Entre la Sangre y el Deseo: Capítulo 9
El libro que no debía abrirse
"Fragmento del Diario de Lucien De Valois"
"18 de febrero de 1782"
"Hay habitaciones que uno cierra con llave. Otras permanecen abiertas porque nadie se atreve a cruzarlas. Pero existen puertas que no obedecen ni al hierro ni a los hombres. Solo esperan a la persona correcta. El castillo siempre supo que algún día volvería a abrir aquella biblioteca. Solo se equivocó en una cosa... no me estaba esperando a mí."
El silencio era tan profundo que Aurora podía escuchar el crujido de la cera derritiéndose sobre el candelabro que sostenía, frente a ella, inmóvil bajo el arco de piedra que daba acceso a la biblioteca secreta, Lucien respiraba con dificultad.
Había corrido no por miedo a ser descubierto, sino por miedo a llegar demasiado tarde.
Aurora mantenía una mano apoyada sobre la cubierta del diario, no lo había abierto, pero bastaba ese simple contacto para que algo pareciera haberse despertado entre aquellas paredes. Las estanterías comenzaron a emitir un leve crujido, como si la madera respirara.
Lucien dio un paso hacia adelante.
—Aléjate del libro.
Su voz no sonó autoritaria, sonó desesperada.
Aurora frunció el ceño, era la primera vez que veía una grieta en la serenidad de aquel hombre.
—¿Por qué?
Lucien bajó la mirada hacia el diario.
—Porque algunas historias fueron escritas para permanecer olvidadas.
—¿Las tuyas?
Él no respondió.
Aurora observó nuevamente el nombre grabado en cuero negro.
Lucien De Valois.
No era una copia, no era un manuscrito antiguo encontrado en una biblioteca, era un diario personal gastado, vivido.
Como si hubiera acompañado a su dueño durante toda una existencia.
—¿Es tuyo?
Lucien tardó varios segundos en contestar.
—Lo fue.
Aquellas dos palabras hicieron que Aurora sintiera un escalofrío.
"Lo fue."
No "es".
Como si perteneciera a otra vida, como si el hombre que tenía delante ya no fuera el mismo que había escrito aquellas páginas.
—¿Cuántos años tiene?
Lucien levantó lentamente la vista, durante un instante, pareció debatirse entre decir una mentira o guardar silencio. Eligió lo único que podía permitirse.
—Demasiados.
Aurora soltó una leve sonrisa.
—Siempre respondes así, nunca terminás una respuesta.
—Porque las respuestas completas suelen destruir las preguntas.
Ella lo observó con atención, era imposible calcular su edad. Su rostro parecía detenido en el tiempo, no había arrugas ni señales de cansancio.
Pero sus ojos...
Sus ojos parecían haber visto demasiados inviernos; demasiados funerales; demasiadas despedidas. Fue entonces cuando reparó en un detalle, Lucien no estaba mirando el diario, miraba una estantería vacía, al fondo de la sala, como si recordara algo, o a alguien.
—¿Qué había allí?
Él tardó en comprender a qué se refería.
Finalmente respondió en un murmullo.
—Retratos.
—¿De quién?
Lucien cerró los ojos apenas un instante.
—De mi familia.
El silencio volvió a instalarse entre ambos, no era incómodo. Era un silencio lleno de cosas que ninguno de los dos sabía cómo decir. Aurora sintió, por primera vez, que detrás de aquel hombre elegante y distante existía una tristeza tan antigua como el propio castillo.
Y por un instante...
Dejó de tenerle miedo.
Lucien lo advirtió y eso lo asustó más que cualquier enemigo.
Un golpe seco resonó en algún lugar de la biblioteca. No provenía de la puerta ni de los pasillos, parecía surgir desde las paredes, luego otro y otro más. Los libros comenzaron a vibrar sobre los estantes, el polvo acumulado durante siglos cayó lentamente desde el techo.
Aurora levantó el candelabro.
—¿Qué está pasando?
Lucien permaneció inmóvil y s expresión cambió por completo. No era sorpresa, era reconocimiento.
—Nos encontraron.
Antes de que Aurora pudiera preguntar quiénes, las enormes puertas de la biblioteca se abrieron solas con un estruendo que hizo temblar toda la sala y un viento helado apagó casi todas las velas, solo una permaneció encendida.
La que iluminaba el diario.
Desde el corredor principal comenzaron a escucharse pasos lentos y firmes, rítmicos. No era una sola persona, eran varias.
Lucien dio un paso delante de Aurora, cubriéndola con su propio cuerpo, ella notó el gesto pero no dijo nada pero tampoco retrocedió.
Los pasos se detuvieron del otro lado del umbral, una voz grave, elegante y autoritaria atravesó la oscuridad.
—Después de dos siglos... Por fin vuelves a casa, Lucien De Valois, Y esta vez no has regresado solo.
El castillo entero guardó silencio, como si incluso sus viejas piedras contuvieran el aliento. Porque el primero de los cinco grandes clanes acababa de cruzar sus puertas.
Y con él...
La paz que había protegido al castillo durante más de doscientos años llegaba oficialmente a su fin.
"Hay guerras que comienzan con un ejército. Otras... empiezan cuando alguien pronuncia un nombre que llevaba siglos prohibido."







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