Los Muchachos del Barrio Capítulo 3: El primer día y el grupo integrándose (Reinicio)

A pesar de que el mes de agosto llegaba a su fin, el calor no daba tregua. Todo comenzaba un lunes normal para un adolescente de catorce años que se estaba peinando y cepillando los dientes. De pronto, un grito interrumpió su rutina:

—¡Oswaldo, faltan seis minutos! Apresúrate, o vas a llegar tarde a tu nueva escuela —exclamaron dos voces al unísono, la de un hombre y la de una mujer.

—Ok, mamá. Sí, papá —respondió Oswaldo con un tono sarcástico y molesto, aunque en el fondo se sentía emocionado.

La rutina matutina dio paso al movimiento de la ciudad. El trayecto avanzaba a toda prisa por la avenida López Mateos, cubriendo el semestre por la carretera hacia aquella escuela llamada "Patria y Libertad".

El plantel se ubicaba en el pueblo Las Varas, un lugar que pronto sería el escenario de las siguientes hazañas, sobre algunos de sus personajes. El reloj marcaba las 6:58 de la mañana. En la entrada, el portero se mantenía firme en la puerta, vigilando el ingreso de los estudiantes.

突然, una fila de docentes y alumnos apareció en el patio. Justo a las 7:00 de la mañana, la puerta se cerró por completo. Sonaron las 7:20 y terminaron los honores a la bandera. Los chicos de tercer grado de secundaria ya se conocían entre sí, pero los demás, los de segundo y primero, apenas comenzaban a ubicarse.

A pesar de que era el nuevo ingreso, la campana marcó el final de los primeros minutos y todos corrieron hacia sus aulas. Con los ánimos a tope, entró al salón una muchacha con trenzas; tenía unos quince años, era alta y morena, y se sentó cerca de la puerta que daba a las escaleras, desde donde aún se podía ver al portero y a los maestros y alumnos rezagados.

Ella era la única en el salón, pero el vacío duró poco. Segundos después, llegó un maestro y se plantó frente al pizarrón. Escribió su nombre con firmeza: "Luis". Sin embargo, borró de inmediato la tiza y escribió encima su apodo: "Pipo". Luego se dio la vuelta y les dijo a los pocos que entraban:

—Me pueden decir Pipo.

En ese instante, tres jóvenes entraron al aula silbando, muy seguros de sí mismos al leer el pizarrón por la petición del profesor. Con ellos, el grupo ya sumaba ocho integrantes en total, contando al último en llegar.

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—Soy Oswaldo —se presentó el chico, sumando su voz a la de los otros jóvenes.

—Yo, Raúl —dijo el más testarudo y bajito.

—Arturo —resonaron las voces de los demás muchachos, presentándose al unísono.

—Elizur —añadió otro de los alumnos, integrándose al grupo.

—Joana.

—Y yo, Karina —dijo una joven de tez blanca, delgada y con el pelo negro recogido en una elegante cola de caballo.

El ambiente se tornó enérgico y atrevido. El maestro Pipo se robó la mirada de Raúl y Oswaldo, y señalando al resto de la clase, preguntó:

—¿Y tú? ¿No te piensas presentar?

La pregunta iba dirigida a una joven con trenzas, alta y morena, que permanecía un tanto apartada.

—Jeje, soy Marilyn —dice la joven con expresión chistosa e introvertida. Algo apenada, concluyó—. Fin del capítulo.

Luis Borrayo

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