En lo físico, nuestra joven doncella, poseía muy buena figura: excelente estatura, tés clarísima como la nieve y ojos muy profundos y serenos, de un color verde, como los bosques extensos del sur del país. Su cabellera era de un color negro azabache, que resplandecía a la luz de la luna y su pequeña cintura se movía al compás del vals otoñal. El solo hecho de contemplar su cuerpo, aunque fuese vestido, era un privilegio para cualquier hombre sensato o soñador. Al cumplir los dieciséis, se pusieron en marcha los preparativos para su presentación en sociedad, como una señorita digna de merecer un buen macho, un hombre de cualidades tan intachables como las suyas.

A Lizbeth le tenía sin cuidado todo lo que pasaba a su alrededor y sobre todo lo que su madre le decía con respecto a la hora de conocer, a quien papá escogería como su esposo. Ella simplemente se dedicaba a zurcir, sentada bajo el peral que había en el fondo del patio. Su maestra le repetía una y otra vez, las palabras en francés que ya hacía mucho, se le habían grabado en la mente.

Mientras sus sirvientas se encargaban de atenderla, dándole uvas en la boca y peinando su majestuosa cabellera.

Cada día se convertía en un descubrimiento para Lizbeth, ya que ella pensaba que su vida no iría más allá de los quince años. Al despertar, se sorprendía al notar que aún respiraba, que aún podía sentir el palpitar de su corazón. Ésta idea ciertamente extravagante, se le vino a la mente cuando empezó a notar cierta lejanía, de parte de sus padres. Lizbeth amaba a sus padres, pero según lo que ella era capaz de percibir, ellos ya no la amaban a ella, es más, parecía como si nunca la hubiesen amado. Trataba de recordar el último regaloneo, la última caricia, el último: ¡Muy bien hecho hijita! Pero nada. Al parecer, no era capaz de visualizar uno de esos cuadros color rosa en su mente. Al final, se cansó de rebuscar en sus recuerdos y acabó dando por hecho, de que sus padres siempre habían sido así con ella, tan distantes, tan despreocupados, tan no padres.

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Lizbeth recorrió sola los senderos de la vida, de vez en vez le acompañaba alguna profesora gentil, o una sirvienta bien agradecida, como lo veía ella; la verdad, unas de las tantas sirvientas que llegaron a sentir lástima de ella, de su soledad y resolvieron intentar llenar aquel vacío que notaban en la niña. La más recordada y querida por Lizbeth fue Juana Vergara.

Juanita era una sirvienta muy acometida que venía desde la capital. Llegó al sur huyendo del ruido de la capital, como lo hacen todos. Era una de las pocas mujeres sobre los veinticinco años del país que poseía un título, un doctorado en el extranjero, pero no poseía un marido. Su padre, un hombre trabajador que poseía orgullo obrero, se preocupó de darles educación a sus dos hijas. Don Jacinto era un señor de campo bruto. Venía realmente de abajo. Nació de una familia de esclavos, pero, a diferencia de otros, él nació un par de meses después de que se aprobase la libertad de vientre.

Jacinto al ver la suerte con la que había llegado al mundo, decidió romper el esquema y se dedicó a estudiar. A posterior, al formar su propia familia, comenzó a luchar para que sus dos hijas fueran profesionales, tuviesen un oficio con el cual sobrevivir en la vida. Él nunca fue como esos hombres machistas que tenían entre ceja y ceja la idea de que la mujer era de la casa y además, al ver tanto maltrato de parte del patrón hacia las criadas, incluso, hacia su propia madre, se propuso que si algún día llegaba a tener una hija, le daría las herramientas necesarias para que ella no tuviese que depender de ningún tipejo. Entonces, Dios fue sabio y le envió dos pequeñas temerarias.

Juanita Vergara viajó a la capital con la intención de ejercer su profesión, como tanto había soñado su padre. Lamentablemente el destino quiso otra cosa para su vida y terminó por arrastrarla a casa de los Bluemoon junto a su niña, su querida Lizbeth.

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