Prólogo
18 años antes...
A Beatriz le encantaban las flores. De hecho, era la mujer que se en cargaba de arreglar el jardín de la familia Blaquier. Un enorme y hermoso jardín con las flores más bellas, gracias al cuidado de Beatriz. O Bea, como solían llamarla. Todos los sirvientes de la mansión sabían que Beatriz era una mujer preciosa y encantadora, pese a que en la época las mujeres negras no eran consideradas preciosas. Pero Bea era más que eso. Era dulce, era amable, era especial. Y tal vez eso es lo que vio Francisco en ella. Había rumores de un amorío entre ellos, era una discreción que todos los sirvientes sabían pero mantenían la boca cerrada. No por Bea, es que nadie quería problemas. Cuando la joven quedó embarazada era más que obvio quien era el padre. Siguió trabajando en la mansión, ocultando su embarazo, era notorio que Francisco estaba más cerca y atento a ella que antes. Cuando ya era demasiado evidente, se vio obligada a irse. Los cotilleos en los pasillos decían que el magnate la envío al campo con un trabajo mucho menos pesado y mejor pagado.
El humor del señor Blaquier había cambiado luego de su partida. Su simpatía y su sonrisa habían caído como castillo de naipes. Incluso su trato con su esposa Sofía se había enfriado. Sofía era considerada una mujer escandalosamente bonita aunque soberbia y mandona que era descortés con el personal. Su cabello rubio y rizado y sus ojos verde musgo siempre atraían la atención. Era como una princesa y actuaba como tal.
Las únicas personas con las que el señor Blaquier seguía siendo igual era con sus dos hijos gemelos de cuatro años. Amadeo y Ofelia, sus dos tesoros. Eran una mezcla de ambos padres, con el cabello rubio de su madre pero los ojos miel y la boca de su padre. Claro que los amaba, pero su amor también estaba dividido por alguien que no conocía. Cada tanto tiempo hacía una escapada al campo con excusa de trabajo que Sofía nunca escuchaba. Estaba demasiado ocupada gastando dinero. En el campo el señor Blaquier dejaba de ser El Señor Blaquier y pasaba a ser Francis, como lo llamaba su querida Bea.
Estaban recostados en el sofá del salón, el acariciaba su barriga, pensativo.
- ¿Qué piensas, querido?
- En su nombre. Falta poco para su nacimiento y no hemos pensado ninguno.
Bea frunció la nariz. Un gesto tierno que hacía cuando pensaba y que Francis adoraba.
- Magnolia. Me gusta. Es mi flor favorita.
-Lo sé. ¿Y si es niño?
Ella se tocó el vientre.
- Es una niña, lo sé. - dijo en voz baja y mirando su panza. Luego levantó la vista hacia el hombre que amaba que la miraba con un brillo en en los ojos. - Pero si es un varón te dejo escoger.
Él se río y le beso la nariz.
- Hecho.
- Me han encantado las flores que me trajiste hoy.
Francis dirigió su vista a la mesa de madera donde dentro de un jarrón celeste yacían unas magnolias violeta.
- Se están secando. No han durado nada.
- Creo que el jardín se viene abajo sin mi, señor Blaquier. - sonrió Bea burlonamente antes de bostezar.
- Todo se viene abajo sin ti, Beatriz. - murmuró Francis acariciando su mano con el pulgar. Se había quedado dormida.
inquieto por alguna razón, volvió a mirar las flores. Una hoja seca se desprendió y cayó con delicadeza al suelo. Sintió una extraña opresión en el pecho, como si se tratara de una premonición. Un mal augurio. Pero tal vez sólo estaba cansado. Aún tenía tiempo de dormir una breve siesta.
Sólo que no descansó demasiado. Soñó con magnolias teñidas de sangre.
Secreto bien guardado
Magnolia poco sabe de su pasado, tiene un presente difícil y un futuro incierto. Está a punto de quedarse en la calle y…
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