Próximo Amanecer
¿Pesadilla? Capítulo I (parte 4)
Despertó todo aturdido, siente completa confusión. Las penumbras abandonaron su cuarto. Posee vagos recuerdos de algo que sinceramente, no sabe si fue real. De golpe se le viene la imagen de Esperanza y se acongoja tanto, que dobla sus piernas. Es una mañana bochornosa, si tuviese una cobija encima, se la quitaría, la aventaría lejos.
No encuentra razones como para salirse de la cama, aunque debe admitir que es un día hermoso. Se puede oler el aroma de los claveles del patio. El olor se cuela por las rendijas de la ventana cerrada.
La cabeza le da vueltas, trata de juntar cada recuerdo que posee. Aunque son recuerdos muy vívidos, tal como si estuviese viendo una foto nítida, palpable. Le parece que aún puede tocar aquel césped escarchado, aún siente la humedad en su rostro, en sus manos.
Pero las pruebas del velador en su lugar, de la ventana cerrada con su correspondiente pestillo y un centenar de cosas, le dice a gritos que todo fue un sueño o más bien dicho, una pesadilla horrenda.
Se siente ensimismado, inmerso en sus pensamientos, como ya es costumbre. Da vueltas y vueltas, pero no logra encontrar algo, aunque sea mínimo que acredite que todo lo que recuerda de alguna forma tubo cabida durante la noche. Está en todo eso, cuando un golpecito en la puerta de su cuarto se interpuso en sus pensamientos.
Se perturba por unos instantes, se piñizcó el antebrazo para saber si aún dormía. Luego de comprobar su viveza, dudoso, le pide a aquel que tocaba en la puerta, que simplemente entrase: _ ¡Adelante, pase!_ Dijo casi para adentro. Dudando de que aquel que se encontraba al otro lado de la puerta le hubiese oído, rogando por qué no lo hiciera. A cada milímetro que se movía la puerta en son de abrirse, su pecho se abultaba más y más. Cuando por fin se abrió la puerta, su corazón pareció detenerse. Ya había perdido por completo la cordura.
Sentado sobre su cama, presionando las rodillas contra el pecho, con el alma quemándose y el corazón hecho pedazos, le miró fijamente.
Desde la puerta, veía unos ojos atentos a sus movimientos. Le observaban resplandeciendo de ternura y compasión. Hasta que una voz cortó el silencio: _ ¿Qué ocurre joven, aún con fiebre?_ Preguntó con completa lástima.
_Anoche tuve que telefonear a sus padres, para que volviesen de casa de los Mondaca, ya que usted se puso tan mal..._
Decía Esperanza mientras cogía el hacha, apoyada en la pared.
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