Capítulo I ¿Pesadilla? (Parte 2)

(...)

Pasaron unos segundos que parecieron eternos. Aquella silueta parecía no entender su interrogatorio. Era como si le hablase simplemente a una sombra.

Pasaron unos minutos y asumiendo que no obtendría respuesta de aquella silueta dibujada en la penumbra, comenzó a sentirse ofuscado y confuso; y aunque temeroso aún, su curiosidad e imaginación se acrecentaron a cada bocanada de aire que se colaba hacia sus pulmones.

Da un paso al frente, temeroso pero seguro, con el fin de acercarse y distinguir con mayor facilidad, el rostro de aquel personaje siniestro que tuvo el atrevimiento de violar su privacidad, quebrando la infinita soledad que reinaba en su habitación.

A medida que se aproxima a este ente, su visión va mejorando gradualmente. De pronto, cuando ya estaba a dos pasos de aquel ya nombrado, inexplicablemente se desata un torrencial de agua.

De un nuevo soplido, esta vez mayor que el anterior, se abre nuevamente la ventana, el pestillo se destruye por completo y volando lejos, se pierde en la oscuridad.

Su corazón palpita de tal manera que pareciese estar a punto del colapso. Un relámpago interrumpe los más hostiles pensamientos, relámpago que ilumina de forma súbita y por un tiempo prolongado totalmente su habitación, dejando en evidencia la identidad de la silueta ya no en penumbras, instalada a los pies de la cama.

Era Esperanza, la sirvienta. Estaba ahí con sus ojos sobre él, expectante. Su profunda mirada parecía atravesarlo por completo; no miraba sus ojos, no; era como si pudiese ver su alma. Sus ojos claros, ya no brillantes se asemejaban a los de un demonio encolerizado.

Era la gentil Esperanza, la dulce mujer que vio dar sus primeros pasos. Qué ironía, pues fue esperanza la que perdió al verla frente a su cama. Estaba descalza, con todo su cuerpo embarrado.

Su rostro había adquirido la palidez de un difunto y su pelo enmarañado caía desde su frente alta, caía sobre la sangre que emanaba desde la ruptura que le había ocasionado aquella hacha que aún se mantenía en su lugar, sobre su dorada cabellera.

Estuvieron inmóviles ahí, frente a frente. El silencio solo se quebraba con los latidos acelerados que daba su pequeño corazón, fue como una bomba puesta en marcha, a punto de estallar. La tensión se olía en el aire, ella la olía; olía el sudor de la frente de él, olía su desesperación y por qué no decirlo, olía su miedo.

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Los segundos avanzaban, cual andar de anciano cansado ya de andar. La eternidad plasmó aquel cuadro correspondiente al terror de aquella noche.

De pronto, escucha un alarido de horror a lo lejos, pero se da cuenta, de que aquel grito de espanto, le pertenecía. Todo era un caos dentro de su mente. Sus héroes parecían fantasmas y sus mentiras más que verdades, eran realidades indiscutibles.

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