HACIA LA LUZ
Cuando, veinticinco años después de sucedidos, Eliseo Mamaní recordó los hechos de aquel día, comprendió de pronto que los había estado esperando desde siempre, como una señal anunciadora de su propia desgracia. La infancia se le había condensado y como explotado trece noches antes de cumplir él los trece años y ahora, veinticinco después, entre cánticos de misas y funerales, sintió que lo habían marcado a hierro como a la hacienda, fraguándole el destino para siempre. Aquella noche de diciembre de 1943 el tren pitó tres veces como lo hacía todos los domingos desde que instalaran la vía férrea y lo seguiría haciendo hasta que fuera definitivamente aventado por la ruta y los camiones. Eran tres gritos agónicos que sacudieron el pueblo invadido por las sombras y el cansancio del calor y un cimbronazo recorrió los vagones que comenzaron a moverse hacia Estero Paí, donde completarían la carga de rollizos de quebracho. Los tres pitos alcanzaron a Simón Chavez que acostumbraba a amasar el pan por las noches para hornearlo de mañana, más por insomne que por industrioso, y de quien se decía que gustaba arroparse en la masa estirada y tierna para ahuyentar la transpiración. Cuando los oyó no estaba amasando porque era domingo. Fumaba en el patio, entretenido en adivinar contornos de mujer en el entrevero vacilante de las estrellas. Fue él quien introdujo a Eliseo Mamaní, aún niño, en el candente claustro de los placeres solitarios al regalarle un almanaque para hombres solos, propaganda de "La Flor del País". Eliseo escondió la foto y se acompaño de ella en las siestas sigilosas, bajo la galería embaldosada de verde que comunicaba con la peluquería de su padre.
De Simón el Panadero algunos afirmaban que estaba acollarado por el sexo y por la muerte y quizás tuvieran razón: su dormitorio bullía de estampas religiosas y adornaba su tablón de amasar con fotos procaces. Por allí se demoraba Eliseo Mamaní, absorto entre crucifijos de hierro y carnes rosadas.
Ese domingo aciago de diciembre de 1943, en el tren que comenzaba a sacudirse después de pitar tres veces, el Padre Domingo Purí había destapado su vianda, que retirara de la pensión de Gómez y se disponía a cenar acompañado del Inspector Ferroviario Isidoro Cañuelas, con el que jugaría luego una partida de ajedrez. No era éste, y lo fue menos aún, un domingo como tantos otros de los primeros de mes en los que realizaba su gira de predicación que lo llevaba de pueblo en pueblo, estación tras estación, repartiendo castigos y perdones, casando, bautizando y enterrando a su escurridiza grey. Mientras el Inspector descorchaba el vino, el Padre Domingo repartía en los platos el puchero de gallina engordado con morcillas y garbanzos, oloroso de albahaca y perejil y en el único vagón de pasajeros penetraba un delgado resplandor que provenía del poniente junto al polvo que levantaban los caballos y las carretas arrastradas por yuntas de bueyes.
Eliseo Mamaní se había quedado mirando partir el tren, perdido entre una pequeña multitud de otros niños que, como él, acababan de tomar su primera comunión, obrajeros ociosos, vecinos de paseo. Todos saludaban la partida del Padre y éste los bendecía sin dejar de triturar huesos y pechugas. Eliseo, empequeñecido junto al buzón de la correspondencia, esperaba, inmóvil. Fueron muchos los que lo vieron con sus ojos sonámbulos y la boca congelada. Nadie se acercó a palmearlo, a sacarlo de su ensimismamiento, porque suponían que las emociones de la ceremonia le habían ocupado el alma. Sin embargo, todos los que se percataron de su gesto - o así lo creyeron luego - lamentarían para siempre su abstención. Y más que nadie, Florentina Tejeras.
"Eliseo Mamaní se sentaba el primero en los bancos de la clase de catecismo, bajo el lapacho florecido, en el patio de la escuela". Tenía las piernas flacas y las rodillas agrietadas y los tobillos eternamente manchados de polvo pero los ojos alucinados sorbían cada frase y giraban al compás de los relatos de martirios y sacrificios. Hace frío en el hogar para ancianos del barrio de Miserere, donde Florentina Tejeras está recordando, veinticinco años después de sucedidos los hechos, sentada en un banco de madera, bajo la techumbre de un patio cubierto. No le gusta la televisión ni jugar a las cartas. Recuerda: "Quizás no debía contarles a los chicos esas historias. Pero me apasionaban tanto, sentía mi propia desdicha reflejada en ellas."
"LOS ENEMIGOS DEL ALMA SON TRES: EL MUNDO, EL DEMONIO Y LA CARNE"
El olor que despide la viejita depositada a su lado sobre la excesiva silla de ruedas es inconfundible pero Florentina está acostumbrada a no moverse de su banco de madera y a su tejido de crochet que produce sobrias carpetas para las mesas del Hogar. Por el patio cubierto vagan sombras quietas, mientras del comedor llega el sonido cascado de una telenovela. Florentina recuerda las ráfagas calientes que perduraban después de caído el sol, la tierra regada despidiendo vapores y el montón de cabecitas de rostros oscuros y pelo sucio y entre ellas la mirada ansiosa de Eliseo. "Estoy segura de que me miraba las piernas. El día en que se dio cuenta que yo lo sabía, enfermó de fiebres violentas y faltó a clase durante una semana. Cuando volvió ya no me miraba. Asistía al catecismo con los ojos hacia el piso. Nunca imaginé las cosas que lo martirizaban. Para mí lo importante era hacer de todos ellos hombres de bien." Florentina calla. La viejita, increíblemente pequeña, casi flota en la oscuridad, asintiendo con la cabeza el rumor de palabras que no entiende ni entenderá.
Varios años habían transcurrido, ese primer domingo de diciembre de 1943, desde la tarde en que Florentina Tejeras arribara al pueblo, huyendo de un fracaso sentimental y de las maledicencias de las vecinas de su barrio de La Paternal. Y aunque al ver deslizarse por las ventanillas del tren las casuchas de barro y paja y los cercos de palo sintió sobre su pecho como una mano de tierra, se juró que no se volvería atrás. Cumpliría con tanto ahínco su promesa que se despediría del pueblo muchos años después, virgen como había llegado pero con las garganta arruinada y las piernas secas.
Su llegada conmoncionó esa rala sociedad de obrajeros, peones y comerciantes, sólo alterada de tanto en tanto por la visita de algún francés de la Compañia de Quebracho o por estropicios del Lobizón, camino del cementerio. El andar de la nueva maestra rumbo a la escuela desató miradas de fingido respeto y oculta avidez. Después la gente se acostumbró a verla pasar sin levantar la cabeza, pero hubo uno que no se acostumbró: era Simón Chavez, el dueño de "La Flor del País" . Nadie del pueblo se percató, salvo Eliseo Mamaní y fue para su desgracia.
"Ese hombre era un demonio". Florentina Tejeras ha hablado en voz alta, sobresaltando a su lado a la viejita, en el Hogar del barrio de Miserere, donde recuerda. "Cuando amasaba el pan, cuando separaba las hogazas con sus grandes manos oscuras blanqueadas por la harina, parecía un sacerdote de alguna antigua religión en el momento del sacrificio. En sus ojos jugaba el mal".
"No podía apartar los míos". Era como si tuvieran el poder de recorrer su cuerpo, desabrochando sus vestidos, deslizándose por su piel hasta dejarla del todo desnuda y ardiente, como esas horribles mujeres de las fotos. "Nunca odié más a un hombre, ni siquiera al que me traicionó cuando estábamos por casarnos. Este era peor, era el mal que no se puede dejar de desear".
No había en el pueblo quien pudiera ayudarla. Por las noches se revolcaba bajo el mosquitero mientras las grandes manos llenas de harina la recorrían, la plegaban, la estiraban, la comprimían como si su cuerpo fuera la dócil masa del pan. A la mañana, arrasados sus sentidos y su voluntad por ráfagas hirvientes, desviaba su camino hacia la escuela y penetraba en el oscuro rancho donde Simón Chávez, espantando el humo, junto a la boca incendiada del horno, con el torso desnudo y chorreando sudor, manejaba con sabiduría la pala. En la tenue luz de la madrugada que entraba desde el patio dormido, Florentina lo veía, simbiosis de obispo y macho cabrío, musitando oraciones en medio de sus láminas pecaminosas, iluminadas por las ráfagas del horno Florentina Tejeras permanecía callada, en la penumbra, esperando el pan que parecía nacer de esas manos que la hacían temblar. Cuando el momento de la consumación llegaba, Florentina sentía que una fuerza atroz la llamaba desde los hombros transpirados y la boca llena de espuma y todo su uerpo se enervaba y se disponía a la entrega. En ese instante nada le importaba; ni los otros vecinos que esperaban junto a ella dentro del local, ni los comentarios de las comadres de La Paternal. Era un largo instante sin tiempo en el que valía la pena consumir toda su vida. Después terminaba de cargar en su canasta las galletas destinadas al matecocido de sus alumnos, pagaba su compra al panadero Simón Chavez y se encaminaba, admirada por los que la veían pasar, a arreglar la capillita que se levantaba junto a la bomba de agua, a la orilla del estero.
Nadie en el pueblo ignoraba que, de todas las enseñanzas del catecismo que dictaba Florentina Tejeras, las que más habían impresionado el alma de Eliseo Mamaní eran las historias de los mártires de los primeros años de la cristiandad. Y si ninguno de sus compañeros pudo olvidar los ojos de las vírgenes arrancados por los soldados, volviendo milagrosamente a las cuencas vacías, lo que no pudo alejar Eliseo fue la imágen de los cuerpos desnudos, a merced de los esbirros y las parrillas humeantes. Estas visiones volvían una y otra vez, al niño, asaltándolo por sorpresa durante el sueño o en pleno día. Eliseo lanzaba entonces gritos de horror y caía de rodillas al suelo, el cuerpo contraído y las manos temblando. Los parroquianos tranquilizaban a su padre, el peluquero, asegurándole que su hijo había nacido para cura. Y hasta obispo, afirmaban.
Por entonces, alguien descubrió a Eliseo una siesta, en el bananal que crecía en el fondo de su casa: tenía las manos abiertas sobre un brasero encendido pero el calor no las agredía, estaban limpias y tiernas. El que lo encontró era un cliente de la peluquería de su padre, que había ido a orinar al fondo. Todos supieron entonces que Eliseo Mamaní iba a llegar a santo.
“ SI TU MANO DERECHA ES PECADORA, CÓRTALA Y ARRÓJALA DE TI. SI TU OJO TE TRAICIONA, ARRÁNCALO LEJOS DE TI “.
Ese domingo de l943 Eliseo Mamaní se levantó muy temprano, antes de salir el sol, en el cuarto donde dormía solo, al extremo de la galería de baldosas verdes que comenzaba en el fondo de la peluquería de su padre. A la misma hora, y sin saberlo, su maestra de catecismo, Florentina Tejeras, apartaba violentamente el mosquitero y escapaba de su lecho en la pensi6n de Gomez, el torso blanco reflejando su transpiración en la luna del espejo. "Todavía tenía el cuerpo joven " musita ahora mientras recuerda lo sucedido veinticinco años atrás, ahora, en el hogar para ancianos del barrio de Miserere. También está recordando Eliseo Mamaní, mientras las voces del coro retumban el "De Profundis" en las altas columnas de la Basílica. Había tenido una noche particularmente agitada, las vísperas de ese primer domingo de 1943, en que tomaría su primera comunión. La imagen de la Santa sacrificada se le había aparecido repetidas veces en el sueño, confundiéndose con la figura del almanaque y con su maestra de catecismo.
Vomitando, ardiendo de fiebre, se arrodilló frente a las figuras que su madre había colgado en el dormitorio y rezó con desesperación. Florentina Tejeras, frente al espejo, trataba de lavarse con un trapo húmedo los restos de las caricias que Simón el panadero había dejado sobre su cuerpo durante el sueño. Cuando el horizonte retorcido del monte empezó a dejarse ver contra la claridad del alba, abrió la tranquera y salió.
La noche había sido calurosa pero ahora, al alba, unas ráfagas frescas acercaban al pueblo los olores y los ruidos del estero. Florentina esquivó dos enormes sombras que se estremecieron sin dejar de rumiar: eran los bueyes de Romero, el vecino de la pensión, contratista de La Compañía para acarrear rollizos de quebracho hasta la estación del tren. Romero estaba mateando mientras presentía a sus bueyes brillar en el rocío de la noche y vio pasar a Florentina corno una mancha junto al paredón del galpón de máquinas. “Va a cambiar las flores a la capilla” pensó; y se solazó por anticipado con la fiesta que gozaría el pueblo, ese día de la primera comunión de los niños. Después de las ceremonias, asado y empanadas, carrera de sortijas y fuegos artificiales. Y como cierre el lanzamiento del globo de papel alimentado al calor de una antorcha, elevándose mágicamente en le noche. Y se alegró de que les ceremonias estuvieran presididas por el Padre Domingo Purí, un cura afable y sanguíneo de quien todos los hombres de su parroquia, a varios kilómetros a la redonda, decían, después de un guiño cómplice que “sabía vivir y dejaba vivir”.
Florentina Tejeras caminaba hacia la capilla a cambiar las flores y a asearla pero el llegar al cruce con la senda que bordeaba el tajamar vio una luz brillando al frente y no se desvió. Solo cuando estuvo a unos pasos se dio cuenta de que el resplandor salía de la ventana de la pieza de Eliseo Mamaní, sobre la galería de baldosas de la peluquería de su padre. Aterida de frío y ansiedad, Florentina empujó la tranquera. La espesa sombra de Lobo, el perro de la casa, se le refregó en las piernas al reconocerla. Miró a través de la tela metálica de la ventana iluminada: vio al niño desnudo, vio la llama del farol ennegreciendo su carne sin quemarla, vio la sombra del crucifijo que se alargaba en la pared, vio la foto del almanaque, los pezones rosados, la mano sugerente posada sobre el muslo, la mirada golosa. Florentina vaciló en un vértigo. Súbitamente el mundo entero se la apareció corno poseído por el pecado, sin posibilidad de salvación. Quiso llamar al niño, golpearlo, golpearse a sí misma. Sentía que entre Eliseo y ella, su maestra de catecismo, se había formado un lazo de carne y fuego. Entonces llegó hasta ella una ráfaga de humo con olor a leña quemada y supo que venía de la fábrica de Simón el panadero. Lobo se estremeció y su lengua húmeda le acarició la mano. La retiró con horror. Al enorme perro le brillaban los ojos en la luz del alba. Florentina huyo de allí y corrió por el borde del tajamar que empezaba a enrojecerse hasta alcanzar la capilla. "Nunca me resultó tan pesado abrir la reja de hierro" recuerda ahora, veinticinco años después, en el Hogar del barrio de Misereare. Los dedos se le enredaban en la cadena y el candado y cuando la puerta cedió fue a dar al suelo de baldosas, frente al altar, y quedó allí, el cuerpo ardiendo contra el piso frío y la mirada de la Virgen sobre su espalda. "Cuando me repuse el sol entraba en la capilla y escuché; el pitar del tren que traía al Padre Domingo Purí para las ceremonias. Supe que no iba a dejar pasar ese día sin confesárselo todo. Creía que era un hombre de bien y después de todo era el representante de la bondad de Dios sobre la Tierra".
El sonido de las campanas de la Basílica interrumpe los recuerdos de Florentina Tejeras en el Hogar de ancianos. Ha llegado la hora de la misa. En la Basílica el director del coro ha suspendido los ensayos y Eliseo Mamaní sale de la fila y se acerca a la ventana que da hacia el patio. Allí abajo un sacerdote detiene el juego de los niños y los llama a formar filas, preparándolos para la misa. Están inquietos y ansiosos y Eliseo recuerda le mañana del domingo de 1943 en que, también formados en fila, esperaban la llegada del tren que traía al Padre Domingo Purí. Mezclado con sus compañeros Eliseo escondía sus manos llagadas y un terror suave le apretaba los flancos y no le dejaba ver el sol y las banderas. Pero vio los ojos de su maestra de catecismo clavados en los sayos y creyó adivinar sus labios abiertos y la sonrisa que lo llamaba.
En la Basílica la misa ha comenzado. En el coro, atento a las señas del director, uno más entre los uniformes azules y blancos, Eliseo espera y nadie lo ve excepto su antigua maestra de catecismo, Florentina Tejeras, que lo escucha y recuerda junto con él. Nadie en el pueblo había reparado en el largo encierro del Padre Domingo Purí y la maestra, en el salón de paja y barro que se utilizaba para dictar las clases de sexto grado, mientras los niños que iban a confesarse para tomar su primera comunión esperaban en el patio florecido de lapachos. Nadie, excepto Eliseo Mamaní y Florentina lo notó al salir por la puerta al sol, cuando vio la mirada infantil recorrer su propia piel estrujada de harina.
Después comenzaron a avanzar. los niños en fila, uno a uno. Cuanto más se aproximaba a esa oscura puerta, menos podía Eliseo Mamaní soportar el temblor que lo sacudía, no importa que se clavara las uñas en las palmas arrasadas por el fuego hasta hacerlas sangrar. Florentina Tejeras custodiaba esa puerta y hacia pasar a los niños.
Al llegar a ella Eliseo sintió de súbito un fuerte olor, mezcla de pan recién sacado del horno y humo de leña o - imagina ahora, veinticinco años después- quizás fuera de incienso y macho cabrío. Era un olor agudo que le hizo levantar los ojos y entonces vio el rostro de su maestra arrebatado, como la viera salir por esa misma puerta, luego de su tumultuosa confesión.
Florentina Tejeras no supo entonces, lo sabe ahora, mientras el coro alcanza las notas más agudas del “De Profundas” y la voz de Eliseo Mamaní vibra y se destaca aguda en la penumbra de la Basílica, no supo Florentina Tejeras que ese pobre niño aterrorizado no iba a alcanzar la paz hasta que no se consumaran los hechos que lo estaban esperando.
No lo sabía - pero lo sabe ahora- que ese día iba a terminar con un grito horrendo, con unas tijeras de níquel ensangrentadas, con un niño de mirada absorta y un charco rojo creciendo silencioso bajo sus pies, sobre las baldosas verdes de la gatería de su casa, donde lo encontraron los vecinos cuando las pitadas del tren que llevaba al Padre Domingo Purí desgarraban el atardecer hacia Estero Paí. Pero entonces no lo sabía y el niño parpadeaba enceguecido buscando al Padre desde esa puerta oscura hasta descubrirlo en un rincón, bebiendo limonada, las manos y la sotana blanqueadas de harina.
*****************
16
De Simón el Panadero algunos afirmaban que estaba acollarado por el sexo y por la muerte y quizás tuvieran razón: su dormitorio bullía de estampas religiosas y adornaba su tablón de amasar con fotos procaces. Por allí se demoraba Eliseo Mamaní, absorto entre crucifijos de hierro y carnes rosadas.
Ese domingo aciago de diciembre de 1943, en el tren que comenzaba a sacudirse después de pitar tres veces, el Padre Domingo Purí había destapado su vianda, que retirara de la pensión de Gómez y se disponía a cenar acompañado del Inspector Ferroviario Isidoro Cañuelas, con el que jugaría luego una partida de ajedrez. No era éste, y lo fue menos aún, un domingo como tantos otros de los primeros de mes en los que realizaba su gira de predicación que lo llevaba de pueblo en pueblo, estación tras estación, repartiendo castigos y perdones, casando, bautizando y enterrando a su escurridiza grey. Mientras el Inspector descorchaba el vino, el Padre Domingo repartía en los platos el puchero de gallina engordado con morcillas y garbanzos, oloroso de albahaca y perejil y en el único vagón de pasajeros penetraba un delgado resplandor que provenía del poniente junto al polvo que levantaban los caballos y las carretas arrastradas por yuntas de bueyes.
Eliseo Mamaní se había quedado mirando partir el tren, perdido entre una pequeña multitud de otros niños que, como él, acababan de tomar su primera comunión, obrajeros ociosos, vecinos de paseo. Todos saludaban la partida del Padre y éste los bendecía sin dejar de triturar huesos y pechugas. Eliseo, empequeñecido junto al buzón de la correspondencia, esperaba, inmóvil. Fueron muchos los que lo vieron con sus ojos sonámbulos y la boca congelada. Nadie se acercó a palmearlo, a sacarlo de su ensimismamiento, porque suponían que las emociones de la ceremonia le habían ocupado el alma. Sin embargo, todos los que se percataron de su gesto - o así lo creyeron luego - lamentarían para siempre su abstención. Y más que nadie, Florentina Tejeras.
"Eliseo Mamaní se sentaba el primero en los bancos de la clase de catecismo, bajo el lapacho florecido, en el patio de la escuela". Tenía las piernas flacas y las rodillas agrietadas y los tobillos eternamente manchados de polvo pero los ojos alucinados sorbían cada frase y giraban al compás de los relatos de martirios y sacrificios. Hace frío en el hogar para ancianos del barrio de Miserere, donde Florentina Tejeras está recordando, veinticinco años después de sucedidos los hechos, sentada en un banco de madera, bajo la techumbre de un patio cubierto. No le gusta la televisión ni jugar a las cartas. Recuerda: "Quizás no debía contarles a los chicos esas historias. Pero me apasionaban tanto, sentía mi propia desdicha reflejada en ellas."
"LOS ENEMIGOS DEL ALMA SON TRES: EL MUNDO, EL DEMONIO Y LA CARNE"
El olor que despide la viejita depositada a su lado sobre la excesiva silla de ruedas es inconfundible pero Florentina está acostumbrada a no moverse de su banco de madera y a su tejido de crochet que produce sobrias carpetas para las mesas del Hogar. Por el patio cubierto vagan sombras quietas, mientras del comedor llega el sonido cascado de una telenovela. Florentina recuerda las ráfagas calientes que perduraban después de caído el sol, la tierra regada despidiendo vapores y el montón de cabecitas de rostros oscuros y pelo sucio y entre ellas la mirada ansiosa de Eliseo. "Estoy segura de que me miraba las piernas. El día en que se dio cuenta que yo lo sabía, enfermó de fiebres violentas y faltó a clase durante una semana. Cuando volvió ya no me miraba. Asistía al catecismo con los ojos hacia el piso. Nunca imaginé las cosas que lo martirizaban. Para mí lo importante era hacer de todos ellos hombres de bien." Florentina calla. La viejita, increíblemente pequeña, casi flota en la oscuridad, asintiendo con la cabeza el rumor de palabras que no entiende ni entenderá.
Varios años habían transcurrido, ese primer domingo de diciembre de 1943, desde la tarde en que Florentina Tejeras arribara al pueblo, huyendo de un fracaso sentimental y de las maledicencias de las vecinas de su barrio de La Paternal. Y aunque al ver deslizarse por las ventanillas del tren las casuchas de barro y paja y los cercos de palo sintió sobre su pecho como una mano de tierra, se juró que no se volvería atrás. Cumpliría con tanto ahínco su promesa que se despediría del pueblo muchos años después, virgen como había llegado pero con las garganta arruinada y las piernas secas.
Su llegada conmoncionó esa rala sociedad de obrajeros, peones y comerciantes, sólo alterada de tanto en tanto por la visita de algún francés de la Compañia de Quebracho o por estropicios del Lobizón, camino del cementerio. El andar de la nueva maestra rumbo a la escuela desató miradas de fingido respeto y oculta avidez. Después la gente se acostumbró a verla pasar sin levantar la cabeza, pero hubo uno que no se acostumbró: era Simón Chavez, el dueño de "La Flor del País" . Nadie del pueblo se percató, salvo Eliseo Mamaní y fue para su desgracia.
"Ese hombre era un demonio". Florentina Tejeras ha hablado en voz alta, sobresaltando a su lado a la viejita, en el Hogar del barrio de Miserere, donde recuerda. "Cuando amasaba el pan, cuando separaba las hogazas con sus grandes manos oscuras blanqueadas por la harina, parecía un sacerdote de alguna antigua religión en el momento del sacrificio. En sus ojos jugaba el mal".
"No podía apartar los míos". Era como si tuvieran el poder de recorrer su cuerpo, desabrochando sus vestidos, deslizándose por su piel hasta dejarla del todo desnuda y ardiente, como esas horribles mujeres de las fotos. "Nunca odié más a un hombre, ni siquiera al que me traicionó cuando estábamos por casarnos. Este era peor, era el mal que no se puede dejar de desear".
No había en el pueblo quien pudiera ayudarla. Por las noches se revolcaba bajo el mosquitero mientras las grandes manos llenas de harina la recorrían, la plegaban, la estiraban, la comprimían como si su cuerpo fuera la dócil masa del pan. A la mañana, arrasados sus sentidos y su voluntad por ráfagas hirvientes, desviaba su camino hacia la escuela y penetraba en el oscuro rancho donde Simón Chávez, espantando el humo, junto a la boca incendiada del horno, con el torso desnudo y chorreando sudor, manejaba con sabiduría la pala. En la tenue luz de la madrugada que entraba desde el patio dormido, Florentina lo veía, simbiosis de obispo y macho cabrío, musitando oraciones en medio de sus láminas pecaminosas, iluminadas por las ráfagas del horno Florentina Tejeras permanecía callada, en la penumbra, esperando el pan que parecía nacer de esas manos que la hacían temblar. Cuando el momento de la consumación llegaba, Florentina sentía que una fuerza atroz la llamaba desde los hombros transpirados y la boca llena de espuma y todo su uerpo se enervaba y se disponía a la entrega. En ese instante nada le importaba; ni los otros vecinos que esperaban junto a ella dentro del local, ni los comentarios de las comadres de La Paternal. Era un largo instante sin tiempo en el que valía la pena consumir toda su vida. Después terminaba de cargar en su canasta las galletas destinadas al matecocido de sus alumnos, pagaba su compra al panadero Simón Chavez y se encaminaba, admirada por los que la veían pasar, a arreglar la capillita que se levantaba junto a la bomba de agua, a la orilla del estero.
Nadie en el pueblo ignoraba que, de todas las enseñanzas del catecismo que dictaba Florentina Tejeras, las que más habían impresionado el alma de Eliseo Mamaní eran las historias de los mártires de los primeros años de la cristiandad. Y si ninguno de sus compañeros pudo olvidar los ojos de las vírgenes arrancados por los soldados, volviendo milagrosamente a las cuencas vacías, lo que no pudo alejar Eliseo fue la imágen de los cuerpos desnudos, a merced de los esbirros y las parrillas humeantes. Estas visiones volvían una y otra vez, al niño, asaltándolo por sorpresa durante el sueño o en pleno día. Eliseo lanzaba entonces gritos de horror y caía de rodillas al suelo, el cuerpo contraído y las manos temblando. Los parroquianos tranquilizaban a su padre, el peluquero, asegurándole que su hijo había nacido para cura. Y hasta obispo, afirmaban.
Por entonces, alguien descubrió a Eliseo una siesta, en el bananal que crecía en el fondo de su casa: tenía las manos abiertas sobre un brasero encendido pero el calor no las agredía, estaban limpias y tiernas. El que lo encontró era un cliente de la peluquería de su padre, que había ido a orinar al fondo. Todos supieron entonces que Eliseo Mamaní iba a llegar a santo.
“ SI TU MANO DERECHA ES PECADORA, CÓRTALA Y ARRÓJALA DE TI. SI TU OJO TE TRAICIONA, ARRÁNCALO LEJOS DE TI “.
Ese domingo de l943 Eliseo Mamaní se levantó muy temprano, antes de salir el sol, en el cuarto donde dormía solo, al extremo de la galería de baldosas verdes que comenzaba en el fondo de la peluquería de su padre. A la misma hora, y sin saberlo, su maestra de catecismo, Florentina Tejeras, apartaba violentamente el mosquitero y escapaba de su lecho en la pensi6n de Gomez, el torso blanco reflejando su transpiración en la luna del espejo. "Todavía tenía el cuerpo joven " musita ahora mientras recuerda lo sucedido veinticinco años atrás, ahora, en el hogar para ancianos del barrio de Miserere. También está recordando Eliseo Mamaní, mientras las voces del coro retumban el "De Profundis" en las altas columnas de la Basílica. Había tenido una noche particularmente agitada, las vísperas de ese primer domingo de 1943, en que tomaría su primera comunión. La imagen de la Santa sacrificada se le había aparecido repetidas veces en el sueño, confundiéndose con la figura del almanaque y con su maestra de catecismo.
Vomitando, ardiendo de fiebre, se arrodilló frente a las figuras que su madre había colgado en el dormitorio y rezó con desesperación. Florentina Tejeras, frente al espejo, trataba de lavarse con un trapo húmedo los restos de las caricias que Simón el panadero había dejado sobre su cuerpo durante el sueño. Cuando el horizonte retorcido del monte empezó a dejarse ver contra la claridad del alba, abrió la tranquera y salió.
La noche había sido calurosa pero ahora, al alba, unas ráfagas frescas acercaban al pueblo los olores y los ruidos del estero. Florentina esquivó dos enormes sombras que se estremecieron sin dejar de rumiar: eran los bueyes de Romero, el vecino de la pensión, contratista de La Compañía para acarrear rollizos de quebracho hasta la estación del tren. Romero estaba mateando mientras presentía a sus bueyes brillar en el rocío de la noche y vio pasar a Florentina corno una mancha junto al paredón del galpón de máquinas. “Va a cambiar las flores a la capilla” pensó; y se solazó por anticipado con la fiesta que gozaría el pueblo, ese día de la primera comunión de los niños. Después de las ceremonias, asado y empanadas, carrera de sortijas y fuegos artificiales. Y como cierre el lanzamiento del globo de papel alimentado al calor de una antorcha, elevándose mágicamente en le noche. Y se alegró de que les ceremonias estuvieran presididas por el Padre Domingo Purí, un cura afable y sanguíneo de quien todos los hombres de su parroquia, a varios kilómetros a la redonda, decían, después de un guiño cómplice que “sabía vivir y dejaba vivir”.
Florentina Tejeras caminaba hacia la capilla a cambiar las flores y a asearla pero el llegar al cruce con la senda que bordeaba el tajamar vio una luz brillando al frente y no se desvió. Solo cuando estuvo a unos pasos se dio cuenta de que el resplandor salía de la ventana de la pieza de Eliseo Mamaní, sobre la galería de baldosas de la peluquería de su padre. Aterida de frío y ansiedad, Florentina empujó la tranquera. La espesa sombra de Lobo, el perro de la casa, se le refregó en las piernas al reconocerla. Miró a través de la tela metálica de la ventana iluminada: vio al niño desnudo, vio la llama del farol ennegreciendo su carne sin quemarla, vio la sombra del crucifijo que se alargaba en la pared, vio la foto del almanaque, los pezones rosados, la mano sugerente posada sobre el muslo, la mirada golosa. Florentina vaciló en un vértigo. Súbitamente el mundo entero se la apareció corno poseído por el pecado, sin posibilidad de salvación. Quiso llamar al niño, golpearlo, golpearse a sí misma. Sentía que entre Eliseo y ella, su maestra de catecismo, se había formado un lazo de carne y fuego. Entonces llegó hasta ella una ráfaga de humo con olor a leña quemada y supo que venía de la fábrica de Simón el panadero. Lobo se estremeció y su lengua húmeda le acarició la mano. La retiró con horror. Al enorme perro le brillaban los ojos en la luz del alba. Florentina huyo de allí y corrió por el borde del tajamar que empezaba a enrojecerse hasta alcanzar la capilla. "Nunca me resultó tan pesado abrir la reja de hierro" recuerda ahora, veinticinco años después, en el Hogar del barrio de Misereare. Los dedos se le enredaban en la cadena y el candado y cuando la puerta cedió fue a dar al suelo de baldosas, frente al altar, y quedó allí, el cuerpo ardiendo contra el piso frío y la mirada de la Virgen sobre su espalda. "Cuando me repuse el sol entraba en la capilla y escuché; el pitar del tren que traía al Padre Domingo Purí para las ceremonias. Supe que no iba a dejar pasar ese día sin confesárselo todo. Creía que era un hombre de bien y después de todo era el representante de la bondad de Dios sobre la Tierra".
El sonido de las campanas de la Basílica interrumpe los recuerdos de Florentina Tejeras en el Hogar de ancianos. Ha llegado la hora de la misa. En la Basílica el director del coro ha suspendido los ensayos y Eliseo Mamaní sale de la fila y se acerca a la ventana que da hacia el patio. Allí abajo un sacerdote detiene el juego de los niños y los llama a formar filas, preparándolos para la misa. Están inquietos y ansiosos y Eliseo recuerda le mañana del domingo de 1943 en que, también formados en fila, esperaban la llegada del tren que traía al Padre Domingo Purí. Mezclado con sus compañeros Eliseo escondía sus manos llagadas y un terror suave le apretaba los flancos y no le dejaba ver el sol y las banderas. Pero vio los ojos de su maestra de catecismo clavados en los sayos y creyó adivinar sus labios abiertos y la sonrisa que lo llamaba.
En la Basílica la misa ha comenzado. En el coro, atento a las señas del director, uno más entre los uniformes azules y blancos, Eliseo espera y nadie lo ve excepto su antigua maestra de catecismo, Florentina Tejeras, que lo escucha y recuerda junto con él. Nadie en el pueblo había reparado en el largo encierro del Padre Domingo Purí y la maestra, en el salón de paja y barro que se utilizaba para dictar las clases de sexto grado, mientras los niños que iban a confesarse para tomar su primera comunión esperaban en el patio florecido de lapachos. Nadie, excepto Eliseo Mamaní y Florentina lo notó al salir por la puerta al sol, cuando vio la mirada infantil recorrer su propia piel estrujada de harina.
Después comenzaron a avanzar. los niños en fila, uno a uno. Cuanto más se aproximaba a esa oscura puerta, menos podía Eliseo Mamaní soportar el temblor que lo sacudía, no importa que se clavara las uñas en las palmas arrasadas por el fuego hasta hacerlas sangrar. Florentina Tejeras custodiaba esa puerta y hacia pasar a los niños.
Al llegar a ella Eliseo sintió de súbito un fuerte olor, mezcla de pan recién sacado del horno y humo de leña o - imagina ahora, veinticinco años después- quizás fuera de incienso y macho cabrío. Era un olor agudo que le hizo levantar los ojos y entonces vio el rostro de su maestra arrebatado, como la viera salir por esa misma puerta, luego de su tumultuosa confesión.
Florentina Tejeras no supo entonces, lo sabe ahora, mientras el coro alcanza las notas más agudas del “De Profundas” y la voz de Eliseo Mamaní vibra y se destaca aguda en la penumbra de la Basílica, no supo Florentina Tejeras que ese pobre niño aterrorizado no iba a alcanzar la paz hasta que no se consumaran los hechos que lo estaban esperando.
No lo sabía - pero lo sabe ahora- que ese día iba a terminar con un grito horrendo, con unas tijeras de níquel ensangrentadas, con un niño de mirada absorta y un charco rojo creciendo silencioso bajo sus pies, sobre las baldosas verdes de la gatería de su casa, donde lo encontraron los vecinos cuando las pitadas del tren que llevaba al Padre Domingo Purí desgarraban el atardecer hacia Estero Paí. Pero entonces no lo sabía y el niño parpadeaba enceguecido buscando al Padre desde esa puerta oscura hasta descubrirlo en un rincón, bebiendo limonada, las manos y la sotana blanqueadas de harina.
*****************
16
2420


Cargando comentarios...