Las calles amarillas me recibieron como a un viejo amigo. No lo comprendía. De repente la fría brisa se sentía acogedora. El ocasional sonido de algún auto lejano se convertía en un camuflaje para mis pisadas. Los lugares donde abundaban las sombras eran pequeños oasis y la alerta constante de los perros era mi principal antagonista. No lo sabía en ese momento, pero mi mente, mi cuerpo, todo mi ser, al final, había aceptado su lugar en el mundo. La noche.

Era graciosa la manera en la que una ciudad tan agitada durante el día podía quedar expuesta en toda su desnudez durante la noche, era casi como si quisiera que yo y solo yo camine por sus calles buscando la cura para este insomnio desquiciante.

Ya llevaba unos quince minutos caminando, mis rodillas se sentían rígidas, sin embargo, ese silencio tan tranquilizador hacía que ignorara cualquier molestia física, mi respiración se agitaba, pero el aire frío que ingresaba a mis fosas nasales calmaban el ardor, las calles eran distintas de noche, pero mi memoria recordaba ese trayecto, ¿cómo podría olvidar algo que me dio tanto placer? Así fue, aunque sentía vergüenza en ese momento, la realidad es que nunca había sentido tanto placer.

Un recuerdo vino a mi mente, en mi juventud, aquella chica que conocí en la universidad, estaba desnuda sobre mí, sus caderas danzaban y mis manos rodeaban su cintura, aún recuerdo el tono de su voz cuando susurraba gemidos.

No, ni siquiera en ese entonces me sentí como me siento ahora, ahora es distinto… ahora tengo el control.

Mientras me perdía en los pocos recuerdos agradables que guardo en mi subconsciente, me di cuenta de que había llegado, busqué uno de esos pequeños oasis de sombras, alejado de toda luz amarilla y me acomodé lo mejor que pude. 

Estaba a unos cincuenta pasos, la sombra que proyectaba la parada de autobús me envolvía ocultando mi presencia de manera sutil. En cualquier otro momento hubiese maldecido al vagabundo que se las apañó para destruir la farola cercana, pero ahora era mi cómplice.

Delante de mí se alzaba en todo su esplendor, su casa. No había prisa, la media noche aún no llegaba y la oscuridad que traía otoño se mantendría por mucho más tiempo. Con eso en mente me puse a observar aquella casa.

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Parecía una construcción atemporal, me explico, en la ciudad en la que vivo abundaban, en su mayoría, edificios de apartamentos y casas modernas, por ende es lógico asumir que esta casa fue de las últimas sobrevivientes de la urbanización, tal vez haya sido alguna herencia o quizás la estaba cuidando hasta que sea vendida, de cualquier forma eso a mí no me importaba mucho, pero logré llegar a esas conclusiones gracias a mis increíbles habilidades para sobrepensar.

Las murallas eran bastante altas, alrededor de dos metros y medio, la pintura real era casi imperceptible y todo debido a la hermosa hiedra que se extendía por toda su superficie, era de un verde radiante, llena de vida y sus hojas estaban bien podadas lo que hacía a la fachada de aquella casa justo como su principal habitante, pulcra, elegante y hermosa.

¿Por cuánto tiempo ha crecido? Eso quiere decir que tendrá algún jardín, ¿te gusta la jardinería Alicia?

Luego de apreciar los muros me fijé en su portal de entrada, eso confirmó mi teoría, era una casa antigua, heredada. Prestando más atención pude notar el diseño metalúrgico de aquel portal, llevaba ornamentos de metal que imitaban a las mismas hiedras que recorrían los muros, no alcanzaba a notar más detalles por la distancia y tampoco quería revelar mi posición acercándome de forma tan imprudente, lo que sí capté, y fue esto lo que ayudó a mi deducción, fueron las iniciales “MS” moldeadas en metal, estaban ubicadas en la parte superior del portal, centradas de manera perfecta.

¿”MS"? Tal vez las iniciales de su familiar… es afortunada, pero siendo honestos no podría ser de otra manera, alguien como ella debe venir de una familia muy bien acomodada.

Un sonido llamó mi atención, me maldije por haberme quedado tan absorto observando aquella casa. Cuando giré casi soy expuesto por los faros de un auto, si no hubiese sido por el escondite tan amplio que elegí para cubrirme la persona que conducía tendría una clara descripción de mí para contársela a la policía.

Esta vez me aseguré de que se haya ido por una diferencia de varias calles para emerger nuevamente de la oscuridad y ahí fue cuando la vi, es cierto, los muros eran altos, pero la casa tenía un piso adicional y al parecer Alicia dormía en esa planta. 

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Su ventana no tenía puestas las cortinas y lo que me hizo mirar hacia ahí fue la repentina luz que se encendió, al mirarla tan cerca de la ventana era como si ambos compartiéramos el mismo aliento, estaba tan cerca y tan alejada a la vez, era una sensación que me torturaba y a su vez resultaba tan placentera.

Estaba frente a un espejo, tenía la apariencia de estar maquillándose.

¿Sombra de ojos? ¿Labial? Bien es normal, es viernes por la noche, algún bar o club nocturno la esperan.

Expuse mi cuerpo solo un poco más fuera de mi escondite, la oscuridad aún me resguardaba así que aproveché el espacio extra y me adelanté para poder ver con más claridad.

Solo alcancé a ver un poco de la lencería negra que llevaba puesta, sobre ella un camisón de fina seda la cubría, no pude evitar imaginar el resto del conjunto sobre su piel y lo hermosa que se vería sobre mi cama.

El mismo auto de antes, esta vez llegó a mí su luz con un impacto directo, me tomó tan desprevenido que no tuve una reacción instantánea.

Tal vez fue mi apariencia o tal vez fue el hecho de que estaba bajo la sombra de una parada de autobús bien entrada la noche, de cualquiera de las formas el conductor al verme no pudo evitar tocar el claxon.

¡Hijo de puta, me delataste!

Solo pude ver de reojo como Alicia giraba su cabeza hacia mi, gracias a la distancia y la sombra bajo la que me encontraba pude esquivar sus ojos. Aún así, ella lo supo en ese momento, había alguien mirando hacia su ventana desde la calle.

No sé cuánto tiempo esperé en las sombras, paciente, hasta que al fin me asomé, solo unos centímetros, y miré hacia su ventana.

Una densa cortina cubría por dentro el cristal de su ventana, la luz de la habitación solo reflejaba siluetas.

No, no, eso… no es suficiente… maldita sea… necesito más.

Sentí de repente nacía en mí un bostezo, sonreí.

Maldita sea, ¡carajo!

Bien… Voy a parar por hoy, mañana, sí, mañana…

Cubriéndome con la capucha de mi abrigo empecé a caminar de regreso a mi departamento.

Con cada paso que daba sentía como iba bombeando por mi cuerpo, inundaba mis venas, sin embargo, no era suficiente, la excitación, la adrenalina, todo arruinado por mi idiotez.

Hoy me delató un auto… y ella casi me vio, la próxima vez será diferente. Más controlado, más preciso.

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Cuando llegué a mi apartamento estaba luchando con todas mis fuerzas para mantener mis párpados separados. Me deslicé bajo las sábanas de mi cama y decidí sucumbir ante la imperiosa necesidad de dormir, esa necesidad que me había abandonado por mucho tiempo. Me dejé llevar. Mi mente se apagó casi al instante. Lo disfruté.

A la mañana siguiente me desperté por mi cuenta, al parecer cuando eres capaz de descansar al cien por ciento tu cuerpo sale del sueño por su propia voluntad.

Pude vivir de nuevo aquella euforia que sentí el viernes por la mañana. Una exquisita sensación, hacía que la comida supiera mejor, que los colores fueran más vívidos y que el aire fuera más ligero.

Luego de desayunar y pasar mi cuerpo por una ducha reconfortante decidí empezar a trabajar en este proyecto personal. Como una persona incapaz de dejar de trabajar aunque sea un día, era obvio que iba a tener mi propia computadora y una conexión a internet más que decente. Para mí nunca fueron artículos de lujo, eran artículos de primera necesidad y en ese momento, que había hallado la cura para el mal que me afligía se volvieron aún más importantes.

Encendí la máquina y me fijé en mi reloj.

Hmmm son las diez y media, podría usar estas horas para hacer mi investigación…

Así lo hice. Inicié con una búsqueda simple, su nombre y apellido, Alicia Spinelli.

Esta no, esta no, oh aquí está, hmm Spinelli, ¿es italiano? Y como era de esperarse, mira cuántos seguidores… bien, con una cuenta falsa esto será muy fácil.

Me resultaba impresionante como con un par de fotos de internet de la misma chica, de repente, podía convertirme en Eva Lee, una estudiante de ascendencia asiática a la que le gustaba el tenis y disfrutaba de clases de fotografía en la universidad.

Solicitud pendiente, bien supongo que tardará un poco…

Su perfil era público así que aunque ella no me siguiese yo podía navegar por las cientos de fotos que publicaba casi a diario. En el centro comercial. En la playa de vacaciones. En su casa, antes de salir a trabajar. Inundaba su perfil con su vida y a la gente que la seguía le encantaba. Publicar en su perfil para ella se había convertido en un hábito.

Hmm qué extraño, con lo frecuente que es en sus redes sociales pensaba que iba a publicar la salida de anoche.

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No había una sola imagen sobre la fiesta de aquel viernes, sin embargo, logré encontrar otra cosa que me serviría. Cuando empecé a ver las fotos más recientes me di cuenta de un patrón, los sábados siempre frecuentaba una cafetería muy conocida en el centro de la ciudad. Por la regularidad de las imágenes era casi como un ritual de fin de semana.

Corroboré la ubicación y efectivamente, me tomaría unos veinte minutos llegar al lugar. Aguardé unas horas y cuando la tarde se iba asomando tomé mis llaves, un abrigo discreto y mi billetera. Salí de mi departamento, mientras, dentro de mi cabeza imaginaba las mejores ubicaciones si la encontraba dentro o incluso fuera de la cafetería, pensaba en cómo moverme, qué rutas tomar para salir con mayor celeridad del lugar y mientras lo hacía la voz de mi cabeza quedó muda por unos instantes.

Me detuve.

¿Dudas? ¿A estas alturas? Por favor… ya basta… recuérdalo, somos lo que somos.

Apreté los dientes y seguí mi camino.

Ya dentro del auto intenté relajarme poniendo un poco de música y dejando que el fresco otoñal me envuelva. Me sentía extasiado, lo volvería a hacer solo unas pocas horas después de aquella incursión, estaba tan ansioso por verla, cada aliento, cada risa, cada palabra, cada mirada, quería verla. Siempre.

Café negro, por lo general solo lo bebo por la sensación de la cafeína esparciéndose por mi sangre, pero esta vez necesitaba pasar desapercibido, como si fuera un cliente más.

Luego de un par de horas sonreí. Ese inconfundible aroma, lo reconocería donde fuera. Alicia había elegido una mesa bastante alejada, tuve que disimular bastante pues la distancia no me permitía verla con claridad y debía acomodarme de manera constante. El lugar estaba cargado con una importante cantidad de personas, estaba feliz de poder pasar desapercibido, sin embargo, entre tanta gente Alicia se me perdía.

La busqué con la vista de forma discreta, vi que se puso de pie y empezó a caminar, pronto se perdió de mi vista.

¿Dónde fue? Hm tal vez a usar el sanitario, de cualquier manera este es un buen lugar, la gente me oculta y no estoy tan cerca.

Sentí tres toques en mi hombro y el horror me invadió por completo, cualquier sensación de control que pude haber tenido, en ese exacto momento, se esfumó.

—A… lon… so —dijo Alicia. Detecté una tonalidad juguetona en su voz.

¡¿Cómo mierda lo hizo?! 

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Giré hacia ella fingiendo naturalidad y a cambio me recibió con una sonrisa gentil y una cálida mirada de sus ojos verdes.

—Estuve esperando todo este rato a que fueras a saludarme, pero parece que no me notaste —dijo, mientras me miraba con un claro enfado fingido—. Este lugar se llena bastante los fines de semana. Incluso te encuentro aquí.

¿Qué hago?, ¿qué le digo?, vamos piensa rápido, cambia la expresión de tu rostro, disimula el miedo, actúa con normalidad.

—Hey… me… me sorprendiste, uhm, lo siento no te alcancé a ver ¡je! —dije disimulando lo más que pude.

Hasta para mí aquella risa sonó demasiado artificial, hasta incómoda podría decirse. Ella simplemente sonrió de forma pícara y tomó asiento.

—Sé lo que estabas haciendo Alonso, no es necesario que finjas.

Es todo. Se acabó, ella lo sabe. Anoche alcanzó a verme, todo por culpa de ese bastardo.

Estaba a punto de quebrarme, de arrodillarme y rogarle su perdón pero alzó la mirada y con una sonrisa pícara y con rubor en sus mejillas dijo:

—¿Vas a decirme quién es la afortunada o no?

—¡¿Qué?! —respondí. Mi corazón estaba por estallar.

Lo admito, ruborizarse por un comentario así es muy patético, sin embargo, no pude evitarlo.

—Ay, no te hagas el tonto, cuando me acercaba pude notar como buscabas a alguien con la mirada.

Hizo una de esas pausas para cargar su propio diálogo con alguna especie de suspenso. Yo lo odiaba, pero cuando lo hacía ella era tan encantador.

—Estás en una cita. —dijo acentuando la última palabra con una sonrisa y un tono de voz más agudo.

Yo solo pude guardar silencio y observar su rostro expectante con una cara de total y absoluto imbécil. Tal vez fue el constante caminar de las personas que nos rodeaban o incluso el tintineo de los platos y tazas, lo que sea que haya sido me trajo de vuelta a la realidad, justo a tiempo para responder y no quedar como un tarado.

—Uhm, no —Sonreí tratando de parecer lo más amable posible—. La verdad es que solo pasaba por aquí y me ganaron las ganas de un buen café. —Me costó pero pude mantener esa sonrisa.

Me vio con una divertida sospecha en sus ojos, era claro que algo así no la iba a convencer y yo solo quería que se marchara para seguir siendo el hombre gris.

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—Está bien, no me lo quieres decir, pero lo voy a averiguar y toda la oficina se va a enterar. —El tono de su voz era gracioso, de algún modo ese actuar inocente la volvía aún más deseable para mí.

Se levantó y me sonrió, con un saludo gentil se despidió y volvió a su mesa. Estaba tan aliviado de que se haya ido, mi corazón seguía bombeando con fuerza, no fue hasta que vi cómo unas amigas la arrastraron hacia una tienda de ropa al otro extremo de la calle que pude tranquilizarme otra vez.

No lo vuelvo a hacer nunca más, no a plena luz del día, no podría soportarlo. Necesito el cobijo de la noche, necesito a la oscuridad de mi parte.

Terminé mi café, pagué y decidí regresar a mi departamento. Había empujado los límites demasiado pronto, necesitaba reglas que determinen qué, cómo, dónde y cuándo. Si quería seguir consiguiendo ese sedante que me hacía descansar hasta rejuvenecerme, debía ser más cuidadoso y menos impulsivo.

Número uno, jamás hacerlo de día. Número dos, evitar testigos. Número tres, por más frustrante que sea, al primer indicio de riesgo me largo. Número cuatro, siempre estar preparado para cualquier cosa.

Repetí una y otra vez mis nuevas reglas en mi cabeza, con esa guía en mis manos tendría asegurada mi dosis durante un largo tiempo, claro que debía evaluar la idea de modificar las reglas en algún momento, pero por ahora servirían para estructurar mis paseos nocturnos.

El evento de la tarde me dejó exhausto y la noche me llamaba, pero mi cuerpo quería descanso.

Mañana, mañana lo haré bien, si sigo las reglas todo saldrá bien.

Nunca antes había disfrutado tanto el caer de la noche, nunca tanto como en ese momento. 

Me encontraba de nuevo en mi escondite predilecto, protegido por la oscuridad y la estructura de la parada de autobús. Aún pese a toda esa protección mi alerta no iba a ceder.

No me va a suceder lo mismo, preciso y controlado, hasta el más mínimo detalle.

La ventana de Alicia estaba abierta, pero no había luces, así que aproveché para dar una vuelta discreta al lugar, siempre manteniendo el paso discreto y evitando las luces de las farolas en cuanto podía. Necesitaba averiguar quién había sido el bastardo que me había delatado y si vivía en las cercanías, así me encontré en la noche del domingo recorriendo el barrio de Alicia. 

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Mi búsqueda fue un total fracaso, exploré y presté especial atención a los garajes de las casas cercanas, nada dio indicios de que aquel maldito auto fuera de esta zona. Sin embargo, me encontré con un hallazgo particular, las casas vecinas a Alicia aparentaban ser ostentosas sin salirse de la arquitectura moderna y aburrida, con certeza podría decirse que la única que de verdad resaltaba en todo el barrio era la de ella.

Luego de mi recorrido regresé a mi escondite, lo hice ágil, preciso y cauteloso. Cuando alcé la mirada observé la luz en la ventana de Alicia, ella aún no estaba a la vista, no obstante, gracias al ángulo de mi vista desde la calle hacia la altura de su ventana, logré detectar su presencia en la habitación, tenues sombras que se proyectaban en el techo la delataban, ella estaba ahí.

Duré un par de minutos hasta que apareció, tenía el teléfono pegado a la oreja.

¿Qué, con quién carajo está hablando? No, no.

Sentí un vacío en mi estómago, ¿fue acaso la expresión en su rostro o tal vez la curva en su sonrisa? No lo supe muy bien, pero mis sentidos se dispararon, mis ojos se enfocaron en ella con extrema atención.

Cada cambio en su postura, cada expresión, cada sonrisa, cada suspiro, todo encajó en ese momento, un enamorado ¿tal vez? O peor, su novio. 

Qué patético, era obvio que ella tendría a alguien así en su vida y aún así, aún sabiendo eso no pude controlar lo que empezaba a crecer poco a poco dentro de mí, algo que nunca había sentido. Ira.

Sentí la imperiosa necesidad de retirarme del lugar casi al instante. Aquella vez el trago fue amargo, pero no podía remediarlo, solo me quedaba deslizarme bajo las sábanas y dormir para aclarar la mente.

Oh mierda, ¿por qué ahora?

Aquel domingo por la noche no pude dormir.

Ni el baño, ni el desayuno, ni siquiera el camino usual por la cafetería de Luigi me hicieron sentir mejor. Es cierto, el café reanimaba mi cuerpo muerto, sin embargo, había algo más, una mezcla de ira, tristeza y confusión, todo eso enturbiaba mi mente.

David me dio un empujón con su hombro en el pasillo al cruzarnos.

Qué marica, aún está enojado por lo del viernes, sigue siendo culpa suya ser tan imbécil.

Me senté en mi cubículo y traté de concentrarme. 

Primer trabajo listo. Enviado. Vamos, segundo trabajo. Esto… aquí es… no, esta línea tiene este error y luego aquí…

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El ruido del teclado, el click del ratón y las charlas de mis compañeros me estaban llevando a la locura, quería gritar, arrancar mi teclado, romperle la cabeza a David con su estúpida taza, sin embargo, respiré profundo y me levanté para ir al sanitario.

Sí, mojarme la cara me ayudará, necesito deshacerme de este malhumor de alguna forma.

—Entrega para la señorita Alicia Spinelli. ¿Se encuentra aquí la señorita Alicia Spinelli?

¿Un repartidor, aquí?

Cuando logré enfocarlo bien ya era tarde, Alicia se acercaba con rubor en las mejillas, estaba avergonzada. El repartidor sostenía un ramo de flores, girasoles, rosas y lavanda junto a una enorme tarjeta. La oficina se llenó de vitoreos.

No, ella es mía.

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