CAPITULO 0: La Reliquia
Si ese día ella no hubiese ido al supermercado, quizá el filo de la navaja nunca habría llegado hasta su garganta ni la mano se habría deslizado, provocando que su cuerpo quedara rígido en cuestión de segundos.
Pero, como alguien dijo alguna vez:
—Pasó porque tenía que pasar.
Morir no estaba en sus planes. Bueno, en realidad no está en los planes de nadie, a menos que sea un suicida, pero ese no era su caso. Aún era demasiado joven para pensar en algo así. Cursaba el último año de preparatoria; era una preuniversitaria, aunque todo dependía del gusto del consumidor llamar así a ese nivel educativo.
Tenía una larga cabellera negra, la piel ligeramente oscura por el sol y, a pesar de que su padre poseía ascendencia española, la melanina heredada de su madre mexicana predominaba en su cuerpo. Sus ojos eran oscuros y penetrantes, como los de un depredador.
Aquellos ojos, sumados a su carácter asocial, provocaban que la mayoría de las personas se cohibieran al hablarle. Sin proponérselo, infundía respeto. Todos, excepto una chica que se le pegaba como goma de mascar al cabello. Le resultaba increíblemente molesta. Hablaba demasiado, invadía constantemente su espacio personal y, para colmo, se había tomado la libertad de autoproclamarse su mejor amiga.
Elian.
Amigos... ella no tenía amigos, y no pensaba dar el primer paso con Elian hacia ese inexplorado mundo donde dos o más personas se juran lealtad eterna, comparten secretos y discuten de vez en cuando solo para reconciliarse media hora después y continuar con ese extraño pacto de "hasta que la muerte nos separe".
Sus planes eran mucho más simples.
Graduarse.
Conseguir un trabajo o, con un poco de suerte, obtener una beca para la universidad.
Y, sobre todo, largarse de su casa.
Vivir con su madre era un infierno. Pasaba ebria la mayor parte del tiempo. Ya no la golpeaba, pero cuando Izel era pequeña sí lo hacía. Desde que su padre desapareció, todo se había convertido en una pesadilla.
Sin embargo, todos aquellos planes terminaron por irse al retrete aquella tarde en el supermercado.
Después de todo, los muertos no estudian ni trabajan.
Se dedican a atormentar o proteger a algún vivo, y ella no estaba dispuesta a tomarse semejantes molestias.
Le echó una última ojeada a su cuerpo, tendido sobre el suelo y bañado en sangre. Era repugnante verse a sí misma en aquel estado.
Miró a su alrededor.
Todos estaban conmocionados.
Dos señoras gritaban desconsoladas.
Otras lloraban.
El cajero había terminado mojándose los pantalones.
Y un enorme calvo, con cuerpo de fisicoculturista, había inmovilizado a su asesino con una llave.
<<Ojalá le rompa el cuello y se muera. Así podré patearle el culo a su fantasma.>>
Pensó con una malicia que ni la muerte había conseguido arrebatarle.
Nadie parecía notar su presencia, así que cualquier duda que aún pudiera tener acerca de haber muerto desapareció por completo.
Aunque, al parecer, no era invisible para todos.
Escuchó su nombre, apenas un susurro arrastrado por la brisa.
—Izel...
Otra vez.
—Izel...
Volvió la vista en dirección a la voz y observó cómo, frente a ella, comenzaba a materializarse un hombre. No era viejo, pero tampoco joven. Calcular su edad resultaba prácticamente imposible.
—Izel, ¿tienes idea del tiempo que he invertido buscándote? Eres una reliquia extraordinariamente rara y quiero que formes parte de mi colección.
Lo dijo con la naturalidad de quien pide una taza de café.
Izel arqueó ligeramente una ceja.
—Un momento. No tengo idea de quién eres, ni de por qué me buscas. Pero no soy un objeto para que me colecciones. En todo caso, soy un fantasma... o algo parecido.
El hombre soltó una pequeña risa.
—No me he explicado bien. Tengo un trato para proponerte.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Como habrás notado, estás muerta. Yo puedo devolverte la vida... a cambio de unos favorcillos.
Sonrió.
—¿Qué te parece? Bastante justo, ¿no crees?
Izel permaneció unos segundos en silencio.
—Mmm... ¿Qué clase de favorcillos?
—Te lo explicaré cuando aceptes.
Ella negó con la cabeza.
—No. Me lo explicas ahora o no hay trato. Supongo que habrá muchas personas que mueren desesperadas por recuperar su vida, pero ese no es mi caso. Mi vida era un asco, así que no me urge volver. Tendrás que esforzarte un poco más si quieres convencerme.
Ni siquiera ella comprendía de dónde salía tanta indiferencia.
El recién llegado no tenía intención de dar explicaciones. Sin embargo, si quería conseguir un alma tan poderosa como la suya, no podía permitirse perder aquella oportunidad.
Suspiró.
—Al principio de los tiempos existían siete Señores —comenzó a narrar con pesar—. Eran más poderosos que el resto de la humanidad. Poseían poderes a los que llamaron sobrenaturales y también tenían la habilidad de no morir.
—¿Nacieron así? —preguntó Izel, curiosa.
—No. Nacieron humanos, como todos. Pero un día, cuando eran jóvenes y jugaban en el bosque, encontraron un arroyo y bebieron de sus aguas. Dicha agua fue la culpable de su castigo eterno. Al principio era divertido, un juego, hasta que comprendieron cuán grande era el poder que residía en sus manos. El tiempo pasó y comenzaron a competir por el poder. El mundo se sumió en la guerra más sangrienta que la humanidad había experimentado.
»Hasta que el más joven de todos, Tezca, tuvo la genial idea de crear una dimensión para cada Señor, en la cual reinarían a su antojo. Cada ser vivo, al morir, nacería en otra dimensión, perdiendo los recuerdos de su vida anterior. De esa manera, secretamente, hacían inmortales a todos los seres que respiraban.
»Pero, por razones desconocidas, un tiempo después Tezca enloqueció. Comenzó a destruir todo lo que había creado a su paso y cada una de las dimensiones fue sumida en el caos. Cuando todo estaba casi completamente destruido, los Señores se unieron para detenerlo. Fue derrotado, pero nunca pudieron atraparlo. Algunos dicen que murió, pero lo dudo. Es inmortal.
—Interesante la historia. Deberías hacer una novela, pero eso no viene al caso —dijo Izel sarcásticamente, interrumpiendo al extraño.
—Aún no termino.
El hombre la miró con cierta molestia antes de continuar.
—Antes de que comenzaran las guerras, los Señores tuvieron descendientes. Sus hijos heredaron sus poderes, claro, menos la inmortalidad, y estos, a su vez, los transmitieron a sus propios hijos. Así ha sido durante siglos. Algunos de estos descendientes eran más poderosos que otros. Hubo algunos a los que se les llamó Zeros.
»Eran tan poderosos como los propios Señores y, por miedo a ellos, los Señores decidieron bloquear los poderes de aquellos mortales. Hacía miles de años que no nacía ninguno... hasta ahora.
El hombre hizo una pausa.
—Bueno, eso creo. No estoy completamente seguro. No es algo que sepa a ciencia cierta.
—Mmm... Sí, te creo —dijo Izel con su acostumbrada ironía—. Tentador el negocio, pero no estoy interesada. Estaré algo ocupada naciendo otra vez en otra dimensión.
—Jajajajaja...
El hombre rio, y una extraña malicia apareció en sus ojos.
—No nacerás en ningún otro lado. Ese concepto quedó destruido durante la guerra de Tezca.
Izel dejó de sonreír.
—Las siete dimensiones son lo que los humanos conocen como los siete círculos del infierno. Son lugares de muerte y desolación, donde las almas son torturadas durante largo tiempo hasta que se apagan... solo para encenderse otra vez en otro círculo.
El hombre hizo una pausa antes de continuar.
—La razón por la que te quiero es porque se avecina una guerra. Los Señores han comenzado a reclutar almas como soldados, otorgándoles poderes para conquistar el mundo del que alguna vez provinieron... es decir, el mundo en el que vives.
»Será caos y destrucción una vez más. Y yo ya estoy cansado de ese tipo de cosas.
La expresión del hombre se volvió más seria.
—Deseo que luches por mí. No solo por mí, sino por tu mundo, que alguna vez también fue mi mundo.
Hizo una última pausa.
—Ah, había olvidado mencionarlo. Soy uno de los Señores.
Izel tragó en seco.
Ir al infierno no le hacía ninguna gracia.
No sabía si todo lo que aquel hombre decía era completamente cierto, pero no tenía nada que perder y sí mucho que ganar con aquella propuesta.
—Acepto —articularon sus labios.
Al pronunciar aquellas palabras, los alrededores comenzaron a desvanecerse. Poco a poco, todo fue devorado por la oscuridad.
El sonido del despertador la hizo abrir los ojos con sobresalto.
Por un instante, se quedó inmóvil.
Entonces respiró aliviada al comprender que todo había sido un sueño.
Comenzó a prepararse para ir al colegio con una extraña sensación de felicidad, aunque no sabía exactamente de dónde provenía.
La sensación desapareció en cuanto revisó su teléfono móvil.
La fecha era la misma que la del día anterior.





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