1. SALIDA

El cielo se pinta de un pálido azul revelado por la luz ósea del sol que acaricia con dedos incandescentes y delicados los cuerpos angulosos de las ruinas, cuales cadáveres disecados de leviatanes silentes dispuestos de forma ignominiosa en una fosa común, así yacen los edificios de la antigua ciudad, quietos, empolvados, parece que esperan la llegada de una vieja salvación prometida por un Dios olvidadizo.

Las sombras se recorren, se balancean desde las esquinas de las casas, enflacan tras el resguardo de los postes de luz, dibujan contornos engañosos en las ventanas sucias, entre las callejas enmugrecidas, en el interior de los autos oxidados, carcazas de insectos ausentes que han abandonado su capullo para convertirse en algo más.

El sol intenta penetrar en el interior de los leviatanes en un esfuerzo por purgar sus entrañas de concreto, pero lo que ahí se mueve es del dominio de una oscuridad profunda y antigua, misma que en el Hágase primordial fue separada de todo lo que era considerado bueno...

Junto a grandes puertas de fierro soldado, tras muros hechos con elementos extirpados de la ciudad, el sol escapa, reconociendo con pálidos dedos los esfuerzos de insectos diminutos que otrora se pensaran dioses, en crear una fortaleza a las afueras de las ruinas. Sus uñas incandescentes arañan las arterias espinosas de los alambres de púas que rodean el Campamento de Control, calentando los nidos de ametralladoras y el interior de los camiones que esperan pacientes el soplo de vida que les otorgará, con el rugido estremecedor de bestias furiosas, la orden de movilizarse.

Cosas se mueven entre los camiones, entre las ametralladoras, rayones de sombra vomitados por alguna imaginación volátil harta de encontrarse con un lienzo en blanco comienzan a escurrir entre las callejuelas. La brisa tibia carga sus murmullos "Buenos días." saludan "¿Qué tal la guardia?" Inquieren unos "Bien, bien. Noche tranquila." No hubo disparos, una noche más y serían tres vigilias consecutivas sin gastar munición. "Buenos días, Hortencita ¿cómo sigue el marido?" "Bien, bien, ahí va su mano, dicen que ya pal viernes otra vez puede empezar a trabajar." "¡Pero si le faltan casi todos los dedos!" "¿Pos qué te digo? Es eso o..." "Pura ley de Herodes..."

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Comienza la vida, el hervir lento de actividad en Control, cada quien a lo suyo, en acorde a la ley de el que no trabaje que no coma. Así son las cosas, se dicen, así es la vida. Mientras, se soban las coyunturas artríticas, los muñones de ausencia, las cicatrices, los músculos cansados, mientras, escupen flemas terregosas de tanto polvo que aspiran.

Unos a las barricadas, a arreglar desperfectos, grietas, a cambiar alambres a desatorar cuerpos, otros a los campos, a seguir con la siembra, con el cuidado de la tierra, a los viveros improvisados, a los bosques y al descampado a buscar carne, comida algún manantial, pero de ser posible, no otras gentes, andan cortos de espacio, otros van a las cocinas, unos más a las enfermerías, a los talleres, a la sala de mando, a dar relevo a los pobres aturdidos que han estado pescando transmisiones toda la noche.

Carpinteros, albañiles, granjeros, doctores, ingenieros mecánicos, policías, soldados, pintores, ferreteros, cerrajeros, electricistas, plomeros. Todos tienen su labor, a todos les ha sido designada una tarea de acuerdo a sus vocaciones, brigadas de trabajo divididas por colores y luego cada tropa separada por nombre y familiaridad. Cascos Azules a las plomerías, a ver si por fin pueden tener agua corriente. Chalecos Verdes a los postes, a los reflectores, a las cajas eléctricas y a los generadores, luz es vida hoy en día. Camisas Amarillas a los viveros, el corazón latiente de la comunidad. Camisas Blancas a las cocinas. Camisas Verde Claro a enfermería. Camisas de botones a Mando. Y los que van a los campos, al cerro, a los bosques, esos tienen un uniforme de soldado. Cascos Amarillos, ellos tienen otra labor, se levantan antes que el sol, y se refugian de él en la penumbra de los camiones, en sus Brigadas hay al menos un representante de todas las demás, un tributo a la labor que nadie desea hacer, por más jodida que sea, peor es tener que subir todos los días a uno de esos camiones.

Ninguno está ahí por voluntad, todos han sido escogidos por sorteo, todos tienen que servir al menos tres meses en los Cascos Amarillos antes de tener la oportunidad de un relevo. Algunos aceptan su suerte con orgullo. Otros se despiden todos los días de sus amigos con una sonrisa tan practicada que ya parece natural, otros más simplemente aceptan en silencio furioso y triste.

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Todos tienen miedo, se siente, se huele en el aire. Mejor no demostrarlo, nadie se escapa, por más fregado que esté, primero pasan tus tres meses y luego vemos, y alguien que no pueda tenerse bajo control no es alguien a quien los demás quieran tener en el equipo, es una pistola cargada apuntada a la cabeza de todos, incluyendo la suya.

Se vale rezar, se vale mirar fotos, se vale apretar los dientes y temblar en silencio, se vale hablar, platicar, cotorrear, reír para espantar el espanto...

El sol no penetra en los camiones, sabe a dónde van.

Cuando el interior de los vehículos son ya hornos, cuando la gente ya está sudando bajo los uniformes, el motor ruge, como un grito de guerra, un intento vacuo por inflamar de espíritu a los Cascos Amarillos.

No funciona.

Las puertas se abren, los camiones ya se han formado y uno a uno, van saliendo del Campamento, seis camiones, cada uno cuenta con cuarenta y cinco Cascos Amarillos, sin contar a los conductores y el personal militar.

Nadie habla en el camino, muchos intentan recuperar el sueño perdido durante la noche, algunos lo logran, otros se resignan a mirar por la ventana o a platicar con sus compañeros sobre nimiedades, la comida, el hedor de los cuerpos sin bañar sofoca los autobuses, pero ya nadie se da cuenta de ello.

La carretera se convierte en calle y las calles por las que transitan están mayormente limpias, algunos de ellos se encargaron de despejarlas en persona, moviendo autos, ventilando edificios, desmantelando barricadas. A veces encontrándose con los viejos ocupantes. A veces puede uno toparse con un cierto aire de orgullo que parece emanar de ellos, incluso si no lo comunican. Orgullo y tristeza.

Poco a poco el convoy se deshace, cada camión va a una zona diferente, diferente municipio, diferente colonia, y todos se van acercando a su destino una calle a la vez.

El sol está en lo alto cuando llegan. Las casas, los edificios, todos miran a los cascos amarillos con cuencas vacías.

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