La última noche de normalidad

La lluvia caía con suavidad sobre las calles adoquinadas de Buenos Aires, convirtiendo las luces de los faroles en manchas doradas que se deshacían sobre el pavimento húmedo. Era una de esas noches en las que la ciudad parecía guardar silencio, como si algo invisible estuviera a punto de ocurrir.

Aurora Castelli caminaba con paso rápido, abrazando contra su pecho una carpeta repleta de documentos antiguos. Acababa de salir de la Biblioteca Nacional después de pasar horas investigando para su tesis sobre las leyendas europeas y el impacto de los mitos medievales en la literatura contemporánea.

Tenía veintitrés años y una vida sencilla. Vivía sola en un pequeño departamento heredado de su abuela, trabajaba media jornada en una librería del barrio de San Telmo y soñaba con convertirse en escritora. Los libros eran su refugio desde niña; entre sus páginas encontraba mundos mucho más fascinantes que la realidad.

Mientras esperaba que cambiara el semáforo, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No era el frío.

Era esa extraña sensación de estar siendo observada.

Giró lentamente.

La avenida estaba casi vacía. Un taxi pasó levantando una cortina de agua y un hombre paseaba a su perro varias cuadras más adelante.

Nada fuera de lo normal.

Suspiró para tranquilizarse.

—Estoy imaginando cosas… —murmuró.

Sin embargo, desde la terraza de un edificio antiguo, dos ojos color carmesí seguían cada uno de sus movimientos.

Lucien De Valois permanecía inmóvil bajo la lluvia.

El agua resbalaba por su largo abrigo negro sin que él pareciera sentirla. Sus ojos no se apartaban de la joven.

Había esperado ese momento durante siglos.

Finalmente la había encontrado.

—Aurora Castelli... —pronunció en voz baja.

A su lado apareció una mujer de cabello rubio ceniza y mirada fría.

Valeria.

—¿Es ella? —preguntó.

Lucien no respondió enseguida.

Había imaginado muchas veces el rostro de la mujer anunciada por la profecía, pero ninguna descripción hacía justicia a la joven que caminaba despreocupadamente por la ciudad.

Parecía completamente humana.

Demasiado humana.

—Sí.

Valeria cruzó los brazos.

—Entonces debemos eliminarla antes de que los otros clanes descubran quién es.

Lucien la miró de reojo.

—No.

—¿No?

—La orden del Consejo fue vigilarla.

—Las órdenes cambian.

Lucien volvió a observar a Aurora.

Ella sonreía mientras saludaba al dueño de un kiosco antes de perderse entre la multitud.

Por primera vez en doscientos cuarenta y siete años sintió algo que creía muerto.

Curiosidad.

Página 2

Al llegar a su departamento, Aurora dejó las llaves sobre la mesa y encendió una pequeña lámpara junto a la ventana. El lugar era modesto, pero acogedor. Estanterías repletas de novelas clásicas cubrían casi todas las paredes. Había plantas, fotografías familiares y una vieja máquina de escribir que había pertenecido a su abuelo.

Mientras preparaba café, escuchó un golpe en la puerta.

Tres golpes secos.

Abrió.

No había nadie, solo un sobre negro apoyado sobre el felpudo.

Frunció el ceño, no tenía remitente, tampoco sello postal.

Lo tomó con cautela.

Al abrirlo encontró una única hoja de papel color marfil con una caligrafía impecable, alguien había escrito:

"Si deseas conocer la verdad sobre tu familia, deja de buscar en los libros. Las respuestas siempre estuvieron escritas con sangre."

No había firma.

Aurora sintió un nudo en el estómago.

Su familia.

Desde pequeña había crecido con una pregunta sin respuesta.

¿Por qué sus padres nunca hablaban de los antepasados de su madre?

Su abuela siempre evitaba el tema y antes de morir solo alcanzó a decirle:

"Nunca abras la caja de madera... hasta que llegue el momento."

Aurora dejó la carta sobre la mesa y corrió hacia el armario de su habitación. En el estante más alto descansaba una pequeña caja de nogal tallada con un extraño símbolo circular. Durante años jamás había reunido el valor para abrirla.

Esa noche, por primera vez, sintió que ya no podía seguir ignorándola.

Cuando sus dedos rozaron la cerradura... Todas las luces del departamento se apagaron.

El silencio fue absoluto.

Y desde la oscuridad, una voz grave susurró muy cerca de su oído:

—Aún no estás preparada...

Aurora giró sobresaltada.

No había nadie.

Pero la ventana del living estaba abierta de par en par, las cortinas se agitaban con el viento y sobre el alféizar, descansaba una sola rosa roja con una gota de sangre fresca sobre uno de sus pétalos.

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