TODOS LOS CIELOS
TODOS LOS CIELOS
I
Durante la siesta yo escribía, protegido del jadeo de la ciudad y del vaivén de mis obsesiones. Me acomodaba en el salón en penumbras frente a la mesa cubierta de cristal donde comíamos, en la pensión de la señora Angelita. Elaboraba ficciones durante las horas escamoteadas al Estudio Jurídico, donde mi trabajo consistía en repartir cédulas y exhortos en los juzgados.
Mientras escribía la casa se remansaba de a poco, como un barco que apagara sus motores uno a uno: el entrechocar de los platos en la cocina impregnada de frituras, el estruendo del baño sobre los afanes prostáticos de don Gabriel de Santis, mi jubilado compañero de cuarto, que estaría por encerrarse a dormir hasta bien entrado el atardecer. Un lejano golpe de puerta. Y el zumbido de la moto de don José, el marido de la señora Angelita escapándose temprano para controlar su puesto en el mercado, aunque recién abría a las cinco; se podía sospechar que tanta premura obedecía a oscuras razones cuyo sentido sólo alcancé más adelante a entrever.
Después todo se hacía silencio y calor y mi lapicera divagaba entre las líneas del cuaderno Gloria de 48 hojas; entonces ella aparecía: no la sentía llegar hasta verla instalada en el sillón de cretona, recogido el pelo sobre la nuca, los ojitos un poco tontos, el cuello amplio y blanco, en el rincón de la sala contigua. Yo la observaba a través de los vitrales que separaban el comedor de la sala de estar, pero no dirigía mi rostro hacia ella, como si estuviera concentrado en mis papeles. La veía acomodar el cesto de costura a su lado y a su pequeño hijo sobre la falda, entreveía un ligero movimiento de escotes y paños y pieles suaves y allí estaba, Madonna egregia, luciendo pálida sobre la penumbra.
Estúpidamente arrancado de mis cuadernos me fascinaba con esos pequeños labios que presentía sorbiendo los jugos deliciosos, incapaz de escribir una letra y de apartar mi acechanza oblicua, traidora. Ese aliento maternal y como santificado me llegaba a través de los cristales hasta que de pronto la imagen se desvanecía; el niño ya no estaba, quizás devuelto a su cuna. Sobre el sillón de cretona sólo quedaban los almohadones que la señora Angelita quizás hubiera estado bordando con mano pequeña. Podía por fin volver a mis historias en las que mis Capitanes, agotados en medio de las selvas lujuriosas del Yucatán, apartaban de sus dedos los feroces arcabuces y, libres de yelmo y coraza, yacían en la verde penumbra sin luna, entre los brazos de las hijas de algún cacique amigo.
No sé -no puedo- determinar cuándo comenzaron aquellas visiones. Abochornado por el calor de mi pieza y por los ronquidos de mi jubilado acompañante, solicité y obtuve permiso para ocupar el comedor de la pensión durante la siesta. Muchas veces me escapé del Estudio al mediodía para encerrarme allí hasta volver a mi trabajo por la tarde, furtivo. Mis héroes, repetidamente expuestos al anonimato por mi resistencia a enviarlos a concursos o revistas, se la pasaban conquistando territorios y doncellas.
La señora Angelita era en ese tiempo casi un ente para mí, tan extraña como Mara, la secretaria de los abogados del Estudio o esos oscuros auxiliares de Tribunales cuyos rostros se confundían entre el color verduzco de los legajos.
Aquellas apariciones durante la siesta me fueron invadiendo y controlando sin haberme yo percatado de ello. Al comienzo ni me peguntaba por el niño a quien, por otra parte, no se sentía llorar ni daba cuenta de su existencia. Era ella. Comencé a vivir pendiente de su imagen, del embargo que me hacía en todo el cuerpo, del regusto dulzón que me dejaba en la boca cuando desaparecía. Hasta mi escritura empezó a estar tomada por su presencia. Se hizo barroca y lenta, las palabras parecían dar vueltas alrededor de la idea sin alcanzar a expresarlas por completo; la acción tornó a volverse morosa, cada vez menos propensa e incursionar en batallas o sacrificios; se detenía en cambio en la mirada estupefacta del conquistador frente a un continente misterioso, en el que todo estaba por venir y donde el presente se jugaba a cara cruz, incesante.
Me dio entonces por hacer naufragar la nave de mi héroe en medio de una feroz tempestad, desapareciendo los que en ella viajaban con mi Capitán don Asdrúbal en procura de oro y joyas. El tesoro se encontraba en poder de salvajes de la costa de Nueva Granada, cuyas mujeres, se decía, eran pequeñas y ardientes. Mi héroe, salvado del naufragio nocturno, fue a dar en la madrugada sobre un islote arenoso, desprovisto de vegetación, ni tan alejado ni tan cercano de la costa como que podía distinguir el alto de los acantilados cubierto por la selva. Allí quedó don Asdrúbal, a mitad de camino entre el cielo y el infierno, sin otra provisión de boca que alguna tortuga extraviada.
Hace poco ocurrió algo extraño casi frente al Juzgado hacia donde me encaminaba llevando una resma de cédulas para intercalar en diversos expedientes. Acababa de dar una moneda a un ciego a quien veía por primera vez y que me había impresionado por su rostro abstraído, como si no fuera de este mundo y unos ojos muertos, de un blanco azulino.
Entonces los vi; eran ellos, sin duda, don Gabriel de Santis y don José, el marido de la señora Angelita. Me extrañó su actitud, semiocultos en la puerta de entrada del Juzgado: Don José le estaba pagando a mi compañero de cuarto lo que me pareció una suma importante de dinero. Al revés de lo que hubiera sido lógico -si alguna lógica podía esperarse en este encuentro- DON JOSE LE ESTABA PAGANDO A SU PENSIONISTA. Don Gabriel, en ceremoniosa retribución, le entregaba a su vez un sobre. El otro, sin notarlo, lo dejó caer: el sobre voló entre las piernas de ambos y se detuvo junto a los zapatos del ciego. Cuando se alejaron caminando me acerqué con disimulo para levantarlo del suelo.
En ese momento un fuerte chirriar de neumáticos a mis espaldas, seguido de una exclamación, me hizo volver la cabeza; lo mismo hicieron otros ocasionales transeúntes. Era un coche oscuro, con oscuras personas en su interior. La gente, el sol -no sé-, puede que el miedo me impiden reconstruir fielmente lo sucedido. Escuché como gritos de súplica mezclados con voces de mando, algo brilló -quizás un arma-, brazos que se alzaban y volvían a caer, el terror en los rostros, alguien rodó por el suelo, me pareció una mujer con su hijo. Vi una pierna en el aire, como de alguno al que levantaran en vilo. Todo fue muy rápido, el auto partía ya incontenible haciendo sonar una sirena lúgubre. Volví la cabeza, temblando, repasé una a una las cosas que había visto, tan indiferentes y lejanas un momento antes. El ciego no estaba. Su sombrero se había volcado y unas pocas monedas estaban dispersas por la vereda.
Un imperioso terror me alejó de allí hasta detenerme, agitado, a varias cuadras de distancia. Recién entonces descubrí entre mis dedos temblorosos el sobre. Había una esquela en él, con la letra vacilante de don Gabriel de Santis:
" Ella será Madre de un Hijo varón. He cumplido y doy fe que usted también, don José. "
El episodio me alteró, lo comenté durante el almuerzo, al mediodía, con don Gabriel y el marido de la señora Angelita, sin mencionar la esquela. Me observaron, sacudieron la cabeza, alguien murmuró unas palabras, no las entendí.
Ella vino con la sopa. Así, puesta en dueña de pensión, asumía un aspecto tan doméstico que yo evitaba mirarla, quizás por no verle las pequeñas arrugas atierradas del cuello o las gotitas de transpiración grasosa que denotaban los tufos y vapores de la cocina.
El Capitán don Asdrúbal ha perdido ya toda esperanza de rescate y salvación. Tantas veces intentara llegar a nado hasta la costa y otras tanto lo empujaron mar afuera las fuertes corrientes, a riesgo de no volver a hacer pie en su precario islote. Día tras día, semana tras semana el sol lo achicharra en mediodías de fuego, cuando logra sobrevivir enterrándose, como un cadáver viviente, en la arena dura y las estrellas han sido su consuelo por las noches. De tanto en tanto vislumbra hogueras en los altos barrancos de la costa. Un atardecer alcanza a distinguir un navío con las velas al viento rumbo a las orillas y le llegan, muy lejos, duplicados en un eco, los estampidos de las lombardas. Más tarde el mar le acerca boyantes cadáveres que vienen hacia él y se alejan hacia mar abierto. Cree percibir las amorosas facciones de una mujer, el pelo negro flotando alrededor del rostro y ha querido alcanzarla pero la intensa corriente la aleja, navegando su propio funeral, con su séquito de rostros morenos y vientres abultados.
Mucho después ve arder la nave contra la noche, los palos brillando como cruces encendidas y el viento delamanecer le trae ráfagas de cánticos y celebraciones. Don Asdrúbal no aguarda ya nada pero los tesoros y las mujeres lo siguen llamando a la costa imposible con la misma fuerza con que le despertaron la codicia casi un año atrás, desde la boca arruinada de un marinero levantino, en un bodegón de Santiago, mientras las naves crujían entre los muelles.
La imagen no había vuelto a aparecérseme durante varios días hasta hoy, desde el momento en que relaté en la mesa la escena del ciego y me pareció que ella me espiaba al retirar los platos. Nunca fui muy audaz con las mujeres pero me he turbado más de la cuenta al percibir, a través de los vitrales que separan la sala del comedor, su mirada puesta en mí, mientras el niño era apenas una sombra sobre su pecho. No podía percatarse -creo- de que yo la estuviera observando porque, como precaución, volvía el rostro hacia el cuaderno, la lapicera azul entre los dedos y mis ojos contra el ángulo izquierdo de los párpados, el olfato y el oído puestos en el imperceptible chupeteo adivinado a través de los cristales, que me llenaba los labios de un dulzor ansioso.
Ella me estaba mirando, así me parecía, al menos, por la dirección que tenían su rostro y sus ojos, aunque me costara distinguirlos en la luminosidad difusa de la sala. Su mirada era mansa y había perdido ese aire tonto que ostentaba habitualmente pero yo percibía con claridad su mensaje. Me llamaba a levantarme de esa mesa, a abandonar mis cuadernos, a atravesar la puerta de cristales que nos separaba, a rodear muy lento el sillón donde ella me esperaría, ya sin el niño, para ofrendarme su pecho claro, donde yo iría a dormirme hasta nunca más despertar. Me debatí, me resistí.
Fue el palpitarme de la sangre en las sienes, fue el empañárseme la visión, pero cuando torné a mirar habían desaparecido, ella y el niño.
Don Gabriel ronca también de noche y cada vez puedo dormir menos, me desvelan sus rugidos torrenciales y las nubes de mosquitos provenientes de los paraísos del patio, inmunes a espirales e insecticidas. A veces, en el entresueño, me imagino ahogando al viejo con la almohada hasta que sus ojos saltan de las órbitas. Odio sus pequeñas manías, como la de limpiarse los oídos con isopos o colgar las medias lavadas en el respaldo de la cama o revisar mis papeles. Estoy convencido de esto por la forma irónica con que a veces habla de los "héroes de papel". Quizás en sus innumerables hurgueteos diera con la esquela, que se me traspapeló de tan guardada que la tenía.
No voy a cambiar de pensión. No hay otros cuartos disponibles en lo de la señora Angelita y por nada del mundo me perdería las apariciones -cada vez más espaciadas- durante las siestas. Vivo pendientes de ellas. Son mi pan y mi alegría. Algún día el tiempo inexorable va a librarme de don Gabriel y de sus asquerosos isopos. Es verdad, entonces ya no tendré pretextos y no podré seguir instalándome en el comedor para esperarla, a ella con el niño. Me dirán: "su habitación es tranquila; usted se ha quedado solo; ahora puede escribir allí". Tendré que aceptarlo. Pero ¿ por qué no ? quizás entonces ella aceptará venir durante las siestas a mi cuarto, a hacer más completa mi adoración.
Anoche me levanté para observar a don Gabriel a la luz de la luna que se filtraba entre las ramas de los paraísos; la boca abierta, largo, huesudo, sus pies asomaban juntos de entre las sábanas. Me acerqué con sigilo. Los ronquidos parecían invadir el mundo. Al llegar a su cara, hasta su odiada nariz de papa, descubrí con horror que tenía los ojos abiertos.
El mundo es un solo instante infinito, delira don Asdrúbal en su islote al que debe aferrarse con desesperación cuando la marea sube transformándolo todo en un horizonte de olas y lo único percibible es la costa lejana, anhelada y temida, donde aguardan el poder, los placeres o el más atroz de los finales. Una madrugada, días después de la destrucción de la nave española, amanece una extraña figura, a pocas brazas. Está como anclada por la cabeza, el vientre boyando, cubierto de ricos terciopelos, las piernas al aire. Don Asdrúbal lucha con el oleaje hasta alcanzarla y puede entonces sentir por primera vez en mucho tiempo el contacto de otro cuerpo, aunque tan en ruinas por la descomposición y los peces. Al izarlo sobre la arena y limpiar el rostro desvastado halla la explicación de esa extraña forma de flotar. En la boca, que ensombrece la barba, bajo la nariz carcomida por el salitre, brilla una estrella al sol. Los salvajes habían vertido, en castigo por su codicia, oro derretido en las fauces de aquel español.
Don Asdrúbal devuelve su presa el mar pero guarda para sí el trozo de metal, que adquiriera la forma de la boca y de la garganta del infeliz. Exultante por el hambre y la sed, el hombre enclaustrado en aquella infinitud pule esa macabra joya y la admira como a la más bella de las flores. Ya es rico. Sólo le faltan aquellas mujeres hermosas que imagina casi al alcance de sus manos y cuyas figuras huidizas se le escurren por las noches insomnes, bajo las estrellas.
Pero de entre las maltratadas prendas del muerto don Asdrúbal ha conseguido otro tesoro, un pequeño escapulario de raso donde borronea la figura de una Madonna con el Niño en brazos. Ambos despojos de aquella carroña - oro y esperanza - era lo único que conectaba aquella inteligencia desvariada con el resto del ancho mundo.
II
Parece mentira cómo los hechos se concatenan y se agrupan por sí solos para depararnos alegrías o para castigarnos con brutalidad. Sin relación alguna, provenientes de esferas fuera de contacto, saltan de sus carriles y se retuercen como víboras para enroscarse en nuestras piernas.
No hay inteligencia en el mundo capaz de explicarme por qué preferí ese infausto mediodía no volver a lo de la señora Angelita y opté por olvidarme de la furia de la ciudad metiéndome en un bar oscuro del Centro donde, ubicado en el fondo, cerca de los baños, me sentía casi tan al amparo como en la sala de la pensión. Pedí un café con leche y saqué de mi portafolios el cuaderno y la lapicera azul que siempre llevaba conmigo. Insensiblemente, sin percatarme, entré en aquel lejano mundo de mares abiertos y dejé de percibir el rumor de las mesas vecinas, el café recién molido, las sirenas y explosiones de la calle y las pestilencias de las letrinas. Llenaba las páginas cuadriculadas contándome la historia de aquellos hombres como si yo mismo las estuviera viviendo.
No puedo precisar cuánto tiempo transcurrió antes de sentir que alguien estaba de pie, a mis espaldas, observando por sobre mis hombros. Atiné a cubrir el papel con las manos y giré la cabeza, aterrado. La vi alejarse, era Marita, estoy seguro y comprendí que no vacilaría en denunciar a los abogados del Estudio mis escapadas en horario de trabajo. Se me congeló el alma. Fabulé alcanzarla, evitar que tomara el colectivo, rogarle, amenazarla, aún arrojarla bajo las ruedas del coche. Pronto comprendí que sería inútil. Reviví sus coqueteos con los abogados, la imaginé contándolo en voz baja a mis compañeros, recordé su desprecio servil.
Anduve deambulando por los alrededores del Estudio sin atreverme a subir. Nunca tomé tanto café en los bares cercanos, postergando el momento de enfrentarme con mis jueces. Por fin me atraganté con dos ginebras y corrí escaleras arriba, sin esperar el ascensor. Para mi sorpresa, nada ocurrió. Marita tipeaba como siempre exhortos frente a la mesita de la Remington, las piernas cruzadas y la pollera mostrando ampliamente el muslo. Tras la puerta de vidrio esmerilado de mis jefes, los sentía hablar en voz tan baja que no alcanzaba a distinguir sus palabras.
Pasé el resto de la jornada espiándola y supongo que le adiviné una sonrisa entre maligna y feliz. A partir de allí fui su prisionero. No necesitaba levantar la voz, como antes, para reclamarme por el desorden de las carpetas o por la limpieza de los escritorios, cosas de las que yo era tan responsable como los demás. O enviarme a hacer mandados, a veces hasta de sus propios efectos personales. Por parte de los abogados, ni palabra. Uno de ellos, un petizo sacapecho del que suponía una intimidad especial con Marita, aumentó, creo, su distancia despectiva para conmigo. Me pareció percibir un mayor control sobre mi trabajo, hasta ese momento supuestamente impecable.
Don Asdrúbal ha construido un precario altar en su islote con la ayuda de algunas ramas que pudo recoger de las aguas. En el centro, al tope, ha puesto su flor de oro y sobre ella el escapulario. La luz del sol, de las estrellas o aún de las lejanas fogatas que a veces se encienden en la costa, hieren el metal y su destello ilumina la imagen borrosa, los ojos de un atrapar hipnótico, el Niño que casi ha desaparecido de sus brazos. Don Asdrúbal reza, solicita la augusta intercesión que lo ayude a cruzar ese estrecho de agua hasta la orilla, a cobrar con sangre la maldad que aquellos salvajes aplicaran sobre el español.
No obtiene respuesta. Muchos días después se siente desfallecer y reza ahora pidiendo sólo su propia salvación: se ve a sí mismo retornando al caserío, sus hermanos corren para saludarlo, las manos de su madre lo arropan bajo frescas sábanas y le acarician la frente. Como una burla, sólo le responde el chapoteo de las olas contra la arena. Con furia, desesperado, arranca la imagen del altar y la destroza a dentelladas. Recién entonces advierte en la entretela unos papeles, una carta casi borrada por la acción del agua y las sales. Se siente revivir, vuelven a él las esperanzas. Ese mensaje, que no le estaba destinado, ha caído en sus manos por obra del azar y piensa que, al descifrarlo, encontrará allí las claves de su propia vida y de esta maldición de encontrarse suspendido, colgando entre el cielo y el infierno. Don Asdrúbal alisa el papel con infinito cuidado y lo pone a secar al sol.
La primera parte está casi intacta, aunque el destinatario se distingue apenas: "Madre mía, amantísima........a ti, que me diste la vida y el gozo...". “..... quiero encomendar mi recuerdo a tus manos, ahora que en esto que llaman navío he de embarcarme al alba para cruzar la oscura mar y caer sobre los salvajes, a someterlos con la cruz y con la espada...."
Don Asdrúbal acaricia el papel reseco y adivina las palabras borradas.
"....puede que nunca tú alcances a leer esta misiva, mas si por milagro ocurriera, supieras que la naturaleza de mi pasión por ti sigue viva como cuando yacía entre tus amorosos brazos....."
No más que leves manchones sobre la superficie arrugada que don Asdrúbal siente deshacerse febrilmente entre sus dedos.
"..... el mundo se horrorizaría de conocer nuestra pasión... dispuesto estoy a sufrir eterna condena.... mi boca será sólo tuya..."
Nada más de ese hidalgo cuyo cuerpo putrefacto tuvo entre sus brazos y al cual arrebatara la flor dorada que sigue lanzando destellos desde su precario altar.
Desde hace mucho tiempo ella ha dejado de aparecérseme quizás debido a que, por hacer buena letra, he resuelto cumplir con la rutina de recorrer Juzgados. Estoy habituado al despotismo de Marita, creo que no deja de ser un consuelo para mí, en medio de esta vertiginosa soledad, extrañado de mi pueblo y de los amorosos cuidados de mi madre, boyando extraviado en esta gran ciudad.
Hace ya varios días, durante uno de mis raros almuerzos en la pensión, aproveché que la señora Angelita se inclinaba sobre mí al servir la sopa y le espié el escote. No parecía haber demasiada limpieza por allí. A boca de jarro le hablé de la carta.
El cruce de miradas entre mis comensales fue tan breve como intenso y podía no haberme percatado, de haber sido yo un poco menos perspicaz. Gocé con el silencio embarazoso de los tres, la premura de don Gabriel para meterse en la boca el pan que acababa de mojar en el plato mientras don José apuraba el fondo de su vaso y ella retornaba a la cocina con la sopera de loza blanca, sin contestarme, como si no me hubiera escuchado. Mis sospechas parecían confirmarse pero no sé si fue para mi bien o para mi desgracia; lo cierto es que la aparición volvió sólo una vez más a repetirse.
Esa misma siesta, estando yo en el comedor concentrado en mis historias, rato después de apagarse el sonido de la moto de don José, sentí deseos de ir al baño. Repercutían los chillidos de los pájaros en el patio y, a lo lejos, desde la avenida, aullaban las sirenas.
El calor era asfixiante y yo había abusado un poco del vino. Mi espíritu vagaba solo por el espacio mientras encaraba el pasillo en penumbras, hacia las habitaciones de los pensionistas. Una puerta se cerró con un chasquido. Miré. La vi -creo que era ella- no más de un breve segundo, al fondo del corredor. Estoy seguro. Salía furtivamente de mi habitación donde estaría, solo, como todas las siestas, don Gabriel De Santis, mi odiado compañero de cuarto. Ella llevaba el pelo suelto y la ropa desordenada.
Esa noche tuve un sueño: don Gabriel se me apareció al lado de mi cama, flaco y alto, como si se levantara de dormir. La habitación estaba en penumbras, iluminada por un brillo fantástico. Habló sin mover los labios. Su voz ronca sólo dijo: " No te confundas, hombre de los papeles. Yo sólo represento al Padre de ese niño."
A la mañana don Gabriel apareció muerto, la boca y los ojos abiertos, rígidas las piernas largas y los pies con medias asomando bajo las sábanas.
Don Asdrúbal ha vuelto a quedar solo en medio del mar, donde a veces bandadas de gaviotas vienen planeando bajo el sol a observar con mirada curiosa ese extraño animal de piel cuarteada, larga barba y ojos ansiosos que agoniza sobre la pequeña lengua de arena arrasada por las olas. A su lado, el altar destella con el pequeño escapulario destrozado al tope.
La carta se ha disuelto hace mucho tiempo pero don Asdrúbal la recuerda letra por letra, arruga por arruga y ladescifra mentalmente.
MADRE MIA.
Los desechos de la pasión emergen del mensaje, como un sutil perfume pagano, entremezclado con la piadosa invocación. Don Asdrúbal intuye los profundos precipicios de ese espíritu y el fantasma del amor incestuoso que alimentara aquella caligrafía perfecta, devorada por las aguas. La recorre en delirio una y mil veces, tratando de descifrar el misterio de ese hombre que, como tantos otros, como él mismo, flota desaparecido en las inmensidades del mar.
Don Asdrúbal ora en la noche bajo la helada luz de las estrellas. Desde el escapulario la imagen brilla con los resplandores de la flor de oro, el Niño casi desaparecido por el salitre. A lo lejos arden hogueras en los acantilados y las ráfagas de viento le arriman cánticos tristes, sin esperanza. La figura lo mira con ojos profundos y él sabe que en esa mirada está el secreto de la carta que antes ocultara, como un hijo en el vientre de su madre. Las entrañas del español, la cavidad de su boca, horriblemente calcadas en el trozo de oro, repiten las luces apagadas de las estrellas y súbitamente don Asdrúbal descubre que el Niño no está, se ha marchado y que un seno blanquísimo y húmedo lo está llamando.
Madre mía, murmura, ebrio y el agua chapotea contra su cuerpo. La imagen, enigmática, tiene la mirada clavada en él.
I
Durante la siesta yo escribía, protegido del jadeo de la ciudad y del vaivén de mis obsesiones. Me acomodaba en el salón en penumbras frente a la mesa cubierta de cristal donde comíamos, en la pensión de la señora Angelita. Elaboraba ficciones durante las horas escamoteadas al Estudio Jurídico, donde mi trabajo consistía en repartir cédulas y exhortos en los juzgados.
Mientras escribía la casa se remansaba de a poco, como un barco que apagara sus motores uno a uno: el entrechocar de los platos en la cocina impregnada de frituras, el estruendo del baño sobre los afanes prostáticos de don Gabriel de Santis, mi jubilado compañero de cuarto, que estaría por encerrarse a dormir hasta bien entrado el atardecer. Un lejano golpe de puerta. Y el zumbido de la moto de don José, el marido de la señora Angelita escapándose temprano para controlar su puesto en el mercado, aunque recién abría a las cinco; se podía sospechar que tanta premura obedecía a oscuras razones cuyo sentido sólo alcancé más adelante a entrever.
Después todo se hacía silencio y calor y mi lapicera divagaba entre las líneas del cuaderno Gloria de 48 hojas; entonces ella aparecía: no la sentía llegar hasta verla instalada en el sillón de cretona, recogido el pelo sobre la nuca, los ojitos un poco tontos, el cuello amplio y blanco, en el rincón de la sala contigua. Yo la observaba a través de los vitrales que separaban el comedor de la sala de estar, pero no dirigía mi rostro hacia ella, como si estuviera concentrado en mis papeles. La veía acomodar el cesto de costura a su lado y a su pequeño hijo sobre la falda, entreveía un ligero movimiento de escotes y paños y pieles suaves y allí estaba, Madonna egregia, luciendo pálida sobre la penumbra.
Estúpidamente arrancado de mis cuadernos me fascinaba con esos pequeños labios que presentía sorbiendo los jugos deliciosos, incapaz de escribir una letra y de apartar mi acechanza oblicua, traidora. Ese aliento maternal y como santificado me llegaba a través de los cristales hasta que de pronto la imagen se desvanecía; el niño ya no estaba, quizás devuelto a su cuna. Sobre el sillón de cretona sólo quedaban los almohadones que la señora Angelita quizás hubiera estado bordando con mano pequeña. Podía por fin volver a mis historias en las que mis Capitanes, agotados en medio de las selvas lujuriosas del Yucatán, apartaban de sus dedos los feroces arcabuces y, libres de yelmo y coraza, yacían en la verde penumbra sin luna, entre los brazos de las hijas de algún cacique amigo.
No sé -no puedo- determinar cuándo comenzaron aquellas visiones. Abochornado por el calor de mi pieza y por los ronquidos de mi jubilado acompañante, solicité y obtuve permiso para ocupar el comedor de la pensión durante la siesta. Muchas veces me escapé del Estudio al mediodía para encerrarme allí hasta volver a mi trabajo por la tarde, furtivo. Mis héroes, repetidamente expuestos al anonimato por mi resistencia a enviarlos a concursos o revistas, se la pasaban conquistando territorios y doncellas.
La señora Angelita era en ese tiempo casi un ente para mí, tan extraña como Mara, la secretaria de los abogados del Estudio o esos oscuros auxiliares de Tribunales cuyos rostros se confundían entre el color verduzco de los legajos.
Aquellas apariciones durante la siesta me fueron invadiendo y controlando sin haberme yo percatado de ello. Al comienzo ni me peguntaba por el niño a quien, por otra parte, no se sentía llorar ni daba cuenta de su existencia. Era ella. Comencé a vivir pendiente de su imagen, del embargo que me hacía en todo el cuerpo, del regusto dulzón que me dejaba en la boca cuando desaparecía. Hasta mi escritura empezó a estar tomada por su presencia. Se hizo barroca y lenta, las palabras parecían dar vueltas alrededor de la idea sin alcanzar a expresarlas por completo; la acción tornó a volverse morosa, cada vez menos propensa e incursionar en batallas o sacrificios; se detenía en cambio en la mirada estupefacta del conquistador frente a un continente misterioso, en el que todo estaba por venir y donde el presente se jugaba a cara cruz, incesante.
Me dio entonces por hacer naufragar la nave de mi héroe en medio de una feroz tempestad, desapareciendo los que en ella viajaban con mi Capitán don Asdrúbal en procura de oro y joyas. El tesoro se encontraba en poder de salvajes de la costa de Nueva Granada, cuyas mujeres, se decía, eran pequeñas y ardientes. Mi héroe, salvado del naufragio nocturno, fue a dar en la madrugada sobre un islote arenoso, desprovisto de vegetación, ni tan alejado ni tan cercano de la costa como que podía distinguir el alto de los acantilados cubierto por la selva. Allí quedó don Asdrúbal, a mitad de camino entre el cielo y el infierno, sin otra provisión de boca que alguna tortuga extraviada.
Hace poco ocurrió algo extraño casi frente al Juzgado hacia donde me encaminaba llevando una resma de cédulas para intercalar en diversos expedientes. Acababa de dar una moneda a un ciego a quien veía por primera vez y que me había impresionado por su rostro abstraído, como si no fuera de este mundo y unos ojos muertos, de un blanco azulino.
Entonces los vi; eran ellos, sin duda, don Gabriel de Santis y don José, el marido de la señora Angelita. Me extrañó su actitud, semiocultos en la puerta de entrada del Juzgado: Don José le estaba pagando a mi compañero de cuarto lo que me pareció una suma importante de dinero. Al revés de lo que hubiera sido lógico -si alguna lógica podía esperarse en este encuentro- DON JOSE LE ESTABA PAGANDO A SU PENSIONISTA. Don Gabriel, en ceremoniosa retribución, le entregaba a su vez un sobre. El otro, sin notarlo, lo dejó caer: el sobre voló entre las piernas de ambos y se detuvo junto a los zapatos del ciego. Cuando se alejaron caminando me acerqué con disimulo para levantarlo del suelo.
En ese momento un fuerte chirriar de neumáticos a mis espaldas, seguido de una exclamación, me hizo volver la cabeza; lo mismo hicieron otros ocasionales transeúntes. Era un coche oscuro, con oscuras personas en su interior. La gente, el sol -no sé-, puede que el miedo me impiden reconstruir fielmente lo sucedido. Escuché como gritos de súplica mezclados con voces de mando, algo brilló -quizás un arma-, brazos que se alzaban y volvían a caer, el terror en los rostros, alguien rodó por el suelo, me pareció una mujer con su hijo. Vi una pierna en el aire, como de alguno al que levantaran en vilo. Todo fue muy rápido, el auto partía ya incontenible haciendo sonar una sirena lúgubre. Volví la cabeza, temblando, repasé una a una las cosas que había visto, tan indiferentes y lejanas un momento antes. El ciego no estaba. Su sombrero se había volcado y unas pocas monedas estaban dispersas por la vereda.
Un imperioso terror me alejó de allí hasta detenerme, agitado, a varias cuadras de distancia. Recién entonces descubrí entre mis dedos temblorosos el sobre. Había una esquela en él, con la letra vacilante de don Gabriel de Santis:
" Ella será Madre de un Hijo varón. He cumplido y doy fe que usted también, don José. "
El episodio me alteró, lo comenté durante el almuerzo, al mediodía, con don Gabriel y el marido de la señora Angelita, sin mencionar la esquela. Me observaron, sacudieron la cabeza, alguien murmuró unas palabras, no las entendí.
Ella vino con la sopa. Así, puesta en dueña de pensión, asumía un aspecto tan doméstico que yo evitaba mirarla, quizás por no verle las pequeñas arrugas atierradas del cuello o las gotitas de transpiración grasosa que denotaban los tufos y vapores de la cocina.
El Capitán don Asdrúbal ha perdido ya toda esperanza de rescate y salvación. Tantas veces intentara llegar a nado hasta la costa y otras tanto lo empujaron mar afuera las fuertes corrientes, a riesgo de no volver a hacer pie en su precario islote. Día tras día, semana tras semana el sol lo achicharra en mediodías de fuego, cuando logra sobrevivir enterrándose, como un cadáver viviente, en la arena dura y las estrellas han sido su consuelo por las noches. De tanto en tanto vislumbra hogueras en los altos barrancos de la costa. Un atardecer alcanza a distinguir un navío con las velas al viento rumbo a las orillas y le llegan, muy lejos, duplicados en un eco, los estampidos de las lombardas. Más tarde el mar le acerca boyantes cadáveres que vienen hacia él y se alejan hacia mar abierto. Cree percibir las amorosas facciones de una mujer, el pelo negro flotando alrededor del rostro y ha querido alcanzarla pero la intensa corriente la aleja, navegando su propio funeral, con su séquito de rostros morenos y vientres abultados.
Mucho después ve arder la nave contra la noche, los palos brillando como cruces encendidas y el viento delamanecer le trae ráfagas de cánticos y celebraciones. Don Asdrúbal no aguarda ya nada pero los tesoros y las mujeres lo siguen llamando a la costa imposible con la misma fuerza con que le despertaron la codicia casi un año atrás, desde la boca arruinada de un marinero levantino, en un bodegón de Santiago, mientras las naves crujían entre los muelles.
La imagen no había vuelto a aparecérseme durante varios días hasta hoy, desde el momento en que relaté en la mesa la escena del ciego y me pareció que ella me espiaba al retirar los platos. Nunca fui muy audaz con las mujeres pero me he turbado más de la cuenta al percibir, a través de los vitrales que separan la sala del comedor, su mirada puesta en mí, mientras el niño era apenas una sombra sobre su pecho. No podía percatarse -creo- de que yo la estuviera observando porque, como precaución, volvía el rostro hacia el cuaderno, la lapicera azul entre los dedos y mis ojos contra el ángulo izquierdo de los párpados, el olfato y el oído puestos en el imperceptible chupeteo adivinado a través de los cristales, que me llenaba los labios de un dulzor ansioso.
Ella me estaba mirando, así me parecía, al menos, por la dirección que tenían su rostro y sus ojos, aunque me costara distinguirlos en la luminosidad difusa de la sala. Su mirada era mansa y había perdido ese aire tonto que ostentaba habitualmente pero yo percibía con claridad su mensaje. Me llamaba a levantarme de esa mesa, a abandonar mis cuadernos, a atravesar la puerta de cristales que nos separaba, a rodear muy lento el sillón donde ella me esperaría, ya sin el niño, para ofrendarme su pecho claro, donde yo iría a dormirme hasta nunca más despertar. Me debatí, me resistí.
Fue el palpitarme de la sangre en las sienes, fue el empañárseme la visión, pero cuando torné a mirar habían desaparecido, ella y el niño.
Don Gabriel ronca también de noche y cada vez puedo dormir menos, me desvelan sus rugidos torrenciales y las nubes de mosquitos provenientes de los paraísos del patio, inmunes a espirales e insecticidas. A veces, en el entresueño, me imagino ahogando al viejo con la almohada hasta que sus ojos saltan de las órbitas. Odio sus pequeñas manías, como la de limpiarse los oídos con isopos o colgar las medias lavadas en el respaldo de la cama o revisar mis papeles. Estoy convencido de esto por la forma irónica con que a veces habla de los "héroes de papel". Quizás en sus innumerables hurgueteos diera con la esquela, que se me traspapeló de tan guardada que la tenía.
No voy a cambiar de pensión. No hay otros cuartos disponibles en lo de la señora Angelita y por nada del mundo me perdería las apariciones -cada vez más espaciadas- durante las siestas. Vivo pendientes de ellas. Son mi pan y mi alegría. Algún día el tiempo inexorable va a librarme de don Gabriel y de sus asquerosos isopos. Es verdad, entonces ya no tendré pretextos y no podré seguir instalándome en el comedor para esperarla, a ella con el niño. Me dirán: "su habitación es tranquila; usted se ha quedado solo; ahora puede escribir allí". Tendré que aceptarlo. Pero ¿ por qué no ? quizás entonces ella aceptará venir durante las siestas a mi cuarto, a hacer más completa mi adoración.
Anoche me levanté para observar a don Gabriel a la luz de la luna que se filtraba entre las ramas de los paraísos; la boca abierta, largo, huesudo, sus pies asomaban juntos de entre las sábanas. Me acerqué con sigilo. Los ronquidos parecían invadir el mundo. Al llegar a su cara, hasta su odiada nariz de papa, descubrí con horror que tenía los ojos abiertos.
El mundo es un solo instante infinito, delira don Asdrúbal en su islote al que debe aferrarse con desesperación cuando la marea sube transformándolo todo en un horizonte de olas y lo único percibible es la costa lejana, anhelada y temida, donde aguardan el poder, los placeres o el más atroz de los finales. Una madrugada, días después de la destrucción de la nave española, amanece una extraña figura, a pocas brazas. Está como anclada por la cabeza, el vientre boyando, cubierto de ricos terciopelos, las piernas al aire. Don Asdrúbal lucha con el oleaje hasta alcanzarla y puede entonces sentir por primera vez en mucho tiempo el contacto de otro cuerpo, aunque tan en ruinas por la descomposición y los peces. Al izarlo sobre la arena y limpiar el rostro desvastado halla la explicación de esa extraña forma de flotar. En la boca, que ensombrece la barba, bajo la nariz carcomida por el salitre, brilla una estrella al sol. Los salvajes habían vertido, en castigo por su codicia, oro derretido en las fauces de aquel español.
Don Asdrúbal devuelve su presa el mar pero guarda para sí el trozo de metal, que adquiriera la forma de la boca y de la garganta del infeliz. Exultante por el hambre y la sed, el hombre enclaustrado en aquella infinitud pule esa macabra joya y la admira como a la más bella de las flores. Ya es rico. Sólo le faltan aquellas mujeres hermosas que imagina casi al alcance de sus manos y cuyas figuras huidizas se le escurren por las noches insomnes, bajo las estrellas.
Pero de entre las maltratadas prendas del muerto don Asdrúbal ha conseguido otro tesoro, un pequeño escapulario de raso donde borronea la figura de una Madonna con el Niño en brazos. Ambos despojos de aquella carroña - oro y esperanza - era lo único que conectaba aquella inteligencia desvariada con el resto del ancho mundo.
II
Parece mentira cómo los hechos se concatenan y se agrupan por sí solos para depararnos alegrías o para castigarnos con brutalidad. Sin relación alguna, provenientes de esferas fuera de contacto, saltan de sus carriles y se retuercen como víboras para enroscarse en nuestras piernas.
No hay inteligencia en el mundo capaz de explicarme por qué preferí ese infausto mediodía no volver a lo de la señora Angelita y opté por olvidarme de la furia de la ciudad metiéndome en un bar oscuro del Centro donde, ubicado en el fondo, cerca de los baños, me sentía casi tan al amparo como en la sala de la pensión. Pedí un café con leche y saqué de mi portafolios el cuaderno y la lapicera azul que siempre llevaba conmigo. Insensiblemente, sin percatarme, entré en aquel lejano mundo de mares abiertos y dejé de percibir el rumor de las mesas vecinas, el café recién molido, las sirenas y explosiones de la calle y las pestilencias de las letrinas. Llenaba las páginas cuadriculadas contándome la historia de aquellos hombres como si yo mismo las estuviera viviendo.
No puedo precisar cuánto tiempo transcurrió antes de sentir que alguien estaba de pie, a mis espaldas, observando por sobre mis hombros. Atiné a cubrir el papel con las manos y giré la cabeza, aterrado. La vi alejarse, era Marita, estoy seguro y comprendí que no vacilaría en denunciar a los abogados del Estudio mis escapadas en horario de trabajo. Se me congeló el alma. Fabulé alcanzarla, evitar que tomara el colectivo, rogarle, amenazarla, aún arrojarla bajo las ruedas del coche. Pronto comprendí que sería inútil. Reviví sus coqueteos con los abogados, la imaginé contándolo en voz baja a mis compañeros, recordé su desprecio servil.
Anduve deambulando por los alrededores del Estudio sin atreverme a subir. Nunca tomé tanto café en los bares cercanos, postergando el momento de enfrentarme con mis jueces. Por fin me atraganté con dos ginebras y corrí escaleras arriba, sin esperar el ascensor. Para mi sorpresa, nada ocurrió. Marita tipeaba como siempre exhortos frente a la mesita de la Remington, las piernas cruzadas y la pollera mostrando ampliamente el muslo. Tras la puerta de vidrio esmerilado de mis jefes, los sentía hablar en voz tan baja que no alcanzaba a distinguir sus palabras.
Pasé el resto de la jornada espiándola y supongo que le adiviné una sonrisa entre maligna y feliz. A partir de allí fui su prisionero. No necesitaba levantar la voz, como antes, para reclamarme por el desorden de las carpetas o por la limpieza de los escritorios, cosas de las que yo era tan responsable como los demás. O enviarme a hacer mandados, a veces hasta de sus propios efectos personales. Por parte de los abogados, ni palabra. Uno de ellos, un petizo sacapecho del que suponía una intimidad especial con Marita, aumentó, creo, su distancia despectiva para conmigo. Me pareció percibir un mayor control sobre mi trabajo, hasta ese momento supuestamente impecable.
Don Asdrúbal ha construido un precario altar en su islote con la ayuda de algunas ramas que pudo recoger de las aguas. En el centro, al tope, ha puesto su flor de oro y sobre ella el escapulario. La luz del sol, de las estrellas o aún de las lejanas fogatas que a veces se encienden en la costa, hieren el metal y su destello ilumina la imagen borrosa, los ojos de un atrapar hipnótico, el Niño que casi ha desaparecido de sus brazos. Don Asdrúbal reza, solicita la augusta intercesión que lo ayude a cruzar ese estrecho de agua hasta la orilla, a cobrar con sangre la maldad que aquellos salvajes aplicaran sobre el español.
No obtiene respuesta. Muchos días después se siente desfallecer y reza ahora pidiendo sólo su propia salvación: se ve a sí mismo retornando al caserío, sus hermanos corren para saludarlo, las manos de su madre lo arropan bajo frescas sábanas y le acarician la frente. Como una burla, sólo le responde el chapoteo de las olas contra la arena. Con furia, desesperado, arranca la imagen del altar y la destroza a dentelladas. Recién entonces advierte en la entretela unos papeles, una carta casi borrada por la acción del agua y las sales. Se siente revivir, vuelven a él las esperanzas. Ese mensaje, que no le estaba destinado, ha caído en sus manos por obra del azar y piensa que, al descifrarlo, encontrará allí las claves de su propia vida y de esta maldición de encontrarse suspendido, colgando entre el cielo y el infierno. Don Asdrúbal alisa el papel con infinito cuidado y lo pone a secar al sol.
La primera parte está casi intacta, aunque el destinatario se distingue apenas: "Madre mía, amantísima........a ti, que me diste la vida y el gozo...". “..... quiero encomendar mi recuerdo a tus manos, ahora que en esto que llaman navío he de embarcarme al alba para cruzar la oscura mar y caer sobre los salvajes, a someterlos con la cruz y con la espada...."
Don Asdrúbal acaricia el papel reseco y adivina las palabras borradas.
"....puede que nunca tú alcances a leer esta misiva, mas si por milagro ocurriera, supieras que la naturaleza de mi pasión por ti sigue viva como cuando yacía entre tus amorosos brazos....."
No más que leves manchones sobre la superficie arrugada que don Asdrúbal siente deshacerse febrilmente entre sus dedos.
"..... el mundo se horrorizaría de conocer nuestra pasión... dispuesto estoy a sufrir eterna condena.... mi boca será sólo tuya..."
Nada más de ese hidalgo cuyo cuerpo putrefacto tuvo entre sus brazos y al cual arrebatara la flor dorada que sigue lanzando destellos desde su precario altar.
Desde hace mucho tiempo ella ha dejado de aparecérseme quizás debido a que, por hacer buena letra, he resuelto cumplir con la rutina de recorrer Juzgados. Estoy habituado al despotismo de Marita, creo que no deja de ser un consuelo para mí, en medio de esta vertiginosa soledad, extrañado de mi pueblo y de los amorosos cuidados de mi madre, boyando extraviado en esta gran ciudad.
Hace ya varios días, durante uno de mis raros almuerzos en la pensión, aproveché que la señora Angelita se inclinaba sobre mí al servir la sopa y le espié el escote. No parecía haber demasiada limpieza por allí. A boca de jarro le hablé de la carta.
El cruce de miradas entre mis comensales fue tan breve como intenso y podía no haberme percatado, de haber sido yo un poco menos perspicaz. Gocé con el silencio embarazoso de los tres, la premura de don Gabriel para meterse en la boca el pan que acababa de mojar en el plato mientras don José apuraba el fondo de su vaso y ella retornaba a la cocina con la sopera de loza blanca, sin contestarme, como si no me hubiera escuchado. Mis sospechas parecían confirmarse pero no sé si fue para mi bien o para mi desgracia; lo cierto es que la aparición volvió sólo una vez más a repetirse.
Esa misma siesta, estando yo en el comedor concentrado en mis historias, rato después de apagarse el sonido de la moto de don José, sentí deseos de ir al baño. Repercutían los chillidos de los pájaros en el patio y, a lo lejos, desde la avenida, aullaban las sirenas.
El calor era asfixiante y yo había abusado un poco del vino. Mi espíritu vagaba solo por el espacio mientras encaraba el pasillo en penumbras, hacia las habitaciones de los pensionistas. Una puerta se cerró con un chasquido. Miré. La vi -creo que era ella- no más de un breve segundo, al fondo del corredor. Estoy seguro. Salía furtivamente de mi habitación donde estaría, solo, como todas las siestas, don Gabriel De Santis, mi odiado compañero de cuarto. Ella llevaba el pelo suelto y la ropa desordenada.
Esa noche tuve un sueño: don Gabriel se me apareció al lado de mi cama, flaco y alto, como si se levantara de dormir. La habitación estaba en penumbras, iluminada por un brillo fantástico. Habló sin mover los labios. Su voz ronca sólo dijo: " No te confundas, hombre de los papeles. Yo sólo represento al Padre de ese niño."
A la mañana don Gabriel apareció muerto, la boca y los ojos abiertos, rígidas las piernas largas y los pies con medias asomando bajo las sábanas.
Don Asdrúbal ha vuelto a quedar solo en medio del mar, donde a veces bandadas de gaviotas vienen planeando bajo el sol a observar con mirada curiosa ese extraño animal de piel cuarteada, larga barba y ojos ansiosos que agoniza sobre la pequeña lengua de arena arrasada por las olas. A su lado, el altar destella con el pequeño escapulario destrozado al tope.
La carta se ha disuelto hace mucho tiempo pero don Asdrúbal la recuerda letra por letra, arruga por arruga y ladescifra mentalmente.
MADRE MIA.
Los desechos de la pasión emergen del mensaje, como un sutil perfume pagano, entremezclado con la piadosa invocación. Don Asdrúbal intuye los profundos precipicios de ese espíritu y el fantasma del amor incestuoso que alimentara aquella caligrafía perfecta, devorada por las aguas. La recorre en delirio una y mil veces, tratando de descifrar el misterio de ese hombre que, como tantos otros, como él mismo, flota desaparecido en las inmensidades del mar.
Don Asdrúbal ora en la noche bajo la helada luz de las estrellas. Desde el escapulario la imagen brilla con los resplandores de la flor de oro, el Niño casi desaparecido por el salitre. A lo lejos arden hogueras en los acantilados y las ráfagas de viento le arriman cánticos tristes, sin esperanza. La figura lo mira con ojos profundos y él sabe que en esa mirada está el secreto de la carta que antes ocultara, como un hijo en el vientre de su madre. Las entrañas del español, la cavidad de su boca, horriblemente calcadas en el trozo de oro, repiten las luces apagadas de las estrellas y súbitamente don Asdrúbal descubre que el Niño no está, se ha marchado y que un seno blanquísimo y húmedo lo está llamando.
Madre mía, murmura, ebrio y el agua chapotea contra su cuerpo. La imagen, enigmática, tiene la mirada clavada en él.
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