EL ALTAR DE LOS BARRISMOS DIGITALES: De la tribu de refugio a la aduana del ego editorial
Con la llegada de la pandemia, internet se convirtió en el puerto seguro para medio mundo. En especial para los introvertidos, quienes terminaron de romper la timidez y se lanzaron a expresarse frente a una pantalla. Punto positivo para el virus.
Este fenómeno provocó que varias subculturas digitales que permanecían en las sombras salieran a la luz, al tiempo que se gestaban comunidades totalmente nuevas.
Pero en este apartado quiero poner el bisturí sobre un nicho en particular: la tribu de los “Books” (BookTok, BookTube, Bookstagram).
Desde que hordas de lectores y autores empezaron a volcar sus anaqueles en redes para compartir reseñas y recomendaciones, transformaron progresivamente lo que era un hábito íntimo y un refugio personal en una especie de secta dogmática. Un espacio donde cualquiera se siente con la autoridad moral de erigirse en maestro, dictar cátedra sobre cómo se debe consumir literatura y estandarizar prejuicios tóxicos a la hora de encarar la creación artística.
A ver: no tiene nada de malo compartir lo que lees o sugerir herramientas que le sirvan a alguien para salir de un bloqueo creativo o estructurar personajes con más densidad. El problema —lo verdaderamente desesperante y castrante— es tropezar a diario con manuales no pedidos sobre cómo tienes que escribir, qué libros debes consumir para no ser considerado un ignorante, si lees por moda o por "nutrir el espíritu"... y, por supuesto, la ridícula convención colectiva de que consumir cómics o escuchar audiolibros "no cuenta como lectura real".
Vamos a soltar una verdad incómoda pero urgente: ya bastante basura tenemos con la censura de las grandes editoriales, que edulcoran y tijeretean las obras para complacer la sensibilidad de las masas, como para que ahora venga un puñado de "expertos" empíricos a imponer sus fobias y filias bajo el disfraz de "consejos" u "opiniones bienintencionadas".
La lectura jamás debió exponerse a la dinámica del algoritmo. Debió permanecer en el anonimato, resguardada como ese refugio privado dedicado a la contemplación, el goce estético o la neurosis individual. No en la excusa perfecta para inflar el superyó de puristas, autores frustrados o contadores compulsivos que miden su valor humano según la cantidad de libros que engullen al año.


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