​—La resonancia magnética no muestra indicios de ninguna anomalía.

​Estaba prestando más atención a mis cordones. Era raro cómo el nudo derecho siempre quedaba mejor que el izquierdo.

​—Luego, el electrocardiograma también resultó normal, las pruebas físicas y mentales están correctas, lo siento Alonso, tu cuerpo está sano y solo tienes treinta, no hay evidencia física que me dé una pista de por qué tienes este insomnio tan severo.

​Definitivamente, el nudo derecho estaba mucho mejor que el izquierdo; en cuanto a proporción y estética lo superaba sin dudas.

​—¿Estás prestando atención?

​Su mano en mi hombro me trajo a la realidad, otra vez la laguna mental, era horrible.

​—Sí, claro, lo siento.

​El doctor tragó saliva, un poco nervioso y  desvió la mirada.

​—Uhm… siendo sinceros, ¿no puede solo darme algo?

​Estaba tan desesperado como para aceptar cualquier droga prescripta que me dejara noqueado.

​—Podría hacer eso, pero con el tiempo tu cuerpo genera una resistencia así que, ¿qué dices si te doy una alternativa menos agresiva?

​¿Resistencia? Sí, claro, dependencia, tal vez eso fue lo que quiso decir.

​—He leído tu formulario de consulta, en el apartado de hobbies no has puesto nada, tampoco haces deporte o alguna actividad física y por lo que veo tu trabajo es bastante sedentario. Lo que quiero decir Alonso es que tal vez te haga falta una actividad luego del trabajo, puede ser ir al gimnasio o incluso salir de noche a caminar, ¿me explico?

Qué asco, sí lo entiendo, ¿por qué siempre los doctores usan ese tono tan condescendiente? Asentí como un niño bueno y a cambio el idiota me regaló su mejor sonrisa.

​Me apresuré a tomar mi abrigo y mi bolso. ¿Así que esa es tu receta idiota? Decirme que haga ejercicio en pleno otoño… oh bueno, tal vez estoy exagerando un poco, tal vez sí debería conseguir un hobbie.

​—Entiendo doc, haré lo posible por conseguir algo parecido a un hobbie —dije, forzando una sonrisa.

​El médico simplemente asintió clavando su mirada en unas hojas sueltas esparcidas en su mesa, fingiendo anotar algo.

​—Eso te ayudará, vuelve en un mes y me cuentas tus resultados, si no hay mejoría te evaluaremos para recetarte algo, ¿te parece, Alonso?

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​Asentí sin más que decir, me despedí con un gesto incómodo y salí. Luego de estas citas médicas la compañía en la que trabajo nos permite tomarnos el día libre, además de que el seguro cubre bastantes estudios y medicamentos, lo prometo, pagar una resonancia magnética no se encuentra en mi presupuesto.

​Como el solitario con insomnio que soy, quedarme el resto del día encerrado en mi casa sin nada que hacer iba a ser una tortura. Además, el trabajo se me acumulaba y si hay algo que odiaba era retrasarme con cualquier entrega, bueno, eso y también había otra razón por la que quería estar en el trabajo ese día.

​Hace diez días que el drenaje del estacionamiento tiene una fuga. Maldita sea, ¿cuántas veces le tendré que reclamar lo mismo a Felix?

​Las líneas de código inundaban la pantalla de mi computadora, buscaba errores, era mi único trabajo, el único para el que servía realmente, aun así, era tan agotador, sentía que me consumía la vida. Había veces, cuando salía a almorzar, que me gustaba entrar a un cubículo del baño y solo mirar el techo, desenfocando los ojos y flotando en la laguna mental.

​Lo sentí pronto, la mirada de David cayó sobre mí. Maldita sea, odio a ese sujeto, no solo porque sea del departamento de contabilidad, es su actitud. Sus únicos temas de conversación son sexo y dinero, aunque ya tiene cuarenta, parece un niño.

​—¡Alonso! ¿Qué haces aquí, no tenías reposo o algo así? Si yo fuera tú me hubiese quedado con un par de nenas a enfundar todo el día, ¿sabes?

Son las nueve de la mañana idiota, ¿por qué tienes que hablar como un niñato de colegio?

​—Tengo trabajo, no quiero que se acumule.

Miró hacia otro lado un poco incómodo y para disimularlo me dio unas palmaditas en la espalda.

​—Si, si, lo que digas, oye mira eso hermano.

​Me señaló hacia su supervisora, Elena, se había agachado para recoger unos papeles de la impresora. Su falda era ajustada, se podía ver la silueta de lo que llevaba puesto debajo, lencería. Giré mi cabeza viendo hacia otro lado para reprimir mi instinto primitivo.

​—Eres un idiota, lo sabías ¿no?

​—Oh perdóname señorita. Deberías dejar de actuar como un marica de vez en cuando.

​David quedó con una sonrisa en el rostro, satisfecho por haberme hecho sentir incómodo; le mostré el dedo pero solo reafirmó mi incomodidad. 

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Sentí alivio al volver a mi pantalla, era mi espacio personal, mi pequeño universo, todo estaba donde tenía que estar, un orden perfecto. Me gustaba mi escritorio, estaba cerca del baño y alejado de la oficina del jefe y claro, desde allí sentado tenía una vista perfecta hacia ella.

​Su nombre era Alicia. Hace dos años, cuando la compañía llamó a entrevistas ambos fuimos seleccionados, ella fue al departamento de marketing y yo al de desarrollo. Era hermosa, su piel era blanca y clara, rebosante de rubor aun en los días más frescos, era pelirroja y su cabello largo siempre caía en ondas cubriendo sus hombros y omóplatos. Por otro lado su figura era elegante, esbelta, pero no frágil. A veces, cuando pasaba cerca de ella en la cafetería del edificio, podía oler la fragancia a lavanda de su jabón.

​No miento cuando digo que me había cautivado. Sin embargo, su aspecto era lo de menos para mí, era su personalidad, era amable con todos, incluso conmigo, su risa era contagiosa, era de esas personas que iluminan una habitación con solo poner un pie en ella.

De repente notó mi mirada, muchas personas me evitarían, pero ella sonrió y agitó los dedos para saludarme, era adorable. Claro, respondí al saludo con una sonrisa incómoda. Por Dios, qué patético, treinta años y una chica diez años menor que yo lograba hacer que me sonrojara.

Trabajo, claro, líneas de códigos. Me sumergí en los pendientes, para muchos esta es otra forma de escapar de la realidad, para mí esta era la única realidad en la que servía.

​Sin más, el reloj marcó la hora del almuerzo, así que dirigí mi cuerpo cansado y sombrío hacia la pequeña cafetería donde me aguardaba un sándwich de pollo, papas fritas de bolsa y una gaseosa, la más barata claro, ya saben, un almuerzo nutritivo, perfecto para alguien con seis meses de insomnio. Arrastré mis pies hacia una mesa y me dispuse a devorar mi almuerzo.

​—Si comes muy rápido no saborearás tu comida y tendrás hambre muy rápido Alonso.

¿Alicia? No sabría decir si esta es una situación fortuita o no. Me forcé a tragar antes de girar la cabeza para mirarla, ella me estaba sonriendo y estábamos tan cerca que podía ver cada una de sus pecas, irradiaba calidez.

​—Sí, uhm, lo siento, tenía hambre.

​Ella simplemente me dio unas palmadas en la espalda y se alejó con su distintivo paso alegre.

​—No te disculpes, come despacio Alonso.

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​Sabía que valdría la pena volver a la oficina. Miré mi comida y a partir de ese momento empecé a comer más despacio.

​Luego de ese almuerzo sorpresa, una tonelada de pendientes por revisar y varias idas al baño para perderme viendo el techo, el día llegó a su fin. Sin darme cuenta estaba formando la fila para marcar mi salida en el reloj marcador. David, quien lastimosamente estaba frente a mí, no paraba de soltar chistes de mal gusto acerca de lo que haría en su casa con sus “nenas”; supongo que no soy el único que vive en una realidad alterada.

Mierda, el drenaje sigue con la maldita fuga, ¿qué hace Félix todo el día? En fin, no importa. Dentro del auto las lagunas mentales me arrastraban y querían que me quedara viendo la nada con la mirada desenfocada. Sin embargo, los recuerdos de la consulta de ese día vinieron a mi cabeza.

​Había venido con el auto por la consulta médica de esa mañana, pero realmente no vivía muy lejos. Tal vez el doctor tenía razón después de todo, una caminata no me vendría mal. Salí del auto, guardé las llaves y me puse mi abrigo largo; saliendo del estacionamiento giré a la izquierda para tomar la calle que pasa frente al edificio.

​El viento hacía que el frío se sintiera hasta los huesos. Eran apenas las seis y media, pero las calles ya parecían desiertas y el sol hacía rato que había desaparecido, estaba oscuro a excepción de las luces de las farolas. Caminé por varias calles y aún había un buen trecho para llegar a mi edificio de apartamentos. Fue en ese momento que el sedentarismo de mi rutina diaria empezó a pasarme la factura: mi aliento se agitaba y mis piernas se sentían rígidas, tuve que detenerme en un paso de peatones para recuperar el aliento.

Pese a mi complexión delgada, casi decrépita para algunos, mi cuerpo se había acostumbrado a la comodidad de la silla de oficina y ahora una calle empinada se volvía mi peor enemiga.

​Cuando retomé mi camino empecé a notar a las personas, sus rostros, algunos igual de cansados que yo. De alguna forma me hizo sentir mejor; no soy el único que está pasando por algo similar, no soy el único condenado.

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​Solo quedaba una calle por cruzar y habría llegado a mi apartamento. Fue en ese mismo momento que la vi cruzar el otro extremo de la calle para pasarse a la acera donde caminaba yo. Aunque quisieras no podrías ignorarla, Alicia con su paso alegre y su elegante figura esbelta resaltaba demasiado incluso en aquella noche oscura.

​No sé qué fue, podría decir una inocente curiosidad, ¿a dónde será que va? O tal vez fue el deseo de estar más tiempo cerca de ella, la verdad no lo sé. Tomé impulso y la seguí. Giró a la derecha siguiendo la acera y luego caminó por ella durante varias calles. ¿Qué estoy haciendo? No había tiempo para responder eso. Luego de unas cinco calles ella cruzó de nuevo hacia la izquierda y caminó, esta vez aminorando el paso.

​Era increíble solo verla caminar, sus pisadas eran firmes y siempre parecían seguir un ritmo perfecto. Su abrigo largo de color verde olivo con detalles bordados en hilo blanco le sentaba de maravilla, resaltaba muy bien el color rojo de su cabello; sin duda era una mujer muy bella. Mientras yo quedaba deslumbrado con su belleza casi me descubrió, pues al girar en una calle, giró la cabeza hacia mí y yo alcancé a esconderme tras un puesto de revistas abandonado. Mi corazón palpitaba con fuerza. De repente, el cansancio de los días sin dormir desapareció, estaba alerta y mis ojos se enfocaban bien, estaba vivo de nuevo.

​Cuando me aseguré de que su vista se había puesto de nuevo fija en el camino delante, volví a la persecución. Sus pasos se fueron haciendo cada vez más pausados hasta que llegó a la fachada de una casa de muros altos, ella sacó unas llaves y empezó a buscar. Yo me posicioné de manera discreta cerca de un árbol y la observaba.

​De entre sus llaves tomó una al fin y con ella abrió el estrecho umbral con ornamentos de metal e ingresó. En ese instante la realidad me golpeó como una bala de cañón directa a mi cabeza, el sudor empezó a brotar de mi frente y en mi mente solo había un pensamiento que se repetía constantemente: “Había seguido a una compañera de trabajo hasta su casa como un maldito acosador”.

​Y lo peor de todo es que lo disfruté.

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