• javier castillo esteban
raskolnikov
" vivir soñando, la vida práctica es un lío" doblev
  • País: España
 
11 de marzo de 2004Marta tiene 24 años y hace escasos meses que ha terminado la carrera de medicina. Risueña  y alborotada, rezuma el optimismo que le falta a nuestro tiempo.Cubre su cuerpo grácil con el  vestido blanco de algodón que le regaló su hermana y sale de casa con una sonrisa inefable Ha quedado con sus padres para celebrar su graduación en un restaurante de etiqueta.Camina por Madrid airosa, haciendo la ciudad suya , recogiendo los olores que manan de su largas avenidas, es un día soleado A las 12 de la mañana coge el tren de cercanías número 9Roberto de 26  es un agente comercial en ciernes, mujeriego y desprendido, en él se reflejan encanto y miseria. Oriundo de Pamplona, vive solo en su apartamento, y aguarda impaciente la primera oportunidad de escapar de la capitalCorre como el diablo para montarse en el tren que le lleve a Balay,   no puede llegar tarde por segundo día consecutivoA las 12 de la mañana coge el tren de cercanías número 9Atocha bulle y cientos de pies conducen a sus dueños a un tren si retornoMientras , en el vagón E. Roberto , que está sentado de espaldas a su destino mira a  María con un descaro furtivo . ella, enfrente de él, corresponde  al instante.por un momento el hilo invisible se vuelve intenso, siendo reos de la burbuja que se yergue a su alrededor, aislando sus corazones del murmullo Roberto dispuesto a entablar conversación, despega sus labios, cuando alrededor todo queda en silencio, dos almas , seductoras y seducidas se aprietan con fuerza  las manos por última vez  hasta que sus rostros se desvanecen Las sirenas se mezclan con el llanto y la desgracia Una enorme deflagración descarrilla varios vagones acabando con la vida, los sueños y desventuras de 192 personas.Apenas una hora después el gobierno de España ofrece un comunicado atribuyendo el atentado a ETA.Entretanto flotan sobre la Cibeles , arrulladas por el viento retazos del Corán
   He pensado en escribirte tu regalo… Para alimentarte con letras y arrullarte con versos Pues en este día de campanas bandeadas e ilusiones irrompibles Sólo tengo fe para lo que mis yemas transmiten a la noche   Mis secretos son tan frágiles como dos gotas de agua Debajo humedecen encima resplandecen Pero así han de seguir si nadie es capaz de interrogarlas Ya han vivido demasiado solas juzgadas por palabras   No hubiera sabido de la errática conquista De no ser porque mis intenciones se han hundido en la certeza Sabiéndote mujer contraria y firme ante no pocas Desprendidas lisonjas y malhumoradas vilezas   Mis sueños duermen junto a ti, en un plácido dormitar Creyéndose a salvo de criaturas ávidas de incomprensión De obtusas y ajenas miradas que anhelan vernos desunidos transitar Y ya no puedo compartir su inhóspita reflexión   A veces deseo viajar tan lejos de aquí… Que en el ensayo he olvidado que un día fui feliz en la orilla Contando las ondas que describe tu voz Inmerso en el cántico que se repite atronador 
EN VERDAD
Autor: javier castillo esteban  451 Lecturas
 Debía morir. Lo supe cuando T. me habló de aquel cura del demonio. No lo había pensado antes, pero su enfermedad quizá fue emisora del perentorio efecto de la venganza. Una misiva con la savia suficiente para ver las cosas de otro modo. Quizá fuera injusto juzgarlo por algo que nosotros mismos habíamos esculpido con la paciencia y el tiento adecuado, de idéntica pasta a la obsesión con las sotanas y púlpitos. Qué imagen debí de ofrecer a una mujer a la que me había entregado conscientemente y ahora detestaba. Sería la excusa perfecta para echarme en cara la intencionada cruzada por enamorarme sin cautela, por no respetar su sello y por ahogarla en una cárcel sin letrero.Aquel hombre grotescamente estirado, de pelo ralo y mostacho alineado, nos casó a pesar y por encima del hastío y de los celos. Me había otorgado la fe y la disposición de una procedencia cristiana aun cuando su corazón intuía a la oxidada goleta. Casó también a mis padres y a algún tío que no llegué a conocer. La vida en Costra fluía entre la cotidianidad de aceras y bares sujetos a prescripción. Solo el sol costeño, de inmensa fuerza y de lienzo poético cobraba sentido de cuando en cuando, si se era capaz de detener el estrépito de los pensamientos. Pero esa empresa ya no crecía en mi jardín de falsas promesas, lo que de verdad brotaba era el fervoroso anhelo de la victoria sobre los cánones de las hermosas balaustradas del Conde, la luz de romances precoces y reales aposentada sobre el presente.El cura subía y bajaba atornillando los adoquines al suelo, aparentemente tranquilo, pero maquinando un nuevo casamiento, un nefasto alumbramiento que de mí había hecho creer en el crimen. Tampoco levitaba ni soñaba con salvar a pobres ingenuos, pero de hecho mi propia ingenuidad me dolía, y ello debía de ser, no sé, la razón, mi razón.T. aún tuvo fuerzas para mirarme inquisitivamente, como queriendo adivinar la rabia y la frustración, rebosantescontenedoras de desasosiego. Lo cierto es que así fue en un primer momento, pero ya me sentía tranquilo, decidido y con una tarea de nombres y apellidos catapultadainequívocamente a los no flaquean al relatarlo.Vivía escondido en su ermita, que no era suya, pero de laque hacía gala en otro éxito de propiedad, esta vez no carnal. Por las noches cerraba el pórtico y se encaminaba con gesto adusto al portal destartalado anejo al edifico. Allí pasaban dos horas donde la luz de la claraboya dibujaba extraños reflejos en el cielo de Costra. Después, volvía sobre sus pasos y mantenía una cháchara aborrecible acerca de las desgracias vecinales anunciadas por el discreto campanario. El templo era su casa y también su tumba. Una mañana desperté temprano con la vaga intención de pasear, ya no me sorprendía mirar a la izquierda y ver las sábanas vencidas hacia el otro costado, incluso era una sensación de lo más agradable. ¿Quién era realmente T.? Se presentaba igual que un pasadizo, tedioso y absurdo, de una irreal inflexión y de la misma partida a la vuelta de esaroca inmaterial. Un pasadizo inabarcable, un carácter impreciso, de aristas que marcan otra silueta torcida hacia otra silueta llana y otra idénticamente torcida. ¿Sería ése final del pasadizo una sucesión de capítulos tortuosamente familiares?Miré por la ventana y vi a T. flanquear las primeras casas. Eran mamotretos blancos de paredes desconchadas, en cuyos chaflanes ondeaban jirones de goma ocultando los umbrales de moradas estridentemente silenciosas. En algunas de estas guaridas, se erigían pequeñas hornacinas de vírgenes que rezaban al mar y a pescadores engullidos por sus propias redes. El mar lucía inquietante aquella mañana. Perdí la pista de T. en cuestión de segundos, ensimismado como estaba, en otras cavilaciones. Sospechaba que, después de todo, era otro desgraciado el que andaba detrás de ella esperando arramplar a las quimeras de sus caballos, mas las quimeras son ilusiones, montañas suaves y redondeadas que se desvanecen al contacto de su piel. Por ello dejé que el cráter creciera sin demora en un denodado esfuerzo por aliviar la imagen de sus ojos. El mero hecho de escudriñarlos de cerca o en la distancia me encogía el corazón y mermaba mi carácter.Salí de casa y caminé durante un rato. Ni rastro de ella. Tampoco me importaba demasiado, o eso suponía, aunque sentí curiosidad por adivinar su nuevo itinerario. Se clavaban las miradas de los perros en mí, como si fuera yo el desdichado que merodea en busca de un bocado y anduviera exhibiendo cada una de mis costillas hacia manos más generosas. La ermita dominaba Costra y se podía apreciar su aspecto macilento desde cualquier punto del pueblo. El alcalde pensó que esta no revisada versión de una obra de épocase proclamaría vencedora en un concurso por dejar boquiabierto a críticos y foráneos con gusto, a místicos y a los que buscan lo castizo en olores rancios. Una versión que, por otro lado, ni los arquitectos de la decrepitud podrían soportar Los ladrillos parecían codearse por mantener el equilibrio, pues el paso del tiempo y la humedad los empujaba a una carrera por sortear el abismo y no convertirse en polvo. Era verano, y las cigüeñas crotoraban espasmódicamente en dirección a su próxima migración. Me dirigí a los aledaños de la ermita y la contemplé desde sus cimientos, agachado, midiendo la altura a la que pretendieron consagrarla. Las campanas comenzaban a voltearse mostrando su badajo, emitiendo una sinfonía de inverosímiles tañidos, una nueva eucaristía en manos del impostor. No podía faltar.El cura ofrecía la misa matutina a viejas y desconsolados que asían con fuerza rosarios de metal. Cuando llegó la hora de postrarse sobre aquellas tablas almohadilladas, alzó la vista. Yo me había quedado de pie, quería intimidar a los siguientes versículos escupidos mil veces por su lengua viperina. Vaciló un instante ante mi insumisa posición, pero continuó leyendo con voz quebradiza y entrecortada. Carraspeó varias veces e imprimió un ritmo más rápido en pos de terminar cuanto antes. Yo seguía erguido mientras los feligreses se sentaban y levantaban maquinalmente. Me miraban recelosos, rehuyendo mis ojos al responderles de soslayo. Eran conscientes de la premura del cura, y me culpaban de manera tácita por ello.¿Y si T. se había escondido en la ermita? La idea me produjo un sudor denso y frío. Me sequé la frente y miré mi mano. No reconocía mi propia languidez, el brillo de las gotitas se bifurcaba entre mis dedos trémulos.El anillo de esposo me oprimía y empecé a removerlofrenéticamente de izquierda a derecha para aliviarme. El monaguillo se encaminaba a mi altura con paso ligero, entretanto las monedas repiqueteaban alborozadas en la cesta de mimbre que mecía distraídamente. Antes de llegar a mi banco tiré con fuerza y extraje el anillo, aprisionándolo en mi mano derecha. La huella amoratadamostraba una certeza más cruel que liberadora. Abrí la mano y dejé que resbalase el anillo de mi palma a la cesta.El monaguillo no supo cómo reaccionar, se quedó varios segundos prendado de la reverberación del gravado. No se atrevió, o no quiso, juzgar el cuadro que su cabeza había materializado en ese instante, solo asintió y no separó sus ojos del suelo.Al dejar la cesta sobre el mantel que cubría la mesa, el rostro del cura se agravó y creí que sus pómulos se desnivelaron unos centímetros. Tragó saliva y continuó como bien pudo.Los perdones, los avisos y las bendiciones se relevaron con prontitud y nos despidió abruptamente: - Podéis iros- Guardó la paz para sí y la desazón para los pocos que nos habíamos congregado. Permanecí inmutable, aislado de los cuchicheos que flotaban en espiral a mi alrededor y de los cuales asumía estoicamente mi responsabilidad. El cura se apresuró hacia la sacristía sin reparar en que yo seguía allí, esperando, no sé muy bien a qué, dado que las dudas y el remordimiento que me habían traicionado enlos últimos años se propagaban igual que un cáncer arremetiendo contra las pocas células vivas que luchaban, incontrolables y desnortadas, contra su sino irremediable.¿Y si T. la esperaba allí, en la sacristía, aguardando a que las últimas tablillas de la ermita cesaran de rechinar bajo mi peso? ¿Cuándo se había tornado la frivolidad de mis actos en infundir temor a los demás?La puerta de la sacristía quedó entreabierta y sospeché que las dos víboras pretendían allanarme las respuestas, para quizá apiadarme de sus frágiles corazones, desleír la rabia. Era tarde. Mi cuerpo se hallaba disgregado de mi mente, agujereaba las últimas esperanzas de evadir decisiones precipitadas. Subí al altar y abrí la alhacena dorada que guardaba la copa con posos de vino. Era una copa extraña y deforme. La empuñe con fuerza por el único espacio libre entre las ondulaciones que describía su tallo y la base. De un portazo abrí la pesada puerta. Allí estaban los dos, cuerpo a cuerpo, enfrentados y cogidos de la mano. No dijeron nada, yo tampoco. Empecé a temblar y solté la copa, estallando muy lejos de me mis oídos.¿Quién era yo? ¿Acaso lo sabía? Sentí una impotencia terrible, ganas de llorar, ganas de cuestionarles mi presencia allí, o simplemente escuchar por última vez queera un espejo de sus vidas, un espejo que tenían miedo de mirar. Repentinamente la volví a amar, quería lanzarme a sus brazos, besarla, adorarla, tocar su piel despacio. Solo ella, incólume, sin amonestaciones, sin las manos ajenas que la apretaban casi con misericordia. Sin embargo era incapaz de regresar... Entonces la volví a odiar, a lastimarme, a odiarme más, sin preocupaciones, obstinado con el pasadizo, con volver a casa.Perdí la vista progresivamente, y el control de mis piernas. Solo recuerdo a dos figuras abalanzándose sobre mí, rodeando invisiblemente mi cuello…Desperté en mi cama, las sábanas seguían recluidas hacia el otro costado y las ventanas estaban abiertas de par en par. Del alféizar se bamboleaban, atajadas por las bisagras del marco, las líneas de una carta más extensa. Las leí:Ya no estoy contigo, pero no dudo que seguirás dentro de mí, acusándome no solo a mí, sino a todos los que han intentado quererte. Me has vendido al amor igual que ahora me vendo a él sin remedio. Me ha cuidado sin herirme, sin reservas y sin nada a cambio. Entiéndelo, por favor, no te acerques a nosotros. Espero un hijo suyo.::::Un barco de chipirones vencía la marejada cuando varios tripulantes avistaron, a voz en grito, un cuerpo ataviado con sotana. Se aproximaron a escasos metros y voltearon entre varios de ellos el cadáver. El rostro, lívido y descompuesto, mantenía una sonrisa desencajada, y sus ojos sugerían pestañear. En su regazo, un bebé deporcelana emulaba estar jubiloso. Los descubridores, aterrados, no supieron qué contar al atracar
Carábola Es difícil de explicar, pero si te miran sin ánimo de hacerlo, sudas. Una estridencia que ataca a la voluntad por la espalda sin más respuesta que la de cuestionarte la motivación de ese gesto, aunque, quizá, eso sea suficiente… Así, volví a sudar cuando ella esgrimió de soslayo sus ojos verdes y asustados, dos diminutas esferas a juego con el color cetrino de su piel. Algunos decían que estaba muerta, que era únicamente un reflejo proyectado desde el Carábola, tan cercano al campus en distancia y en rumores. Para mí representaba las últimas ganas de arrastrarme por aquel bloque de hormigón con vistas a la muerte.En la universidad, y en “puras” en concreto, te vuelves un atleta de fondo, sin embargo ella nunca juzgó el tiempo ni el concepto estético de pódiums académicos. Era ella,impregnada de un aura incólume, como de miedo a tocarla siquiera, quien convenía con la armonía de tácitas miradasla definición de nuestra estancia allí. Parecía de acero, incluso sus matemáticas perdían forma en una habitación infranqueable, henchida de razón y sobriedad, cuando engullía, impía, el romanticismo más sublime de la docencia en ciernes, la ilusión de un comienzo. Pese a todo me acordonaba su olor a cada respingo que su voz creía evitar. Aquel día, mientras yo esperaba inmutable un nuevo vaivén de su arrojo, un paso en falso, atravesó mis pensamientos, igual que un relámpago, la inquietante languidez de esa edad, bajo cuyas fauces dudas de ti, de lo demás y de los demás, pero, por encima de todo, de ti. Quería comprender qué era, su composición incorruptible, cuáles habrían de ser las consecuencias de haberme cruzado con sus pupilas, de donde nacía mi extraña sonrisa.Terminó la clase y mis compañeros, muy lejos de allí, abandonaron su más que cumplida asistencia por otra más tediosa, pensaba yo, en lid con pueriles devaneos, o eso quería pensar, porque ahora serpenteaba el telón rojo, las voces enmudecían y creía ser el único aspirante, la sencilla razón de elegir esa hora y ese lugar.Dedicó a recoger su material idéntica gracilidad que a sus constantes e irremediables tirones de falda, entonces sus piernas mermaron enfermizamente y simuló entenderlo, por lo que acordó, instintivamente, otro leve corrimiento de tela. Había llegado el momento de hablarle:-¿Cómo estás?- vacilaron mis palabras. Me miró de reojo, obliterando cualquier atisbo de entenderme. Sus labios temblaron y dijo con voz queda algo que no llegué a interpretar. Salió rápidamente del aula. La seguí por los pasillos, puerta tras puerta, guiado por la corriente natural de sus pasos. El primer piso estaba desierto, y la luz de la calle creaba las últimas sombras sobre las baldosas. Miré a través de la cristalera,  y la vi dirigirse hacia el Carábola. Al salir intenté coger aire. Aglutinaba los vestigios de una primavera irreal, alérgica de sí misma, atrapada en un estado letárgico infundido de trámites interminables.  Los pocos intrépidos, ajenos a la embriaguez de esa atmósferairrespirable, que como yo, devoraban la tarde, resultaban ser siluetas en perenne búsqueda, mutis de aquel año atestado de carteles descoloridos y desvencijados, de aceras quebradas por la “crisis”.Carábola, bautizado así por el promontorio que lo erigía,  daba cobijo a un cementerio sin entradas, un camposanto olvidado incluso por quienes compartieron su decrepitud ancestral. El acceso principal, y único, estaba tapiado hace años. Únicamente la niebla, dispuesta con escrupuloso concierto, visitaba regularmente cada rincón.Era su primer año en la universidad, pero ningún registro del apartado virtual del campus atestiguaba su ingreso dentro del elenco docente. Su nombre se había esfumado entre currículums brillantes y trabajos previos sin parangón. Tampoco había rastro de ella en el Carábola. Me senté a esperar en el primer escalón de diez que ascendían abruptamente hasta el umbral cementado. El viento susurraba en mis oídos igual de incrédulo que mi situación allí mientras los olmos vencían la falta de cuidados ondeando sus copas histriónicamente, empecinadas en dibujar sombras absurdas a mi alrededor.A las nueve la oscuridad tomó el relevo de la niebla en descomposición. Algunos señalados faroles, que no habían sido víctimas del tiempo, chisporrotearon, emitiendo una nueva e intermitente lumbre que cercaba  los muros del cementerio. Resolví  abandonar el lugar, estaba agotado y confuso, pero algo llamó mi atención. Dos sombras discutían en silencio detrás de una hilera de árbolestorcidos. Me acerqué a hurtadillas hasta que una rama seca crepitó bajo mi pie izquierdo. El forcejeó cesó,  con análogo sigilo. Guardé la posición, conteniendo las ahogadas palpitaciones encaramadas a mi garanta. No confiaba ya en mis sentidos . Una descomunal garra se asomó descuartizando la corteza del primero de los árboles. La imagen de mi mismo se deshizo cuando un manto de nubes copó la luna. No podía despegar los labios. Acaricié mi pelo una vez más, suave y agradable.…La mañana…Una mañana como otra cualquiera, el cielo seguía siendo gris y el teléfono estaba sonando. Descolgué.- ¿A qué se supone que estás jugando? Ha venido otro tutorando tuyo al despacho. Dice que no has dado las prácticas de las diez- ¿Podía ser la voz del rector?- No lo entiendo, señor, estudio en…- ¿Señor? Déjate de gilipolleces, es el segundo día con la misma queja, ponte las pilas. Por cierto, Carábola ha preguntado por ti, ha dejado una nota.- ¿Carábola?- Si no conoces a tu mujer, yo menos.No entendía nada. ¿Quién era Carábola? El nombre me resultaba singularmente cercano. A las once, el cartero, como cada mañana, estrujaba el periódico hasta convertirlo en un atajo de papeles dentro del buzón.  Salí y leí someramente las novedades culturales de la ciudad. Después de aprenderme la ubicación exacta una galería que exponía la obra ignorada de Cézzane, reparé en un anuncio.“2008. Sueña, haz otra vida de tu vida.” En la margen izquierda del recuadro la cara de una mujer voluptuosa servía de escaparate.Me ardía la muñeca. Mis venas se configuraban en relieve esbozando cifras penosas: “2008”.
DESPERTARLa noche se cierne, y el olor a tierra húmeda penetra en el interior. Confuso y aturdido, nuestro protagonista busca a tientas sus gafas sin resultado. El exiguo  habitáculo no ofrece margen al movimiento y sus piernas, inertes, no responden. Se halla atrapado en seis paredes que cierran un cubo perfecto, dos bombillas expanden una luz mortecina sobre los escasos  metros cuadrados de madera vieja revestida de la desgastada pintura ocre. La fobia a los espacios reducidos  hacen de sus latidos  bombas, su respiración se torna infernal, mientras implora el final del delirio Una mano temblorosa rastrea el suelo hasta que finalmente encuentra sus gafas y se despoja por un momento de sus nervios. Un inciso de  deliciosa calma ahuyenta momentáneamente el terror. El pensamiento es más fluido e intenta reconstruir la situación-... (sueño) Su memoria resulta borrada parcialmente a corto plazo. Vagamente y no sin dificultad, recuerda que es un ser humano. La ausencia de garras y de vello diluye la idea de ser un animal enjaulado, esa sensación le provoca sosiego. Ataviado con una camiseta ajada y unos vaqueros descoloridos, siente la necesidad de desnudarse. La piel suave y sensible parece derretirse  mus susceptible a la  asfixiante temperatura del lugar, el sudor se hace una constante en su frente.-... (Mente)¿Qué es? Frunce el ceño, comienzan a arremolinarse frases como púas, en su mente la niebla no permite discernir lo que es falso de lo real, palabras inconexas, aparentemente sin sentido obligan a nuestro protagonista abandonar la inútil tarea. El tiempo se ha convertido en una quimera, una barca a la deriva. Su móvil ha dejado de contar las horas, sólo muestra una pantalla de 3 pulgadas negra. No dice más.Le llama la atención el contoneo de un escarabajo de rutilantes tonalidades, viste su cuerpo un abdomen dorado, y una cabeza verde . No dedica más tiempo observando al insecto.Decide moverse merced a la desaparición del hormigueo que atenazaba sus piernas.Buscar el camino se hace un objetivo prioritario y sin excusas. Afuera el viento ruge sus lamentos y  arrastra en su frenesí todo tipo de objetos  contra el cubo, quebrando la madera en uno de sus costados.  Francisco, guiándose por impulso  asesta un golpe seco y certero con su puño derecho, creando una hendidura que permite  adivinar el exterior. La imperiosa urgencia por escapar  transforma sus manos en  agudos punzones que consiguen ensanchar la grieta. Sangrante y resollando,precipita su cuerpo a la noche, dejando la prisión habitada por un escarabajo.                                                         2                                                                                       ...                                                                                  IDENTIDAD-... (Recuerdo)Recuerdo  el último día en la oficina. Una pila de papeles amontonados en mi mesa abrazando el polvo. Recuerdo enviar un correo muy importanteRecuerdo la última  insípida calada apostado en la pared de mi despachoRecuerdo mirar por el cristal y ver una señora acariciando a su perro. El animal había correspondido con grandes lametazos a su  bondadosa ama. Recuerdo salir a la calle y escuchar el estruendo de una mañana  en la ciudad, la vorágine de la cotidianidad, el vertiginoso ritmo del mundo                                                                          LA NOCHE -... (Silencio)Un vasto campo en derredor, tan solo iluminado por  un manto de diminutas estrellas lideradas por la luna. en contraste con la vegetación reinante, pequeños cerros y promontorios rematan un paisaje por lo demás llano.  Cuando era niño otorgaba un nombre a cada una de ellas,  formando constelaciones en sus ensoñaciones infantiles. Ahora las miraba más que observarlas y no las percibía con el mismo brillo que antaño.No hay atisbo de civilización, hasta donde llega su mirada se extiende un paisaje inhóspito.Piensa en sus padres:Está solo,  recrea sus rostros queriendo besarlos, abrazando sus abrazos, entregándose a la ilusión, hasta que sus espectrales cuerpos se desvanecen como si de un espejismo se tratase, deshaciéndose en el resplandor de la noche.Camina dando cortos y vacilantes pasos sin saber a donde le conducen, desconcertado. El terreno es arcilloso ,  grandes grietas lo surcan formando trochas entre matorrales bajos y quejigos. La dirección que ha tomado dibuja círculos que confluyen en el punto de partida, restos del cubo esparcidos por el suelo hacen de la idea una certeza, un bucle. Abrumado por el trasiego, posa su espalda sobre un risco que sobresale de la tierra quebrada, dando tregua al descontrol y a sus fantasias duerme largas horas utilizando un puñado de hojas secas a modo de almohadaAl despertar Sumido en el silencio, se regocija con la fragancia que mana de la oscuridad de la noche.Cierra los ojos transportándose a casaA unos cien metros vislumbra un riachuelo, se escucha el rumor quedo de sus aguas. Despertado por una incipiente  sed camina sobre sus pasos ,retumbando las pisadas en las sienes.Coloca  sus manos bajo una sinuosa cascada formada por dos grandes rocas. Bebe con avidez, calmando paulatinamente la sequedad de su boca.La luna reverbera en el agua confiriéndole el color de una navaja plateada recién afilada.sus anhelos por encontrar vestigios de vida, hace que analice  el agua con detenimiento aguzando sus sentidos en vano.Evoca las largas tardes con su padre en el gran río esperando que mordiera el cebo alguna de las carpas que merodeaban sin rumbo el agua dulcesueños de otro tiempo  le mantienen ligado a una vida inerte, yerma. LA TIERRADesde su posición, en lontananza se fusionan cielo y tierra, formando un horizonte difuso. La certeza de la realidad le hace sentir un terrible frío que contrae su piel, intenta mitigarlo manteniéndose absorto en su pasado, en sus recuerdos, en los recuerdos de otros recuerdos, en ese recóndito refugio decorado con begonias y exuberantes rosalesSin  referencia ni orientación decide poner sus pies camino al norte, sorteando a su paso los pequeños obstáculos del terreno. Recorre tantos kilómetros que la distancia  se hace insondable, el paisaje no cambia de muda y su ánimo comienza a languidecer pensando que morirá allí, en medio de ninguna parte, devorado por el silencio ANIMALESSobresaltado por unos débiles rugidos gira su cuerpo 180 grados distinguiendo unos brillantes ojos  rasgados en la maleza, su corazón vuelve a emitir graves plapitaciones como lo hiciera en la prisión y su cuerpo pétreo queda inmóvil ante la fija mirada escrutadora del animal 
despertar
Autor: javier castillo esteban  410 Lecturas
-¿Cómo estás?- Bastante confuso, no sé qué más decir...- No estoy molesta, sólo sorprendida. No me lo esperaba...- No debería habértelo preguntado, lo daba por hecho.- Pues a mí me ha gustado que me lo preguntaras, no pierdas eso.- Precisamente...- ¿Precisamente?- !Hagamos algo!.Vamos a jugar a sentir. Pide un deseo y yo pido otro, respecto a nosotros.- Explícate.-Yo pido que no envejezcas conmigo- ... Esperaré a mañana a formular bien el mío.- He pedido que no envejezcas...Tengo un buen Genio.- Quiero que no pienses que eres complicado.- Vale, más simple que una peli de Buñuel.- ¿Alguna vez hablas en serio?- Solo los lunes.- ¿Y el resto de la semana? ¿ En qué dilapidas tu ingenio?- Adoro vivir de las rentas.- ¿Aburguesado, quizá ?- Prefiero apóstata, suena más musical.- ...! Ya vale !- !Descuida!, conviviendo soy más tolerable. Comparto más parentesco con un chinche atiborrado por sus padres, no me costará mucho extrapolar el silencio por empacho a mi vida cotidiana.- A veces también tienes gracia.- Yo también lo creo, me parto cuando me imagino chillando al chofer sin volante que conduce este "almendruco".- !Ja, ja!. No tienes remedio...- Ahora te has reído de verdad.- Si estás tan seguro...- Lo que es seguro es la intención que tienes de enfriar esta conversación.- ¿A qué viene eso?- A nada.- Me hablas como si fuera una estúpida que no va a entender los elevados juicios del insigne escritor...- Escritorzuelo, recuerda, es-cri-tor-zue-lo. !Aunque buen nivel!.- !Vaya, qué modesto!- En verdad no.- Creo que se hace tarde...- ¿Tarde para qué?- Tarde para hablar de cosas sin sentido. Iré a cenar algo, tengo un hambre voraz.- Yo ya he cenando, deglutido más bien.- ¿ Y el qué se supone que has cenado mientras hablábamos ?- Un delicioso sándwich de carne humana- ¡Demasiado! Nos vemos el jueves.- El jueves es pasado mañana-¡Exacto!,veo que sabes contar.- Creo que estás exagerando. A lo que voy es que no quiero una relación obtusa y formal, cine de autor  para treintañeras.- Dicen que no te ha quedado machista.- Dame vida y no pintes muebles a este cuarto, está mejor con el intrínseco olor a demencia.- ¿Que te dé vida ? ¿Más de la que vomita tu mundo interior ?- Captado. Entonces hablemos de nombres-¿ Nombres?- Sí. ¿ Cómo llamarías a esta sopa de sobre, que ni sabe a amistad ni puede cocinarse más ?- Entonces ¿qué se supone que es ?- Eso te pregunto yo- ¿ Qué es para ti ?- En fin, jugadora le llamaban...Para mí somos novios.Pero no quiero que suene ni arrogante ni cordial.- Novios...- Sí, ¿y tú ?- Te lo diré cuando nos veamos.- Eso no es justo, te está saliendo una cana, la veo , estás a tiempo de cortar su crecimiento- ...- Vive rápido, muere joven.- ¿Quién dijo eso ?- No lo recuerdo ahora mismo.- Novios...!Me gusta!.- !Se acabó el juego!- !Imbécil!- Solo puedo decir que lo siento, soy un escorpión.- ¿Y qué se supone que soy yo?- Una rana.-¿!Cómo!?- Ahora nos hundimos...- !Definitivamente estás tarado! No sé por qué sigo con esto...- !Esto sí que es Buñuel!- !Adiós!- ¿Sigues ahí?- ...- "Esta noche mientras dormías has sido mía, ya no podrás volver al convento".- ...- Descansa. Mañana volveremos a ser quienes somos...
  TRES   Éramos tres buenos amigos. A F. lo conocí años antes que a Z., ellos mantenían una relación muy estrecha hasta que sus patizambos destinos se interpusieron entre el desierto y un oasis extraño. No es que yo tuviera ninguna culpa de su desencuentro, pero cuando tres almas perdidas se juntan, y más cuando se trata de tres cabrones como nosotros, el resultado suele desembocar en favoritismos retorcidos. En cualquier caso funcionábamos como tres solteros empedernidos en su afán por dar la nota. Aquel día habíamos comprado palomitas y coca cola y un poco ebrios, después de dos vinos de uva bastarda, despotricábamos de las personas que se acercaban a los 40 y sentían, de repente, la acuciante necesidad de dar asco. Los había que, con cara de humano en ciernes, nos miraban por encima del hombro al comer palomitas. Para los snobs comer palomitas es algo parecido a ver un documental con las gafas puestas en el culo. Una insolencia propia de palurdos. En verdad lo éramos, pero no menos que el culo con gafas que nos echaba males de ojo a propósito de nuestro crepitante mordisqueo. Por lo demás la película era buena y navegaba, indecisa, entre el cine de masas y el compromiso con el pasado. A las dos hora salimos, dejando rastro de nuestro crimen maicesco. La noche era larga en esa época del año por lo que únicamente podíamos beber de nuevo y reírnos de nosotros y de nuestros vecinos de las mesas de al lado. Una señora colgó su bolso en el canto de la silla, la cremallera estaba entreabierta, no estoy seguro si fue el instinto o mi pérdida de la noción del lugar, pero sentí unas ganas irrefrenables de meter mano dentro del pozo de chismes. Su pareja pareció percatarse de mi mirada frenética y punzante sobre el tesoro, pues vigilaba atentamente mis movimientos, incluso cuando empinaba el codo en un ángulo imposible. El último sorbo de gintonic sonó como un aspirador y después posó el vaso con vehemencia en la barra. -         ¿Te pasa algo? Interrumpió A. -         No, no me molestes ahora- respondí con autoridad   A.   intentó buscarme la boca inútilmente, pues yo ya estaba presto a lanzarme sobre el bolso, aunque pensé en corregir su impertinencia más adelante.     ZAS!, De un plumazo arranqué el bolso de la silla y comencé a buscar con cara de preocupación, no sé todavía el qué, algo que me tranquilizara entre la amalgama de cachivaches. A. y F. quedaron inmóviles sin saber muy cómo reaccionar, esto me provocó una risotada incontenible. Todos me miraban igual que a un demente, todos, menos el sarnoso acompañante que, en ese momento, levantó el puño cerrado para atizarme.   Qué gusto me daba al día siguiente palparme el coágulo debajo de las pestañas, una burbuja morada oscilaba desesperadamente por escapar. Llevaba al límite el bulto, ejerciendo una presión desconcertante mientras detrás de la puerta se oía al hombre del tiempo. Di un respingo cuando el dolor se hizo insoportable y cesé… El timbre reverberó con fuerza, indicando  la hora de entregar este despropósito al profesor de literatura.
tres
Autor: javier castillo esteban  372 Lecturas
    Son verdes y armoniosos los arcos que atisban mis ojos  a los lados del agua estancada, Tan grandes y robustos que quisieran palmear las almenas del viejo castillo Más abajo entre las rosaledas, árboles frutales ofrecen los nacimientos de la naturaleza Los hay rojos casi granates y amarillos como  el limon, de todas las gamas que la mente tenga el capricho de imaginar Los mirlos   apoyan sus gráciles patitas sobre el fontanal entonando su piar desafinado a unos pocos metros queriendo ser partícipes de mi estancia      Después de una cura de reposo, laxo, el caminante se sienta a la orilla de un estanque sintiendo la brisa en sus mejillas y escribe: El papel ha amarilleado desde la primera vez que decidí enviarte esta carta . El valor nunca me ha acompañado y siendo francos no he sido muy celoso yo tampoco a su compañíaLo que me arrastra irremisible y penosamente a expresarme en estas lineas no es grato de leer , supongo que la  fuerza con la que en estos momentos sostienes la misiva es la misma de la que yo carezco  aunque seguramente derrames más lágrimas horadando el papel hasta convertirse  en nada.Huelga decir nuestra relación se ha deteriorado  desde la última primavera, y quizá hemos acrecentado esta lluvia fina e incesante de falsas carantoñas hasta difuminarse el erotismo. No dudo que el amor sobreviva risueño aún aquejado de metástasis. Siempre ha sido un recalcitrante empedernido diletante de la realidad y erudito de la ilusión y la esperanza.   Sí embargo,no puedo más... Sólo deseó que el remoto aro de fuego que cicatrizazo mi piel a la tuya despida su últimas ascuas  y contemplemos nuestros cuerpos libres, desencadenados  y no ser víctimas de la gula que devora la vereda de los designios más profundos.Anhelo tu respuesta aunque no la espero mas lo entiendo y yo mismo hubiera actuado de la misma forma Mario                
Desamor
Autor: javier castillo esteban  361 Lecturas
09/10/2015 TANGO   -         Quién sos ? (autor)- En verdad no lo sé, pero tomando la tablilla hablaré de lo que mis ojos han creído ver. -         No te atrevés a decirme lo mío ( autor) Entonces intentaré decirte lo mío.   Para mí, evidentemente mío. Constituyo, pues, que eres la voluptuosidad convertida en llanto, la estridencia de la belleza que raya las curvas y pule el suelo. Firmeza vestida de coquetería, encanto demostrado, que no mostrado. Vasta blancura que azota mis sentidos frenéticamente y me reduce a la onírica vega donde me has encerrado. Has pasado delante de mí, por última vez, para dejarme engatusado. Te has desprendido del velo que te recoge para que advierta tu desnudez desnuda, la inmaculada marca de tu tentativa, los inescrutables recodos hacia el caudal de tu existir. Yo intento hablarte despacio, pero no puedo. El olor de tu cuello me conmina a confesarme con astucia, sin palabras que vilipendien este mismo instante. Miro mis manos, henchidas de vulgaridad, tampoco creo que ellas dobleguen un ápice de tu cuerpo, en apariencia inaccesible. Aun así rodeo con ellas el perímetro invisible que circunda tu resplandeciente figura. Absorto abro la boca sin pensar, sin percatarme que mi rostro se ha ido y en mis ojos solo cabe la pasión, la torpe destreza que usan mis gestos cuando intentan seducirte.   Todavía oigo el aliento de la plaza resoplando, exhausta de tanto acudir a nuestros cafés vespertinos, al lento desgaste de nuestros besos esculpidos, y al infierno de sufrir tu delicioso caminar. 
TANGO
Autor: javier castillo esteban  358 Lecturas
Pocas películas transmiten tanto como Forrest Gump. La vida de un hombre apartado de la aceptable sociedad, un extranjero que lejos de interpretar los problemas, actúa desafiante, flotando entre vacuas y desagradecidas recompensas Será Dios algo parecido a Forrest, un corazón abierto, que sangra bondad y tiñe la tierra del mismo sentimiento, mientras nosotros nos encargamos de conferirle un estado negruzco para evitar que refulja demasiado.   La película recrea la abnegación de un ser que en ningún momento se presenta castigado a vivir, que conserva la fuerza de la inocencia sin el peso de lo bueno y lo malo. Vivimos en tercera persona el cruce o atropello de pintorescos personajes desembocando en un cocido de situaciones tristes y desternillantes, siempre bajo la hechizada ojeada del espectador. Escenas que rebobino y me siguen estremeciendo, aunque si pudiera grabar, a golpe de cincel, un sempiterno resumen antes de que ardiera entre mis recuerdos, hablaría del amor incondicional de Forrest hacia una mujer que ha elegido sufrir en los brazos de otros hombres, y la amistad con Buba, su fiel compañero en cuya memoria más tarde compraría un barco de gambas.   Admiro profundamente el polifacético papel de  Tom Hanks, actor relegado por los propios clichés a un estatus envidiable, donde su piel se deshace en forma de niños con cuerpo de hombre, soldados, olvidados, cómicos, tipos corrientes… Quizá por este motivo, mi crítica sea excesivamente sesgada ante el debate de los puristas, cuando quisieron rápidamente poner linde al cine comercial de calidad   Como punto final, y por encima de cualquier rostro visible, destacaría perceptiblemente su  etéreo OPTIMISMO y la encomiable carencia de hechos que lo vanaglorian produciendo humo, un espacio para la verdad del amor prevaleciente delante y detrás de la pantalla.   Se habla, esta vez, del intrínseco casamiento del cine y la literatura, yo sin embargo, matizaría esta relación, separando ambas disciplinas en su virtud y máxima expresión ya que ambas contienen la suficiente sensibilidad para tocarnos el alma y rápidamente  desaparecer para volverlas a encontrar.
  La lluvia   1- Llegué a V. a media tarde, sobre las 6, antes de la tormenta, y llamé a Sandra para que viniese a recogerme a la estación. Por M no pasaba el tren, así que tenía que apearme en V. que distaba unos 5 Km. de mi destino El andén se encontraba desierto, a excepción del maquinista que hablaba por su teléfono móvil. Iba a meterme a la cafetería, estaba hambriento, pero la conversación del maquinista subió de tono y llamó mi atención.   -Te dije que no te movieras de casa, zorra inmunda, no me interesa lo más mínimo, y deja de escribir majaderías, no necesito que hablen más de mi. El hombre colgó el teléfono. Cuando levantó la vista del suelo  nuestras pupilas se cruzaron, e inmediatamente cogí mi bolsa en ademán de retirada. De reojo observaba su mirada torva clavada en mis pasos, fue un alivio oír el chasquido de la puerta de cristal cerrarse a mi espalda.   La camarera,  espantaba las moscas de las vitrinas que exhibían mugrientos platos con tortillas de todas las clases, todas ellas conservando un repugnante tono anaranjado. Me dio un repaso incontenible y seguidamente me preguntó si había venido a mirar o a consumir.  Su displicencia me resulto acogedora, acostumbrado al carácter rudo de aquellas tierras, sin embargo y tras una profunda batalla, terminabas por ganarte su espantosa confianza, resquebrajada en algún momento desconocido.   Pedí café y me senté a esperar a Sandra mientras hojeaba el periódico no menos mugriento y repleto de grasa. El café, pese a hervir, no era malo, esperé a que entibiase agitando la cucharilla con intención de acelerar el proceso. La puerta se abrió y el maquinista desde  el umbral de la puerta lanzó una socarrona sonrisa a la camarera y desapareció.     2     En lugar de llorar, pinto, el mejor remedio para este paisaje, precipitado al abandono, un homenaje que no encierra más respuestas. Ayer y hoy luce el sol, pero las nubes permanecen sigilosas, fingiendo su posición estática cuando las miras. Te saben concentrado en ellas, y detienen el paso majestuosas sirviendo a su estudio, difuminándose y borboteando con el atropello de demasiadas atenciones.   Qué refrescante es la mañana, abierta al claro bicolor, despertando los planes y las dudas de quienes madrugan.       Entro y salgo de casa para comprar el pan y los bizcochos, y antes de regresar paso por casa de la Paca, una hacendosa mujer que rozará los ochenta años, se preocupa de mantener el enorme caserón ruinoso, y de ser, al mismo tiempo, la heroína sin nombre que alarga la vida del Jose, custodiado por la firme enfermedad que deshace la memoria.   Saludo a José y él me responde con una risita infantil, acrecentando la miserable conmiseración, nacida de la desgracia, cuando únicamente queda eso, pena, y la respuesta es pena ante la pena.   Después de escribir, ahogada, Marta salió a la calle a fumar, abrió la cajetilla y cogió un cigarro con la boca, lo encendió, dedicándose a observar cómo se consumía la papelina prensada, una existencia crepitante, real, y probablemente menos nociva que su vida   Mientras, los mirlos cruzaban el cielo en densas bandadas que parecían no tener fin, Cayó la lluvia en M. y el humo se apagó, la noche se acercaba y pelo de Marta se confundía con la oscuridad.       3 -         -Juro  que no aguanto más ¡ -         -Paca, hija mía tranquilízate, qué te sucede? -         -Lo he dejado sentado con la llave por fuera, y el muy condenado ha llamado al Tato, que no se lo ocurre otra cosa que buscar el manojo de nuestra casa. -         -Pero ha regresado ya a casa verdad? -         -Claro Padre, después de llamar a Pedro que tenía el coche aparcado frente al bar, oxidado de no moverlo por lo que parece… lo hemos encontrado en la orilla del río echando agua por la boca. -         -Cuando me acuesto cierro los párpados rápidamente, y antes de sumirme en sueños. deseo con todas mis fuerzas que ésa se la última noche, no despertar jamás -         -No digas eso, Dios no te ha abandonado y tú tampoco deberías volverle la espalda, gracias a ÉL tu ánimo sigue en pie, solamente el cuerpo traiciona y la duda, instalada desde que nacemos, hace tambalear nuestra fe -         -Dios no existe padre, cómo puedo dar las gracias a una mano invisiblemente impía? Cómo asimilar el  abandono que no ha materializado ni su compañía? -         -Paca, creo que deberías venir con José, contagiarnos de su sentir para aprender de esos caminos tan ignominiosos por los que transitas, evitar las espinas y empuñar el tallo -         -Tengo miedo Padre, y no es el miedo a morirme como todos esos hipócritas que descubren cuando viejos su vocación cristiana, la muerte no me preocupa demasiado, eso me aliviaría.        Hay veces que lo miro y en sus ojos vacíos no reconozco nada, más bien el mal encarnando el alma de lo que fue, y lo peor de todo es que el sufrimiento sigue gozando de su sabor sin apetito,   (La Paca comenzaba a temblar, y el cura miraba sus manos, que tenían leves rasguños en las falanges)    -No concibes a Dios, pero me estás hablando del alma. Paca creo que…  -Déjese de creencias padre, toque mi cara.        -Pero…  - Toque mi cara… (Sus dientes repiquetean hasta que  finalmente el cura posó su dedo índice sobre la mejilla de la Paca) -¿Se ha dado cuenta? -De qué me tengo que dar cuenta hija? -Mi piel esta seca, no hay lágrimas que humedezcan mis mejillas, están tan cuarteadas como el campo -Perdona hija, pero no entiendo lo que me quieres decir -¡No me vuelva a llamar hija, no soy su hija! ¿Le ha quedado claro? Algún día yo seré quién esté dentro de ese confesionario…, y estaré limpia, porque me habré perdonado a mí misma, el más sincero y único perdón   (En ese momento la Paca se acercó despacio a la rejilla y con la cara visiblemente descompuesta aguardó hasta que el cura se dispuso a despacharla)         -Padre, he matado a José.     4-   A las 7 sonó el pitido del encargado y salió el tren de vuelta. Me pareció el transcurso de un día, en aquel bar de paso, no pasaba nadie, y el espectáculo se cernía sobre mi, entorno a los parroquianos. Hacía escasos meses que habían hecho una bifurcación en dos pueblos anteriores que se dirigían a la capital, quedando la estación de V. como punto final del trayecto, por lo que si tenemos en cuenta la población de M. y V. se convertía en un lujo de estación para los fantasmas.   Sandra me recibió como casi siempre, lisonjas por aquí y por allá su voz meliflua derritiéndose en piropos y en preguntas sobre mi viaje, yo le respondí lacónicamente puesto que mi cabeza seguía en el maquinista y en la conversación, así como en  la extraña muestra de complicidad con la camarera de la cafetería.   Quién sería la mujer a la que hablaba de esa manera? No era mi intención irrumpir en los detalles, empero, el asco subió por mi estómago y lo odiaba desde entonces, el pensamiento se había tornado obsesivo, como un alfiler giratorio en mi sien       El golf de Sandra daba botecitos y el agua en el asfalto se asemejaba a las ondas de la corriente el río en primavera y no a una carretera nacional.       -cuál fue la última vez que viniste por aquí’- me preguntó Sandra. -(salí de mi ensimismamiento y respondí) -No lo recuerdo pero hacía mejor tiempo que ahora desde luego, el calor era asfixiante Por cierto, ¿no crees que vas un poco deprisa? - ¡Venga ya, no seas cascarrabias! (No podía soportar ese adjetivo, entre otras cosas porque era así como me dirigía a mi padre y a sus intenciones de encauzar mi vida cuando hacía justamente lo contrario) - Lo digo por la “carretera” - M. tiene un clima muy seco, hace frío, pero tiene la ventaja de que no llueve casi nunca… (Torcía el gesto mientras lo decía) - Ríete a gusto, por mi no te cortes, total, soy un cascarrabias… - Eres un caso tío (prorrumpiendo en una risotada incontenible)       (Adoraba esa risa, tan pura y llana, tan cotidiana y exenta de remilgos) -Me gusta la lluvia…   5-       La lluvia era fina pero abundante, formando un telón gris que ocultaba el pueblo en su planicie. UN cartel blanco y rectangular señalaba la entrada. La torre sobresalía al final de las casas, imponente desde el cerro, gobernando la construcción de ladrillo y adobe extendida a sus cimientos. Las cigüeñas emigraron al sur en busca del calor perdido    Sin duda se me antojan El verano y el invierno una estación, separados por la tibieza, por los falsos amigos bajo la acicalada sombra del mediodía. Aquí en este terruño no se recuerda el pasado y viven con los brazos del futuro, flacuchos y desguarecidos.   Tal es el caso de Pedro, el alguacil que aspira a su despacho en la capital de provincia con los méritos de un pueblo donde no ocurre nada extraordinario.   ¿Será por este motivo que atiborra sus sentidos con los hielos derretidos?                       6-   La noticia elevada como el polvo, sin dejar huella, había  regado el áspero cielo, susurrando cada  detalle de la confesión  y en segundo lugar disipándose hasta flotar invisible con las brumas. A nadie le importaba ya José ni sus pecados cometidos o por cometer.  La Paca no cambió sus hábitos en absoluto, iba a la iglesia, compraba lo necesario para cenar, pues comía en el club de los jubilados, y  dejaba preparada la frugal cena para dedicarse a la casa y posteriormente a los chismes. Se sentía liberada, volvía a sonreír, pero una cosa era olvidar y otra perdonar.   ….   Pedro recordaba a Jose con claridad, siendo hombre y no una planta Recordaba el vetusto laboratorio que servía para hervir la uva y producir cientos de litros para el año venidero. La pequeña prensa estriada de hierro y la bomba artesana filtraban de zaborras y fango el clarete y el tinto, en medio de vítores y brindis por la buena cosecha, un lugar que apestaba a vino y a una felicidad de cristal. Aquel viejo diablo pasó media vida atormentando a su mujer y a sus hijos a base de correazos y la otra media sumido en su agujero digiriendo una frustración palpitante debajo de los racimos.   Al llegar al cruce, Pedro aminoró la velocidad del Patrol,  sin separar sus ojos vidriosos de la enjuta figura de la Paca. Lo hacía detrás de las casas paralelas, que no levantaban más de dos plantas, entre uno de los pasillos que distinguía las propiedades. La Paca fingió no verlo, mas sufría el escozor socavando su espalda   El mismo itinerario todos los días, circunvalando el perímetro del pueblo, yendo al bar de esquinas a beberse tres o cuatro vinos, y regresando a la vigilancia. En sus manos dibujada la clarividencia de su objetivo, el ocaso de las dudas que se evaporaban al desenmascarar a la asesina, extirpando la rutina de sus gestos ligados a la deplorable indiferencia de los buitres.     ….    Los brotes han remitido, Crisa me convence de que poco a poco iré reduciendo la medicación y los episodios no serán tan frecuentes, o eso me dice ella… no he vuelto a ver sangre a mi alrededor.       7--   M. se había conservado inalterable en mi mente, ladrillos y más ladrillos, un pueblo esencialmente marrón de casas bajas, salvo por el conato de urbanización chic sumado a un presuntuoso polideportivo en la zona este. Vestigios de una evolución perdida incapaz de progresar con sus recursos agrícolas e industriales, se sentía acomplejada de ser mayor   Sandra estaba cansada,  el día anterior llegó de madrugada de Barcelona prácticamente sin dormir, así que le insistí para que se echara un rato mientras daba un paseo, fusionándome con el entorno, aprendiendo el significado de esos tejados desamparados que cobijaban  sucios misterios tras las cortinas de papel, sombras grotescamente reflejadas escuchando los únicos pasos que por allí retumbaban.   La lluvia había cesado   Subí la cuesta que cortaba la carretera principal hasta alcanzar la plaza de las cuatro esquinas, en cuyo centro pavimentado, sentados en un banco, dos viejos desarticularon su conversación al verme aparecer. Detrás, en una de las jambas del bar, se apoyaba, el dueño del local, con los brazos cruzados y un palillo en la boca.  Los saludé y seguí mi trayecto en dirección a la iglesia que se encontraba en lo más alto. No fue hasta después de avanzar 20 metros cuando oí que retomaban las palabras, esta vez en clave de cuchicheo. –Qué poca prisa se han dado- grité sin darme la vuelta – interrumpiendo su regocijo. No pude evitar pensar repentinamente en las razones que me llevaron a regresar a M. ahora me culpaba por ello y por el diletante destino que removía los campos a fin de hallar la misma tierra   En estas reflexiones me embarullaba, cuando me topé nuevamente, a los pies de la suntuosa torre solitaria, estampada sobre el cielo gris. Su cúpula triangular apuntaba con gallardía a las nubes, en representación de su poder   Las cigüeñas habían emigrado en esa época del año, y los nidos junto a las campanas esparcían las ramitas inservibles impregnadas del pertinaz crotoreo, inmortal en los oídos de quien lo había escuchado en alguna ocasión.   Rodeé la construcción, admirando los surcos embelesadores del tiempo y la guerra, cuando oí un ruido metálico detrás de la iglesia,  parecido al de una tapa o un objeto circular. De repente el bamboleo se disipó violentamente y un golpe seco levantó el vuelo de un grupo de palomas que salieron disparadas en todas direcciones, inundando las calles colindantes. Me venció la curiosidad sobre el incipiente temor, y alargué mis pasos, dando zancadas silenciosas pegado a la pared, basculando hasta la siguiente esquina.   Un hombre corpulento metía en la parte trasera de su coche un saco con dimensiones  de mujer adulta, exhibiendo bajo la tela diversas protuberancias sospechosas, Se daba prisa, por lo que no reparó en el flanco desde el que era testigo, probablemente, de un crimen. Era un coche patrulla, pues tenía una franja anaranjada que cruzaba el lateral de la misma, y que rezaba “servicios auxiliares” en la parte de arriba una faro tintado de cristal oscuro me dio a entender que se trataba de la policía local.               En M. como en otros pueblos de la zona, la policía local se encargaba de hacer las diligencias, pasando los asuntos de mayor gravedad a la guardia civil.  El agente, sin embargo iba vestido de paisano y ahora sí redoblaba la vigilancia, percatándose de no ser objeto de fisgones. La tarde caía con desdén en compañía de ladridos lejanos, acomodé mi posición, a expensas de presenciar el siguiente movimiento. Cuando se aseguró de no ser visto subió al vehículo, encendió un cigarrillo y salió quitando el freno de mano, con el motor apagado, sirviéndose de la cuesta abajo Ninguna luz se encendió aquella tarde en las ventanas curiosas de M.       8-   Se rumorea que fue un accidente, otros hablan sin tapujos y gratuitamente de asesinato… la verdad que no lo sé, lo único claro es que el daño más grande se ejecuta en el espacio más reducido, donde no hay hueco para tanta rencilla y menos para los impulsos reprimidos. Conviven puerta con puerta, más les separan muros infranqueables que si no muy grandes, destaca en última instancia el alambre de espino sobre la cúspide. La Paca está libre y feliz, el juicio no se ha celebrado todavía, pero casi todos los días cámaras y abogados deambulan por M. buscando trabajo, como si de las piedras pudieran arrojar a Jose a la vida.     Era casi de noche y oí jaleo fuera, me asomé a la ventana y vi a la Paca discutir airadamente con Pedro, él la mandó callar en repetidas ocasiones y finalmente le dio un bofetón. Ella quedó estupefacta, inmóvil, sin atreverse a levantar la maltrecha mejilla a su agresor, luego se la llevó del brazo a la vuelta del parque, apartándola del paso de los escasos coches que circulaban,   No me permitían salir de casa pasadas las ocho, el corazón me latía arañando los pulmones, rabioso y engrilletado. Abrí la puerta de la habitación, Crisa se había dormido con un programa basura, demasiada decencia… Me aproximé a la puerta y con sumo cuidado le di dos vueltas a la llave, Crisa seguía inconsciente con los párpados trémulos, visiblemente turbada por alguna pesadilla. Durante unos segundos titubeé en el umbral de la puerta, el rellano estaba oscuro y frío. Bajé las escaleras y miré a través del cristal traslúcido del portal   Afuera se apreciaban sombras en movimiento, poco después desaparecieron y un sonido de motor, acompañó el chirrido apagado de ruedas a la carrera   Absorta con las primeras farolas encendidas de la calle, escapé.   Desde mi casa veía la torre enrojecida, igual que si se estuviera librando una inabarcable batalla por conquistarla, y en las nieblas de mi espesa imaginación, flotando sobre éstas, un suceso horrible, visos de gritos y reclamos de la muerte.     Evité la cuesta de las cuatros esquinas, guiándome por  las huellas de barro que había dejado el coche de Pedro. Sorteé el casco antiguo y la fortaleza que circundaba las últimas casas y las protegía del viento premonitorio del invierno.   A lo lejos, el silencio se había interpuesto entre mi perseguidor y yo, apremié el paso hasta alcanzar los aledaños del campanario aún cuando la espadaña pretendía ofrecer su arco sombreado sin luz. Las voces provenían de la parte trasera de la iglesia, si uno mantiene la cuesta principal como referencia para visitarla.   La diagonal trazada entre mi posición y la suya me permitió ver como Pedro golpeaba a la cabeza de la Paca con un tapacubos que no pertenecía al coche. La Paca tenía una mordaza en la boca y no podía haber emitido ningún gemido, ahora el cuerpo yacía boca abajo, con una brecha sangrante en la cabeza, mientras pedro preparaba algo en el interior del maletero.   No puedo describir la humillación que sentí, agazapada de rabia y vergüenza, de no tener el valor necesario para acudir en auxilio de la Paca, tan irremediablemente frágil.   En ese momento la cabeza empezó a martillearme y mis piernas perdieron el equilibrio cayendo de rodillas sobre el suelo. Antes de perder el conocimiento, pude reconocer a un hombre alto y joven presenciar la misma escena, en tanto su figura se difuminaba y se hacía más nítida hasta desaparecer     9-   He tenido un sueño extraño doctor, demasiadas imágenes por ordenar,  no entiendo bien su significado. -         Inténtalo, lo que recuerdes, puede ser interesante, -         Bueno, había una chica que parece estar atrapada en una casa como esta, quiero decir interna… Quiere olvidar y poco a poco está mejorando, lo cual asemejo claramente a mi estado actual. Asimismo tiene el papel de narradora, o por lo menos se entiende que es la persona que más tiempo lleva viviendo en el pueblo,       -         ¿De qué ha de mejorar, Pedro? -         Oye voces o ve cosas, no lo sé con certeza, pero ha distorsionado la realidad. Se ha producido un crimen que yo no tolero, y me vengo, ella es mi delatora al contemplar mi asesinato -         ¿Eres tú un asesino Pedro? -         Yo no soy ningún asesino!, solo le cuento el sueño que he tenido -         Tranquilo Pedro, me refería a eso precisamente, un asesino en tu sueño… -         Ah, supongo que sí, no entiendo por qué he de ser el verdugo en mis sueños -         Verdaderamente los sueños escapan en muchas ocasiones a nuestra comprensión, pero siempre nos dejan señales que hemos de seguir para interpretarlos correctamente, y no en una única dirección. -         Entiendo. -         Me has dicho que también había un pueblo… -         Sí -         ¿Cómo se llama ese pueblo, lo recuerdas? -         No lo sé, siempre lo mencionan por su inicial , M. creo -         ¿M. dices? -         Sí, eso creo -         Discúlpame Pedro tengo que atender una visita que llega ahora, ¿te importa que sigamos en 5 minutos? -         Vale, le esperaré aquí   El policía se quitó la bata al salir de la celda de aislamiento y llamó a Pérez que lo esperaba tomando café   - ¿cómo ha ido? -Sigue pensando que él la ha matado,  no tendremos ningún problema en el juicio,  demuestra sensatez en las declaraciones y  una coherencia relativa en los hechos, habla del mismo sueño todas las noches, sin embargo cree no haber estado nunca aquí. Piensa, o sabe mejor dicho, que todo forma parte del bucle  interminable que lo acosa cada noche, y para colmo cree que soy yo, y yo su médico. Resultará bastante evidente el estado de sus facultades mentales  cuando pase por el banquillo, y por extensión la goma borradora de aquella tarde.   - Eso es fantástico - dijo Pérez- la vieja al arroyo y el loco al hoyo (prorrumpiendo en una risa histriónica, en un arrebato escandaloso) -¡Silencio, inútil!, no vayas a mandar todo a la mierda, hablaré con Sandra, y cerraremos el caso. La pobre ya ha tenido que aguantar bastante… (Mientras dijo esto la sonrisa se dibujó en su cara)   La placa que llevaba escondida en el bolsillo de la camisa, reverberó en el pasillo al caer al suelo. Era la misma placa que RENFE, disponía entre todos sus empleados Pérez la recogió rápidamente mirando a un lado y a otro   Pedro lo miró con nerviosismo, en ese instante la enfermera de planta los  vio y fue a llamar al guardia de seguridad. – ¡eh vosotros, no podéis estar aquí!-   A las diez de la noche  Pedro y Pérez salieron del hospital bajo la confusa mirada de nuestro protagonista detrás de los barrotes de acero. Había empezado a llover en M
HASTA OTRO VIAJE, CARLOS IIIEuskalduna, Olimpia, Saide... Distintos nombres se retuercen en la memoria de quienes han vivido muchos años. Hoy he leído que el próximo 3 de marzo cierra sus puertas el célebre edificio oficinesco ubicado en Cortes de Navarra. No debería sorprendernos la noticia después de que en la última década hayan sucumbido otros dos cines de la compañía en el centro de Pamplona. Una anuncio, pues, que habrá caído sin vacilar  para los ciudadanos más avezados en materia de negocios inviables. A mí, personalmente, escuchar el asunto de boca de otro cinéfilo, me ha supuesto un silencio contenido, pues en ese mismo instante he experimentado la certera sensación de haber perdido algo, demasiado preciado, en algún lugar que solo mi frenética memoria sabrá encontrar Dicen que cuando envejeces dejas de mirar de frente para zambullirte en los recuerdos. Supongo que de falta de razón y carisma no se le puede acusar a la sentencia, sin embargo creo que los recuerdos ni suman años ni tienen una etiqueta designada a personas que superan los 50. La juventud  sucede a la infancia , la vida adulta también circula… pero los recuerdos permanecen inmóviles cuando el  tiempo tiene carácter y es auténtico, cuando se ha sido viejo y has vuelto a ser niño, cuando has pagado con pesetas, cuando con mil de estas pesetas comprabas tu entrada, tus palomitas y devolvías las trescientas restantes.Has cambiado de disfraz para ser un salón de espectáculos, un gallinero, una sala única, un multicine, siempre bajo la atenta mirada de un acomodador inmortal, pues nunca he sabido si aquel señor que vivía entre la tienda y las salas, firme y condescendiente en igual medida, formaba parte del mobiliario o era el accionista mayoritario... Aún  habrá quien te tilde de no haber estrenado cine de altura, y el hecho de no aventurarte en la subcultura. Pero…  ¿para qué? Ya has dado todo por esta ciudad, decorando con colas interminables la manzana, ganándote el trono del niño del viejo, del pedante, de los amigos, de los enamorados, del solitario, del que se rasca el bolsillo, del rico… Hoy es un día triste, pero también es un día para reír y para llorar, para soñar, para volver a  despertar y charlar sobre cine, para ilusionarse, para divagar…No proyectarás más películas que las que nosotros guardemos en la retina, pues no son pocas las tardes a tu abrigo.
H. cerró la puerta tras de sí y vio una estrella caer del cielo antes de que amaneciera. Nunca antes había soñado aquel atisbo de lucidez. Pensó que ese destello traería algo más que una taza de café y unas tostadas negras. Quitó el hielo del coche, pues la incipiente aurora precipitaba el relente como una coraza sobre el cristal, y encendió el vehículo. Al pasar la mano por el salpicadero le pareció que éste fuera de otro material que no fuera plástico, más suave y sin rastro de protuberancias industriales propias del desgaste. El frágil movimiento de su mano le condujo a otro tiempo, hasta que un ladrido no muy lejano lo privó de su ensimismamiento. Algo tocó la ventanilla del copiloto. H. dio un respingo y se incorporó en el asiento en ademán de reconocer la figura que miraba a través la oscuridad. El cristal se empañó con su respiración y para cuando H. bajó la luna, la sombra había desaparecido. Salió, sin aliento, con cada paso alicatado al suelo, y rodeó desconcertado el coche. Nada ni nadie. En lugar de la aparición, junto a la puerta del copiloto, se esbozaba un círculo seco y creciente. La rapidez con la que el radio comía el suelo impregnado de humedad le hizo retroceder varios pasos. El terreno comenzó a quebrarse y de repente, otra estrella, de mayor tamaño y más intensa calló en algún punto cerca de su casa. El espectro ya no medraba, pero un silencio agudo y sin lindes se apoderó de los últimos vestigios de cordura. H. intentó arrancar el coche en vano, ya que el contacto no emitía señal, por lo que decidió volver a casa y hablar con su hermano. -         ¿ Mikel..? -         … De la cocina colgaba una bombilla sin lámpara, un halo mortecino, tan tenue que la casa parecía estar perdiendo la vida lentamente. El cuadro eléctrico había sido manipulado y no respondía, el resto de la casa fluctuaba en vaivenes interrumpidos de claridad. Se oyeron unos pasos bajar en el hueco de la escalera y en un arrebato insostenible nuestro protagonista se dirigió hacia el sonido esperando librarse de sí mismo. Cuando alcanzó el primer escalón, la pesadilla seguía ahí, delante de él, agazapada entre dos pisos con una mirada aviesa y resplandeciente. H. se acercó, sumido en un trance inexplicable, y estiró su brazo. “La verdad está más allá” -¿Quién eres?- musitó reprimiendo el crujido de sus entumecidos pulmones. Un vórtice anaranjado comenzó a erigirse sobre la sombra mostrando un laberinto de cuadros de diferentes escenas bizarras y familiarmente deformadas: Un espejo suspirando, unos ojos estridentes, un corral anegado de lápices, la epilepsia de un cadáver, una geranio sin tallo, la flauta que no calla… Súbitamente un estallido detuvo el frenesí, la sien de H. martilleaba sangre con fuerza. No quedaba en la escalera sino el reguero de sudor decolorando una pared recién pintada. La luz había vuelto a la casa y se escuchó el ruido de la tostadora. H. bajó tambaleándose hasta el umbral de la cocina. Su hermano estaba haciéndole el desayuno, como todas las mañanas, y sonría con sagacidad: - ¡Con calma!, o volverás a llegar el primero…  No dijo nada, fue hasta la ventana que daba a la calle y retiró la cortina. La primera de las estrellas calló de entre la obstinada oscuridad. Se volvió hacia su hermano para intentar explicarle algo coherente. Antes de que pudiera abrir la boca se escuchó el ladrido de un perro… - ¿De dónde vienes, hermanito?
STENDHAL
Autor: javier castillo esteban  344 Lecturas
PUNCTUM   Casi como un latido, aunque más intenso si cabe. Otra vez, y otra, los escasos bancos de nubes navegan deprisa sobre un cielo límpido, de una claridad inusitada. La anchura de hombros del Padre dobla la de mi madre y tías. En el fondo de la imagen dos cuervos picotean algo inapreciable. Uno de éstos se ha quedado con la pieza más grande después de perder un ojo.  Despierto.No es de noche ni de día. Me dirijo al sótano donde descansa el cuadro desvencijado. Alrededor de la obra, cacharros y metales y una bici de hierro con las ruedas pinchadas y el manillar torcido. Nunca antes reparé en la pintura, supongo. El retrato se acerca con desdén a la recreación de una fotografía extraviada, perdida en dos grandes ojos de  mujer.  Afuera se oye el silbido del viento, amenaza tormenta, pero no lloverá. Ya viene, inaplazable, una fanfarria desafinada de bombo duro y platillo resquebrajante. La sangre detiene su movimiento ventricular y me contengo ante aquel espanto. Risas y algarabía, el lienzo comienza a articularse, se desvanecen el sótano y sus paredes ennegrecidas, el ruido se superpone al silencio, los colores brotan en una espiral incandescente, mis manos pierden forma en favor de aquellas pupilas familiares. Siento que voy a ser engullido, fijo la mirada entre niebla y grillos acechantes. Hago un último esfuerzo por reconocerme tras esas sonrosadas mejillas… -¿Dónde estabas?- Mi  madre me tiene cogida la mano y la miro. El espectáculo taurino ha terminado y la banda recoge los instrumentos. Me resulta imposible decir nada. El Padre hace un gesto desde el balcón en señal de que subamos. Huele bien, la cena debe estar lista. Antes de voltearse sonríe extrañamente y desaparece entre los jirones de goma que custodian la puerta. Todos están sentados a la mesa, primos, tíos y el Padre. La televisión está apagada. Los cubiertos repiquetean conformando la música que seduce a los vidriosos ojos de una de mis primas. Me mira y esboza lo que anhela disfrazarse de puerilismo. Algo fluye debajo de mis zapatos, el suelo de baldosa está resbaladizo y denso.  Alcanzo con el dedo índice una muestra de lo que parece semen.  
PUNCTUM
Autor: javier castillo esteban  341 Lecturas
Ayer   ¿Qué ha sido del viejo que tarareaba en el parque? ¡Qué solo iba siempre el muy condenado, hablando consigo mismo sin más compañía que sus palabras flotantes y su perro ciego! No se oyen ya sus pisadas ni sus estertores con sabor a muerte, pero en vez de alivio siento vacío. No es lo que quiero, me niego a apiadarme de un ser cuyo propósito se había tornado en pasear, sin embargo... Si lo volviese a ver, por algún desatendido pálpito acudiría a conversar con su voz, pues no la he oído sino rimando vetustas canciones…   Anteayer   Miraba el lago con demasiados caprichos innombrables atravesando mi mente. La paz de aquella desconocida charca era irrepetible, así como las visitas furtivas que eran testigo de la incipiente sequía. A las 19h, como cada tarde, pasaba el viejo con su perro cagándose en cualquier rincón. Él lo llamaba empecinadamente, pero era incapaz de reclamar su atención, entonces fingía, golpeándose la frente con la palma de la mano, no haberse acordado de las bolsas de excrementos, y se volvía a su paseo maldiciendo y retomando su tedioso canto con más fuerza.  En más de una ocasión, pensé en recoger yo mismo las maravillas de su perro sobre un fino papel de sarcasmo y hacer que se enfrentara cara a cara con la horripilante verdad de su compañero. Odiaba la vida cuando me detenía a cavilar en la decrepitud de la carne deambulando eternamente…   Hoy   No puede ser él, ¿! Qué hace tirado en el suelo!? Su perro estaba suelto y gemía, con más rabia que pena. –Levántese- le he dicho tendiéndole mi mano. Sus ojos me miraban, no a mí, sino quizá a algo dentro de mí. Ha bajado la cabeza y ha comenzado a arrancar la hierba de cuajo, masticándola igual que un burro. Algo no iba bien, pero he dejado que el viejo continuara con su grotesca labor. Finalmente se ha levantado y se ha dirigido hacia mí con una sonrisa cándida. -¿Cómo estás? ¿Quieres acariciarme?- No tenía respuesta. En ese momento ha cogido mi brazo y, sin freno, me ha recitado: “¿Me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿Te acuerdas aún de mí?” He fingido no llorar.
Me he despertado detrás de una noche interrumpida. Antes de desayunar, he cogido la mochila y erráticamente he podio cumplir con mis obligaciones. Estaba legañoso todavía pero la intensidad de lo vivido anoche me mantenía bien despierto. Ahora ya es por la tarde y la credulidad de esa vivencia se ha tornado prácticamente en sueño. Así lo pienso, cuando aún no he recibido ningún mensaje de ella. Creer, pues, casi con seguridad, que todo lo bueno se asemeja a un polvo estelar que ha dejado un halo tan tenue, que ya no se reconoce sino su imprevisible y fugaz deambular, no resulta extraño.Tampoco necesitaría de ayuda para pensar en un nuevo sinsabor, pero la sola intuición del fiel fantasma me revuelve las tripas y me hartaMe quedo, de momento, con el consuelo de la magdalena de Proust, y la reminiscencia de una infancia tierna, atendida y despreocupada, un bagaje incompleto que impedía prever la caída en la distancia.Esa lágrima de felicidad, que en este preciso instante me sortea creando un temible surco en torno a mí, está llamada a ser la sepulturera de un borracho enmoradizo . Pero eso no importa, el sedimento es resbaladizo y el barro no se ha secado. Quedará tiempo aún para chapotear con la cabeza vadeada implorando amor a destiempo, una cualidad cruelmente intrínseca y veraz.
 Lágrimas huidizas marcan la incredulidad de la tardeCaminos desdeñados que llevan a ninguna parte, Acuden al nostálgico cadalso de martillazos sobre la sien, Cuando  El silencio penosamente ofrece combate Evocando unas manos espesas forjadas de hiel Los olivos aún verdean cuando la noche adusta se cierneProtegiendo su color de la inacabado rumor agrietadoY ésta, prendada del olor aceitoso que expiden sus huestes de maderaDe astillas apuntadas hacia el cielo  estrelladoRetrasa su llegada, víctima de una ilusión traicionera  En un pazo descansa el pastor y su perro, Debatido lenguaje entre gañidos y cariciasDe muerte advenediza, y vencidos guerrerosCuando  El viento sopla arrastrando las hojas Recreando la vida alrededor de los senderos Allí yace el cuerpo del animal, descuidadamente soloMientras la pala cava sin dilación su lecho, Bajo la atenta mirada del chamizo destartaladoAtiborrándolo de tierra seca y guijarros de otro tiempoY más abajo, dónde el último ladrido invisible se hace ecoAún Brilla la estampa de su eterno cabello almidonado.
Una sorpresa descubrir que Ella es escritora. Una sorpresa, por otro lado, partida por la mitad, pues sus versos no vacilan y navegan rectos y afilados hacia la bahía. Por fin, la voluptuosidad de tus versos se traduce en voz, un hilo liviano y erguido que susurra al alma. Su nuevo libro, con tapa de mujer y palabras de mujer, no muestra sino el carácter firme de una vida sin tapujos ni remilgos, sin añadiduras de cartón ni palabras deshechas. Habla una escritora, pero también un corazón, sumergido en los confines de la exuberancia, donde refulge al mismo tiempo una ardiente pasión por escribir y un nacarado vergel de emociones. Aún no sé muy bien cómo corresponder a aquellos renglones que perforaron los muros de mi ego, convirtiéndolos en roca sobre roca,  en una mirada paralizada por el miedo. Temblaba ante una fuerza inconmensurable y desconocida que había irrumpido sin llamar, anegando mi reino de letras feroces e inmisericordes, de sílabas que subyugan a quien se atreve a mirarlas con distancia. Poco más se puede decir sobre ti, reina de los hombres y embajadora de la literatura. Sólo me queda recordarte que aquí tienes a tu fiel séquito de lectores empedernidos, encandilados con tu sola presencia, y a mí, particularmente, como siervo de tus enseñanzas y escudero de tu camino.   Eres bella y contagias tu mirada.   Tuyo. Javier Castillo 
EL BANQUETE   H. salió de la casa en donde todos estaban en silencio. Para él, sin embargo, salir y pasear por la el campo era objeto de inquietud y desasosiego. Conforme más se alejaba del calor el ruido se hacía más insoportable. Era la estridencia de esas voces las que punzaban su sien como ladridos embotados.   … Hacía un momento se había dirigido a los allí presentes en un deje petulante, perorando sobre el dadaísmo y su influencia en la irrisoria obra de la que hacía gala. El único fin de esa intrusión entre gente a la que no conocía era conquistar el apetito de una mujer de cabello negro y ojos hundidos. Ella le observaba con imperturbable atención mientras la escasez de recursos discurría por el sendero de la mentira y el bochorno ajeno. Ella siguió mirándolo aun cuando terminó de graznar las últimas insolencias. Estaba prendada del impostor. El asado acalló los rumores que circundaban la gran mesa. H. se arrebujó en el asiento que había ocupado y se escurría, sin darse cuenta, escudriñando a sus gráciles falanges desenfundar un interminable cigarrillo de la cajetilla metálica. No tenía el valor de mirarla a los ojos, de ser así habría sofocado el fuego que enarbolaba su pensamiento. El fantasma cobraba sustancia delante de él y era capaz de describir su silueta con los ojos apretados con vehemencia. De pronto, un escalofrío recorrió su cuello, desdibujando los rostros que habían presenciado la escena y confiriéndoles una temible lividez. Nadie parecía ser quien era, solo un atisbo de cualquier recuerdo respondía a los cuerpos hieráticos que se habían quedado suspendidos en el tiempo. La mujer de ojos hundidos tenía los pómulos más acusados y una lágrima de deslizaba por los vertiginosos surcos que éstos aparcaban hasta su afilada nariz. La lágrima finalmente cayó sobre el parqué. Entretanto el cigarrillo se consumía implacable haciendo crepitar las hojas secas de un tabaco perfectamente prensado. H. se levantó en una actitud de arrojo inusitada en él y retiró el cigarrillo, que estaba a punto de expirar, de los diminutos labios de la mujer. Sintió que debía abandonar el lugar lo antes posible.   … Al llegar a un promontorio se volvió y contempló la casa a lo lejos. Las paredes, blancas al principio, estaban adquiriendo una tonalidad indefinible desde su posición y la hierba parecía haber marcado distancia con respecto a la casa. Alrededor de ésta el terreno se hundía formando una zanja sin aparente final. La cicatriz que H. tenía en la palma de su mano comenzó a dilatarse al tiempo que los latidos se intensificaban incontroladamente. Comenzó a temblar y a respirar con dificultad, hasta que la visión se tornó amorfa, y perdió el conocimiento   Cuando despertó, la tarde estaba cayendo y asido a la gruesa raíz de un roble que allí crecía elevó sus ojos a la altura de la casa. Un nutrido grupo de hombres enlutados velaban el cuerpo de alguien. H. se agachó y se acercó lentamente. A escasos centímetros del vallado, por una rendija de la falsa enredadera se podía presenciar el cuadro. La mujer muerta todavía lloraba. Aquellos hombres buscaban al responsable de su asesinato.
 Para ti mi don para ti la primaverao cualquier estaciónenredada y sinceraPara ti los versosPara mi el recitar buscando entre los más bellosno encontré el lugarPara ti la luzPara mi el ocasovestido con la cruztu nombre fue descanso
El sótano y un quinqué son sus compañerosEl lápiz su promesa y el fracaso su certeza. Jorge, neófito en el mundo de la literatura busca palabras bonitas con las que sorprender a Sara. Afanado por aderezarlas nunca halla una manera clara de expresar sus emociones, entrando así en una espiral de rebuscados adjetivos adverbios sin salida y metáforas imprecisas un día a su regreso del partido abrió su buzón y extrajo con celo la misiva que cuidadosamente y en papel cebolla enviaba siempre Sara. Esta decía así:Jorge, he recibido tu última carta, a decir verdad y siendo fiel , por supuesto no restando su intrínseco valor literario, que lo tiene, he de decirte que me resulta vacía,exenta de objeto, con un estilo bastante abigarrado y pretencioso.  No te ofendas por esto, pues sabes de sobra que soy la primera persona que te anima y seguiré haciéndolo con intensidad.Debes buscar otro reto, algo más ligero y no por ello nimio, limando los rasgos más superfluos y ajenos al escritohe pensado que podrías describir el día que empezamos a salir, cómo te sentías a la hora de revelar nuestras inquietudes, la perspectiva  de ello y al final y a la postre  lo intenso y real...que menciones tus miedos.Es una idea que me ronda hace un tiempo y sería un regalo para mi.Te amoHombre de naturaleza impulsiva y pusilánime azotado por las varas de una frustración muy conocida decidió postergar sus escritos durante un tiempo indeterminado. Aquel fue un batacazo terrible Transcurrió una semana dar señales de vida ,engullido por la desidia sin otro quehacer que alimentarse  pobremente dos veces al día y satisfacer las necesidades mas acuciantes, desatendio la correspondencia y las llamadasEse día,El teléfono sonó por cuarta vez  y merced a La virtud del autómata descolgó el auricular Sara había muerto.La noticia lejos de enterrar al miserable surtió  un efecto rejuvenecedor en su labor y dedico los días y las noches a escribir . Así pasaron las semanas y los meses sin alterar su cuello rígido refugiado en el papel y vestido con sus truculentos relatos. Todos hablaban de Sara y finalizaban exangües , cansados de fluir donde su nombre se difuminaba hasta desaparecer, Jorge se acercó a "los locos" firmando el fin a la oscuridad de sus días esclareciendo su figura tosca sobre el último risco irisado por el cielo raso y rojizo lanzando su cuerpo a la espuma infinita del rompiente lugar donde sus tripas fueran devoradas por las gaviotas Marco hermano y único familiar con vida de Jorge,  su albacea literario, ha recorrido los verdes valles y  oscuros recodos de Cantabria , poniendo voz a su pluma quebradiza y desgarradora.Hoy Sus obras póstumas se han publicado,cientos de poemas y ensayos, escritos sobre la vida en el campo , la bondad en las relaciones con animales y su vasta creacion a cerca de los"ratones y los hombres"   Prueba irrefutable de la caricia de los sueños,  convivir apaciblemente con ellos está al alcance de ti y de mi. De los dos. De todo el mundo
He perdido a alguien .No era la persona con la que te das de bruces en la plaza mayor, que cruzas dos escarceos nocturnos y cuatro copas malparidas que desembocan en conversaciones vulgares con un visos de verborrea y realidad absurda Era alguien  y algo, siendo una relación curtida y alicatada por los incontables otoños. Una conexión desprendida y fraternal al mismo tiempo, donde sobraban las palabras y bastaban los hechos.Simplemente eras tú   Hablo en pasado, pues no queda de ese amigo sino una enfermedad brutal, sin meta, que ha arrasado hasta con los rescoldos de un ayer. La cadencia de los días se repite siendo el más bueno de estos, sórdido Su corta edad consigue acrecentar la compasión de los hombres, que temerosos se acercan a él, fingiendo un falso interés. Rechazar a cada instante la caridad ofrecida a espuertas consciente de vivir en un mundo impío y verdaderamente interesado por el chismorreo, me parece una postura sabia.   Deambula un fantasma errante siendo mártir de un mundo loco y atormentado. Avezado reo a los grilletes como estampado lúgubre de su imagen, donde sus desvaríos son perros fieles de su viaje, donde la dirección de sus ojos se ha extraviado y no advierte las lindes de la desesperación   Descansa ahora para coger más fuerzas, las necesarias para querer a quien te quiere. Buscando entre los estantes sucios de mi conciencia y de lo que queda, desde lo más hondo, puedo aseverar que te quiero   Hace tiempo que me siento acosado por un sueño   Sueño con vivir después de la tormenta, sueño con que allá a lo lejos, quizá, exista una gran linterna que me ciegue y me devuelva a ti, y tú vuelvas a mí, que solo haya sido una pesadilla dentro del estribillo onírico, que tuerza este camino para que  regreses con nosotros, con los vivos dementes, que no estamos enrejados y que se nos convida a ser libres    Sueño despierto y dormido con mariposas de enormes y fastuosas alas anaranjadas volando sobre nuestras cabezas, que descubriendo sus entrañas nos demuestre que la fe, si bien tarde, solo es mensajera de buenos presagios.   Dedicado sinceramente a tí, uno de mis mejores amigos y una referencia a lo largo de mi vida, Te extraño 
tu
Autor: javier castillo esteban  314 Lecturas
 Quizá una crítica sea más aguda y válida en torno a otro ser igual que tú. La luna será igual de bella para los dos, aunque los matices que resumáis difieran por entero. Granos que flotan en la capa más blanca, que se muestra más rabiosa y pálida a los ojos de otro bandido. La luz se ha ido apagando y no nos hemos enterado, el cielo negro es más negro y solo la pobre sombra artificial perdura con fecha de defunción.Obligados a convivir hemos nacido y también a aguantarnos , por muy lejos que estemos. Porque siempre recordará mi lecho cerca de otro hombre más fornido y menos cabal que yo, más feliz y menos confuso que los dos.
La coraza apelmazada cierra la atmósfera y vacía las calles de aceras fútiles, deformando aleatoriamente las lindes del pensamiento cabal y mesurado. Si de verdad llueve, que me asista su frescor y me cale de humedad. Que atienda mi discordante fortuna para inferir que no soy nada si no destilan las nubes su pesar. Así, odio igual que amo las gotitas rompientes contra mi cuero, las hojas soldadas al suelo bajo su compacta dedicación, los exabruptos de jóvenes envejecidos, sin margen para las impresiones, concentrados en el ciclo mortuorio, la chispa con que las mujeres sortean vastos charcos, las miradas extraviadas y el sinfín de paraguas horteras y frágiles. No puedo vivir sin escuchar el silencio de un domingo gris y opresivo ni el gorgoteo atorado de las cañerías cuando aumenta la presión de mis venas. Los colores del mundo pierden valor y confieren mayor subjetividad a las cosas, más incoherentes pesquisas, y menos inapetentes conclusiones.   Esto es para mí el cielo y el averno, el placer y martirio; es, sin duda, las ganas de no vernos.
ESCAPAR
Autor: javier castillo esteban  311 Lecturas
1     Una flauta ensayaba sola al otro lado de la pared. El grupo de amigos soñaba sobre lo que de ahora en adelante permanecería. Jaime, el mayor de los tres, no se escondía ante la espiral verde que se advertía cerca de allí. Revelaciones salvajes y desaires asumidos en la intimidad protestona. Sandro, por el contrario, conocía su aceresco destino de placer en placer y Marco; aquél no sabía nada de lo que parecía real. Tres formas irregularmente definidas encima del finísimo papel inmaculado. Líneas negras muy marcadas y colores desperdigados. Eso, tan grotesco y sublime, eran las vías, las últimas traqueteantes vías. A las 20.00 h abandonaron el silencio, truncado de repente incómodo, para coger el tren que los llevaría hacia la despedida.     2 Sandro hacía ostensible su enfado por compartir asiento con otro desconocido, y más aún el hecho de que su acompañante, decrépito y maloliente, no articulara una sola palabra y respondiera lacónicamente a los infructuosos intentos de Sandro por entablar palique. Removido en el número asignado miraba el valle cerrado y pensaba en montar una venta de quesos. La visión de la emergente luna comenzó a producirle espanto.   3   Marco, en verdad, no ofrecía mucha compañía. Pero eso a Jaime no parecía importarle demasiado. Leían y respiraban acompasados intuyéndose cerca. El sentimiento poderoso y alicatado se mostraba impenetrable frente a la apariencia del frío extenuante. La situación les provocaba una sonrisa grácil y cómplice que hablaba en silencio cuando se sentían lejos de las miradas.   4   A las 22,00 h Sandro observó, con  un entusiasmo ojeroso, a sus dos amigos levantarse e ir hacia el vagón delantero. Hizo ademán de incorporarse pero Jaime le disuadió argumentando la señal del servicio. Sandro volvió a recostarse de mala gana.   5   El servicio pretendía ser una burbuja virgen y opaca, de un tono oscuro y similar al de su entorno. Sin embargo, los dos amantes no pudieron reprimir su deseo con tanto rigor. Antes de entrar en uno de los cuartos ya se besaban , incautos y despreocupados, volteando la puerta a su paso. Sandro, que se había cansado de mirar el paisaje, entró violentamente en el servicio. La puerta de uno de los cuartos dejó de moverse por fin. Los rostros yacían pálidos en el suelo y la vergüenza había anegado el espacio.
Amigos virtuales, amigos que no se esconden pese a ocultar su rostro, Se han contado la vida en palabras descuidadas, calculando a ojo el alcance del disparo, cercano a la cabeza. Ya es tarde, y la noche no divaga a la hora de ennegrecerse por completo, despertando ilusiones desprovistas de significado en otro lugar     -Por los pelos… El viento ha pasado como una exhalación, llevándose consigo el soplido de otra confesión -Y tú ¿qué? -Yo… pues… Nací y crecí donde la hoja caía puntual, ubicado en la frente que tanto se retuerce , pero que pocas palabras derrocha -¿Eso es todo? Puedes mucho más! -Sinceramente no, pero prefiero saber más de ti, qué te hizo conocerme sin yo saberlo -Otro tanto a mi favor, por cierto, sigo ganando, faro distraído… de todas formas te creo, pero no estoy segura de la verdad que quiero -¿Tienes algún problema con mi silencio? -Más bien al contrario, dudo de que el silencio se adhiera a tus labios en apariencia tranquilos -Al final has resultado ser tú la suspicaz… -Bueno, quizá tengas razón, pero imagina ahora que lo vivido es un flexo bajo el cual nos escuchamos, y apartados de él, nuestro encuentro se disipa. -Yo lo llamaría fantasear, lo que existe son las letras que nacen del teclado e Internet dispone en tu chat -Demasiado relamido, ¿no crees? -Basta ya! No es sino una conversación extraña que nos quiere enredar -Tú lo has dicho, nos quiere… -Ahora la que noto extraña es a ti   Internet perdió la conexión, y las luces de la casa se apagaron en ese momento.   Fran se llevó la cuchara a la boca regocijándose de su encuentro con la creatividad. Acabó de cenar y revisó el cuadro eléctrico, comprobando que todos los pilotos habían saltado. Los subió, y la casa recuperó la calidez , ignorate de que toda acción tiene sus consecuencias. Las escaleras le condujeron a su cuarto,  al abrir la puerta una mujer apuntaba cada uno de los versos imaginados, robando la historia y escapando fugazmente por la ventana.   Fran no pudo hacer nada y lloraba sin remedio, hablando con su voz, arrepentido de soñar despierto.  
REGRESION Todo apuntaba al desastre. Palomitas por el suelo y una antesala desierta donde los únicos tertulianos éramos nosotros. Dos mesitas redondas y sucias componían un mobiliario desvencijado y dedicado a esperar de mala gana la proyección. Demasiadas señales que evidenciar y sortear. A las once y 5 minutos comenzaba, con retraso, la película. Ignora el monstruoso barrunto, me decía en clave de soliloquio. Ya en el asiento, y después de ver a Daniel Craig inmerso en la que se anuncia como la mejor trama de James Bond en años, llega nuestro turno. Palabras borrosas que dan nombre al título y superpuestos varios renglones que nos avisan de la temática de la cinta. No entiendo cómo el suspense enseña su badajo antes de ser encumbrado, aunque buen detalle para desviar, insuficientemente a la postre, la atención del espectador. Con todo: Satán para el público bueno y para las medias sonrisas santurronas que confiábamos en la pericia del director para salir de los atolladeros. Buen ritmo desde el arranque. Atmósfera rural y decadente, lluvia y limpiaparabrisas que funcionan, también coches de policía blancos y negros que nos llenan de nostalgia y regocijo… así que carita de embobado.  Etiqueta americana para fardar de producto nacional. Hasta ahí, todo bien. Pronto comienza a truncarse el visionado cuando de soslayo y con cara de preocupación, igual que la que pone el pobre Ethan, asistimos a, no a una, sino a varias actuaciones inverosímiles que juegan al pilla pilla en las estribaciones del patetismo. Indicios de fango debajo del espejismo. La tensión, si es que en algún momento la hubo, se diluye en medio de una serie de interrogatorios más parecidos a un casting  que al abuso de una rubia, joven y bella. Tampoco Emma convence en su histrionismo a pesar de las lágrimas de cocodrilo que recorren un rostro tan grácil como acartonado. El zenit de la película se acerca lánguidamente dejando varias migas de pan detrás de las espontáneas apariciones de una joven, vencida por la bucólica juventud de graneros y alcohol, que pretende abandonar su pasado, no sin antes provocar diferentes desdichas y el desconcierto del agudo inspector y su cínico acompañante. Clarines y timbales para un desenlace abrupto e insultante, aunque en armonía con el secuestro sin rastro de la intriga y el abandono total de cualquier elemento que respire la angustia de los primeros thrillers del chileno. La sensación, una vez que todos hemos regresado, es la de una mentira mal contada. La tenencia de una idea abrumadora, incluso para Amenábar, nacida de un suceso real, quizá excesivamente real.  Posiblemente Volver, sino es de la mano de Almodóvar, está sobrevalorado.  En este caso, la ingente publicidad puede haber sido el anodino presagio para impedirnos ver el bosque y ser conscientes de la protección de que gozan los genios cuando desfallecen.
REGRESION
Autor: javier castillo esteban  302 Lecturas
Todavía tengo la cara grabada de un tío que, con gesto displicente, nos ha invitado a apagar el flash del móvil . Pensábamos que la basura espacial se había evaporado con los créditos, pero a la pesadilla todavía le quedaba algún minutito. Los más listos y apresurados apuraban ,hastiados, las últimas estúpidas bromas del corsario sideral y el resto de sus compinches, recostados sobre el pasamanos que da entrada a la sala. Entretanto, los espectadores más recalcitrantes, entre ellos nuestro amigo barbudo,esperaban el último cohete.La bendita claridad de los focos nos ha permitido, por fin, movernos de nuestros ajados asientos y poner rumbo a la tierra.Ya los vaticinios publicitarios nos avisaban, y ya se sabe que el que avisa no es traidor, de que la película era "divertida".Ciertamente no sé qué gracia se puede concluir de quedarte más solo que la una en otro planeta y con remotas posibilidades de regresar. Pues nada, Matt nos demuestra que con un poco de ABBA y mierda humana la vida puede ser maravillosa. También se alude en la campaña comercial de la película al "papel de su carrera"( refiriéndose a Matt) De verdad espero que se hubieran comido un buen hongo para decir semejante majadería o que después de todo sean accionistas de la fundación, porque de lo contrario ya puede comerse  tranquilamente la pensión de actor jubilado con sus deliciosas patatas al ketchup. Aunque pensándolo bien, ya que nos sobra el dinero, dejémonos de repetir escenas hasta la saciedad, pues la jeta de guaperas y el cuerpo escultural ya lo tenemos...La última parte del bodrio se concreta en una oda a la moda hipster y al  patético compadreo(con celebraciones dignas del mejor fútbol americano) de todo el equipo de la NASA y la agencia secreta de Mao tse Tung.ierra. Dicen los entendidos haber ciertas películas que ,aun teniendo coraje y buenas intenciones, su lánguido e impotente desarrollo muere en soledad y dejan una huella fácil de borrar. En este caso ni la epopeya de patatero marciano, ni el disco estudio improvisado en Marte me generan nada, como mucho hiel. Algo huele mal en la meca del cine o $uena demasiado poco, pues no me creo que a Ridley se le haya atrofiado el cerebro cuando viajaba por el espacio. Por cierto ¿es Jeff Daniels el jefe de la NASA ? ¿O lo he soñado?
Si tu desdicha es quererme mi fortuna es no verte Si morir no es para tí vivir lno significa para mí Si aun con todo ríes seré yo en quien confíes Si tu lágrima reluce a mi eterna pena conduce Si me anhelas cerca tendrá sentido que desaparezca Si me extrañas lejos Convendrás en no vernos Si crees en la ambigüedad somos nosotros ,de verdad  
Ella seguía dormida. Yo no podía dejar de imaginarla, tranquila, soñando quizá o plenamente inconsciente, incapaz  de recordar nada. Era bella, tanto ,que no bastaban las palabras para arrancar un ápice de su blancura, de aquella piel  suave en comunión con la almohada. Lo más cerca de colapsarse balbuceaban mis ahogados susurros , al borde de abrazarla sin final, hallando una forma exacta de abordarla sin interrumpir el vaivén acompasado de su pecho. Ahora arriba ahora abajo, midiendo el tiempo por cada segundo que mis ojos evitaban decir adiós.Hubo un instante en que se arrebujó en las sábanas y yo temiendo su reacción fingí dormir, creyendo más sensato no delatarme.Había tomado el relevo de mis huidizas intenciones, pero me esforcé en mostrarme ido, bajo el inoportuno efecto de la aurora ,que asomaba indecisa.No abrí los ojos. Ella entonces acarició mis labios. No me contuve. Sonreí. De repente dejé de notar sus dedos , y me sobresalté. Ella seguía dormida, o eso se desprendía de la posición en que su mano quedó sobre el colchón. No volví a echar el cerrojo a mis párpados, pues las ojeras juzgarían mi felicidad al día siguiente.
EraseheadHistoria de una recuperación ( y de mi atrevimiento) En el universo de las alegorías existe un pequeño reducto para el orden y la interpretación. A veces , de tan exiguo que resulta el espacio, perdemos el rastro de migas de pan y lloriqueamos a fin de que alguien nos encuentre y se apiade de nosotros. En este caso nos hacemos amigo de otro héroe desubicado: Henry¿realmente su nombre es ese ?Siguiendo las instrucciones de los rumores que navegan por viejas cañerías y  en base los infructuosos intentos por abandonar su tabuco, el triste impresor se entrega a la creación de un engendro imaginario ,pero real a nuestros ojos, de una brillantez repugnante. Una criatura monstruosa que alude, ni más ni menos, a la escisión más terrorífica de nuestro ser.El engañoso viaje por el matrimonio y demás parajes sin color deberían contribuir, gradualmente,al flamante delirio que pretende apoderarse del espectador.La cabeza borradora que brinda su peinado dibuja, igual que un lapicero, el infierno en tonos grises y enfadados, cimentando su propia existencia entre porciones de realidad y paranoia. El público respira a duras penas y abre los ojos cuando el viento que sopla a lo largo de todo el metraje se detiene. iar. Durante el proceso de regeneración de la memoria...Labios mojados en agua caliente que rodean la mirada sensual de la vecina suntuosidad. Embeleso y traición consumada,Pasión y deseo soterrados que se evaporan sin darnos cuenta. Un truco más del mago.Atisbamos una luz que nos prepara para el siguiente paso, un puñal teatral que nos tiende un rostro familiarLos deshechos ,que caen como copos de nieve impulsados con un ventilador , nos indican que es hora de tirar la basura.Luz y más luz.Él termómetro va a estallar y las tijeras rusientes ya se acercan con temor a desatar el sumun de los fluidos, la escena ficticia de un  morador agonizante.Desprendido del mal, desde un cerrojo observa el cierre de una puerta sin pomo, la alicatada caricia , la media sonrisa cómplice o la imagen de un extranjero sin cabeza, un pasajero invisible.Luz blanquísima Final o principio de una segunda oportunidad. Primeros planos para 1977, angustia, horror y compasión. Una declaración profundamente triste, otra obra histriónica ,Otro fenómeno excepcional.
Ayer vi un pato volar. Pensé en aquello que me habían contado días antes sobre esta complementaria e irrisoria faceta del pato. También recuerdo cómo se reían de su aleteo y de su trastabillado aterrizaje antes de volver a remojarse mientras lo señalaban simultáneamente y simultáneamente se tornaban histriónicos. A mí me pareció un vuelo limpio e intenso. Era un tiempo desapacible, sin embargo el estampado de su plumaje, erigido entre las nubes y el resol, se mostraba intrincadamente bello, parecía su pico un impío torbellino que devoraba el espacio¿Por qué no podíamos volar? Probablemente por no contraer la deuda merced a la burla de los demás haciendo acopio de celo en nuestra cita con la apariencia El pato pasó delante una vez más, pues mi cuarto miraba al hogar de las aves. La sensación de apremio se difuminó con las últimas gotitas que se desprendieron de su fulgurante partida. El lago había quedado huérfano, mi sonrisa, incorruptible.
pato
Autor: javier castillo esteban  287 Lecturas
Solo quedan mis manos que, al contacto con tu pelo rojo, se vuelvan ceniza. Tu sencillez refulge por la noche y me guía hasta tu pecho. Allí descanso al compás de un rumor entrecortado, interrumpido cuando hablas con lágrimas dilatadas, cuando los pómulos de confesiones se encogen. Quisiera escribir de tí a los demás, pues nace de mi piel la necesidad de exhibirnos juntos, mecidos por el pasado, ora arriba ora abajo, igual que el océano azul y escrutador. Pero solo queda eso...Mis manos enredadas en el fino vello de nuestro reencuentro, tan custodiado que no recuerdo si fue verdad o fue silencio
Elegía a un perro   Te  escribo ahora que estás vivo para no leerte muerto De largos caminos están cansadas tus patas Y amigo te has hecho de la pesadumbre en los ultimos días La dicha  sin embargo  la percibo invicta en tus ojos Marrones en  invierno y amarillos en primavera   El séptimo u octavo no recuerdo Como tampoco el día ni la hora Solo la imagen de una perra extenuada, Marcada por  los partos de mil bestias tu hocico me buscaba a tientas En medio de una jauría de sollozos   Tu nombre desmerecido por tu bravura Se ha paseado inocente por las bocas de los hombres que de tu hermosura  han quedado prendados   Qué  gallardo te presentas hoy , ajeno a la vejez Luciendo tu  pelaje blanco y canela que el sol barniza a conciencia Agitando  ardorosamente el rabo al cruzar  el umbral de tu jardín   Cómo rebosa en este tarro tu desinterés extranjero de nuestra ruindad cuando con mayúsculos lametazos  nos contagias  tu viveza   Ay! el día que me faltes… Cuan ingenuo y descreido  al pensar que no te extrañaré Aquí contaré las horas, a la vera  del río susurrante bajo el relente del valle madrugador esperando volver a contemplarte
Alumbramiento… En la vega perdida, como nunca nos miran Los ojos bien abiertos del vigía Lloro… Sincero y convencido De miedo y de estupor ante el mundo inadvertido Inocencia… De  rodillas costrosas que reflejan su energía Enmarcando las heridas de una vida bien vivida Altivez Maldita y sin cura, pretende los secretos De una edad que no es la suya Sueños… Que arrullados por el viento vencen la desgana Pintando corazones con el color de la mañana Vaivén de hojas cimbreadas… Que rosadas son sus raíces y verdes las montañas Enarbolando soles , venciendo a las canas Vejez  y pensamiento… Conquistan un lugar para el invierno Que descansa taciturno entre los llantos del silencio Muerte… Que escudriña nuestro cuerpo vencido y harapiento Dibujando una sonrisa que rescate los comienzos Soledad… Allí complacida se sienta a esperar Cansada de sus rejas ha decidido volar
UNA VIDA
Autor: javier castillo esteban  281 Lecturas
AGUACERO     02 de febrero Quiero cambiar. Lo he decidido al ver a un tipo esperpéntico en la solapa de un best seller. Me parto de risa con estos libros basados en personajes cotidianos y sonrientes, que quieren decir: “Es fácil, pero no todo el mundo vale”. Seguramente por este motivo y por su repugnante peinado, he ideado algo parecido a un diario, intentando detallar los pormenores de un personaje que no difiere de alguien cotidiano. Supongo que es más “fácil” reconocernos en vidas mediocres que sorben café en presentaciones, que en epopeyas escandalosas. Creo en verdad que sería mucho más estimulante y provechosa una entrevista entre borrachos que exudara la gloria y las bajezas del escritor, las nubes y los claros de una oda al ingenio, porque realmente no todo el mundo vale… En cualquier caso, no creo en mi mediocridad pero sí en el día a día, y también en el día siguiente, espantosamente parecido al anterior. Ahora, sin embargo, nace de mis entrañas un pájaro con las garras afiladas transportando un bulto viscoso que hará estallar nuestra aflicción de un momento a otro. Se detiene en lo alto y mira de soslayo a las cabezas que caminan sin par, solitarios viandantes del bucle.  03 de febrero He soñado algo realmente extraño. Un payaso era proyectado hacia el cielo con su prominente nariz brillando, marcaba una dirección constante, sin perder altura,  hasta perderse en la oscuridad. El público se ha quedado absorto con las palmas de sus manos (izquierdas y derechas) por encima de las cejas, como un tejadillo para la luz de las estrellas. Al poco rato ha descendido y se ha quedado clavado en la tierra mientras padre, madre, hermanos y el resto de la caterva circense tiraba de sus piernas. La situación era ridículamente graciosa, y recalco lo de extraña por las miradas inquisitivas puestas en mi nariz, que paulatinamente se hacía más grande a medida que el cuerpo del payaso era extraído de la tierra. 04 de febrero Intentaré no cenar demasiado, me desvelo empapado en mitad de la noche, retorcido  por la pantagruélica cita con la comida de táper. Bien sabe mi estómago que no es fácil empresa, ya que la ansiedad de estos últimos días me lleva a comerme a mí mismo con tal de no pensar y regocijarme en el dolor. He dejado a mi novia y después de unos días de aparente sosiego y espíritu limpio, me cago en mi decisión precipitada y tardía. Tengo cierta afición en prolongar una situación tediosa, y acto seguido romper la relación por la vía rápida, de cuajo, como corta el cuchillo la mantequilla dura y apelmazada, como si el tiempo transcurrido hubiera sido un segundo respecto a la estepa de nuestra existencia. Ahora le echo de menos más que antes y tengo una fijación enfermiza por tener sexo sin alma, raciones de carne dispuestas a la penetración sin resquemor, gemidos distinguidos entre la maraña de remedios silenciosos sobre hogares muertos. Ella me hace jurarle que habrá más cosas, sesiones de cine insoportable y alguna que otra cena tensa por no saber de qué despachar. Me engaño a mi mismo, y con ello le hago un daño invisible, que cercena los escasos hilos que nos unen. En el fondo me da lástima la conclusión de este capítulo, ya que Sandra ha sido el contrapunto al resto de noviazgos que he tenido, un contrapunto quizá demasiado polarizado. 07 de febrero El fin de semana ha sido magnífico, un día de vacaciones dilapidado en la cama y dos días de voluntariado en casa merced al vacío creciente que ha dejado la separación. Ha nevado y sin embargo el manto blanco no hace sino evocar la sensación de cristal opaco que delimita el bienestar de la amargura. Los copos han cesado su aterrizaje masivo tejiendo una enorme telaraña que expande una vista hiriente del horizonte, simulando los montes nevados baluartes de nuestra prisión. Leo un poco del extranjero de Camus, mientras mis párpados se cierran con el desabrido destino de su protagonista en mente, las imparables fuerzas del destino que nos conducen a parajes inhóspitos, paraísos terrenales sin esperanza. …El mismo día… Trabajo, trabajo y más trabajo… Llego  a la oficina y veo esa montaña de papeles acechándome, entonces me imagino a un leñador canadiense que a hurtadillas y por puro hedonismo aniquila árboles sin tregua, mientras ríe  como un descosido. Después se enciende un pitillo, aun cuando su pecho oscila violentamente, me mira y me guiña un ojo, mi cuerpo tiembla en una mezcla de rabia y profunda melancolía. Este sentimiento persiste al abrir el correo y un tono agudo, parecido a un timbre recorre los pabellones de mi oreja límpida y solícita, presta a escuchar las majaderías de decenas de cazurros. En sí mi puesto no me disgusta, es cómodo y no requiere una comprensión excesiva de las diversas áreas. Al principio por supuesto estaba que echaba humo, me salió un sarpullido por toda la cara y vivía el resto de mi tiempo libre acordándome de tal contrato, y de una gestión a medias. He aprendido a desconectar tanto dentro como fuera de mi labor administrativa, ahora solo me dedico a escribir cosas que mi cerebro distorsiona a menudo, relatos, poesía y excreciones como ésta. Escribo en una web autodefinida como un espacio de expresión literaria, un lugar para compartir tus escritos y recibir asimismo críticas y elogios. Me siento orgulloso de haber creado una pequeña secta de fans de mi obra, al igual que una serie de amantes en silencio que admito que no me escriben gracias a la pintoresca envidia que pulula por allí. No os llaméis a engaño, tampoco creo que lo que escriba sea ni mucho menos de calidad, pero desde luego no es peor que la mierda que escupen algunos mequetrefes. No abundo ya en fallos de estilo ni gramaticales, incluso ortográficos, sino de monerías sin sentido, más dignas de facebook que de un aspirante a escritor. Quizá me esté metiendo en un jardín ajeno, como un perro con los ojos inyectados en sangre, pero jamás toleraría cosas así: “él me ha escrito, y jo, no parece muy inteligente, pero tiene un culo… Ahora me está mirando y sus ojos brillan como los míos, pero espera, cómo sé que mis ojos brillan?, acaso estoy llorando… ¡oh, creo que lo amo!” Sería podridamente condescendiente si dijera que tengo que relamer el vómito de las comisuras para no romper en un reguero de los garbanzos de ayer. Voy a ser razonable y empático lo prometo, haré el esfuerzo por entender a la gilipollas que escribe esto, y únicamente le escribiré “es horrible” en el espacio para las valoraciones. 8 de febrero Copio una entrada que he leído recientemente en facebook: “ETA ha matado a casi un millar de personas si contamos las víctimas mortales y las colaterales. Colateral es una palabra violada en este caso y sin música. En muchos recodos no lejos de P. se ha matado en nombre de la libertad y la lucha de un pueblo oprimido, y cuando se ha hecho el “jurado popular” ha fallado en contra de las víctimas. Se ha argumentado: “algo habrá hecho”. Detesto la frase, pues no puede ser más gratuita y comodona, tan aposentada en los divanes de la indiferencia y tan al margen de la realidad. Anhelamos ser ciegos con tal de no fragmentar la belleza incólume de la ignorancia, alimentando miserablemente castillos sobre nubes jabonosas. … Algo me hace pensar en Víctor irremediablemente Víctor es alguien vacío, formado de números y de información, mobiliario inútil y desvencijado que ocupa parte del espacio reservado al pensamiento y a la reflexión. Las personas que lo conocen  rehuyen de su compañía. Lo creen pueril y homosexual, aunque esta segunda faceta de su personalidad subyace del primer calificativo, ya que prefieren reírse detrás de su conciencia a manifestarle que es un maricón. Sin embargo, pese a su vacuidad, me parece un tio fenomenal, y creo más bien que la apariencia de pánfilo que transmite se reduce a una ingenuidad vital que lo mantiene erguido. Alguien bien distinto es Carlos, el cabronazo de mi mejor amigo, obsesionado con cambiar el rumbo de su vida, despabilarse y no vivir de acuerdo a los demás, tener un criterio propio en las tareas más básicas. Lo miro mientras no calla y su flequillo años 60 ondea al viento. Cómo le gusta a Carlos graznar de las carencias de casa! Me troncho de la frialdad con la que busca gresca en cualquier ocasión, ya sea con Víctor o conmigo, haciendo de sus peroratas la pluma que nos cosquillea hasta enzarzarnos en la violencia de los silencios, en esa tensión que supura lentamente los estragos de la impotencia. Entonces  pienso en la bonita y frenética imagen de mi puño devastando su cabeza. Luego han de llegar las disculpas y las muecas santurronas, el tímido reconocimiento de la culpa y el sincero y cálido abrazo.  Así somos, unos bichos orondos y aventajados, del mismo brillo de la lata de garbanzos deglutidos, los hermanos exangües e inseparables que se rajan la cara con el viento aterrador de P. No me perdonaría añadir una palabra más sobre Víctor puesto que ni mi desarrollo personal ha fructificado en sus raíces ni soy capaz de catapultar conclusiones tan agudas y detenidas como las de Carlos. Yo más bien  lo encuadraría dentro del sinfín de entes pragmáticos que bucean en el fango diario, un funcionario del estado mayor, casado, con dos hijos y una fulana cerca de los cincuenta que le ayude a superar los baches  9 de febrero “Algo habrá hecho”, odio reconocer tópicos, pero ahora me doy cuenta de la huida de sandalias partidas de Egipto, del efecto aciago de los individuos sin pasión, y de la repulsa de los hombres hacia los que vulgarizan nuestras vidas Mis padres me preguntan por Sandra, no sé muy bien qué decirles, ni qué decirme a mí mismo. Estaré engañándome con esta pantomima, pero lo cierto es que el polvo que hemos echado hoy no ha tenido desperdicio. Realmente habíamos quedado para eso, le he recogido a la altura de de la calle C. con T. y le he invitado cortésmente a subir a la oficina para que me enseñara la nueva falda de tubo negra que se había comprado en una tienda asquerosa. En defensa de este concurrido tugurio diré que ofrece unas mujeres igual de cachondas que estrafalarias y eso me excita sobremanera. Ha bajado a por condones y se ha quedado el cambio, algo que no es de extrañar a estas alturas. Al llamar a la puerta, tenía una erección que incluso me sonrojaba. Desde la sala de reuniones he visto una persiana que descendía como una serpiente hasta la maceta del alféizar, dejándola entornada. De no haber trabajado varios años en el centro y en concreto en ese viejo edificio, habría sido más espontáneo y menos paranoico, pero finalmente he decidido arrastrarla hasta el baño. Su  redondo culo blanco asomaba debajo de la falda al tiempo que apoyaba su mano izquierda sobre el gotelé de la pared, me penetraba ella más que yo, así que toda mi atención se prestaba al movimiento pendular de su cadera. Sentado en la taza del váter, con el rostro agonizante, observaba la luz mortecina de media tarde a través del cristal translúcido que da al patio. Un dolor punzante en la sien  vaticinaba los segundos mortales en que a duras penas nos subiéramos los pantalones y nos enfrentáramos al pasado. 10 de febrero Busco algo que turbe esta paz, un asesinato o un demente quemando el bosque, un móvil capaz de despertarme de este letargo que me está consumiendo. Si sigo un segundo más en casa dormiré, pero no de cansancio sino del vertiginoso debilitamiento de los músculos. No vivo mal en casa, mis padres me quieren y me cuidan, me protegen al punto de convertirme en idiota. No les culpo en cualquier caso, mi carácter es bastante proclive a dejarme rodear por los brazos de la comprensión y el afecto prolongado sin límites, un infinito espacio al gozo. Mis amigos convienen en que debería independizarme y sacarme las castañas del fuego, y no discrepo en absoluto, quizá de esta manera comenzase a evolucionar, encontrando el ajetreo necesario para respirar sin agujeros.  Ahora estoy ahorrando y posiblemente la astucia del metal y el papel con su inherente sabiduría consigan levitar mi culo del sofá para dedicarme a escribir, el motor de mi existencia y lo mejor que sé hacer. Escribiría sobre Sígor, un loco vecino amigo mío que viajó a las antípodas para encontrar a la mujer de su vida, alguna melenuda que casara con sus ideales, otra desviada sin escrúpulos que destrozara su esternón a fin de arrancarle  los pulmones y comérselos. Él entiende así el amor, corresponde a las mujeres con su autodestructivo corazón que ama más que reflexiona, vuelca su ser a otro ser que ingiera la delicadeza de sus “cuidados”. Su casa, enclavada en el frontón del pueblo, dista unos 200 metros de la mía y compartimos casi todos los placeres que pueden demandar dos jóvenes de 26 años. Juntos vamos a alentar al equipo de casa, asimilamos el fútbol como otra demanda ineludible de la materia, bebemos cual animales y discurrimos con el café postrero acerca de las cazas nocturnas de mujeres con el badajo blindado. Fútbol y sexo, sexo y fútbol, sumas que no alteran el producto, una consecuencia ávida de las causas que lo crían. A veces pienso que las mujeres lo son todo para él, un constante flujo de movimientos desordenados para un cerebro con TDA. Trabajador y buena gente, residuo de las ensoñaciones de viajar y regresar, el bendito estímulo que justifica la insoportable paz reinante. 12 de febrero Me he comprado una bici de carretera para dejar de pensar en ella. Cuánto sufro sin su inadvertida presencia… Ha suplicado entre lágrimas que no quiere más sexo sin lugar para otras cosas, necesita ese grado de afecto ocupado en paliar el goteo incesante sobre sus pómulos. Me duele a mí también no poder ofrecer lo que ella quiere, pero desde ayer siento el deseo de seguir concretando citas, saboreando la práctica del presente. No pido empezar desde 0, sería horrible tener que asistir al derrocamiento de mi fe y mi alegría, solo apurar las horas que restan con ella, estirar el dulce esbozo de su sonrisa, tendiendo un puente hasta la mía. Tumbado en la cama he evocado el color amoratado de sus manos, presas del duro invierno, mis manos envolvían el perentorio efecto de la delicadeza, sutil y despiadada, vocalizando las diferencias de mi piel frente a la suya. 13 de febrero He rodado más de 60 Km. montado en la trotona, así la he llamado. Creía morirme a los 20 minutos, frustrado por mi nefasta condición física, pero sin duda los constructores de esta preciosidad se acordaron de los catetos con pretensiones de subir puertos, y por alguna extraña razón a los 14 Km. la rueda devoraba el asfalto. Con todo, algo debió de  escapar al entendimiento de las almas compasivas, pues a los 20 km el plato más grande ya no engranaba, y las piernas pataleaban al aire en los descensos más acusados. He seguido la ruta hacia el pirineo sin detenerme un instante, la blancura anegaba los campos confiriéndoles una asistencia espectral, mientras un cielo límpido hacía florecer las coronas a lo lejos, cuesta arriba, cuesta abajo mi cabeza se ladeaba acompasando la postura encorvada de mi espalda.  En el promontorio de U.V he parado a descansar y a echar un trago en vano, pues la fuente estaba congelada y no tenía ni un euro en el bolsillo, eran las doce y el sol se acercaba sin ruido reverberando sobre la nieve incólume. Una tablilla descansaba sobre el cartel que despide el pueblo, escoltada por un exuberante ramo de claveles blancos y amarillos, el grabado rezaba: Nuestro patrón de personalidad, por lo menos el mío, nada lo derrumba, solo Dios. Este renglón y el frescor de la mañana me han llevado a terrenos hollados por las creencias, de la mano de seres que deambulan por el mundo con la estrella, tan brillante y liviana, que quiebra su existir en el lugar más tranquilo y anhelado. Qué grato sería ahogarse en las profundidades de la literatura, del mismo modo que el ciclista pereció en aquella curva que tantas veces lo había engatusando con la gracilidad y el embrujo de su serpenteo. Confundimos dicha y destino, y aunque creo en el valor intrínseco de cada término, no se me ocurriría desligarlos. Dicha tiene una connotación positiva, y lo asumimos como tal, pero el destino lo empleamos libremente para hacer consecuencia de nuestros actos, si algo se da de fábula es un destino bueno, si algo cae de bruces, es mi destino el que me conduce a este aciago final.  Así, el ciclista prefirió los ríos de sangre que la cama de diamantes, y el destino fue la dicha que se tornó en su destino. ¿Fue un destino bueno, fue un destino malo? Lo desconozco y no soy quién para juzgar a un cadáver, pero lo que sí está claro es que fue su destino, y una piedra sepulta ahora sus vivencias, echando un cerrojo a la verdad que lo condujo a rodar en libertad. En todo caso, ¡qué  difusa es la línea que manejamos para justificar el peso de la  balanza o la dirección de la pelota que, o bien cruza la red, o anida timorata en nuestro campo…! Se terminaba la carretera hasta donde podía distinguir, pues las señales azules indicaban el paso por la autovía. Es curioso porque recibía pitadas de algún que otro coche y me ha parecido realmente increíble el afán que tiene la gente en N. con las bicicletas, se conoce que Induráin perdura en el recuerdo de muchos, entre los que me incluyo. Llegando a P. las piernas me empezaban a flaquear y mi garganta árida comenzaba a suplicar agua, cuando un aldeano con su camisa de manga corta desabrochada, pantalón de pana y zapatillas de felpa, se ha presentado haciendo ostensibles aspavientos con su manita y exhibiendo su voz fina y aterciopelada. En pocas palabras me ha informado que la autovía era para los coches, o eso he deducido porque al hombre le restaban tres dientes amarillos y hablaba más con el pulmón que con la boca. Rápidamente he levantado la bici y la he tirado al otro lado de la valla, el hombre estirando sus dos manzanas me ofrecía su calor desde el suelo, me he santiguado antes, y  así, me he lanzado encima del bárbaro fundiéndonos en un tétrico abrazo.  Me miraba con unos ojos henchidos de vicio aceitoso, rezumaban los poros del pecho amor a cero grados, y antes de que me invitase a visitar su choza junto a la autovía me he largado despavorido pedaleando a con todas mis fuerzas. Ya en la distancia el grito de “guapo” retumbaba en mis sienes y apretaba con violencia los dientes por no girarme y meterle el manillar por el culo. Me sentía ultrajado y me compadecía de las pobres ovejas que por allí pacen a escondidas del degenerado. 19 de febrero Sirven las escuelas para desamueblarnos la cabeza, sino fundamenten las dificultades en decidir, en el sufrimiento padecido al salir de la burbuja… Supuestamente es el impulso para incentivar la postura reflexiva de directrices y el conocimiento. Sin duda nos apremian, pero siempre de la mano, recibiendo un apretón al patinar de medio lado. Así nuestro cerebro asocia rápidamente para qué servimos y para lo que somos unos auténticos zoquetes.  Gracias a esta inestimable ayuda estudiamos carreras soporíferas y tremendamente útiles que confieren el pragmatismo y las ganas de ser un señor anticipado, otro vulgar hombretón que respeta los pasos de cebra y se queja de sus suegros en el trayecto a la casa de éstos, donde el tonto del culo de suegro soltará los rigurosos exabruptos por llegar tarde a comer, o cuestionará la mala educación del hijo trasto. Será que mis pensamientos sabiamente han escapado del fluido de las relaciones duraderas y comprometidas, será Sandra y sus circunstancias las que me atemorizaban cada noche creyéndome en una balsa existencial, en un transitar sin marejada, abatido por la lucidez del confort y de la podredumbre que resquebraja el dominio del crecimiento. Será, será… arremolinadas en esta sarta de pensamientos aparecen unas letras de otro siglo, no recuerdo de quien: Será que mi vida se la traga este momento y que desespero buscándolo para no soñar más, empapado de realidad y de tormento, de caricias extraviadas. Mi rumbo peregrino algún ladrón me lo ha robado , por eso me enredo a menudo en los zurcidos de otro tiempo, asido a la sonrisa eterna que blandía por las calles el señor de barlovento. 20 de febrero He pasado varios días fuera, Carlos se las ingenió para remolcarme y pasearme como un guiñapo por el pirineo. Insistió en que fuera a esquiar con él, tratando de envolverme con sus capciosos argumentos acerca de los innumerables beneficios de este deporte. Al principio, cabezón y orgulloso como yo sólo sé, me negué puesto que aún me dolían las hostias de cuando era un crío y al jefe de estudios del colegio se le ocurrió la magnífica idea de llevarnos al pirineo a desarrollar la faceta comunicativa entre los alumnos. Yo ya tenía 12 años, mis amigos y mi equipo de balonmano, no necesitaba romperme los dientes para demostrar a mis padres que, además de estúpido, era sociable . Tampoco entendí el hecho de llevar bolsas de basura a casa de la visita al punto limpio con motivo de estimular el reciclaje entre los nuestros en vez de usarlas para recoger las mierdas de mi perro. ¿Alguien se ha parado a pensar en la actitud de los policías multones si nuestros perros nos recogieran las mierdas al cagar con una bolsita de plástico?  No creo que premiasen a los perros por su civismo sino más bien nos sacudirían un porrazo merced al escandalazo. Entonces, ¿qué es civismo? ¿Es que nadie vela por la impudicia de los perros? En fin, supongo que este es otro asunto del que nadie me ha sabido dar respuesta, ni siquiera mi profesor de ciencias que me plantó un 0 atlético, pero ahora no viene al caso… Llevamos su coche para eludir la simpatía de la provincia limítrofe hacia el equipo de P., ( en la última ocasión me rompieron la luna trasera gracias al tamaño de la pegatina). Verdaderamente es más sensato así y menos excitante, últimamente mido mi integridad con el mismo rasero que mi demencia, y quizá sea el primer punto susceptible de cambio, el paso para distorsionar la pesadumbre del confort. 25 de febrero Las primeras señales de la primavera dejan huella, el despertar es más claro y el ocaso más postrero, el sol comienza a brillar con fuerza y las nubes aglutinan los rayos retenidos para abrirse paso. La inestabilidad propia de esta época me azota los sentidos, haciéndome más partícipe de lo que escribo y medito. Confío en estos papeles, de la misma manera que siempre me lo recuerda Carlos, él siempre me provoca intencionadamente para que continúe con el trabajo forzoso de la obra,  para evitar que el sueño flote en agua de borrajas y se plasme definitivamente en su forma final, ausente de remilgos y prefacios. Las opiniones de quienes mejor nos conocen no son siempre, o más bien nunca, plato de gusto, pero no por ello dejan de contener el arraigo más objetivo de un mismo, depuradas sentencias que desligan la mancha del agua radiante.  Los padres aportan por otro lado el apoyo y la duda inherente, con el aviso constante del éxito efímero, convocándonos a una nueva sesión de nuestros arrebatos pasados y despojándonos de pájaros tan bellos y ufanos como irreales.  También yo aporto al respecto la sumisión inmerecida de la edad temprana, correspondiendo con “tenéis razón”… Pero en esta ocasión será diferente, invertiré, malgastaré y me consumiré, apurando el valor que conciba mi reino estomacal sobre los restos, me nutriré de los deseos profundamente sedimentados y probaré el placer de convertirme en la mirada que devora a mujeres bien alimentadas, a culos despampanantes y a protuberancias desconocidas, esta vez me ahogaré en los recodos de lo incierto a fin de extasiarme, sólo extasiarme.           RODERO
Los versos, a menudo, son hacia el amor, una caricia mal expresadaCirros que envuelven tu pupila cuando ésta llora desconsolada.De esta manera hombres encelados, carecemos de blasones y de espadasSolo estrofas que el corazón escupe para ser penosamente forjadas De renglones y  destellos, con calculadas manos de ingenieroHalló la humildad su hueco en este pequeño surco almizcleroPorque de matemáticas son más puras las sumas y restas del obreroDespués de llegar a casa y aborrecer el cazo medio lleno. Nunca deduje de la poesía ni un resquicio que me inspirara a estudiarla.Mas prefiero anunciar la pluma de aquel que juzgue en recitarlaCon las venas bien abiertas y  la sangre tan vasta que maldigas demorarla.Pues la tormenta no revoca ni su aroma ni sus distinguidas abarcas. No deseo vanagloriarme ni  asistir al cadalso de repetirmeSería otra tentación la que escogería que por sí sola pudiera seducirmePues si estuviera roto en mil espejos, o de dolor extasiado por no rendirmeNo usaría la tinta con el fin engañar al candidato que ha de reducirme Asumiría el sofocante peso de la manera menos sincera y más abatidaAtado de pies a manos a un ritmo lento, oliendo mi propia vida.Creyéndome muerto, abrazando mi espalda de recuerdos que la aguanten erguidaDevorando los guijarros que los escombros han revelado en la ruina
POEMA
Autor: javier castillo esteban  278 Lecturas
Una historia bien documentada habla de un ser que vivía en la calle T., cerca de la esquina del abrevadero. Nadie daba fe de su rostro, mas una luz mortecina que se encendía dos veces al día, y las visitas intempestivas de la señora Roy deshacían la ficción.Congregados en la plaza, los ancianos elucubraban acerca de su imagen, como si fuera de verdad lo que sus lenguas viperinas inventaban. El 2 de diciembre, y bajo una intensa nevada, la señora Roy acudió como cada mañana a la casa, enferma y acechante, y sacó los retazos de un papel garabateado soltándolos al viento, con la ventura o la suerte de entrar silbando en mi habitación, mezclándose la revelación con los copos gruesos y esponjosos. Recompuse con celo cada parte del escrito, con las carencias del original, descifrando e interpretando lo más acertadamente posible ciertos renglones:   En ese momento estaba yo fumando en el alto de K. embelesado por el regocijo de una visión prohibida, alentando a que la vieja diera el paso. Ella sin embargo recelosa, repasaba cada palmo del casco mayor sin margen al descubrimiento fortuito en mitad de la tempestad. Finalmente sacó el manojo de llaves de su bolso y abrió la puerta del destartalado edificio para perderse en la negrura del vestíbulo. Las tejas patinaban aleatoriamente, y las grietas de la fachada acompasaban la mala salud de los cimientos. Creíamos todos que más tarde que pronto se derrumbaría el mamotreto, muriendo el misterio consigo, y provocando la vana estampida de víboras removiendo las piedras y contemplando el cuerpo aplastado de aquello con vida.  Esta sería la última oportunidad antes de evaporarme y desaparecer  de aquel inhóspito lugar, del que nada bueno perduraba ya.   A las dos ,una enorme figura se agachaba para no llamar la atención  mientras la vieja posaba las manos sobre un manto gris  de paño ocultando la cabeza y el tronco. No puedo describir el terror que sentí cuando un rabo  asomó por debajo  del escudo improvisado. Los ahogados resoplidos confirmaron la silueta demoníaca que se desplazaba con torpeza, manteniendo el equilibrio con ayuda de su protectora.   He pegado la nota de forma anónima en el tablón del ayuntamiento, esperando la reacción de los vecinos. El experimento puede salirme muy caro, los perros ladran con furia hoy, salivando rabiosos a mi paso. Rosa la panadera no me ha dirigido la palabra, incluso Javier me ha mirado con hostilidad  Los nervios se han esfumado al llegar a casa, creo ser víctima de la sugestión, nada malo rodea mis pesquisas, nadie recuerda haberme visto colocar el cartel. Voy al baño y me miro de frente, tampoco mi piel ha mutado, noto un cosquilleo en la parte posterior de mis rodillas, y respiro aliviado. Mi rabito sigue meciéndose con dulzura.
LA BESTIA
Autor: javier castillo esteban  275 Lecturas
Me dolía la cabeza de tanto pensar en el asunto, aunque no era eso lo que no más me irritaba, sino la interminable diatriba de mi padre sobre los malavenidos consejos que rodaban de lado a lado entre dos amigos en la misma situación. Qué pensaría el sol de aquella tarde despejada sobre nosotros… Lo más probable es que fuéramos de risa bajo el armazón de un Seat destartalado… Cuando se calló, me quedé contemplando el campo, las enormes extensiones de trigo que lindaban con el badajo de promontorios redondeados, envolviéndolos en tonos dorados hasta que la noche volviera a buscarlos. Esta imagen me llenó de serenidad y me recompuse ligeramente, el sueño se apoderó de mí antes de poder escuchar el siguiente sermón.   Después de aquello no recuerdo nada más, casi con toda seguridad. Me encontré delante de una valla en mitad de una gruta mientras algo parecido a un tejón me miraba de reojo. Pese a lo grotesco no tenía ni fuerzas de asustarme. Estaba encerrado. Sobre la plataforma carcelaria un cristal puntiagudo en virtud de lanza lo amenazaba frenéticamente. Mis pupilas seguían el hipnótico caminar de aquel ser extraño y silencioso rodear el habitáculo, pues al final de cada paseo señalaba con su pezuña el principio de una trocha… Cuando me dispuse a recortar el camino, gritó algo ininteligible, parecía una advertencia a juzgar por su alteración. Seguí, y a medida que avanzaba ramas de gran tallo y hojas muy verdosas me golpeaban en la cara una tras otra, no dejándome atisbar el metro siguiente. El silencio tenía delicados tonos imperceptibles que hundían al cuerpo en un estado húmedo e inquietante. Ya poco quedaba de el sol radiante, pues su esfera se había desecho paulatinamente entre  la exuberante telaraña tejida por la naturaleza.   El sendero era prácticamente lineal y terminaba en un recodo seco. Un hedor insoportable provenía de debajo de varias maderos superpuestos en forma de cruz .Sin detenerme a pensar sobre mi situación retiré con cuidado la cruz y escarbé sobre la tierra, que se elevaba creando un aura polvorienta sobre mí. De repente el suelo cedió en ese punto y caí de bruces contra una chapa metálica. Un escalofrío me recorrió la espalda, era el coche de papá. Me deslicé rápidamente del techo, pero los cristales se habían tornado opacos y no podía discernir nada del interior. Dudé si abrir la puerta, me temblaba todo el cuerpo. Cuando me decidí posé la mano sobre la manilla del conductor, sentía mi sangre congelarse por segundos, me faltaba aire. Instintivamente alcé mis ojos por encima del marco de la puerta… El tejón me miró sonriendo con sus pezuñas incrustadas en el volante. 
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