Una tarjeta de presentación de Carlos Reinoso, con el escudo del América impreso en una esquina
Publicado en Nov 24, 2017
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Por Roberto Gutiérrez Alcalá
 
Carlos Reinoso era mi ídolo. Cada vez que yo salía al parque a patear el balón con mis amigos, tenía en mente sus recortes, sus pases precisos, sus tiros chanfleados al arco enemigo, y trataba de imitarlo. Incluso, cuando esperaba a que el partido se reanudara, ponía las manos en la cintura, igual que él.
En aquella época, yo era un mocoso de doce años, y si alguien me hubiera preguntado: ¿eres feliz?, sin duda hubiese contestado: no. Las causas de mi infelicidad eran básicamente dos: todos los días debía levantarme tempranísimo para asistir a una escuela que semejaba un reclusorio (con celda de castigo incluida); y, una vez que me soltaban en la tarde y regresaba a casa, no podía jugar hasta que hubiera terminado, de cabo a rabo, la tarea.
Puedo decir que sólo cuando estaba en posesión -o detrás- de una pelota me sentía libre. Todo lo demás me tenía sin cuidado: las peleas de mis padres, los vecinos, el clima, la contaminación, la economía nacional e internacional... Mi sueño era convertirme en un jugador profesional, integrar las filas del América y participar en un Campeonato Mundial con la Selección. Y a él me entregaba con pasión cuando lograba zafarme de mis obligaciones escolares.
Por supuesto, no me perdía ningún partido del América, ya fuera por televisión o en el mismísimo Estadio Azteca, acompañado por mi padre. Y Reinoso –quien había llegado a ese equipo en 1970, poco después del Mundial más lindo de la historia- era mi maestro. Yo lo consideraba el summum de la creatividad, la elegancia y el talento futbolísticos. No había nadie como él (excepto Pelé, claro).
A veces, en lugar de organizar un partido con mis amigos, prefería subir solo a la azotea del edifico e imaginar que, enfundado en el uniforme crema, con el número 8 en la espalda, yo era Reinoso, y que driblaba a cuanto adversario me salía al paso antes de marcar un golazo...
En la temporada 70/71, el América ganó el campeonato de liga bajo la batuta del chileno. Y en la siguiente -71/72- estuvo a punto de repetir la hazaña pero, en la final, Reinoso y sus compañeros se toparon con un Cruz Azul inspirado que los apabulló cuatro goles contra uno. En esa ocasión, frente al televisor, no pude contener mi tristeza, y, sin importarme que estuvieran presentes varios de mis familiares, lloré amargamente, desconsolado.
Ahora se disputaba el torneo de copa 72/73. Y hacía apenas unas semanas mi padre me había llevado al Estadio Azteca, donde tuve la oportunidad de ver en vivo y a todo color cómo Reinoso aprovechó que el guardameta del Atlético Español, Vázquez del Mercado, estaba demasiado lejos de su portería, para meterle un maravilloso, soberbio gol desde media cancha.
Una noche, cuando ya me hallaba acostado en la cama, a punto de dormirme, mi madre entró en mi cuarto y me anunció que había conseguido una entrevista con Reinoso. Quedé anonadado. Ella trabajaba como reportera de una revista femenina y, puesto que Reinoso gozaba de una creciente fama tanto entre los hombres como entre las mujeres (aunque chaparro, era apuesto, galán), había pensado que bien podía entrevistarlo y escribir un reportaje que destacara no sólo sus dotes como estrella deportiva, sino sobre todo su faceta como esposo y padre de dos pequeños hijos.
-¿Cuándo? –le pregunté.
-Pasado mañana -respondió.
-¿Dónde?
-En su domicilio particular.
-¿Y me vas a llevar?
-Sí.
A partir de ese instante mágico no tuve otro pensamiento en la cabeza que no girara alrededor de la futura entrevista. Al día siguiente les comuniqué la buena nueva a mis amigos. Primero me tildaron de hablador; luego, al verme tan entusiasmado por la perspectiva de conocer en persona a Reinoso, me creyeron, y a lo mejor hasta me envidiaron un poquito. Quién sabe.
El día ansiado llegó.
Mi madre me recogió en la escuela y nos dirigimos a la colonia Nápoles, donde Reinoso y su familia vivían en un departamento de la calle de Pensilvania. Mi madre estacionó el auto y bajamos. Entramos en el edificio, llamamos el elevador y subimos hasta el tercer piso. Mi madre tocó el timbre del departamento 301, y esperamos. Las manos me sudaban. Abrieron la puerta.
-¡Hola!, pasen, pasen...
No era posible... ¡Ahí estaba frente a mí, vestido con unos pantalones de mezclilla y una camisa blanca de manga corta, Carlos Enzo Reinoso Valdenegro, el más grande jugador del futbol mexicano, el estratega que comandaba al América como un general dirige a su ejército, el hombre que hacía con el balón lo que se le pegaba la gana!
Cruzamos la puerta y nos encontramos con una mujer joven, de pelo corto y negro.
-Buenas tardes –nos dijo, y nos tendió la mano-. Soy la esposa de Carlos.
-Buenas tardes –respondimos al unísono mi madre y yo, y la saludamos; y a continuación mi madre añadió-: Éste es mi hijo Roberto.
Reinoso, quien ya se había dado la vuelta después de cerrar la puerta, me puso una mano sobre la cabeza y preguntó:
-¿Te gusta el futbol, Roberto?
-¡Sí! –respondí-. Y soy americanista y, para mí, usted es el mejor jugador de México.
-¡Es una agradable sorpresa oírte decir eso! –dijo Reinoso, y me revolvió el cabello cariñosamente.
-Adelante, por favor –dijo la mujer, y nos condujo a la sala. Yo me senté junto a mi madre en el sofá; Reinoso y su esposa ocuparon dos sillones individuales. Al rato, un niño de unos cuatro años y una niña todavía más pequeña, de unos dos, ambos con el rostro adormilado, hicieron su aparición por el pasillo.
-Son mis hijos –dijo Reinoso-. Saluden, niños.
-Hola –dijeron ellos.
-Hola -dijimos nosotros.
Mientras nos tomábamos un refresco que nos trajo la sirvienta, mi madre se encargó de preparar el terreno para la entrevista propiamente dicha. Les preguntó a Reinoso y a su esposa en qué lugar de Chile habían nacido, cuándo se habían conocido, cuánto tiempo había durado su noviazgo, dónde se habían casado... Yo escuchaba atentamente las respuestas y de tanto en tanto paseaba la mirada por aquel departamento para guardar en mi memoria cualquier detalle que hiciera más verídico el relato que ya planeaba contarles a mis amigos.
Al cabo de unos minutos pasamos al comedor.
-Voy a prender la grabadora –dijo mi madre.
-Sí, muy bien –dijo Reinoso.
La entrevista se centró en la vida familiar del crack chileno, si bien era inevitable que mi madre se refiriera frecuentemente a su actividad profesional. Hacia las cuatro y media terminamos de comer y nos levantamos de la mesa.
-El fotógrafo no ha de tardar en llegar –dijo mi madre.
-Aquí lo espero, no te preocupes –dijo Reinoso, y luego volteó a verme y preguntó-: Bueno, ¿y tú, Roberto, no juegas futbol?
Cómo decirle que lo único que deseaba era jugar como él y que para ello practicaba a diario -en compañía de mis amigos, en el parque; o solo, en la azotea- las jugadas que lo veía hacer en la televisión o en el estadio. Era demasiado. No podía permitirme ser tan sincero. Por eso dije únicamente:
-Sí, me encanta.
-Y parece que es bastante bueno, según he oído –agregó mi madre.
-¿No te gustaría formar parte de la fuerzas inferiores del América?
-¡Sí!
Reinoso, entonces, se encaminó a una de las habitaciones. Un momento después salió de ella y me alargó una tarjeta de presentación (llevaba su nombre y el escudo del América impresos), garabateada de su puño y letra. Leí: “Profe X.: Roberto es mi amigo. Échele un ojo. Juega muy bien. Se lo encargo mucho. Gracias.”
El reportaje se publicó al poco tiempo y fue un éxito. Yo, por mi lado, me presenté casi de inmediato -con la anuencia de mis padres, pero bajo ciertas condiciones que me impusieron- en las instalaciones del equipo crema, en la calle del Toro número 100, en Coyoacán, para mostrarle la tarjeta al Profe X., quien, luego de leerla y devolvérmela, dijo:
-Vamos a ver si es cierto...
Y sí era cierto que poseía algunas cualidades futbolísticas: dominio del balón, habilidad, velocidad, enjundia; sin embargo, nunca pasé de jugar en ligas amateurs los fines de semana; eso sí, siempre teniendo en mente, como un modelo insuperable, la técnica, la maestría, el arte supremo de Reinoso.
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Foto del autor Roberto Gutiérrez Alcalá
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Descripción

Palabras Clave: Carlos Reinoso Mundial gol Cruz Azul Atlético Español Estadio Azteca revista femenina

Categoría: Cuentos & Historias

Subcategoría: Relatos



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juan carlos reyes cruz

Esta fantástica nota que haces sobre tan connotado referente deportivo, me llena de gozo por muchas razones, mi estimado Roberto. En primer lugar se hace notar la excelente calidad literaria con la que desarrollas tu entretenido relato, lo cual supongo de dos formas: es una maravillosa herencia de tu digna madre reportera, o eres un profesional con relación a las letras ( lo que no mencionas en ninguna parte). En segundo lugar, es un manifiesto que, independiente de los pormenores ahí detallados, a mi, en lo personal, me llena de orgullo, por tratarse Carlos Reinoso de un compatriota de mi época al que en alguna oportunidad vi desempeñándose como integrante de la selección de futbol de mi país. Debo confesar, no obstante, que mi devoción por el balompié en aquellos años, no era tan alcanzada como sí lo es ahora, pero era lo suficiente como para conocer la notoriedad de Carlitos Reinoso y la importancia y valor que cosechó en el país azteca.
Hoy día, gracias a la pasión de mi hijo menor, Carlos Andrés, por el fútbol, quién también ´pudo haber llegado a ser un dominador del balón, pero que privilegió la profesión de ingeniero, me empapo profusamente con este deporte, tanto en ser un hincha activo, como un dialogante, analista y crítico de sus objetivos. Pero lo más destacable y anecdótico, es que Carlos Andrés, respeta y reconoce bastante el valor de Reinoso, a pesar de no ser un contemporáneo suyo, pero que está convenientemente ubicado en las colecciones visuales que posee con mucho orgullo.
Desde un punto te felicito, Roberto, y desde otro te agradezco el sabroso obsequio que me has dado con tu relato.
JCRC:
Responder
November 25, 2017
 

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busy