LA AUTOPSIA DEL ESCUDO ENVENENADO: El mito de la víctima pura, el trauma como trinchera y la madurez de la culpa
En un apartado anterior comentaba que, durante mi adolescencia, mis compañeros de colegio me consideraban una engreída infamatoria y odiosa. Hoy, en mi adultez, cuando analizo con frialdad esa etapa de mi vida, no puedo culparlos: en verdad era una idiota.
Aunque cueste creerlo, durante buena parte de mi primaria y mi bachillerato fui víctima de bullying. Sin embargo, a diferencia del relato tradicional donde el acosado es una figura completamente pasiva, debo admitir que yo también provoqué, en gran medida, mi propio aislamiento.
No recuerdo con claridad el detonante exacto en la escuela primaria, pero aquella grieta inicial provocó que mis compañeros empezaran a hostigarme y que yo, por pura reacción defensiva, terminara respondiendo de manera hostil y desproporcionada.
Al ingresar al bachillerato, fui acosada por una chica cinco años mayor, lo que terminó que me encerrará más en mí misma. Para cuando llegué a noveno grado en un colegio nuevo, ya me había convertido en una grosera sin causa.
Estaba tan traumada que apliqué la lógica de la trinchera: atacar y lastimar primero antes de dar espacio a que me lastimaran a mí.
Si le preguntas a cualquiera que se haya graduado conmigo, la mayoría coincidirá en que era una engreída, una grosera e insoportable que jugaba a ser la "sabelotodo" para ganarse el favor de los profesores.
Exceptuando al profesor de química de décimo grado. A ti, Arrechea, siempre te consideraré el peor profesor de mi vida.
La realidad es que jamás les di a mis compañeros la oportunidad de conocerme de verdad.
¿Ven a lo que me refiero cuando digo que ir a terapia no tiene nada de poético y que aceptar las propias cagadas es un proceso amargo?
Me tomó una carrera universitaria entera y decenas de sesiones de psicología entender y procesar que nunca fui una víctima inocente e inmaculada. En mi afán desesperado por protegerme, levanté un muro con púas que obligó a todo el mundo a relegarme.
Hoy solo me queda suspirar, resignarme ante ese capítulo de mi pasado y conservar la lección sobre lo que ocurre cuando no se tienen las herramientas para gestionar las emociones y los impulsos.
A todos los compañeros con los que alguna vez compartí un salón de clases: si por algún azar del destino llegan a leer esto, les ofrezco una disculpa franca y profunda si en algún momento los hice sentir mal.
Al igual que ustedes, yo solo era una niña en desarrollo, con un cerebro inmaduro y una ignorancia absoluta sobre la responsabilidad emocional. No es una excusa, pero en una etapa donde las hormonas aplastan al juicio y las decisiones ignoran las consecuencias, mi único objetivo era salir lo menos lastimada posible de la hoguera.


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