FABULA DE LOS GORILAS Y LOS MONOS TITÍ
Situémonos, con un alarde de imaginación, en un país donde abundan selvas jugosas pero también ardidos desiertos que avanzan y retroceden los unos sobre los otros al compás de los caprichos del clima.
 
Este vergel era habitado por enormes gorilas que imponían su poder sobre todo el lugar. Nadie se atrevía a desafiarlos y menos aún la miríada de monitos tití, esos seres pequeñitos e indisciplinados que se la pasan jugando de rama en rama buscando alimento mientras  esquivan los peligros del bosque.
 
Los gorilas imponían su ley. Y al que no la aceptara le esperaban salvajes castigos, el peor de ellos el de ser extraditados al temido desierto donde vagaban pesarosos y se alimentaban de raíces. Pero eso no bastaba para evitar que surgiera de cuando en cuando un loquito que navegaba por las altas ramas haciendo burlas y muecas obscenas hacia los grandes simios que los miraban  bufando de ira por  no poder trepar tan arriba de los árboles.
 
Ustedes se preguntarán cómo hacían para atrapar a esos pequeños parientes (lejanos) para castigarlos. Nada más fácil de comprender. Contaban para ello con la inestimable colaboración de los tití-plus, llamados así porque se la pasaban envidiando a los gorilas su porte majestuoso y colaborando con ellos. Estos tití-plus eran entrenados noche y día por los gorilas para alcanzar en las altas ramas a los rebeldes y confinarlos al destierro. Como agradecimiento a su inestimable colaboración los gorilas les proveían de unas pocas bananas y otras chucherías. Olvidábamos decir que los gorilas contaban con  vastos almacenes de frutas, insectos, nueces, etc. que obtenían de los obedientes tití-adapted amplia masa de pequeños que  se acogían al abrigo de sus grandes parientes.
 
Se creerá que entre los gorilas no había diferencias ni peleas. Nada más lejos de la verdad. Los bichos más fuertes y despiertos se aprovechaban de sus cualidades para someter a sus congéneres y así aumentar su poder. Para hacerlo se aprovechaban de su control sobre el depósito de bananas y de un procedimiento original y pocas veces visto: estos poderosos simios, conocedores del clima cambiante que vaiveneaba entre los períodos de grandes lluvias y los de sequía, emitían unas hojitas numeradas llamadas hojas-vale-plus (ya veremos por qué) que prestaban al resto de los gorilas y a los otros  habitantes del bosque y que teóricamente posibilitaba a cada uno retirar su porción de maduras bananas e inquietas hormigas cuando ellos lo desearan.
 
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Tan grande aceptación tenía este sistema que todos, imitando a los gorilas más poderosos, se la pasaban intercambiando entre sí las hojas-vale-plus y hasta los más avispados emitían sus propias hojas-vale (no confundir con las hojas-vale-plus).
 
Algunos llamaban a este sistema Just-in-time-system porque los afortunados emisores de los vales convencieron a todos de que podrían retirar de los depósitos los bienes que necesitaran (con más los intereses) por el sólo hecho de presentarse mostrando sus vales Todos pensaban que había sido igual por los siglos de los siglos -los tití tienen muy mala memoria- y por lo tanto muy pocos se animaban a criticarlo y menos a combatirlo.
 
El sistema crecía cada vez más hasta llegar el momento en que todos olvidaban el origen de las hojas-vale como medio de cambio para obtener alimentos ya que ahora muchos se dedicaban alegremente a acumularlos y hasta a emitirlos.    Ya ni hizo falta poseer las hojas-vale: bastaba que en enormes hojas-planillas se anotara la cantidad que poseía cada uno para poder utilizar los montos registrados a su nombre. Y, claro, después de llegado a ese punto empezaron a  existir grandes monos y titís que vivían de rentas sin otra cosa que hacer que  cobrar sus ganancias. Y esto incrementaba cada vez el interés de todos por obtener más y más anotaciones en las planillas.
 
Para colmo (¡cuanta liviandad de seso!) se formó la asociación de simios-sabios, seres prodigiosos que aprobaban o reprendían a los que hacían mal uso del sistema, el peor de ellos: emitir sus propios hojas-vale en exceso. Cuando esto ocurría los castigos podían variar desde imponer a estos desviados el solicitar hojas-vale-plus (aquellos emitidos por los grandes monos) adicionales y la quemazón en hoguera de los devaluados hojas-vale comunes entre las danzas y cohetes de la población; o hasta enviar al desierto a los más rebeldes e indisciplinados y apropiarse de todos sus bienes.
 
Nadie quería salirse del sistema: era tal el grado de aceptación del mismo que cada vez más simios (grandes y pequeños)  empezaron a endeudarse a futuro, adquiriendo el derecho sobre árboles por crecer,  plantas de  banana por brindar sus frutos y hasta viajes de placer organizados por hábiles emprendedores, algunos hacia espaciosas aguadas donde se bañaban y retozaban y otros hasta el desierto para ver a los simios castigados.
 
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Y así el bosque transcurría sus días y sus noches pensando que no había ni mejor ni peor vida que la que le tocaba a cada cual. Hasta que las grandes lluvias expandieron la foresta, que entregaba más y más a todos, bienes en abundancia, flores, frutas y toda clase de exquisiteces.
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Entonces nadie quedó afuera del sistema. Los simios castigados también podían obtener títulos para demostrar que ahora ejercitaban un perfecto comportamiento y su derecho a regresar a los acogedores bosques.
 
Cuando ya las hojas-vale no alcanzaban para todos, los simios grandes-grandes perfeccionaron el sistema: inventaron pedacitos de maderas pulidas con el nombre de sus felices propietarios en base a su capacidad de obtener hojas-vale. La posesión de estas maderitas daban tanto lustre a sus poseedores que muchos poseían gran número de las mismas, y se paseaban ufanos con las mismas colgando de sus cuellos para envidia de los demás, que corrían a los depósitos de hojas-vale para obtener las suyas. Además se puso de moda comprar la deuda de los morosos (por supuesto a un valor mucho menor que el nominal). Y, después de vender rápidamente sus bienes, volverlos a poner en venta.
 
Llegó un momento en que no fue necesario poseer bienes (tales como bananas, planillas, árboles o aguadas) para obtener más hojas-vale o maderitas. Bastaba con demostrar que uno poseía a futuro la capacidad de obtenerlas.
 
 Entonces se desató el delirio: todos corrían de aquí para allá emitiendo chillidos y ronquidos de satisfacción pensando que eran ricos o más, millionarios o trillonarios. El valor de los hojas-vale crecía por sí sólo y todos vivían en el mejor de los mundos pensando que nunca iba a fallar o detenerse.
 
Nadie se percató (bueno, nadie no, los simios-sabios sí lo sabían) que no tardaría en llegar, como llegó, uno de los cambios de clima que hicieron avanzar el desierto sobre la selva. Los primeros afectados fueron los que vivían en el confín del bosque, los cuales, en su desesperación ante la inminente miseria, vendían todos sus bienes y acreencias para obtener un lugar al abrigo de las inclemencias.
 
La estampida fue fatal. Las hojas-vale empezaron a perder su valor, también las maderitas y hasta las planillas que reflejaban la riqueza teórica de los habitantes del bosque. Todos se empobrecieron.
 
Todos no, los que manejaban las planillas se quedaron con los bienes de la mayoría.
 
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Los grandes simios tampoco cayeron en la miseria, dado su poder innato. Hasta los tití colaboradores y sus propios depósitos de hojitas se salvaron mientras todos se hundían en la miseria y los árboles, las aguadas y los bananales quedaron en manos de los pocos que se salvaron.
 
Los demás terminaron más pobres que nunca y acudieron a los monos sabios en procura de consejos. Estos recomendaban a los desesperados deshacerse de sus bienes (que se acumularon en manos de los que se salvaron) y reconocerse como pobres, dejando de comer y divertirse. Dijeron que si hacían buena letra, aguantando así, podrían llegar hasta la próxima estación de las lluvias en la que todos podrían volver a retozar.
 
¡Ah!, un detalle que se escapaba: también se salvaron algunos de los simios expatriados, los que, acostumbrados a valerse por sus propios medios, sin ambiciones ni proyectos de riqueza futura, siguieron alimentándose de raíces y de insectos que encontraban en el desierto, acostumbrados a su mala suerte.
 
Y esta fábula continúa.
 
NOTA BENE: TODOS-TODOS ESTAN INVITADOS A ENRIQUECER ESTA FÁBULA Y AGREGAR SUS PROPIAS EXPERIENCIAS Y CONOCIMIENTOS, HACIÉNDOLA CIRCULAR Y MULTIPLICAR Y/O TRADUCIR. SÓLO SE LES PIDE QUE ME HAGAN LLEGAR LAS NUEVAS VERSIONES, PARA RELANZARLAS. Y, ADEMÁS,  RECORDAR AMABLEMENTE ESTA FUENTE
 
Oscar Daniell
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