Los ecos del castillo

"Fragmento del Diario de Lucien De Valois"

"3 de febrero de 1782"

"Las personas creen que los castillos guardan tesoros. Están equivocadas. Lo que realmente conservan son recuerdos. Y los recuerdos, cuando permanecen encerrados demasiado tiempo, terminan convirtiéndose en fantasmas. El mío nunca dejó de esperarme."

La oscuridad cayó sobre la habitación como un manto. Aurora sintió que el aire se volvía más frío. Las llamas de los candelabros habían desaparecido al mismo tiempo, devoradas por una negrura tan espesa que apenas distinguía la silueta de la cama.

La risa volvió a escucharse, era suave, lejana, pero esta vez no provenía del pasillo, estaba dentro de la habitación.

—¿Hay alguien...? —preguntó con la voz apenas por encima de un susurro.

Nadie respondió.

Sin embargo, el antiguo espejo frente a la cama comenzó a empañarse lentamente, como si alguien respirara del otro lado del cristal.

Aurora retrocedió un paso. Su corazón golpeaba con fuerza contra el pecho.

Entonces aparecieron unas palabras, no estaban escritas con tinta, se dibujaban sobre el espejo, letra por letra.

"No temas."

Un instante después, las palabras desaparecieron en su lugar surgió el reflejo de una mujer, cabello castaño y vestido azul oscuro con una expresión dulce que contrastaba con la inmensa tristeza de sus ojos.

No era Aurora.

Y, sin embargo...

La mujer le sonrió como si la conociera desde siempre.

—¿Quién eres...? —susurró Aurora.

El reflejo levantó lentamente una mano.

No para tocar el cristal sino para señalar una de las paredes de la habitación.

Un golpe seco resonó detrás de Aurora.

Giró de inmediato pero la habitación estaba vacía.

Cuando volvió a mirar el espejo...

La mujer había desaparecido.

Al mismo tiempo, en el ala oeste del castillo, Lucien sintió un estremecimiento recorrer todo su cuerpo.

Se detuvo en seco.

Las viejas piedras vibraban.

Podía sentirlo.

El castillo había despertado.

No ocurría desde hacía más de dos siglos.

—No... —murmuró.

Sin pensarlo, comenzó a correr por los interminables pasillos. Su velocidad era imposible para un ser humano, pero aun así tenía la sensación de llegar demasiado tarde.

Porque conocía aquel fenómeno, los ecos, no eran fantasmas, eran fragmentos de recuerdos que el castillo se negaba a olvidar y ninguno aparecía sin una razón.

Aurora se acercó lentamente a la pared que la mujer había señalado, era una superficie de piedra idéntica al resto, apoyó la palma de la mano y sintió un leve calor.

Luego... un clic.

Página 2

La piedra se desplazó apenas unos centímetros, detrás apareció un estrecho corredor oculto. El aire que escapó desde el interior olía a pergamino, cera derretida y madera húmeda, como una biblioteca cerrada durante siglos.

Aurora dudó.

Recordó la advertencia que había escuchado antes de que las luces se apagaran.

"No deberías darle la espalda a un castillo que todavía está despierto."

Cualquier persona razonable habría cerrado el pasadizo pero la curiosidad siempre había sido más fuerte que el miedo.

Tomó uno de los candelabros que acababa de encenderse por sí solo y avanzó. El corredor descendía lentamente, las paredes estaban cubiertas de antiguos escudos. Todos pertenecían a la familia De Valois.

Sin embargo, uno llamó especialmente su atención, no mostraba los dos lobos ni la rosa negra. Mostraba un sol atravesado por una luna roja, el mismo símbolo que había visto dibujado en los documentos del Padre Gabriel, sintió un escalofrío.

No era una coincidencia. Lucien llegó a la habitación y encontró la puerta abierta, la cama vacía, el espejo completamente limpio.

Su expresión cambió al instante.

—Aurora...

No obtuvo respuesta. Solo percibió un leve aroma, el perfume de las velas antiguas y algo más, el olor de un pasadizo que llevaba siglos sin abrirse.

Cerró los ojos.

Había un único lugar al que podía conducir.

—La Galería del Recuerdo...

Su voz apenas fue un murmullo.

No, ese lugar debía permanecer sellado para siempre.

Muy por debajo del castillo, Aurora llegó a una sala circular, no era una cripta, era una biblioteca, miles de libros descansaban sobre estanterías que se perdían en la oscuridad; mapas; manuscritos; cartas; retratos cubiertos por telas. En el centro de la sala había una única mesa de roble y sobre ella descansaba un diario de cuero negro, el lomo estaba gastado por el tiempo, en la portada podía leerse un nombre grabado con letras doradas.

"Lucien De Valois"

Aurora contuvo el aliento, acercó lentamente la mano y rozó la cubierta con la punta de los dedos, en ese mismo instante, una voz grave resonó detrás de ella.

—No lo abras.

El corazón le dio un vuelco, giró de inmediato.

Lucien permanecía inmóvil en la entrada de la biblioteca, su respiración era agitada por la carrera.

Sus ojos grises no mostraban ira, mostraban miedo, un miedo profundo, quizás el más grande que había sentido en doscientos cuarenta y siete años. Porque comprendía que, si Aurora leía aquellas páginas...

Ya no habría forma de mantener oculto el pasado.

Y algunas verdades...

Podían destruir mucho más que un corazón.

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