, el programa estuvo compuesto por su obertura La consagración de la casa, opus 124, el Kyrie, el Gloria y el Credo de su Missa solemnis en re mayor, opus 123 (se interpretaron también por primera vez, pero como “himnos”, debido a que entonces no se podía tocar música sacra en recintos no religiosos) y, como último número, la Novena. Los solistas fueron la soprano Henriette Sontag, la contralto Karoline Unger, el tenor Anton Haitzinger y el bajo Joseph Seipelt, con la orquesta y el coro del Theater am Kärntnertor, reforzados por aficionados, todos bajo la batuta de Michael Umlauf, pero con Beethoven también en el escenario, marcando el tiempo. De acuerdo con Schindler, el teatro estaba lleno. “Un solo palco –añade– permaneció vacío: el del Emperador, a pesar de que el maestro y yo mismo habíamos invitado personalmente a todos los miembros de la familia imperial y de que algunos habían prometido acudir.” Tras la conclusión del primer movimiento de la nueva sinfonía beethoveniana se oyó una salva de aplausos atronadores; el segundo movimiento también concitó una entusiasta ovación y tuvo que ser interrumpido y retomado por la orquesta desde el principio; el tercero, con su enternecedora belleza, enamoró a la concurrencia; pero el cuarto, que comienza con lo que Wagner llamó una “fanfarria del terror” y más adelante incorpora las voces solistas y el coro a la orquesta, hizo que los oyentes simple y sencillamente enloquecieran. Se cuenta que, una vez que la Novena llegó a su fin, Beethoven –para entonces ya completamente sordo– todavía se hallaba absorto en la partitura, por lo que la contralto Karoline Unger debió tomarlo del brazo y hacer que se volviera en dirección al público, que gritaba y aplaudía fuera de sí. Al respecto, Swafford escribe: “Era como si los asistentes estuvieran rompiéndose la voz para hacerle comprender que aquél era su triunfo a pesar de todo; a pesar de la deficiente ejecución, de la dificilísima música, de los asientos abandonados, de su oído perdido. Sucediese o no de esa manera, pensar en ello produce una infinita tristeza.” En 1826, año en que la editorial Schott e Hijos hizo la primera impresión de la partitura de la Novena, Beethoven tomó una distancia definitiva de la monarquía austriaca al dedicar esta obra a Federico Guillermo III de Prusia.   El pañuelo de Furtwängler El 19 de abril de 1942, en la capital del Tercer Reich, la Orquesta Filarmónica de Berlín, dirigida por Wilhelm Furtwängler, interpretó la Novena de Beethoven en un concierto en honor de Adolf Hitler, quien ese día cumplía cincuenta y tres años.   Aunque el Führer no asistió, numerosos jerarcas nazis, entre ellos Joseph Goebbels, sí fueron a la sala de conciertos y ocuparon buena parte de las butacas.   Cuando se escuchó el último compás de esta sinfonía y los asistentes empezaron a aplaudir, Goebbels se levantó de su asiento y fue a saludar de mano a Furtwängler, quien segundos después, de acuerdo con la filmación que hay del suceso (y que fue incluida en la película Réquiem por un imperio, de Itsván Zsabó), se limpió la mano con su pañuelo para que no quedara en ella rastro alguno del hombrecito encargado del Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich.   Se estrena el Cuarteto para cuerdas número 13 de Beethoven   Si Beethoven sólo hubiera compuesto a lo largo de su vida los diecisiete cuartetos para cuerdas (dos violines, una viola y un violonchelo) que legó a la posteridad, igualmente sería uno de los compositores más geniales de la historia de la música. Los cuartetos beethovenianos han sido divididos en tres grupos: los iniciales, compuestos entre 1798 y 1800: 1, 2, 3, 4, 5 y 6, opus 18; los centrales, compuestos entre 1806 y 1811: 7, 8 y 9, opus 59, “Razumovsky”; 10, opus 74, “Las arpas”; y 11, opus 95, “Serioso”; y los últimos, compuestos entre 1822 y 1826: 12, opus 127; 13, opus 130; 14, opus 131; 15, opus 132; 16, opus 135; y la “Gran fuga”, opus 133, que en un primer momento constituyó el último movimiento del 13. El 21 de marzo de 1826, el Cuarteto número 13 en si bemol mayor, opus 130, fue estrenado por el cuarteto de Ignaz Schuppanzigh en Viena. Debido a que ya no podía oír absolutamente nada, Beethoven decidió no asistir al concierto y esperar el regreso de sus amigos en una taberna cercana. Cuando los amigos del músico llegaron a la taberna, le informaron que la mayor parte del cuarteto había gustado mucho a los oyentes, y que incluso el segundo y el cuarto movimientos habían sido repetidos. Beethoven, entonces, les preguntó por la fuga, a lo cual le respondieron que no había gustado. “¡Es lo único que deberían haber repetido! ¡Imbéciles!”, grito furioso. Más adelante, el editor Matthias Artaria convenció a Beethoven de que publicara la fuga como una obra independiente y escribiera otro final menos largo, denso y difícil para el Cuarteto número 13. Beethoven también compondría una transcripción para piano a cuatro manos de la “Gran fuga”, que lleva el opus 134. De esta singular fuga, Igor Stravinsky dijo: “Se me antoja el más perfecto milagro de toda la música. Sólo por su ritmo es una composición incluso más sabia y refinada que cualquier música concebida durante mi siglo. Música contemporánea que siempre será contemporánea.” El Cuarteto número 13 consta de seis movimientos: 1. Adagio ma non troppo – Allegro. 2. Presto. 3. Andante con moto ma non troppo. Poco scherzando. 4. Alla danza tedesca (Alegro assai). 5. Cavatina (Adagio molto espressivo). 6. Finale (Allegro). En cuanto a la Cavatina, una de las melodías más expresivas y conmovedoras jamás compuestas, el mismo Beethoven comentó poco antes de morir: “He escrito esta música en la mayor desolación. Y su lectura me conmueve hasta las lágrimas.” Y por lo que se refiere al Finale (Allegro), que reemplazó a la “Gran fuga”, fue la última pieza musical completa que Beethoven compuso en su vida (hacia finales de 1826).   Karl, el sobrino de Beethoven, intenta suicidarse   En mayo de 1826, harto de la presión que Beethoven ejercía sobre él, Karl, quien entonces tenía diecinueve años y vivía en una casa de huéspedes, golpeó a su tío y se refugió unos días con su madre. Y a finales de julio, por la época en que puso punto final al Cuarteto número 14 en do sostenido menor, opus 131, Beethoven recibió una nota del casero de Karl. “He sabido hoy que su sobrino tiene intención de pegarse un tiro, como muy tarde el próximo domingo”, leyó. De inmediato, Beethoven le pidió a su asistente Karl Holz que recogiera a su sobrino; sin embargo, éste logró escapar. Poco después, Beethoven se enteró de que Karl no aparecía por ningún lado. Enloquecido por la desesperación, se dirigió a la casa de Johanna, madre de aquél, donde lo halló tendido en la cama, con una bala en la parte izquierda de la frente, pero vivo. Bajo arresto, puesto que en aquellos tiempos el suicidio se consideraba un crimen, y aún semiinconciente, Karl fue trasladado al Hospital General de Viena, donde, a pregunta expresa de un policía, indicó que había intentado matarse porque su tío lo hostigaba. Cuando, encolerizado, Beethoven se presentó en su cuarto y dijo que Johanna era la culpable de aquella situación, Karl escribió en uno de sus cuadernos de conversaciones: “No quiero oír nada malo sobre ella. No me corresponde a mí juzgarla. Si tuviera que pasar con ella el poco tiempo que estaré aquí, sólo sería una pequeña recompensa por todo lo que ha sufrido por mi causa.” Finalmente, Beethoven, sin duda devastado por un profundo sentimiento de culpa –y también presionado por su amigo Stephan von Breuning, quien se convertiría en custodio oficial de Karl, y por el mismo Holz–, aceptó que su sobrino se hiciera soldado. Al saber esto, Karl le escribió desde el hospital: “Mi situación actual es tal, que te pediría que hables lo menos posible de lo que ha sucedido y ya no puede cambiarse. Si mi deseo de seguir una carrera militar puede ser satisfecho, me sentiré muy feliz; en todo caso, lo considero aquello con lo que podría vivir y sentirme realizado.” Por su parte, Beethoven le escribió a Holtz: “En general, no estoy en absoluto a favor del ejército como profesión […] Me siento desgarrado; y la felicidad no volverá junto a mí durante un largo periodo […] Todas mis esperanzas se han desvanecido, todas mis esperanzas de tener junto a mí a alguien que pudiera parecerse a mí, al menos en mis mejores cualidades.” Con todo, el compositor recurrió a su nombre e influencia, y comenzó a hacer todo lo necesario para que su sobrino se incorporara, con las mayores ventajas, al ejército. Según Anton Schindler, luego del intento de suicidio de Karl, Beethoven envejeció tanto en tan pocos días que parecía un hombre de setenta años años.   Un relámpago seguido por un trueno anteceden la muerte de Beethoven   Hacia finales de 1826, Beethoven trabajaba en otra sinfonía y en un quinteto para cuerdas, pero su salud estaba muy deteriorada debido a los problemas estomacales y de hígado que venía padeciendo desde hacía tiempo. Fue por aquellos días también cuando le envió a Karl Holz sus últimas notas musicales: un canon en cuatro compases titulado Wir irren allesamt, ein jeder irrt anders (“Todos nos equivocamos, pero cada uno se equivoca de modo distinto”). Para empeorar las cosas, un acceso de ira le ocasionó ictericia, vómitos y diarrea, y a partir de entonces empezó a hincharse por el líquido acumulado en el abdomen a causa de su enfermedad hepática, por lo que lo drenaron varias veces. Acostado en su cama, Beethoven se la pasaba hojeando los innumerables tomos de las obras de Händel que le había enviado un admirador inglés, o leyendo a Walter Scott, Homero y otros autores griegos y latinos. El 18 de febrero de 1827 le escribió a su antiguo asistente el barón Zmeskall, quien sufría gota: “No desespero. Lo más doloroso de todo es el cese de cualquier actividad […] Quiera el cielo que obtengáis un alivio en vuestra dolorosa existencia. Quizá la salud nos sea devuelta a ambos y podamos vernos de nuevo en feliz intimidad.” Beethoven vivió algunos periodos de mejoría que, a final de cuentas, no impidieron que su condición se agravara dramáticamente. El 22 de marzo, el doctor Andreas Wawruch le sugirió que un sacerdote le administrase la extremaunción, a lo cual accedió. Y, luego de la ceremonia, todavía tuvo la presencia de ánimo para decirle al cura en tono de broma: “¡Os estoy muy agradecido, espectral señor! ¡Me habéis proporcionado un gran bienestar!” Dos días después logró incorporarse y declamar sarcásticamente la fórmula empleada para concluir las comedias latinas: “Plaudite, amici, comoedia finita est” (“Aplaudid, amigos, la comedia ha terminado”). Al cabo de unas horas llegaron unas botellas de vino del Rin que había pedido semanas antes. Schindler las acomodó en una mesa, junto a su cama. Beethoven abrió los ojos y dijo lo que serían sus últimas palabras: “Demasiado tarde…” Al rato comenzó a delirar. En la tarde del 26 de marzo, una implacable tormenta se desató sobre Viena, con relámpagos, nieve y granizo. En ese momento, el joven compositor Anselm Hüttenbrenner y una mujer (una versión dice que Johanna, la madre de Karl; otra, que Sali, la doncella de Beethoven) le hacían compañía a éste. Hacia las 17:45 horas, según la versión de Hüttenbrenner, un relámpago iluminó la habitación y, un segundo después, se oyó el estallido de un trueno. Inopinadamente, Beethoven recobró la conciencia, abrió los ojos y levantó un brazo con el puño cerrado. A continuación, dejó caer la mano y sus ojos se cerraron. La muerte lo había hecho suyo. El funeral –al que acudieron más de veinte mil personas, entre ellas Franz Schubert, quien moriría al año siguiente y descansa al lado de su amado Beethoven– se llevó a cabo el 29 de marzo. Antes de que el féretro fuera bajado a la fosa abierta en el Cementerio Central de Viena, el actor Heinrich Anschütz leyó una oración fúnebre escrita por el poeta y dramaturgo Franz Grillparzer. En el monumento-lápida que corona la tumba del genial compositor alemán se lee, a manera de epitafio, una sola y refulgente palabra: Beethoven.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   1. El 16 de julio de 1950, cuando Brasil perdió dos a uno la final del IV Mundial de Futbol ante Uruguay, en lo que se llama “la tragedia de Maracaná”, Pelé tenía nueve años (nació el 23 de octubre de 1940, en Tres Corazones, en el estado de Minas Gerais, Brasil). Ese día, al verlo llorar ante el aparato de radio en su casa de Bauru, en São Paulo, aquel niño le dijo a su padre con la intención de hacerlo sentir menos desgraciado: “Un día ganaré para ti la Copa del Mundo…” Ocho años después, en el Mundial celebrado en Suecia, estas palabras se hicieron realidad: con dos goles del mismo Pelé, de tan sólo diecisiete años, dos de Vavá y uno de Zagallo, la selección brasileña derrotó cinco a dos a la selección anfitriona en el estadio Rasunda y obtuvo por primera vez la Copa Jules Rimet. 2. El 5 de marzo de 1961, el Santos, equipo en el que alineaba Pelé, saltó a la cancha del Maracaná para enfrentarse al Fluminense. Hacia el minuto cuarenta del primer tiempo, Pelé recibió la pelota en los linderos de su propia área y, con ella pegada al pie, comenzó a correr en dirección a la portería rival. En el camino burló a uno, dos, tres, cuatro, cinco…, seis jugadores del Fluminense, antes de batir al guardameta y así concretar lo que se conoce como el “gol de la placa”, debido a que mereció una placa de bronce que lo recuerda en la entrada del Maracaná. Como el partido no fue televisado, no hay registro de este gol increíble. 3. En el primer juego que Brasil disputó en el VII Mundial de Futbol, celebrado en Chile en 1962, Pelé le anotó un golazo a México: desde la banda derecha avanzó como un toro hacia al área rival, dejando plantados a cuatro defensores mexicanos y, con un poderoso tiro de zurda, venció a Antonio la Tota Carbajal (Brasil ganó finalmente dos a cero). Sin embargo, en el segundo partido, ante Checoslovaquia, Pelé se lesionó a los veinticinco minutos del primer tiempo y ya no jugó el resto del torneo. A pesar de esta baja tan sensible, la selección brasileña llegó a la final, en la que derrotó tres a uno a la selección checa y de este modo se adjudicó por segunda vez la Copa Jules Rimet. 4. En 1968, de regreso de una gira por Estados Unidos, el Santos aterrizó en Bogotá, Colombia, para jugar contra el equipo olímpico nacional. El juego dio inicio. Minutos después, los colombianos anotaron un gol que, en opinión de los brasileños, debía ser anulado, pero el árbitro lo dio por bueno. Aunque el partido era amistoso, Lima protestó la decisión arbitral y fue expulsado. Entonces, indignado, Pelé se abalanzó sobre el hombre de negro para reclamarle su doble error y éste lo expulsó también. Los espectadores empezaron a arrojar a la cancha los cojines de sus asientos y a chiflar, pues si habían ido al estadio era para ver a Pelé en acción. Un regimiento de policías se hizo presente para proteger al árbitro... A continuación, el público comenzó a gritar a coro: “¡Pelé!, ¡Pelé!” Ante tales circunstancias, los organizadores del encuentro resolvieron expulsar al árbitro para que Pelé pudiera regresar al campo y los espectadores recobraran la calma. Y así lo hicieron, y el juego se reanudó, y todos felices y contentos, menos el árbitro, claro. 5. Mundial México 70. Octavos de final. Brasil-Checoeslovaquia. Estadio Jalisco. El balón sale rechazado hacia Pelé, quien se encuentra a unos pasos del círculo de medio campo. Antes de hacer nada, Pelé alza los ojos. Lo que ve no puede resultarle más propicio: el arquero checo está lejísimos de donde debería estar, es decir, bajo su portería. Pelé, entonces, patea el balón. Éste comienza a viajar por el aire, mientras Viktor corre de regreso a su arco... Quizá porque una racha de viento desvió su trayectoria, quizá porque Pelé no le dio la dirección precisa, la pelota lame el poste derecho y aterriza afuera de la cancha. “¡Uf!”, exclama Viktor. 6. Mundial México 70. Semifinal Brasil-Uruguay. Estadio Jalisco. Tostao le filtra un pase en diagonal a Pelé. El balón rueda en dirección a la media luna del área uruguaya. Pelé corre veloz a su encuentro. Entonces, Mazurkiewicz le sale al paso, de frente. Cuando el guardameta charrúa y el resto del mundo creen que Pelé tocará el balón, éste lo deja seguir, esquiva a Mazurkiewicz por la izquierda, gira hacia la derecha, lo alcanza y, en una posición incómoda, lo patea. El esférico parece que entrará en la portería, pero a final de cuentas roza el poste izquierdo y, en medio de la estupefacción general, abandona la cancha. 7. En el IX Mundial de Futbol, pero sobre todo en la final ante Italia en el estadio Azteca, Brasil, liderado indiscutiblemente por Pelé, elevó este deporte a la categoría de arte. En cuanto a O’Rei, en el minuto dieciocho de ese partido se alzó en el aire para cabecear un servicio de Rivelino y anotar el primer gol; en el setenta y uno le pasó la pelota con la cabeza a Jairzinho para que el habilidoso extremo metiera el tercero; y en el ochenta y seis le cedió el balón con la parte interna del pie derecho a Carlos Alberto para que el capitán carioca clavara el cuarto y último. Aquel cuatro a uno hizo posible que tanto Brasil como Pelé obtuvieran por tercera vez la Copa Jules Rimet y se quedaran definitivamente con ella (de hecho, Pelé es el único futbolista que, hasta la fecha, ha ganado tres campeonatos mundiales). 8. Pelé se retiró de la selección brasileña el 18 de julio de 1971, en un partido contra Yugoslavia disputado en el Maracaná, en Rio de Janeiro, ante ciento ochenta mil espectadores. Luego de jugar medio tiempo, Pelé dio la vuelta olímpica con la camiseta verdeamarela en lo alto de su mano derecha, mientras el público le gritaba. “¡Quédate! ¡Quédate!” Tres años después, el 2 de octubre de 1974, ante el Ponte Preta, vistió por última vez la camiseta del Santos en el estadio Vila Belmiro. No obstante, en 1975 aceptó firmar un contrato con el Cosmos de Nueva York, equipo en el que militó hasta 1977.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   1. Cuando Diego Armando Maradona era un niño de tres años y vivía con sus padres y hermanos en una paupérrima casa de Villa Fiorito –localidad ubicada a unos cuarenta kilómetros del centro de Buenos Aires, Argentina–, un primo suyo le hizo el mejor regalo que jamás hubiera esperado: una pelota. Dieguito no cabía en sí de gusto y lo primero que hizo fue salir al patio de tierra de su casa y patear aquella pelota con la zurda, y así, pateándola y jugando con ella, se pasó horas, hasta que llegó el momento de meterse en la cama. Entonces, según cuenta el propio Maradona en su libro Yo soy el Diego, “dormí abrazándola toda la noche”. 2. Maradona comenzó a jugar a los nueve años en el Cebollitas, un equipo infantil creado por un tal Francisco Gregorio Cornejo, alias Francis. De inmediato, aquel niño más bien bajito, con unas piernas flacuchas pero macizas, destacó de entre sus demás compañeros por su inusual capacidad para controlar el balón con la zurda y hacer con él lo que le viniera en gana: dribles, túneles, pases precisos, disparos a la portería… Bajo su liderazgo innato, el Cebollitas le ganaba a todos los equipos con que se enfrentaba. Pronto, la fama del pequeño Maradona se esparció por Villa Fiorito y llegó a Buenos Aires. Fue así como el 28 de septiembre de 1971, el diario El Clarín publicó entre sus páginas un pequeño recuadro en el que señalaba que había aparecido un pibe “con porte y clase de crack” llamado… ¡Caradona! Aunque su nombre salió mal escrito, aquella mención lo catapultó aún más. Tiempo después fue invitado para que, en los intermedios de los partidos de Argentinos Juniors, hiciera dominadas (“jueguito”) en la cancha (también se presentó en “Sábados circulares”, un programa de televisión muy visto en toda Argentina, haciendo lo mismo). 3. El 20 de octubre de 1976, cuando aún no había cumplido dieciséis años, Maradona debutó en primera división contra Talleres de Córdoba, vistiendo la camiseta de Argentinos Juniors, equipo que lo había contratado dos años y medio antes para que jugara en sus fuerzas básicas. Entró por Giacobetti en el segundo tiempo, con el número 16 en la espalda, y si bien Argentinos Juniors perdió uno a cero en su propia cancha, él hizo dos o tres jugadas que demostraron que era un futbolista fuera de serie. 4. Maradona jugó su primer partido con la selección argentina apenas cuatro meses después, el 27 de febrero de 1977, ante Hungría, en el estadio de Boca Juniors. Con dieciséis años, tres meses y 27 días era –y sigue siendo– el jugador más joven en debutar con la escuadra albiceleste. Entró por Luque en el segundo tiempo y estuvo a punto de anotar un gol... Parecía que Maradona podría jugar el Mundial Argentina 78, pero finalmente Menotti no lo incluyó entre los veintidós elegidos, lo cual le causó una profunda decepción. No obstante, en 1979, el mismo Menotti le brindó la oportunidad de sacarse la espina, y no la desaprovechó: con su portentosa zurda condujo a la selección de su país al título del Mundial Juvenil celebrado en Japón, tras vencer en la final tres a uno a la URSS. 5. Argentina llegó al Mundial España 82 como uno de los grandes favoritos para llevarse la Copa FIFA, sobre todo porque entre sus filas alineaba –ahora sí– Maradona, quien para entonces ya era considerado por muchos el mejor futbolista del orbe. Sin embargo, las cosas no marcharon como Menotti y sus pupilos lo habían planeado. Luego de perder ante Bélgica en el partido inaugural y vencer a Hungría y El Salvador, Argentina logró pasar a la segunda ronda, durante la cual sobrevino la debacle: primero perdió ante Italia y después ante Brasil. En este último partido, por cierto, Maradona fue expulsado por el árbitro mexicano Mario Rubio porque le propinó a Batista un infame patadón en el vientre. 6. Mundial México 86. Cuartos de final. Argentina-Inglaterra. Estadio Azteca. Olarticoechea le pasa el balón a Maradona, quien arranca desde la izquierda en dirección al centro. Primero dribla a Hoddle, luego se le escabulle a Reid y, justo cuando Fenwick está a punto de salirle al paso, le cede el balón a Valdano, quien está a la derecha. Valdano toca la pelota con el pie izquierdo y ésta vuela hacia atrás. Para evitar que el delantero argentino pueda alcanzarla, Hodge la patea hacia arriba, sobre el área inglesa. Mientras el balón cae, Shilton corre y con los puños intenta despejarlo, pero Maradona, quien no ha dejado de seguir su trayectoria, salta y aparentemente lo cabecea. El esférico entra botando en la portería inglesa. ¡Goool! Shilton y sus compañeros le indican elocuentemente al árbitro tunecino Ali Bin Nasser que Maradona no metió el gol con la cabeza, sino con la mano, y que, por lo tanto, debe anularlo.... El árbitro, no obstante, lo da por bueno. Este partido no es un juego, sino la continuación de una guerra que comenzó hace cuatro años en Las Malvinas. Y como en la guerra todo se vale, Maradona ha recurrido a lo que él mismo llamará “la mano de Dios” para golpear a sus enemigos. 7. Mundial México 86. Cuartos de final. Argentina-Inglaterra. Estadio Azteca. Batista recupera el balón y se lo pasa a Enrique, quien a su vez se lo da a Maradona atrás de la media cancha. Maradona pisa la pelota, gira sobre sí mismo y deja viendo visiones a Beardsley y a Reid, y con el balón dominado pega la carrera por la banda derecha. Metros más adelante elude a Butcher y se cierra un poco hacia el centro. A continuación dribla a Fenwick y, ya dentro del área inglesa, espera la salida de Shilton para esquivarlo y, con la marca de Butcher encima, puntear la pelota con la zurda. ¡Goool! ¡Golazo! Las tribunas del Azteca se cimbran. Millones de espectadores que ven el encuentro por televisión saltan enloquecidos o se quedan mudos, sin comprender bien a bien lo que acaba de ocurrir. Maradona ha metido el mejor gol de todos los campeonatos mundiales. Una obra maestra. 8. La enjundia y la casta alemana salieron a relucir en la final del Mundial México 86, disputada el 29 de junio en el estadio Azteca: luego de ir perdiendo dos a cero frente a Argentina, con goles de Brown y Valdano, Rummenigge acortó la brecha en el minuto setenta y cuatro y Völler emparejó los cartones en el ochenta y uno. Todo indicaba que se jugarían tiempos extras, pero la magia de Maradona se hizo presente una vez más. En el minuto ochenta y tres recibió un pase de cabeza atrás del medio campo y de primera intención –en medio de varios ingleses– le filtró un pase preciso y precioso a Burruchaga, quien, después de correr más de treinta y cinco metros, cruzó la pelota ante la salida de Schumacher para marcar el gol de la victoria. Argentina, con Maradona en el pináculo de su carrera futbolística, obtenía por segunda ocasión la Copa FIFA. 9. Una de las imágenes más impactantes que nos dejó el Mundial Italia 90 es la de Maradona llorando a lágrima viva, luego de que la selección argentina perdió la final uno a cero frente a Alemania, con un polémico penalti anotado por Brehme en el minuto setenta y tres. Y habría más lágrimas: en 1991, cuando dio positivo por cocaína en un control antidopaje en Nápoles y cuando, al cabo de unos meses, fue detenido por posesión de drogas en Buenos Aires, y también en 1994, cuando fue expulsado del Mundial de Estados Unidos por usar supuestamente una sustancia prohibida. A pesar de estas dolorosas caídas, Maradona sigue y seguirá siendo un ícono indiscutible del futbol.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   El teléfono sonó. Alcé el auricular. Era la vecina de mi padre. Me saludó. Luego dijo que mi padre se había puesto mal otra vez. Le di las gracias por la información y colgué. Terminé de vestirme, me senté en un sillón de la sala y comencé a morderme los labios. Al cabo de una hora salí a la calle. Sería un día largo y difícil, pensé.   Le hice la parada a una combi. Se detuvo. La puerta corrediza se abrió. Subí y me senté en medio de dos mujeres y frente a tres hombres. Uno de ellos, el que iba junto a la ventanilla, se me quedó viendo. Tenía la mirada dura pero triste. Se me ocurrió pensar que él ignoraba lo que yo sentía, que yo también desconocía lo que él podría estar sintiendo o pensando, y que nunca ninguno de los dos sabría nada del otro. Bajé los ojos.   Consideré los posibles escenarios que podría hallar una vez que llegara: mi padre ebrio, con una botella de cerveza en la mano; mi padre tirado sobre el piso de su cuarto, inconsciente; mi padre agonizando en su cama... Moví la cabeza, incrédulo. ¿En qué momento las cosas se habían ido a la mierda?   Volteé en dirección al chofer, le dije que me dejara en la siguiente esquina y le alargué dos monedas. El hombre de la mirada dura pero triste ahora veía la calle a través de la ventanilla. La combi se detuvo. La puerta corrediza se abrió. Bajé.   En las tardes, después de la separación, mi padre pasaba por mi hermana y por mí, y nos llevaba a un jardincito ubicado a un costado del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria. Mi hermana se ponía a cortar florecitas o a jugar a la comidita con su muñeca, mientras él y yo, cada uno con su respectiva manopla, nos lanzábamos una pelota de beisbol. ¿Dónde habían quedado esas manoplas, esas florecitas, esas tardes? ¡Ah, era una ridiculez ponerse sentimental! Seguí caminando.   La vecina estaba en el pequeño balcón de su departamento, que se situaba en el tercer piso, justo arriba del de mi padre. Me vio y agitó una mano. Yo hice lo mismo. Luego gritó: -¡Ya bajo! Era una mujer madura, rellena, de baja estatura. Esperé un minuto. Abrió la puerta del edificio. Entré. -Me topé con él como a las siete, cuando salí a tirar la basura –dijo-. Lo noté raro. No podía hablar bien. Arrastraba las palabras. Pero creo que no estaba tomado. No supe qué decir. Subimos las escaleras lentamente hasta el segundo piso, yo detrás de ella, observando cómo sus enormes nalgas se movían de un lado a otro.   La mujer giró la llave dentro de la cerradura, empujó la puerta del departamento de mi padre y se hizo a un lado para dejarme pasar. Yo avancé y, antes de que ella se metiera detrás de mí, me volví y con un tono de voz que no admitía ninguna réplica le dije: -Si necesito algo, le aviso. Cuando le cerré la puerta en la jeta, alcancé a ver sus ojillos de roedor ensombrecidos por una finísima capa de cólera e incredulidad.   Me asomé a la cocina, de donde provenía un olor putrefacto. En el piso de azulejos manchados de grasa y polvo, amontonadas junto al refrigerador, había muchas botellas y latas de cerveza vacías. Por supuesto, el fregadero estaba desbordado por vasos, platos y cubiertos con restos de comida. Caminé hacia la puerta del balcón y la descorrí. Una leve ráfaga de aire se introdujo en aquella cueva maloliente y me golpeó la cara. Aspiré hondamente, como un buzo que está a punto de sumergirse en unas aguas turbias e inhóspitas.   Mi padre salió del baño y me miró en una forma muy extraña. La vejez había caído sobre él como un traje mal confeccionado.  Vestía unos pantalones grises con un pedazo de mecate a modo de cinturón y una camisa blanca percudida, de manga larga, con los puños roídos. Su rostro, increíblemente enjuto, lucía unos cuantos pelos largos que no merecían el nombre de barba. -Quihubo –dije. Él no contestó. -¿Cómo estás? ¿Qué te sucede? –insistí. Desde su sitio, parado afuera del baño, mi padre seguía escrutándome en silencio con sus enormes ojos azules. Parecía estarse preguntando quién era yo y qué hacía ahí. Me acerqué a él y lo olfateé en busca de algún rastro de alcohol en su aliento, pero no percibí más que un tufo a sebo agrio proveniente de su cabello enmarañado. La vecina tenía razón: no estaba tomado, en absoluto.   Dije: -¿Qué demonios te ocurre? Mi padre parpadeó varias veces seguidas, igual que si hubiera salido de un trance hipnótico, y balbuceó algunas palabras ininteligibles. Yo conocía muy bien sus dotes histriónicas, su gran capacidad para engatusar a propios y extraños -¡vaya que si las conocía!-, pero aquello no tenía precedentes. -¿Qué? ¡No entiendo lo que dices! –grité, y con una mano le apreté el antebrazo izquierdo. Mi padre volvió a intentar –o a aparentar que intentaba- decir algo; sin embargo, de su boca sólo salieron unos resoplidos sin sentido. Entonces, haciendo a un lado la idea de que todo era una vil patraña urdida con quién sabe que torcidos fines, mi mente concibió la posibilidad de que se hubiera metido en el cuerpo alguna droga dura. Esa posibilidad me abrumó.   Comencé a jalarlo de un brazo en dirección a la sala, sin que opusiera resistencia. En ese instante pensé que seguramente, con esa misma facilidad, él me había arrastrado en múltiples ocasiones cuando de niño yo hacía algún berrinche. Lo recargué en una pared y le dije: -¿Qué te metiste? Mi padre se llevó un dedo a la boca, al tiempo que meneaba la cabeza, como explicando que no podía hablar. Sentí mucho calor. Le di un golpe en el vientre con el puño cerrado. Él se dobló hacia adelante por el dolor. Luego le di otro golpe en un costado y otro en el otro costado. Continué golpeándolo con furia durante no menos de tres minutos, o quizá más. Cada golpe que le daba tenía en mí el efecto de una dulce liberación. Al final, el sudor me corría a mares por la frente, las sienes y el cuello.
Sudor
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  352 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Era el quinto pantalón que se probaba. De mezclilla deslavada, tenía un desgarrón en cada una de las perneras. Así lo dictaba la moda. Los otros, más convencionales, le habían quedado o muy ajustados o demasiado anchos y holgados. Se miró en el espejo de cuerpo entero del probador, se dio la vuelta sin dejar de examinarse por encima del hombro, pasó una mano por una nalga, volvió a plantarse de frente y, al cabo de un minuto, decidió que definitivamente no le convencía. Se quitó los zapatos y el pantalón, se puso el que llevaba –de algodón, negro- se calzó de nuevo los zapatos y descorrió la cortina. Ya regresaría cuando tuviera más tiempo. Ahora debía correr a la oficina. Las dos horas que le daban para comer casi se habían consumido. -Gracias -le dijo a la dependienta, y le devolvió el pantalón-. Tampoco me gustó cómo se me ve. Chao. Dio unos pasos por entre los exhibidores repletos de ropa de marca y, cuando se disponía a encaminarse hacia la salida de la tienda departamental, sintió que alguien la tomaba del brazo izquierdo. Giró la cabeza y vio junto a ella a un hombre bien vestido, de piel morena, alto, fornido, apuesto, más o menos de su misma edad, que sonriéndole le dijo: -¿Ninguno te gustó, amor? A mí tampoco me gustaron los zapatos que me probé. Ni modo. Nos tenemos que ir. Es tarde. La mujer no comprendió bien a bien el significado de las palabras que acababa de escuchar, como si aquel sujeto las hubiera pronunciado en otro idioma. Por eso se dejó llevar dócilmente por él, hasta que la luz del sol que brillaba allá afuera, en el inmenso estacionamiento de la plaza comercial, la sacó de su confusión y estupor. -¡Suélteme! –gritó entonces, e intentó zafarse de la manaza del hombre. -Tranquila, amor... No te sobresaltes -dijo el hombre, y la abrazó sin dejar de caminar-. Tenemos que darnos prisa. Nos esperan. -¡Déjeme! ¡No me abrace! ¡Auxilio! Los gritos de la mujer captaron la atención de los dependientes y de las pocas personas que hacían compras en esa parte de la tienda, pero ninguna se movió de su sitio; tan sólo miraban, a la espera de que sucediera algo. Entretanto, el hombre y la mujer ya estaban a unos cuantos metros de la salida. De pronto, la mujer logró zafarse y comenzó a escapar, pero casi de inmediato el sujeto se sobrepuso, alargó un brazo y la atrajo violentamente hacia su pecho. El policía que estaba en la puerta de la tienda avanzó en dirección a la pareja y le preguntó al hombre: -¿Todo bien, caballero? La mujer vociferó, fuera de sí: -¡No lo conozco! ¡Me quiere secuestrar! ¡Ayúdeme! El hombre, sin soltar a la mujer, dijo: -Sí, oficial, todo bien, gracias. Mi esposa sufre un trastorno mental y, como consecuencia de él, experimenta una crisis nerviosa. La llevaré a la clínica donde la atienden. Sé cómo contenerla, no se preocupe. -¡Pero si no conozco a este individuo, es la primera vez que lo veo! –exclamó la mujer mientras trataba de soltarse del hombre, pero, con cada movimiento que hacía, éste la estrujaba con más fuerza. El policía miraba la escena con una mezcla de desconcierto, recelo y lástima, sin saber qué hacer. -Decir que no me conoce, que nunca me ha visto y que quiero secuestrarla es parte de su trastorno mental; además, suele ponerse muy violenta –añadió el hombre a modo de explicación. -¡Auxilio! –rogaba la mujer. Dos jóvenes que, como todos los demás, habían permanecido a distancia, decidieron acercarse. Uno de ellos le preguntó: -¿Cómo se llama, señora? -¡Eugenia, Eugenia N.! ¡No permitan que este hombre me secuestre! El hombre intervino: -Si pasa más tiempo, la crisis nerviosa puede agravarse a tal punto que mi esposa corre el riesgo de caer en un estado de coma irreversible. Ayúdenme, por favor. Los dos jóvenes se miraron, vacilantes. Un instante después dijeron al fin: -¡Sí! ¡Vamos! El hombre cargó a la mujer, cruzó la salida y se detuvo junto a una camioneta Suburban último modelo, de color blanco, estacionada a escasos metros de la tienda. -Las llaves están en el bolsillo trasero de mi pantalón. Uno de ustedes sáquelas y abra la puerta del copiloto –pidió. El mismo joven que le había preguntado a la mujer cómo se llamaba así lo hizo. -¡Nooo! –imploraba ésta-. ¡Auxilio! El hombre tendió a la mujer en el asiento y la inmovilizó rápidamente con una cuerda; luego, cerró la puerta, tomó las llaves de la mano del joven, rodeó el vehículo, se acomodó en el asiento del piloto y encendió el motor. La camioneta salió en reversa y enfiló a toda velocidad rumbo a la salida del estacionamiento. Los dos jóvenes observaron cómo se alejaba y regresaron a la tienda. Al pasar junto al policía, éste les dijo: -Lo que se ve hoy en día, ¿verdad?
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Algunas de las obras musicales del repertorio clásico más extensas son, por género: la Sonata número 29 en si bemol mayor, opus 106, Hammerklavier, de Beethoven (cuarenta y cinco minutos); el Concierto para violín y orquesta en si menor, opus 61, de Elgar (cincuenta minutos); el Concierto para piano y orquesta en do mayor, opus 39, de Busoni (una hora, diez minutos); la Sinfonía número 3 en re menor, de Mahler (una hora, cuarenta y cinco minutos); el ballet La bella durmiente, opus 66, de Tchaikovsky (dos horas, treinta minutos), el oratorio La pasión según San Mateo, BWV 244, de Bach (tres horas, treinta minutos); y la ópera El ocaso de los dioses, de Wagner (cinco horas, cuarenta y cinco minutos). Sin embargo, todas ellas quedan muy atrás de Organ2/ASLSP, del compositor estadounidense John Cage, nacido el 5 de septiembre de 1912 en Los Ángeles, California, y muerto el 12 de agosto de 1992 en Nueva York. La partitura de esta obra compuesta en 1987 para ser interpretada en un órgano construido ex profeso en la iglesia de San Buichardi, en Halberstadt, Alemania, consta de sólo ocho páginas, pero, de acuerdo con el significado de las siglas en inglés ASLSP, debe ser interpretada AS SLOW AS POSSIBLE, “tan lento como sea posible”. Ahora bien, Cage nunca especificó qué tan lento había que interpretarla… Luego de un apasionado debate sobre esta cuestión, en el que participaron desde organistas hasta teólogos, los directivos de la fundación que patrocina la interpretación de Organ2/ASLSP decidieron que dicha obra comenzara el 5 de septiembre de 2001, día en que se conmemoró el ochenta y nueve aniversario del nacimiento del compositor, con un silencio que duró diecisiete meses. El primer acorde audible se produjo el 5 de febrero de 2003 y se escuchó hasta el 5 de julio de 2004. Otros sonidos se han producido el 5 de julio de 2005, el 5 de enero de 2006, el 5 de mayo de 2006, el 5 de julio de 2008, el 5 de noviembre de 2008, el 5 de febrero de 2009, el 5 de julio de 2010, el 5 de febrero de 2011, el 5 de agosto de 2011, el 5 de julio de 2012, el 5 de octubre de 2013 y, el más reciente, el pasado 5 de septiembre, día en que Cage hubiera cumplido ciento ocho años (por cierto, el anterior acorde ha sido el más largo hasta ahora: duró casi siete años). El pasado 5 de septiembre, al igual que en las fechas previas, un grupo de melómanos se congregó en la iglesia de San Buichardi para escuchar el cambio de nota con emoción. Si todo marcha sobre ruedas, el próximo acorde se producirá el 5 de febrero de 2022. Y se tiene previsto que la obra deje de sonar dentro de seiscientos veinte años, esto es, en el 2640… Es odioso subrayarlo: para entonces, hará mucho, mucho tiempo que todos los humanos que en la actualidad poblamos la Tierra habremos “abandonado la sala de conciertos”, por lo cual no seremos testigos de tan singular acontecimiento.   Recuadros:   ¿Por qué en Halberstadt? Organ2/ASLSP se interpreta desde 2001 en la iglesia de San Buichardi, en Halberstadt, porque entonces se cumplieron seiscientos cuarenta años de que se construyó en la catedral de esta ciudad alemana el primer gran órgano usado en la música sacra en el siglo XIV. De este hecho también se partió para establecer la duración de la obra de Cage.   Dirección electrónica del proyecto Organ2/ASLSP https://www.aslsp.org/de/das-projekt.html
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  El comandante W. se asomó por una de las ventanillas de la nave: abajo, a más de cuatrocientos kilómetros de distancia, el sur de África se extendía parcialmente cubierto por un gran conglomerado de nubes. A través de un hueco abierto entre éstas vio una porción parduzca de dicho continente y llegó a la conclusión de que pertenecía al desierto del Kalahari. Luego se sentó delante del tablero de controles, presionó un botón y dijo: -Buenos días, H. Aquí, Áyax I. Todo bien, sin novedad. Me dispongo a atravesar el océano Índico. Nubosidad intensa. Cambio. Pero sus palabras no obtuvieron respuesta. Se levantó y, flotando, llegó hasta donde estaba la bicicleta fija. A continuación se montó en ella y comenzó su rutina diaria de ejercicio. Cuando terminó bañado en sudor, se aseó, tomó un poco de agua y se trasladó al laboratorio instalado en la parte posterior de la nave. Ese día debía proseguir, según el programa acordado, un experimento cuyo objetivo era estudiar la conservación de varios medicamentos de séptima generación contra el cáncer bajo condiciones de ingravidez. Colocó sobre una mesita el material que habría de utilizar y puso manos a la obra.   Dos horas después, el comandante W. salió del laboratorio y se dirigió al frente de la nave, donde de nuevo se sentó delante del tablero de controles, presionó el mismo botón y dijo: -Buenos días, H. Aquí, 1. Todo bien, sin novedad. Cambio. Por segunda vez, nadie respondió. Giró levemente hacia la izquierda, donde estaba la pantalla y el teclado de la computadora, se conectó a internet y escribió la dirección electrónica de la Agencia Multinacional del Espacio, pero no pudo acceder a ella. Entonces buscó la del Diario Global y le dio click. Las dos palabras del encabezado principal se desplegaron, enormes, en la pantalla: “Caos mundial”. Empezaba a leer la nota cuando una voz conocida lo distrajo. -Aquí, H. Responda, Ayax 1. Cambio. Él estiró un brazo para abrir el micrófono y dijo: -Aquí, Ayax 1. ¿Qué sucede? Cambio. -Hemos tenido problemas para comunicarnos contigo, y me temó que podrían empeorar. Cambio. -¿Por qué? ¿Qué ocurre? Cambio. Un ruido áspero y metálico invadió la línea y, por unos segundos, el astronauta no oyó lo que la voz decía. -... ha habido motines y saqueos en todos lados. -¡Alto! Repite lo primero que dijiste. No pude escucharlo. Hay interferencias. Cambio. -Decía que hace una semana se detectaron, en todo el mundo, los primeros casos de una nueva enfermedad ocasionada por un virus al parecer increíblemente letal. En la mayoría de los países se ordenó el confinamiento de la gente. Sin embargo, desde ayer, luego de una serie de gigantescas manifestaciones, ha habido motines y saqueos en miles de ciudades. Las comunicaciones vía celulares y la web han colapsado como resultado de innumerables ataques de hackers. Nosotros también nos hemos visto afectados por estos ataques. Cambio. -¿Por qué no me habían puesto al tanto? Cambio. -Consideramos que no era necesario. Cambio. -¿Por qué la gente ha reaccionado así? Cambio. -Todavía recuerda la pandemia de 2020, y no quiere volver a padecer el desastre económico y social que desencadenó. Cambio. -¿No le teme al virus? Cambio. -No cree en él. Piensa que es una treta fraguada para mantenerla bajo control.  -¿Qué debo hacer yo? Cambio. -Continuar la misión. Confiamos en que... Súbitamente, la comunicación se cortó. Había que conseguir más información de lo que estaba sucediendo en la Tierra, en aquel bendito planeta alrededor del cual él daba vueltas día y noche desde hacía más de tres meses. Intentó leer la nota del Diario Global, pero no tuvo suerte: la conexión con internet también se había interrumpido. El comandante W. pensó en S. y sus hijos, y una angustia punzante lo invadió. ¿Estarían bien, a salvo? Por su mente cruzó el pensamiento de mandar todo al diablo y retornar de inmediato, aunque pronto recapacitó. La misión que se le había encomendado era de suma importancia, en especial por los experimentos científicos que debía hacer; además, de seguro, las autoridades se encargarían, por las buenas o por las malas, de que en un lapso corto todo volviera a la normalidad... La normalidad, ese concepto tan relativo como engañoso. ¿En qué se había transformado la normalidad después de la pandemia de 2020? En una continua pesadilla, a pesar de que finalmente se contó con una vacuna contra el SARS-CoV-2. Ante la debacle de la economía mundial y los conflictos sociales que trajo, la mayoría de las personas ya no pudo deshacerse del hábito de experimentar miedo, incertidumbre, ira, incredulidad, suspicacia... Y ahora que un nuevo virus se hacía -o se decía que se hacía- presente, esos ingredientes de un coctel tan inaudito como explosivo se agitaban y desataban el caos, como bien lo había anunciado el Diario Global. Para no estar dándole vueltas al asunto se metió en el laboratorio y pretendió adelantar lo que tenía previsto hacer al día siguiente, pero desistió al darse cuenta de que no lograba concentrarse. Podía organizar sus apuntes, leer o pedalear un poco más en la bicicleta fija. A final de cuentas resolvió asomarse por la ventanilla y observar la Tierra mientras imaginaba lo que a esa hora podría estar aconteciendo en la ciudad donde él, su esposa y sus hijos vivían: tumultos en los supermercados, largas filas de automóviles afuera de las gasolinerías, actos de vandalismo, enfrentamientos de la población con las fuerzas del orden... Más tarde trató de establecer comunicación con H. y, también, entrar en internet. Ninguno de los dos intentos tuvo éxito. Cuando llegó el momento de acostarse y dormir, el insomnio lo atenazó un largo tiempo, hasta que cayó en un sueño inquieto y discontinuo. Al otro día, el comandante W. se despertó ansioso. Apenas probó bocado. No obstante, cuando, al primer intento, la portada del Diario Global se abrió en la pantalla de la computadora, incluso sonrió. Se puso a leer con avidez. Todo era confuso. El número de infectados por el flamante virus, recién denominado ZTR-01, aumentaba en cada rincón del planeta a una velocidad pasmosa y los muertos ya se contaban por cientos de miles. Los gobiernos de las principales potencias se acusaban entre sí de haber diseminado el microorganismo a propósito, aunque nadie entendía qué ventaja supondría esto para nadie. La Comisión Sanitaria Internacional no dejaba de emitir llamados urgentes para que la gente hiciera caso a sus gobiernos y permaneciera confinada en sus casas; y la gente, aterrorizada y enardecida, no tanto por el supuesto virus como por el abismo económico que ya vislumbraba a la distancia, salía a las calles de las ciudades para exigir que esta medida fuera cancelada y era reprimida por las fuerzas del orden. Entretanto, los ejércitos de la mayoría de los países empezaban a sellar las fronteras y, en no pocas ocasiones, a detener, a como diera lugar, a quienes se proponían cruzarlas... El comandante W. quiso abrir otra nota periodística, pero no pudo porque la señal de internet se había perdido. A través de la ventanilla vio la Tierra. Quién lo diría: desde el espacio exterior parecía tan apacible, bella y armónica, y, sin embargo, era el escenario donde, en ese instante, todos los humanos, a excepción de él, se debatían contra un nuevo enemigo microscópico, pero también donde luchaban entre ellos mismos. ¿Qué resultaría de aquello? El resto del día lo dedicó a llamar a H., pero nadie contestó del otro lado de la línea.   En los días subsecuentes, la comunicación con la Tierra no se restableció. Para no ser dominado por la desazón y el pánico, el comandante W. se entregó obstinadamente al trabajo y al ejercicio. Una mañana, mientras aún permanecía tendido en la cama, puso en la balanza las dos opciones que tenía: quedarse en el espacio hasta que la crisis se resolviera de algún modo y así se lo hiciera saber H.; o bien, emprender el retorno a la Tierra. La primera no implicaba ningún peligro, pues disponía de provisiones suficientes para tres meses más, lapso más allá del cual resultaba imposible que se alargara la crisis, según su razonamiento; en cambio, la segunda era muy riesgosa debido a que, sin una vía de comunicación abierta con H., el ingreso de la nave en la atmósfera terrestre y su posterior amarizaje en el océano Pacífico podrían complicarse mucho; además, ¿los radares estarían en funcionamiento para rastrearla y ubicar el sitio exacto donde caería en el mar o también habían sido afectados por los ataques de los hackers? Aunque la idea de regresar lo atraía poderosamente, sobre todo porque no tenía noticias de su esposa y sus hijos, y temía que la estuvieran pasando mal, el comandante W. consideró que lo más sensato era seguir orbitando la Tierra y esperar a que la situación por la que atravesaba la humanidad mejorara, lo cual, por cierto, no podía tardar... Concluyó sus labores en el laboratorio, flotó hasta la parte delantera de la nave y se asomó por la ventanilla. En ese momento, el vehículo espacial pasaba, a más de veintisiete mil kilómetros por hora, encima de la península Ibérica en dirección a Francia. Los contornos del continente europeo se apreciaban con nitidez. Al contemplarlos, el astronauta experimentó una mezcla de ansiedad y nostalgia. ¿Cuándo podría volver al hogar?, se preguntó. Estaba por darse la vuelta para hacer ejercicio en la bicicleta fija cuando percibió, a lo largo y ancho de aquella zona del planeta, el surgimiento escalonado de una gran cantidad de puntos luminosos que poco a poco aumentaron de tamaño hasta tomar la forma de bolas humeantes y rojizas. Se quedó viéndolos como hipnotizado. Era un espectáculo realmente fascinante. Aquellos puntos luminosos no cesaban de encenderse en otras partes como si fueran los focos de un inmenso tablero electrónico. No entendía... Sólo observaba, absorto, aquellos destellos. Al cabo de un minuto tuvo una noción más o menos clara de lo que ocurría, pero todavía pasó un buen rato antes de que, paralizado por el horror, pudiera aceptarlo.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   -¿Cómo ve la actual política cultural en el país? -No la veo por ninguna parte. -¿Por qué escribe? -Porque ya no puedo jugar futbol, que era lo que realmente me gustaba hacer en esta vida. -¿Cómo concibe a su lector ideal? -Nunca he pensado en un lector ideal. Sólo sé que a aquellos cuya opinión de lo que escribo me interesaría conocer les importa un bledo lo que yo haga. -¿La admiración que de unos años para acá han despertado sus libros le ocasiona alguna incomodidad? -Más que incomodidad, me causa incredulidad, sorpresa, pasmo. A veces creo que el supuesto fervor por lo que escribo -¡qué ridiculez!- no es más que un gran malentendido. -¿Qué les diría ahora mismo a sus lectores, a sus cientos de miles de lectores? -Que me perdonen. -¿Aspira al Premio Nobel?  -Aspiro a vivir aislada y tranquilamente, lo cual se aleja cada vez más de mí. -¿Algún proyecto en puerta, maestro? -Sí, mi inminente suicidio.
 Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Si John Lennon no hubiera vivido con Yoko Ono y Sean, el pequeño hijo de ambos, en el edificio Dakota, que se levanta en el número 1 de la calle 72, frente a Central Park, en Nueva York (y donde, por cierto, transcurre la trama de la película El bebé de Rosemary, filmada por Roman Polanski en 1968)… Si un sujeto que responde al nombre de Mark David Chapman no hubiera leído la novela El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, y ésta no lo hubiera obsesionado tanto como para querer moldear su vida a imagen y semejanza de lo que Holden Caulfield –su protagonista– pensaba y hacía… Si el sábado 6 de diciembre de 1980, Mark David Chapman no hubiera viajado a Nueva York desde Honolulu, Hawaii, donde vivía, y no se hubiera hospedado primero en la YMCA local y después en el Hotel Sheraton… Si en la mañana del lunes 8 de diciembre de ese mismo año, Mark David Chapman no hubiera ido a comprar un ejemplar de El guardián entre el centeno y, en la parte interior de la tapa del libro, escrito la frase: “Ésta es mi declaración”… Si ese lunes, hacia las 17 horas, en compañía de Yoko Ono, John Lennon no hubiera salido de su departamento con la intención de dirigirse, a bordo de una limusina, al Record Plant Studio y grabar la canción “Walking on thin ice”… Si Mark David Chapman no hubiera estado esperando a John Lennon afuera del Dakota con una copia de su recién publicado álbum Double Fantasy en una mano… Si John Lennon no se hubiera detenido frente a Mark David Chapman y no le hubiera autografiado la copia de dicho álbum y preguntado amablemente: “¿Es todo lo que quieres?”… Si hacia las 22:50 horas, en compañía de Yoko Ono, John Lennon no hubiera regresado y no se hubiera bajado de la limusina y encaminado despreocupadamente a la entrada del Dakota… Si Mark David Chapman no hubiera permanecido en ese lugar, sacado un revólver calibre .38 de uno de los bolsillos de su pantalón y apuntado a John Lennon… Si Mark David Chapman no hubiera accionado el gatillo de su arma y cuatro balas no hubieran impactado en la espalda y el hombro izquierdo de John Lennon… Si Mark David Chapman no se hubiera quedado ahí y puesto a leer su ejemplar de El guardián entre el centeno con calma, como si aguardara el arribo del próximo vagón del Metro… Si dos policías no hubieran metido a John Lennon en la parte posterior de su patrulla y no lo hubieran trasladado rápidamente al St. Luke's-Roosevelt Hospital Center… En fin, si John Lennon no hubiera muerto hacia las 23:15 horas de aquel día fatídico, hoy, 9 de octubre de 2020, habría cumplido 80 años de vida –¡80!–, y de seguro aún seguiría componiendo e interpretando nuevas y magníficas rolas, y nosotros, sus fans, las escucharíamos felices, y el mundo no le lloraría como le llora cada 8 de diciembre, y la humanidad no cargaría sobre sus hombros un asesinato tan absurdo y estúpido…
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Llevaban más de una hora en aquella esquina, platicando y bebiendo cerveza bajo un sol opaco. Cuando una mujer o un niño pasaba caminando delante de ellos, el Tito sacaba un cohete de uno de los bolsillos de su chamarra, lo encendía con un cigarro y se lo arrojaba a los pies. El humo que despedía el cohete y, casi de inmediato, su estallido, hacía que la víctima saliera huyendo del lugar, despavorida, lo cual les causaba una risa estentórea, simiesca. Un perro con una pelambre rala y amarillenta se aproximó a ellos por la banqueta, olisqueando aquí y allá. -Ven, amigo –le dijo la Rana, y le mostró un pedazo de pan. Al ver aquel bocado entre los dedos de la Rana, el animal se detuvo, pero, una vez que comprobó que el ofrecimiento era sincero, avanzó decidido y lo devoró. Más allá, en la cancha de tierra, una ligera tolvanera formó unos diminutos remolinos al ras del suelo.El Peque se acuclilló y comenzó a acariciarle el lomo al perro.-¡Presta! –le dijo de pronto a la Rana, y le arrebató la bolsa de papel de estraza; luego sacó otro bolillo, lo partió y le aventó una mitad al animal.Transcurrió el tiempo. Las latas de cerveza se amontonaban junto al poste del alumbrado público que se erguía al borde de la banqueta. Con un pedazo de pan entre los dientes, el Tito se dispuso a destapar otra lata, pero un súbito pensamiento, una idea, lo contuvo en el último momento. Se palpó los bolsillos del pantalón, extrajo de ellos su encendedor y un cohete más grande que los anteriores, y le prendió fuego a la larga mecha. La Rana y el Peque lo miraban con ojos embrutecidos.El Tito envolvió el cohete en el pedazo de pan, se agachó y se lo ofreció al perro, que yacía a su lado. El animal meneó la cola y se tragó aquello. A continuación, el Tito se incorporó y, mientras le daba una patada, gritó:-¡Lárgate, pinche perro sarnoso! Aunque el animal salió disparado, en realidad no logró avanzar más que dos o tres metros sobre el agrietado pavimento de la calle.
 Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Glenn Gould representó para la música clásica lo que los Beatles representaron para el rock: una enorme bocanada de aire fresco, un rotundo estallido de talento, virtuosismo y originalidad, una revolución liberadora.Este grandísimo pianista nació el 25 de septiembre de 1932 en Toronto, Canadá, y murió el 4 de octubre de 1982, en esa misma ciudad, debido a un derrame cerebral. De muy niño aprendió a tocar el piano con su madre y a los diez años ingresó en el Conservatorio de Toronto, donde se convirtió en discípulo del pianista chileno Alberto García Guerrero.En enero de 1947 hizo su debut profesional como concertista, interpretando el Concierto para piano y orquesta número 4, de Beethoven, con la Orquesta Sinfónica de Toronto, bajo la batuta del australiano Bernard Heinze. Y en abril de ese mismo año dio su primer recital en solitario, con un programa que incluyó obras de Bach, Haydn, Beethoven, Mendelsshon y Chopin. En enero de 1955, un día después de haber dado su primer recital en Nueva York (en el Town Hall), unos ejecutivos del sello discográfico Columbia Masterworks lo buscaron para que grabara su primera versión de las Variaciones Goldberg, de Bach, la cual, una vez quedó lista y salió a la venta, fue todo un acontecimiento en el mundo de la música. Vertiginosa carreraA partir de entonces, Gould comenzó una vertiginosa carrera que lo llevó a diversas partes del mundo. En 1957 viajó a la Unión Soviética, donde el público quedó extasiado con sus interpretaciones. De acuerdo con su biógrafo Kevin Bazzana, “las audiencias rusas nunca habían escuchado nada parecido. Aún hoy en día, los rusos que lo vieron actuar en 1957 emplean alguna variante de la imagen del ‘visitante de otro planeta’ para tratar de aprehender los sentimientos que los embargaron.”Pero llegó el 10 de abril de 1964. Harto y aburrido de las giras y de sus presentaciones en vivo, Gould ofreció ese día su último concierto en Los Ángeles, California, y se refugió en los estudios de grabación, donde produjo algunos de los mejores discos de música clásica de todos los tiempos (qué curioso: dos años después, el 29 de agosto de 1966, igualmente hartos y aburridos de las giras y de sus presentaciones en vivo ante miles de jovencitas gritonas e histéricas, los Beatles dieron su último concierto en San Francisco, California, y también se refugiaron en los estudios de grabación, donde produjeron sus obras maestras: Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, el Album Blanco, Abbey Road y Let it be).Manías, obsesiones y excentricidadesComo cualquier genio, Gould tenía sus manías, obsesiones y excentricidades. Por ejemplo, cuando daba un concierto o un recital, incluso cuando grababa un disco, emitía de tanto en tanto un casi inaudible tarareo que se entremezclaba con los espléndidos sonidos que lograba arrancarle al piano (se puede oír en sus discos).Asimismo, durante sus presentaciones en vivo y sus sesiones de grabación no usaba, como los cánones mandan, un elegante taburete para sentarse frente al teclado de su instrumento, sino una silla desvencijada a la que su padre le había recortado las patas cuando él tenía ocho años.Y no importaba que fuera verano e hiciera mucho calor: siempre salía a la calle enfundado en un abrigo, con unos guantes en las manos y una gorra en la cabeza.CompositorEn 1981, poco antes de su inesperado deceso a los cincuenta años, Gould volvió a grabar las Variaciones Goldberg. Las ventas de este disco fueron exorbitantes, quizá tanto como las de alguno de los Beatles (hay otra versión de esta obra, grabada en vivo el 25 de agosto de 1959, durante la actuación del pianista canadiense en el Festival de Salzburgo).La discografía de Gould abarca prácticamente toda la obra para teclado de su amado Bach (las multicitadas Variaciones Goldberg, los conciertos para clavicordio y orquesta, El arte de la fuga, El clave bien temperado, las Partitas, las Tocatas, las Suites inglesas y francesas…), pero también obras de Sweelinck, Scarlatti, Händel, Haydn, Mozart, Beethoven, Brahms, Scriabin, Berg, Schoenberg, Strauss, Sibelius, Prokofiev, Hindemith, Poulenc, Krenek…Además, ejerció la composición, si bien no de una manera constante y continuada. Entre sus obras destacan: Cinco piezas breves para piano, Lieberson Madrigal, Dos piezas para piano, Sonata para fagot y piano, Sonata para piano, Cuarteto para cuerdas número 1 y So you want to write a fugue?    La figura de Gould también ha inspirado obras literarias, como las novelas El malogrado, del austriaco Thomas Bernhard, y Glenn, del español Alejandro Castroguer (por cierto, ésta fue estructurada igual que las Variaciones Goldberg: un Aria inicial, treinta capítulos y un Aria da capo).Un último apunte: no tengo noticias de que a Gould le haya gustado la música de los Beatles, aunque lo más probable es que sí. Lo que sí sé es que reverenciaba a Petula Clark, cantante pop inglesa que en 1964 alcanzó el primer lugar en las listas de popularidad de Gran Bretaña y Estados Unidos con la canción “Downtown”.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Un día, al cabo de no pocos intentos infructuosos, una bacteria especialmente malvada logró llegar a una de las fosas nasales de un viajante que estaba a punto de emprender un vuelo hacia Europa, donde cerraría un acuerdo comercial muy importante para la empresa en que laboraba desde hacía años. Apenas bajó por la faringe y la laringe del viajante, recorrió su tráquea y se instaló cómodamente en sus pulmones, la bacteria comenzó a reproducirse a lo bestia, pues su plan –en verdad diabólico- era infectar, con cada tosido de aquél, al mayor número posible de personas, tanto de éste como del otro lado del Atlántico. Sin embargo, en el momento en que les decía a sus pares recién nacidos que debían actuar sin piedad, un poderosísimo antibiótico de amplio espectro se dejó venir por el torrente sanguíneo del viajante. Ante esta embestida medicamentosa, la bacteria tuvo el impulso de huir, pero casi de inmediato recordó que, con el paso del tiempo –y, sobre todo, con la colaboración de muchos humanos-, había desarrollado una resistencia a cualquier antibiótico digna de una cosita tan inteligente y tan perversa como ella. Así, tranquilizó a sus pares recién nacidos y los conminó a ponerse en posición de ataque. Las horas transcurrieron. Los pares recién nacidos de la bacteria, que a su vez no dejaban de reproducirse en una monstruosa orgía sin fin, salían despedidos de la boca del viajante e invadían a otras personas en las que el mismo ciclo nacimiento-reproducción se repetiría más tarde... La bacteria no cabía en sí de gusto: su plan, concebido en largas noches de insomnio, se estaba cumpliendo al pie de la letra. Y de seguro se hubiera convertido en la bacteria más mortífera de la historia, mas no contó con que una espeluznante tormenta habría de desatarse y ocasionar que el avión al que el viajante acababa de subirse junto con otros ciento diez pasajeros y cinco tripulantes ya contagiados se fuera a pique y se estrellara en el mar, de donde nadie, incluidos ella y sus pares recién nacidos, pudo ser rescatado con vida.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   En una carta dirigida a quien más tarde se convertiría en su esposa, Clara, Robert Schumann escribió: “Anoche tuve el más espantoso pensamiento que puede tener un ser humano, el más horrible con el que nos puede castigar la Providencia: que había perdido la razón. Era tan fuerte que no había consuelo que pudiera mitigarlo. La angustia me llevó de aquí para allá, hasta dejarme sin aliento. Casi desfallecí de sólo pensar que ya no pudiera razonar […].” Con el paso de los años, estas palabras, por desgracia, resultarían proféticas. Schumann, quien nació en Zwickau, Alemania, el 8 de junio de 1810, ya experimentaba drásticos cambios de humor a los dieciocho años. Y había razón para ello: por la época en que él vino al mundo, su padre, uno de los primeros traductores de Lord Byron al alemán, padeció un colapso nervioso del que nunca se recuperó del todo y su madre sufría recurrentemente crisis depresivas. Luego de una breve estancia en la Facultad de Derecho de la Universidad de Leipzig, decidió entregarse a la música y, como primer paso, comenzó a tomar clases de piano con Friedrich Wieck, su futuro suegro. Gracias a su talento innato y a su entrega, sin duda se hubiera convertido en un afamado concertista, pero ocurrió un hecho que daría al traste con sus planes: buscando perfeccionar su técnica pianística, inventó un aparato para conseguir más control y movilidad en los dedos medio y anular de la mano derecha, lo usó durante algún tiempo y, cuando se lo quitó, ambos dedos estaban totalmente incapacitados. Fue así como se vio obligado a dedicarse a la composición. Mientras tanto, su enfermedad bipolar (maniaco-depresiva) avanzaba. En sus fases maniacas hacía gala de una increíble destreza y rapidez para crear; por ejemplo, en tan sólo seis días compuso la Kreisleriana, opus 16, una de las cumbres del romanticismo musical. En sus fases depresivas, por lo contrario, lo dominaba la abulia. Como director y crítico de la Neue Leipziger Zeitschrift für Musik introdujo en sus artículos a dos personajes que representaban los polos opuestos de su personalidad: Florestan (impulsivo, apasionado, extrovertido, alegre e iconoclasta) y Eusebius (amable, melancólico, piadoso, introspectivo y ensimismado). En 1840, año en que se casó con Clara, compuso más de ciento treinta lieder, género en el que descolló, pero cuatro años después, al regresar de un viaje a Rusia, cayó en una severa depresión. Entonces, él, Clara y sus hijos se trasladaron a Dresde, donde poco a poco recobró su salud y donde en diciembre de 1845 compuso su Segunda sinfonía en do mayor, opus 61. Alguna vez, Schumann comentó sobre esta sinfonía: “La compaginé durante un periodo de sufrimiento físico. Hasta se podría decir que se trataba de la resistencia del espíritu, el cual ejerció visible influencia en ella, y por medio de cuyas fuerzas intenté luchar contra mi estado corporal. El primer movimiento, lleno de esta brega, es muy caprichoso y refractario.” En su libro Aventuras con la música sinfónica, Edwar Downes apuntó: “Y es la verdad que el afiebrado primer movimiento parece el reflejo de las perturbadas fantasías que terminaron por desequilibrar por completo la mente de Schumann.” La enfermedad mental de Schumann se agudizó a tal grado que el 27 de febrero de 1854 salió llorando de su casa e intentó suicidarse, tirándose al río Rhin, de donde fue rescatado. El mismo Schumann le pidió a Clara que lo internara, por lo que ingresó en el manicomio de Endenich, cerca de Bonn. No obstante, debido a las rígidas reglas que imperaban en ese sitio, permaneció aislado, sin poder ver a su amada esposa ni a nadie más, hasta que el 29 de julio de 1856, a los cuarenta y seis años, murió de inanición. Robert y Clara –pianista excepcional y también compositora– tuvieron ocho hijos, uno de los cuales, Ludwig, enloqueció hacia los veinte años y estuvo encerrado en el manicomio de Colditz, Sajonia, más de tres décadas. De Schumann nos queda un gran catálogo de música insuperable: sus obras para piano solo –entre las que destacan Papillons, el Carnaval, los Estudios sinfónicos, la ya mencionada Kreisleriana, las Escenas infantiles y las sonatas–, sus lieder, sus cuatro sinfonías, sus conciertos para piano, violonchelo y violín, su música de cámara, sus oberturas Manfredo y Hermann y Dorothea, su Requiem para Mignon, su ópera Genoveva…
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   El domingo 31 de mayo de 1970, desde temprana hora, miles y miles de personas de todas las edades –muchas de ellas con enormes sombreros de palma en la cabeza– ingresaron en el Estadio Azteca, al sur de la capital del país, para ocupar su respectivo lugar en los palcos, plateas y tribunas del máximo escenario del futbol mexicano. Poco menos de seis años antes, el 8 de octubre de 1964, México había ganado, por cincuenta y seis votos contra treinta y dos de Argentina, la sede del IX Campeonato Mundial de Futbol, en una elección organizada por la Federación Internacional de Futbol Asociado (FIFA) en Tokio, Japón. En el partido inaugural de este torneo disputado por vez primera en tierras norteamericanas, la selección anfitriona, comandada por su entrenador, Raúl Cárdenas, se enfrentaría a la de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Ambas selecciones, junto con las de Bélgica y El Salvador, integraban el Grupo 1, cuya sede era la Ciudad de México. Los otros tres grupos estaban conformados de la siguiente manera: 2: Italia, Uruguay, Suecia e Israel (Toluca-Puebla); 3: Brasil, Inglaterra, Rumania y Checoslovaquia (Guadalajara); y 4: Alemania Federal, Perú, Bulgaria y Marruecos (León). La ceremonia de inauguración comenzó. Ante ciento siete mil enfebrecidos espectadores, cadetes de la Escuela Naval Antón Lizardo desfilaron con la bandera de cada una de las dieciséis selecciones nacionales participantes, seguidos por grupos de once niños con sus correspondientes uniformes. A continuación salieron al campo las selecciones de México y la URSS, así como el árbitro y los dos abanderados elegidos para ese encuentro, y todos se formaron en línea frente a un templete ubicado a unos cuantos metros de distancia de ellos. Luego de algunas palabras protocolarias pronunciadas por Sir Stanley Rous, presidente de la FIFA, Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México, declaró “solemnemente inaugurado el IX Campeonato Mundial de Futbol Copa Jules Rimet”. La rechifla no se hizo esperar, pero al cabo de unos segundos se disipó porque del foso que rodea la cancha empezaron a ascender hacia el cielo decenas de racimos de globos multicolores... Una vez cumplido el protocolo oficial, todo estaba listo para que el juego principiara.   Tres oportunidades de gol Por México jugarían: en la portería, Ignacio el Cuate Calderón; en la defensa, Gustavo el Halcón Peña (capitán), Mario el Pichojos Pérez, Guillermo el Campeón Hernández, José Vantolrá y Javier el Kalimán Guzmán; en el medio campo, Héctor Pulido y Mario Velarde; y en la delantera, Horacio López Salgado, Javier el Cabo Valdivia y Javier el Chalo Fragoso. Por la URSS alinearon: en la portería, Anzor Kavazashvili; en la defensa, Vladimir Kaplichni, Evgeny Lovchev, Gennadi Logofet y Albert Shesternyov (capitán); en el medio campo, Kakhi Asatiani, Vladimir Muntyan y Viktor Serebryanikov; y en la delantera, Anatoly Bishovets, Gennadi Yevryuzhikhin y Givili Nodiya. En punto de las doce horas, bajo un sol candente en extremo, el árbitro alemán Kurt Tschenscher dio el silbatazo inicial. La URSS puso en movimiento el balón. En el primer tercio del partido, una pelota rechazada por un defensor de la URSS fue tomada por Velarde, quien con la pierna izquierda lanzó un centro cruzado hacia el área soviética; entonces, López Salgado se le adelantó a Logofet y, después de que el esférico rebotó en el pasto, lo cabeceó “de palomita” en dirección del arco enemigo, pero el portero Kavazashvili, siempre atento a la jugada, lo apresó con sus manos en medio del alarido del público. Más tarde, el Pichojos Pérez robó un balón por la banda izquierda, corrió varios metros y lanzó otro centro cruzado al área soviética; sin embargo, a pesar de su espectacular vuelo, el Chalo Fragoso no pudo hacer contacto con la pelota. Hacia el minuto treinta, Asatiani se convirtió en el primer jugador de la historia de los mundiales en ser amonestado con una tarjeta amarilla por haberle cometido una falta muy fuerte a Velarde. Y en el minuto cuarenta y seis se produjo el primer cambio en la historia de los mundiales: Anatoli Punzach entró en el terreno de juego por Serebrjanikov (hasta el mundial anterior –celebrado en Inglaterra, en 1966–, el portero era el único jugador que podía ser sustituido en caso de lesión). Durante el segundo tiempo, igualmente tenso y trabado, hubo una jugada que le puso los pelos de punta a los aficionados de casa: Bishovets recibió un pase de espaldas a la cabaña del Cuate Calderón, giró y emprendió la carrera perseguido por Velarde; un poco antes de la media luna, el mexicano estiró una pierna y, quizá sin querer, le propinó un puntapié al esférico, que salió del campo rozando el poste derecho de la portería mexicana. En el minuto sesenta y seis, Vitali Khmelnitski sustituyó a Nodiya; y en el sesenta y siete, Antonio Munguía a Velarde. México todavía tendría otra oportunidad de anotar un gol, cuando el Pichojos Pérez cobró una falta desde la banda izquierda. Kavazashvili, López Salgado y el Halcón Peña se alzaron en el aire, buscando la pelota, y aunque este último logró cabecearla, salió por encima de la cabaña soviética. Al final, el cero a cero dejó insatisfechos a los expectadores, incluso a los televidentes de todo el mundo que veían por vez primera un juego mundialístico a color. No obstante, la alegría por el arranque del IX Campeonato Mundial de Futbol era incontenible, arrolladora.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   La noche del 31 de agosto de 1901, mientras se desempeñaba como corresponsal del periódico El Imparcial en París, Amado Nervo conoció a una mujer francesa llamada Ana Cecilia Luisa Dailliez Largillier. Días después, ambos se enredaron en una intensa relación amorosa.   En marzo del año siguiente, el poeta y escritor mexicano –nacido el 27 de agosto de 1870 en Tepic, hoy Nayarit– regresó a México, donde por intermediación de Justo Sierra obtuvo una plaza de profesor de lengua castellana en la Escuela Nacional Preparatoria.   En 1904, Ana Cecilia, quien tenía una hija llamada Margarita, viajó a México para encontrarse con Nervo. En julio de 1905, ya como miembro del Servicio Exterior del gobierno de Porfirio Díaz, el poeta fue nombrado segundo secretario de la legación mexicana en España y Portugal, por lo que, en compañía de Ana Cecilia, se trasladó a Europa.   La pareja recogió a Margarita en París, donde vivía con la hermana de Ana Cecilia. A continuación, los tres viajaron a Madrid para residir en un departamento de la calle Bailén. Fue ahí donde, obligados por la rígida moral de la época, Nervo y Ana Cecilia continuaron su idilio, pero en secreto.   Acerca de este “amor prohibido” y las circunstancias que lo rodeaban, el poeta escribió: “Como aquel nuestro cariño inmenso no estaba sancionado por ninguna ley; como ningún sacerdote nos había recitado maquinalmente, uniendo nuestras manos, algunas frases latinas; como ningún juez civil nos había gangueado algunos artículos del Código, no teníamos derecho de amarnos a la luz del día, y nos habíamos amado en la penumbra de un sigilo y de una intimidad tales, que casi nadie en el mundo sabía nuestro secreto. Aparentemente, yo vivía solo, y muy raro debió ser el amigo cuya perspicacia adivinara, al visitarme, que allí, a dos pasos de él, latía por mí, por mí solo, el corazón más noble, más desinteresado y más afectuoso de la tierra.”   Con todo, cuando tenían la oportunidad de dejar Madrid y visitar otras ciudades europeas, Nervo y Ana Cecilia se desquitaban ampliamente y disfrutaban su amor en libertad, sin ninguna atadura.   Así pasaron los años, hasta que el 17 de diciembre de 1911, Ana Cecilia cayó gravemente enferma de tifoidea. Nervo despachaba lo más pronto posible sus asuntos en la Cancillería para correr a su lado y atenderla. Sin embargo, la salud de aquella mujer no dejó de deteriorarse y falleció el 7 de enero de 1912.     El poeta, entonces, cogió su pluma y comenzó a escribir un libro en el que vertió todo el dolor y toda la angustia que le causaba aquella pérdica: La amada inmóvil.   En “Ofertorio”, el primer poema de esta obra, se lee:   Dios mío, yo te ofrezco mi dolor. ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte! Tú me diste un amor, un solo amor, ¡un gran amor!                           Me lo robó la muerte … y no me queda más que mi dolor. Acéptalo, Señor: ¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!...   Al cabo de unos meses, Nervo se convirtió en tutor de Margarita. Conforme aquella niña de once años creció, el poeta se sintió cada vez más atraído por ella. Con todo, Margarita nunca permitió que la pasión de Nervo la tocara.   En 1914, el Servicio Exterior fue interrumpido por la Revolución mexicana y Nervo, ya sin empleo, entró en un periodo de gran precariedad económica. En 1919, luego de pasar una breve temporada en el país, volvió a ser reconocido como diplomático y recibió el nombramiento de ministro plenipotenciario en Argentina y Uruguay.   Ya en Argentina conoció a la que sería su última musa: Carmen de la Serna, cuya hermana Celia sería, años después, la madre de Ernesto Che Guevara, una de las figuras más emblemáticas de América Latina.   Nervo murió, a los cuarenta y ocho años, el 24 de mayo de 1919, en Montevideo, Uruguay, a consecuencia de una uremia. Su cadáver fue traído a México a bordo de la corbeta argentina ARA Uruguay. A su funeral asistieron poco más de doscientas mil personas, entre ellas el presidente Venustiano Carranza y los miembros de su gabinete. Está enterrado en la Rotonda de los Personas Ilustres, en el Panteón Civil de Dolores.   ¿Quién no recuerda, por lo menos, los dos últimos versos de “En paz”, acaso su poema más famoso?:   Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Luego de abandonar Francia, país que estaba ocupado por los nazis desde hacía casi seis meses, el escritor irlandés James Joyce, su esposa, Nora, su hijo George y su nieto Stephen llegaron en tren a Ginebra, Suiza, en la noche del 14 de diciembre de 1940. Al día siguiente, los Joyce viajaron a Lausana y, dos días después, a Zürich, donde tomaron posesión de dos habitaciones del Hotel Pension Delphin. Al cabo de unos días, un amigo de Joyce llamado Paul Ruggiero fue a verlo y, como dejó su sombrero encima de la cama, el escritor nacido el 2 de febrero de 1882 en Dublín le dijo en italiano: “Ruggiero, quite ese sombrero de la cama. Soy supersticioso, y significa que alguien va a morir.” Los Joyce pasaron la Navidad en casa del matrimonio Giedion. En esa ocasión, el autor de Música de cámara, Dublineses, El retrato del artista adolescente, Exiliados, Ulises y Finnegans Wake interpretó varias canciones en irlandés y latín. El 9 de enero de 1941, después de haber visitado una exposición de pintura francesa del siglo XIX, Joyce y Nora fueron, como acostumbraban, al restaurante Kronenhalle, pero Joyce casi no habló ni probó bocado. Antes de medianoche regresaron al hotel. Entonces, Joyce comenzó a padecer un fuerte dolor de estómago que empeoró con el transcurso del tiempo. A las dos de la madrugada, George salió a buscar un médico y, a pesar de que éste le administró un poco de morfina al escritor, el dolor no disminuyó, por lo que en la mañana fue trasladado en ambulancia a un hospital de la Cruz Roja. Una radiografía mostró que Joyce tenía una úlcera duodenal perforada. Los médicos le comunicaron que era necesario operarlo de inmediato, pero él se negó en un primer momento, hasta que George lo convenció de que no había otra alternativa. Por recomendación de frau Gedion, el doctor H. Freysz se encargó de operar a Joyce. Hacia el atardecer, el escritor se recuperó de la anestesia y le comentó a Nora que había creído que no sobreviviría. También manifestó sentirse muy preocupado por el dinero que iba a costar su internamiento y la operación. El sábado 11 pareció que Joyce recobraba las fuerzas. Sin embargo, el domingo en la mañana volvió a debilitarse tanto que requirió dos transfusiones de sangre. En la tarde entró en coma. A la una de la madrugada del lunes 13 de enero de 1941, Joyce volvió en sí y le pidió a una enfermera que llamara a Nora y George; a continuación entró en coma de nuevo. Una hora y quince minutos después, cuando Nora y George aún no habían llegado al hospital, murió, a los 58 años, de una peritonitis generalizada, de acuerdo con la autopsia que se le practicó. El miércoles 15, Joyce fue enterrado en el cementerio de Fluntern, en una ceremonia austera a la que asistió un puñado de personas, entre ellas, Nora, George, el embajador inglés en Berna, lord Derwent, el poeta Max Geilinger y el tenor Max Meili, quien cantó el “Addio terra, addio cielo”, de la ópera Orfeo, de Claudio Monteverdi. La hija de Joyce, Lucia, a quien se le había diagnosticado esquizofrenia, se negó a creer en la muerte de su célebre padre. Así, cuando el escritor italiano Nino Frank la visitó, ella le dijo: “¿Qué hace ese idiota bajo tierra? ¿Cuándo piensa salir? Está vigilándonos todo el día.” Acerca de Ulises, sin duda la novela más influyente del siglo XX, el escritor italiano Italo Svevo escribió: “Muchas veces, leyendo Ulises, me pregunto por qué Joyce no quiso ser más claro, y suprimió totalmente las explicaciones. Era necesario que estuviesen ausentes, y es inútil inquirir por ello. Su ausencia hace más austera la obra de Joyce. Una sola palabra fuera de lugar demolería todas esas perfectas construcciones de representación.”
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   El miércoles 17 de junio de 1970 ha quedado grabado en la historia del futbol como el día en que se disputó el partido más dramático y emocionante no sólo del IX Campeonato Mundial, sino también de todo el siglo XX: Alemania contra Italia. Esta semifinal, jugada en el Estadio Azteca ante poco más de cien mil espectadores, equivale a lo que en el béisbol representa el juego perfecto lanzado por Don Larsen, de los Yankees de Nueva York, contra los Dodgers de Brooklyn el 8 de octubre de 1956 en el Yankee Stadium (es el único hasta la fecha en una Serie Mundial); y, en el boxeo, a la pelea entre Muhammad Ali contra George Foreman, escenificada el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa, Zaire. Tres días antes, en el Estadio Nou Camp de León, Alemania había derrotado a Inglaterra tres a dos, en un partido de alarido; e Italia había barrido a México cuatro a uno en “La Bombonera” de Toluca. Los alemanes, comandados por Helmut Schoen, saltaron a la cancha así: en la portería, Sepp Maier; en la defensa, Berti Vogts, Bernd Patzke, Willi Schulz y Karl-Heinz Schnellinger; en el medio campo, Franz Beckenbauer, Wolfgang Overath, Gurgen Grabowski y Uwe Seller (capitán); y en la delantera, Gerd Muller y Hannes Lörd. Los italianos, bajo la dirección de Ferruccio Valcareggi,  alinearon de la siguiente manera: en la portería, Enrico Albertosi; en la defensa, Tarcisio Burgnich, Giacinto Facchetti (capitán), Pierluigi Cera y Roberto Rosato; en el medio campo, Mario Bertini, Sandro Mazzola, Giancarlo De Sisti y Angelo Domenghini; y en la delantera, Roberto Boninsegna y Gigi Riva. En punto de las dieciséis horas, el árbitro peruano Arturo Yamasaki, asistido en las bandas por el chileno Rafael Hormazábal Díaz y el venezolano Guillermo Velásquez, dio el silbatazo inicial e Italia movió el balón. Por supuesto, la afición mexicana, dolida por la eliminación de su equipo a manos de los azzurri, apoyaba decididamente a los alemanes. En el minuto ocho, Boninsegna avanzó en dirección del área alemana y le pasó la pelota a Riva, pero Vogts se interpuso y la rechazó con el pecho. Boninsegna se le adelantó a Beckenbauer, se volvió a hacer del balón y, a la altura de la media luna, soltó un fuerte zurdazo que perforó por la izquierda la cabaña de Maier. Uno a cero a favor de Italia. En el minuto dieciocho, Beckenbauer tomó la pelota, dejó atrás a Mazzola y, cuando ya estaba dentro del área italiana, Facchetti lo zancadilleó, pero Yamasaki marcó saque de meta. Más tarde, desde los tres cuartos de cancha, Grabowski tiró con la zurda un trallazo que el guardameta italiano desvió con las yemas de los dedos por encima del travesaño.   Segundo tiempo Rivera sustituyó a Mazzola y Reinhard Libuda a Lörd. En el minuto sesenta y seis, Muller corrió en busca de un balón que Bertini había retrasado a Albertosi y, ante la salida de éste, se lo dio a Grabowski, quien dejó tendido en el pasto a De Sisti y, ya dentro del área italiana, proyectó una diagonal atrasada hacia Overath. El mediocampista alemán disparó con la pierna izquierda una bala que cimbró el travesaño de Albertosi y luego salió de la cancha. No había transcurrido ni un minuto, cuando Beckenbauer tomó la pelota, esquivó a De Sisti y, en los linderos del área italiana, fue derribado por Cera. A pesar de las protestas airadas de los alemanes, Yamasaki marcó la falta fuera del área. En ese momento, Sigfried Held entró en el terreno de juego por Patzke, y se encargó de cobrar el tiro de castigo, pero éste salió a un lado de la portería de Albertosi. En el minuto setenta y cuatro, Grabowski recibió un pase en el área italiana y tiró a quemarropa. Cuando el balón estaba a punto de entrar en la cabaña, Rosato lo despejó milagrosamente y le cayó a Seller, quien al tratar de disparar fue tacleado por Bertini. La pelota aún siguió en juego; no obstante, Muller la echó por encima del travesaño... Los jugadores alemanes se abalanzaron sobre Yamasaki y le pidieron que marcara penalti, pero el árbitro peruano no les hizo caso y el juego continuó. La tensión se podía tocar en el aire. A escasos segundos del final, Maier recibió la pelota de Schulz e hizo un despeje larguísimo que tomó Held. Éste avanzó por la lateral izquierda, dribló a Burgnich y lanzó un centro al área azzurra. Cera rechazó el esférico con la cabeza y Burgnich lo pateó afuera de la cancha. El juego estaba a punto de terminar... Con las manos, Held le cedió el balón a Grabowski. Bajo la presión de Boninsegna, el mediocampista alemán centró otra vez al área italiana. Entonces ocurrió lo impensable: la pelota le cayó a Schnellinger, quien sin marcación alguna la empujó con la parte interna del pie derecho dentro de la cabaña de Albertosi. ¡Goool! El Estadio Azteca se cimbró. Mexicanos y alemanes se abrazaban en las tribunas y brincaban de alegría... ¡Uno a uno!   Tiempos extras Beckenbauer salió a jugar el primer tiempo extra con el brazo derecho pegado al cuerpo con una venda, pues al ser zancadillado por Cera el hombro se le había dislocado. En cuanto a la selección italiana, Fabrizio Poletti sustituyó a Rosato. En el minuto noventa y cuatro, Libuda cobró un tiro de esquina. Seller cabeceó el balón en dirección del manchón de penalti. Mientras botaba en el pasto, Poletti trató de cubrirlo con el cuerpo, pero Muller se le adelantó y con la pierna izquierda lo empujó dentro del arco italiano. Dos a uno a favor de Alemania. En el minuto noventa y ocho, Rivera bombeó la pelota hacia el área alemana. El esférico pegó en el pecho de Held y cayó a los pies de Burgnich, quien no perdonó con la zurda. Dos a dos. En el minuto ciento cuatro, Riva controló un pase de Domenghini afuera del área alemana, esquivó la entrada de Schnellinger y disparó con la zurda un tiro cruzado que penetró en la cabaña de Maier. Tres a dos a favor de Italia. Ya en el segundo tiempo extra, en el minuto ciento diez, Libuda centró al área italiana. Seller cabeceó el balón sin mucha fuerza a donde estaba Muller, quien también con la cabeza la empujó al fondo de la red. Tres a tres. Un minuto después, Boninsegna desbordó por la banda izquierda a Schulz y le mandó un centro rasante a Rivera. Il Bambino d’oro disparó y la pelota entró en la portería de Maier. Cuatro a tres a favor de Italia. Aquello era inverosímil. Todavía hubo alguna que otra jugada de peligro para ambas escuadras, pero el marcador ya no se volvió a mover. Cuando sonó el silbatazo final, varios jugadores italianos se dejaron caer al pasto, exhaustos. Italia había vencido a Alemania. Hoy se puede ver, en uno de los muros del Estadio Azteca, una placa que conmemora este inolvidable partido.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá                                                                                                      A mi padre, por supuesto   Al fin, luego de siglos y siglos de insensibilidad y apatía –y ante el clamor de un sector de la humanidad cada vez más numeroso, dolido e indignado-, abrió sus puertas, en nuestra bella metrópoli, el Museo del Padre Ausente, el primero en su tipo en todo el mundo. Desde que el género humano surgió en el planeta y empezó a habitarlo, buena parte de él ha sufrido, en mayor o menor medida, el abandono (físico o emocional, voluntario o involuntario) del padre. Esto, como hemos comprobado a lo largo de la historia, ha ocasionado infinitas desdichas a propios y extraños. Así pues, con el único objetivo de mitigar esas desdichas y hacerlas tolerables y llevaderas, un puñado de jóvenes y entusiastas empresarios decidió crear este museo, que sin duda habrá de revolucionar la museografía mundial. Ubicado en la zona centro de la ciudad, el Museo del Padre Ausente cuenta con los más sorprendentes avances tecnológicos, lo cual le permite ofrecer un servicio de excelencia a todas aquellas personas (niños, jóvenes, adultos y ancianos de ambos sexos) que lo visitan. Una vez que paga su boleto y traspone la puerta de entrada, el visitante es conducido por una guapa edecán hasta uno de los cubículos que se localizan en el ala derecha del edificio, donde un robot-computadora de última generación lo somete, a partir de una muestra de sangre, saliva o cabello, a un rápido pero minucioso examen genético. A continuación, los datos obtenidos se transfieren al cerebro electrónico de un observatorio de visualización, el cual tiene la capacidad de modelar y simular, mediante un complejo sistema de realidad virtual inmersiva, cualquier ser vivo en tercera dimensión. Dicho cerebro, entonces, se encarga de procesarlos en cuestión de nanosegundos y de traducirlos en cientos de millones de haces de luz que inciden en un solo punto de un pequeño salón contiguo para formar, como por arte de magia, la imagen tridimensional -idéntica, exacta- del padre ausente en turno. Cuando esto ocurre, una luz verde colocada sobre la puerta de aquel salón se enciende, indicando con ello que el visitante puede ingresar en él y comenzar a vivir la avasalladora, inenarrable, inédita experiencia de reencontrarse, cuasi in vivo, con su progenitor... Las maneras de interactuar con el padre ausente de pronto presente son múltiples y variadas: el visitante podrá ejercer, con plena libertad, su inalienable derecho a increparlo violentamente y a reclamarle hasta las lágrimas su ausencia (corta, mediana, prolongada) del seno familiar; o a exigirle, con urgencia, explicaciones detalladas y convincentes de por qué emprendió el vuelo; o bien, si se trata de una ausencia involuntaria (ya por muerte accidental, ya por muerte debida a una enfermedad), a expresarle la devastadora tristeza y el abrumador sentimiento de abandono bajo los cuales debe respirar y moverse desde que él partió. Hubiera sido posible, sin duda, programar nuestro sistema computarizado de tal modo que cada imagen paterna convocada tuviera la capacidad de escoger, de entre un rico cúmulo de razones, alguna que le permitiera justificar la ausencia del individuo que representa... Sin embargo, como esto no se hubiera correspondido con la más estricta verdad de cada caso, optamos porque todas no manifestaran sino el silencio más rotundo... Con todo, podemos afirmar que el enfrentamiento virtual –cara a cara, cuerpo a cuerpo- del ser abandonado con su progenitor trae como consecuencia que el primero experimente una sublime catarsis liberadora. Al fondo del edificio que alberga este museo se encuentra una sala de grandes proporciones; está sumida en una oscuridad absoluta, densa, impenetrable: es la dedicada a Dios, el Gran Padre Ausente por antonomasia. Como nadie sabe realmente cómo es Él, nos vemos imposibilitados de representarlo, aun con toda la tecnología de punta de que disponemos. Ahora bien, esto no impide que la catarsis de la que hablamos líneas arriba igual se alcance. ¡Garantizado! Visite el Museo del Padre Ausente y no pierda la oportunidad de saldar cuentas con aquel que le dio la vida, con aquel que un día dijo adiós...                                                                                 De El corrector de estilo y otros cuentos
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   1. Lunes 8 de diciembre de 1980. Los Delfines de Miami y los Patriotas de Nueva Inglaterra se enfrentan en el estadio Orange Bowl, en Miami, Florida, en un partido de la National Football League (NFL). 2. Poco después de las veintitrés horas, cuando ambos equipos disputan el último cuarto, el comentarista de televisión Howard Cosell toma el micrófono y dice al aire: “Tenemos que decirlo. Recuerden que esto es solamente un juego de futbol, no importa quién gane o pierda. Una tragedia inenarrable ha sido confirmada por ABC News en la ciudad de Nueva York: John Lennon, afuera de su edificio, en el West Side de Nueva York, el más famoso, quizás, integrante de The Beatles, recibió dos disparos en la espalda. Fue llevado rápidamente al Hospital Roosevelt, donde murió. Es muy difícil regresar al juego tras el anuncio de esta noticia…”. 3. En ese momento, el sueño que comenzó veinte años antes en el sótano de un club musical para adolescentes, en Liverpool, Inglaterra –y que ha transformado de manera radical la vida tanto pública como privada de toda una generación–, cesa abruptamente.    4. Conmocionados unos, incrédulos otros, cientos de jóvenes y adultos que han crecido escuchando la música de The Beatles y, una vez que éstos se separaron en 1970, también la de Lennon, así como decenas de reporteros de prensa, radio y televisión, empiezan a concentrarse delante del edificio Dakota, en el número 1 de la calle 72, frente a Central Park. 5. Hace menos de una hora que Lennon ha sido víctima de la estupidez y la insania de un sujeto que responde al nombre de Mark David Chapman. 6. Las cosas han sucedido así: luego de pedirle que le autografiara una copia de su recién publicado álbum Double Fantasy, Chapman, dominado por la obsesión que le inspiraba el ex Beatle, lo esperó afuera del Dakota hasta que éste regresó acompañado por su mujer, Yoko Ono. 7. Lennon bajó de su limusina y, precedido por Yoko Ono, se encaminó despreocupadamente a la entrada del Dakota. Entonces, Chapman sacó un revólver calibre .38 de uno de los bolsillos de su pantalón y accionó cinco veces el gatillo de su arma. Cuatro balas impactaron en la espalda y el hombro izquierdo de Lennon. 8. Aunque, sin pérdida de tiempo, unos policías lo trasladaron en una patrulla al St. Luke's-Roosevelt Hospital Center, Lennon fue declarado muerto a las 23:07 horas. 9. Quienes conforman la multitud concentrada delante del Dakota muestran el rostro descompuesto o desolado o bañado en lágrimas... El sueño se ha convertido en una pesadilla absurdamente real. 10. De pronto, en medio de aquel indecible dolor que aumenta a medida que pasan los minutos, comienzan a surgir varias velas encendidas que no tardan en multiplicarse. Es necesario iluminar la partida de John, alumbrar el camino de su último viaje. 11. Domingo 14 de diciembre de 1980. Alrededor de todo el mundo, millones de personas responden al llamado de Yoko Ono y guardan diez minutos de silencio en honor a quien dio tanto al mundo con su música, con su maravillosa música. 12. Cada 8 de diciembre, Yoko Ono coloca una vela encendida frente a la ventana del cuarto de Lennon en el Dakota.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   León Tolstoi había renunciado a su estilo de vida aristocrático y tenía la intención de ceder sus tierras a los campesinos y los derechos sobre sus obras literarias a la humanidad, y llevar una existencia sencilla, austera, en Yásnaia Poliana, su finca rural localizada muy cerca de Tula, Rusia; sin embargo, su esposa, Sofía Andréievna, se oponía radicalmente a sus planes.   El 11 de septiembre de 1910, pero del calendario juliano, vigente entonces en Rusia, el autor de La muerte de Iván Ilich, Guerra y paz y Anna Karenina, entre otras obras memorables de la literatura universal, escribió en su Diario “[…] Hablar con ella es imposible porque, en primer lugar, para ella no son indispensables ni la lógica, ni la verdad, ni la transmisión verídica de las palabras que se le dicen o que dice. Cada vez estoy más cerca de la huida. Mi salud se ha desmejorado mucho.”   Las peleas y discusiones entre los esposos se agudizaron en las semanas subsecuentes. Así, en la entrada del 1 de octubre del Diario del escritor ruso se puede leer: “Me resulta terriblemente doloroso este mal sentimiento que tengo por ella y que no puedo vencer cuando comienza su interminable parloteo sin sentido ni objetivo […]”   La situación empeoró aun más, hasta que en la noche del 27 de octubre se produjo un violento encontronazo que obligó a Tolstoi a dejar Yásnaia Poliana.   En la noche del día siguiente, en compañía de su médico, Dushan Makovitski, el escritor ruso llegó al monasterio de Óptina Pústyn, donde pernoctó. Y al otro día fue a visitar a su hermana Maria en el convento de Shamordino.   El 30 de octubre, su hija Alexandra lo alcanzó para apoyarlo en su fuga, y como temía que Sofía Andréievna lo encontrara y lo hiciera volver a casa, prosiguió su camino, pero al poco tiempo presentó fiebre, motivo por el cual buscó refugio en la estación de tren de Astápovo, en Lípetsk.   Allí, Makovitski y Alexandra lo acostaron en el cuarto del jefe de la estación y pronto se dieron cuenta de que Tolstoi estaba muy enfermo de neumonía.   Finalmente, al cabo de una semana de sufrimiento y agonía, hacia las seis de la mañana del 7 de noviembre (20 de noviembre del calendario gregoriano, vigente hoy en prácticamente todo el mundo), el escritor ruso falleció a los ochenta y dos años (a Sofía Andréievna se le permitió verlo tan sólo una hora antes, cuando ya estaba inconsciente).   El autor de “Cuánta tierra necesita un hombre”, el mejor cuento jamás escrito, según Joyce, fue enterrado dos días después en el lugar que él mismo había elegido: entre unos abedules de Yásnaia Poliana, sin que se llevara a cabo antes ningún tipo de ceremonia.   Uno de sus aforismos dice: “El cuerpo son los muros que delimitan al espíritu y le impiden ser libre. El espíritu intenta incesantemente apartar esos muros, y toda la vida de un hombre sensato consiste en ensanchar el espacio delimitado por estos muros, en liberar al espíritu del cautiverio del cuerpo. La muerte lo libera completamente. Y por eso la muerte no sólo no es terrible, sino que es una alegría para el hombre que vive una vida verdadera.”
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Esa mañana, luego de que decidí no ir al trabajo, me embargó una pasmosa sensación de libertad.  Mientras caminaba por la calle con paso ligero y despreocupado, pensaba que, de seguro, sin hacer caso a la excusa que por fuerza yo habría de esgrimir, el jefe me reprendería por mi falta de compromiso con la empresa y que quizá hasta daría la orden de que me descontaran el día. Pero no me importaba. Si quería conservar la cordura, era necesario distanciarme, por lo menos durante una jornada, de la perpetua pesadilla oficinesca. Me detuve y observé a la gente que a esa hora se desplazaba en todas direcciones por la ciudad, ya fuera a pie, en auto o embutida en un camión de pasajeros. La prisa era su impronta. Sonreí... Después crucé al otro lado de la calle, compré un diario en el quiosco de la esquina y, muy quitado de la pena, entré en una cafetería que estaba unos cuantos metros más allá, en la misma acera. Puesto que aún no desayunaba, ya había enlistado mentalmente lo que pediría: café, un plato de melón con queso cottage y un par de huevos revueltos con jamón. Daría cuenta de aquel desayuno con tranquilidad, sin atragantarme, disfrutando cada bocado, es decir, como en muy contadas ocasiones podía hacerlo. Ocupé una mesa apartada de los demás parroquianos y esperé pacientemente a que una de las meseras me atendiera. Al cabo de un minuto, una mujer madura, con un gran chongo en la cabeza y una verruga en la barbilla, se plantó junto a mí. -Buenos días –dijo-. ¿Quiere sólo café o también va a desayunar? -Buenos días. También voy a desayunar. -Bien. Le dejo el menú. -Ya sé lo que quiero, señorita –dije. -Bien. ¿Qué le traigo? -Café, un plato de melón con queso cottage y un par de huevos revueltos con jamón. La mujer terminó de anotar mi pedido y se retiró. Casi de inmediato regresó con una jarra de café, volteó la taza que estaba bocabajo en la mesa y la llenó. -Vuelvo enseguida –dijo, y se dirigió a la cocina. ¡Ah, qué calma, qué serenidad, qué dicha experimentaba en esos momentos! ¿Hacía cuánto tiempo que mi estado de ánimo no era tan liviano y exultante? No recordaba, porque incluso los fines de semana debía estar preparado y disponible para cumplir cualquier capricho que al jefe se le ocurriera... Cuando acabara de saborear detenidamente mi desayuno, pensé, podría visitar un museo o ver una película en un cine o simplemente pasear por el parque central, aspirando el aroma de los árboles y las flores, sin otro objetivo que recobrar el entusiasmo y la alegría de vivir. Cogí el diario que había puesto encima de la mesa y le eché un vistazo a los encabezados de la portada. El mundo no entendía: masacres, corrupción, ruindades por todos lados. Di vuelta a la página. En la de la derecha, abajo, una pequeña esquela atrajo mi atención. Fulanito de tal había muerto el día anterior en la ciudad y sus padres y hermanos lamentaban el hecho y pedían a todos sus amigos y conocidos rezar por el eterno descanso de su alma. Fulanito de tal era yo. Leí una vez más mi nombre y el de mis padres y hermanos, y llegué a la penosa conclusión de que, sí, efectivamente, el muerto no podía ser otro sino yo mismo. La mesera se apareció con el plato de melón con queso cottage, lo puso frente a mí y dijo: -Buen provecho. No pude darle las gracias: tan impresionado estaba por la noticia de mi fallecimiento. La mujer se fue haciendo una mueca de disgusto y, a continuación, descubrí que había perdido el apetito. Saqué de mi cartera un billete de cien pesos, lo aventé sobre la mesa y abandoné de prisa aquella cafetería. No tardé en llegar a casa de mis padres. Un crespón colgaba del marco de la puerta de entrada. Toqué el timbre. Vestido de riguroso luto, papá abrió la puerta. -Hola, hijo, pasa. Entré francamente cohibido. -No entiendo –dije-. ¿Qué significa el crespón? -Te moriste. Tragué saliva y con un hilito de voz pregunté: -¿De verdad? -De verdad –respondió papá. -Pues no me di cuenta a qué hora pudo suceder eso. ¿Podrías ponerme al tanto? Papá me miró con una sonrisa irónica en los labios; sin embargo, un segundo después asumió una actitud condescendiente y explicó: -Ayer en la mañana, tu jefe te mandó llamar a su despacho y te comunicó que tu desempeño laboral deseaba mucho que desear y que, si en las próximas semanas no mostrabas más entrega y aplicación, se vería obligado a prescindir de tus servicios. -¡Pero si vivo para esa empresa! ¡No hago otra cosa más que trabajar, trabajar y trabajar! -En todo caso, vivías, querrás decir... Bueno, ése no es el punto. Continúo. Tu jefe agregó que, por lo pronto, tu sueldo sufriría un recorte del treinta por ciento hasta que te enmendaras y rindieras lo que se esperaba de ti... Tú adujiste, enfurecido, que aquello no era más que una vil treta, un pretexto, para despedirte más adelante y darle tu puesto con una paga de miseria a algún joven inexperto pero necesitado. Luego te pusiste pálido como la mantequilla, abriste mucho los ojos, te llevaste una mano al pecho y, fulminado, caíste al suelo. Supongo que fue un ataque al corazón. -Sí, ahora que lo mencionas, como entre sueños recuerdo haber pronunciado la palabra “miseria” –comenté. -Realmente no esperaba que reaccionaras así ante tu jefe, hijo. Cuando nos contó cómo te pusiste, tu madre y yo sentimos una gran vergüenza. -Pero, papá, yo... No pude seguir hablando, porque mamá, también de negro,  terminó de bajar las escaleras y se acercó a nosotros. -Ay, hijo, nos dejaste... ¡Qué dolor!... Oye, te vendría bien una peinadita, ¿eh? –dijo, y luego le preguntó a papá a qué hora llegaría el féretro al cementerio. -¡A las dos, mujer! ¡A las dos! ¡Ya te lo he repetido como quinientas veces! -Ay, qué exagerado. Durante un rato no supe qué hacer ni qué decir. Ahí, parado junto a mis amados padres en la estancia de su casa, me invadió la sensación de estar fuera de lugar, como en un país extraño. Entonces, de repente, fui consciente de que la realidad me imponía el deber de desempeñar mi último papel. -Me adelanto –dije.  -Sí, hijo, allá te vemos –dijeron los dos, al unísono. Salí a la claridad del día. Mi estado de ánimo era sombrío, y no había nada que hacer para remediarlo. Comencé a alejarme de aquel sitio, tarareando una famosa marcha fúnebre.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   El 31 de mayo de 1911, antes de abordar en el puerto de Veracruz el buque alemán Ipiranga, que lo llevaría a su exilio en Europa, el general Porfirio Díaz pronunció estas palabras: “Me voy porque no quiero que se derrame más sangre mexicana, pero si el pais se viera en peligro por alguna intervención, volveré, y con este bulto blanco de hombre como vosotros, sabré triunfar...” Díaz, cuyo nombre completo fue José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, nació en Oaxaca el 15 de septiembre de 1830. En su juventud comenzó a estudiar derecho, pero abandonó esta disciplina al darse cuenta de que las armas lo atraían más. Combatió a los conservadores en la Guerra de Reforma y desempeñó un papel de primer orden en la derrota de las fuerzas invasoras francesas que habían apuntalado a Maximiliano de Habsburgo como emperador de México. En 1867, Díaz se postuló a la presidencia del país, pero perdió las elecciones ante Benito Juárez, quien, por cierto, había sido su profesor de derecho civil. Cuatro años después participó de nuevo en las elecciones presidenciales, pero las volvió a perder ante Juárez, por lo cual proclamó el Plan de la Noria, que llamaba a todos los militares a luchar contra aquél. No obstante, el 18 de julio de 1871, Juárez falleció en la Ciudad de México y, como Sebastián Lerdo de Tejada asumió la presidencia interina, la lucha de Díaz perdió todo sentido. En octubre de ese año se convocó a elecciones presidenciales extraordinarias, las cuales se deberían realizar el año siguiente. Lerdo de Tejada y Díaz fueron los candidatos. Y, por tercera ocasión, Díaz salió derrotado. Cuando Lerdo de Tejada decidió presentar su candidatura para las elecciones presidenciales de 1876, Díaz, quien ya había hecho lo propio, organizó una serie de manifestaciones de protesta que fueron sofocadas por el régimen; a continuación, con el apoyo de varios militares y de la Iglesia católica, proclamó el Plan de Tuxtepec, que desató la última guerra del siglo XIX en México. Una vez ganada la guerra, y luego de algunas escaramuzas legales y militares, Díaz venció sin ningún problema en las elecciones presidenciales extraordinarias de 1877 y, por fin, el 5 de mayo de ese año, asumió el poder, que ya no soltaría hasta el 25 de mayo de 1911, cuando, presionado por el movimiento revolucionario que lideraba Francisco I. Madero, envió su renuncia a la Cámara de Diputados y ésta se la aceptó. Ya en París, quien había gobernado México con mano férrea y despiadada durante treinta y cuatro largos años se instaló, junto con su segunda esposa, Carmen Romero Rubio, en un departamento ubicado en el número 26 de la avenida Foch, cerca del bosque de Boulogne y el Arco del Triunfo. En una visita a los Inválidos, el general francés a cargo de ese complejo arquitectónico, le puso en las manos, a manera de homenaje y reconocimiento, la espada que Napoleón había usado en la batalla de Austerlitz. Díaz, entonces, dijo: “No soy digno de tener esta espada en mis manos”, a lo que su anfitrión respondió: “Desde la muerte del emperador no ha estado en mejores manos.” Aún tuvo la oportunidad de viajar con su esposa por distintos países, como España, Alemania, Italia y Egipto. Y fue recibido por el rey Alfonso XIII de España, así como por el káiser Guillermo II de Alemania. El invierno lo solía pasar en Biarritz y San Juan de la Luz, en la costa francesa. Díaz nunca dejó de estar bien informado de lo que acontecía en México. Incluso, según su nieta, cuando se enteró de que Madero había sido asesinado, comentó para sorpresa de los presentes: “Cuánto siento esta muerte. Después de este crimen auguro días tristes para México.” A finales de 1914, su salud se quebrantó. En lugar de hacer sus recorridos habituales por Paris, se pasaba las tardes recordando a su madre y pensando en cuándo podría regresar a México y, en específico, a Oaxaca. Finalmente, el 29 de junio de 1915 recibió la extremaunción y hacia las seis y media de la tarde del 2 de julio, acompañado por su esposa y su hijo Porfirio, murió a los ochenta y cuatro años. Sus restos fueron sepultados en la iglesia de Saint Honoré l’Eylau, pues sus familiares tenían la intención de traerlos a México más o menos pronto; sin embargo, frente a la negativa de las autoridades mexicanas, en 1921 resolvieron exhumarlos y trasladarlos al cementerio de Montparnasse. A pesar de que ha habido otros intentos por repatriarlos, todavía permanecen ahí.

Seguir al autor

Sigue los pasos de este autor siendo notificado de todas sus publicaciones.
Lecturas Totales50938
Textos Publicados137
Total de Comentarios recibidos57
Visitas al perfil18219
Amigos3

Seguidores

Sin suscriptores

Amigos

3 amigo(s)
JUNTALETRAS
raymundo
Daniel Florentino López
 
 
RAGA

Información de Contacto

Argentina
Mexicano. Autor de los libros de cuentos La vida y sus razones y El corrector de estilo.
www.ficticia.com

Amigos

Las conexiones de RAGA

  JUNTALETRAS
  raymundo reynoso cama
  DanielFL