El Escribiente

(Donde Grilida el Azul ilustra un poco sobre su pasado y su propia naturaleza)

Soy consciente de que he dicho que no era mi intención crear este escrito en servicio de mi vanidad, sin embargo, aún así considero importante aclarar ciertos aspectos de mi naturaleza que para el lector futuro pueden ni siquiera figurar en su conocimiento. Como he dado a entender, el mundo ha cambiado de formas inimaginables recientemente y dentro de poco, puede que hasta los hechiceros como yo desaparezcamos por completo, el pensamiento me entristece en sobremanera, he de confesarlo, pero tal es la melodía de las cosas.

Mi primer aliento sucedió en algún momento hace aproximadamente Setecientas veinte y tres tercias lunares, en algún punto de la Manteada, que es como llaman en esta lengua a la tercia más oscura de todas, las circunstancias de mi nacimiento fueron como las de cualquier otro y de mis primeros años no hay mucho que sea de notoriedad más allá de mis primeras experiencias usando mis talentos de cantor, las cuales sorprendieron en sobremanera a mi familia quienes comenzaron a hacer provecho de mi regalo para apoyarlos tanto a ellos como al resto de nuestra pequeña comunidad con las pocas bendiciones que podía producir.

Hubo muchos que intentaron abusar de mi don, pero mi madre siempre estuvo cerca de mí para evitarlo, incluso en aquellos días, cuando los encantamientos tripartitos eran celebrados, los hechiceros y demás gentes con dotes fuera de lo común tenían que cuidares de intenciones más oscuras.

Eventualmente, la mujer que se convertiría en mi maestra apareció por la aldea, una bruja errante cuyo nombre dudo sea hoy conocido por alguien además de mí mismo. Como solía hacerse, la bruja se asentó a las afueras de nuestro pueblo y como solía suceder, la gente comenzó a acudir a ella en tropel para pagar por sus servicios, y finalmente, como era de esperarse, alguien terminó contándole que en aquella aldea había también un cantorcillo como ella.

Naturalmente, la mujer fue a visitar el hogar de aquel cantorcillo donde lo conoció a él y a su familia, y por alguna razón eso fue suficiente para querer proponerles a los padres de aquel chiquillo de no más de once nonas el adoptarlo como su discípulo.

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Haría falta un tomo mehtrantual para hablar de todo lo que tuvo que suceder para que mis padres accediesen a esta insólita adopción, las casualidades tan terribles que tuvieron lugar en la aldea, la llegada de un viejo conflicto a nuestra parte de la comarca, el hambre, los incendios. Todo ese tiempo, la mujer estuvo ayudándonos y, de no ser por su intervención, mi familia y todas las personas del pueblo habríamos perecido sin remedio. Finalmente, después de muchas idas y vueltas, mi madre, pues mi padre había fallecido para ese momento, prefirió entregarme a la bruja con la esperanza de darme un mejor futuro fuera de aquella tierra devastada.

Ahora, no soy un necio, entiendo perfectamente que, dada la cercanía de ciertos acontecimientos y circunstancias, a partir de esta parca explicación, podría entenderse que mi adopción no fue más que un designio trazado por engaños por parte de la maga, pero por cuestiones en las que prefiero no ahondar en este escrito, dudo que esto sea verdad. Quizás después me explaye más sobre el asunto, pero por el momento ya he gastado tinta suficiente en recuerdos poco agradables, así que le suplico al lector futuro que simplemente confíe en mí cuando le digo que Eufrosia era incapaz de algo así, era capaz de muchas cosas, algunas terribles, pero no de casi exterminar a decenas de personas por un chiquillo.

Bajo su enseñanza mis habilidades se fueron acrecentando y mis sentidos fueron aguzándose hasta que eventualmente me convertí en un brujo en toda regla que, al igual que ella, vagaba por la tierra prestando mis servicios a quienes lo necesitaran y no dejé su lado hasta que vi su cuerpo disolviéndose entre la espuma del mar encrespado en el momento de la compleción de su Díada.

Y es aquí a donde quería llegar con todo esto.

Existe una condición, me niego a llamarla enfermedad, pues para mi gente es considerada una bendición del Gran Aliento, se dice que es solamente otorgado a los cantores más fieles y poderosos, aunque dudo esto, puesto que me ha sucedido a mí y no soy ni el más fuerte ni el más fervoroso de aquellos que aún practicamos magia.

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Esta condición...este regalo consiste en la transfiguración corporal del hechicero a la forma de otra creatura que mejor se adecúe al timbre de su voz en la melodía del Gran Aliento, en otras palabras, mientras más me veo expuesto a los ritos tripartitos, más me alejo de parecer un ser humano, a este proceso de transformación se le conoce como Díada.

Existe una longeva tradición alrededor de la Díada, cuyos conocimientos han sido transmitidos de generación en generación de brujos, estos conocimientos, claro está, se encuentran fragmentados debido a la reticencia general que tenemos los hechiceros de escribir, prefiriendo la danza y la tradición oral, tal y como he explicado anteriormente.

Sin embargo, no todos tenemos las mismas reservas, y hace algunas décadas, un cantor llamado Elioso de Turrefranja recopiló en tres gruesos tomos con sumo cuidado de detalles el proceso de transfiguración que experimentó en su propio cuerpo.

El contenido de los textos varía desde lo epistolar hasta lo teológico, con el sentir personal de Elioso confundiéndose en múltiples ocasiones con meditaciones espirituales en la búsqueda de un punto de origen clave que defina quién recibe el regalo de la Díada y quien no, además de esto, mientras escribía se dedicó también a viajar por todos los continentes conocidos del viejo mundo en busca de la tradición fragmentada de la Díada.

Finalmente, sus viajes terminaron el día de su transfiguración y los tres grandes tomos originales que escribió han sido resguardados en el palacio del señor de Grandaj Riveroj, donde permanecen hasta el día de hoy.

¿Por qué os cuento todo esto? Elioso escondía un secreto propósito en sus exploraciones e investigaciones, un propósito que es posible percibir entre líneas, pero nunca de forma clara.

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Elioso tenía miedo de sí mismo, de la naturaleza de su ser, del terror que causaba en aquellos que posaban sus ojos sobre él, pero sobre todo, tenía miedo de desaparecer. Porque a pesar de todo, a pesar de que los seguidores de la tradición consideramos la Díada como una bendición innegable del Gran Aliento, lo cierto es que desaparecemos como solíamos ser después de su compleción. No sabemos qué sucede con las almas o con la cognición de aquellos que se han transformado, pues durante todo el proceso mantienen la misma lucidez que antes del proceso hasta el día en que dejan de ser ellos, entonces no reconocen familia o amistad y aunque suelen ser mansos nunca permanecen en un solo sitio, prefiriendo perderse en el campo, en los bosques, entre las montañas o bajo el mar.

No sabemos qué sucede después con ellos, aunque la tradición declara que continúan con su canto en perfecta harmonía con el todo.

Todo eso es fácil de admitir cuando no es el cuerpo propio el que deja de ser el mismo, cuando brazos y piernas se vuelven patas, tenazas o tentáculos, como fue el caso de mi maestra, cuando la boca se vuelve una caverna de colmillos, la piel coraza, la frente antenas y la espalda carga con el peso de nuevas extremidades a las que no se está acostumbrado. Presa de estos cambios, es imposible no admitir que se siente miedo, un miedo profundo y antiguo, el miedo a dejar de ser uno mismo mientras el cuerpo sigue en marcha.

Yo comparto ese miedo, lo siento en el fondo de mi ser, en la boca del estómago y en mi pecho siempre que observo mi reflejo en la superficie de un lago, siempre que me llevo algo a los colmillos para masticarlo, siempre que veo mis garras al escribir, siempre que me ven en las calles y en el campo con repulsión y horror.

Ya no hay mucho de mi forma original y pronto, dentro de unas cuantas nonas o menos, no quedará más del humano que alguna vez fui, y esto me aterra.

Mi viaje no es realizado solamente por mero interés histórico o por la esperanza de transmitir algún conocimiento útil a las generaciones venideras, no.

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Yo voy al nuevo continente en busca de un milagro, en busca de la clave para revertir mi Díada. No me avergüenzo de lo que me sucede o de mi apariencia, muestro mi rostro con orgullo y no oculto mis garras con estúpidos e inútiles guantes de piel o tela, pero no deseo andar tan rápido hasta aquel borde desconocido que se abre ante mí.

Y pienso que quizás encuentre las respuestas que Elioso y mi maestra no pudieron en esta tierra nueva, y de no ser así, por lo menos continuaré mi canción en un sitio diferente al que ya conozco.

(La Historia continúa en el capítulo 1.2)

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