Una nariz aspiraba y expulsaba aire con premura en busca de cualquier atisbo de ese olor, un olor que siempre traía consigo el sabor amargo del peligro. ¿Cuántos ya habían desaparecido? ¿Dos el último mes? Un sudor frío le recorría las patas al pensar que quizá este sería su último día. A veces, en esos momentos, se le cruzaba por la mente la imagen de su madre llorando frente a su tumba.

Cuando estuvo segura de no sentir ningún olor gatuno, se levantó del suelo. No deseaba mirar mucho por encima de las hojas del sembradío, porque el color blanco de su cabeza destacaba como petróleo en nieve. A un par de metros estaban sus compañeros, sí. Pero no cambiaría nada a la hora de la verdad.

Con ese pensamiento retumbando en su cabeza, Brinco se volvió con sigilo. Lentamente, se colocó junto al tallo de una zanahoria. Escarbó un poco para dejar a la vista la raíz. Enterró los dientes en el inicio de ella y tiró hacia arriba. Nada. Se plantó con mayor fuerza en el suelo, clavando las patas que temblaban más de lo que quería admitir. Respiró hondo, cerró los ojos y volvió a tirar. Nada aún. Ni un solo atisbo de haberla movido.

El estómago se le contrajo, no sólo por el hambre, sino por una sensación de fracaso que iniciaba a crecer. «¿Y si no puedo?», pensó con amargura, mientras una lágrima traicionera amenazaba con rodar por su mejilla. Imágenes de su familia desnutrida y medio muerta le recorrían la cabeza. La frase “Todo por tu culpa” no la dejaba concentrase.

Se desprendió de la zanahoria; aquello no funcionaba. Vaya sorpresa, ¿eh? Respiró, intentando calmarse mientras sus patitas negras temblaban. Sabía cuál era la mejor manera: escarbar, aunque estuviera prohibido. Alzó la mirada hacia sus compañeros. A lo lejos, veía volar las zanahorias del suelo a montones. «Son más rápidos que yo…», se dijo. Se acercó más a la raíz. Colocó sus patas traseras lo mejor plantadas que pudo. El hocico y las patas delanteras tomaron la zanahoria. Estaba lista. Ella podía; esta vez, sí. Hoy era el día en que todo cambiaría. Nunca más pasaría hambre.

Contó hasta tres, incluso hasta cuatro, y tiró. Una, dos, tres, hasta cinco veces, y nada. Ahora quería vomitar. No se detuvo, evitando que las náuseas la dominaran. Jaló a la desesperada.

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Con cada intento violento le retumbaba el cuerpo, las voces culpándola por la falta de comida aumentaban. ¿Llevaría otra vez miserias? Los gritos de regaños pasados la molestaban, pero para ella era peor regresar sabiendo que no podía.

Fue ahí donde empezó. Siempre igual, aunque nunca lograba acostumbrarse. El primer síntoma era el pellizco en el pecho, justo encima del corazón, como si alguien lo apretara con todas sus fuerzas. Luego el abdomen, un peso invisible la hacía doblarse sobre sí misma. Después, el zumbido en los oídos, ensordecedor, que la aislaba del mundo exterior. «No otra vez. ¡Debo terminar!», se dijo, luchando inútilmente. Finalmente, el temblor. Este último era el más cruel, porque le robaba el control de su cuerpo, recordándole que estaba indefensa incluso ante sí misma.

Aunque no había nadie cerca para su ataque, su mente ya pensaba en los miles de burlas de sus compañeros. La vergüenza de su padre a verla impotente…

Desconocía la duración de cada ataque; variaba demasiado. Cuando su vista volvió a la normalidad, el sol ya estaba en su punto, recordándole que era hora de regresar a casa. Sin embargo, el peso del ataque aún rondaba su pecho. Respiró hondo, tratando de ganar control. «Ya sabes que debes de hacer», se dijo. Sin dilación, se arrodilló junto a la punta de la zanahoria, escarbó y sacó con éxito una pequeña parte.

El regreso fue sorprendentemente fácil. Con tan poca carga, logró llegar primero a la madriguera: un agujero estrecho al pie de un árbol. Mientras se acercaba, vio al perro guardián rondando la entrada, tan imponente como siempre. Brinco no recordaba su nombre, pero no olvidaba lo caro que salía su supuesta protección. Sin decir palabra, pasó a su lado, con el pedazo de zanahoria firmemente sujeto en el hocico, y se metió con dificultad por el estrecho agujero.

Cuando al fin salió del túnel, se encontró con la vista de una cámara larga, de una altura suficiente como para saltar sin problemas, e iluminada por palitos que ardían a los costados.

Pasó junto a un montículo de tierra, llamado “escenario”. Se introdujo por un túnel al lado de él. No avanzó mucho más antes de encontrarlo.

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—¡Ah, mira! Qué sorpresa… Brinco Rodríguez siendo la primera en llegar —dijo un conejo de patas blancas, sonreía—. Déjame adivinar, la cosecha fue buena —. Brinco bajó la mirada. Tenía mil respuestas en la punta de la lengua, pero ninguna salió. ¿De qué servía? Las palabras no llenarían su estómago ni silenciarían las risas Optó por el silencio.

—Cielos, si sigues trayendo tanto, no vas a dejar espacio para los demás.

Ella pasó haciendo oídos sordos. Mientras el guardia seguía con sus chascarrillos, ella cortó un trozo de la zanahoria y lo dejó en un montón al inicio del almacén. «Qué raro, aún no se llevan los impuestos de ayer. ¿Aún no le pagan al perro guardia?» Se introdujo en la cámara con lo que le quedaba de zanahoria.

El almacén era igual de alto que la plaza principal, lleno de comida que sólo dejaba poco espacio para andar. Muchas pilas de comida ya no tenían dueño; algunas recientemente se habían vuelto de “dominio público”. Aún se discutía su uso futuro. Brinco las veía con deseo al pasar, suspirando al sentir poco a poco el estómago vacío. «Debí comer los trozos de la zanahoria en vez de tirarlos». Antes le daba asco hacer eso, hasta el punto de vomitar. ¿Sería el estrés? No lo sabía, pero tampoco estaba en condiciones de averiguarlo.

Cuando finalmente llegó a la pila de su familia, suspiró, el aire le pesaba en los pulmones. Dejó la zanahoria sin esfuerzo; la pila era tan diminuta que apenas sumaba un montón menguante. «Cada vez es menos. Y esto no basta, nunca basta. ¡Nos estoy matando!», pensó, sintiendo ardor en los ojos. La frustración y la impotencia la golpeaban como un martillo. Se llevó una pata al pecho, tratando de contener el temblor, pero el nudo en su garganta sólo apretaba más. Aun así, no podía permitirse llorar. No ahora.

—Ya se me ocurrió otro, Rodríguez.

—Cállate, Larry —dijo sin mirarlo tratando de ocultar su rostro.

El conejo negro se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos y una sonrisa socarrona que parecía tallada para herir.

—No es mi culpa que tú…

Brinco apretó los ojos, ahogando el resto de las burlas. Por fuera, intentaba mantener la compostura, pero por dentro, la imagen de su pila familiar de comida le escocía en los sesos. Quería responder, pero las palabras se le atragantaban. Sin decir más, apuró el paso hacia la plaza principal, buscando refugio en la soledad de aquel lugar.

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La velocidad siempre había sido su ventaja, aunque, para su desgracia, era inútil a la hora de conseguir alimento. Mientras avanzaba, murmuraba para sí misma, reprochándole al mundo la falta de una habilidad verdaderamente útil. «No se puede correr con el estómago vacío.», pensó con amargura.

Al llegar a la plaza principal no encontró a nadie. En lugar de tomar el túnel que conducía a las madrigueras de las familias, se detuvo junto al campo de palos enterrados al lado de la boca del túnel. Cada uno de esos palos representaba una pérdida. La revolución parecía tan lejana. Ya había nacido, sí, pero nadie recuerda lo que se vivió de bebé.

Sus ojos se posaron en el improvisado memorial, pero no lo veía realmente. Estar ahí sola era el recordatorio perfecto de su fracaso. ¿Por qué a ella debía de pasarle eso? ¿Por qué a la única familia con un lisiado? Como deseaba gritar y maldecir, llorar por lo que le tocó. ¿Pero tenía caso? Su mente divagaba en ensoñaciones. En algunas ocasiones ella era la mejor en su trabajo, le iba muy bien y vivía tranquila, otras la muerte por inanición se llevaba a sus padres uno a uno sin que ella pudiese hacer algo.

En más de una ocasión, había pensado en pedir ayuda a sus compañeros, pero siempre desechaba la idea al recordar sus miradas de desaprobación. No, nunca nadie la apoyaría, estaba sola.

—Malditos gatos.

Sabía bien quién era el responsable de su situación. Aun así, culpar a otros le daba una sensación de consuelo. Se giró con la intención de volver a casa, pero sus patas no se movieron. Apretaba los dientes, fingió observar algo en la plaza o recordar algún asunto importante. Solo mentiras.

Pronto llegarían los demás. Eso no cambiaría nada sobre su desempeño, pero sí llegaba al mismo tiempo y si contaba una historia convincente sobre una cosecha más abundante, podría evitarse un regaño.

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La espera la puso más intranquila. Su mandíbula se tensaba mientras sus patas, adoloridas, se aferraban a la tierra hasta ceder. Incluso sus orejas estaban rígidas, atentas a cualquier señal de voces. Cuando finalmente escuchó murmullos, se escondió en el túnel, aguzando las orejas. Esperó hasta que las conversaciones se volvieron lo suficientemente claras para ser oídas en todos lados. Cuando al fin era completamente audibles, Brinco aprovechó para huir hacia su hogar. En el trayecto, sus patas la llevaban por inercia, mientras pasó junto a las madrigueras vecinas, cada una con su propio silencio, pesado como el suyo...

Al llegar a su hogar, se detuvo en el umbral. Plantada en el suelo como si fuera una raíz. Respiró hondo, llenando sus pulmones con aire que no lograba calmar el torbellino de su mente. «Tranquila, él no lo sabe», se dijo, mientras repasaba su postura, su expresión facial, y hasta incluso sus dolencias físicas, no fueran a ser que la traicionaran. La hinchazón en sus párpados no ayudaba, menos temblor en sus patas. «Sólo tengo que entrar y ya.» Pero no se movió. En su mente, al ver las miradas de su familia, se veía a sí misma como un peso, una carga. La voz que vino desde el interior su hogar rompió el silencio, sacándola de su parálisis

—¡Entra ya, niña! —le espetó una voz desde adentro.

Brinco ingresó temblando. Dentro, el aire era frío y húmedo en la estrecha cámara, iluminada apenas por una luz tenue. Había espacio como para diez conejos, no estaba mal. Sin tener en cuenta que el espacio era multiusos: cocina, comedor, cuarto y baño. En medio de la sala se encontraba un conejo negro, sin patas traseras y de orejas blancas. Veía la pared opuesta a la entrada.

—¿Cuánto?

Ella respiró hondo, luego se sacudió todo el cuerpo. —Oh, papi, qué bueno es verte de nuevo. Sí, así es, he sobrevivido a otra infernal jornada. Gracias por preguntar y…

—¡Cuántos, Brinco! ¿Acaso tengo que repetirlo todos los días? —gritó su padre, con una mezcla de cansancio y furia.

—Yo... Yo... —Brinco bajó la mirada al suelo.

Todo ello no era nuevo, la rutina de siempre. Librarse era improbable, la verdad penosa y horrible salía siempre a la luz. Intentó desviar la conversación hablando del clima, del molesto de Larri o lo callado que estaba toda la madriguera. Sin embargo, nada evitó que la misma pregunta se repitiera una y otra vez con mayor ahínco.

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—Me tienes harto, niña. Es la misma pantomima de siempre para ocultar tu ineptitud—su padre se quedó mirando el comedor/alacena, vacía. Un suspiro escapó de su pecho—. No sé ni por qué me molesto en preguntar, sé la respuesta de antemano.

Y arrastrándose se alejó de su hija. Ella se convirtió en un mar de lágrimas. ¿Cuánto más aguantarían sus reservas? ¿Acaso terminaría por matar a su familia? Miles de preguntas similares pasaban por su mente, pero todo terminaba con la misma respuesta.

—¿Qué pasa, hija? —preguntó una voz. Brinco parpadeó, trató de enfocar su mirada. Le ardían los ojos. ¿Cuánto llevaba llorando?

—Al fin, mujer —interrumpió su padre ahogando un bostezo.

—¡Ray! ¿Qué le hiciste a la niña? —él solo bufó.

La madre de Brinco le dio unas caricias a su hija con la cabeza. Tal vez era poco, pero la apaciguó. Siempre la tranquilizaba. Ya fuera con palabras, acciones o caricias, era la única que no la recriminaba. Aunque por dentro sospechaba que su madre no le decía todo. La culpa era un huésped difícil de echar, se arraigaba profundo y a pesar de las caricias maternas en algún momento saldría del escondite.

La mujer entró con su característica cojera, ya llevaba tiempo así sin aparente mejoría. Su hija le insistía acerca del reposo, pero; como buena madre no hizo caso, continuando con las tareas del hogar. Entró arrastrando una zanahoria completa, además de una cantidad de hojas verdes. La chica observó el escaso alimento y sintió un nudo en el estómago. Trató de sonreírle a su madre, a pesar de ser solo una mueca burda. Al menos el apoyo gubernamental ya había llegado. Una vez toda la comida estuvo dentro, la madre de Brinco comenzó a repartirla. Primero, repartió un trozo considerable a Ray; luego, uno mediano para Brinco y, finalmente, el más pequeño para ella. No tenía caso replicar; esta práctica se había vuelto común para todos. La conejita sufría siempre al verla, era otro recordatorio de su paupérrimo desempeño.

—Vaya miseria, Rosa—la madre de Brinco se mordió los labios.

—Ray, ya basta con tus quejas. ¿Crees que yo no lo sé? —murmuró Rosa, evitando mirarlo.

— ¿Yo? ¡Por el gran conejo, Rosa! ¡A este paso nos morimos todos!

La casa quedo en silenció, se podía escuchar hasta la respiración de los presentes.

—Tal vez si alguien hiciera algo, no comeríamos así…

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—Ray, déjalo ya —replicó Rosa con firmeza, aunque su voz tembló un poco al final. Miró a Brinco y suspiró—. Hace lo que puede. ¿Acaso no lo ves? Está llena de tierra por todas partes.

—¿Y eso qué? —gruñó Ray.

—¡Eso qué! —exclamó Rosa, levantando la voz por primera vez—. Al menos estamos vivos. ¿Eso no cuenta para ti?

Ray rezongó masticando ruidosamente. Brinco sentía cómo su estómago le daba vueltas. No podía evitar pensar que aquellas comidas eran todo menos placenteras.

—Tal vez… podamos pedirle más comida al gran conejo —sugirió.

—¡Estás loca, mujer! Hablas del gran líder. Él sí nos apoya, no como esas escorias de los cafés. Pero una cosa es eso, y otra abusar de su generosidad. ¿Crees que le sobra la comida?

Las palabras de Ray resonaron como un eco en el pequeño habitáculo, aplastando cualquier respuesta. El cuarto quedó mudo de nuevo, un silencio pesado que parecía oprimirle el pecho a Brinco. Su madre abrió varias veces la boca, pero al final solo dejó escapar un suspiro.

—Solo hay una solución. ¡No luché contra esos malditos cafés para morir por una inútil!

Sin mucho éxito, Rosa trató de calmar a su hija, que volvía a llorar. Miró a su marido con resentimiento, apretando la mandíbula con dureza, pero al final lo dejó estar. Ya no había lugar para más peleas.

Era difícil para la conejita tener que recurrir a prácticas deshonrosas para conseguir miserias; ahora el recordatorio constante de su padre no le ayudaba. El resto de la comida pasó en silencio, roto apenas por los bufidos de su padre y el ruido de los bocados apresurados. Brinco ya no pudo comer. Esperaba otro comentario hiriente de su padre... pero este nunca llegó. Cuando los demás acabaron, finalmente ella se fue y buscó refugio en un rincón oscuro de la madriguera.

Sus ataques nunca ocurrían en casa. Aquellos zumbidos, temblores y dolores parecían reservados solo para ella, como un desahogo secreto.

Esperaba encontrar algo de calma en sus sueños. Se equivocaba. Sus párpados se cerraron poco a poco. Su mente comenzó a poblar la oscuridad con destellos de luz, breves como el sol entre las hojas. Después, nada: paz al fin. Todo se acalló, alejándose más y más.

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Entonces llegó, veloz y atronador, sacudiéndolo todo. Una estela luminosa cruzó su visión, un destello fugaz. A su paso, los ruidos comenzaron. Primero, inteligibles, como simples golpeteos ciceantes. Pronto, esos sonidos se transformaron en murmullos que acariciaban sus oídos. De ser una molestia fácil de ignorar, se convirtieron en risas. Estas se volvieron grotescas y cambiaron a ondas visibles de ruido, adoptando la forma de conejos. Todos eran conocidos de Brinco, hermanos de madriguera o mejor dicho conocidos más que hermanos.

Al verlos, Brinco empezó a escarbar con desesperación. Con sus patas podía sentir la fría tierra, cómo se arremolinaba entre su pelaje, manchándola y quedándose atascada en sus uñas. Quitaba tanto como podía, pero parecía no avanzar, como si alguien se la devolviera para torturarla.

Las risas se distorsionaron, dando paso a una voz familiar, dura y áspera, que le gritaba: “Inútil. Buena para nada. No sirves”. Cada grito era un latigazo en su pecho. La respiración poco a poco se le cortaba, pero sus patas atrofiadas seguían excavando inútilmente. El mundo vibraba a su alrededor, encerrando su visión en una oscuridad total. Poco a poco, las sombras se diluyeron y los murmullos oníricos se entremezclaron con sonidos reales: el ronquido de Ray, el crujir de la tierra bajo su cuerpo. Un martilleo seco la sacudió por completo.

—¡Brinco! Haz algo útil y ve a ver que quieren— la coneja despertó sobresaltada. Su madre estaba tumbada al lado de su padre, entreabrió los ojos para observar a su hija, como esperando que acabara con el problema.

—¡¿Qué esperas, Brinco?! —retumbó una voz desde el exterior de la madriguera.

Resoplando la pequeña conejita se encaminó a la puerta. Aún seguía atribulada por el sueño. Parecía tan real: como si todos hubieran irrumpido en su hogar, gritado y huido al verla despertar.

Fuera, como un jinete del apocalipsis anunciando el fin del mundo, se encontraba Larri. El conejo llamaba a Brinco a gritos a pesar de verla enfrente de él. Se notaba su disfrute al molestarla.

—¡Ya cállate! Ya estoy aquí —él frunció el ceño mirándola fijamente.

—Primero se saluda maleducada —Brinco alzó los ojos para luego hacer un arco hacia abajo—. Claro, aquí tienes a tu idiota, trayéndote un mensaje para ser recibido así. Pero bueno, no esperaba nada de ti de todas maneras.

«El gran conejo llama a todos los granjeros para apoyar en el trasporte del pago al can. Así que… ¡Muévete!».

Dicho eso, huyó por el túnel en dirección a la plaza.

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“Cargar más”. Eran las palabras que retumbaban en su mente mientras caminaba hacía su destino. Se había despedido de sus padres con un grito, recibiendo una tenue respuesta de su madre, su padre… bueno de él no se esperaba nada. Se tomó su tiempo para andar. No era para menos, los resultados de aquella jornada habían sido, por decir lo menos, poco satisfactorios.

Además, veía el pago como desperdicio, obviando la razón real por la cual un perro quería zanahorias. ¿No era la desaparición de uno de sus compañeros granjeros suficiente alarma? Aun así, ahí estaba, yendo a cargar.

Cuando por fin llegó a la entrada de la plaza asomó el hocico. Un grupo de conejos se encaminaba a la salida de la madriguera. Cargaban cada uno una zanahoria completa. Ella no estaba de humor para responder a sus insultos, por lo que esperó. Cuando el último de ellos desapareció dejando la plaza solitaria, ella se apresuró al túnel del almacén.

 A diferencia de los túneles que llevaban a las casas, el del almacén era igual de alto que la plaza principal. A diferencia de la plaza, aquel túnel era muy oscuro a penas iluminado por antorchas. Conforme avanzaba por el túnel incrementaban más sus latidos. El cuerpo entero de Brinco se sentía pesado, como si se negase a avanzar. Su respiración se volvió entrecortada, todo se estaba volviendo más y más oscuro con cada paso. «¡No quiero, no puedo! Que vaya alguien más. ¡No ven que yo no sirvo!» Aquellos pensamientos los escuchaba como susurros. «Huye, rápido. Antes de que lo noten. Escóndete en las casas abandonadas» Sí, no era una mala idea. ¿Quién se daría cuenta? Mejor, prefería no estorbar y…

El choque contra una masa suave pero inmóvil la detuvo de toda pretensión. Aquella masa se giró lenta y estruendosamente. Delante alzándose como una estatua que miraba a una hormiga estaba el Gran Conejo. El que los liberó. Una montaña. Y ella lo había molestado.

Por un instante la conejita se quedó pasmada, sin decir o hacer nada, solo admirando a su líder. Su mente la bombardeó con posibilidades. Desde regaños monumentales hasta simples llamadas de atención. Él la observó, parecía algo sorprendido, aunque estoico y mudo. Permanecía quieto.

—La hija de Rodríguez. ¿No? — ella asintió con los ojos muy abiertos sin apartar la vista—. Sí, un buen soldado, trágico su destino. Ve a ayudar en la parte oeste del almacén, en el bulto comunal.

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Ella no dijo nada, obedeció sin rechistar. Pasó a su lado con la cabeza agachada. Prácticamente nunca le había hablado, solo los líderes de familia se reunían con él para discutir temas de la madriguera. Ella, una simple trabajadora, estaba muy lejos de entablar conversación con tan benévolo ciudadano, el libertador y apoyo moral de la madriguera.

Dos compañeros contaban la cosecha de la entrada. En teoría, estaban todas, pero siempre terminaba faltando por un motivo u otro. Brinco no deseaba más problemas, fue a cumplir su encargo, al fin y al cabo, tampoco tenía otra opción.

La parte oeste era la más excavada, al parecer tenía que ver con la humedad del suelo y su estabilidad de otras zonas a comparación de esa. Al estar ahí trataba de no mirar los bultos de comida. Toda esa comida, sin ser tocada. Si lo que su líder le decía era cierto, sería solo cuestión de tiempo. ¿Con esa comida podrían evitar la inanición de su familia? Difícil de saber y estresante de pensar, pero su mente no lograba despegarse de ese tema.

Todo el camino para llegar al ala oeste lo vio raro, algo sutil pero evidente había cambiado. Al llegar al final de su camino por fin lo entendió.  Frente a Brinco se alzaba una montaña que llegaba hasta el techo. La pila comunal era colosal. Nunca había visto algo igual.

«¡Por los dientes de mi madre! Una montaña digna de ser llamada comunal.» La palpó, cada una de esas raíces estaba tan bien ajustada que sería imposible moverla. El mundo no le pondría las cosas tan fáciles a Brinco.

Aquellos bastones anaranjados que tantas vidas habían cobrado a su comunidad. Estaban ahí apilados como un simple objeto, casi como si estorbaran, recluidos en el agujero más recóndito y alejado. Brinco encontró un tallo que sobresalía de la montaña muy cerca de la pared del túnel. Era seguro que no se movería ni un centímetro, pero bueno, por algo había que iniciar. Lo tomó con firmeza entre los dientes. Tiró. Nada. La zanahoria no se movía. Estaba apretada, firme. Como un árbol enraizado.

Afianzó las patas lista para volver a tirar. Ahí es donde lo sintió, un suelo húmedo que penetraba en sus patas y uñas como una daga fría. Le recordó su sueño. Un escalofrío se le extendió por todo el cuerpo. Tiró, pero con desgane.

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Como era de esperar, la zanahoria ni se inmutó. El segundo y tercer intento no cambió nada. Soltó su agarre suspirando. ¿Por qué siempre fracasaba? Lo ignoraba. Respiró hondo. ¿Acaso sus tareas eran las únicas imposibles de cumplir? Esa montaña... símbolo de un esfuerzo que nunca era suficiente. Nadie la felicitaba, nadie la miraba, solo esperaban que cargara más, que diera más. Siempre más. Y si no podía... entonces era inútil. No quería ser inútil.

La coneja gritó, mirando fijamente la zanahoria sin despegar ojo de ella, como si sus gritos fueran a moverla mágicamente.

—¡Ya me tiene harta tú y todos! —utilizando su cuerpo se arrojó contra la montaña. Aquel bastón naranja del que había tirado, el cual no se había inmutado ante sus esfuerzos, por fin se movió. Como si de un mal chiste se tratara, la condenada verdura se deslizó hacia dentro de la montaña desapareciendo. Dejó una hendidura negra y profunda, una misteriosa caverna parecida a una boca que podría engullir todo a su paso.

La coneja se quedó pasmada, aquello no lo esperaba y la montaña menos. No tardó mucho en empezar, aun así, el silencio era pasmoso, cargado de ansiedad. Se podía palpar la espera en el ambiente, como el viento que golpea todo a su paso.

Todo inició con un simple ruido, el rodar de una sola zanahoria. Primero fue una, descendió chasqueando con cada caída. Se detuvo al fin con un retumbar al chocar con algo rígido. Aquello solo fue el preámbulo, una primera nota que da el lance de inicio a toda una orquesta. Primero una, dos, tres hasta que por fin fueron cientos, toda la montaña en un rugido que parecía estar acompañado de bombo y platillos. Una avalancha. 

Miles de imágenes centellearon a través de sus ojos. Como si viera su vida pasar en un parpadeo. Sin pensar mucho en lo que estaba sucediendo, Brinco corrió. El ruido era atronador, con mayor fuerza conforme más y más zanahorias se precipitaban. Su corazón le martillaba como una orquesta tocando. Aun así, sus patas se sentían ligeras, ágiles, como si volara.

Sentía un cosquilleo en el estómago. Al principio pensó que era miedo —se parecía mucho—, pero no. Cuanto más corría, más claro lo tenía: era otra cosa.

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Se detuvo, no por su voluntad y más bien se diría que el mundo la detuvo. Los suelos de tierra no llegan a ser de los más confiables cuando se trata de tener una calle transitable. Hasta un pequeño hoyo puede sacar a cualquiera de balance. El choque contra una pila de zanahorias no amortiguó mucho, al menos la detuvo en seco. Cuando se recuperó del tropiezo inicial se quedó mirando dónde estaba. «¿Cuánto corrí?».

Caído a un lado se encontraba una piedra en forma de pico. Aquello solo significaba una cosa, esa era la pila de los Almerri. «¡Por los dientes de mi madre! Estoy casi al inicio del almacén». A su lado se encontraban más pilas con piedras de diferentes formas o cantidades, el ceño de cada familia. Con dificultad se puso de pie apartando los bastones anaranjados como pudo. Sacudió la cabeza. Luego el cuerpo. Se revisó en busca de heridas. Leves punzadas en las extremidades y otros puntos le aquejaban, pero nada mortal.

Agudizó una de sus orejas esperando escuchar a sus compañeros venir. Pensaba que el ruido causado por su caída debió de ser por lo menos monumental, una chuza en toda regla. Nada. Silencio mortuorio. Al menos no tendría que dar explicaciones o recibir burlas. Se dio vuelta viendo el largo pasillo. ¿Era tan… profundo? ¿Cuánto había corrido? Debía de ser un récord personal seguramente. Caminó lento por el túnel. Ya no veía las pilas como antes. No. Aquellas cosas eran insignificantes ante su nueva presa. La montaña.

Tardó bastante en regresar, aun así, se detuvo en seco. Aquello no parecía natural. Delante no había un desastre, ni zanahorias regadas por todos lados. Solo quedaba una cama vacía y pequeña. Lo único que la hacía especial era saber que ahí había estado la montaña. Se acercó con cautela mirando a todos lados, olfateando en busca del rastro de su montaña perdida. Sí, olía a raíces naranjas, y no solo por estar en el almacén, allí había una gran concentración de ellas. Incluso olían más fuerte que antes.

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Tocó con su pata el montículo que aún seguía en pie. Ahora sí las zanahorias se movían con tan solo un ligero empujón. «Ah buena hora» se dijo bufando por lo bajo. Trató de ver más allá alzándose sobre dos patas. En donde debía de haber había suelo se encontraba un agujero casi tan ancho como la montaña desaparecida. ¿Una montaña hueca? Un engaño poco fructífero. Aunque, ella nunca hubiera alcanzado los bastones del tope de la montaña, alguien más alto sí. Tal vez no era tan mala idea sin tomar en cuenta el factor Brinco.

Intentó subir al montículo que quedaba. No fue la mejor idea. En cuanto colocó su peso para escalarla se desmoronó ante sus patas. Prácticamente tuvo que escarbar y demoler el montículo para pasar, moviendo como podía las pesadas zanahorias. Al llegar al borde por fin vio a donde daba el boquete. Una rampa descendente se hallaba delante suya, todo el camino estaba tapizado de bastones anaranjados que se extendía hasta donde llegaba la luz. Se movió un poco. Mala idea. Las zanahorias se tambalearon y, antes de reaccionar, ya se precipitaba al agujero.

Todo se detuvo con un golpe, luego nada. Permaneció quieta y en silencio. Cuando por fin abrió los ojos, todo a su alrededor era oscuro y lleno de siluetas desiguales. La luz que proyectaba el almacén se filtraba con escasez. Con suerte lograba observar su propio pelaje blanco. ¿Qué lugar era ese? Era la pregunta que le rondaba desde que vio desaparecer la montaña. Atrapada entre algunas zanahorias, intentó de liberarse. Su pata trasera estaba completamente prensada. La empujó, no se movió. Aquello era más de lo que podría nunca. Su corazón se aceleró. Era el timbrazo. Su vieja amiga regresaba. A sus pulmones pronto les faltaría el aire. «¡No! Aquí no por favor».

Respiró hondo, tomando bocanas largas y tendidas. Le ayudaba poco, pero el concentrarse en su respiración le distraía. Cada bocanada intentaba que fuera lenta y relajada, como una brisa en pleno verano. Lo malo, comenzaba a hacerlo más y más rápido como un acto reflejo. Sus oídos captaban el zumbido en sus oídos, aquel ruido incrementaba poco a poco. Su estómago… algo sentía en el estómago. Sí, era diferente a otros ataques. ¿Acaso se había golpeado? No estaba segura. La cabeza ya le punzaba como si de otro corazón se tratara. «¡No! No. No quiero, debo de ser mejor. Ya estoy harta.» Las lágrimas se acumulaban en sus párpados. Parpadeó. No sirvió. Seguían cayendo.

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Podía notar cómo las fauces del ataque la engullían lentamente, tomándose su tiempo y calculando cada mordida. Sus patas se tensaban alrededor de las zanahorias, manchándose con su jugo. Cerró los ojos tratando de pensar en cosas agradables. Su padre gritándole, su madre sacrificando su comida por ellos, las burlas de los demás. Nada bueno.

Todo se detuvo al oír el retumbar. Un llamado a la guerra.  Era su estómago. El hambre al fin hacía acto de presencia exigiendo el protagonismo que merecía. Rugió tan fuerte que detuvo los otros síntomas. Y como si fuera un salvavidas, ella se aferró a él con su vida. El estómago se le contraía con espasmos, llamando a gritos que le hicieran caso. Brinco sin más arremetió en contra de las zanahorias que la rodeaban. Una, dos, tres. Realmente no las contaba, solo masticaba y tragaba sin percibir el sabor o la textura de su alimento. La tarea parecía hasta monótona, algo que más bien ya quería acabar de hacer.

Las náuseas remitieron. Al final, solo yacían los tallos medio roídos la única evidencia del crimen. Ella trató de contarlos. Desistió al sentir pesadumbres en el cuerpo. Vaya que se había dado un festín de reyes. Con sueño se movió a la parte alta de la montaña, acto seguido se desplomó en el suelo y se estiró. Una siesta no le caería mal y un poco de… Fue entonces que lo notó. Estaba libre. Sí libre al fin. Se tocó la pata —entumecida, pero en buen estado. Sonrió. «¡Sí, ya me quiero largar!». Se dio la vuelta viendo la salida y la tenue luz que se filtraba del almacén. No se movió. Su cuerpo manchado de un naranja intenso se quedó petrificado en donde estaba. Una parte pequeña de su cabeza le decía que debía de irse de ahí, al menos pedir ayuda para investigar.

Observó el negro pasillo detrás de ella. Se sentía una brisa. ¿Qué habrá más allá? Era la pregunta que le rondaba antes incluso de bajar a aquel lugar. Cerró los ojos tratando de pensar que hacer a continuación. Aún tenía un encargo. Debía de cumplir su tarea como los demás. Inspiró hondo mirando una última vez la luz del almacén.

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«Bueno, una mirada rápida no es nada del otro mundo». Se relajó y se encaminó a la oscuridad. Resbaló por la montaña, no era el plan que tenía, pero ya estaba abajo. Continuó su caminata en silencio. La brisa y su sonido eran el mapa que la guiaba por un camino oscuro y estrecho. Podía sentir como el túnel se hacía más y más frío, tan húmedas las paredes que parecía como si recién hubiera llovido. No supo por cuánto caminó, tal vez horas, aquel túnel parecía eterno. Por un momento le surgió la idea que estaba debajo del rio que usaban para regar sus plantaciones de zanahorias. Pero descartó la idea. Hacer un túnel ahí era imposible, nunca aguantaría. La brisa se hizo más intensa, sabía que aquel lugar no daba a la superficie, solo corría el aire por ahí. Aun así, debía de tener un propósito aquel túnel, ella estaba segura de estar en algo mucho más grande de lo que parecía.

A pesar de no ver prácticamente percibía estar rodeada por paredes. Por ello se detuvo cuando captó una vacío delante. Sí, todo estaba profundamente oscuro en ese lugar, no podía ni ver su pata delantera aun poniendo la delante suya. No podía ver nada y, sin embargo, ese hueco parecía más oscuro que la oscuridad que la rodeaba. Se quedó ahí plantada. Era raro ver algo más oscuro que la oscuridad, pero ahí la tenía delante de ella. Cerró los ojos. Nada. Seguía sin ver. Probó otra cosa: usó la nariz.

Notaba aún la brisa del exterior, la golpeaba tenuemente recordándole su presencia. Aspiró y soltó un par de veces, esperando captar algo diferente a la humedad y el viento vespertino del exterior. «Sí ahí. Son… ¿Zanahorias?». Su olor era inconfundible, esa sensación del dulzor y frescor acompañada del olor a hojas recién cortada. Sí eran ellas. ¿Podían ser las del almacén? No, ya estaba lejos, estaba segura de haber dejado de olerlas en algún punto del camino. En cambio, allí estaban otra vez.

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Se acercó aún más al borde, debía de investigar más con la única arma útil de la cual disponía. Aspiró hondo. Estaban cerca, lo sabía. ¿Cuánto? Ese aroma dulce parecía suspendido en el abismo. ¿Un depósito tal vez? Otra inspiración. Sí, lo notaba. Estaban ahí, cerca. Casi podía señalarlas con la nariz. Si solo pudiera ver… Fue cuando resbaló tratando de acercase más al borde, tratando de determinar si la caída era larga con el olor de las zanahorias. Se aferró con las patas traseras usando sus uñas, pero ya era tarde, se encaminaba directo al abismo. Ahora sabría de primera mano que tan profundo era aquel lugar.

El viento golpeó sus bigotes con vigor. Sí, era definitivo, caí al abismo. En tan solo segundos su vida pasó frente a ella, miles de imágenes que ni siquiera recordaba, momentos felices con su familia, un padre sonriente, era hermoso. No duró.

Le pareció una interminable caída, con un viento capaz de secar los párpados. Pero solo fue su imaginación. Aunque el golpe resultante vaya que no lo fue. Un dolor punzante junto con hormigueo que se extendía por todas sus extremidades. Se le escaparon algunas lágrimas. Intentó no pensar en ello. La verdad fue que solo pudo quedarse quieta conteniendo las lágrimas.

¿En dónde estaba? No veía nada, aun así, lo sentía. Allí en vez de estar rodeada de paredes como en el túnel, ahora era libre. Eso la asustaba. ¿A dónde debía ir? Alargó una pata delante de sí. Enfrente, el abismo. Detrás una pared húmeda. La sentía con el trasero, estaba fría. «¿Exactamente qué es este lugar?». Sentía el suelo frío y áspero, como si nada vivo pudiera salir de él. Tanteó la tierra. Sí, a cada lado se extendía un camino como si aquello fuera una pasarela. Por lo menos no estaba en peligro. Pero… ¿Izquierda o derecha? Al fin y al cabo, ya estaba perdida, no tenía importancia la dirección. Al tomar por la derecha se percató que descendía en una rampa. Conforme más caminaba el aroma a zanahorias incrementaba, era la dirección correcta.

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Mientras bajaba se preguntaba realmente el propósito de estar ahí. ¿Enserio era necesario averiguar en donde se encontraba? Lo más posible era que aquel lugar fuera un almacén viejo y abandonado. Tal vez incluso inestable. Sí, puede que ese tufo fuera de plantas de zanahoria, el resultado seguro de haber abandonado comida ahí para que se pudriera. Al llegar al final de la rampa salió a una explanada amplia. Frente a ella la oscuridad era más densa en algunas zonas. Los contornos eran difíciles de distinguir, pero el hedor era inconfundible. Zanahorias. Si aquel lugar era un almacén antiguo, se habían dejado demasiada mercancía.

Eran una gran cantidad. Y sí, aquella comida no tenía ni una pizca de viejo. Mientras olía con mayor detenimiento se preguntaba. ¿Podría ser que el otro almacén se quedó chico ante las reservas? No, aquello no era posible. El hedor revelaba que no era frecuentado ni ventilado muy seguido.  El lugar se extendía mucho más que el almacén principal. ¿Podría perderse? Bueno al menos no moriría de hambre. Por otro lado…

Se detuvo. Le llegaba otra peste, y no de las zanahorias. Era diferente, seco y terroso como piedra mojada. Era tenue casi se perdía con los demás olores. Pero allí estaba, sí. Sus pelos se erizaron, algo iba mal. Comenzó a caminar con mayor cuidado. Daba bocanadas más grandes, analizaba cada matiz que le llegaba. Humedad, tierra, frescura vegetal. Aquel olor seco era significativo, distinguible entre tantas gamas. ¿Había percibido algo similar antes?

Conforme más caminaba aquel tufo no solo se intensificaba, sino que surgía otro, un viejo conocido. Al absorberlo unas imágenes surgían en su cabeza. Eran borrosas, como si estuvieran profundamente sumergidas en agua. Las conocía, a su pesar.

Al llegar a la fuente del olor se sorprendió. En el suelo había un agujero con lo que parecía un polvo blanco. Era difícil ver en plena oscuridad, aun así, resaltaba la cama blanca entre tanto negro. No estaba segura de lo que encontraría, sin embargo, esa cama blanca era lo último que esperaba. Allí los dos olores, el áspero y terroso se juntaban en… ¿Sangre? «No podía ser» se dijo mientras sus patas le temblaban. Ese pensamiento fue una idea fugaz, pero retumbó en todo su ser. ¿Acaso ella sabía a qué olía? Se había lastimado antes, sí, pero pequeñas cortadas no dejan mucho aroma. Imágenes borrosas pasaron ante ella. Gritos, gruñidos, lucha. Cada cosa siendo desenterrada poco a poco.

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Los recuerdos la dejaron perpleja. Miraba a la nada mientras las imágenes pasaban por su cabeza. Ni siquiera se dio cuenta de cuando se metió en el agujero. Al mirar abajo suyo ya estaba tocando la arenilla blanca. Su mente ya captaba los gritos de su padre mientras era despojado de sus patas traseras. Ella no lo vio claro, fue protegida por su madre, aun así, derramó lagrimas mientras los gritos de su padre se apagaban lentamente.  Su respiración aumentó con aquellos gritos. Sin encontrar un mejor lugar para escapar, empezó a escarbar. Realmente no escarbó con mucho suficiente ahínco. Al principio sí fue movida por la necesidad de ocultarse de aquellos gritos, pero poco a poco el polvillo blanco la calmó. Era ligera, cada grano la acariciaba dejando una ligera picazón que le gustaba. Nunca había visto algo similar, y por supuesto la tierra dejaba mucho que desear ante esa nueva arena.

Se limpió las lágrimas de la cara. «Pues esté lugar no esta tan mal, nadie me regaña aquí». Como si hubiera sido un golpe, una picazón acompañada de pulsaciones le escocieron la vista. ¿Qué le pasaba? Tallarse no le ayudó, aquel escozor solo incrementaba con cada pasada de su pata.  Dilató bastante en aliviarse, incluso recurrió a sus orejas para tallarse los ojos. Ahora sí lagrimaba a raudales. Cuando por fin sus ojos terminaron y recuperó parcialmente la vista, se examinó sus patas. Debía de haber algo en ellas. La visión no le era de mucha ayuda, su nariz en cambio sí le decía algo. Un olor a piedra. «Igual que el polvillo blanco» pensó la coneja mientras se seguía tallando los ojos. Con cautela, se acercó a oler el polvillo. ¿Realmente qué era? No estaba segura. La fragancia era inconfundible, y aunque detectaba otro aroma no le hizo mucho caso. ¿Podría ser tóxica? Alguna vez le había caído tierra en los ojos, pero ni por asomo se sentía igual de horrible. A pesar de no ser la mejor idea, la probó dándole un lengüetazo. El sabor le dio un escalofrío. «No está tan mal, creo» se dijo a si misma.   

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Para estar segura tomó un puño, dispuesta a descubrir lo que era. En cuanto su lengua la tocó dejó de moverse. Mantuvo la pata tiesa, percibía como algo viscoso se le impregnaba en el pelaje de su pata. Ahí fue cuando le llegó el olor a moho. Sí, aquella era la otra peste que percibió. Tiró la arena, dio unos pasos atrás y tosió con ligereza. Aguantaba su asco, aunque a penas. ¿Iba a vomitar? No aun no, solo debía de alejarse.

Dio media vuelta, ya con la idea de mejor explorar otra parte de ese almacén cuando sonó. Al inició pensó que había sido un ruido cualquiera, hasta provocado por ella misma. Fue inconfundible la voz la segunda vez que la escuchó. No deseaba hacerle caso. Pero los susurros de “buena para nada” ya le golpeaban las orejas. Con cada bocanada le llegaba el hedor, pese a eso y con náuseas, la coneja escarbó. Al encontrar la sustancia pegajosa removía alrededor quitando toda la arena de encima. Vaciando una gran parte de los bordes de aquella piscina se reveló una masa fétida, y con aroma a sangre. Al finalizar hizo una pausa, sus patas le dolían. Tomó una bocanada de aire para intentar recuperarse, esa fue la gota que al fin derramó el vaso. Vomitó. Jadeando se limpió el hocico con su pata. Aun le producía náuseas, la mareaba. Se obligó a voltear y contemplar la masa que se alzaba ante ella. Resaltaba en contra del blanco que aún le cubría la parte baja. ¿Una roca? No, era algo más. Sus patas delanteras le temblaban. Trago saliva y suspiró. Por lo menos había logrado terminar. Sí, por fin una tarea concluida, ahora la masa viscosa estaba expuesta, al fin un logro. Aquel pensamiento hizo sonreír a Brinco.

«Tal vez pueda ir al almacén por luz y regresar a…» sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido parecido al de una avalancha. Rocas golpeándose unas contra otras. Su corazón le dio un saltó. Se pegó a la pared del agujero. Esperó. Con un gran eco aquel sonido retumbaba en todo el lugar. Como si se fuese a venir abajo en cualquier segundo. La respiración y los nervios de la coneja comenzaron a fallar. ¿Otro ataque? ¿¡En ese momento!? A buena hora llegaba.

Podía sentir temblar todo su cuerpo con cada golpe nuevo. Los oídos le zumbaban. Se planteó huir, tratar de escalar la pared y… Un rayo de luz cortó todo plan.

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 Primero fue tenue, pequeño. Aun así, iluminaba como mil soles la caverna. Al asomar la cabeza pudo vislumbrar las montañas de zanahorias que la rodeaban, cantidades ingentes de comida como nunca había visto reunida, ni en el almacén ni en ningún otro lugar. Era una vista casi de ensueño. El rayo de luz se hizo más grande conforme un estruendo de rocas se intensificaba. La coneja se cubrió en su refugio, pero no tardó mucho en volver a asomarse por el borde. Arriba en la pared un hueco estaba siendo abierto. Una figura negra empujaba lo que parecía una puerta de piedra tan pesada como mil conejos.

Al fin veía una salida tangible. Tal vez tendría que dar explicaciones del motivo por el cual estaba ahí. De todas formas, siempre debía de estar justificándose ante los regaños de todos. Si el precio por haber descubierto aquel lugar abandonado lleno de riquezas era unos cuantos regaños, los aceptaba. Por fin podría darles de comer a su familia, un regaño no era nada. Suspirando de alivió se dispuso a salir del agujero. Ahora con luz lograba ver su profundidad con más claridad. De un salto, logró sacar medio cuerpo del agujero. Sin embargo, su mala suerte nunca la dejaba en paz. La tierra de la cual se apoyaba para terminar de salir se desquebrajó arrojándola de nuevo al agujero.

Se fue de espaldas, impactando encima de un objeto viscoso y duro. El olor a humedad y moho se dispersó por doquier. La coneja se quedó quieta sintiendo un dolor agudo en la espalda. Se incorporó, alejándose de la masa dura que la había recibido. «Cuando la desenterré no parecía tan dura…» se dijo Brinco. Cerró los ojos, percibiendo las punzadas de la espalda. «¡Ay! Cuando regresé debo de pedir un masaje a …» al abrir los ojos al fin vio la masa pegajosa con luz.

Rasgado, con parte de los músculos rojos e hinchados al descubierto, un pelaje lleno de sangre seca, pálido con lo que parecía ser moho creciendo por algunas partes de la cara. Así se encontraba un conejo negro con rayas blancas tendido junto a ella. Se le quedó viendo, pero sin realmente verlo. Ni historias de restos encontrados de sus hermanos de madriguera, ni las muertes, o descripciones de horrores hechos a los suyos, nada la había preparado para aquello.  

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Un retumbar dentro de ella la hizo temblar. Rítmico, constante y penetrante. El calor se extendía ya por todo su cuerpo, cubriendo todo como si de un hongo se tratara. El pistoletazo de huida no fue su miedo o el esqueleto. No. Fue un grito, lejano, tal vez en reproche o pregunta. La coneja nunca lo supo. Ella solo corrió, como nunca en su vida. No se dio cuenta de dónde estaba hasta que tropezó con otro conejo en la entrada del túnel a las madrigueras. No les hizo caso a sus reclamos, siguió corriendo sin mirar atrás. El aroma fétido y mohoso aún la perseguían.

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—¡Arriba, Brinco! Por los dientes del gran conejo. Despierta ya. Es muy tarde, y no has comido nada aún.

Abriendo los ojos de par en par, Brinco visualizó su entorno. Sí, estaba en casa, había una tenue luz donde su madre ponía los alimentos. El olor también era el de siempre: tierra seca, heces, comida algo pasada, y la peste de su padre. Claro, todo había sido un sueño; solo un mal sueño. Ahora debía de ponerse en marcha, para ir a otra jornada de trabajo en los campos de cultivo. Que alivio para ella. A veces imaginaba cosas muy raras.

Se estiró con desgana, sintiendo una leve calma. Al intentar rascarse la cara, lo olió. Áspero, putrefacto, seco. El recuerdo del cuerpo se agolpó en su memoria. La sangre en todas partes, el moho escalando centímetro a centímetro, el cuerpo medio esquelético de los restos de aquel occiso. Arcadas prorrumpieron la boca de la coneja. Su madre que ya le llevaba el desayuno (una miseria de zanahoria con una hoja tan oxidada que era difícil calcular su edad), lo tiró a su lado. —Hija, tranquila. Se ve peor de lo que sabe, de veras. Anda, come, que necesitas fuerzas.

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—¿Para qué te molestas, Rosa? La pobre no hará nada ni comiéndose todo el almacén—. Ella no respondió; simplemente observó a su marido con indiferencia mientras comenzaba a comer. Los minutos siguientes estuvieron llenos del ruido de las mandíbulas masticando lo que apenas se podía llamar alimento. Ella solo miraba su comida, pasmada, sin atreverse a mover la pata o acercar el hocico para comer. «No… Solo era un sueño, nunca podría pasar eso. Aquí no.» Respiraba a bocanadas rápidas, sin dejar tiempo suficiente para sentir que su aire se revitalizaba. Aquel olor lo captaba tenuemente. Sí, podía sentir su pelaje endurecido en su espalda, justo donde había aterrizado. La coneja se estremeció. No deseaba admitirlo, pero las pruebas la abofeteaban conforme más examinaba su cuerpo.

—Hija, debes de comer. Ya te tienes que ir. Hasta aquí oigo a los demás granjeros yéndose—. Era cierto: Brinco pegó oreja en dirección a la salida de su hogar. Fuera, el rumor de pasos y conversaciones llegaba tenue.

Sin prensarlo mucho, y aun con cierto asco en la lengua, salió corriendo. Se despidió con un gesto leve de sus padres. No deseaba discutir; no estaba de ánimos, o estable, para eso. Aquellas imágenes seguían recorriendo su mente, no era el momento para hablar. Tal vez el trabajo por una vez en la vida sería un alivio más que la condena. En la gran plaza central de la madriguera, ya estaban congregados la gran mayoría de los granjeros, solo los rezagados y más perezosos salían con desgana del túnel conector. Brinco se colocó lejos del tumulto de gente, esperaba poder escuchar bien.

—Compatriotas de la comunidad —atronó una voz—. De súbito, las conversaciones y murmullos se callaron. —Sé que ha sido una temporada difícil. Los costosos tributos a nuestro protector han producido malestar en algunos. Lo entiendo perfectamente; yo mismo soy el primero en levantar la pata, y gritar ante la ineficiencia. No libramos una batalla ardua y sangrienta contra nuestros opresores para que no pudiéramos vivir en paz. Ya he hablado con nuestro protector can, acerca de estas cuestiones, y les puedo asegurar que ya está advertido. Una falla más y está fuera de nuestro servicio.

Varios de los presentes vitorearon, aunque los cuchicheos no se hicieron esperar. La misma Brinco dudaba de la eficiencia de su protector ante la desaparición de otro compañero hacía dos semanas. Nadie lo comentaba, pero era un secreto a voces el descontento.

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—Hermanos y hermanas, por favor. Sé de su descontento —la multitud se quedó helada—. Por ello, he actuado en consecuencia. Yo sí escucho a mi pueblo, no como aquellos que me precedieron. Esos malditos monstruos, aquellos haraganes que nos hacían trabajar sin descanso, que se quedaban con el fruto de nuestro sudor mirándonos como basura— el público y hasta Brinco asentían ante aquellas palabras—. Gracias a dios ustedes casi no vivieron esos tiempos. Pero sus padres lo pueden confirmar. Yo, en cambio, no descansaré para que mi pueblo esté a salvo. Ellos nos querían separados, pero todos juntos saldremos adelante.

Con aquellas últimas palabras todos vitorearon, repitiendo que juntos lograrían estar bien. Brinco compartía cierto entusiasmo. Sabía que todos debían de ayudarse para estar mejor. Pero a ella, nadie la ayudaba y la tachaban de haragana.  Por ello, no percibió esa unión que su gran líder les demandaba. ¿Y sí hablara con él para exponerle su caso? No le gustaba mucho la idea, su madre era la líder de su familia, no era bueno actuar sin su consentimiento. ¿Verdad?

Al son de un cántico, los conejos se pusieron en camino a la salida. Algunos se empujaban al pasar por el estrecho agujero, Brinco se quedó rezagada. No le convenía intentar apretujarse entre tanto gentío. —¿Me permite unos minutos señorita Rodríguez? — De reojo ella deslumbró una masa negra, tan grande que no vio su final. Su olor era a tierra húmeda. Aquello le hizo recordar la cueva a Brinco, un repelús recorrió su cuerpo. El gran conejo no esperó la respuesta de la coneja y se encaminó al túnel que daba a su hogar. La madriguera no era un lugar muy basto. Los antiguos líderes conejo (los de color café) se habían separado de sus homónimos oscuros y blancos. Para ellos había otro complejo de hogares en la madriguera. Al no ser realmente muchos, la “élite” solo eran cinco familias, de no más de cuatro miembros, mientras que el resto del pueblo eran veinte familias de hasta casi ocho integrantes por cada una. En la actualidad Brinco sabía que sólo quedaban doce familias, siendo las más numerosas de solo cinco miembros. Aun así, nadie quiso ir a la zona en donde sus represores vivían.

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El camino a las madrigueras era ancho, alto y bien aplanado. Se notaba el esmero con el cual fue hecho. Hasta donde sabía Brinco, el colmo para el inicio de la revolución había sido el proyecto del empedrado al túnel de las madrigueras de los cafés. Su pueblo estaba muriendo de hambre, pero ellos preferían empedrar su camino. La caminata fue callada. Ni el gran conejo dijo nada ni ella se atrevió a preguntar. Le habían enseñado que sí él daba una orden se tenía que ejecutar al pie de la letra. El líder siempre tenía la razón.

 Pasaron al lado de grandes puertas que daban acceso a las diferentes casas de los cafés.  Conforme avanzaban eran más grandes. La negrura y abandono gritaban a viva voz, cuando ella miraba al pasar. ¿Cuánto llevaban así tan… solas? No estaba segura, no quiso detenerse mucho a verlas. 

Pararon al final del pasillo. Delante suyo la puerta de los aposentos del gran conejo era más grande que el mismo, algo que a Brinco le parecía ya difícil. El hueco no era sin más una puerta que giraba para cubrir el interior de los curiosos. No. Aquello habría sido ser como la chusma. La puerta daba acceso a una rampa que subía en pendiente de cuarenta y cinco grados. La subida estaba iluminada por múltiples antorchas. Era cegador. Brinco tardó un momento en acostumbrarse al cambio de luz. «¿Para qué necesita tanta luz? Con un par iluminan bien.» pensó parpadeando.

Las luces no fueron ni de lejos lo más impactante para la coneja. No, aún le esperaba cosas mayores. —Entra, siéntete como en casa. Permíteme ofrecerte agua.

Delante de Brinco se alzaba una inmensa estancia cuadrada. A la derecha tres mullidas camas de paja perfectamente alineadas en media luna. A la izquierda tres puertas quedaban a la cocina, baño y dormitorio. Ella no pudo verlos mucho, pero captó la enormidad de cada cuarto. El gran conejo regresó con agua en un recipiente pequeño, lo colocó junto a una de las camas de paja y, él mismo se repantigó en otra bostezando. La miró con los ojos entrecerrados. Brinco tardó un poco en entender las señales que le daba con los ojos. —Que te subas como yo he hecho niña.

Roja de vergüenza, la coneja hizo lo que le indicaban. La cama, que de lejos ya se veía grande, era del tamaño ideal para alguien como el gran conejo. Pero para ella en cambio…

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—Mira, iré al grano. Sé que no has tenido un buen desempeño en tu área de trabajo. Sé ver las limitaciones de los demás, por algo soy el líder— Ella asintió casi como aturdida—. Pues bien. Quiero encargarte mejor al almacén. Se que aun deberás cargar y mover cosas pesadas, pero al menos tendrás mucho tiempo para hacerlo sin el peligro de tener que cumplir cuotas.

La coneja asintió sin decir nada. Él se la quedó viendo como si inspeccionara su físico o su carácter ante la noticia. Brinco se quedó quieta mirando sus patas. No tenía miedo, pero para nada se sentía cómoda. La gente que la miraba así era para terminar insultándola por algún aspecto físico o su ineptitud. Todo estaba callado, Brinco podía escuchar su corazón retumbar en la casa. Desvió la mirada buscando una distracción. Deseaba seguir la conversación, causar una buena impresión. Se terminó fijando en las tres piedras recargadas en la pared, cada una en forma de flecha.

—¿Qué son esas piedras? —preguntó al fin. El gran conejo la observó un momento y después de suspirar respondió.

—Esas cosas. Son reliquias del pasado. Hace ya cinco generaciones que las tenemos. Las “grandes piedras de la fundación”. ¡Patrañas te digo! Son simples piedras que encontraron nuestros antepasados al construir la madriguera. Una por raza de conejo. Los rápidos blancos, los fuertes negros y por último los bastardos de los cafés. La gente insistió en que las conservara por tradición. Pero me parecen unas baratijas.

La piedra de en medio era la que más destacaba por su gran tamaño; la tierra, debajo de ella, se hundía un poco. Las otras dos eran la mitad del tamaño que la central y destacaban menos. ¿Por qué Brinco nunca había escuchado de ellas antes? Le pareció algo interesante de la historia de su pueblo.

—Oye, dime, conejita. Ahora que vas a estar en el almacén, ¿no tienes curiosidad por el otro? —la atención de ella regresó de golpe a su interlocutor. Él la miraba con una sonrisa profunda, le marcaba la cara, provocando arrugas. La pobre coneja trató de gesticular una respuesta; lo único que le salieron fueron palabras ininteligibles. ¿Desde cuándo sabía de ese lugar? Bueno eso le ahorraría explicaciones. ¿No?

—Sí, un lugar casi mágico. ¿No te lo parece, niña? Lleno de alimento que podría salvar del hambre a cualquiera. ¿No te encantaría dejar de ver a tu madre sufrir? Qué tal ser el orgullo de tu padre. ¿No?

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La idea se le implantó en la cabeza. Sí, no más regaños; volviendo a ser la familia que eran antes sin tantos problemas. Ver a su madre comer bien, con viveza y placer, no con culpas en los ojos. Y su padre orgulloso, darle ese descanso que se le debía ante su servicio. «Sí, todos coreando mi nombre, respetándome». Miró a los ojos al gran conejo. Su gran líder, su benévola actitud le permitiría quedarse con una recompensa justa del botín y… Brinco parpadeó mirando las rocas que estaban en la pared. Un estruendo. Eso fue lo que inició todo, el estruendo que dio luz al lugar y le permitió ver… bueno, aquella cosa. Porque ya no era un conejo, hacía mucho que no. 

—¿Sabe lo que hay en la fosa de arenilla blanca? —El gran conejo, que mantenía su jovial sonrisa, se puso de pie. Sus ojos se ensombrecieron. Ella se sintió pequeña. ¿Estaba temblando? Sí, así era. Aquel líder que tanto ayudaba ahora se convertía en una fiera mirando a su presa.

Lo que ocurrió a continuación ni la misma Brinco supo qué fue. Aquella masa de pelaje negro, prominente, rígida en un segundo se abalanzó hacia ella. La cama que estaba debajo de él se hizo añicos ante el peso y la fuerza del impulso. Con las patas extendidas al aire se arrojó con todo hacia la pobre coneja. Pero ella no se quedó pasmada.  Y sin percatarse, ya se estaba moviendo incluso mucho antes de la embestida. Su atacante impactó de lleno contra la cama ocupada por Brinco y, después de destruirla, la inercia provocó que siguiera de lleno hacia la puerta de la madriguera. Ella corrió en dirección contraria entrando en la primera puerta que vio. La cocina. La circunferencia del cuarto estaba atestada de zanahorias y hojas verdes apiladas. Le pareció una cantidad ingente de comida. En el centro mismo del cuarto estaba una pileta de agua poco profunda. El agua inmóvil comenzó a llenarse de oleaje. Venía a la carga de nuevo. —Condenada escoria.

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Brinco ni siquiera se dio vuelta. Entró en la habitación y de un salto se encontró al otro lado de la piscina. El gran conejo no entró. Lleno de paja, con una herida en la cara, se quedó en el umbral de la puerta jadeando con los ojos desorbitados y enseñando los dientes a su presa. Los dos se quedaron viéndose, cada uno aportaba un sonido. Uno su respiración y la otra el retumbar de su corazón. Nadie se movió, esperando la iniciativa del otro. Los dos lo sabían, no habría vencedor para aquello, solo un dolor y sufrimiento. Brinco dio unos pasos atrás, medía el espacio restante antes de ser acorralada. Por encima del hombro de su agresor vislumbró la salida. Una vasta puerta iluminada por un par de antorchas. Su escapatoria, la vida. Un golpe seco la regresó a la realidad. Había llegado al final del cuarto.

Ese fue la llamada a la carga esperada por el gran conejo. Se lanzó contra ella brincando para evitar la piscina de agua. Brinco lo esquivó; había poco espacio donde moverse. El forcejeo entre las dos almas fue encarnizado. Patadas de uno y rasguños del otro. Las zanahorias volaron en la refriega golpeando a ambos. Al salir de la cocina, Brinco sentía el cuerpo arderle como si miles de espinas la picaran a la vez. Aquello no sería el único dolor. Un impacto la cegaría. Se estampó contra una roca fría y allí se quedó. Al abrir los ojos, a su lado se encontraba una zanahoria; aquel manjar se lo habían lanzado. «¡Ay! Esta no era la manera en la que quería recibir más comida» pensó mientras se tocaba el cráneo.

—Al fin te quedas quieta mocosa. Sabes, otros simplemente se quedaban quietos del miedo al ver que yo, su gran líder y salvador los atacaba sin piedad. Eres la primera en intentar escapar. Pero ya se acabó el juego.

Una sombra negra gigantesca se proyectó sobre ella. No le vio la cara, estaba cansada y con un fuerte dolor en la cabeza. Su corazón se le había calmado, ya no le retumbaba en el pecho. El cuerpo antes tenso, ahora estaba laxo y relajado impidiéndole moverse. ¿Sería el final? Bueno el día anterior dos veces creyó que sería el fin, pero ahí estaba de nuevo ante la posibilidad de morir. Vaya día estaba teniendo.

—Esta vez no te voy a subestimar niña. Voy con todo— acto seguido las piernas del gran conejo desaparecieron de su vista.

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El estruendo fue bastante considerable, pero lo que más percibió Brinco fue como la aplastaron, sus entrañas deseaban salir desparramadas por su hocico, el aire de sus pulmones se desvaneció y sus ojos se llenaron de negro. La caída no resultó ser tan horrible, no se percató de lo sucedido hasta dentro de un par de segundos después. Primero recuperó lo perdido; por medio de tos y asfixia trató de llenar sus pulmones. La privación de aire tan violenta le provocó dolor al recuperar ese gas tan preciado para los seres vivos.

Permaneció acurrucada. ¡Que cansancio era todo! Prefería dormir y ya. Para que molestarse en otra cosa, su cuerpo demandaba descanso con múltiples ardores, pellizcos y pulsaciones. Sí, se lo merecía. Nunca la dejaban…

—Mmmm….

Un gemido. ¿Suyo? No, para nada deseaba proferir sonido alguno, le dolía incluso respirar. ¿De quién entonces? Bah, luego vería ese asunto. Descansar, sí, eso era lo importante. Ya solo debía de relajarse, soltarlo todo y…

—Maldita— al fin abrió los ojos. Una luz lejana iluminaba la escena. Zanahorias por todos lados. Ella misma sepultada por una o dos. Un olor familiar y aterrador. Sí, el moho de antes. «Debo de huir. Aún no estoy a salvo» se arrastró como pudo entre las zanahorias. Alzó la cabeza y percibió un tirón en la espalda, agudo y frío. No le hizo caso, debía de saber dónde estaba él. A su alrededor las montañas de zanahorias estaban medio destruidas y regadas por el suelo.  Del lado izquierdo una gran roca estaba encima de varios bastones naranjas hechos puré. «¿Esa roca ya la había visto antes?».

No pensó mucho en ello. Trastabillando se acercaba una masa negra, grande, peluda. El gran conejo quitaba con cuidado los obstáculos a su alrededor mirando a Brinco. Gemía con cada paso dado. «¡Huye!» le dijo una voz en su interior. Trató de ponerse en pie, pero el esfuerzo la tiró de nuevo al suelo. ¡Por los bigotes de su padre! El dolor incrementaba con cada movimiento mientras se incorporaba otra vez. Podía notar la respiración de su perseguidor. Cada vez más y más cerca, pronto la pillaría y los arañazos serían lo mínimo que le haría.

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Se imaginó en aquel hoyo sangrando mientras la arena la iba enterrando poco a poco. Luego el moho la envolvía destruyendo su piel, dejando únicamente huecos por donde entraba el aire. No, no. Temblando se paró. Las náuseas se agolpaban en su boca. Un sabor agreste, salado y caliente le penetraba hasta en los dientes. Aun así, continuó. Le temblaba todo, algunas partes perdían la fuerza y eran arrastradas ya. No llegaría lejos. Sin más a donde ir, un túnel en la pared fue su destino. No lo había visto en su anterior visita, aunque no había visto casi nada antes. El túnel era espacioso, no muy alto, pero sí bastante ancho. Una rampa la recibió. Arrastrarse por ella fue un martirio, las patas le quemaban con cada paso. La respiración de su captor le pisaba los talones, la percibía en la nuca, tan fuerte como si ya lo tuviera encima y solo la observara por diversión.

Lo único que logró ponerla tranquila fue la lluvia. Las gotas fueron vida para ella, como si la acariciaran tenuemente tratando de que el dolor se fuera. Siguió arrastrándose una y otra vez. Cada movimiento le permitía percibir esas caricias sanadoras. Fue ahí donde se desplomó. La tierra debajo suya la hizo resbalar como si estuviera encima de una piedra lisa y pulida. Rodó. Vio negro y luz en sucesiones rápidas. El olor a mojado incrementó; el cuerpo se le enfrió impregnándose de un material viscoso y húmedo.

Lo último que recordó en ese momento fue el ruido de plantas y el golpe que la detuvo al fin. Duro y seco, así la recibió. Se desmoronó rendida, en un sueño bien ganado.

              ●                                      ●                                        ●

El aire era húmedo. El rocío matutino le profería al ambiente un olor fresco y frío. Los primeros movimientos de la coneja fueron lentos. Su cuerpo tenso no deseaba moverse. Necesitaba más descanso. Una gota le comenzó a golpear la cabeza, en intervalos regulares. Aquella sutil molestia era el despertador perfecto.

—Ya voy, ma —vociferó como un gruñido. Su amiga la gota continuó su tarea a pesar de la respuesta.

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Sus párpados, llenos de una sustancia seca, se abrieron pesadamente mostrando imágenes difusas. La luz, atenuada por sombras de hojas, proyectaba rayos sutiles. Volvió a caer rendida. El frío le comenzaba a calar. Se estremeció. Mala idea. La coneja articuló un grito, o al menos eso le pareció. ¿No era mejor dormir? Perderse en ese sueño reclamado por cada célula: dejar todo atrás, incluido el dolor y el sufrimiento. Sí, sonaba bien. Poco a poco los sonidos se fueron amortiguando, como si estuvieran al otro lado de una puerta. “Adiós” era el susurro escuchado por la coneja.

Otra gota la sacó de aquel estado, siendo como una bofetada bien repartida en la cara. Capaz de despertar a un ebrio en plena resaca de quincena. Abrió los ojos, inyectados de rojo. Observó a la miserable causante de no poder llegar a su Valhalla. «Debo de arrastrarme a un lado». Su pata atrofiada, le cosquilleó al moverla. Clavó las uñas en el pedazo de tierra más lejano. Sin mayor dilación tiró de sí. El esfuerzo inicial lo sintió como si miles de conejos tirasen de ella al mismo tiempo. Un estruendo aguado recorrió por todo su cuerpo. Fue tan fuerte que, ahora sí gritó a desagote.

Otro “ploc”, de su peor enemiga, le cayó en sus sienes. «Estoy condenada», pensó. Respiraba a bocanadas, el estremecimiento la había dejado sin aliento.  ¿Qué le habían hecho? Recordaba la velada con poca lucidez. La reunión con su líder, una caída y la lluvia. Sí, la caída; sabía que ese hecho era importante. Recibió otra visita húmeda del cielo. Ya no le prestaba atención. Su cuerpo, antes apacible, era ya un hervidero de cosquilleos, punzadas y picazón. Ella había encendido un interruptor, ya no se apagaría.

Durmió otro rato. No era fácil precisar cuánto tiempo, pero el sol decía que así fue. La luz era más tenue, rojiza. Brinco no deseaba mover ningún músculo, temerosa de las represalias. Se quedó tirada, dormitando entre un sueño pasajero y la luz rojiza que iba desapareciendo. En esos lapsos le pareció escuchar pasos. Maleza moverse, troncos siendo arañados. Antes, aquello la hubiera perturbado, pero ya no. Sin mayor vergüenza, fue presa de la oscuridad de sus párpados.

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La próxima vez que abrió los ojos no fue culpa de esa molécula de H₂O. Esa oportunista se había esfumado. Ahora era por su cuerpo. Hambre. El calor en el ambiente era sofocante, y por fin su estómago tenía el coraje de hablar. Fue un rugido prolongado. Pero lo más significativo fue el retortijón. Digno de cualquier pellizco que su madre le hubiera dado.

—Bien, ya entendí. Voy.

¿Cuánto llevaba sin comer? No estaba segura. ¿Uno o dos días? Podía ser.  Su estómago no dejaba de recordarle la necesidad básica a cubrir. Temblando, volvió a mover la misma pata de antes. Esta vez con otro enfoque, pararse. Recargó la extremidad. A manera de palanca, usó esa pata, liberando la otra de delante. Ya solo quedaba lo más difícil, parase. Sus orejas estaban muy calientes, quemaban. Jadeando incorporó sus patas traseras. Lento pero constante, su cuerpo se erigió sobre sus cuatro extremidades. Incómoda y sufriendo el cansancio, logró al fin sentarse en sus cuartos traseros.

¿Qué dolería más: caer al suelo o permanecer parada? No quería averiguarlo. «Bueno ya estamos aquí. ¿No?» se dijo afianzando las patas traseras. Podía sentir la tierra entrando en sus uñas, estaba fría. Cerró los ojos tratando de percibir todo su ser, cada punzada o herida. Dio un paso exitoso, aquello la hizo envalentonarse. Lo siguiente no fue tan sencillo. Al tratar de mover una de sus patas traseras, un latigazo la detuvo. Fue rápido y agudo, de esos dolores que van más allá de la superficie del cuerpo internándose hasta los huesos. Gimió, pero no bajó su extremidad al suelo. Ya estaba ahí, debía de acabar lo iniciado, no dejaría nada inconcluso. Completó el arco a pesar del dolor. Al depositar su pata en el suelo, esta tronó con un vasto sonido.

Sonrió. El primer movimiento estaba hecho. Aún no deseaba ver nada, iba a ciegas. Dejó de concentrarse en lo que hacía para que fluyeran los movimientos de su cuerpo. Todos iniciaban casi igual. Un latigazo, luego un retumbar de huesos. Al cabo de un rato caminaba con cierta normalidad. Las molestias persistían, cada vaivén era acompañado de esa sutil dolencia. Un recordatorio constante de su daño físico.

Finalmente vio donde estaba. Delante de los arbustos que la cubrían, se alzaba una cuesta bastante empinada. Llena de algunas rocas, raíces y árboles. —Debí de caer por ahí, estoy segura— se dijo a sí misma.  

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Su cuerpo comenzó a temblar al estar detenida. Emprendió de nuevo la marcha. Temía que si caía no volvería a levantarse. Sopesando sus capacidades actuales, tomó la decisión de dar un rodeo. El hambre le escoció otra vez el estómago. No se podía dar el lujo de perder fuerzas sopesando opciones, debía de actuar.

Nunca había recorrido páramos como aquellos. El bosque era su hogar, pero siempre cerca de su madriguera de ser posible. Ni siquiera los campos de sembradío estaban tan lejos. Solo bastaban cinco minutos para llegar a ellos. El bosque con sus maravillas era peligroso. Su comunidad era pequeña e indefensa, ello los había orillado a contratar a un protector. «Un protector» las palabras le retumbaban en la cabeza. ¿Quién había dicho que necesitaban un protector? Sí, eran frágiles e inútiles para luchar, debían de huir ante un ataque. ¿Pero realmente lo necesitaban? La lógica decía que sí, ellos no se podían defender. Algo no cuadraba. Cada día iban desapareciendo más de los suyos. El gran conejo reiteraba la necesidad de un protector, indispensable les decía. «“No eres la primera en tratar de huir a su destino”» las palabras de su líder eran un eco en sus oídos.

—¡Ese mal nacido!

Aun con su grito el bosque parecía muerto, tan callado como una tumba. Ni pájaros o el aire cantaban. Estaba sola ahí junto a árboles mudos, pero con oídos. Aceleró el paso con cierto aire renovado en sus piernas. ¿Las sombras se estaban haciendo más grandes?

Conforme avanzaba, la cuesta se iba aplanando. Lo malo: el bosque se hacía más oscuro y espeso. Le temblaban las piernas. Estaba casi segura de que el motivo no eran sus heridas. Continuó con pasos cortos, aun tronando al andar. Se internó en aquel follaje oscuro. La inquietaba encontrarse con un gato o algo peor. Cada árbol delante suyo era un perfecto escondite para una emboscada. Sus orejas sondeaban la zona en busca de minúsculos indicios de presencias enemigas.

«Mira eso» se dijo viendo una hilera de piedras delante de ella. Se encontraban perfectamente alineadas una tras otra al borde de la cuesta, como sí la delimitaran. Sin duda el mayor detalle a destacar era que entre dos rocas de esa hilera se abría un camino, un pasaje en rampa para subir a lo alto de la cuesta. ¿Acaso alguien deseaba evitar la fatiga de caminar hasta el punto donde la cuesta y el terreno se unían? Pues ella sí deseaba evitarla. Tomó el pasadizo sin dilación.

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Mientras caminaba por el pasillo, sus pasos la ponían alerta. Resonaban en las paredes. Con los pelos de punta, prosiguió el camino hasta salir arriba. «Al fin, a casa», suspiró aliviada. Solo debía desandar los pasos para regresar a su hogar, tal vez comería algo, luego a por el gran conejo. Pondría al canalla en su lugar. Lamentaría el momento en el cual decidió enfrentarse a…

Detuvo sus ensoñaciones. Delante, no muy lejos de su posición, estaba un gato tirado en las raíces de un árbol tomando el sol. Se lamía una pata sin mayor preocupación, repasando sin cesar la misma zona. La coneja se acuclilló mirando a los lados. Retrocedió sin dejar de ver al gato. Sin darse cuenta de la presencia de la coneja, continuaba su baño exhaustivo. Brinco dio media vuelta poniendo pies en polvorosa. Esperaba no perder la cuesta, al dar un rodeo.

¿Cuáles eran las posibilidades de encontrar otro minino? Para ese punto, altas. La suerte de la coneja tampoco jugaba a su favor, al girarse se encontró con otra presencia gatuna. Pecho blanco, torso y cabeza naranjas. Tanto él como Brinco se observaron durante unos instantes, calibrando la situación. El gato, con mayor desorientación, dio unos pasos atrás. Brinco no lo dudó e inició su carrera. No esperaría otra cosa. Corrió entre los árboles, pasando debajo de varias raíces en forma de puentes. El ruido de algunas ramas no tardó en escucharse. Su enemigo emprendía la caza.

Trastabillaba del lado izquierdo. Sus orejas se le calentaban. Jadeaba mientras su espalda le ardía con cada zancada. A su alrededor el bosque se difuminaba. ¿Acaso corrían en círculo? Dobló en un ángulo muy cerrado esperando perder a su perseguidor. Su cazador le seguía el paso sin problemas. Provocó más ruido que Brinco al girar, ello le dio una idea a la coneja. Primero giró a la derecha, luego a la izquierda, por último, otro giro a la izquierda. Resoplaba, sabía que su cuerpo herido no mantendría el ritmo por mucho tiempo. Miró de soslayo atrás sin dejar de correr. El minino ya no se encontraba, lo había logrado.

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Disminuyó la velocidad paulatinamente. Podía sentir sus músculos expandirse y contraerse. Respiraba como si sus pulmones no lograran retener nada de aire. Sonrió desplomándose en sus cuartos traseros. Deseaba reír, así como llorar. La experiencia había sido aterradora, pero también había un sentimiento puro casi embriagador. Sus extremidades no le exigían descanso, no. Le pedían seguir corriendo más. Su estómago se le contraía al pensar en ello. ¡Que placer había sido correr de esa manera!

Cerró los ojos, escuchando su corazón: le gritaba. Sí, era gratificante correr. Parecía ser buena en ello, incluso se había logrado quitar de encima a un gato.

—¡Por los bigotes de mi padre! ¿Por qué no hay trabajos así en mi hogar? —suspiró soñando con volver a hacer esa hazaña. Ya veía la cara de los otros conejos al no creerle lo que había hecho.

Aún con una sonrisa en la cara, logró ver unos ojos en la maleza. No reaccionó de inmediato. Eran negros, densos, no la perdían de vista ni por asomo. El iris se expandía con lentitud cubriendo la córnea al completo. Detrás suya percibió otra presencia. ¿Otro amigo se unía al juego? La estaba rodeando. Su corazón se aceleró, un retumbar cargado no de miedo sino excitación.

Se preparó, lento, sin prisas. No deseaba adelantar el inicio de la caza con sacudidas bruscas. Intentó que todo pareciese natural. Debía de verse como una presa distraída, una ignorante del peligro. Cuando por fin estuvo en posición de correr emprendió la huida. La excitaba el ambiente de peligro; aun así, no era tonta o una loca adicta a esas emociones. Sabía lo que estaba entre manos.

Sus perseguidores no se hicieron esperar, con similar velocidad se colocaron a sus seis. Lo único que los separaba era una minúscula distancia. De nuevo el bosque se convirtió en imágenes borrosas. Evitaba ramas, hojas y saltaba raíces casi tan altas como misma ella. La carrera no la cansaba, hasta percibía nueva vitalidad en el cuerpo dolorido. Era como si las heridas decidieran al unísono pausar toda molestia.

La carrera no fue igual a la anterior. La coneja intentó dar vueltas cerradas para perder a los gatos, no iban a caer en la misma dos veces. Después del cuarto intento, pudo sentir las garras de uno de ellos pasarle a centímetros del cuerpo. Cada vez estaban más cerca. Continuar con la carrera tampoco era opción. Su cuerpo herido cedería antes, era seguro. La cena pronto llegaría.

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Los sentidos de Brinco trabajaban a todo vapor: el tacto, el oído, la percepción espacial, la predicción. Sin embargo, había uno al que no estaba sacándole el mayor jugo. Su nariz. El olor de los felinos le sofocaba. Sus tácticas la alejaban del olor apenas. La inquietud por precisar la posición de sus perseguidores la hizo descuidar los otros aromas.

Al evitar otro zarpazo dirigido a sus patas traseras, respiró una bocanada larga. Con ella recuperó el aliento, además, captó un olor. El hedor gatuno era fuerte y abrazador para sus fosas nasales. Pero había otro aroma, débil, pasaba desapercibido. Agua. No cualquiera, no, era la de un río cercano. «Mi hogar. Debe de ser el mismo río el cual usamos para regar los sembradíos».

Continuó corriendo, utilizaba los obstáculos naturales que el bosque le ofrecía como apoyo. Ahora que ya tenía un destino dobló a su izquierda trazando un arco amplio. Evitó a uno de los gatos que le había cortado paso al momento de girar. Le rasgó el cuerpo al pasar. Liquido caliente salió de varias partes goteando. Lo ignoró. Se acercaba a su salvación, no se detendría por nimiedades. El segundo olor se intensificó. Los árboles le hacían espacio conforme avanzaba, como celadores esperando su paso.

Por fin lo vio. Lleno de pequeñas rocas a sus lados, abundante maleza rodeando la orilla, ese era su rio. Había llegado a casa. La carrera de Brinco no disminuyó, todo lo contrario, aumentó. Cuando estuvo al lado del agua saltó. Mientras volaba como pájaro surcando los cielos, pudo sentir el desgarre muscular de sus patas, sus músculos lo habían dado todo. Gritó, pero cualquier espectador de la escena la hubiera confundido con el llamado a una carga heroica.

El agua helada fue la cereza que coronaba el pastel de aquel día. Penetró en sus heridas, no la dejó respirar bien. Calambres la azotaron ante el cambio de temperatura. Sus dientes le castañearon cuando salió a la superficie. Dio brazadas con sus patas delanteras moviéndose apenas. La corriente era leve, sin embargo, la arrastraba. El nado nunca había sido lo suyo. Las brazadas delanteras eran todo su recurso disponible, atrás aquello ya era peso muerto. Había cumplido con creces.

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Su meta era no morir en ese lugar, ser otra cuenta en la estadística de la madriguera. La orilla se veía lejos, las patas cansadas se le estaban poniendo rígidas. Su cabeza se hundía y salía a la superficie a intervalos cada vez menos regulares. Se estaba muriendo. Ahora la idea de cruzar el río no le sonaba tan buena. Muy pronto sería la presa de un nuevo cazador, uno que era vida para todos y muerte para el retador que lo subestimaba surcándolo con imprudencia. Los árboles, piedras y algas al otro lado se difuminaban en corrientes borrosas. Brinco se estaba uniendo a los peces del rio.

La luz se difuminó, ahora era tenue casi oscuro. Todo su ser descansaba. Voces le susurraban. ¿Acaso le decían que fuera con ellas? ¡Al fin! Un grupo que la quería con ellos. No duraron. De súbito le dio un espasmo, la sacó del letargo. Abrió los ojos sin ver nada. Una tos la invadió. El agua salió de su boca permitiéndole respirar. Se desplomó en una cama dura llena de protuberancias. Las olas le cubrían parte de las patas traseras.

—¿Lo logré? —se dijo esperando la confirmación o festejo de otros ante la hazaña. Sí, lo había logrado. Estaba del otro lado del rio.

             ●                                      ●                                        ●

¿Qué hora era? El frío le calaba. A su alrededor había piedras muy redondas, vegetación abundante y humedad. «¿Me quedé dormida?» se preguntó al pararse. Sus piernas doloridas fueron el recordatorio perfecto de lo acontecido. Miró detrás de sí. Un pequeño cauce corría. A la vista no parecía tan profundo ni largo como le había costado a ella cruzarlo.

Todo siempre parecía más fácil desde fuera. Estiró sus piernas tocando el agua fría en el proceso. A su alrededor todo era paz en aquel lugar. Se le erizaron los pelos de su espalda. Su nariz, fría y pequeña, trabajaba sin descanso. Debían de estar en algún lado acechando. Esos felinos nunca se rendían. Sin embargo, era difícil no creerle a su mayor aliada, su nariz. Comenzó a moverse, inspeccionando los troncos cercanos y plantas. Lo había logrado. ¿Por qué no se sentía como una victoria? Su corazón se sentía complacido al recordar la carrera. A pesar del peligro, al final, ella era la estrella.

—Por fin gané en algo —gritó con una sonrisa en la boca.

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Escudriñó mientras avanzaba a paso lento. Al fin, después de su quinta bocanada, soltó su tensión en un suspiro. Estaba a salvo. Su idea, que casi la mató, la había puesto del lado ganador. Qué mal que sus padres y «amigos» no la hubieran visto. Se los restregaría en casa.

El cauce del río la condujo lentamente a tierra alta. Todos los años, cuando los conejos más jóvenes estaban listos para apoyar en las labores de recolección en los sembradíos, eran llevados a una excursión. El rio era su guía en caso de perderse. Seguirlo sería su salvación, solo debían de seguirlo contra la corriente. Si uno llegaba a ver un tronco caído, debía dar la vuelta. Un punto de partida algo confuso, pero no imposible de encontrar. El rio era vida y, como tal lo respetaban. Solicitaban permiso para tomar de sus aguas, tirando ofrendas de comida en su cauce. Debían de pagar a cambio de la comida que él les daba.

Brinco no tardaría mucho en llegar a zonas conocidas. Al estar en su hogar, llamaría a una asamblea de inmediato y... ¿Pero sería tomada en serio? Se le antojaba difícil, la gente no la valoraba mucho como para escucharla. 

 Suspiró mientras inspeccionaba el paisaje a su alrededor. Al menos el lugar era bonito y el ambiente era cálido a causa del rio. ¿Faltaría mucho? Se preguntó al sentir el cansancio en todo el cuerpo. La siesta tomada después de su hazaña no fue suficiente. Deseaba tomar un descanso largo y duradero sin ser molestada. Rengueaba de sus piernas traseras, lo cual la obligaba a tomar descansos cada vez más seguidos. «Por lo menos no tengo que correr» se dijo dándose aliento mientras descansaba.

Al ver un árbol torcido en forma de túnel supo que al fin había llegado. Su hogar estaba delante de aquel árbol. Ella siempre lo veía al salir rumbo a los cultivos. Se introdujo en el túnel admirándolo al pasar por él. Las paredes parecían haber sido pulidas por alguien, dejando una superficie pulcra en todo el túnel, nada de irregularidades. Era hermoso, por fin, detenerse a ver cosas que nunca admiraba. Todos los días era igual, observando de reojo miles de curiosidades sin poder verlas realmente.

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Se detuvo sin darse cuenta y observó el túnel. Reflexionando su belleza, le surgió una cuestión: Tomar una pausa en su vida caótica había sido increíble. Las circunstancias que la habían llevado a ello no eran las mejores, pero no estaba tan mal. En la entrada de aquella maravilla de túnel su nariz lo volvió a captar. O más bien ella al fin prestó atención a los olores. Gatos. Sí, su olor era inconfundible, aún más para ella. Se detuvo, lo que provocó un leve chirrido de rasgadura. El sonido, aunque muy poco audible, le puso los pelos de punta. Su mente ya le mostraba imágenes de gatos saltándole.

«¡No! Cállate mente. Tenemos asuntos importantes» se dijo revolviendo la cabeza de lado a lado. Se agazapó y olfateó. Inhaló y exhaló lento, escaneando todo a su alrededor. ¿Acaso podría predecir el número de enemigos con solo el olor? No, era demasiado ambicioso. En vez de ello se fue a pegar a la pared izquierda del túnel. Estaba frío y algo húmeda, pero no le importó. Avanzó lo más sigilosa que pudo mientras observaba su alrededor. Sabía que por el olor no estaban cerca, apenas era un tufo lo que detectaba. Aun así, era suficiente para alarmarse. Al llegar al final del túnel, emprendió la primera ojeada. Mal momento para tener un color tan llamativo como el blanco de su cara. Cuando sus ojos asomaron fuera del túnel, los vio. A su derecha, el río corría por debajo de una pequeña subida donde descansaba el árbol en que estaba; a la izquierda, había un claro en forma de rombo. Los gatos permanecían ocultos en varios árboles alrededor. No despegaban ojo de su presa: el árbol mayor del claro que desprendía sus raíces muy por encima de la tierra. Entre esas raíces un hueco pequeño era la clave del interés gatuno. El hogar de Brinco había sido construido allí debajo, aquel árbol era la perfecta entrada al estar protegida por las raíces. Era idóneo para criaturas pequeñas como ellas.

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«Por los dientes de mis ancestros. Esos malditos. ¿Cómo pasaré? ¿Será mejor ir al otro almacén? No, ni se dónde está esa entrada.» Cada vez sacaba más la cabeza de su escondite calculando, observando, planeando. Conforme analizaba sus opciones, se iba deprimiendo. No era posible llegar a su hogar sin pasar por ellos. Esperar no era opción, estaba hambrienta y no deseaba dejar a su comunidad a merced de aquel tirano que solo los usaba para su propio beneficio. Pensar en él le asqueaba. Tantos discursos, vítores, promesas de todo tipo para acabar siendo usados sin el menor remordimiento. Ahora veía todas esas muestras de apoyo como lo que eran, las migajas usadas para ganar adeptos a su credo. Suficientes para sentirse apoyada, pero escasas para seguir dependiendo de ellas. A Brinco le revolvía el estómago.

—¡Eh, tú!

Brinco giró con los pelos de punta. ¿Era el mismo de hace rato? No se quedó a averiguarlo, sin dudarlo y con las piernas agonizando huyó despavorida del gato que entraba en el túnel. Sus pequeñas garras retumbaron al huir. Sin pensarlo mucho iba rumbo a su hogar. Al recorrer el claro, vio como varios de los gatos se agazapaban en su escondite, asustados por el estruendo que debía de hacer o por miedo ante un animal desconocido. ¿Era amigo o enemigo? Parecían interesados en quedarse quietos y averiguar antes de actuar. Aquella ventaja le iba de perlas a la coneja. Sin darse cuenta ya llevaba medio camino recorrido, sin que otro felino le saliera al encuentro.

«Si algo parece que va a salir mal, saldrá mal» rezaba un dicho escuchado por Brinco alguna vez. Ahora se ponía en práctica aquella frase. El felino más cerca de la madriguera le salió al encuentro. Sus ojos eran de un negro total. El gato no tuvo paciencia, se lanzó a su encuentro de un salto. Todo se desarrolló como en cámara lenta. El gato volaba con las garras listas. La coneja corría levantando tierra con cada zancada. Ambos se miraban a los ojos. Los dos parecían conscientes del desenlace y ninguno se detuvo.

El trayecto del felino era inevitable. La iba a pillar. A la coneja no le daría tiempo de cambiar su trayectoria. Además, seguro otro ya le estaba pisando los talones.

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Al final decidió saltar. No supo cuál fue el mejor momento de hacerlo, solo lo hizo. Utilizó la cabeza del gato a fin de sortearlo. El impulso no fue suficiente para librar todo el cuerpo del felino, pero al menos la dejó en ventaja cuando los dos cayeron al suelo.  Lo siguiente fueron golpes contra las raíces y la entrada en la madriguera más polvosa que había hecho. Cuando al fin notó en donde estaba, soltó el aire que estaba conteniendo. Su vista dejó de captar un solo punto, permitiéndole ver a todos lados. A lo lejos, el hueco de la madriguera estaba ocupado por varios ojos que se apiñaban con dificultad. Brinco no los examinó mucho y huyó madriguera adentro.

                ●                                      ●                                        ●

La peregrinación era como las anteriores. Todo el mundo iba callado, el ambiente tenso. No importaba a quien velaran, la mayoría lo sentía. Era un presagio para todos, no estaban seguros y ellos podrían ser los siguientes. Rosa ya no deseaba llorar. Lo había hecho con la noticia oficial y los pésames de todos los líderes de las familias. Desde entonces a su marido no le dirigía la palabra. Él tampoco fue nada comunicativo. No lo oyó llorar, pero su silencio en parte era peor que el llanto de Rosa. «No sé para qué voy a esto. Ni siquiera está ahí, velamos a la nada. Solo es para que todos se sientan mejor.» Se había planteado no ir, total, nadie la juzgaría. La familia Sáez Blanco no había asistido al funeral de su hijo mayor. ¿Realmente había alguien que pudiera juzgarte si no ibas?

La explanada ya estaba llena, aunque el atril principal no. Una decoración con zanahorias representaba a su hija, un intento burdo de reemplazarla. Deseaba volver a llorar. Se contuvo, odiaba que la gente la viera expresarse. Los demás conejos, al verla, le abrieron paso de inmediato para que pudiera acercarse. Las palabras fueron inexistentes, pero las miradas iban desde la compasión hasta la indiferencia. Rosa sentía cada una penetrándole el cuerpo, como, sin duda, había sentido su hija las garras de los diablos de orejas puntiagudas. ¿Acaso ese era su castigo por mandarla a cultivar en vez de ella? Un digno castigo por matar a su hija. Sí, al final ella la había matado. Era la única culpable, lo sabía.

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El gran conejo llegó rengueando a la tarima. El silencio se volvió sepulcral. Los observó a todos desde allá arriba. Parecía buscar algo hasta que al fin lo halló. —Rosa, querida, muchas gracias por acompañarnos. Mi más sentido pésame nuevamente— la coneja asintió sin verle a los ojos.

—Hermanos míos— continuó el gran conejo sin más—, hoy estamos reunidos por una fatalidad. Yo personalmente estoy devastado. Aquí, parado enfrente de ustedes y viendo este arreglo, me siento tan triste. Nuevamente la desgracia se cierne sobre nuestra gran comunidad de hermanos. Otra de nosotros perece ante nuestro enemigo más vil y despiadado. Esos monstruos lo pagarán caro. Se los aseguro. Si pudiera, yo mismo los haría pagar con mis propias patas. Hoy Brinco Rodríguez ha muerto a manos de los felinos en una misión de expedición convocada por mí. Es cierto, es mi culpa por enviarla a ella. Lo acepto y reconozco mi error. La idea de crear un cuerpo de reconocimiento parecía buena. Ahora sabemos que no.

Su líder hizo una pausa y un fuerte sonido de sorbo de su nariz se escuchó. —He tratado por todos los medios de remediar nuestra situación, evitar estas fatalidades. Nunca debemos hacer este tipo de reuniones. Tendríamos que estar celebrando la abundancia de las cosechas, no un muerto más. Rosa, sé que no sirve de nada para traer a tu hija, pero lo lamento. He fallado a ti y a nuestra gente. Y como penitencia salí a buscarla, debía de hacerlo. Pero solo me encontré un ataque de esos malditos y salí herido. No pude traerla de vuelta, Rosa...

En sollozos, el gran conejo detuvo su discurso cubriéndose los ojos. El pueblo le aplaudió, algunos vitoreaban por lo bajo. A Rosa solo le daba náuseas todo eso. ¿No estaban ahí para conmemorar a su hija, hablar de sus virtudes y cómo su muerte había trastocado a los demás? ¿Cuándo se había cambiado el tema a al gran conejo?

—Y hermanos míos… —las exclamaciones de horror o impresión interrumpieron el discurso. Toda la multitud, sin excepción, no despegaba la mirada del atrio. —¡Milagro de nuestros dioses! —«¿Y ahora qué está balbuceando ese tipejo?» pensó Rosa volviéndose. Ahí delante, sucia y cojeando de las piernas, estaba su hija que regresaba de entre los muertos.

—No es un milagro. Casi muero por tu culpa, maldito. Escuchen: este miserable tiene…

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—Entiendo tu disgusto, mi niña. Ha sido mi error en mandarte esa misión. Ahora estás trastornada por lo que viste, seguro esos gatos no te dejaron ni un solo segundo descansar —Brinco intentó volver a hablar, pero el gran conejo la interrumpió casi gritando—. Por favor, Rosa, lleva a tu hija a casa para que descanse. Se lo ha ganado, no tendrá actividad por toda esta semana.

Brinco observó a su madre. Su pobre hija, sucia, con magulladuras en todo el cuerpo. En sus ojos había un destello, le pedían apoyo. A pesar del espasmo y las ganas de llorar por ver a su hija, dio un salto como no los había hecho desde joven. Se plantó delante del gran conejo. Aquella bestia le doblaba el tamaño, pero no se amedrentó. —¡Cállate de una vez! —y así lo hizo el líder que ya comenzaba con otro discurso de unidad de su comunidad—. Déjala hablar. Es lo mínimo que puedes hacer después de casi matarla, tiene ese derecho.

La bestia negra abrió la boca como en protesta, un bufido fue suficiente para que reculase. Rosa miró a su hija y esta le asintió con una sonrisa. «¿Se ve más grande?» Se preguntó al verla mientras se dirigía a la gente. —Comunidad mía. Sé que nunca he sido del agrado de muchos de los presentes. Pero lo que les voy a decir no tiene nada que ver con simpatías. El gran conejo nos miente —los murmullos se extendieron de inmediato por todo el recinto—, y tengo pruebas para evitar cualquier malentendido. En su madriguera nuestro líder guarda un pasadizo secreto que da a un almacén oculto. Ahí guarda todos aquellos tributos que le hemos dado al guardián que contratamos.

Algunos conejos ya no murmuraban. Hablaban a viva voz del tema. Le comenzaron a pedir pruebas. Que no era posible mover tanta cantidad al día. Las burlas no se hicieron esperar. Había perdido al público y su interés.

—Ya ven, hermanos míos. La pobre desvaría, no sabe que es real y que no. No debemos prestar atención a una loca —las risas de muchos se alzaron sobre la voz de Brinco, que ya trataba de defenderse.  

—¡Yo le creo! —el rugido de Rosa a cayó la mayoría de las risas—. Si tanto dice el gran conejo que mi hija desvaría, no tendrá ningún problema en enseñarnos que no existe la dichosa entrada a la cueva. ¿No?

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Los murmullos se alzaron más. Al parecer, Rosa no estaba sola. El gran conejo no dijo nada, solo miró a Rosa sin despegar los ojos de ella. Su boca se abría y cerraba, como si desease replicar y, en el último segundo, al parecer, se arrepintió.

—Y hay algo más en la cueva —la multitud volvió a reparar en Brinco, como si apenas llegara al escenario—, hay cuerpos de conejos muertos.

El lugar, antes lleno de susurros, quedó en silencio total. Si uno cerraba los ojos, el lugar, le hubiera parecido completamente abandonado. Ya nadie reía o se burlaba, el tema había escalado a nuevos niveles. —Algo que decir al respecto, líder amado.

Cientos de cabezas se giraron al unísono, el ruido tenue amplificados por más de un centenar de conejos fue una bofetada sutil al aire. Las expresiones de los presentes no eran de reproche, en lo absoluto, aquellas caras que miraban al que los había dirigido con “supuesta sabiduría y honor” en la batalla, esperaban una explicación aclaratoria. La desesperación contenida en la multitud clamaba una negación rotunda de todo aquello. Nunca llegó. Su gran líder miró a sus atacantes y luego a su público. Abrió la boca una, dos, hasta tres veces seguidas sin decir palabra. Sin que nadie lo esperara emprendió la huida levantando un palmo de tierra. Todos, sin excepción, profirieron una exclamación observando cómo huía su líder. Todo quedó en pausa. La multitud, Brinco y su madre, nadie se movió como si la escena los hubiera hipnotizado.

El primer grito que solicitó su captura llegó tarde. Nadie se movía. Rosa, con un espasmo, corrió en dirección a la entrada. No podía dejar que el maldito se escapase.

—¡Mamá! —el grito de su hija la detuvo justo en la boca del túnel—. Déjalo. Un destino peor lo espera afuera.

Nadie estuvo seguro, pero a todos les pareció escuchar el aullido desgarrador a través del túnel de salida.  Aquel asunto estaba zanjado.

              ●                                      ●                                        ●

El lugar se notaba tranquilo. La neblina densa cubría todo con un manto de frío y tinieblas. Sí, era perfecto para montar una emboscada. Con la poca visibilidad ni siquiera sería necesario tener un buen escondite. —¡Cómo odio este clima!

—Es por el río, capitana. Siempre hace esto en esta temporada —Brinco ya sabía eso, no era la primera vez que veía neblina en los alrededores de su hogar y sus sembradíos—. Usted nos dice, señora.

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—Bien. Ryan y María harán un rodeo y regresarán por la parte norte. Óscar, vendrás conmigo e iremos hasta los sembradíos a comprobar que sean seguros. Los demás se quedan aquí a la espera de que regresen. En caso de confirmar la presencia o ausencia del enemigo, será entonces cuando actuemos.

Un “sí capitana” se escuchó al unísono. Su tropa de apenas diez conejos era pequeña, aun así, le encantaba que la trataran así. Solo Ryan y Ximena eran mayores que Brinco. Era una tropa joven, pero la juventud era su ventaja a pesar de la inexperiencia. Todos y cada uno eran de cuerpo pequeño. Cierto, Brinco era la más chica, sin embargo, ellos no estaban mucho mejor. Su fuerza física no era útil como granjero, de exploradores por otro lado…

—Vamos allá, equipo.

«Otra carrera más. Ya siento las ansias en el corazón». Estaba en su elemento y ello le fascinaba.

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