Salir de Noche. Capítulo II: ¿Culpa?
¿Qué hice? O más bien ¿por qué?
El techo de mi habitación parecía tan lejano.
Ella lo notó ¿no es así?, pero fui muy discreto, incluso me escondí tras ese puesto de revistas.
Sí, era muy lejano, tanto que se perdía en la oscuridad. Mis brazos se sentían lánguidos, los colores se iban oscureciendo, apenas podía distinguir las formas dentro de mi habitación, lo último que recuerdo fue que todo se puso negro y de repente, paz.
Desperté cerca de las seis de la mañana, unos segundos antes de que mi alarma sonara, me froté los ojos y pude observar el orden que reinaba en mi habitación, me hizo ¿sonreír?
¿Qué está pasando?
Se sintió satisfactorio, pero de una forma extraña, miré las sábanas y noté la viveza de sus colores, recordé cuando la había comprado, hacía un mes, la dependiente me dijo: “este color azul marino combina muy bien con sus ojos señor”. No recuerdo qué fue lo que me convenció en ese momento, pero acepté comprarlo.
¿Dormí con la ventana abierta?
Miré y la luz del sol iba iluminando poco a poco, me acerqué a la ventana y dejé que esa luz impacte mi piel, cerré los ojos y sentí esa cálida caricia, era satisfactorio, mi corazón palpitaba con ritmo firme, mi mente estaba clara, mi respiración era armoniosa y mi… Espera un segundo, ¡dormí!
Giré hacia mi cama y observé el desorden de mis sábanas, cuando me tomé el tiempo de ver cada detalle noté claras señales, sábanas arrugadas, la funda de la almohada con una pequeña mancha de baba, todos eran indicios de que anoche pude conciliar el sueño después de tantos meses. Mi cuerpo colapsó y mi mente se apagó. Con una sonrisa en el rostro quité las sábanas y las fundas, puse unas nuevas y llevé las sucias a la lavadora.
Esto era motivo de celebración y tal vez me pasé un poco, pero la motivación matutina me ganó. Rompí seis huevos, piqué cebollas, tomates y un poco de cebollín, también perejil, lo batí muy bien en un bowl y lo cociné a fuego medio, media cucharada de mantequilla en la sartén, pero siempre cuidando de que no se quemara, sal y pimienta negra recién molida le da el toque final, dividí esa obra de arte en cuatro porciones, dos fueron a la nevera, una fue a mi bolso y la última a un plato. Así de fácil tengo desayuno y almuerzo para un par de días.
Mientras desayunaba encendí el televisor, era ya una costumbre de anciano el quedarme viendo el noticiero matutino, la mujer informaba que se había cometido un asesinato, sé que era una situación seria, pero ¿cómo logras que una escort te asesine en la habitación de tu propio apartamento? Me pareció algo tan patético que solo pude soltar un bufido burlón.
Esa mierda no me pasaría a mí y mucho menos con todo ese dinero, me estás diciendo que eres rico y aún así contratas prostitutas, qué patético.
Luego de ese nutritivo desayuno hice los quehaceres, limpié mis utensilios de cocina, preparé mi ropa y me metí a bañar. Me sentía extraño, el agua caliente se sentía distinta, podía sentir cómo caía por cada parte de mi cuerpo y como me arropaba con su calor, se puede decir que fue la mejor ducha que he tomado en mucho tiempo.
Terminé de prepararme, guardé mis llaves y bajé a la recepción.
—Buenos días, Beatriz —dije. Pude notar cierta profundidad en mi voz que antes no había notado.
La casera de mi edificio ya era mayor y siempre estaba despierta desde muy temprano limpiando y ordenando las partes más públicas del edificio. Cuando escuchó mi voz se sobresaltó.
—Oh pero si es Alonso, no te reconocí.
Yo solo sonreí. Espera, ¿estoy sonriendo?
Fue una reacción extraña de mi parte, por lo general no hablo con nadie y cuando lo hago solo lo hago con Beatriz. No perdí el tiempo y con el impulso seguí hacia adelante cruzando la puerta.
El trayecto a la oficina fue tranquilo, pasé por la cafetería de Luigi a ordenar un poco de café negro para el camino y mientras transitaba las calles bebía sorbos disfrutando del sabor amargo y dejando que la cafeína inundara mis venas. Era reconfortante, el calor de mi bebida, la luz solar matutina y el contraste con el viento fresco de otoño hacían de esta particular mañana una muy hermosa.
Desde el pasillo pude reconocer la figura de David, mocasines bien lustrados, corbata a cuadros, camisa azul marino y pantalón con tirantes. Por Dios ¿quién carajos usa pantalones con tirantes?, ¿quién te crees, Gordon Gekko? El olor de su colonia invadía todo el pasillo, apestaba a colonia barata, ¿Agua marina, es eso, David? patético. Cuando me topé con su sonrisa burlona me entraron ganas de vomitar, no era solo el aspecto desagradable de su prominente nariz, sino la condescendencia con la que observaba a todo el mundo a su alrededor, hacía que mi estómago se revolviera. Mira eso, qué mierda haces aquí Pingüino, ¿esto es lo que haces cuando no estás jodiendo a Batman?
—Mira nada más que temprano apareces por aquí, Alonso —dijo, levantando la mano para saludarme como si fuéramos amigos de toda la vida.
Yo contesté con un simple movimiento de cabeza, asintiendo.
—Buenos días, David —Su mano quedó flotando a la expectativa.
—Así que no saludas a tu buen amigo de contabilidad ¿eh? —Me siguió mientras me acercaba a mi cubículo—. ¿Acaso todos los del departamento de desarrollo son así de arrogantes?
—No jodas mi puta mañana, enano inepto.
Creo que fue el sonido que hizo con la boca, no lo sé, tal vez fue la expresión en su rostro, era una mezcla entre enojo, sorpresa y confusión, da igual, la cuestión es que si no fuera por una de esas dos cosas no me hubiera dado cuenta de lo que sucedió, casi de inmediato continué mi camino hacia mi cubículo y dejé a David atrás, sentía su mirada clavarse en mi nuca, pero el silencio persistió unos segundos más hasta que se rompió con el sonido de sus pasos alejándose.
Vaya, ¿qué me pasa hoy? Miré mis manos al sentarme. ¡Ja! de cualquier forma se lo buscó él, es un idiota.
Aquella fue una victoria, llevaba tiempo queriendo devolverle una buena a ese sujeto y en esa mañana, con la oficina vacía, lo logré.
Mientras la gente llegaba yo continuaba con mis pendientes, ya estaba cerca de quedarme al día y no quería arruinarlo así que me apresuré. Era increíble, mis ojos se movían rápido, mis tiempos de respuesta habían mejorado, mis dedos seguían la velocidad de mis ojos tecleando, corregía, subía el archivo a la red y redactaba el correo correspondiente, todo a una velocidad que antes, con ese cuerpo casi muerto por el insomnio, no me podía permitir.
Sucedió de la misma forma en la que primero vemos la deslumbrante luz y luego de unos segundos escuchamos el estruendoso impacto del rayo. Primero vi pasar su ondulado y brillante cabello rojo, cada paso hacía subir y bajar las ondas, luego y como si fuera un tren bala, me llegó el aroma a lavanda de su jabón, era ella, Alicia.
Mi pierna empezó a moverse de arriba a abajo, el click de mi mouse de repente sonaba como si fueran martillazos en una pared, mi respiración era entrecortada, me sentía exhausto, sudor frío recorría mi nuca y pensamientos se clavaban en mi cerebro como trozos de vidrio, era doloroso. Ella te notó ayer, te notó y ahora te verá como un acosador, tal vez hasta te acuse con el jefe, vas a perder tu trabajo, tu apartamento, ¿recuerdas el sótano de mamá? ¿Recuerdas cuando no tenías dinero y tuviste que vivir ahí durante meses? volverás ahí y todos hablarán de Alonso, el acosador de jovencitas.
—Buenos días, Alonso —dijo Alicia con una sonrisa amable—. Estamos haciendo una colecta para el cumpleaños de Lidia, ¿quieres colaborar? es solo si quieres no lo tomes como… ¿Alonso, estás bien?
Mis ojos, sí fue eso, los ojos azules pueden ser bonitos, pero si los abres hasta desorbitarlos y lo mezclas con una expresión de horror pueden resultar intimidantes como mínimo.
—S-sí… estoy bien —dije, esforzándome en disimular mi ataque de pánico.
Saqué mi billetera, junté un par de billetes y se los pasé, aún sentía sobre mí su mirada, estaba preocupada. ¿Por qué me miras con esos ojos?
—Gracias, Alonso —Hizo una breve pausa. No dejaba de mirarme con ojos de preocupación.— ¿Estás seguro de que estás bien? Estás pálido.
Acercó el dorso de su mano a mi frente para palparla. Yo, de forma inconsciente, alejé mi rostro de su tacto.
Se sobresaltó al ver mi movimiento repentino.
—Yo, lo siento, no quise incomodarte, es solo que te ves enfermo —dijo. Aquello hizo que se hiciera un hueco en mi estómago.
Maldición ¿por qué te preocupas por mí? ¡¿POR QUÉ?!
—Creo que será mejor que vaya al sanitario —dije, y me puse de pie, casi de inmediato giré sobre mis talones y me alejé lo más rápido que pude, estaba huyendo.
Llegué al baño, abrí la puerta de un cubículo y mi respiración se empezó a agitar. Mis manos temblaban y sentía un escalofrío recorrer mi espina dorsal de abajo hacia arriba, luego de solo unos segundos sentí el reflejo inundarme, mi cuerpo se dobló hacia el váter, un dolor que nunca antes había sentido y sentí cómo el vómito subía desde mi estómago, pasando por mi esófago y saliendo por mi boca, me sentía asqueado, pero no podía parar, mi cuerpo quería deshacerse de todo lo que traía en el estómago en ese momento y lo logró.
Cuando volví a mi escritorio ella se había marchado. El departamento de marketing siempre hacía sus “reuniones estratégicas” todos los viernes, gracias al cielo, no la vería hasta el inevitable receso para almorzar.
Por otro lado, yo luchaba para que mi cuerpo me respondiera, ni el agua pudo sacarme el mal sabor de boca, mi estómago se sentía hueco y aquella claridad había desaparecido.
Tranquilízate, vamos, solo unas horas más de esta mierda.
Pasé el resto del día tratando de evitarla, no es que me fuera difícil, pero algo aquel día (no sé si será algo sobrenatural) hacía que nos encontráramos, en la cafetería para almorzar, en el bebedero, incluso en la fila del reloj marcador, siempre nos encontrábamos. Como es característico en ella, todas las veces me saludó agitando los dedos mientras me sonreía, eso solo hacía que me sienta peor.
—¿Te sientes mejor? Aún te noto un poco pálido —dijo Alicia.
Traté de dirigirme lo más rápido posible al estacionamiento, sin embargo ella logró interceptarme antes de que lograra tomar el ascensor
Mierda, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?
—S-si… creo que algo me cayó mal en el desayuno.
—Comprendo, bien no dudes en ir al médico si hace falta, no se va a acabar el mundo si te quedas en casa a descansar un poco para recuperarte ¿no?
Incluso en ese momento, cuando la culpa me obligaba a evitar sus ojos. No podía negar que su luz era reconfortante y, de alguna manera, eso hacía que me sintiera peor.
—Claro, yo, lo tendré en cuenta, gracias Alicia —dije, y como si de un milagro se tratara las puertas del ascensor se abrieron.
Entré a toda velocidad y toqué el botón de subsuelo, luego de unos segundos las puertas empezaron a cerrarse y me despedí de ella forzando una sonrisa y agitando un poco la mano.
—Oh, adiós, Alonso, hasta mañana —dijo, pero su tono de voz era distinto.
¡¿Qué?! ¡¿por qué me miras así?!
No era lástima, ni rechazo.
Sus ojos parecían decepcionados, el arco convexo que formaban sus cejas llamaba a la tristeza y la sutil forma de sus labios, era como si quisiera quedarse a charlar conmigo por más tiempo.
Lo siento, no puedo, no luego de lo que hice, soy una basura y tú… maldición, ¿por qué eres así?
Tratar de borrar esas imágenes de mi cabeza era inútil, se repetían una y otra vez, quería volver a sentirme como esta mañana.
Sí, eso es, tal vez mañana al despertar lo lleve mejor, ir a casa y dormir, eso me hará bien.
Buscar las llaves me llevó unos segundos, entré al auto y me acomodé, abrí todas las ventanas para que el aire fresco ingresara y se llevara el aire pesado que se había acumulado. Encendí el auto y empecé a conducir, recorrí las calles por unos minutos que parecían eternos, ni siquiera había un tráfico pesado, era la ansiedad y el miedo de saber lo que realmente iba a pasar.
Llegué a mi apartamento exhausto. Desplomé mi bolso en el sofá y las llaves las dejé sobre la mesa de la sala. Me quité la ropa a la vez que iba avanzando hacia el baño de mi habitación. Dejé que el agua caliente golpeara con fuerza mi piel con la esperanza de que eso redujera la tensión de mi cuerpo.
Luego de unos minutos me encontraba acostado mirando el techo de mi habitación, tratando de apagar mis pensamientos, pero eran demasiados y retumban con fuerza dentro de mi cabeza, no me dejaban ni siquiera cerrar los ojos.
Las visiones de Alicia recorriendo las calles se repetían una y otra vez.
Apágate, apágate, apágate, ¡VAMOS!
Entonces lo entendí. Entendí que era inútil tratar de negociar con mi mente, esos recuerdos reproduciéndose una y otra vez en mi cabeza no se irían porque eso era lo que yo deseaba, quería ser un espectador de su vida, quería verla en su perfección diaria, quería saber a dónde iba, qué hacía cuando pensaba que nadie la veía, qué vestía, qué comía, con quién hablaba, cómo dormía. Solo así estaría tranquilo, solo así mi mente podría descansar al fin.
Alivio ligero pero alivio al fin. Salí de la cama, tomé ropa discreta, mis llaves y con una sonrisa inconsciente salí a caminar.





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