El olor del café del centro del boulevard por las mañanas, el sonido de los vendedores ambulantes que caminan y sonríen rebosantes por el andador, el cantar de los pájaros o incluso el ladrido del perro callejero en aquella esquina, cerca de la fuente del apache regional, en el centro de la calle principal... todo eso me llena de vida.

Sí, sin duda el andar de la vida cotidiana no debe sonar para nada especial para alguien que no sabe o nunca ha vivido un poco de la experiencia de la que hablo. Sépase que yo, aunque apenas tengo 25 años, ya me siento en la cúspide de mi vida, por ridículo que suene.

¿A ti también te pasa?

Quién sabe. Tal vez haya más fans de la cotidianidad como yo. No puedo ser la única "aburrida"... ¿o sí?

Me gusta pensar que soy un alma vieja. Puede que solo sea una excusa, haha.


Hace mucho que no nos vemos.

Aún recuerdo la primera vez que te vi. Rebosabas de alegría, ¿lo recuerdas? Aquella reunión en el departamento de nuestro buen amigo Leo, con Andrés, Ilse, el pastel, las historias, la cerveza y los amigos... qué a gusticidad.

Hay momentos que viven en uno para siempre.


Ese día todo marchaba con absoluta normalidad.

La primera vez que hablamos fue por Discord; lo recuerdo muy bien. Nuestra generación se vio obligada a refugiarse en el calor de la virtualidad, en espacios compartidos con extraños a través de internet para aliviar la soledad del aislamiento provocado por aquel virus que paralizó al mundo entero.

Está de más decir que, en lo personal, aquello me resultaba bastante cómodo. Pasar horas en mi cueva jugando con mis amigos después de las insufribles y desgastantes clases de Derecho en la universidad era un alivio. Además, ahora esas clases eran desde casa.

Ni siquiera recuerdo la gran mayoría de ellas.

No estoy orgullosa de eso.

Solo estoy siendo sincera.


En fin, uno de esos días Andrés, mi estimado amigo de la preparatoria, quiso introducirme a su círculo de amigos más cercanos durante una reunión virtual, típica de la situación en la que nos encontrábamos, ya completamente normalizada por la pandemia.

Haha... todavía me resulta gracioso pensar que la vida social en internet se volviera la nueva normalidad cuando, años antes, a quienes disfrutábamos pasar la mayor parte del tiempo ahí nos llamaban "raritos" o "inadaptados".

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Como sea, gracias a todo aquello tuvimos la oportunidad de conocernos y compartir momentos muy bonitos en la inmensidad de los videojuegos en línea.

Pero fue mucho más que eso.

Compartimos ideas, pensamientos, miedos y sentimientos sobre todo lo que estaba ocurriendo. La depresión estaba a tope para muchos de nosotros.

Aun así, nos teníamos los unos a los otros.

Y ese pequeño servidor de Discord terminó convirtiéndose en nuestro espacio seguro.


Sin ir más lejos, terminamos formando algo más que una familia.

Que fuera digital no hacía menos real el cariño que llegamos a transmitirnos ni lo mucho que conseguimos llegar al corazón de los demás.

Todo eso fue real.

Por eso aquella primera reunión presencial con los amigos de internet fue tan especial. Era la primera vez que compartía el mismo espacio con todos ustedes; la primera vez que podía sentirlos, abrazarlos y estar realmente cerca.

Todo fue perfecto.

Entonces...

¿Qué fue?

¿Qué te hizo querer dejarnos?

¿Qué te hizo querer irte tan lejos, tú solo?

Prometimos contarnos todo.

Prometimos apoyarnos.

Y aun así rompiste tu promesa y te fuiste.

Fuiste muy egoísta.

Pero sé que lo hiciste porque estabas sufriendo.

¿Sufrías mucho, verdad?

¿No fuimos suficientes para hacerte cambiar de opinión?

O quizá nunca tuvo que ver con nosotros.

Tal vez simplemente no había nada capaz de aliviar el peso que cargabas en el corazón.

Nos dolió muchísimo enterarnos de que ya no estabas.

Tu corazón dejó de latir por el gas que dejaste entrar a tus pulmones.

Dime...

¿Eso alivió tu dolor?

¿Aunque fuera un poco?

Sea como sea, espero que donde estés ya no te duela nada.

Que ya no estés triste.

Que ya no tengas frío.

Que tu cabeza, por fin, haya dejado de pelear contigo.

Y que hayas podido descansar.

De verdad espero que así sea.

Me gusta pensar que, al menos, tú pudiste decidir cómo partir.

Que no fue un accidente.

No lo fue... ¿verdad?

Sé que es imposible responder.

Los forenses dijeron que lo habías planeado desde mucho tiempo atrás.

Que todo estaba calculado para que nadie pudiera salvarte.

Dime...

¿En tus últimos momentos te dolió?

¿En qué pensabas?

¿Qué recuerdos pasaban por tu cabeza?

¿En qué personas?

¿Algún pensamiento de arrepentimiento cruzó por tu mente mientras el gas te iba arrebatando la vida?

¿Te sentías solo?

¿Te hubiera gustado que alguien te acompañara?

...

Perdón.

Sé que todas estas preguntas pueden resultar abrumadoras. Te prometo que mi intención no es hacerte sentir mal, ni mucho menos.

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Solo quería saber si ahora estás mejor.

¿Sabes?

Creo que ninguno de nosotros tuvo un cierre apropiado contigo.

Todo ocurrió de forma tan repentina.

Todavía recuerdo la llamada de aquel Juevez por la noche. Yo estaba esperando conectarme para jugar con todos ustedes cuando Leo me dio la noticia.

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí.

Fue la primera vez que realmente entendí mi propia mortalidad.

Me eché a llorar.

Lloré muchísimo.

Marqué de inmediato a mi papá y a mi mamá para decirles que tenía que ir a verte.

Me subí al Uber sin dejar de llorar.

Cuando el conductor confirmó la dirección, entendió enseguida lo que estaba pasando. Sin decir una sola palabra, solo subió un poco la música para que no me diera pena llorar.

Qué amable fue.

Es increíble lo empáticos que pueden llegar a ser los desconocidos cuando uno más lo necesita.


Al llegar y confirmar tu muerte, no fuimos precisamente bien recibidos.

Una mujer, completamente fuera de sí, nos gritó que nos fuéramos.

Que quiénes éramos.

Que por qué no habíamos hecho nada para detenerte.

Tragué saliva.

También mi enojo.

Sentía el pecho completamente apretado.

Pero ese enojo desapareció en cuanto entendí quién era.

Era la rabia de una madre rota.

Una mujer destrozada por la muerte de su hijo.

A muchos nos hubiera gustado conocerla en un momento diferente.

Definitivamente de otra forma.


Después ocurrió algo muy extraño.

Como si estuviera viendo un reflejo en un espejo.

La misma cara volvió a aparecer frente a nosotros.

Pero esta vez nos recibió con los brazos abiertos.

Pronunció mi nombre.

Y el de cada uno de nosotros.

—¿Cómo sabe mi nombre? —pregunté.

Ella sonrió con tristeza.

—Mi niño siempre me hablaba de ustedes. Son exactamente como los describía. Les estoy muy agradecida por haber estado con él todo este tiempo. Deben saber que los quería muchísimo. Siempre me platicaba de ustedes.

Hizo una pausa.

—No se sientan culpables por lo que pasó. Estoy segura de que, si aguantó tanto... aunque fuera un poquito más... fue por ustedes.


Las palabras de tu tía nos rompieron el corazón.

Es increíble ver el mismo rostro dos veces y sentir cosas completamente distintas.

La desesperación de tu madre.

La serenidad de su hermana gemela.

Era la misma cara.

Los mismos ojos.

Pero ninguna nos miraba igual.

Tener una hermana gemela debe dar un poco de miedo.

Es como poder ver distintas versiones de uno mismo sin necesidad de convertirse en ellas.


Finalmente pudimos entrar a tu misa.

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Pero nunca pudimos ver tu rostro.

Por culpa del maldito virus que seguía en el aire no permitieron abrir el féretro.

No nos dejaron despedirnos.

Tal vez fuimos muy tontos por respetar aquella decisión.

O tal vez simplemente intentamos hacer lo correcto en medio de una crisis mundial.

Nunca lo sabré.

Lo único cierto es que jamás tuvimos un verdadero cierre.

Nunca vimos el rostro del amigo que todos aseguraban seguía dentro de aquella caja.


Aún hoy me arrepiento.

¿Por qué no lo abrí?

Es fácil decir que ninguno de los demás tampoco lo hizo.

Pero, siendo honestos...

Siento que de mí sí lo esperaban.

Yo era la loca del grupo.

La impulsiva.

La que seguramente habría hecho algo así.

Pero no lo hice.

Nadie lo hizo.

¿Por qué?

Creo que tenía miedo.

Miedo de verte.

Y, siendo completamente sincera, quizá eso hizo la despedida un poco más fácil.

No tuve que mirar tu cara.

Tal vez también tenía miedo de arruinar el primer y el último recuerdo que tengo de ti.

Feliz.

Sonriendo.

En aquella primera reunión.

La primera vez que conocí a un amigo de internet...

Bueno...

A varios, haha.

Todos el mismo día.

Sabía que en algún momento de mi vida iba a tener que enfrentar la muerte de un amigo.

Pero jamás imaginé que sería tan pronto.

Tú tenías 22.

Yo apenas 20.

Hoy volvimos a reunirnos los que quedamos.

Después de tres años sin vernos.

Después de tu partida hubo peleas y el grupo se hizo más pequeño. No te preocupes, no fue tu culpa.

Creo que, precisamente por lo que pasó contigo, decidimos procurarnos más.

Siendo sinceros, todos teníamos miedo de volver a pasar por algo así y no poder hacer nada otra vez.

No creo que hubiera soportado ese nivel de impotencia una segunda vez.

Eve ahora esta rentando un depa en la ciudad.

Andrés continúa trabajando en el negocio familiar, la florería.

Lilian ya se graduó de la universidad y ahora está haciendo sus prácticas profesionales. Le está yendo muy bien.

Ilse, la chica que te gustaba, vive con un chico en un pequeño departamento en el centro.

Se ve feliz.

Leo se fue a España.

Su corazón roto necesitaba un respiro

Ahora volvió a México para visitarnos, pero solo estará unos días.

Después regresará otra vez a España.

No te preocupes.

No nos hemos olvidado de ti.

Sigo jugando Genshin.

¿Recuerdas que era tu juego favorito?

Por ti empecé a jugarlo.

Y por ti quiero llegar hasta el final.

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Ya casi termina.

Leo incluso trajo una figura de tu personaje favorito.

El próximo viernes iremos todos a dejártela.

Los que seguimos aquí.

Vamos a limpiar todo muy bonito.

Y también te llevaremos una chelita.

De las que tanto te gustaban.


Fue bonito reunirnos otra vez y hablar de ti.

Lo volveremos a hacer el viernes.

Aunque, esta vez, con alcohol.

Ya sabes... así las palabras salen más rápido.

Cada septiembre lloro cuando me acuerdo de ti.

Y vuelvo a hacerme las mismas preguntas que escribí hace un rato.

Aunque, con el paso de los años, cada vez duele un poquito menos.

Ahora intento recordarte con mucho más cariño que tristeza.

Ah.

Por cierto.

Nunca nos dieron la carta que nos dejaste.

Nos inventaron excusas muy baratas y únicamente nos hicieron un pequeño resumen de lo que, supuestamente, querías decirnos.

Que siguiéramos con nuestras vidas.

Que nos amabas mucho.

Y ya.

Tampoco entiendo por qué nunca insistimos en que nos la entregaran.

Supongo que apenas podíamos procesar todo lo que estaba ocurriendo.

Yo...

Yo estoy bien.

¿Adivina qué?

Ya tengo novia.

¡Por fin!

Después de tantos años, esta lesbiana por fin se graduó de la carrera de la soltería, haha.

La amo muchísimo.

Ella sabe de ti.

Sabe lo importante que fuiste para mí.

Y sabe que te llevaste un pedacito de mi corazón contigo.

Ha habido problemas económicos.

También muchos altibajos.

Pero, en general...

Soy feliz.


Me gustaría que pudieras participar en esta conversación.

Aunque sé que no puedes.

Y, siendo sincera, tal vez ni siquiera lo harías si pudieras.

Con lo penoso que eras.

Seguro dirías algo como:

"Ay, perdón, chicos... hehe."

...

Qué tonto.

Te queremos muchísimo.

Tienes un lugar muy especial en el corazón de todos nosotros.

No te sientas mal por hacernos llorar.

Estoy segura de que te preocupaste mucho por cómo íbamos a reaccionar.

Por eso nos dejaste aquella carta, ¿verdad?

Creo que tu mamá todavía nos guarda un poco de rencor.

A ellos no les dejaste ninguna carta.

Tal vez por eso nunca quiso entregarnos la nuestra.


En fin...

Estés donde estés, mi querido amigo, sé que ya no puedes oler el café del centro.

Ni escuchar el murmullo del andador.

Ni el maullido de los gatos.

Ni el ladrido del perro callejero.

Ni mirar cómo la ciudad despierta cada mañana.

Pero nosotros sí.

Y lo haremos por ti.

Mientras sigamos recordándote.

¿Sabes?

Ya soy más grande que tú cuando te fuiste.

Ahora tengo 25.

Y tú siempre tendrás 22.

Te amo mucho.

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Te amamos mucho.

Espero que, donde quiera que estés, ya no te duela nada.

Que ya nada te pese.

Y no te preocupes por nosotros.

Ya estamos mejor.

Aunque el tiempo pase y tu ausencia duela un poco menos, eso nunca significará que te olvidamos.

Al contrario.

Te recordamos muchísimo.

Y no siempre nos ponemos tristes cuando hablamos de ti.

También nos reímos.

También contamos anécdotas.

También recordamos todas las tonterías que hacíamos juntos.

Pero, oye...

No seas tan duro con nosotros si, de vez en cuando, nos gana la nostalgia.

Vas a tener que cargar con eso.

Solo un poquito.

Porque la nostalgia no siempre es triste.

A veces...

Es la forma más bonita que tiene el amor de quedarse.

Te queremos, Bernie.

Y mientras nosotros sigamos aquí, alguien seguirá oliendo el café del centro por ti.

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