Inasibles
¿De qué se rige la lealtad? ¿En qué territorio de nuestro intrincado sentir comenzamos a rendirle cuentas a otro por el mero hecho de haberlo querido? Me pregunto si se trata de un valor intrínseco a nuestra condición humana o si, por el contrario, no es más que un conjunto de normas abstractas al que hemos decidido investir de semejante dignidad.
Miro a mi alrededor y encuentro militancias sin convicción, amores sin esfuerzo, personas efímeras, volátiles, errantes dentro de un círculo de satisfacción individual y desmedida. Entonces, ¿dónde resuena la lealtad? ¿Es acaso el cerebro quien conduce los hilos de nuestro accionar? ¿O debería ser el corazón quien, contra toda lógica, determine aquello que estamos dispuestos a sostener?
Devenimos constantemente en alguien distinto, habitados por pensamientos ajenos, nuevas personalidades, otras risas, otros dolores… como si la permanencia se hubiese convertido en la forma más inaccesible de virtud de este siglo. Y, sin embargo, recuerdo haber sido leal. A mis amigos, a mis discos, a ese pequeño sueño de la infancia que sobrevivía al paso cada vez más áspero de la madurez. Por alguna razón, nunca los solté. Tampoco me solté a mí mismo.
Supongo que la lealtad consiste, al menos, en custodiar el ideal de quien quise ser y de aquello que alguna vez amé. Cuidarlo en la cercanía y también en la distancia, sin convertir el recuerdo en un arma ni atentar contra su propia existencia. Como si la ética, en algún punto, dejara de ser visible y se transformara en una decisión transparente: una forma silenciosa de no traicionar aquello que alguna vez nos hizo profundamente felices.
Nunca hablé de ella. Preferí conservar aquello que me había hecho profunda y palpablemente feliz. Alguna vez escuché que, cuando no se tiene nada bueno que decir, es mejor guardar silencio. Y la cuidé. Cuidé mi ilusión, cuidé la memoria de lo que había sido, y me gusta pensar que continué actuando de la manera en que ella hubiese querido que lo hiciera.
Pero no fue su caso.
Ella estrujó, arrebató y finalmente desintegró esa palabra que tantas veces repito, como si al pronunciarla pudiera todavía encontrarle un sentido: Lealtad.
¿Leal? A mí no lo fue. Me demostró lo deslucido de mi presencia, la suficiencia de lo reemplazable, la preponderancia de aquello que siempre puede ocupar el lugar de otra cosa.
Quizá sí lo fue consigo misma.
Y entonces comprendo que, tal vez, jamás llegué a conocerla.
Quizá guardé silencio ante la versión que ella contó por la vergüenza de haber sido quien fui; quizá, más verdaderamente, por el dolor de haberme permitido semejante cercanía.
No sé si fue cobardía, pudor o una forma más íntima de duelo. Hay algo que todavía me resulta difícil admitir: que quizá no me dolió solamente lo que ella hizo, sino haberle concedido el lugar desde el cual pudo hacerlo.
Yo no voy a reemplazarla. Sería asesinar mi propia dificultad de amar. Sería rendirme ante la evidencia de una persona que encarna la mentira sin necesariamente saber que la encarna.
¿Miente quien desconoce su propia mentira?
Quizá no.
Quizá simplemente habita, brevemente, las vidas de otros; toma de ellas una forma, un lenguaje, una manera de querer, y después continúa su tránsito, dejando detrás de sí aquello que los demás confundimos con permanencia.
Tal vez no haya engaño donde nunca hubo conciencia. Tal vez solamente haya personas que pasan por nosotros sin haber llegado jamás a estar en ninguna parte.




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