El regreso
Publicado en Mar 01, 2019
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Por Roberto Gutiérrez Alcalá
 
Para Blanca Castañeda,
a quien no conozco
 
Allí estaba: tres lugares adelante, sentada sobre una de las coderas del asiento, platicando despreocupadamente con sus amigas, riéndose con facilidad, mostrando en cada carcajada esas dos perfectas hileras de dientes blanquísimos que tanto lo habían impresionado cuando la conoció el primer día de clases. Parecía mentira: tan cerca y tan lejos a la vez.
En su asiento reclinado hasta el tope, junto al pasillo, con la cabeza echada a un lado, los brazos en el regazo y las piernas estiradas, Arturo semejaba un enfermo grave. Mientras contemplaba a Laura, mientras registraba con la mirada cada uno de sus rasgos, cada uno de sus ademanes, cada uno de sus movimientos, sentía una leve opresión en el pecho que lo obligaba a jalar aire con la boca de cuando en cuando. También tenía ganas de llorar. Pero debía ser fuerte, se dijo. Ya habría tiempo de hacerlo a solas para mitigar aquel desconocido, increíble dolor.
El autobús dio un tumbo en el camino de tierra. Casi de inmediato, una cascada de gritos de sorpresa inundó la atestada cabina. Arturo se incorporó en su asiento y miró por la ventanilla: los rayos del sol se colaban a través del apretado follaje de los árboles, formando un finísimo manto de luz neblinosa. Su acompañante, un niño que llevaba puesta una gorra de beisbolista con la visera hacia atrás, comentó algo que él no pudo, o no quiso, oír. Luego, como quien desea sumergirse de nuevo en un sueño bruscamente interrumpido, Arturo volvió a recostarse, entrecerró los ojos y se dedicó a ordenar los recuerdos que bullían en su mente.
Amor a primera vista. Arturo ya había escuchado esta frase muchas veces: en el cine, en la televisión, en alguna conversación entre adultos. Pero si antes de conocer a Laura no le transmitía nada, es decir, ningún sentimiento, ninguna emoción, ahora entendía perfectamente su significado, pues eso -amor a primera vista- era lo que había sentido por aquella niña que aparentaba tener más años de los que tenía en realidad.
Esa nublada mañana de septiembre, se acordaba bien, mientras el director les dirigía a los alumnos unas palabras de bienvenida, él permaneció muy derechito en la fila, con su uniforme, sus zapatos y sus útiles nuevos, fija la mirada en la nuca del niño de adelante. Estaba aterrado, y así lo manifestaba: con una inmovilidad casi catatónica. El hecho de tener que adaptarse a otra escuela lo había sumido en ese estado mental. Arturo odiaba el estudio y todo lo que implicaba: maestros, tareas, exámenes... Pero ni modo, debía afrontar tan difícil situación: ése era el papel que se le había asignado.
La ceremonia de apertura de cursos terminó y los maestros dieron la orden de avanzar hacia los salones. Entonces, en el preciso momento en que toda la angustia se le agolpaba en la boca del estómago, alcanzó a escuchar una risa que provenía de la fila de junto. Arturo volvió la cabeza y lo primero que vio fueron sus dientes, sus espléndidos dientes blancos. Quedó deslumbrado. “Como cuando uno se halla en un cuarto a oscuras y alguien enciende repentinamente la luz”, pensó.
Puede decirse que esa mañana ocurrió un milagro: aquella fugaz visión hizo que Arturo olvidara todo su miedo y sintiera una emoción que nunca había experimentado, una emoción que poco a poco, al paso de los días, lo fue colmando de un entusiasmo y una alegría indescriptibles. Hoy sabía que eso que había sentido se llamaba amor a primera vista. Pero al recordar dónde y en qué circunstancias se encontraba, una ráfaga de desesperación lo sacudió. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué podía hacer él para recuperar aquel entusiasmo y aquella alegría que habían brotado como por arte de magia en su interior?
Al tiempo que daba otra bocanada de aire, Arturo abrió los ojos: allí seguía Laura, a sólo unos metros de distancia, moviendo los brazos con una ligereza de pájaro, haciendo gala de su lozana hermosura. Era insoportable contemplar su rostro, su cuerpo ya adolescente, y no poder abrazarla, cubrirla de besos, decirle cuánto la amaba... A Arturo le sorprendió volver a tener estos pensamientos. Incluso por un instante se sintió avergonzado e incómodo. Ciertamente, aún no se acostumbraba a ellos, pero no podía ni quería negarlos. Eran tan verdaderos como el dolor que le partía el alma.
El autobús transitaba ahora por una carretera pavimentada. Un murmullo intenso pero monótono, alterado en ocasiones por una carcajada o un grito, invadía el aire enrarecido de la cabina. Afuera, la luz del sol empezaba a declinar.
Arturo vio de reojo que su compañero de asiento dormitaba con la cabeza apoyada en la ventanilla; luego fijó la vista en un punto del techo.
Una nube lo envolvió... Se levantaba más temprano que de costumbre, para bañarse y arreglarse minuciosamente frente al espejo del baño. Y cuando no había moros en la costa, abría el clóset de su papá, tomaba el frasco de su loción preferida, se echaba un chorrito en la mano y se lo esparcía por la cara y el cuello. Después salía de casa, radiante, chiflando cualquier tonada de moda, pensando en que era maravilloso sentirse así: enamorado, y en que ese día, sin duda, la volvería a ver, aunque fuera de lejos, antes de entrar a clases, durante el recreo o a la hora de la salida, no importaba. Ya habría una oportunidad de conocerla y platicar con ella.
Esa oportunidad tardó poco más de un mes en presentarse. Una mañana, los tres grupos de sexto año fueron reunidos en el salón de música para ensayar los villancicos que cantarían en una fiesta navideña. Entonces, cuando el maestro pasó lista. Arturo supo al fin que aquella niña se llamaba Laura.
Laura..., Laura..., Laura... Arturo nunca antes se había puesto a pensar en la prodigiosa fuerza que un nombre de mujer puede llegar a tener. Así, el de Laura comenzó a ser para él como el abracadabra de los brujos y magos: al pronunciarlo, siempre en voz baja, como si fuera una plegaria, se le abrían las puertas de un paraíso lleno de promesas sublimes.
Esa vez, al término del ensayo, cuando los alumnos ya se dispersaban por el patio de la escuela, Arturo se dejó llevar por el impulso de su absoluto enamoramiento: se le acercó a Laura, la llamó por su nombre y le preguntó algo relacionado con aquellos villancicos que acababan de cantar. El chiste era hacer contacto con ella de cualquier manera. Y lo logró.
Los vestigios de una felicidad ya perdida golpearon intempestivamente a Arturo. El efecto fue demoledor, como el de un choque eléctrico: el niño se removió en su asiento, inquieto, anhelante, mientras cerraba los párpados con todas sus fuerzas para tratar de retener en la memoria aquellas imágenes bañadas por una luminosidad diáfana, etérea. Sin embargo, pronto, muy pronto, la realidad acabó por imponérsele: aquellas imágenes pasaron y se difuminaron en su mente como nubes destrozadas por el viento.
Arturo entreabrió los párpados: Laura se había sentado en su lugar y ahora escuchaba con atención a una niña que estaba del otro lado del pasillo, a su izquierda. Su perfil se delineaba sutilmente en la semipenumbra del autobús.
Exhausto, abatido, sintiendo como si un bisturí lo desgarrara por dentro, Arturo se entregó al repaso de aquella frente amplia, de aquel ojo negro enmarcado por una ceja muy tupida, de aquella nariz recta, de aquella mejilla tersísima, de aquellos labios pálidos y delgados.
Arturo pensó que era una visión cruel, la más cruel de todas, pero no apartó los ojos de Laura. Deseaba vivir intensamente ese momento, precipitarse en él, y para volverlo aún más agudo e hiriente, decidió contrastarlo con la dicha que había sentido apenas unos días antes, cuando la ilusión lo guiaba.
Para coronar el fin de cursos y despedir a los grupos de sexto año, el director organizó un campamento en un sitio localizado a tres horas de la ciudad, en medio de un hermoso bosque de pinos y junto a un río de aguas todavía claras y limpias. Cuando se enteró de esto, Arturo se dijo que precisamente algo así -un campamento- era lo que estaba esperando para llevar a cabo lo que desde hacía varios meses rondaba su cabeza con una obsesiva perseverancia.
Arturo ya trataba a Laura con una confianza plena, y Laura parecía sentirse a gusto en su compañía. En el recreo le regalaba una bolsa de papas fritas, un chocolate, un chicle..., y a la hora de la salida, sin falta, la buscaba ansioso, iba a su encuentro y se despedía de ella con un ligerísimo apretón de manos que bien podía confundirse con una caricia. Este trato continuo con Laura lo transformó de una manera inesperada: se mostraba animado, risueño, y su rendimiento escolar mejoró tanto que al final obtuvo uno de los primeros lugares de su salón. Así pues, el día en que maestros y alumnos partieron rumbo al campamento en tres autobuses rentados, una gran sonrisa iluminaba su rostro.
La estadía de Arturo en aquel sitio estuvo marcada por una permanente tensión. Él tenía una idea fija y sólo andaba a la caza de la ocasión propicia para ponerla en práctica. También consideraba los pros y los contras de cada uno de los hipotéticos escenarios que imaginaba constantemente. Por eso adquirió un aspecto meditabundo, reconcentrado, y casi no convivió con sus compañeros ni participó en los juegos organizados por el personal del campamento. Su objetivo era otro, y en él confluía toda su energía, toda su pasión.
La segunda y última noche, después de la cena, Arturo comprendió que no podía dejar pasar más tiempo, que su indecisión lo estaba llevando a un callejón sin salida. Respiró profundamente y, temblando, sintiendo cómo los impetuosos latidos de su corazón le cimbraban el pecho, se encaminó a donde se hallaba Laura. Más allá, una veintena de niños cantaba y se balanceaba alrededor de una fogata.
Arturo saludó a Laura y le pidió que se alejaran unos pasos porque le quería decir una cosa, a lo cual Laura accedió sin titubear. Caminaron sobre la hierba húmeda y, entonces, apartados de las miradas de los demás, junto a la cerca de alambre que delimitaba el terreno del campamento, Arturo apretó los puños y se lo dijo.
Le dijo que ya no aguantaba, que debía saberlo ya, que estaba enamorado de ella, que la amaba y que, si aceptaba, podían ser novios.
Aquella vertiginosa andanada de frases fue como un relámpago en medio de la noche. Laura quedó petrificada, pero al cabo de unos segundos, cuando logró superar la confusión y el asombro, reaccionó con una abrumadora serenidad: con voz nítida y pausada le dijo a Arturo que aún no pensaba tener novio y que lo mejor para los dos era seguir siendo amigos. Luego hizo una mueca que significaba “ni modo”, le dio la espalda y corrió en dirección a la tienda de campaña donde dormía con otras compañeras.
Todo -no algo ni mucho, sino todo..., ¡todo!- estaba perdido, pensó Arturo, y se mesó el pelo. Aquello había sido como un naufragio. Así pues, ¿qué caso tenía continuar, es decir, esforzarse en la escuela, jugar futbol, bañarse, tomarse su Quik, lavarse los dientes, rezar, dormir, despertar a un nuevo día..., si el barco en que navegaba rumbo a una isla fantástica se había ido a pique y ahora yacía en el fondo del mar, abandonado, terriblemente solo?
Las sombras del atardecer ya caían sobre el campo y las montañas. Arturo miró las casitas de adobe, las vacas, los hombres a caballo que el autobús iba dejando atrás, y tuvo el presentimiento de que nunca más volvería a ver todas esas cosas; de que, de algún modo, se estaba despidiendo para siempre de ellas. Luego, con la vista extraviada en el crepúsculo, se quedó quieto, muy quieto, sin pensar nada, sin sentir nada...
El autobús se detuvo. Una voz gritó que habían llegado. Las luces de la cabina se encendieron y los niños de hasta adelante cogieron sus pertenencias y empezaron a bajar ruidosamente por la escalerilla.
Laura se puso de pie y se alejó por el estrecho pasillo. El niño de la gorra de beisbolista también se puso de pie y le pidió permiso a Arturo para pasar. El autobús no tardó en vaciarse.
Arturo no se decidía a abandonar su lugar. Un rato después, el mismo hombre que había anunciado la llegada del autobús se asomó por la puerta y lo instó a hacerlo. Entonces, él no tuvo más remedio que levantarse trabajosamente y, con su maletín en una mano y su chamarra en la otra, avanzar con lentitud. Pero antes de llegar a la escalerilla y comenzar a bajarla, se dio la vuelta y paseó los ojos por cada una de las hileras de asientos, como despidiéndose del mundo.
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Raquel

"El regreso"..Un primer influjo de amor...Una flechita clavada en algún corazón casi ya adolescentes...Momento de perfumarse, de mirarse una y otra vez su peinado, momento para que Arturo conociera a Laura. En ese campamento de estudiantes, Arturo pensó que se daría lo que él soñaba: declararse-le a Laura..El "no" de ella, hace que el mundo se desplome ante él ...(Pero Arturo seguro tendrá otro momento para que la flecha vuelva a entrar en su corazón..y conocer así a otra niña que se llame Laura)
Soy Raquel ..Mucho gusto..Me encantó la historia de "El regreso".Llegue a ti cordiales saludos..
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March 01, 2019
 

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busy