• Roberto Gutiérrez Alcalá
RAGA
Mexicano. Autor de los libros de cuentos La vida y sus razones y El corrector de estilo.
  • País: Argentina
 
 Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Y bien: ya soy un hombre casi extinto (Soy un triste, aseguro en un poema). Un arduo y obstinado anhelo quema mi existencia de sueño y laberinto. El olvido, el olvido..., sí, el olvido, ese velo profundo de la nada. Hoy, en esta penumbra tan callada, me atormenta no haberlo conseguido. Hoy el recuerdo en la memoria vierte sus perpetuas esencias inasibles. Hoy todos los instantes son terribles y el perdón me parece tan lejano. Así, sabiéndome yo, Borges, vano, sólo espero la necesaria muerte.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá                                                                                                      A mi padre, por supuesto   Al fin, luego de siglos y siglos de insensibilidad y apatía –y ante el clamor de un sector de la humanidad cada vez más numeroso, dolido e indignado-, abrió sus puertas, en nuestra bella metrópoli, el Museo del Padre Ausente, el primero en su tipo en todo el mundo. Desde que el género humano surgió en el planeta y empezó a habitarlo, buena parte de él ha sufrido, en mayor o menor medida, el abandono (físico o emocional, voluntario o involuntario) del padre. Esto, como hemos comprobado a lo largo de la historia, ha ocasionado infinitas desdichas a propios y extraños. Así pues, con el único objetivo de mitigar esas desdichas y hacerlas tolerables y llevaderas, un puñado de jóvenes y entusiastas empresarios decidió crear este museo, que sin duda habrá de revolucionar la museografía mundial. Ubicado en la zona centro de la ciudad, el Museo del Padre Ausente cuenta con los más sorprendentes avances tecnológicos, lo cual le permite ofrecer un servicio de excelencia a todas aquellas personas (niños, jóvenes, adultos y ancianos de ambos sexos) que lo visitan. Una vez que paga su boleto y traspone la puerta de entrada, el visitante es conducido por una guapa edecán hasta uno de los cubículos que se localizan en el ala derecha del edificio, donde un robot-computadora de última generación lo somete, a partir de una muestra de sangre, saliva o cabello, a un rápido pero minucioso examen genético. A continuación, los datos obtenidos se transfieren al cerebro electrónico de un observatorio de visualización, el cual tiene la capacidad de modelar y simular, mediante un complejo sistema de realidad virtual inmersiva, cualquier ser vivo en tercera dimensión. Dicho cerebro, entonces, se encarga de procesarlos en cuestión de nanosegundos y de traducirlos en cientos de millones de haces de luz que inciden en un solo punto de un pequeño salón contiguo para formar, como por arte de magia, la imagen tridimensional -idéntica, exacta- del padre ausente en turno. Cuando esto ocurre, una luz verde colocada sobre la puerta de aquel salón se enciende, indicando con ello que el visitante puede ingresar en él y comenzar a vivir la avasalladora, inenarrable, inédita experiencia de reencontrarse, cuasi in vivo, con su progenitor... Las maneras de interactuar con el padre ausente de pronto presente son múltiples y variadas: el visitante podrá ejercer, con plena libertad, su inalienable derecho a increparlo violentamente y a reclamarle hasta las lágrimas su ausencia (corta, mediana, prolongada) del seno familiar; o a exigirle, con urgencia, explicaciones detalladas y convincentes de por qué emprendió el vuelo; o bien, si se trata de una ausencia involuntaria (ya por muerte accidental, ya por muerte debida a una enfermedad), a expresarle la devastadora tristeza y el abrumador sentimiento de abandono bajo los cuales debe respirar y moverse desde que él partió. Hubiera sido posible, sin duda, programar nuestro sistema computarizado de tal modo que cada imagen paterna convocada tuviera la capacidad de escoger, de entre un rico cúmulo de razones, alguna que le permitiera justificar la ausencia del individuo que representa... Sin embargo, como esto no se hubiera correspondido con la más estricta verdad de cada caso, optamos porque todas no manifestaran sino el silencio más rotundo... Con todo, podemos afirmar que el enfrentamiento virtual –cara a cara, cuerpo a cuerpo- del ser abandonado con su progenitor trae como consecuencia que el primero experimente una sublime catarsis liberadora. Al fondo del edificio que alberga este museo se encuentra una sala de grandes proporciones; está sumida en una oscuridad absoluta, densa, impenetrable: es la dedicada a Dios, el Gran Padre Ausente por antonomasia. Como nadie sabe realmente cómo es Él, nos vemos imposibilitados de representarlo, aun con toda la tecnología de punta de que disponemos. Ahora bien, esto no impide que la catarsis de la que hablamos líneas arriba igual se alcance. ¡Garantizado! Visite el Museo del Padre Ausente y no pierda la oportunidad de saldar cuentas con aquel que le dio la vida, con aquel que un día dijo adiós...                                                                                 De El corrector de estilo y otros cuentos
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Para Blanca Castañeda, a quien no conozco   Allí estaba: tres lugares adelante, sentada sobre una de las coderas del asiento, platicando despreocupadamente con sus amigas, riéndose con facilidad, mostrando en cada carcajada esas dos perfectas hileras de dientes blanquísimos que tanto lo habían impresionado cuando la conoció el primer día de clases. Parecía mentira: tan cerca y tan lejos a la vez. En su asiento reclinado hasta el tope, junto al pasillo, con la cabeza echada a un lado, los brazos en el regazo y las piernas estiradas, Arturo semejaba un enfermo grave. Mientras contemplaba a Laura, mientras registraba con la mirada cada uno de sus rasgos, cada uno de sus ademanes, cada uno de sus movimientos, sentía una leve opresión en el pecho que lo obligaba a jalar aire con la boca de cuando en cuando. También tenía ganas de llorar. Pero debía ser fuerte, se dijo. Ya habría tiempo de hacerlo a solas para mitigar aquel desconocido, increíble dolor. El autobús dio un tumbo en el camino de tierra. Casi de inmediato, una cascada de gritos de sorpresa inundó la atestada cabina. Arturo se incorporó en su asiento y miró por la ventanilla: los rayos del sol se colaban a través del apretado follaje de los árboles, formando un finísimo manto de luz neblinosa. Su acompañante, un niño que llevaba puesta una gorra de beisbolista con la visera hacia atrás, comentó algo que él no pudo, o no quiso, oír. Luego, como quien desea sumergirse de nuevo en un sueño bruscamente interrumpido, Arturo volvió a recostarse, entrecerró los ojos y se dedicó a ordenar los recuerdos que bullían en su mente. Amor a primera vista. Arturo ya había escuchado esta frase muchas veces: en el cine, en la televisión, en alguna conversación entre adultos. Pero si antes de conocer a Laura no le transmitía nada, es decir, ningún sentimiento, ninguna emoción, ahora entendía perfectamente su significado, pues eso -amor a primera vista- era lo que había sentido por aquella niña que aparentaba tener más años de los que tenía en realidad. Esa nublada mañana de septiembre, se acordaba bien, mientras el director les dirigía a los alumnos unas palabras de bienvenida, él permaneció muy derechito en la fila, con su uniforme, sus zapatos y sus útiles nuevos, fija la mirada en la nuca del niño de adelante. Estaba aterrado, y así lo manifestaba: con una inmovilidad casi catatónica. El hecho de tener que adaptarse a otra escuela lo había sumido en ese estado mental. Arturo odiaba el estudio y todo lo que implicaba: maestros, tareas, exámenes... Pero ni modo, debía afrontar tan difícil situación: ése era el papel que se le había asignado. La ceremonia de apertura de cursos terminó y los maestros dieron la orden de avanzar hacia los salones. Entonces, en el preciso momento en que toda la angustia se le agolpaba en la boca del estómago, alcanzó a escuchar una risa que provenía de la fila de junto. Arturo volvió la cabeza y lo primero que vio fueron sus dientes, sus espléndidos dientes blancos. Quedó deslumbrado. “Como cuando uno se halla en un cuarto a oscuras y alguien enciende repentinamente la luz”, pensó. Puede decirse que esa mañana ocurrió un milagro: aquella fugaz visión hizo que Arturo olvidara todo su miedo y sintiera una emoción que nunca había experimentado, una emoción que poco a poco, al paso de los días, lo fue colmando de un entusiasmo y una alegría indescriptibles. Hoy sabía que eso que había sentido se llamaba amor a primera vista. Pero al recordar dónde y en qué circunstancias se encontraba, una ráfaga de desesperación lo sacudió. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué podía hacer él para recuperar aquel entusiasmo y aquella alegría que habían brotado como por arte de magia en su interior? Al tiempo que daba otra bocanada de aire, Arturo abrió los ojos: allí seguía Laura, a sólo unos metros de distancia, moviendo los brazos con una ligereza de pájaro, haciendo gala de su lozana hermosura. Era insoportable contemplar su rostro, su cuerpo ya adolescente, y no poder abrazarla, cubrirla de besos, decirle cuánto la amaba... A Arturo le sorprendió volver a tener estos pensamientos. Incluso por un instante se sintió avergonzado e incómodo. Ciertamente, aún no se acostumbraba a ellos, pero no podía ni quería negarlos. Eran tan verdaderos como el dolor que le partía el alma. El autobús transitaba ahora por una carretera pavimentada. Un murmullo intenso pero monótono, alterado en ocasiones por una carcajada o un grito, invadía el aire enrarecido de la cabina. Afuera, la luz del sol empezaba a declinar. Arturo vio de reojo que su compañero de asiento dormitaba con la cabeza apoyada en la ventanilla; luego fijó la vista en un punto del techo. Una nube lo envolvió... Se levantaba más temprano que de costumbre, para bañarse y arreglarse minuciosamente frente al espejo del baño. Y cuando no había moros en la costa, abría el clóset de su papá, tomaba el frasco de su loción preferida, se echaba un chorrito en la mano y se lo esparcía por la cara y el cuello. Después salía de casa, radiante, chiflando cualquier tonada de moda, pensando en que era maravilloso sentirse así: enamorado, y en que ese día, sin duda, la volvería a ver, aunque fuera de lejos, antes de entrar a clases, durante el recreo o a la hora de la salida, no importaba. Ya habría una oportunidad de conocerla y platicar con ella. Esa oportunidad tardó poco más de un mes en presentarse. Una mañana, los tres grupos de sexto año fueron reunidos en el salón de música para ensayar los villancicos que cantarían en una fiesta navideña. Entonces, cuando el maestro pasó lista. Arturo supo al fin que aquella niña se llamaba Laura. Laura..., Laura..., Laura... Arturo nunca antes se había puesto a pensar en la prodigiosa fuerza que un nombre de mujer puede llegar a tener. Así, el de Laura comenzó a ser para él como el abracadabra de los brujos y magos: al pronunciarlo, siempre en voz baja, como si fuera una plegaria, se le abrían las puertas de un paraíso lleno de promesas sublimes. Esa vez, al término del ensayo, cuando los alumnos ya se dispersaban por el patio de la escuela, Arturo se dejó llevar por el impulso de su absoluto enamoramiento: se le acercó a Laura, la llamó por su nombre y le preguntó algo relacionado con aquellos villancicos que acababan de cantar. El chiste era hacer contacto con ella de cualquier manera. Y lo logró. Los vestigios de una felicidad ya perdida golpearon intempestivamente a Arturo. El efecto fue demoledor, como el de un choque eléctrico: el niño se removió en su asiento, inquieto, anhelante, mientras cerraba los párpados con todas sus fuerzas para tratar de retener en la memoria aquellas imágenes bañadas por una luminosidad diáfana, etérea. Sin embargo, pronto, muy pronto, la realidad acabó por imponérsele: aquellas imágenes pasaron y se difuminaron en su mente como nubes destrozadas por el viento. Arturo entreabrió los párpados: Laura se había sentado en su lugar y ahora escuchaba con atención a una niña que estaba del otro lado del pasillo, a su izquierda. Su perfil se delineaba sutilmente en la semipenumbra del autobús. Exhausto, abatido, sintiendo como si un bisturí lo desgarrara por dentro, Arturo se entregó al repaso de aquella frente amplia, de aquel ojo negro enmarcado por una ceja muy tupida, de aquella nariz recta, de aquella mejilla tersísima, de aquellos labios pálidos y delgados. Arturo pensó que era una visión cruel, la más cruel de todas, pero no apartó los ojos de Laura. Deseaba vivir intensamente ese momento, precipitarse en él, y para volverlo aún más agudo e hiriente, decidió contrastarlo con la dicha que había sentido apenas unos días antes, cuando la ilusión lo guiaba. Para coronar el fin de cursos y despedir a los grupos de sexto año, el director organizó un campamento en un sitio localizado a tres horas de la ciudad, en medio de un hermoso bosque de pinos y junto a un río de aguas todavía claras y limpias. Cuando se enteró de esto, Arturo se dijo que precisamente algo así -un campamento- era lo que estaba esperando para llevar a cabo lo que desde hacía varios meses rondaba su cabeza con una obsesiva perseverancia. Arturo ya trataba a Laura con una confianza plena, y Laura parecía sentirse a gusto en su compañía. En el recreo le regalaba una bolsa de papas fritas, un chocolate, un chicle..., y a la hora de la salida, sin falta, la buscaba ansioso, iba a su encuentro y se despedía de ella con un ligerísimo apretón de manos que bien podía confundirse con una caricia. Este trato continuo con Laura lo transformó de una manera inesperada: se mostraba animado, risueño, y su rendimiento escolar mejoró tanto que al final obtuvo uno de los primeros lugares de su salón. Así pues, el día en que maestros y alumnos partieron rumbo al campamento en tres autobuses rentados, una gran sonrisa iluminaba su rostro. La estadía de Arturo en aquel sitio estuvo marcada por una permanente tensión. Él tenía una idea fija y sólo andaba a la caza de la ocasión propicia para ponerla en práctica. También consideraba los pros y los contras de cada uno de los hipotéticos escenarios que imaginaba constantemente. Por eso adquirió un aspecto meditabundo, reconcentrado, y casi no convivió con sus compañeros ni participó en los juegos organizados por el personal del campamento. Su objetivo era otro, y en él confluía toda su energía, toda su pasión. La segunda y última noche, después de la cena, Arturo comprendió que no podía dejar pasar más tiempo, que su indecisión lo estaba llevando a un callejón sin salida. Respiró profundamente y, temblando, sintiendo cómo los impetuosos latidos de su corazón le cimbraban el pecho, se encaminó a donde se hallaba Laura. Más allá, una veintena de niños cantaba y se balanceaba alrededor de una fogata. Arturo saludó a Laura y le pidió que se alejaran unos pasos porque le quería decir una cosa, a lo cual Laura accedió sin titubear. Caminaron sobre la hierba húmeda y, entonces, apartados de las miradas de los demás, junto a la cerca de alambre que delimitaba el terreno del campamento, Arturo apretó los puños y se lo dijo. Le dijo que ya no aguantaba, que debía saberlo ya, que estaba enamorado de ella, que la amaba y que, si aceptaba, podían ser novios. Aquella vertiginosa andanada de frases fue como un relámpago en medio de la noche. Laura quedó petrificada, pero al cabo de unos segundos, cuando logró superar la confusión y el asombro, reaccionó con una abrumadora serenidad: con voz nítida y pausada le dijo a Arturo que aún no pensaba tener novio y que lo mejor para los dos era seguir siendo amigos. Luego hizo una mueca que significaba “ni modo”, le dio la espalda y corrió en dirección a la tienda de campaña donde dormía con otras compañeras. Todo -no algo ni mucho, sino todo..., ¡todo!- estaba perdido, pensó Arturo, y se mesó el pelo. Aquello había sido como un naufragio. Así pues, ¿qué caso tenía continuar, es decir, esforzarse en la escuela, jugar futbol, bañarse, tomarse su Quik, lavarse los dientes, rezar, dormir, despertar a un nuevo día..., si el barco en que navegaba rumbo a una isla fantástica se había ido a pique y ahora yacía en el fondo del mar, abandonado, terriblemente solo? Las sombras del atardecer ya caían sobre el campo y las montañas. Arturo miró las casitas de adobe, las vacas, los hombres a caballo que el autobús iba dejando atrás, y tuvo el presentimiento de que nunca más volvería a ver todas esas cosas; de que, de algún modo, se estaba despidiendo para siempre de ellas. Luego, con la vista extraviada en el crepúsculo, se quedó quieto, muy quieto, sin pensar nada, sin sentir nada... El autobús se detuvo. Una voz gritó que habían llegado. Las luces de la cabina se encendieron y los niños de hasta adelante cogieron sus pertenencias y empezaron a bajar ruidosamente por la escalerilla. Laura se puso de pie y se alejó por el estrecho pasillo. El niño de la gorra de beisbolista también se puso de pie y le pidió permiso a Arturo para pasar. El autobús no tardó en vaciarse. Arturo no se decidía a abandonar su lugar. Un rato después, el mismo hombre que había anunciado la llegada del autobús se asomó por la puerta y lo instó a hacerlo. Entonces, él no tuvo más remedio que levantarse trabajosamente y, con su maletín en una mano y su chamarra en la otra, avanzar con lentitud. Pero antes de llegar a la escalerilla y comenzar a bajarla, se dio la vuelta y paseó los ojos por cada una de las hileras de asientos, como despidiéndose del mundo.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Quién sabe dónde dejó su botella de agua con jabón. A veces está medio ido y pierde todo. No importa. Eso no le impide chambear. Siempre, desde que lo conozco, se las arregla para resolver cualquier problema que se le presente. Con una de las mangas de su nuevo saco viejo, que le queda grande grande, limpia el parabrisas del coche. La cosa va bien hasta que se le ocurre valerse de un poco de saliva para aflojar el polvo del vidrio. El conductor del coche, un tipo muy bien peinadito y, de seguro, muy bien perfumado, empieza a manotear y gritarle que pare, que no sea cerdo, y apenas se pone el verde en el semáforo, arranca hecho la fregada. -¡Ven, Nico! –lo llamo- ¡Ven! Con una mano se quita un mechón de los ojos y mira cómo aquel coche se aleja por la avenida; después camina despacio hasta donde estoy recostado en la banqueta y se deja caer junto a mí. -Ni modo, Nico. Hay muchos ojetes en el mundo –digo, y le doy otro trago a mi anforita. Estoy pensando que ya va a ser de noche y tendremos que buscar dónde dormir... De pronto, su cuerpo pegado al mío comienza a sacudirse con fuerza. Así reacciona cuando le da uno de sus ataques de risa en silencio. -¿De qué te ríes, Nico? –le pregunto-. ¿De qué? ¡Dime! Pero no me pela. Entonces volteo y me doy cuenta de que no se está riendo. Llora. Llora a mares, como se dice. Las lágrimas le empapan los cachetes mugrosos y caen sobre las solapas de su nuevo traje viejo. Le acerco la anforita y le digo: -Ten, Nico. Chupa. Ya verás cómo poco a poco se te irá calmando todo ese dolor que sientes.
Nico
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  416 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Era el quinto pantalón que se probaba. De mezclilla deslavada, tenía un desgarrón en cada una de las perneras. Así lo dictaba la moda. Los otros, más convencionales, le habían quedado o muy ajustados o demasiado anchos y holgados. Se miró en el espejo de cuerpo entero del probador, se dio la vuelta sin dejar de examinarse por encima del hombro, pasó una mano por una nalga, volvió a plantarse de frente y, al cabo de un minuto, decidió que definitivamente no le convencía. Se quitó los zapatos y el pantalón, se puso el que llevaba –de algodón, negro- se calzó de nuevo los zapatos y descorrió la cortina. Ya regresaría cuando tuviera más tiempo. Ahora debía correr a la oficina. Las dos horas que le daban para comer casi se habían consumido. -Gracias -le dijo a la dependienta, y le devolvió el pantalón-. Tampoco me gustó cómo se me ve. Chao. Dio unos pasos por entre los exhibidores repletos de ropa de marca y, cuando se disponía a encaminarse hacia la salida de la tienda departamental, sintió que alguien la tomaba del brazo izquierdo. Giró la cabeza y vio junto a ella a un hombre bien vestido, de piel morena, alto, fornido, apuesto, más o menos de su misma edad, que sonriéndole le dijo: -¿Ninguno te gustó, amor? A mí tampoco me gustaron los zapatos que me probé. Ni modo. Nos tenemos que ir. Es tarde. La mujer no comprendió bien a bien el significado de las palabras que acababa de escuchar, como si aquel sujeto las hubiera pronunciado en otro idioma. Por eso se dejó llevar dócilmente por él, hasta que la luz del sol que brillaba allá afuera, en el inmenso estacionamiento de la plaza comercial, la sacó de su confusión y estupor. -¡Suélteme! –gritó entonces, e intentó zafarse de la manaza del hombre. -Tranquila, amor... No te sobresaltes -dijo el hombre, y la abrazó sin dejar de caminar-. Tenemos que darnos prisa. Nos esperan. -¡Déjeme! ¡No me abrace! ¡Auxilio! Los gritos de la mujer captaron la atención de los dependientes y de las pocas personas que hacían compras en esa parte de la tienda, pero ninguna se movió de su sitio; tan sólo miraban, a la espera de que sucediera algo. Entretanto, el hombre y la mujer ya estaban a unos cuantos metros de la salida. De pronto, la mujer logró zafarse y comenzó a escapar, pero casi de inmediato el sujeto se sobrepuso, alargó un brazo y la atrajo violentamente hacia su pecho. El policía que estaba en la puerta de la tienda avanzó en dirección a la pareja y le preguntó al hombre: -¿Todo bien, caballero? La mujer vociferó, fuera de sí: -¡No lo conozco! ¡Me quiere secuestrar! ¡Ayúdeme! El hombre, sin soltar a la mujer, dijo: -Sí, oficial, todo bien, gracias. Mi esposa sufre un trastorno mental y, como consecuencia de él, experimenta una crisis nerviosa. La llevaré a la clínica donde la atienden. Sé cómo contenerla, no se preocupe. -¡Pero si no conozco a este individuo, es la primera vez que lo veo! –exclamó la mujer mientras trataba de soltarse del hombre, pero, con cada movimiento que hacía, éste la estrujaba con más fuerza. El policía miraba la escena con una mezcla de desconcierto, recelo y lástima, sin saber qué hacer. -Decir que no me conoce, que nunca me ha visto y que quiero secuestrarla es parte de su trastorno mental; además, suele ponerse muy violenta –añadió el hombre a modo de explicación. -¡Auxilio! –rogaba la mujer. Dos jóvenes que, como todos los demás, habían permanecido a distancia, decidieron acercarse. Uno de ellos le preguntó: -¿Cómo se llama, señora? -¡Eugenia, Eugenia N.! ¡No permitan que este hombre me secuestre! El hombre intervino: -Si pasa más tiempo, la crisis nerviosa puede agravarse a tal punto que mi esposa corre el riesgo de caer en un estado de coma irreversible. Ayúdenme, por favor. Los dos jóvenes se miraron, vacilantes. Un instante después dijeron al fin: -¡Sí! ¡Vamos! El hombre cargó a la mujer, cruzó la salida y se detuvo junto a una camioneta Suburban último modelo, de color blanco, estacionada a escasos metros de la tienda. -Las llaves están en el bolsillo trasero de mi pantalón. Uno de ustedes sáquelas y abra la puerta del copiloto –pidió. El mismo joven que le había preguntado a la mujer cómo se llamaba así lo hizo. -¡Nooo! –imploraba ésta-. ¡Auxilio! El hombre tendió a la mujer en el asiento y la inmovilizó rápidamente con una cuerda; luego, cerró la puerta, tomó las llaves de la mano del joven, rodeó el vehículo, se acomodó en el asiento del piloto y encendió el motor. La camioneta salió en reversa y enfiló a toda velocidad rumbo a la salida del estacionamiento. Los dos jóvenes observaron cómo se alejaba y regresaron a la tienda. Al pasar junto al policía, éste les dijo: -Lo que se ve hoy en día, ¿verdad?
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   No sé cuánto tiempo permanecí frente a aquel edificio de departamentos: minutos, horas, quizás un día entero... Unas veces caminando lentamente por la banqueta, de acá para allá; otras, parado junto a las rejas que dividían el estacionamiento de la avenida. Siempre frotándome las manos con inquietud y, de tanto en tanto, levantando los ojos hacia la ventana ubicada en el extremo derecho del quinto y último piso. Hubo momentos en los que estuve a punto de tomar la decisión más drástica: abandonar definitivamente mi puesto de observación y reintegrarme a mis actividades cotidianas; sin embargo, algo –la curiosidad, cierta sensación de compromiso ineludible- me detenía. La tarde agonizaba. En su fuga, el sol había desparramado por el cielo un abanico de jirones anaranjados, rosas y violáceos. Unos cuantos autos y camiones transitaban por la avenida, y la gente pasaba a mi lado -de norte a sur, de sur a norte-, esquivándome sin apenas verme. Al llegar al límite de la banqueta y volver sobre mis pasos, la luz del cuarto que vigilaba con obstinación se encendió de repente, como un fogonazo. Un instante después apareció en el marco de la ventana. A pesar de la distancia, distinguí a la perfección las facciones de su rostro, el fleco cayéndole sobre la frente. Me dirigí a las escaleras del edificio. La luz que ahora iluminaba el cielo parecía indicar que pronto amanecería. Subí los escalones tan rápido como me lo permitían mis piernas. Cuando alcancé el quinto piso, aspiré una bocanada de aire junto al barandal y resoplé. A continuación me acerqué, decidido, a la puerta de la izquierda. Antes de alzar la mano para tocar el timbre, noté que estaba entreabierta. La empujé con suavidad y me metí en el departamento a oscuras. Al fondo se escuchaba una radio. Atravesé la sala y el pasillo, y me planté debajo del marco de la puerta de su cuarto, aquel que daba a la avenida. Recostado en su cama, leía un libro. Mientras lo cerraba y lo dejaba sobre el buró, dijo: -Adelante. Caminé hasta la silla del escritorio y me senté en ella. -Ya eres viejo –dijo. -¿Cómo has estado, cómo te sientes? -No muy bien. -Ya lo veo... ¿Estás solo? -Sí. Identifiqué la música que salía de la radio. Era el Cuarteto número 15, en sol mayor, de Schubert. Estiró una mano y lo silenció. -No, no la apagues. Quiero oír eso –dije. Me hizo caso: accionó nuevamente la palanquita de la radio y Schubert volvió a sonar. -Cuéntame qué ha sucedido. Han pasado tantos años que ya no me acuerdo de los detalles. Se sentó en la cama y me clavó una mirada llena de curiosidad, como tratando de reconocer en mi rostro ciertas facciones, ciertos gestos que no le eran ajenos. Luego habló con una voz muy débil: -Ahora mismo siento que el mundo se está desplomando sobre mí. -¿Por qué? Refresca mi memoria. -Soy un cero a la izquierda, un inútil, un perdedor. Se esfumaron de mí las ganas de emprender cualquier empresa, de salir del hoyo en que me encuentro. Me quiero morir... Al oír estas palabras experimenté un estremecimiento y agaché la cabeza. Dejé que corrieran unos segundos y al fin dije: -Te comprendo. -He fracasado en el amor –continuó-; he fracasado como hijo, como hermano, como amigo; he fracasado en mi afán de convertirme en escritor... Por si fuera poco, he perdido el respeto por mí mismo. ¿Qué puedo hacer sino desaparecer, diluirme en la nada? Me puse de pie y empecé a deambular por aquel cuarto. Ahí estaba el mueble de madera donde guardaba su ropa, con una puerta destrozada por su puño iracundo; y más allá, en los entrepaños del clóset, la colección de elepés ordenados según sus preferencias: de izquierda a derecha, Mozart, Beethoven, Bach...; y sobre el buró, a un lado de la lámpara de noche y con un separador entre sus hojas, Bajo las ruedas, y Demian y Residencia en la tierra, y el cassete con la grabación de la Rapsodia para contralto y orquesta, y, también, la caja de Ativan y un vaso de agua a medio llenar; y en el piso, junto a sus zapatos, la radiograbadora Panasonic; y encima del escritorio, el tocadiscos portátil y la máquina de escribir Olivetti con una cuartilla en blanco enrollada en el rodillo... Regresé al punto de donde había partido, me senté otra vez y, mirándolo, dije: -Desaparecer no es una buena solución. -Lo dices porque a tu edad ya has alcanzado el pináculo de la sabiduría -dijo con sorna. -No, estás equivocado. Sigo ignorando muchísimas cosas y, ante ciertas situaciones, aún no sé qué hacer. Pero ya no tengo ninguna duda de que el suicidio es un acto egoísta, y como todo acto egoísta, no sólo anula a quien lo ejecuta, sino también causa daño y dolor a los demás. -Los demás también me han hecho daño a mí. -¿Entonces quieres matarte para vengarte de los demás? Se removió en la cama y exclamó: -¡No! ¡Sólo sé que estoy desesperado! Abrió la caja de Ativan, sacó varias pastillas de su envoltorio metálico y se las echó a la boca. Después se llevó el vaso a los labios, se las pasó con un trago de agua y se acurrucó en la cama, dándome la espalda. En ese momento me di cuenta de que la intensa luminosidad que entraba por la ventana hacía innecesaria la luz del foco que colgaba del techo. Pero, al cabo de un rato, las sombras de lo que me pareció un nuevo anochecer comenzaron a invadir el cuarto. Me levanté, me acerqué a él y vi que lloraba. -Todavía deberás enfrentar otros obstáculos aparentemente insalvables, otras pruebas terribles que te sumirán en la confusión y el abatimiento. Pero habrás de superarlos, todos –aseguré. -No lo creo –murmuró. -No puedo hacer nada por ti. Sólo he de decirte que tienes que ser fuerte y luchar, siempre, contra tus propios impulsos y contra las circunstancias. -¡Déjame en paz! ¡Lárgate! –gritó enfurecido. Me incorporé y me dispuse a retirarme de aquel cuarto, de aquel departamento, de aquel edificio. Avancé sobre los fríos mosaicos del piso, pero antes de cruzar la puerta, volteé a verlo y le dije mientras la música de Schubert se disolvía en aquella atmósfera difusa: -Cuando tengas la edad que hoy tengo, soñarás este sueño que está llegando a su término y sentirás –como ahora yo lo siento por ti- compasión y un amor ilimitado por el muchacho que fuiste, que fui. Adiós...
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   -¿Cómo ve la actual política cultural en el país? -No la veo por ninguna parte. -¿Por qué escribe? -Porque ya no puedo jugar futbol, que era lo que realmente me gustaba hacer en esta vida. -¿Cómo concibe a su lector ideal? -Nunca he pensado en un lector ideal. Sólo sé que a aquellos cuya opinión de lo que escribo me interesaría conocer les importa un bledo lo que yo haga. -¿La admiración que de unos años para acá han despertado sus libros le ocasiona alguna incomodidad? -Más que incomodidad, me causa incredulidad, sorpresa, pasmo. A veces creo que el supuesto fervor por lo que escribo -¡qué ridiculez!- no es más que un gran malentendido. -¿Qué les diría ahora mismo a sus lectores, a sus cientos de miles de lectores? -Que me perdonen. -¿Aspira al Premio Nobel?  -Aspiro a vivir aislada y tranquilamente, lo cual se aleja cada vez más de mí. -¿Algún proyecto en puerta, maestro? -Sí, mi inminente suicidio.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Un día, al cabo de no pocos intentos infructuosos, una bacteria especialmente malvada logró llegar a una de las fosas nasales de un viajante que estaba a punto de emprender un vuelo hacia Europa, donde cerraría un acuerdo comercial muy importante para la empresa en que laboraba desde hacía años. Apenas bajó por la faringe y la laringe del viajante, recorrió su tráquea y se instaló cómodamente en sus pulmones, la bacteria comenzó a reproducirse a lo bestia, pues su plan –en verdad diabólico- era infectar, con cada tosido de aquél, al mayor número posible de personas, tanto de éste como del otro lado del Atlántico. Sin embargo, en el momento en que les decía a sus pares recién nacidos que debían actuar sin piedad, un poderosísimo antibiótico de amplio espectro se dejó venir por el torrente sanguíneo del viajante. Ante esta embestida medicamentosa, la bacteria tuvo el impulso de huir, pero casi de inmediato recordó que, con el paso del tiempo –y, sobre todo, con la colaboración de muchos humanos-, había desarrollado una resistencia a cualquier antibiótico digna de una cosita tan inteligente y tan perversa como ella. Así, tranquilizó a sus pares recién nacidos y los conminó a ponerse en posición de ataque. Las horas transcurrieron. Los pares recién nacidos de la bacteria, que a su vez no dejaban de reproducirse en una monstruosa orgía sin fin, salían despedidos de la boca del viajante e invadían a otras personas en las que el mismo ciclo nacimiento-reproducción se repetiría más tarde... La bacteria no cabía en sí de gusto: su plan, concebido en largas noches de insomnio, se estaba cumpliendo al pie de la letra. Y de seguro se hubiera convertido en la bacteria más mortífera de la historia, mas no contó con que una espeluznante tormenta habría de desatarse y ocasionar que el avión al que el viajante acababa de subirse junto con otros ciento diez pasajeros y cinco tripulantes ya contagiados se fuera a pique y se estrellara en el mar, de donde nadie, incluidos ella y sus pares recién nacidos, pudo ser rescatado con vida.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Enrique me habló por teléfono ese sábado en la tarde para invitarme a una fiesta en casa de su novia Clarita. Acepté. El ambiente era bastante aburrido, pero había cervezas y yo estaba de buen humor. Por eso concluí que lo mejor sería platicar con la mamá de Clarita. Enrique ya me había hablado de ella. Cogí una cerveza y fui a sentarme a su lado. La buena mujer intentaba llevar el ritmo de la música con los dedos y sonreía. Al verme, sonrió más. -Hola. -Mucho gusto -dijo. -¿Me puedo sentar? -Oh, por supuesto. -Oiga -dije luego de acomodarme en una silla de metal-, ha llegado hasta mí la especie de que a usted le huele la boca. ¿Es cierto? La mujer dejó de chasquear los dedos, apretó los labios y, cohibida, musitó: -Bueno, no sé..., creo que sí. -A ver, sópleme. La infeliz me hizo caso. ¡Virgen Santísima! Su boca era una auténtica cloaca. La sometí a un exhaustivo interrogatorio: -¿Nombre completo? -Clara Benavides Iturriaga. -¿Edad? -Cuarenta y tres años. ¿Ocupación? -Repostera. -¿Estado civil? -Divorciada. -Lo suponía. -¿Cómo dice? -Dije que lo suponía. Según usted, ¿cuál fue el motivo de su divorcio? -El desgraciado me engañó con otra. -Señora mía, ésa fue la consecuencia. El verdadero motivo de su divorcio radicó en el hecho de que a usted le apesta el hocico. -¡Oooh! -Cálmese. -¡Oooh! -Le digo que se calme -casi grite mientras la zarandeaba con fuerza. -Sí, sí... -Lamento haberme portado un tanto brusco con usted, pero era necesario. -No se preocupe -dijo comprensiva. Yo le di un trago a mi cerveza y enseguida ordené: -Tráigame su cepillo de dientes. -¿Mi cepillo de dientes? -¿No entiende el español? -Sí. -Entonces sea obediente y tráigamelo. La señora Benavides Iturriaga se levantó de la silla y se dirigió a la escalera que conducía al segundo piso de la casa. Movía sus voluminosas caderas con soltura. Yo fui por otra cerveza. Al rato, la señora Benavides Iturriaga regresó. Empuñaba en la mano un grotesco cepillo de dientes con las cerdas dobladas hacia fuera. -Escóndalo, no sea cínica -le susurré al oído. -¿Por qué? -¡Cómo que por qué, insensata! No ve que ese cepillo es una auténtica porquería. -Es que no he podido comprar otro. -A ver, déjeme revisar sus dientes. La señora Benavides Iturriaga echó la cabeza hacia atrás y abrió la boca. Yo recordé que tenía un palillo usado en la bolsa de la camisa, lo tomé y con él comencé a raspar aquella horrenda dentadura. Al cabo de unos minutos logré sacar varios pedacitos de carne putrefacta y cantidades industriales de sarro. -Terminé... Su caso es patético. -¿De veras? -Señora mía, ¿conoce el hilo dental? -Sí. -Entonces, ¿por qué diablos no lo usa? -Es que... -Nada, nada. Asuma su responsabilidad con valentía y acepte que usted es una pinche vieja descuidada. Sólo así, derrotándose, podrá salir otra vez a la superficie y triunfar. Aquellas palabras fueron demoledoras: la señora Benavides Iturriaga se soltó llorando a lágrima viva. Algunos invitados a la fiesta voltearon a vernos y cuchichearon quién sabe cuánta cosa. Mi filípica surtió efecto. Todavía con lágrimas en los ojos, la señora Benavides Iturriaga me vio fijamente y dijo: -Tiene razón, soy una pinche vieja descuidada. Pero, créame, cambiaré... Mañana mismo voy a comprar el mejor cepillo de dientes y el más fino hilo dental... Asistirá al nacimiento de una nueva mujer. Yo no pude menos que sonreír satisfecho. Arrastré mi silla al centro de la sala, me subí en ella y anuncié: -¡Hey, muchachos, la doña ha prometido estrenar cepillo de dientes y usar hilo dental después de cada comida! ¡Un aplauso para ella! ¡Se lo merece! La concurrencia me miró primero sorprendida: luego, siguiendo mi ejemplo, aplaudió con desgano. La señora Benavides Iturriaga sacó el pecho orgullosa y comenzó a hacer caravanas a derecha e izquierda. Se veía contenta, feliz.                                       De El corrector de estilo
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   En aquellos tiempos, la selva era gobernada por un chango que, para mantenerse en el poder, recurría a hordas de gorilas bien entrenados en el difícil arte de reprimir con alevosía y ventaja. Todos los días, después de levantarse, el chango aquel se dirigía al balcón de Palacio y con fuertes golpes en el pecho y gritos coléricos hacía alarde de su autoritarismo (sobra decir que los demás animales vivían inconformes bajo su férula corrupta). Sin embargo, instigada por el búho y el zorro cuando la situación se volvió intolerable, buena parte de la fauna empezó a expresar su descontento en grandes manifestaciones y mítines. Por primera vez en su historia, las principales avenidas de la selva se llenaron con pancartas en las que se demandaba justicia social, democracia, la desaparición de las hordas de gorilas y la libertad de los presos políticos, entre los que había varios conejos y una que otra aguerrida avestruz. Al enterarse de ello, el chango se mordió una mano y se tiró al piso y pataleó, pero como no quería asustar a los animales atletas que pronto participarían en una justa deportiva ni mucho menos a las visitas que, con motivo de dicha justa, viajarían a la selva, se abstuvo de reprimir abiertamente a los manifestantes. Por eso les dijo a los gorilas que les dieran, pero sólo de noche. Así, los manifestantes recibieron golpizas nocturnas que influyeron decisivamente para que se les unieran más compañeros, de modo que, en pocas semanas, toda la fauna (a excepción, claro, de la hiena, el chacal y el buitre) estaba en contra del chango. Eso lo sacó de sus casillas. Una tarde, como diez mil animalitos se reunieron en una plaza porque en ese sitio se iba a realizar otro mitin. No se dieron cuenta de que los gorilas (unos con uniforme militar, otros vestidos de civil) la tenían rodeada, de ahí que el gallo hubiera comenzado sin preocupaciones su brillante alocución en la que una vez más le exigió al chango dialogar en público. Justo en el momento en que el oso le pedía a la multitud que abandonara la plaza en forma ordenada y pacífica, los gorilas salieron de sus escondites y abrieron fuego contra ella. El espectáculos fue siniestro: los animales corrían desesperadamente por la plaza buscando en vano un refugio, mientras los gorilas se divertían de lo lindo cazándolos con sus rifles y sus ametralladoras. Al final, la selva quedó inundada de sangre y en tinieblas. Esa noche, empero, la hiena dijo alegremente por tele que sólo faltaban diez días para la inauguración de la justa deportiva y que toda la fauna debía agradecerle al chango la oportunidad de presenciar tan fabulosos juegos, y de pasadita y con voz impersonal también dijo que en la tarde había habido un problemilla entre rijosos, sí, pero que, gracias a la mediación de las fuerzas del orden, ya se había restablecido la calma.                                                                               De La vida y sus razones. Editorial Aldus
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   México, D. F., 27 de febrero.- Un puñado de palabras no identificadas escapó ayer en la tarde del Gran Diccionario. Según fuentes fidedignas, las prófugas, aun cuando tomaron rumbo desconocido, ya están en boca de todos. Las autoridades aseguraron que de un momento a otro serán capturadas y reimpresas en una apartada página del Gran Diccionario. Elementos del Gepri (Grupo estratégico para la represión del idioma) salieron, minutos después de la evasión, en su busca. Van armados con potentes gomas de borrar. Un vocero oficial del Gran Diccionario dejó entrever la posibilidad de que esta fuga haya sido planeada por la letra H. “Es muda, pero no tonta”, dijo antes de dar una conferencia de prensa en la que anunció que se adoptarán las medidas pertinentes en todas las editoriales, librerías y bibliotecas del país, para impedir otras fugas o motines de palabras, letras y/o signos de puntuación y ortográficos. No obstante, en las primeras horas de hoy trascendió que, en una editorial de esta ciudad (no se especificó en cuál), tres vocales (presumiblemente la A, la E y la U), varias consonantes y un considerable número de acentos y comas habían causado graves erratas en los pliegos de una novela que próximamente saldrá a la venta. Por lo pronto, la frontera norte fue cerrada para que las palabras en cuestión no puedan huir a la nación vecina y esconderse debajo de un disfraz inglés. Mientras tanto, el SUCP (Sindicato Único de Conjunciones y Preposiciones) acusó ayer mismo en la noche a la ANSA (Asociación Nacional de Sustantivos y Adjetivos) de “aprovechar la coyuntura paura incitar o nuestros agremiados o cometer ilícitos in los periódicos e revistas que se publican in el país”. El CVA (Colegio de Verbos y Adverbios) emitió horas después un comunicado en el que llama a la concordia “en estos momentos de confusión inaudita”. La ANSA, por su lado, se mantenía en silencio hasta poco antes del cierre de la presente edición. En círculos allegados a esa organización se manejaba la hipótesis de que sus dirigentes tienen serias diferencias con los sustantivos y adjetivos necesarios para responder a la acusación del SUCP.                                                                                   De La vida y sus razones. Editorial Aldus 
Noticia
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  417 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  La verdad es que Emilio habría preferido que todo aquel asunto de la cremación de su padre hubiera llegado a su fin por los cauces normales: una misa de cenizas presentes en la iglesia de la colonia, la bendición de la urna por parte del párroco, la colocación de ésta en un nicho ubicado en una catacumba húmeda y fría, alguna oración fúnebre pronunciada por -¿quién más?- él mismo, la clausura del nicho con la lámina de acero donde estaría grabado el nombre del difunto... Pero no fue así porque la nublada mañana de enero en que, luego de una espera de tres largas y tediosas horas, recibió de manos de un empleado de la funeraria aquella urna de plástico barato con los restos carbonizados y pulverizados de su padre, Emilio recibió también en su celular una llamada de su jefe. -Sé que el dolor te embarga –escuchó a través del aparato-, pero debes ir hoy mismo a Toluca a ver al licenciado Rossini. Te espera a las dos en su oficina. Lerdo de Tejada 24, tercer piso, a un costado del Palacio de Gobierno. Cuando regreses, podrás tomarte unos días de descanso. Oye, por cierto, mi más sentido pésame... Así pues, Emilio debió cancelar los planes luctuosos que había trazado el día anterior, mientras saldaba la cuenta en el hospital. Caminó hasta su auto estacionado a media cuadra de la funeraria, abrió la cajuela y acomodó lo que quedaba de su padre a un lado de la llanta de refacción. Después cerró la cajuela con delicadeza, abrió la portezuela del conductor, se sentó frente al volante y comenzó a cubrir la distancia que lo separaba de Toluca, donde el licenciado Rossini lo estaría esperando a las dos. El tráfico a esa hora de la mañana era extrañamente fluido. Emilio tomó Miguel Ángel de Quevedo, cruzó Insurgentes, avanzó  por la estrecha calle de Cracovia, dio vuelta a la derecha en Revolución y siguió hasta Barranca del Muerto. Allí dobló a la izquierda, aceleró a fondo y se incorporó al Periférico en dirección al norte de la ciudad. Emilio prendió la radio y apretó varias veces el botón del cambio de estaciones. Pronto encontró Opus 94. Mozart... Uno de los conciertos para piano y orquesta de Wolfgang brotaba como un chorro de luz diáfana y etérea de las bocinas situadas al frente y a los costados de la cabina del auto. Emilio no sabía exactamente cuál era. Pero, sin duda, se trataba de una obra de Mozart (¿quién más podría haber compuesto algo como eso?). Tarareó unos segundos la melodía de lo que había identificado con rapidez como el segundo movimiento -un Andante (¿o un Larghetto?)-, y volvió a pensar en su padre o, más bien, en los restos, en las cenizas de su padre que en ese momento podrían estarse moviendo bruscamente de un lado a otro de la fea urna donde yacían, si él no manejaba con más precaución y cuidado. Emilio disminuyó la velocidad, miró por el espejo retrovisor y cambió de carril. Más adelante tomó la lateral del Periférico, giró a la derecha, llegó a Constituyentes y se enfiló rumbo a la carretera a Toluca. Toluca. ¿Qué cosas realmente importantes habían ocurrido en esa ciudad en los últimos cincuenta, cien años? Emilio lo ignoraba. Sólo sabía que, cuando oía esa palabra: “Toluca”, a él se le venía a la cabeza otra: “chorizo” y, también, un hecho fatídico, tristísimo, que lo había marcado en su infancia: la goliza -cuatro a uno- que la selección italiana le propinó a la mexicana en La Bombonera durante los cuartos de final del Mundial de Futbol México 70. Al ver que Emilio, entonces de nueve años, estallaba en un llanto oscuro y doliente por la derrota del equipo nacional, su padre había intentado consolarlo, diciéndole que el gol de la Calaca González –aquél con el que los mexicanos se pusieron uno a cero en los primeros minutos del primer tiempo- sería recordado como el mejor del partido... -Ah, papá, papá..., tú siempre tan ocurrente, tan inverosímil, tan impredecible... Los enormes y ostentosos edificios de Santa Fe surgieron a lo lejos como la escenografía de un musical de Broadway. El Allegro mozartiano alcanzó un pico muy alto y, de pronto, se disparó más allá del ámbito terrestre, igual que un cohete espacial. Emilio alargó una mano e hizo girar la perilla del aire acondicionado. Una ráfaga de aire tibio lo golpeó en el rostro. -Espero que no te incomode el viaje, papá- dijo pausadamente, como si se dirigiera a alguien sentado en el asiento del copiloto-. Mi plan es resolver la cuestión de la firma del contrato con el licenciado Rossini en un par de horas, cuando mucho, comer algo por ahí y regresar a la ciudad. Aunque me temo que hoy ya no tendré tiempo de llevarte a la iglesia... Emilio se detuvo junto a la caseta de cobro, bajó la ventanilla, sacó de su cartera un billete de cien pesos y se lo entregó al cobrador, que le devolvió su cambio envuelto en el comprobante de pago. Emilio metió primera y pisó el pedal del acelerador. La ladera localizada a la izquierda de la carretera estaba cubierta por un apretado bosque de pinos. Del lado derecho se extendía una gran planicie seca y terregosa. El auto de Emilio subió una empinada cuesta y tomó la primera de varias cuervas cerradas. Emilio apagó el aire acondicionado y se abotonó el suéter. En la radio, el eco de la última nota del concierto vibró un instante y se transformó en un silencio dulce y nostálgico. -Un día me trajiste a La Marquesa para que montara por primera vez un caballo..., un caballo de carne y hueso, ¿recuerdas? Todavía no había pistas de cuatrimotos ni de motocicletas, como ahora. El lugar era un llano desierto, con un puñado de cabañitas de troncos alineadas a ambos lados de la carretera, donde la gente podía comer quesadillas de flor de calabaza, de huitlacoche o de queso con epazote, y tomar café de olla. Habrá sido un año después de la tragedia de La Bombonera... Te acercaste a un ranchero bizco, de edad indeterminada, que le estaba dando agua a un caballo viejo y flaco, e intercambiaste con él unas cuantas palabras. Luego me ayudaste a montar al animal. Yo estaba muy emocionado y feliz... Lo haría galopar a lo largo y ancho de aquel llano inmenso y, si nos topábamos con algún tronco atravesado en el camino, lo obligaría a saltarlo... Me acomodé en la montura, agarré con fuerza la rienda y me dispuse a encajarle a aquel caballo los talones en los costillares para que saliera galopando... Pero entonces me pusiste una mano en una rodilla y me dijiste con calma: “Milo, el señor lo va a jalar, no te preocupes. Disfruta el paseo.” No lo tomes como un reproche, papá, pero creo que han sido los treinta minutos más aburridos de mi existencia...   Emilio llegó a Toluca hacia la una cuarenta y cinco de la tarde, se dirigió al centro y buscó la calle Lerdo de Tejada, a un costado del Palacio de Gobierno, como le había indicado su jefe. No se demoró en dar con ella. Estacionó el auto en esa misma calle (a diferencia de la ciudad de México, aquí todavía era posible hallar un lugar para estacionarse en plena zona céntrica), se despidió de su padre (“no tardo, papá”), abrió la portezuela y, con su portafolio en una mano, entró en un ámbito opaco, envuelto por una sutil neblina. Al cabo de dos horas y cuarto volvió, encendió el motor del auto y arrancó con la idea fija de encontrar rápidamente el camino de regreso a la carretera. Pero de repente se percató de que tenía hambre. Un hambre atroz, casi canibalesca. Se orilló, bajó del auto e ingresó en un supercito, donde compró un sándwich de jamón con queso, un chocolate y una botella de agua. Cuando estaba a punto de salir, le preguntó al dependiente si sabía cómo podía llegar a la carretera que iba a la ciudad de México. -Siga por esta avenida, derecho, derecho, y, cuando llegue a una gasolinera, doble a la izquierda, y luego, dos cuadras más adelante, a la derecha. Allí vuelva a preguntar porque ya no me acuerdo cómo seguir. -Gracias. Emilio salió del supercito, subió al auto y siguió por la avenida por donde venía transitando, derecho, derecho. En un alto que le tocó, bajó la ventanilla y, de coche a coche, le pidió ayuda a un taxista para escapar de aquel laberinto toluqueño. -Sígame. Cuando le haga una seña con la mano, doble a la izquierda y tome el paso a desnivel que tendrá enfrente. Derecho, derecho, hasta que vea el letrero “México”. -Muy bien. Una vez que estuvo en la carretera, Emilio se relajó. Sacó el sándwich de la bolsa de plástico, le quitó la envoltura de celofán y le dio una mordida. Luego destapó la botella de agua y se la llevó a la boca. El líquido se desbordó por la comisura de sus labios y le empapó el suéter. Emilio puso la botella en el asiento del copiloto, se sacudió las gotitas que habían quedado en su pecho y volvió a poner la vista al frente, en la línea discontinua de la carretera. -El licenciado Rossini es un individuo flaco, bruto y malencarado –dijo mientras encendía de nuevo la radio y buscaba otra estación-. Además, le apesta la boca -sintonizó Radio Universal y le subió al volumen-. Ya me había dado cuenta de esto la vez que me lo presentó mi jefe en México. Pero hoy, papá, estaba desatado... Aún no atravesaba por completo la puerta de su despacho y ya había percibido su tufo a rata muerta... ¿Dios mío, no se da cuenta o le vale gorro? Cuando hablaba, yo sentía que en cualquier momento podría vomitar encima del escritorio. La tortura duró más de dos horas, pero por fin accedió a firmar el contrato –de las bocinas salieron los primeros compases de “Cementerio de trenes”-... Tú, en cambio, aunque fumabas bastante y te echabas tus alcoholes con más frecuencia de la necesaria, nunca tuviste mal aliento. Eras muy cuidadoso en ese aspecto, lo cual se te agradece. No hay cosa más abominable que un tipo al que le apesta la boca y no hace nada para remediarlo... Lo que sí me trastornó, papá, y te lo voy a decir con claridad, fue tu época hippie, cuando te aparecías por mi escuela a la hora de la salida y yo te veía venir por el patio, con un listón alrededor de la cabeza, lentes oscuros, un racimo de collares de artesanía colgado del cuello, camisa floreada y pantalones acampanados color verde pasto. Eras todo un espectáculo... A mí me daba mucha vergüenza que mis compañeros de salón me vieran contigo; aborrecía tu estrafalario atuendo, tu pinta tan extravagante... En fin, ¿quién lo pensaría? Ahora mismo están tocando una de las canciones de tu grupo preferido, y verdaderamente es buenísima, incluso cuarenta años después. El resto del viaje de vuelta transcurrió entre canciones de Barry Ryan (“Eloise”), Gary Puckett y los Union Gap (“Muchachita”), los Beatles (“Hey, Jude”), Shocking Blue (“Venus”) y Procol Harum (“Una pálida sombra”). Ya había caído la noche cuando Emilio salió de la carretera, tomó el camino a Santa Fe, cruzó los Puentes de los Poetas y bajó por Las Águilas. Al llegar al cruce con Rómulo O’Farril, dobló a la derecha y, en menos de lo que canta un gallo, estuvo en el Periférico. Emilio experimentaba una tenue sensación de aislamiento, como si estuviera demasiado lejos, a años luz, del mundo al que pertenecía. Además, se sentía muy cansado. Lo único que deseaba era meterse en la cama y dormir, perderse en el sueño. Apagó la radio y se puso a rumiar algunos incidentes de su encuentro con el licenciado Rossini. Dio vuelta en u en Universidad, entró en la unidad habitacional donde rentaba un pequeño departamento de dos recámaras, baño y cocineta, y estacionó el auto en el cajón que le correspondía. Antes de bajar y cerrar la portezuela con llave, giró la cabeza sobre su hombro izquierdo y dijo: -Buenas noches, papá.   Temprano, Emilio se comunicó por teléfono con su jefe para avisarle que las negociaciones con el licenciado Rossini habían sido un éxito y preguntarle si quería que le llevara el contrato firmado. -Sí, tráemelo y tómate una semana de vacaciones -le contestó aquél-. Supongo que has de estar abrumado por la muerte de tu padre. No es para menos. Trata de distraerte y preséntate a trabajar el próximo lunes. -Muy bien. Gracias, licenciado. Voy para allá. Le dejo el contrato con su secretaria –dijo Emilio. Terminó de desayunarse un café con leche y un pan con mermelada, se lavó los dientes con especial meticulosidad porque se le vino a la memoria –y al olfato- el miserable aliento del licenciado Rossini, y salió de su departamento. En las escaleras se encontró con dos vecinos –hombre y mujer, ya viejos- con los que nunca había cruzado palabra y, por un impulso que no alcanzó a explicarse, les dio los buenos días. Abordó su auto, dejó su portafolios encima del asiento trasero y encendió el motor. -Hola, papá. Vamos a la oficina. Luego, a ver qué pasa.   Avanzó por Universidad, rodeó la glorieta de Miguel Ángel de Quevedo, tomó la avenida del mismo nombre y dio vuelta a la derecha en Insurgentes. Era un día frío, como todos los de enero en la ciudad. El cielo lucía despejado y azul. La gente caminaba bien abrigada por las banquetas. Los autos y camiones avanzaban con lentitud. Un poco antes del cruce con Río Mixcoac, el tráfico empeoró porque los semáforos estaban descompuestos. Emilio decidió no sobresaltarse, no gritar, no tocar el claxon. Total, ése y los siguientes días no tenía la obligación de llegar temprano a ninguna parte. Escrutó el horizonte a través del parabrisas. A lo lejos divisó el edificio que se levantaba en la esquina, justo a un lado del cine Manacar. Sonrió. Cuando era niño, cada vez que pasaban por ese cruce, su padre le decía, con un orgullo incomprensible, que la empresa donde trabajaba desde hacía años tenía un piso en aquel edificio. En esas ocasiones, su padre hablaba como si él fuera el dueño de aquella empresa y, por ende, de aquel piso. Esto le resultaba muy enojoso a Emilio, si bien no tanto como otras poses y actitudes paternas. Por lo demás, apenas su padre fue despedido de mala manera de aquella empresa y se vio en la calle, sin empleo, todo comentario sobre el piso aquel cesó. -Yo creía entonces que tú podías ir allí a descansar o jugar cartas, dominó o billar... Emilio tenía muy presente también la vez que su padre lo había llevado al cine Manacar, precisamente, a ver una película sobre la vida de Tchaikovsky. Entraron y se sentaron en unas butacas ubicadas más o menos a la mitad de la sala, junto al pasillo. Emilio acababa de cumplir doce años. Hacía poco que sus padres se habían divorciado. Su padre solía recogerlo los fines de semana en casa de la abuela, donde vivía con su madre, y llevarlo a jugar futbol o beisbol en un jardín de Ciudad Universitaria, o a rentar una bicicleta en el Parque de los Venados, pero casi nunca al cine. Ahora era un caso especial: se trataba de Tchaikovsky, Pyotr Ilych, y su padre no dejaría pasar la oportunidad de ver aquella cinta con él. Desde un principio se percibía una atmósfera lúgubre y triste. Tchaikovsky era un ser atormentado e hiperestésico que hallaba en la música su única razón para continuar vivo. Su padre, sentado a su lado, se removía en su butaca, cruzaba una pierna, la otra; se llevaba una mano a la boca y se mordía las uñas; o tosía y carraspeaba constantemente, como si se le dificultara respirar. Cuarenta minutos después del comienzo de aquella película, se puso de pie y le dijo a Emilio que lo siguiera. Ambos caminaron rumbo a la salida, cruzaron la puerta del cine y salieron al sol refulgente de una tarde de julio. Fue entonces cuando Emilio se dio cuenta de que su padre estaba temblando. -Sólo me dijiste que te sentías mal y que me llevarías a casa de mi abuela, y te quedaste callado. Verte así me afectó en verdad; sentí por ti algo muy parecido a la lástima, y eso no me gustó nada. Creo que hubiera preferido verte enojado, mentando madres, pero no así, tan desamparado, tan frágil. En fin, eso fue hace mucho, mucho tiempo. Ahora ya no importa, papá. Todo está bien. El auto de Emilio logró horadar el nudo metálico que tenía enfrente y proseguir su camino. Él prendió la radio, pero casi de inmediato la apagó porque no deseaba oír noticias ni ningún análisis de la realidad nacional e internacional. Al llegar a Xola dobló a la derecha, cruzó División del Norte y unas cuadras más adelante se metió en un estacionamiento público. -No tardo, Martín –dijo Emilio, y dejó abierta la portezuela para que el empleado subiera al auto y lo estacionara. -Muy bien, licenciado, aquí estamos. ¡Suerte!   Más tarde, a pesar de que ya estaba libre de obligaciones laborales, Emilio no trazó ningún plan para llevar la urna con los restos de su padre a la iglesia que se localizaba cerca de la unidad habitacional donde vivía. Y no porque de pronto hubiera renunciado a cumplir esa acción ritual, sino simplemente porque consideró que podía posponerla unos cuantos días más, sin que ello significara falta de respeto o de amor hacia su progenitor ya muerto. Lo que sí hizo fue hablarle a Úrsula, una amiga con la que esporádicamente solía tener algún encontronazo erótico. -¿Dónde te habías metido, guapo? ¿Todo bien? -Sí, claro. Todo bien. ¿Y tú cómo has estado? -Extrañándote. -Pues aquí me tienes: soy todo tuyo. Tomaron una, dos, media docena de copas en un bar de Insurgentes. Hacia la medianoche salieron de allí mareados y felices. Caminaron hasta una calle mal iluminada y subieron al auto. Emilio dejó las llaves junto al freno de mano, le cogió una mano a Úrsula y comenzó a chuparle el dedo meñique como si fuera un caramelo. Cuando llegó al índice, Úrsula abrió las piernas... Unos minutos después, el auto de Emilio se balanceaba alegremente de un lado a otro, sin avanzar un solo metro, sobre el pavimento de aquella oscura y desierta calle.   Durante los siguientes tres meses, Emilio continuó su vida sin sobresaltos. A veces tenía que ir a Toluca a tratar con el licenciado Rossini algún punto fino de la nueva alianza que se había establecido entre ellos. Entonces, previendo siempre lo peor, Emilio se preparaba para hacerle frente a tan desdichada experiencia: se untaba un poco de aceite de eucalipto en los dos orificios de la nariz, con lo cual mitigaba las náuseas que sentía al percibir el fétido aliento del licenciado Rossini. La mayoría de las veces, sin embargo, permanecía en su oficina de la ciudad, redactando informes financieros o cumpliendo otras tareas no menos apasionantes, y de tarde en tarde, de noche en noche, volvía a ver a Úrsula. Por lo que se refiere a las cenizas de su padre, primero cayó en la trampa de aquello que los clásicos llaman procrastinación, esto es, en la permanente postergación de lo que por semanas tuvo en mente: llevarlas al nicho de la iglesia; luego se convenció de que lo mejor era dejarlas donde estaban, pues como representantes oficiales de su padre le permitían abordar con éste, mientras manejaba, asuntos que o bien no le habían quedado claros, o bien le traían recuerdos gratos y levemente melancólicos.   Había sido una semana ajetreada, llena de pequeños -pero no por ello menos molestos- problemas oficinescos. Emilio sentía la espalda adolorida y los nervios crispados. Por eso, cuando llegó la tarde del viernes, no dudó en llamarle a Úrsula y proponerle ir a dar la vuelta juntos, “por ahí”. -Vamos a divertirnos, papá. Es justo y necesario –dijo apenas entró en su auto luego de despedirse de Martín y desearle buena tarde-. ¡En marcha! Tomó Insurgentes rumbo al sur. Compraría una botella de champaña y -¿por qué no?- una latita de auténtico caviar, no de imitación, como el que ahora encuentra uno en todos los supermercados. Después pasaría por Úrsula y la llevaría a uno de los moteles que están a la salida de la vieja carretera a Cuernavaca. -Pero antes, papá, queridísimo papá, voy a pagar el teléfono, si no me lo cortan. ¿Me acompañas? Emilio dio vuelta a la derecha en Barranca del Muerto, cruzó Revolución y el Periférico, y en una callecita paralela a éste estacionó el auto. Se metió una mano en el bolsillo interior del saco para comprobar que allí estuviera el recibo telefónico, abrió la portezuela y bajó. -Te veo en un minuto, papá. Atravesó la calle y entró en el Sanborns al que acostumbraba ir los domingos en la tarde-noche, cuando ya no había nada que hacer sino esperar la llegada del lunes, hojeando revistas y libros de todo tipo.  Emilio saldó el monto del recibo telefónico en la caja de la dulcería y se encaminó a la farmacia. Compraría un gel lubricante y, también, unos chicles y unas pastillas de menta, no fuera a padecer de súbito el síndrome del licenciado Rossini, pensó. Pagó el gel lubricante y los chicles, y salió de aquel establecimiento, sintiéndose bien, a gusto consigo mismo y con el resto del universo. Entonces, luego de desandar el camino que había recorrido unos minutos antes, comprobó -lívido, atónito, horrorizado- que el auto ya no estaba donde hubiera tenido que estar. Las cosas pasan porque tienen que pasar... En aquella calle no estaba prohibido estacionarse; de hecho, era allí, justamente, donde Emilio dejaba el auto cada vez que iba a ese Sanborns. Así, la posibilidad de que una grúa de tránsito se lo hubiera llevado a un corralón quedaba descartada y, en cambio, la otra descorazonadora, atroz, terrible posibilidad -es decir, que alguien se lo hubiera robado con todo y la fea urna que contenía las cenizas de su padre- se erigía dramáticamente como una verdad gigantesca e insoslayable..., tan gigantesca e insoslayable como la luna que en esos momentos surgía en el cielo detrás de una abigarrada nube violácea.                                                                                                      De El corrector de estilo 
Cenizas
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  475 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Acababa de escapar de sus captores, arrojándose contra el cristal de la ventana de aquel infame cuartucho. Extrañamente, ni su cabeza ni su rostro, ni sus brazos ni sus piernas lucían herida alguna. Sólo sentía dolor en las muñecas de las manos, causado por los trozos de mecate con que lo habían mantenido maniatado durante quién sabe cuántos días, y, también, una terrible hipersensibilidad a la luz del sol por haber permanecido con los ojos vendados desde el momento en que lo metieron en un auto para secuestrarlo. Ahora corría por una calle solitaria en la que se levantaban, a ambos lados, unas casuchas miserables. Aquel lugar era absolutamente desconocido para él. Se detuvo, tomó aire por la boca y volteó hacia atrás. A lo lejos, entre brumas y destellos luminosos, vio que uno de sus captores lo seguía. Impulsado por el pánico y la desesperación, volvió a emprender la huida. A cada zancada que daba, tenía la impresión de que en cualquier instante podía tropezar y rodar por el pavimento. Saltó una barda de ladrillos y se halló en un terreno baldío. Avanzó a trompicones por un suelo irregular, atestado de matorrales secos, piedras y basura. Varias ratas se desperdigaron en todas direcciones a su paso. Empezó a experimentar una fuerte opresión en el pecho por el esfuerzo que estaba llevando a cabo para correr a esa velocidad vertiginosa. Giró la cabeza: su perseguidor ya estaba dentro del terreno baldío y cada vez se acercaba más a él... Llegó al otro extremo del terreno, saltó otra barda y cayó en el patio de una casa de una sola planta. Abrió una puerta de metal y continuó su camino desbocado a través de una cocina diminuta y, después, de una estancia oscura repleta de muebles viejos y olorosos a humedad. Salió a otra calle, tan desierta o más que la anterior, y prosiguió su marcha enloquecida y sin rumbo. El ladrido de unos perros se dejó oír en algún sitio como el estallido de un sinnúmero de cohetes. Desfalleciente, a punto del colapso, les pidió a sus piernas que no lo fueran a traicionar... Miró sobre su hombro izquierdo y escuchó claramente el jadeo de su captor. Pensó en sus hijos, en su esposa, en sus padres, y, como si se tratara de un milagro, sus piernas comenzaron a moverse con la potencia de una locomotora. No lo podía creer... Poco a poco, la distancia que lo separaba de su captor, de aquel criminal cruel y desalmado que tanto lo había hecho sufrir, fue creciendo más y más. Sonrió. El sudor le escurría por la frente, el cuello, el pecho... Más allá, en el cruce de aquella calle con una avenida muy transitada, divisó, con la vista ya completamente recuperada, una patrulla de la policía y, junto a ella, parados, a dos policías que lo miraban con atención. Una alegría inmensa lo invadió. ¡Estaba salvado!, pensó. Cuando estuvo a escasos metros de ellos, sin embargo, comprendió de golpe, por su sonrisa burlona y despectiva, que aquellos individuos uniformados eran cómplices del sujeto que lo venía persiguiendo y del resto de la banda que lo había privado de su libertad. El terror más espantoso que jamás hubiera podido imaginar lo envolvió como una camisa de fuerza. Los policías salieron a su encuentro. Él se paró en seco y avistó la avenida. Aún tenía una oportunidad, la última, sin duda: precipitarse hacia ella e intentar atravesarla. Era eso o regresar al cuartucho y padecer, de nuevo, miedo, frío, hambre, golpes, burlas, humillaciones, el infernal encierro. Tensó los músculos de todo su cuerpo y se puso en movimiento... Los policías se quedaron atónitos, viendo cómo se les escurría de entre las manos. Esquivó uno, dos, tres autos antes de advertir, con el rabillo del ojo, un tráiler que se abalanzaba sobre él... Entonces despertó.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá El hedor se escapaba a través de la rendija inferior de la puerta. No había manera de que los vecinos no lo percibieran al subir o bajar las escaleras del edificio, incluso si se tapaban la nariz con el dorso del brazo o con un pañuelo. Surgía, inclemente, de la orina mezclada con kilos de excremento de los más de treinta gatos que vivían hacinados en ese departamento del segundo piso, bajo el cuidado de una anciana enjuta, medio sorda y ya sin olfato. La dueña de aquel gaterío estaba entregada a él en cuerpo y alma. Calzada con unas pantuflas sucias y cubierta con una desgarrada bata rosa, cada tercer día abría la puerta –gracias a lo cual el hedor se esparcía sin freno por el cubo de las escaleras-, bajaba a la calle y se dedicaba a buscar alimento para sus mininos. Cuando regresaba, cargando una bolsa de plástico repleta de cabezas de pollo, el Tuerto, un gato de pelo pardusco que había perdido un ojo en una tumultuosa pelea callejera, ya la esperaba frente a la puerta, relamiéndose los bigotes, mientras sus compañeros yacían sobre los sillones de la sala, o deambulaban por el pasillo y las habitaciones, o intentaban aparearse entre maullidos que semejaban los gritos angustiosos de unos niños aterrorizados. Apenas entraba, la anciana sacaba de la bolsa una cabeza de pollo y se la arrojaba al Tuerto, que la pescaba al vuelo y comenzaba a devorarla con avidez. Al oírla, los demás gatos dejaban lo que estuvieran haciendo y con pasos ágiles y silenciosos se acercaban a ella y la rodeaban, cada vez más desesperados por saciar su hambre. La anciana, entonces, echaba las restantes cabezas de pollo en un rincón de la estancia y se quedaba observando cómo aquéllos se abalanzaban sobre esos miserables despojos y los engullían. Los vecinos habían hecho todo lo posible para evitar que aquel hedor siguiera invadiendo, como un fantasma infernal, el edificio. Primero pretendieron razonar con la anciana, hacerle ver que la insalubridad en que malvivía no sólo la afectaba a ella, sino a todos, y que, por lo tanto, debía deshacerse de los gatos y consentir que un escuadrón de sanidad limpiara y desinfectara su departamento, pero ella se había negado rotundamente, aduciendo que nada ni nadie le impedía tener todos los animalitos que quisiera. También acudieron a las autoridades de la delegación para que tomaran cartas en el asunto, pero éstas les dijeron que, sin una demanda de por medio, no podían ejercer ninguna acción contra la anciana, y como una demanda implicaba mucho tiempo, dinero y esfuerzo, desecharon ese camino. Finalmente se pusieron en contacto con distintas organizaciones protectoras de animales para exponerles su caso y hallar una solución, pero todas les informaron lo mismo: que sin la anuencia de la anciana, no tenían ninguna facultad legal para entrar en su departamento y llevarse a los gatos. Ante tales fracasos, los vecinos consideraron la opción más radical: envenenar a los mininos. Sin embargo, ¿qué ganarían? Si mataban a los cuatro -entre ellos el Tuerto- que se escabullían por la ventana del comedor que la anciana dejaba abierta de tarde en tarde para vagar con displicencia por los jardines o cazar algún roedor desprevenido, el hedor persistiría, inalterado... Tal era la realidad que se negaban a admitir. De cualquier modo pusieron manos a la obra y, más por necedad y frustración que por otra causa, lograron envenenar a tres de aquellos gatos aventureros, los cuales un día, muy temprano, aparecieron muertos al pie de la puerta del departamento de su ama. Ninguno de ellos era el Tuerto. Esa vez, cuando vio los cuerpos inertes de sus amados gatos, la anciana prorrumpió en una andanada de juramentos y maldiciones; al cabo de unos minutos los metió en un costal, arrastró éste hacia el interior del departamento y azotó la puerta. Esa noche, un coro de maullidos dolientes y macabros impidió que los vecinos conciliaran el sueño. A la mañana siguiente, lo primero que hizo la anciana fue cerciorarse de que la ventana del comedor estuviera perfectamente cerrada (ya nunca más la abriría, se dijo); luego sacó del departamento el costal con los gatos muertos, lo depositó en uno de los tambos de la basura que había al fondo del estacionamiento y salió a la calle en busca de las cabezas de pollo. Pasó el tiempo y la situación no varió demasiado. El hedor gatuno que envolvía a todas horas las escaleras del edificio, adquirió el carácter de una invisible presencia maléfica que crispaba los nervios de los vecinos. Pero, a pesar de todo, éstos asumieron que tendrían que convivir con él hasta que algo sucediera. Y, para no pocos, ese algo no significaba otra cosa que la eliminación de la anciana. Algunos pensaron en la posibilidad de un accidente inducido; otros, en una fuga de gas dentro de su departamento; otros más, en una incursión nocturna para clavarle un cuchillo en el corazón... Pero estos pensamientos no eran más que eso: pensamientos, ideas, ensoñaciones que les servían como válvulas de escape de su ira y su impotencia. A final de cuentas no hubo necesidad de que ninguno de los vecinos se manchara las manos de sangre. Hacia el anochecer de un día de invierno, la anciana terminó de merendar unas galletas rancias con una taza de café soluble y se encaminó a su cuarto para tenderse en su cama. El Tuerto y otros gatos la seguían de cerca por el pasillo y en un momento dado se le metieron entre las piernas y la hicieron perder el equilibrio. Al caer, la anciana se golpeó brutalmente la cabeza contra el suelo y perdió el conocimiento. Aunque lo recobró instantes después y consiguió arrastrarse hasta su habitación, falleció en la madrugada, víctima de un derrame cerebral. Unos cuantos gatos –no más de diez- se aproximaron con cautela al cadáver de la anciana, el cual había quedado tendido boca arriba a un costado de la cómoda, y al no advertir ningún movimiento en él, lo empezaron a olisquear y lamer, como tratando de insuflarle vida. El resto permaneció en la sala, la cocina y las otras habitaciones, ajeno a lo que acababa de ocurrir. Cuando los primeros rayos del sol irrumpieron en el departamento, todos los gatos ya sabían que algo no estaba bien. A la mayoría le dio por maullar con más fuerza de la habitual. Entretanto, el Tuerto se desperezó y fue a beber agua a la pileta del lavadero; a continuación bajó de ella, abandonó la cocina y de un salto trepó al alféizar de la ventana del comedor, desde donde se puso a arañar el cristal, como corroborando que por ahí era imposible salir... Hacia el atardecer, el hambre ya había enloquecido a casi todos los mininos, que corrían de aquí para allá, lanzando zarpazos al aire o peleando entre ellos. Sólo el Tuerto se mantenía en calma. Se dirigió lentamente a la habitación de la anciana y se detuvo a unos centímetros de la cabeza de ésta. El hedor de la descomposición de aquel cadáver comenzaba a sumarse al de la orina mezclada con los kilos de excremento desparramados por todos lados. El Tuerto fijó la singular mirada en el rostro de la anciana... De pronto alargó una pata y lanzó un poderoso zarpazo sobre uno de sus ojos cerrados. Un fino hilillo de sangre brotó de la piel del párpado y se deslizó por una de las mejillas. El Tuerto repitió el ataque un par de veces, antes de alargar el hocico e hincar los colmillos en aquella zona. Al sentir el sabor de la sangre en la lengua, un loco frenesí se apoderó de él y mordisqueó con furia hasta que logró desgarrar la piel y vaciar el ojo de la anciana, que se tragó entero. Media docena de gatos cruzaron el umbral de la puerta de la habitación, atraídos por la curiosidad. Cuando vieron al Tuerto hurgando en el rostro de la anciana, aceleraron el paso en dirección a él. El Tuerto hizo el intento de alejarlos: encorvó el lomo y enseñó los colmillos amenazadores. Pero como cada vez más animales llegaban a la habitación, mejor se dio la vuelta y retomó la tarea que había emprendido. El festín se prolongó hasta bien entrada la noche.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   -¿Joder juntos, Julio Jaime Jaurena Jara? ¡Jamás! -Juana Josefina Jiménez Juárez, jerarquicemos: jefe juzga justo –juicioso- jaripear, jinetear, joder juntos... -¡Ja ja ja! -Joven, jovial, jocunda jarocha, juntemos jungla jacarandosa, jabalina jugosa. ¡Jodamos! Juro justificar juerga, jolgorio, jornada jocosa. -¡Je je je! -Jálamela, Juana Josefina... -¡Ji ji ji! -Jalonéamela, Juanita Josefinita... -¡Jo jo jo! -Juguemos jubilosos, jericalla... -¡Ju ju ju! -Jadeemos, jazmín jónico... -¡Jamás, jamelgo jactancioso! -¿Justiprecias jerarquía, jefatura, Juana Josefina Jiménez Juárez? -Justipréciola, Julio Jaime Jaurena Jara. -Juntémonos, jacaranda jalapeña... -¡Jamás, jumento jalisciense! -Jodamos, joya jaspeada, jade... -¡Jamás, jamás, jamás, jilguero jetón! ¡Jódete! -¡Jolines! ¡Jaiba jurásica! ¡Jinetera jorobada! ¡Jamona!                                                                                                   De Invenciones a dos manos 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Carlos Reinoso era mi ídolo. Cada vez que yo salía al parque a patear el balón con mis amigos, tenía en mente sus recortes, sus pases precisos, sus tiros chanfleados al arco enemigo, y trataba de imitarlo. Incluso, cuando esperaba a que el partido se reanudara, ponía las manos en la cintura, igual que él. En aquella época, yo era un mocoso de doce años, y si alguien me hubiera preguntado: ¿eres feliz?, sin duda hubiese contestado: no. Las causas de mi infelicidad eran básicamente dos: todos los días debía levantarme tempranísimo para asistir a una escuela que semejaba un reclusorio (con celda de castigo incluida); y, una vez que me soltaban en la tarde y regresaba a casa, no podía jugar hasta que hubiera terminado, de cabo a rabo, la tarea. Puedo decir que sólo cuando estaba en posesión -o detrás- de una pelota me sentía libre. Todo lo demás me tenía sin cuidado: las peleas de mis padres, los vecinos, el clima, la contaminación, la economía nacional e internacional... Mi sueño era convertirme en un jugador profesional, integrar las filas del América y participar en un Campeonato Mundial con la Selección. Y a él me entregaba con pasión cuando lograba zafarme de mis obligaciones escolares. Por supuesto, no me perdía ningún partido del América, ya fuera por televisión o en el mismísimo Estadio Azteca, acompañado por mi padre. Y Reinoso –quien había llegado a ese equipo en 1970, poco después del Mundial más lindo de la historia- era mi maestro. Yo lo consideraba el summum de la creatividad, la elegancia y el talento futbolísticos. No había nadie como él (excepto Pelé, claro). A veces, en lugar de organizar un partido con mis amigos, prefería subir solo a la azotea del edifico e imaginar que, enfundado en el uniforme crema, con el número 8 en la espalda, yo era Reinoso, y que driblaba a cuanto adversario me salía al paso antes de marcar un golazo... En la temporada 70/71, el América ganó el campeonato de liga bajo la batuta del chileno. Y en la siguiente -71/72- estuvo a punto de repetir la hazaña pero, en la final, Reinoso y sus compañeros se toparon con un Cruz Azul inspirado que los apabulló cuatro goles contra uno. En esa ocasión, frente al televisor, no pude contener mi tristeza, y, sin importarme que estuvieran presentes varios de mis familiares, lloré amargamente, desconsolado. Ahora se disputaba el torneo de copa 72/73. Y hacía apenas unas semanas mi padre me había llevado al Estadio Azteca, donde tuve la oportunidad de ver en vivo y a todo color cómo Reinoso aprovechó que el guardameta del Atlético Español, Vázquez del Mercado, estaba demasiado lejos de su portería, para meterle un maravilloso, soberbio gol desde media cancha. Una noche, cuando ya me hallaba acostado en la cama, a punto de dormirme, mi madre entró en mi cuarto y me anunció que había conseguido una entrevista con Reinoso. Quedé anonadado. Ella trabajaba como reportera de una revista femenina y, puesto que Reinoso gozaba de una creciente fama tanto entre los hombres como entre las mujeres (aunque chaparro, era apuesto, galán), había pensado que bien podía entrevistarlo y escribir un reportaje que destacara no sólo sus dotes como estrella deportiva, sino sobre todo su faceta como esposo y padre de dos pequeños hijos. -¿Cuándo? –le pregunté. -Pasado mañana -respondió. -¿Dónde? -En su domicilio particular. -¿Y me vas a llevar? -Sí. A partir de ese instante mágico no tuve otro pensamiento en la cabeza que no girara alrededor de la futura entrevista. Al día siguiente les comuniqué la buena nueva a mis amigos. Primero me tildaron de hablador; luego, al verme tan entusiasmado por la perspectiva de conocer en persona a Reinoso, me creyeron, y a lo mejor hasta me envidiaron un poquito. Quién sabe. El día ansiado llegó. Mi madre me recogió en la escuela y nos dirigimos a la colonia Nápoles, donde Reinoso y su familia vivían en un departamento de la calle de Pensilvania. Mi madre estacionó el auto y bajamos. Entramos en el edificio, llamamos el elevador y subimos hasta el tercer piso. Mi madre tocó el timbre del departamento 301, y esperamos. Las manos me sudaban. Abrieron la puerta. -¡Hola!, pasen, pasen... No era posible... ¡Ahí estaba frente a mí, vestido con unos pantalones de mezclilla y una camisa blanca de manga corta, Carlos Enzo Reinoso Valdenegro, el más grande jugador del futbol mexicano, el estratega que comandaba al América como un general dirige a su ejército, el hombre que hacía con el balón lo que se le pegaba la gana! Cruzamos la puerta y nos encontramos con una mujer joven, de pelo corto y negro. -Buenas tardes –nos dijo, y nos tendió la mano-. Soy la esposa de Carlos. -Buenas tardes –respondimos al unísono mi madre y yo, y la saludamos; y a continuación mi madre añadió-: Éste es mi hijo Roberto. Reinoso, quien ya se había dado la vuelta después de cerrar la puerta, me puso una mano sobre la cabeza y preguntó: -¿Te gusta el futbol, Roberto? -¡Sí! –respondí-. Y soy americanista y, para mí, usted es el mejor jugador de México. -¡Es una agradable sorpresa oírte decir eso! –dijo Reinoso, y me revolvió el cabello cariñosamente. -Adelante, por favor –dijo la mujer, y nos condujo a la sala. Yo me senté junto a mi madre en el sofá; Reinoso y su esposa ocuparon dos sillones individuales. Al rato, un niño de unos cuatro años y una niña todavía más pequeña, de unos dos, ambos con el rostro adormilado, hicieron su aparición por el pasillo. -Son mis hijos –dijo Reinoso-. Saluden, niños. -Hola –dijeron ellos. -Hola -dijimos nosotros. Mientras nos tomábamos un refresco que nos trajo la sirvienta, mi madre se encargó de preparar el terreno para la entrevista propiamente dicha. Les preguntó a Reinoso y a su esposa en qué lugar de Chile habían nacido, cuándo se habían conocido, cuánto tiempo había durado su noviazgo, dónde se habían casado... Yo escuchaba atentamente las respuestas y de tanto en tanto paseaba la mirada por aquel departamento para guardar en mi memoria cualquier detalle que hiciera más verídico el relato que ya planeaba contarles a mis amigos. Al cabo de unos minutos pasamos al comedor. -Voy a prender la grabadora –dijo mi madre. -Sí, muy bien –dijo Reinoso. La entrevista se centró en la vida familiar del crack chileno, si bien era inevitable que mi madre se refiriera frecuentemente a su actividad profesional. Hacia las cuatro y media terminamos de comer y nos levantamos de la mesa. -El fotógrafo no ha de tardar en llegar –dijo mi madre. -Aquí lo espero, no te preocupes –dijo Reinoso, y luego volteó a verme y preguntó-: Bueno, ¿y tú, Roberto, no juegas futbol? Cómo decirle que lo único que deseaba era jugar como él y que para ello practicaba a diario -en compañía de mis amigos, en el parque; o solo, en la azotea- las jugadas que lo veía hacer en la televisión o en el estadio. Era demasiado. No podía permitirme ser tan sincero. Por eso dije únicamente: -Sí, me encanta. -Y parece que es bastante bueno, según he oído –agregó mi madre. -¿No te gustaría formar parte de la fuerzas inferiores del América? -¡Sí! Reinoso, entonces, se encaminó a una de las habitaciones. Un momento después salió de ella y me alargó una tarjeta de presentación (llevaba su nombre y el escudo del América impresos), garabateada de su puño y letra. Leí: “Profe X.: Roberto es mi amigo. Échele un ojo. Juega muy bien. Se lo encargo mucho. Gracias.” El reportaje se publicó al poco tiempo y fue un éxito. Yo, por mi lado, me presenté casi de inmediato -con la anuencia de mis padres, pero bajo ciertas condiciones que me impusieron- en las instalaciones del equipo crema, en la calle del Toro número 100, en Coyoacán, para mostrarle la tarjeta al Profe X., quien, luego de leerla y devolvérmela, dijo: -Vamos a ver si es cierto... Y sí era cierto que poseía algunas cualidades futbolísticas: dominio del balón, habilidad, velocidad, enjundia; sin embargo, nunca pasé de jugar en ligas amateurs los fines de semana; eso sí, siempre teniendo en mente, como un modelo insuperable, la técnica, la maestría, el arte supremo de Reinoso.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   En las profundidades del mar océano habitaba un pulpo escritor. Como todos los de su especie, contaba con ocho tentáculos y con una buena dotación de tinta que le permitían escribir, al mismo tiempo, poemas, ensayos, cuentos, novelas, reseñas de libros y artículos periodísticos que trataban acerca de cualquier asunto relacionado con la vida marina, y eso estaba bien, porque los pececitos, que antes nadaban por ahí, perdidos, sin saber nada de nada, leían los escritos del pulpo escritor y discurrían y ya no mordían el anzuelo tan fácilmente. Los años pasaron. El pulpo escritor comenzó a ganar premios y a ser objeto de homenajes en los siete mares del mundo, y eso estuvo bien, porque le dio por escribir como nunca, aunque también por asistir, cada vez con más frecuencia, a cocteles y fiestas en su honor... Una noche, durante una de esas fiestas, varios tiburones se le aproximaron con sigilo. Le dijeron, entre tarascada y tarascada, que escribía muy bonito y que lo admiraban y que un pulpo como él debía hundirse más profundamente, lo cual, en aquellas circunstancias, significaba volar más alto. A continuación le propusieron ayudarlo para ello. El pulpo escritor, que ya estaba algo mareado porque se había tomado unas copitas, aceptó. Así se inició su transformación paulatina: con el poder que le brindaron los tiburones, llegó a creer que sólo el poseía la Verdad, y a blandir la espada de la Intolerancia, y a esconder sus ideas y su imaginación detrás de una cortina de tinta tan espesa y tan oscura, que quien lo leía ya no las encontraba..., y eso estuvo mal, porque desde entonces unos pececitos mejor se olvidaron de él y, lo que es peor, de su obra, y otros se dedicaron a ridiculizarlo y a hacerle chistes muy, muy crueles, pero también muy, muy divertidos, lo cual, viéndolo bien, estaba bien.                                                                                   De La vida y sus razones. Editorial Aldus 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá La historia que voy a contar comenzó el día en que me dejaron leer Rayuela en la prepa. Mi madre me dio dinero para comprar ese libro; sin embargo, cuando llegué a la librería y supe cuánto costaba, puse el grito en el cielo. ¡Tres mil quinientos pesos! Aunque quería, no podía adquirirlo. Sólo disponía de un billete de mil. Se lo devolví al dependiente y le di las gracias por su ayuda. Él lo reacomodó en el estante de donde lo había tomado un momento antes y se alejó por el pasillo. Yo, por mi lado, seguí manoseando otros libros que llamaban mi atención. Un minuto después, mi cerebro dio a luz una idea un tanto descabellada, pero sin duda posible. A esa hora de la tarde no había mucha gente en aquella librería. El pasillo donde yo me encontraba lucía solitario. Me agaché, volví a sacar el libro aquel y empecé a hojearlo despreocupadamente. Volteé a derecha e izquierda. Nadie. De repente lo cerré y con un movimiento rapidísimo lo metí entre el vientre, que contraje, y el cinturón del pantalón, y me ajusté la chamarra. Un escalofrío reptó por mi columna vertebral como un ciempiés.  Ahí permanecí un rato más, dizque muy interesado en un libro de cocina griega que no sé cómo llegó a mis manos. A continuación caminé hasta la mesa de novedades, que estaba a unos pasos de la puerta que daba a la calle, y me dediqué a repasar algunos títulos con la vista. Cuando lo consideré oportuno, giré y con aparente indolencia crucé la puerta de la librería, dispuesto a emprender la huida si alguien intentaba detenerme. Por suerte, nadie me dijo nada. Con todos los músculos tensos avancé por la banqueta en dirección a la parada del camión. A lo lejos vi que por la avenida se acercaba no un camión pero sí un trolebús que pasaba cerca de mi casa. Corrí, le hice la parada y me subí en él. Una vez que estuve sentado en uno de los asientos de la parte trasera, junto a la ventanilla, apreté los puños y lancé un grito mudo para desfogarme. Un señor de sombrero y bigote me lanzó una mirada reprobatoria. No me importó. ¡Estaba a salvo!   El éxito de mi primera experiencia como expropiador de libros me abrió la posibilidad de realizar un sueño largamente anhelado: formar mi propia biblioteca. Ahora bien, si pretendía continuar por la senda del triunfo, debía perfeccionar mi técnica de trabajo. Y a ello me entregué con pasión y constancia. Con el paso del tiempo -puedo asegurarlo-, el movimiento que ejecutaba para meter un libro entre el vientre contraído y el cinturón del pantalón se volvió tan rápido, sutil y elegante como el que ejecuta un prestidigitador para desaparecer un naipe frente a los ojos de un público estupefacto. En aquella época no existían, por fortuna, las cámaras de seguridad ni mucho menos los sensores antirrobos que hoy en día se utilizan no sólo en las librerías, sino prácticamente en cualquier establecimiento comercial. Los únicos obstáculos que un individuo como yo debía tener en cuenta a la hora de entrar en una librería eran unos espejos cóncavos distribuidos en distintos puntos estratégicos y los vigilantes, invariablemente de traje negro, que recorrían los pasillos con un único objetivo: descubrir con las manos en la masa a quien tuviera la intención de llevarse un libro sin pagarlo. Pronto extendí mi radio de acción hasta otra clase de establecimientos que, además de libros, vendían productos tan variados como discos, relojes, perfumes, televisores, juguetes, chocolates, medicinas...: los Sanborns. En las noches, cuando mi madre llegaba de la chamba, le pedía su auto para visitar alguno. Fue en esas tiendas donde conseguí casi toda la obra de Neruda, así como muchos libros de Hesse, Kafka, Borges, Arreola, Ibargüengoitia... Por supuesto, no faltaron las ocasiones en que, aun cuando ya iba “cargado” con un bonito ejemplar, tuve que abortar la misión, pues mi intuición me decía que alguien -quizás un vigilante, un dependiente o incluso un cliente chismoso- había visto cómo me lo guardaba en el vientre. Aquí debo hacer un alto en el camino y formular una aclaración: jamás lucré con los libros que sustraje, todos los conservo en mi biblioteca, y si bien algunas veces –contadísimas- accedí a trabajar sobre pedido, fue en nombre de la amistad.   Al comprobar que el número de libros de mi incipiente biblioteca se incrementaba constantemente sin gastar un solo centavo, Agustín me pidió que le enseñara los rudimentos de mi arte. Lo hice. Mi amigo no tardó en asimilarlos y ponerlos en práctica con una habilidad más que notable. De esta manera, como estudiante de la carrera de Biología en la UNAM, en primer lugar, y como amante de la literatura, en segundo, también empezó a satisfacer gratuitamente sus necesidades librescas. Un sábado en la mañana, Agustín me habló por teléfono a mi casa y me propuso “ir de compras”. -Mis papás se fueron con unos amigos a Cuernavaca y me dejaron las llaves del coche –añadió. -Te espero afuera -dije. Emprendimos el camino... Hacia el anochecer, los libros que habíamos logrado sustraer de una decena de librerías y Sanborns desperdigados por toda la ciudad cubrían por completo la cajuela del coche de mi amigo. -Tengo hambre –dije. -Sí, yo también –dijo Agustín-. Mira, te propongo algo: vamos a la Casa de Libro y le paramos. -Está bien. Más que una librería propiamente dicha, La Casa del Libro -ubicaba en la avenida Universidad esquina con la avenida Coyoacán- era un supermercado de libros con infinidad de pasillos, estantes y aparadores donde se exhibían ejemplares de todas las materias habidas y por haber. El coche subió la rampa que conducía al estacionamiento al aire libre, se detuvo en uno de los cajones, y Agustín y yo bajamos de él. -Desde hace rato estoy buscando un tratado de botánica. Ojalá lo encuentre aquí –dijo Agustín mientras descendíamos por las escaleras. -Ojalá. Ya dentro del establecimiento, cada quien tomó un rumbo diferente. Yo me sentía débil por la falta de alimento y, por lo tanto, sin ánimos para asestar otro golpe. Vagué por los pasillos, únicamente revisando aquí y allá algunos títulos prometedores. Al cabo de diez o quince minutos resolví esperar a Agustín en el estacionamiento. Di media vuelta y busqué la salida. Cuando me hallaba a unos cuantos metros de las cajas de pago, vi a mi amigo venir de frente, escoltado por dos hombretones de traje negro, uno de los cuales cargaba bajo el brazo lo que, supuse, era el cuerpo del delito: un volumen no mucho más pequeño y grueso que el Directorio Telefónico. -Solicito apoyo económico... –musitó Agustín al pasar junto a mí. Yo no supe qué decirle; tan sólo atiné a girar un poco y ver cómo, seguido de cerca por aquellos sujetos, se alejaba lentamente hasta perderse detrás de una puerta que había al fondo de aquel inmenso local.
Libros
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  486 Lecturas
Por Robertio Gutiérrez Alcalá  Salí a la calle furioso, mentando madres. La vida era una mierda. Una enorme y apestosa mierda. Acababa de recibir un correo electrónico en el que se me informaba que mi libro de cuentos –el primero que escribía- había sido rechazado por la editorial equis, debido a que no se ajustaba a sus criterios editoriales y de mercado... Con todo, quien había redactado aquella estúpida cartita consideraba, a manera de marrullero consuelo, que el contenido de mi obra era valioso y que estaba seguro de que encontraría cabida en otro fondo editorial... ¡No lo podía creer! Con éste ya sumaba quince rechazos... ¡Dos más que Bajo el volcán! Bueno, al menos ya podía enorgullecerme de que, en este rubro –el de los rechazos-, mi libro había dejado atrás a la novela de Lowry... ¡Carajo! La Sagrada Literatura también era una mierda, un montón de mierda generada por escritorcitos pulcros, relamidos y mamones, y puesta bajo las narices atrofiadas de los lectores por editoriales previsibles y voraces. ¡Al demonio! No entraría en su juego. ¿Qué me importaba a mí esa puta literatura? Yo seguiría aporreando el teclado de mi computadora y buscando otros medios para dar a conocer mis cosas. Y si era necesario hacer una edición de autor, pues la haría cuando tuviera el dinero necesario. No sería el primero ni el último escritor que recurriera a esa opción para no hundirse en la desesperación. Entré en mi auto, encendí el motor y arranqué. Mis manos estrujaban el volante como si fuera el cuello del miserable dictaminador de mi libro. Alcé la vista y en el espejo retrovisor me topé con unos ojos encendidos por una cólera desbocada... Di vuelta en una avenida que me llevaría al Periférico, desde donde podría dirigirme a la carretera que va a Cuernavaca. Quería pisar a fondo el acelerador... Yo sabía que, en la medida en que experimentara el vértigo de la velocidad, en la medida en que los demás autos fueran haciéndose a un lado para dejarme pasar a ciento veinte, ciento treinta, ciento cuarenta kilómetros por hora..., la fiera que había dentro de mí se iría apaciguando poco a poco y yo volvería a ser el mismo individuo de antes: tranquilo, racional, amigable, encantador... Ya otras veces, este recurso había surtido efecto ante circunstancias aun peores. Sin embargo, aquél no era mi día, definitivamente. Los autos de adelante se detuvieron y por un largo rato no avanzaron ni un centímetro. Yo quería bajarme y saltar encima del techo y el cofre de cada uno de ellos; quería gritar, aullar de impotencia; quería mandar todo a la fregada... No sé cómo me contuve. Encendí la radio y busqué alguna estación en la que estuviera sonando alguna melodía medianamente decente que serenara mi alma. Nada. Puras idioteces: noticieros, anuncios, canciones de moda. La apagué y respiré hondo. Una lluvia menuda comenzó a caer sobre la inmunda ciudad. Al cabo de cinco minutos, o más, el auto de adelante se puso en marcha. Aceleré detrás de él y al fin me incorporé a la lateral del Periférico. El tráfico seguía siendo lento. Por el espejo lateral izquierdo observé que una motocicleta de reparto se aproximaba zigzagueando entre los reducidos espacios que dejaba aquel bloque compacto de autos. Era evidente que pretendía llegar lo antes posible a su destino. Y quizás su destino fuera el domicilio de algún sujeto con obesidad mórbida que la estaría esperando ansiosamente para engullir la pizza de pepperoni, salami o hawaiana tamaño extragrande que transportaría en un compartimento en forma de cubo instalado detrás del asiento del conductor. Entonces decidí que le cerraría el paso... La motocicleta enfiló por el espacio que había entre mi auto y el de al lado. Pisé el acelerador y giré un poco el volante a la izquierda, por lo que se vio obligada a frenar y esperar a que yo avanzara unos metros para tratar de rebasarme, pero ahora por la derecha. Cuando intentó hacer esto último, di un volantazo en la misma dirección. La motocicleta frenó bruscamente. Reí. Aquella motocicleta permaneció quieta un instante mientras yo proseguía mi camino. Luego arrancó, me alcanzó y se mantuvo rodando junto a mi ventanilla. De reojo alcancé a ver que quien la conducía se balanceaba tembloroso en su asiento. Pulsé el botón para que la ventanilla bajara: -¿Qué te sucede, pendejo? –oí que farfullaba-. ¿Qué diablos te sucede? -Hola, pequeño reptil -dije con mi mejor sonrisa dibujada en los labios-. ¿Puedo servirte en algo? -¡Sí, ve con la puta que te parió y chíngala! ¡Chíngala hasta que pida piedad! El individuo aquel se ganó mis respetos con aquella varonil contestación. Contraataqué: -Bueno, ojalá no tengas prisa en llegar a ningún lado, porque aún estaremos por aquí unos minutos más, charlando. -¡Mira, cabrón, detén tu auto y vamos a partirnos la madre! –dijo él. -Lo siento, bichito, interrumpiríamos el tráfico más de lo que ya lo estamos haciendo. Mejor continuemos el juego –dije, y le aventé la lámina, como se dice. Con la sorpresa, el motociclista estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al suelo. Los autos de atrás, testigos presenciales de nuestro sketch, empezaron a hacer sonar las bocinas de sus cláxones como auténticos dementes, pues bloqueábamos la circulación, ya reestablecida en buena medida en aquel tramo de la lateral del Periférico. Ayudado por los tres espejos con que contaba, vigilé detenidamente los movimientos que la motocicleta hacía a mis espaldas. Ésta arrancó nuevamente y se quiso colar por el lado derecho, pero otra vez di un volantazo y otra vez tuvo que frenar. Mi humor era inmejorable. Aquella situación tan jocosa había hecho que olvidara mi encabronamiento con el mundo editorial y la Sagrada Literatura. -¡Eres un pinche loco de atar! –berreó el motociclista. -¡Ja ja ja! La lluvia y los claxonazos arreciaron. Era suficiente. Me desplacé al carril de la izquierda y le imprimí más velocidad al auto. La circulación fluyó, libre de cualquier obstáculo. Accioné los limpiadores y, en armonía conmigo mismo y con el resto del universo, me dediqué a tararear una linda canción napolitana. De repente escuché un fuerte golpe que provenía del costado derecho. Al voltear vi que la motocicleta se alejaba como un bólido por el asfalto mojado y comprendí lo sucedido: con una patada limpia y certera, el motociclista había destrozado el espejo lateral de mi auto. -¡Salud, camarada! –grité, lleno de admiración y gozo. Si hubiera podido, habría alcanzado a aquel tipo para estrecharle la mano e invitarle una cerveza o un tequila. No cabía duda de que, a diferencia de los editores que sólo publicaban Sagrada Literatura, él sí tenía agallas.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Ante la posible ocurrencia de un desastre -sismo, inundación, incendio, separación o divorcio- ten a la mano, siempre, una mochila pequeña con una muda de ropa, unos zapatos cómodos, una copia de tu acta de nacimiento, dos o tres libros (si son de poesía, mejor), una barra de chocolate, un cepillo de dientes, medio kilo de serenidad y entereza, y una linterna lo suficientemente poderosa para que ilumine tu futuro.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá     Un día, misteriosamente, apareció publicado en todos los periódicos y revistas de los cinco continentes –así como en infinidad de sitios de internet- un pequeño anuncio en el que se daba a conocer el número telefónico de “una novedosa y exclusiva línea directa con Dios. Márcalo. No te arrepentirás”. Al principio, como era de esperarse, la gran mayoría de la gente no lo tomó en serio. Sin embargo, con el paso de los días, de las semanas, de los meses... se fue corriendo cada vez más la voz de que aquella línea era realmente efectiva en cuanto a obtener consuelo y fortaleza para los sufrimientos y las aflicciones de cada quien. Luego de dos o tres timbrazos, los millones de personas de distintas razas, religiones y nacionalidades que hablaban a diario –y a todas horas- a ese número, oían una voz sibilante e hipnótica que con inconcebible dulzura les transmitía el siguiente mensaje: “Dios –el Gran Creador, el Único, el Bueno...- está ocupado ahora, atendiendo otra llamada. Deja tu nombre y tu número telefónico, pues en cualquier momento Él podría ponerse en contacto contigo para atenderte como te mereces...”                                                                                                         De El corrector de estilo 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Los aullidos de la sirena de aquella ambulancia rasgaban el aire como si fueran los lamentos de un ave prehistórica en agonía. El conductor dio un volantazo para esquivar el auto que tenía delante y que no se decidía a ir a la derecha o a la izquierda, y aceleró; sin embargo, pronto debió frenar otra vez. A esa hora de la tarde, el tráfico en la ciudad –y especialmente en esa avenida- era apocalíptico. El conductor alargó el cuello para mirar más allá de unos arbustos marchitos y, resuelto, pisó hasta el fondo el pedal del acelerador. La ambulancia cruzó el camellón entre tumbos y se incorporó al carril opuesto, que en ese momento estaba menos congestionado. Una camioneta que circulaba por ese carril frenó en seco al verla venir de frente, por lo cual el auto que la seguía a escasos metros se estrelló aparatosamente contra su defensa trasera. La ambulancia pasó a un lado, ululando sin piedad. El conductor sintió cierto remordimiento por haber ocasionado aquel choque con su más que audaz maniobra, aunque casi de inmediato se sobrepuso. Con el puño de una mano se quitó las gotas de sudor que le resbalaban por el rostro tenso y de nuevo se concentró en su único objetivo: llegar lo antes posible al hospital. La ambulancia avanzó en sentido contrario, mientras los vehículos con que se topaba disminuían su velocidad y se orillaban para no interrumpir su desaforado recorrido. En el cruce con otra avenida, la situación volvió a ponerse fea. El conductor, entonces, enfiló la ambulancia en dirección al punto por el que algunos autos y camiones iban pasando como en cuentagotas, de uno en uno, y con el poder que le confería la aulladora sirena y la cruz roja pintada en los costados y el cofre logró meterse en ese embudo vial y salir airoso de él. Los minutos transcurrían y aún se encontraba lejos del hospital. Si no se apuraba, el desenlace podía ser fatídico. El conductor no lo ignoraba. Desesperado, tomó un atajo. Dos transeúntes que se disponían a cruzar la calle por donde la ambulancia transitaba ahora tuvieron que saltar hacia atrás para no ser arrollados por ella. En la esquina, el conductor giró a la derecha y aceleró, aceleró, aceleró... Al cabo de un rato divisó, a lo lejos, el edificio principal del hospital. Apretó los dientes y también, con las manos, el volante. “Ya mero, ya mero”, repetía con angustia. Los autos de adelante se abrían a derecha e izquierda, como un abanico metálico, para dejarlo pasar. Todavía estuvo a centímetros de golpear un camión de pasajeros, pero su pericia lo salvó. La ambulancia subió una pequeña rampa y con un rechinido de llantas se detuvo junto a la puerta de Urgencias. Y urgente, apremiante, perentoriamente, el conductor abrió la portezuela, bajó del vehículo y a trompicones, como quien va en pos de algo muy valioso que se escapa, corrió rumbo al escusado más cercano para vaciar el vientre.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Debajo de mi escritorio, arrinconada, descansaba una caja de cartón en la que yo había guardado, hacía muchos años, toda clase de objetos: antiguas fotografías familiares en blanco y negro; álbumes de estampitas; cartas, tarjetas postales y telegramas que alguna vez recibí con emoción; recortes de revistas y periódicos; monedas de otros países; programas de conciertos; papelitos con direcciones o nombres garabateados de prisa; relojes de pulsera descompuestos o con la carátula rota; plumas fuente, llaveros, anillos... Ya ni me acordaba de ella. Sin embargo, esa mañana, al entrar en mi estudio para leer, no sé por qué atrajo mi atención. Así pues, resolví posponer mi sesión de lectura y me dediqué a desempolvarla, abrirla y revisar su contenido. Metí la mano y lo primero que saqué fue un estuchito con una medalla de la Virgen María chapeada en oro y en cuyo reverso estaba grabado cierto nombre amado... Seguí hurgando en el fondo y encontré un yoyo Duncan rojo, un par de imanes enormes y una cola de conejo blanca. Aquello era divertido. A continuación extraje un manojo de sobres atado con una liga. Comencé a revisarlos, uno por uno. Había cartas de aquélla del nombre amado, precisamente; de mis padres, de mis abuelos, de la tía Rita, de amigos que ya no veía.  Abandonado entre esos sobres había un trozo de servilleta con un número telefónico, pero de tan sólo seis dígitos, no como los de ahora, de ocho. De inmediato recordé que se trataba del que habíamos tenido en la casa donde viví con mis padres cuando era niño. Alguien -¿yo, acaso?- lo había escrito ahí, con tinta verde, para no olvidarlo. Tuve una idea pueril: lo marcaría para “avisar” que estaría jugando un rato más en casa de Martín, como lo había hecho innumerables veces en mi ya remota infancia. Me levanté, fui a la recámara, descolgué el auricular del teléfono y lo hice, de buen humor. Sorpresivamente escuché el típico sonido de la llamada que está a punto de ser contestada. -¿Bueno? –dijo, al cabo de un instante, una voz que en otras circunstancias habría identificado sin ningún problema como la de mi madre. No supe qué decir: -... -¿Bueno? ¿Bueno? -repitió la voz. Al fin me decidí a hablar: -Hola. -¡Hola, hijo! -¿Mamá? -Sí, hijo. Soy yo, tu madre. No lo podía creer. Atónito y un tanto mareado por la impresión, me senté en la cama sin soltar el auricular. Carraspeé y dije: -¿A dónde estoy hablando? -A tu casa, amor. ¿A dónde más sería? -¿A la casa marcada con el número 483 de la calle de Yácatas, en la colonia Narvarte de la ciudad de México? -¡Ay, hijo! ¡Qué bromista me saliste! -¡Contéstame! –exclamé. Del otro lado de la línea se hizo un silencio rotundo. Luego oí que la voz aquella decía seriamente: -Sí, a la misma. Jalé aire por la boca. -¿Qué estás haciendo? –dije. -La comida. ¿A que no adivinas qué preparé? -No, ¿qué? -Jugo de carne y chuletas ahumadas con puré de manzana. Mi comida favorita. Era inaudito lo que estaba sucediendo... Un ruido parecido al que hace el papel celofán cuando es estrujado invadió la línea. -¿Bueno? ¿Bueno? -¡Casi no te oigo, hijo! -¡Buenooo! -¡Holaaa! Así como se había perdido, de repente, la claridad de la comunicación se restableció. -¿Ya me oyes bien? -Sí -dijo la voz, y añadió-: ¿A qué hora llegas? Ignoré lo que me preguntaba e inquirí: -¿Papá se encuentra contigo? -Sí, acaba de llegar del trabajo. -¿Está vivo? -¡Ja ja ja! ¡Más vivo que nunca! Tragué saliva antes de hacer la siguiente pregunta: -¿Puedo hablar con él? -¡Por supuesto, hijo! Te lo paso... La voz con la que había estado hablando gritó: “¡Roberto, Roberto, te llama Beto!” Un segundo después, una voz idéntica a la de mi padre respondió en la lejanía: “¡Voy! ¡Ya voy!” A pesar del tiempo transcurrido desde entonces, yo aún tenía muy presente la noticia de su repentina muerte, el tumultuoso velorio, el entierro al pie de una montaña árida, bajo una lluvia fina, en el norte del país. Mi cuerpo se tensó y los latidos de mi corazón se intensificaron tanto que empezó a dolerme el pecho. Apreté con fuerza el auricular contra mi oreja, y esperé. Un tosido que yo conocía muy bien se filtró a través de aquél y, luego, con absoluta nitidez, la voz idéntica a la de mi padre dijo: -Qué tal, Beto. Una mezcla de alegría infinita y horror me atenazó la garganta. Intenté hablar, pronunciar alguna palabra, cualquiera. Todo fue inútil. Había enmudecido. Con la mano temblorosa colgué el auricular.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Pasaba por uno de esos periodos en los cuales resulta poco menos que imposible llevar a cabo la más insignificante tarea. Fue así como dejó de bañarse, cambiarse de ropa, alimentarse correctamente, incluso salir de casa. Permanecía acostado en su cama, hojeando algún libro tomado al azar del librero o el periódico de hacía tres semanas, rumiando toda clase de pensamientos deshilvanados, dormitando a ratos, soñando sueños en los que todo era oscuro y confuso, como su vida. El cabello entrecano, la barba y el bigote ya le habían crecido más de lo habitual. Y las uñas, tanto de los dedos de las manos como de los pies. Su apariencia era la de un pordiosero o la de un náufrago perdido en una isla remota. Apenas se reconocía a sí mismo cuando, de pie frente al espejo del baño, miraba su rostro desaliñado y enjuto antes de agacharse, abrir la llave del lavabo y sorber un poco de agua. Al anochecer deambulaba por el pasillo como un fantasma, con la mente obnubilada y el cuerpo debilitado por la falta de alimento. Hacia la medianoche regresaba a su cuarto y dormía hasta el amanecer como si ya estuviera muerto. El polvo cubrió los muebles, los vidrios de las ventanas, cada rincón de la casa, y un olor a materia en descomposición invadió el aire. Una mañana, cuando abrió los ojos a la penumbra de su cuarto, sintió un ligerísimo movimiento en la cama, como si algo ajeno a él se desplazara sigilosamente entre las sábanas y las cobijas. Se destapó con brusquedad, pero no vio nada. En cambio, sí notó que las uñas de sus manos habían alcanzado una longitud y un grosor desmesurados, tanto que semejaban las garras de un animal salvaje. No le dio ninguna importancia al asunto y se incorporó para ir al baño a tomar agua. Sin embargo, al poner los pies en el piso, experimentó un dolor agudísimo, se tambaleó y cayó cual largo era. Con sus manos-garras se hizo a un lado las greñas que le tapaban los ojos, dirigió la mirada hacia sus pies y se percató de que también las uñas de éstos eran largas y gruesas, y de que estaban muy curvadas hacia adentro, de tal modo que, al levantarse para caminar, se le habían encajado en las plantas. Con enormes esfuerzos se arrastró hasta el baño. Luego se hincó sobre el lavabo, abrió la llave, tomó agua y volvió a su cama. A partir de entonces ya no pudo deambular por la casa ni asir ningún objeto. Las uñas se lo impedían: minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día crecían como si hubieran adquirido vida y voluntad propias. Una tarde lluviosa, como un pequeño ejército de víboras voraces, las uñas empezaron a reptar, cada vez con mayor rapidez, alrededor de sus muñecas y sus tobillos, los rodearon como esposas y se introdujeron en ambos extremos del colchón. Tendido boca arriba, con los brazos inmovilizados a los costados y las piernas totalmente estiradas, ahora parecía un hombre a punto de ser torturado, con los ojos muy abiertos por la incredulidad y la desesperación. Pronto perdió, casi de manera permanente, la conciencia, y en los breves lapsos en que la recobraba, oía con inaudita claridad cómo las uñas se iban abriendo camino entre las entrañas del colchón, igual que las raíces de un árbol endemoniado. Entre delirios, accesos de tos y espasmos ocasionados por la sed y el hambre, una madrugada percibió el roce de las uñas en su cuello. El terror lo paralizó. Quiso gritar, pero tan sólo logró emitir un sombrío quejido. Un momento después, en un acto instintivo, recurrió a su última reserva de energía para tratar de zafar sus manos y pies de aquellos gruesos grilletes de células muertas que los aprisionaban. Al convencerse de que sus intentos eran inútiles, deseó que la muerte llegara cuanto antes. Las uñas seguían ganando terreno en su cuello. Cuando se hubieron cerrado sobre él, comenzaron a estrangularlo lenta pero inexorablemente. Un crujido de vértebras rotas crepitó en medio del denso silencio del cuarto, mientras la boca del hombre se retorcía en una mueca grotesca y desolada.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Quiero llegar puntual a la cita. Empujo con brusquedad la puerta de entrada y cruzo apresuradamente el salón vacío. Me detengo frente a una cortina que hay al fondo. La descorro de un manotazo. Ahí está, en un minúsculo compartimento privado, el otro, yo mismo, sentado ante una mesa desnuda. Jalo una silla y tomo asiento, mirándolo a los ojos. Parece alterado por quién sabe qué pensamientos turbios, confusos. Hablo, sin preámbulos: -Debes serenarte. -¿No te cansas de dar buenos consejos? –dice irónicamente. -Tu salud no es mala, aún eres fuerte. ¿Qué terquedad la tuya de ahogarte en un vaso de agua! -Imbécil... Guardo silencio. Lo observo detenidamente. De sus sienes resbalan sendos hilillos de sudor. Él también me observa, desafiante. Insisto: -Tienes proyectos, planes... ¡No te dejes doblegar! -Me das asco... –murmura apenas, con los labios apretados. Luego se lleva una mano a uno de los bolsillos de la chamarra y extrae de ella una pequeña pistola que pone en el centro de la mesa. -¿Ésta es tu solución? Pensaba que eras más inteligente e imaginativo –digo, tratando de picarle el orgullo. Él ríe con sorna y dice: -Y yo pensaba que eras menos cobarde y pusilánime. ¡Te has puesto a temblar! Junto las manos y bajo la cabeza, desolado.   ***   Me remuevo en la silla, inquieto. El aire enrarecido del lugar pasa a través de mis pulmones como si fuera cristal pulverizado. Resopló y lanzo un grito que suena igual que el ladrido de un perro: -¡Al diablo todo! Me dirige una mirada aterrada. Por primera vez comprende que mi determinación puede llevarme a un camino sin retorno. Se recompone y dice: -Sólo te pido que seas menos severo contigo mismo y con los demás. -¿De dónde sacas tanta sapiencia? –digo, y al cabo de un instante agrego-: Creo que es inútil seguir hablando. -¡No, no es inútil! ¡Tenemos que hacerlo hasta que recobres la razón! -¡Necio! Un último rayo de sol se cuela por la claraboya empotrada en el muro que se levanta a mi espalda, e ilumina su rostro demacrado y sombrío. Echo la silla hacia atrás y me pongo de pie. Él intenta incorporarse también mientras balbucea algunas palabras que no alcanzo a entender. A continuación, como aplastado por el peso de una derrota inverosímil, se deja caer de nuevo sobre la silla. -Adiós –digo, y comienzo a caminar en dirección al salón. En el centro de la mesa, la pistola yace inmóvil, como una mortífera araña al acecho de su próxima víctima.
La cita
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  492 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  A un costado de aquella avenida había un tramo de banqueta muy corto, de unos cincuenta metros de largo, y tan angosto que por él no podían caminar, al mismo tiempo, dos personas en sentidos contrarios. Así pues, si una venía de norte a sur y otra de sur a norte, una de las dos necesariamente debía bajarse al arroyo vehicular para dejar pasar a la otra, y luego volver a subir de inmediato a la banqueta para evitar ser arrollado por uno de los automóviles o camiones que circulaban por ahí. La noche era fría y húmeda. Un hombre, enfundado en un abrigo negro y con una bufanda gris al cuello, ingresó, de norte a sur, en aquel tramo de banqueta. Comenzó a llover. El hombre alzó la cabeza y, a través de la luz parpadeante de una de las luminarias del alumbrado público, observó cómo las gotas de lluvia caían sobre él y su entorno como finas y punzantes agujas hipodérmicas. A continuación avanzó. En ese momento, otro hombre posó sus pies en el mismo tramo de banqueta, pero de sur a norte, mientras intentaba abrir, con cierto apremio, un enorme paraguas. Una vez que lo consiguió y se guareció debajo de él, reemprendió la marcha. Pronto, ambos confluyeron, frente a frente, a la mitad de aquella breve vía peatonal. A escasos centímetros uno del otro, ambos se miraron a los ojos. La lluvia arreció. Es posible que, por un instante, cada uno tuviera la intención de cederle el paso al otro, y aun emprendiera algún movimiento con las piernas para bajarse al arroyo vehicular. Sin embargo, a final de cuentas, ninguno de los dos lo concluyó. Sin quitarse la vista de encima, como dos vaqueros a punto de batirse a duelo en la calle principal de un miserable y polvoriento pueblo del Viejo Oeste, permanecieron estáticos en sus respectivos lugares, convencidos de que su fortaleza moral y psíquica vencería al otro. Su actitud no estaba permeada por el odio ni mucho menos por el desprecio, sino por una autoconfianza que crecía y se consolidaba conforme transcurrían los segundos, los minutos. Los demás peatones que transitaban, en ambos sentidos, por aquel tramo de banqueta, se bajaban cuidadosamente al arroyo vehicular para esquivarlos, pasaban junto a ellos y, antes de subirse de nuevo y proseguir su camino, los volteaban a ver con una mueca de incredulidad y burla, unos, y de enojo y desdén, otros. Empapado, el hombre del abrigo negro y la bufanda gris al cuello constantemente se quitaba con una mano el agua de los ojos para continuar viendo con claridad a su rival. Por su parte, el hombre del paraguas, inmaculadamente seco de la cintura para arriba, apenas pestañeaba. Así, a la mitad de aquel tramo de banqueta y bajo una lluvia que al cabo de un rato devino en tormenta, aquellos hombres enaltecieron la tenacidad y la perseverancia humanas, hasta que, atraído por la punta metálica del paraguas, un rayo los fulminó.
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  No dejan de llegar, uno tras otro, uno tras otro, y formar una fila interminable delante de la ventanilla de recepción de obras del Registro Público del Derecho de Autor.   La mayoría son jóvenes. El resto se divide, en partes más o menos iguales, en maduros y viejos.   Se les ve satisfechos, optimistas, incluso -podría afirmarse- ilusionados, con dos copias de sus respectivas obras -y el recibo del pago por el trámite que pronto realizarán- bajo el brazo.   Según las estadísticas, 99.9 por ciento de lo escrito, impreso y engargolado por esos hombres y mujeres a lo largo de sus cortas, medianas o extensas vidas se perderá en el más ingente olvido.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Fue el menor de los hermanos de mi padre. Durante más de dos décadas se desempeñó como profesor de dibujo técnico en una secundaria de Cuajimalpa. También tomó un curso de radiología, lo que le permitió trabajar, por las tardes, en el consultorio del tío Sergio, su hermano, sacando radiografías de las muelas de los pacientes. Era tan flaco que sus hijos lo llamaban “Huesús”. Fue mi padrino de primera comunión (por ahí anda una foto en blanco y negro, en la que sale retratado conmigo –llevó un cirio en las manos- y con mis padres). Con el paso del tiempo se convirtió en jefe de un grupo de boys scouts que se reunía los sábados en un terreno baldío de la colonia Narvarte, muy cerca de donde vivía con su familia. Un día, cuando ya había transcurrido casi una década desde que aquellos boys scouts comenzaron a utilizar ese terreno para sus reuniones sabatinas, el dueño se apareció repentinamente y les pidió que no lo volvieran a ocupar. El tío Jesús decidió pelearlo por la vía legal, y la cosa se fue a juicio. Invirtió, en ese asunto, todo: tiempo, dinero y mucho, mucho esfuerzo, y todo para nada. El falló fue inapelable: la posesión de aquel terreno, donde el tío Jesús y su grupo de boys scouts practicaban la hechura de nudos con cuerdas, el levantamiento de tiendas de campaña y el encendido de fogatas, regresó legalmente a su dueño original. Entonces se puede decir que empezó su debacle. Renunció a su plaza en la secundaria de Cuajimalpa, y, con su esposa y sus hijos, siguió al tío Sergio a Monterrey. Ahí consiguió un empleo como vendedor de muebles en un negocio de un primo muy adinerado. Pronto se dio cuenta de que vender mesas de comedor, sillas, sofás no era lo suyo. Y una mañana ya no se levantó de la cama. Permanecía en ella noche y día, noche y día, viendo la televisión o leyendo periódicos atrasados. Apenas la abandonaba para ir al baño y beber agua, y de inmediato regresaba a ella y se metía entre las cobijas que ya olían a rancio. Fue presa de varios psiquiatras dementes y codiciosos. Lo único que sacó de su trato con esos hijos de Satanás fue gastarse los pocos ahorros que le quedaban y volverse adicto a ansiolíticos y somníferos. Cuando mi padre murió en Monterrey por circunstancias fortuitas que no voy a exponer aquí, se presentó en la funeraria. Ésa fue la última vez que lo vi. Caminaba como un anciano de noventa años y castañeteaba los dientes al hablar. Luego, sus hijos se vieron obligados a internarlo en un asilo porque una tarde, durante la canícula, golpeó a su esposa. Dicen que, de cuando en cuando, padecía ataques de furia incontenibles, atroces, por lo que debían amarrarle las manos y los pies a los barrotes de su cama de metal. Murió solo una mañana lluviosa, mientras los afanadores trapeaban el piso con cloro diluido en agua.                                                                                               De Ninguan señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  En aquel cuarto de Petén 578, invadido por platos con restos de comida y latas de cerveza Tecate, entre otros escombros, la desesperación, la desdicha, la angustia -¡esa sombra!- yacían junto a mi padre como crías de rata prendidas a las ubres de su madre.   Al otro extremo de las plomizas cobijas los pies desnudos de mi padre parecían dos peces fuera del agua, boqueando, agónicos, retorciéndose con lentitud sobre la fría arena del colchón.   Unos pies de niño abandonado muy blancos, hermosos, a punto de expirar.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  Cuando yo tenía ocho años, mi padre echó por la borda a su mujer y sus dos hijos. Digamos que a él no le apasionaba ir al supermercado, pagar colegiaturas, regar el jardín, poner el árbol de Navidad. Lo suyo era la música y el alcohol (no necesariamente en ese orden). Ya libre de obligaciones familiares, a veces me llevaba a su nueva guarida -el departamento de su hermana- a pasar el fin de semana. En la noche del sábado, mientras cenábamos, veíamos en la televisión (en blanco y negro) un juego de futbol o una pelea de box. Luego, yo me iba a dormir y él se quedaba a oscuras, en la sala, pensando, pensando, pensando, con una cerveza en las manos. Mi padre no la pasaba nada bien entonces, de eso estoy seguro. Había tirado por la borda a su mujer y sus dos hijos, y algo así se paga con dolor y remordimientos y un montón de angustia. Muy temprano, el domingo, una suave ráfaga de viento acariciaba mis oídos: la Mattinata, de Leoncavallo, interpretada por Di Stefano.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez AlcaláSe llamaba Petra, pero todos le decíamos Petrita. Era pequeña de estatura, morena y prognata. Durante muchos años había trabajado como enfermera en distintos hospitales del gobierno. Ahora estaba jubilada y vivía con su esposo y sus dos hijos varones en la planta baja del edificio dos.   Cuando yo jugaba futbol y me raspaba o abría una rodilla (lo cual sucedía más seguido de lo que hubiera deseado), siempre acudía al llamado de mi abuela para curarme.   Entonces subía lentamente las escaleras, jadeando, sofocada, hasta el quinto piso del edificio uno, donde mi madre, mi hermana y yo habíamos encontrado asilo después de la separación.   Limpiaba la herida con agua y jabón. Luego le ponía agua oxigenada, le agregaba polvos de sulfiatazol y la cubría con una gaza. Todo lo hacía con sumo cuidado y destreza. Al cabo de dos o tres días regresaba, cambiaba la curación y pedía que me cuidara.   Alguna vez la vi salir de su departamento a toda prisa, gritando, perseguida por su marido ebrio, que blandía un rifle como si hubiera estallado la revolución.   Otro día, un 10 de mayo, en la mañana, nos la encontramos al pie de las escaleras. Íbamos de paseo. Ella lloraba, aullaba. ¿Qué pasó? Su hijo Pedro se había matado en un accidente de carretera.   Yo hubiera querido decirle algo, algo, algo, pero no supe qué.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Petrita
Autor: Roberto Gutiérrez Alcalá  439 Lecturas
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Es mi padrino de bautizo. Por eso, cuando yo era niño, me obligaba -mitad en broma, mitad en serio- a besarle la mano, lo cual me cohibía un poco. También es odontólogo pero desde hace años, décadas incluso, no ejerce su profesión. Uno de sus pacientes fue García Márquez, a quien una tarde vi en el piso de consultorios que compartía con otros médicos en un edificio de la colonia Hipódromo-Condesa. Otro fui yo, pero a mí no me cobraba. Curó mis muelas y mis dientes de tal modo que los dentistas que ahora me revisan la boca quedan maravillados por la calidad de su trabajo. Cuando aún no cumplía los cincuenta años, la depresión, que ya lo había golpeado en épocas anteriores, afiló las garras e intensificó sus ataques. Dicen quienes a diario convivían con él que un día, antes de atender a un paciente, se puso a llorar como un niño sin saber por qué. Entonces le prescribieron litio y mejoró, aunque no tanto como para proseguir su actividad profesional. Así pues, se despidió de la odontología y se fue a vivir a Monterrey con su esposa y sus hijos. Es alto -mide más de uno ochenta-, tiene una voz potente y profunda, y los ojos claros y saltones. Hace tiempo enfermó de cáncer. Sobrevivió a quimioterapias y otras pesadillas. Ya está viejo y, supongo, muy cansado. De cuando en cuando le llamo por teléfono e intercambiamos algunas palabras, no muchas.                                                                                            De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá   Nunca antes había visto nada parecido en la llamada vida real, tan sólo en alguna serie de televisión o película: colocó la piedra en el trozo de cuero sujeto por las ligas de caucho, levantó la horquilla de la resortera a la altura de su rostro, estiró las ligas con su mano izquierda, apuntó hacia la copa de un árbol y disparó. Un segundo después, algo cayó al pasto. Nos acercamos corriendo. Era un pájaro gris. Yo no podía creerlo... Ahí lo dejamos, muerto, sangrante, y seguimos recorriendo el parque de Copilco, buscando alguna otra cosa que hacer.   Se llamaba Víctor. Era hijo de un comandante de la Policía Judicial de un pueblo de Morelos y de una mujer gorda, morena y ya no tan joven. Vivía en la misma unidad habitacional que yo. Era de mi edad, moreno, tartamudo, flaco como yo, y había algo -aun ahora no se qué- que nos unía, nos hermanaba. Cuidaba a un niño de seis años –Sabino-, que también tartamudeaba. Decía que era su hermanito, pero todos sabíamos que en realidad era hijo de uno de sus hermanos mayores. Los dos -Víctor y Sabino- eran inseparables. Iban a cualquier lado cogidos de la mano. Durante esas vacaciones de verano, los tres salimos varias veces a explorar el mundo. Él me buscaba, o yo lo buscaba, luego del desayuno, y emprendíamos el camino... Hablábamos, reíamos con facilidad. Incluso llegamos a revelarnos mutuamente algún secreto de nuestra compartida adolescencia, mientras Sabino permanecía en silencio, observándonos, sonriendo.   Nos dejamos de ver. Cada quien tomó su rumbo. Un día me enteré, por boca de otro vecino: fue al pueblo de su padre a pasar un fin de semana. Y lo consabido, el lugar común, la estúpida noticia repetida una y mil veces: se dirigió al cuarto de su padre. Abrió el ropero oloroso a humedad y, de entre uniformes y pantalones y demás prendas de vestir, sacó un rifle supuestamente descargado. Un movimiento involuntario, un tropiezo, una caída, y el rifle estalla y lo fulmina al instante, como aquella vez la resortera al pájaro.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá Estaba tratando de escribir un poema, cuando mi esposa tocó a la puerta de mi estudio para decirme que alguien del banco me buscaba por teléfono. Alguien. El poema que intentaba escribir no abordaba ningún tema trascendente, ni siquiera quería expresar un sentimiento noble o grandioso. A pesar de ello sería un poema, sin duda. Un poema surgido simplemente de mi necesidad de escribir poemas sobre cualquier cosa. Cogí el aparato telefónico y gruñí. Un sujeto de voz cantarina me saludó con una familiaridad bastante molesta y me notificó entusiasmado que los directivos del banco que representaba me habían autorizado una tarjeta de crédito con la tasa de interés más baja del mercado. ¡Carajo! Había interrumpido la escritura de mi poema para atender a un sujeto desconocido que ahora me salía con que yo ya tenía una tarjeta de crédito que nunca solicité... “No me interesa, gracias”, le dije. “Usted no ha entendido lo que acabo de decirle”, dijo. “La tarjeta ya es suya.” En la pantalla de la computadora, el poema inconcluso boqueaba como un pez moribundo. Debía ir en su auxilio, insuflarle más vida, o de lo contrario lo perdería para siempre. “No me interesa su tarjeta”, dije otra vez. “Yo no he pedido ninguna.” El sujeto pareció desconcertado. Con una actitud menos entusiasta me preguntó por qué rechazaba su magnífico ofrecimiento. “¿No entiende? ¡No me interesa tener ninguna maldita tarjeta de crédito en este momento!” “Pues usted se la pierde”, dijo, y colgó. Y sí, esa vez ha pasado a la historia como la lluviosa tarde de julio en que perdí una tarjeta de crédito y, casi, un poema.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio 
  Por Roberto Gutiérrez Alcalá  ¿Es esto un poema?   ¿Para ser considerado como tal llena los requisitos rítmicos, verbales, estéticos, impuestos a lo largo de la historia por los poetas más prestigiosos y, también, por los estudiosos y los críticos profesionales?   ¿Sus metáforas son brillantes, innovadoras, sorprendentes?   ¿Insufla vida a las palabras que lo forman?   ¿Las transforma, las renueva, les proporciona una fuerza y una intensidadsinigual?   ¿Vuelve a quien lo lee un ser un poco menos insensible, un ser un poco menos estúpido, un ser un poco menos desdichado?   ¿Es esto, acaso, un poema?   ¿Verdaderamente lo es?                                                                                           De Ninguna señal, ningún indicio
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  No acostumbro ir a fiestas: me aburren soberanamente. Pero esa vez acepté la invitación porque no tenía nada mejor que hacer.   Mi intención era comer, intercambiar algunas frases con quienes estuvieran junto a mí y, cuando el murmullo y las carcajadas y el ruido empezaran a taladrar mis oídos, largarme lo más sigilosamente posible de aquel sitio.   Entonces llegaron unos individuos en una antigua y destartalada camioneta, y descargaron de ella varias bocinas y los diferentes tambores y platillos de una batería, y también una guitarra eléctrica, y un atril y un sintetizador y dos micrófonos y metros y metros de cables.   Eran tres hombres y una mujer de no menos de sesenta y cinco años, todos vestidos de negro. Mientras bebían tequila, brandy o cerveza, distribuyeron las bocinas en puntos estratégicos del patio aquel, ensamblaron las diferentes partes de la batería, conectaron la guitarra eléctrica al sintetizador, probaron los micrófonos y pusieron unos sucios papeles sobre el atril.   A continuación tomaron sus respectivas posiciones y comenzaron a tocar y cantar. Buen rock. Rock añejo: Elvis, Bill Haley, The Rolling Stones, Janis, The Doors... No con demasiada maestría, no con un gran talento, sí con pasión, con una pasión frenética, casi desesperada.   El guitarrista rasgaba su instrumento al tiempo que su rostro se contraía bajo una andanada de tics nerviosos.   El que aporreaba la batería era un hombre flaquísimo, con una gorra de cuero negro sobre la cabeza y un rostro afilado y enjuto que hacía recordar al viejo William Burroughs en su último año.   El tercer sujeto no medía más de un metro sesenta de estatura. Llevaba puesta una boina negra, detrás de la cual sobresalía una cola de caballo gris. Cantaba con una voz ácida y rasposa, y con los ojos cerrados.   La mujer también cantaba con un hilo de voz electrizante. Lucía una mascada que le cubría su evidente calvicie, y de tanto en tanto se la acomodaba para no dejar al descubierto sus grandes orejas de elefante.   Aquellos cuatro lunáticos tocaron y cantaron buen rock añejo durante tres horas como si todavía fueran los jóvenes que habían sido hace más de cuarenta años.   Aquellos cuatro lunáticos tocaron y cantaron buen rock añejo durante tres horas con tal frenesí, con tal pasión, que por unos instantes lograron ser nuevamente los jóvenes que fueron hace más de cuarenta años.                                                                                          De Ninguna señal, ningún indicio
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  En una ciudad de espanto hay una Clínica de Trastornos del Sueño a la que a diario acuden cada vez más personas atolondradas y confusas por el insomnio que padecen como consecuencia de las acuciantes preocupaciones, ansiedades y presiones que trae consigo la vida cotidiana (la fila para acceder a ella es infinita). Una vez dentro, aquellas miserables creaturas de ambos sexos y de todas las edades son conducidas por un oscuro pasillo hasta un galerón inmenso, donde, sobre hileras interminables de asientos de plástico -y como resultado del más pavoroso aburrimiento-, permanecen largas horas completamente dormidas, a la espera de que algún especialista las atienda y, previos análisis y estudios, las ayude a conciliar otra vez, como cualquier hijo de vecino, el sueño, el anhelado sueño reparador.                                                                                                          De El corrector de estilo 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá  El conde pasaba por una época crítica, realmente penosa. Los innumerables años en que había gozado, a nivel mundial, de una reputación intachable eran ya sólo un sofocante recuerdo que lo sumía casi a diario en un estado de ánimo propicio para el suicidio. Ya sin un solo diente, sucio, débil, cubierta la espalda con una capa rota y desteñida, vagaba esa noche por las calles de una monstruosa ciudad en busca de algo que llevarse a la boca, de algo que saciara un poco su sed milenaria. Al dar la vuelta en una esquina y toparse con un maloliente callejón donde un ejército de ratas se daba un festín al pie de un gran contenedor de basura desbordado, se detuvo un momento, sopesando la oportunidad que se le presentaba de improviso. Tomó impulso, avanzó unos pasos y, después de patear enérgicamente a varios roedores que le impedían acercarse al contenedor, hundió su rostro demacrado y enjuto en él, y empezó a desgarrar varias bolsas de plástico y a palpar su contenido. Al cabo de unos instantes, su mano extrajo una toalla femenina usada. Entonces, mientras la observada, más con resignación que con ansia se dijo: -Bueno, para un tecito...Y se alejó de aquel callejón inmundo. 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá “¡Dejen pasar al anciano!”, decía papá que dijo un día un agente de migración en el puente de Nuevo Laredo, Tamaulipas, mientras él y otras personas hacían cola para mostrar su pasaporte y luego encaminarse a Laredo, Texas, pero papá, por más que volteaba hacia todos lados, no veía a ningún anciano, hasta que, por las miradas que le dirigía el agente, entendió que éste se refería a él, y entonces los demás le abrieron paso, y papá avanzó muy apenado, aunque también muy alegre de que aquel trámite concluyera con tanta rapidez debido, fundamentalmente, a su recién estrenada ancianidad.                                                                                                    De Invenciones a dos manos 
Por Roberto Gutiérrez Alcalá                                                                              ·                 Enamórese sin reserva de la mujer equivocada (también, si así se lo dicta su temperamento, puede cometer algún acto soez, vil, canalla, digno del más punzante y ácido sentimiento de culpa; o, en su defecto, golpearse un dedo con un martillo, lo cual trae como consecuencia un llanto expedito).·                 Recuéstese sobre un taburete o sofá en decúbito supino.·                 Concéntrese en su tragedia personal y reviva aquellos momentos en que el sufrimiento alcanzó las cotas más altas.·                 Restréguese los ojos con delicadeza para estimular los lagrimales.·                 Deje caer la cabeza a un lado.·                 Suspire hondamente.                                                                                                                                                                                          De Invenciones a dos manos 

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