Capítulo II: El borde del abismo, donde el deseo toma forma.
El hombre ya no escribía por voluntad, escribía porque no podía detenerse.
Desde que Erato había regresado, algo dentro de él se había quebrado, o quizás, liberado. Dormía poco. Pensaba demasiado. Sentía todo con una intensidad que rozaba lo insoportable.
Y ella lo sabía, siempre lo sabía
Esa noche no espero a ser llamada.
Apareció cuando su respiración aún estaba agitada, cuando sus pensamientos ya no distinguían entre imaginación y recuerdo. La oscuridad volvió a plegarse a su alrededor, pero esta vez no era amenaza. Era refugio.
-Estás aprendiendo- murmuró Erato, su voz más cercana que nunca.
El no respondió, porque ya no hacía falta.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente: un leve estremecimiento, una tensión que recorría su espalda como una corriente lenta. No la veía del todo... pero podía percibir cada cambio en el aire cuando ella se movía.
Y esta vez, ella si lo toco, apenas.
La yema de sus dedos - o lo que fuera que los reemplazará- rozaron su muñeca.
Fue suficiente.
El hombre inhalo con fuerza, como si ese contacto hubiera encendido algo profundo, algo que no sabía nombrar pero que exigía atención. No era solo calor... era conciencia, de su piel, de su respiración, de cada latido.
-No huyas- susurro ella, acercandose mas- Esto tambien eres tú.
Su mano descendió lentamente, sin apuro, como si explorara un territorio que ya conocía desde ante de existir. No había urgencia en su gesto, sino intención. Cada roce parecía medido, diseñado para despertar, no para saciar.
El hombre cerró los ojos, no por miedo sino porque sentirla así... era demasiado.
-¿Porque yo?- logro decir, con la voz baja, tensa.
Erato se inclinó para quedar a su altura. Su presencia lo rodeó por completo, envolviendolo en una cercanía que ya no dejaba espacio para dudas.
-Porque no te conformas con lo superficial- respondió, casi rozando sus labios sin llegar a tocarlos- Porque dentro de ti... el deseo no pide permiso.
Sus palabras lo atravesaron, y con ellas, algo más. Un impulso, una necesidad creciente, imposible de ignorar. No era solo ella. Era lo que despertaba en el. Lo que lo obligaba a reconocerse sin filtros, sin máscaras.
Sus manos, inseguras al principio, se alzaron en el aire... dudando, Erato no se apartó, al contrario, se acercó un poco más.
-Atrévete- susurro.
Y así de simple, la palabra basto.
Cuando sus dedos finalmente encontraron algo de su forma- cálida, etérea, cambiante- el mundo pareció detenerse. No era un contacto común: era como tocar una emoción, una idea viva, un deseo hecho presencia. El hombre tembló, y esta vez... se contuvo.
Erato cerró los ojos, apenas, disfrutando de ese instante en que el límite se rompía. Porque ahí, justo ahí, es donde ella existía con mayor fuerza, no en el acto, sino en el instante previo... cuando ya no hay vuelta atrás.
La lira vibro vibro sola una vez más, pero esta vez, la melodía no era suave, era profunda, oscura, como un latido que se acelera y no quiere detenerse, no hubo advertencia, no esta vez.
Cuando Erato volvió acercarse, no lo hizo con la paciencia de quien enseña.. sino con la urgencia de quien ya no quiere esperar. El aire se volvió espeso, irrespirable, como si cada partícula estuviera cargada de una electricidad antigua, lista para estallar. El hombre no retrocedió, no podía, ya no quedaba en el la parte que dudaba.
Cuando ella lo rodeo, no fue un gesto suave: fue una invasión. Su presencia lo atravesó como una corriente intensa, haciendo que cada fibra de su cuerpo reaccionara sin permiso, sin control.
-Ya no sabes detenerte- dijo ella, y por primera vez, su voz no sonó serena, sono afectada. Como si aquello que despertaba en él también la alcanzara.
El hombre alzó las manos, pero ya no con timidez, la busco y cuando la encontró no hubo pausa. Fue el contacto más firme, más desesperado, como si temiera que desapareciera si no la retenía en ese instante. Y ella... no se desvaneció.
Se aferró también.
El mundo exterior dejó de existir. No habia habitacion, ni noche, ni tiempo. Solo ese espacio cerrado donde dos fuerzas- una humana, otra imposible- se reconocían sin barreras.
La lira vibro con violencia. Las cuerdas emitieron un sonido grave, casi salvaje, como si la música ya no pudiera contener la intensidad que crecía entre ellos.
Erato respiro hondo... o lo que fuera que hacía cuando algo dentro de ella se alteraba.
-Esto no debía...- intento decir, pero la frase murió en su voz. Pero ya era tarde.
El hombre la atrajo más hacia sí, guiado por un impulso que no le pertenecía del todo. Y en ese gesto, algo cambió. Ella dejó de ser solo musa, se volvió deseo. Su forma tembló bajo sus manos, perdiendo esa calma etérea que la defina. Ahora era mas densa, mas real... más vulnerable a lo que estaba ocurriendo.
Y eso la volvió peligrosa.
-Mírame- exigió ella, con una intensidad que rozaba lo oscuro.
El lo hizo, y en sus ojos no había ternura, había hambre, un reflejo que ya no distinguí entre inspiración y posesión. El choque fue inevitable.
No fue un encuentro suave ni contenido, sino una colisión de voluntades que se rendían al mismo tiempo. Cada gesto, cada cercania, cada respiración compartida llevaba una carga que quedaba... lenta, profunda, irreversible. Era to sintio algo nuevo, algo que no había provocado antes. Pérdida de control, de distancia, de sí misma y lejos de detenerse... se entregó.
La oscuridad se cerró sobre ellos como un velo vivo, ocultando lo que ocurría, pero intensificando cada sensación. Todo se volvió más agudo: el roce del aire, el ritmo acelerado, la tensión que ya no encontraba limite. Hasta que el instante llego. Ese punto exacto donde todo lo contenido se rompe, donde el deseo deja de ser promesa y se convierte en abismo, ambos cayeron, sin saber si había regreso
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