El Mar y el Cielo

(Donde Grilida descubre unas cuantas últimas sorpresas sobre la Lagrimada)

En cuanto me adentré a la embarcación junto con el equipaje y la bestia de montura, sentí como si una fuerza invisible me arrebatara del suelo. Lo primero que pensé fue que algo en el milagro o el mecanismo que mantenía la lagrimada a flote había fallado y ahora nos estábamos desplomando al agua. Una terrible posibilidad apareció casi de forma instantánea en mi mente, la posibilidad de que esta maravilla metálica de los Hombres Verdes estuviese a punto de sumergirse sin remedio en las profundidades del muelle. Un escalofrío recorrió mi cuerpo hasta agarrotarme las alas y la forma de un grito nació y murió sofocada en el fondo de mi garganta, triturada por mis colmillos chasqueantes. La bestia junto a mí debió de pensar lo mismo, pues sus siseos y alaridos de sorpresa reverberaban en la cámara oscura dentro de la que nos hallábamos, haciéndome temblar hasta los huesos. De alguna manera, y por alguna razón, sentí lástima por el animal.

Esta caída debió durar apenas lo que dura un suspiro, pero para la bestia y para mí se sintió como una eternidad de confusión y caos inesperado hasta que, de repente, unos miembros delgados y torcidos aparecieron entre la oscuridad y con dedos largos y delicados se aferraron a nuestros cuerpos.

A pesar de todas mis nonas, a pesar de los milagros y terrores que he presenciado a lo largo de mi existencia, a pesar de haber combatido con discordancias que harían palidecer al autarca más soberbio, me descubro falto de palabras para explicar lo que a continuación sucedió. Primero era el vacío y de repente, la luz, el mundo, un mundo de formas extrañas que se abría en todas direcciones, hacia la luz que emanaba desde un muro curveado, los lados de la estancia donde había aparecido de repente, hacia el suelo y yo estaba cual ik´der perdido entre tormentas, a veces con los pies desplomándose hacia la luz, otras veces con mis antenas enhiestas cuales flechas en dirección a algún muro.

Cerré los ojos, presa del pánico, mis colmillos castañeaban de terror y tenía que controlar mis alas para no dejar que se liberasen de mis ropajes, por algún motivo, supuse que, de no hacerlo, me encontraría en una peor situación.

Entonces, sucedió algo insólito.

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"No temáis, viajero." Me pareció...no deseo utilizar la palabra escuchar pues no escuché estas palabras, fue más bien como una vibracíon, un escalofrío que me recorrió desde las garras hasta la coraza en mi pecho y de alguna forma encontró un lecho de significado en mi entendimiento. La sensación que me transmitía era de completa y absoluta calma, era como ser una roca que se sumerge lentamente hasta el fondo oscuro de una laguna quieta.

Finalmente, mi cuerpo, mis pies encontraron un ángulo donde sostenerse, los miembros largos y delgados aferrándose a mi cuerpo no me soltaron cuando llegó a mí el posterior mensaje.

"Abrid los ojos, hijo de la transmutación. No hay aquí quien te haga daño." Al hacerlo, me topé con una visión inesperada.

Muchas nonas atrás, en todos los continentes conocidos, según cuentan las melodías que a nuestros días han llegado, antes de que los hombres se esparcieran por toda Tierra Firme, antes incluso de que los hombres tuvieran palabras para llamar cielo al cielo y agua al agua, el mundo yacía cubierto de pantanos y profundas e interminables ciénagas; entre sus aguas se retorcían creaturas cuyo eco ha desaparecido de la Canción, entre las ramas de los árboles se columpiaban bestias de apariencia retorcida cuyo pelaje era como el fango, verduzco y pesado, y entre caminos secretos ocultos entre algas y musgo, coronados con el poder de roca doblada por medios que desconozco, sentados en sus palacios de silencio, los amos de todo esto eran los Mikeos.

Incluso cuando yo era un niño, antes de conocer a mi maestra, el encontrarse con uno de estos seres era ya algo raro y considerado de mal agüero en algunas regiones, recuerdo que mi propia madre solía decir que a los niños indisciplinados se los llevaban las cosas de los pantanos. Ahora tengo más experiencia y sé más cosas de las que mi querida madre pudo haber alguna vez vislumbrado y puedo dar fe de que no hay motivo por el cual temer la apariencia de estas creaturas, aún así, he de admitir que me quedé estupefacto al contemplar a la creatura que tenía delante.

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Era alto, bastante más que yo, su cuerpo tenía la apariencia de la corteza enmohecida, escamas extrañas daban la impresión de desmoronarse con cada uno de sus movimientos como si todo su cuerpo fuera una suerte de costra vegetal y entre los resquicios de dichas escamas era posible dilucidar una perenne capa de humedad que, supuse alimentaban a las colonias de líquenes que crecían en el torso de la creatura. De su torso salían miembros que solo puedo describir como parecidos a los brazos de un hombre, pero había en ellos una cualidad inhumana, se parecían más a mis garras que a otra cosa, como largas patas de insecto con múltiples articulaciones.

De nuevo, una suerte de fuerza, como un escalofrío, recorrió mi cuerpo acorazado y pude escuchar la voz de mi interlocutor. "¿Cómo te sientes, hijo de la Transmutación? ¿Percibes mareos, fiebre, dolor o malestar en alguna parte de tu cuerpo, una presión que no estuviera ahí antes por ejemplo?"

Hice el intento por responder que no, pero antes de abrir mi boca, la respuesta ya había llegado hasta él.

"Excelente. Es para nosotros un honor el contar con un transmutado entre nuestra tripulación, espero que este breve viaje le sea de sereno provecho." Hizo ademán de soltarme, pero lo agarré de uno de sus brazos, no como si quisiera forcejear con él, sino más bien como un ruego, una súplica para que se quedara un poco más.

"¿Qué sucede?" Inquirió.

-Eres un Mikeo. - Esta vez forcé a las palabras a salir de mi garganta y por un momento mi voz me pareció extraña e incluso molesta, como si fuera algo ajeno a mí, un error de mi propia naturaleza.

"Ciertamente." Contestó y pude ver cómo algunos de sus miembros se raspaban contra la corteza de su cuerpo en un gesto que no comprendí. "Y tú eres un...cantor." El Mikeo produjo algo parecido a un gruñido que no supé si escuchaba con mis oídos o si lo percibí de la misma manera en la que comprendía sus palabras. "Puedo sentir que tienes preguntas...eres un ser curioso. Puedo percibir tus dudas en cuanto a mi propia naturaleza y la de mi gente."

-Así es...- De nuevo, el hablar con la voz se sentía como algo obsceno dentro de esa interacción.

"No es necesario que gastes aliento, sacerdote de lo sonoro." Me explicó. "Puedo entender todo lo que piensas, todo lo que sientes solamente con tocarte."

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Un miedo mudo amenazó con infiltrarse en mi corazón, pero de nuevo, una sensación exterior me inundó, haciendo que me relajara. "No temas. No es extraño que un apartado esté inquieto ante la forma que tenemos de comunicarnos, pero te aseguro de que no te amenaza daño o peligro alguno."

-Quiero...-Esta vez cerré la boca e hice un esfuerzo por comunicarme como él. "Tengo preguntas, muchas, sobre la lagrimada y su funcionamiento, sobre ustedes, sobre mi abordaje...sentí que caía, y luego el cielo no estaba en su sitio y..."

"Y contestaré todas tus preguntas con gusto, sacerdote. Pero poco a poco, la naturaleza de los apartados necesita tiempo y paciencia para acostumbrarse y comprender nuestra lengua."

No ocultaré que me sentí decepcionado, y estoy seguro de que él se dio cuenta de ello.

"Permíteme comenzar por explicarte el funcionamiento básico de nuestro transporte con tal de calmar un poco tus dudas y las ansias de tu corazón."

Y en un momento comprendí los diversos detalles y minucias relacionados al mantenimiento y manejo de esta maravilla.

Las lagrimadas, como muchos de los regalos tan generosamente otorgados por los benefactores de toda Tierra Firme, poseen un funcionamiento que, si bien para la gente común parece magia, no es sino una configuración de mecanismos extraños desarrollados por ellos mismos y que, incluso con la explicación otorgada por mi amabilísimo interlocutor, aún no soy capaz de explicar a la perfección.

Para empezar, las lagrimadas utilizan un tipo de energía existente en todas las cosas...similar a la fuerza del Gran Aliento, pero no tiene nada que ver con él, esta energía sirve primero para mantener al vehículo levitando sobre el aire sin desistir por un tiempo indeterminado y también la propulsa en la dirección que mejor le parezca a los timoneles. La conducción y funcionamiento del vehículo, aparentemente obedece de forma directa a la voluntad de quien lo maneja, llegando directamente a los pensamientos y deseos de su amo. Mi interlocutor me hizo saber que es por este motivo que la mayoría de las lagrimadas se encuentran tripuladas por Mikeos, su propia naturaleza les permite comprender este sistema de forma relativamente simple, sin embargo, incluso ellos deben trabajar en conjunto al momento de controlar un vehículo tan grande. Por ende, cada lagrimada posee múltiples timoneles, completamente en sincronía, acordes en voluntad y deseo, con tal de mantener estable la nave y salvaguardar el bien de sus pasajeros.

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En cuanto a mi propio abordaje, los conceptos que conocemos como arriba o abajo no funcionan de la misma manera dentro de la barcaza. De alguna manera, los tripulantes de la lagrimada se las arreglan para manipular las leyes de la fuerza que mantienen los cuerpos de todas las creaturas anclados a Tierra Firme, a excepción, claro está, de las aves en el cielo. Por ende, para abordar uno de estos armatostes no son necesarios complejos sistemas de escalinatas o poleas, en cuanto uno se halla dentro de su caparazón, su cuerpo puede moverse sin muchos problemas en la dirección que la tripulación desee.

El interior de la embarcación ha sido dispuesto de acuerdo a este dominio consciente que se tiene sobre el peso de las cosas, facilitando en gran medida la administración de recursos, pueso ahí donde las gentes de Tierra Firme se toparían con obstáculos que limiten la cantidad de suministros que puedan cargar en sus viajes debido a las leyes básicas por las cuales hemos de regirnos en todas las cosas, aquí los Mikeos pueden optimizar espacios sin preocuparse por el peso de los recursos o de los tripulantes o siquiera por tener que encontrar maneras de afirmar los diferentes bienes a la siperficie de alguna estructura con tal de evitar dañarlos.

Esta es la información básica que soy capaz de comprender y de comunicar en este momento, perdóneme querido lector si algo de lo que aquí he escrito suena inconexo o menos pulido que mis textos anteriores, haré lo posible por aclarar posibles dudas y errores cometidos a causa de mis propias limitaciones como autor.

Una vez terminada su explicación, que duró lo que dura un parpadeo, el Mikeo me preguntó si deseaba esperar a que ascedieran el resto de los pasajero o si prefería ir hasta lo que sería la estancia donde pasaría el resto del viaje.

Recordando los gestos despectivos escuchados en el puerto y la forma en la que aquellos hombres me habían tratado, le dije que no habría problema alguno en que me llevase hasta el sitio donde habría de pasar mis días.

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Fui guíado a través de madrigueras pulidas y brillantes, entre caminos que giraban sobre sí mismos, pasando junto a objetos y estructuras cuya función o forma no me fueron explicadas y quedaron, por ende, como enigmas sin respuesta; llegamos hasta algo parecido a un amplio salón de muros y techo cóncavo, iluminado apenas por una suerte de linternas diminutas alineadas a lo largo del suelo y los muros cuya flama no parecía titilar.

Gracias a mi transformación, soy capaz de ver el mundo de forma distinta al resto de los hombres, puedo percibir colores que escapan al ojo común, movimientos, y vibraciones del aire imperceptibles al oído o la vista más aguzados. Uno de mis talentos más útiles es el poder ver en la oscuridad con bastante facilidad, pero incluso con mis habilidades, he de admitir que ese gran salón donde habría de hospedarme a lo largo de la travesía tenía más la pinta de ser una suerte de almacén que un sitio dispuesto para la habitación de gente o bestias.

Pero entonces mi guía hizo una serie de gestos rápidos con sus brazos, parecidos a una especie de danza que me recordó al fluir del agua o al movimiento del viento entre las hojas de los árboles y la estancia entera se iluminó de inmediato con la luz del sol.

De repente ya no estaba en el interior de un almacén claustrofóbico y oscuro sino que parecía que me encontraba suspendido en algo parecido a una burbuja que flotaba en el espacio entre el cielo, el mar y el puerto.

Como puede imaginar el lector, no pude sino maravillarme ante tamaño artificio.

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