LA CRÓNICA DE GRILIDA EL AZUL (Capítulo 1.2)
La Embarcación y sus tripulantes
(Dónde Grilida ve por primera vez la maravilla capaz de cruzar los mares y conoce a algunos compañeros de viaje)
Pero suficiente de lamentaciones y motivos personales que no he podido mantener ocultos, muchas maravillas me esperaban en mi viaje y la primera de ellas no se hizo esperar.
El mar es la barrera más vieja que conocemos, más grande de lo que hasta hace poco éramos capaces de imaginar y demasiado terrible para que cualquier creación o armatoste hecho por el hombre pudiese atravesarlo sin perecer eventualmente ya fuera por la brutalidad de sus corrientes, la enormidad de sus olas, o por la ingente cantidad de animales marinos que se han adaptado a la vida en un sitio tan hostil y de cuya existencia solamente sabemos por los pocos restos suyos que llegan hasta nuestras costas arrastrados por los caprichos del agua y por las escalofriantes historias contadas de boca de los pocos marineros que han llegado a sobrevivir a un naufragio.
Eso era antes, el enemigo más viejo de la cartografía y la tumba de innumerables curiosos y necios, pero esos tiempos, al igual que tantos otros, han pasado ya.
Desde el día de la Catábasis muchas cosas han ido desapareciendo, la llegada de nuestros Benefactores, nuestros hermanos de esmeralda venidos de La Madre, ha cambiado de manera irrevocable el curso de la historia al igual que la forma en la que los hombres contemplan el mundo, las estrellas y su propia existencia entre estas, sus regalos han cambiado por completo nuestra forma de hace arte, la escritura, la guerra y por supuesto, la exploración.
La primera vez que posé la mirada sobre una Lagrimada fue mientras abordaba la misma que me llevaría hasta mi destino al otro lado del mar.
Lo que más me sorprendió de ella en un primer vistazo fue el tamaño, durante mi vida he visto numerosas embarcaciones entre los ríos de diferentes reinos y dominios, desde las barcazas y tablones más humildes hasta enormes buques fortaleza diseñados para la guerra.
Pero nunca en mi vida había visto un objeto destinado al transporte que fuese tan grande o tan magnífico como lo que ahora había encontrado.
Su estructura, tal y como da a entender su nombre, es similar al de una lágrima, una forma ovalada más ancha en la parte posterior que en la anterior. La superficie es increíblemente lisa, mucho más lisa y reluciente que cualquier espejo que haya visto jamás y sobre ella se reflejan de manera curiosa todas las personas y objetos a su alrededor presentando una imagen distorsionada del mundo que sinceramente me ha parecido bastante cómica, incluso vi a algunos soldados haciendo muecas para burlarse de su propio reflejo exacerbado por la geometría del buque. Tuve suerte de que aquel día estuviese encapotado el cielo, pues algunas de las personas en el puerto me llegaron a mencionar que al final de la Madre y a comienzos del Umbral, el sol se refleja tan brillantemente sobre la coraza del artefacto que algunas personas tienen miedo a quedar ciegas por ello, y entonces optan por cubrirlo entero con mantas gigantescas y pesadas que solamente son removidas por algunos botes más pqeueños a cierta distancia del muelle.
A diferencia de una embarcación hecha por los hombres de Tierra Firme la lagrimada no flotaba sobre el agua, como después vine a comprender, sino que permanecía suspendida por espacio de apenas unas manos encima del oleaje, desconozco, sin embargo, qué clase de mecanismos son capaces de tal maravilla, aunque lo cierto es que una vez me fui acercando más y más, alcancé a detectar en mis oídos y antenas una vibración del aire casi imperceptible, supongo en mi ignorancia que quizás esta vibración es resultado de alguna suerte de mecanismo ubicado en el interior de la lagrimada que a su vez permite que esta se mantenga flotando en el aire.
Nuestro ascenso a la embarcación fue mucho menos maravilloso que su apariencia. Puesto que la entrada se encontraba a una altura considerable en el lado estribor del objeto, los obreros y marineros del muelle tuvieron que hacer uso de un primitivo sistema de poleas para irnos subiendo de pocos en pocos a los miembros de aquella expedición, hasta el ingreso designado. Nos dijeron que antes tenían unas escalinatas móviles con las cuales era más sencillo el ascenso, pero después de que una tormenta hubiera arrasado con el muelle recientemente, esta terminó hecha pedazos y los carpinteros aún no habían terminado la nueva.
Ahora, desconozco si en un futuro, aún existirán este tipo de viajes hacia el nuevo continente de la forma en la que existen ahora, pero ha de saber el lector que estas expediciones rara vez son abordadas por pocas personas, pues muchos son quienes, empujados por un espíritu aventurero, por codicia, desesperación o necedad, se lanzan dentro de una lagrimada a los misterios de un horizonte desconocido, por ende, el proceso de abordaje del que me vi partícipe fue horrendamente tardado.
Sin embargo, fue esta misma tardanza la que me permitió familiarizarme con el resto de tripulantes de la expedición.
No muchos de los soldados y comerciantes a mi alrededor deseaban mantener una conversación conmigo, podía escucharlos maldecir y llamarme monstruo por lo bajo, me he acostumbrado a tales insultos con el tiempo. Pero hubo uno que sí que parecía dispuesto a hablar.
Su nombre era Osiscar y su profesión era la de médico de campaña contratado al servicio del señor Orán, representante del gobernante de Rocaliza, como parte del batallón expeditivo con el que compartiría mi viaje.
Yo me presenté con el mismo nombre con el que firmo este libro.
El joven Osiscar me parecía una persona nerviosa y retraída, con el tiempo uno aprende a reconocer los humores de la gente de un vistazo, pero aún así, la primera pregunta que me hizo me tomó por sorpresa, no sé si por lo ingenua que era la misma o por lo directo que fue Osiscar al realizarla.
"¿Es usted uno de esos Bestibrujos?"
Otros hechiceros habrían terminado la conversación en ese mismo instante, ofendidos por el insulto, yo mismo me vi tentado a hacerlo, arrepentido por intentar conversar con esta pandilla de ignorantes que parecían rodearme.
"Soy un hechicero melódico." Pronuncié con firmeza."Y prefiero que quienes hablen conmigo se refieran así a mi persona antes que el peyorativo que acabas de utilizar."
El muchacho palideció.
"Discúlpeme gentilhombre, no era mi intención ofenderlo."
"Lo sé, muchacho." Chasqueé "Por lo pronto, trata de evitar que tu ignorancia te sea causa de problemas al tratar con los demás. Entre estos hombres hay algunos mucho menos pacientes que yo."
Pude percibir que el chico se sentía avergonzado, removiéndose en su sitio y dando golpecillos en sobre las piedras del muelle con la punta de un bastón blanco como el hueso y de apariencia mucho más frágil que estos.
"Pero dime." Hice lo posible porque mi voz sonara tranquila, como quien ya ha olvidado lo que lo hizo enojar. "¿Por qué me has hecho esa pregunta?"
"Por nada, señor. Simplemente, nunca en mi vida he visto a un hechicero melódico." No me miraba a los ojos, no sé si por la vergüenza que sentía o por lo extraño de mi apariencia.
"Y ahora que has visto uno, ¿qué es lo que piensas?"
Pude ver cómo sopesaba su respuesta con cuidado. "Tengo muchas preguntas, señor. Después de todo, soy un médico..."
"¿Qué quieres decir, muchacho?"
"Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas sobre la naturaleza de su estado."
Mis antenas temblaron levemente, no de enojo o de indignación. Pero ese era un tema que no deseaba compartir con un desconocido.
"Cuéntame mejor un poco más de ti mismo." Pronuncié. "¿No eres muy jóven para ir en una expedición como esta?"
Esta vez fue el joven médico quien pareció ofendido. "Si duda de mi habilidad o de mi experiencia, sepa usted que no será ni mi primer viaje a una tierra desconocida como tampoco mi primer acercamiento con el dolor y la muerte." Pareció apretar el viejo bastón blanco que blandía. "Y si no desea contestar a las preguntas que los demás le hagan, le recomiendo no comenzar conversaciones con desconocidos."
Soy incapaz de sonreír, mi boca se ha convertido en tenazas, pero sé que al hacerlo mi rostro se contrae en una mueca extraña que suele perturbar a quien la mira.
Sonreí ampliamente, mirando al joven doctor a los ojos mientras decía. "Por supuesto, tiene usted razón ¿cómo dudar de un hombre tan conocedor y educado como usted?"
Y ese fue el final de nuestra conversación en ese momento.
Cuando por fin fue nuestro turno de abordar, la mayoría de marineros se hicieron a un lado, negándose a ascender hacia el ingreso en la compañía de un monstruo, así que optaron por subirme junto a algunos cofres y cajas de suministros y acompañado de una montura de apariencia vieja y enfermiza.
"Que los animales suban con los suyos." Podía escucharlos decir desde abajo, pero pronto sus voces se perdieron con el ruido del viento, el chirrido de las poleas y el bufar de la bestia a mi lado.


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