Entre la Sangre y el Deseo: Capitulo 7
El castillo que nunca duerme
"Fragmento del Diario de Lucien De Valois"
"14 de enero de 1782"
"El castillo ya no es un hogar. Cada pasillo conserva el eco de los nombres que perdí. Las paredes recuerdan mejor que los hombres y la piedra jamás perdona. Si algún día regreso, no será buscando mi pasado… sino enfrentándolo."
El frío fue lo primero que sintió Aurora al salir del aeropuerto de Bucarest. No era el invierno húmedo de Buenos Aires. Era un frío antiguo, denso. Como si el viento descendiera directamente de las montañas para recordarles a todos que aquellas tierras pertenecían a algo más viejo que la propia historia.
Tomó aire lentamente.
El cielo estaba cubierto por nubes oscuras y una fina nevada comenzaba a caer sobre la ciudad.
Mientras esperaba un taxi, volvió a tocar el medallón que llevaba oculto bajo el abrigo. Desde que el avión había aterrizado, el metal parecía vibrar débilmente. Como si respondiera a una llamada invisible.
Una llamada que solo ella podía escuchar.
Lucien observaba desde el otro lado de la avenida. No se acercó. No debía hacerlo.
Cada paso que daba hacia Aurora aumentaba el peligro que la rodeaba.
—No puedes protegerla desde tan lejos.
Valeria apareció junto a él sin hacer ruido.
—Puedo intentarlo.
—Kael ya sabe que llegó.
Lucien cerró los ojos.
—Lo sé.
—Entonces deja de luchar contra lo inevitable.
Lucien permaneció inmóvil.
—Hace doscientos cuarenta y siete años hice una promesa. No permitiré que otra mujer muera por mi culpa.
Valeria no respondió. Conocía demasiado bien aquella historia y sabía que Lucien jamás había logrado perdonarse.
El taxi abandonó la ciudad poco antes del anochecer.
Las luces de Bucarest fueron desapareciendo detrás de ellos mientras el paisaje se transformaba lentamente en bosques interminables, el conductor apenas hablaba, solo encendió la radio.
Una vieja melodía rumana llenó el silencio. Aurora observó por la ventanilla.
Los árboles parecían inclinarse sobre el camino, la nieve cubría las ramas como un manto blanco. Y, por momentos, creyó distinguir figuras inmóviles entre el bosque.
Sombras, personas o quizá simples ilusiones.
—¿Es la primera vez que viene a Transilvania? —preguntó el conductor con un marcado acento.
—Sí.
El hombre guardó silencio unos segundos.
—No salga sola por las noches.
Aurora sonrió con cortesía.
—¿Por los lobos?
El conductor no sonrió.
—Los lobos son el menor de los problemas.
Después de casi tres horas de viaje, el automóvil se detuvo y Aurora bajó lentamente.
Frente a ella se alzaban unos enormes portones de hierro forjado, sobre ellos destacaba un escudo cubierto por el paso del tiempo.
Dos lobos enfrentados, una rosa negra y una luna creciente.
El mismo símbolo, el castillo de los De Valois.
Las puertas comenzaron a abrirse sin que nadie las tocara, el chirrido del metal resonó entre las montañas. Aurora sintió un escalofrío. El sendero ascendía entre cipreses centenarios hasta revelar la silueta del castillo.
Era aún más imponente que en la fotografía. Torres oscuras, ventanales altísimos, muros cubiertos por hiedra y cientos de gárgolas vigilando desde las cornisas.
No parecía una construcción, parecía una criatura dormida esperando despertar.
Cuando Aurora cruzó el umbral, las puertas se cerraron lentamente detrás de ella. El enorme vestíbulo estaba iluminado únicamente por candelabros, el aroma a madera antigua, piedra húmeda y cera impregnaba el ambiente. Frente a la gran escalera apareció un hombre de avanzada edad, impecablemente vestido.
Cabello blanco, guantes negros, espalda perfectamente recta. Hizo una reverencia.
—Bienvenida a casa, señorita Castelli.
Aurora quedó inmóvil.
—Creo que se equivoca.
El anciano levantó la vista.
—No me equivoco desde hace ciento ochenta y tres años. Mi nombre es Edmund Blackwood. Fui el mayordomo de la Casa De Valois y llevo esperando este momento toda una vida.
En el piso superior, oculto tras una puerta de roble, Lucien observaba la escena desde la oscuridad. Había llegado al castillo antes que ella, pero no estaba preparado para verla allí.
En aquel lugar donde todo había comenzado.
Sus ojos se detuvieron en el gran retrato que colgaba sobre la chimenea.
Él, Isabella, su padre y su madre.
La última noche antes de la tragedia, bajó la mirada.
Durante más de dos siglos evitó regresar. Sin embargo, el destino acababa de obligarlo. Y el castillo… Parecía reconocer a su verdadero heredero.
Las viejas vigas comenzaron a crujir, las llamas de las chimeneas se agitaron sin viento. En algún lugar de los pasillos, un reloj detenido desde 1779 volvió a marcar la hora. Doce campanadas lentas y graves.
Como si anunciaran el inicio de una nueva era.
Esa misma noche, a varios kilómetros del castillo. Cinco carruajes negros avanzaban por un camino cubierto de nieve.
No pertenecían a viajeros, ni a nobles. Sobre cada puerta brillaba un escudo diferente.
Cinco símbolos, cinco clanes, cinco familias inmortales.
Todos habían recibido el mismo mensaje.
"La heredera ha regresado."
Y ninguno estaba dispuesto a permitir que otro reclamara primero aquello que la sangre había protegido durante siglos.
Aurora no lograba dormir.
La habitación que le habían preparado era inmensa, con un balcón que daba al bosque.
Una enorme biblioteca ocupaba toda una pared y sobre la cama descansaba un vestido de terciopelo rojo, como si alguien supiera exactamente su talla.
Se acercó al balcón, la luna iluminaba los jardines cubiertos de nieve.
Entonces lo vio.
Un hombre de negro permanecía inmóvil entre los árboles. No podía distinguir su rostro.
Pero supo quién era.
Lucien.
Él levantó lentamente la mirada.
Sus ojos grises encontraron los de Aurora, durante unos segundos ninguno de los dos habló.
No hacía falta.
El silencio decía más que cualquier palabra.
Sin embargo, justo cuando Aurora dio un paso hacia la puerta para salir a buscarlo…
Una voz masculina susurró detrás de ella.
—No deberías darle la espalda a un castillo que todavía está despierto.
Aurora se giró de golpe, la habitación estaba vacía. Pero el espejo frente a la cama reflejaba algo imposible.
Durante un instante… Lucien no aparecía reflejado.
Y antes de que pudiera reaccionar, todas las velas se apagaron al mismo tiempo.
La oscuridad devoró la habitación y desde algún rincón del castillo, una risa suave comenzó a resonar entre los pasillos, como si alguien hubiera esperado ese momento durante más de dos siglos.







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