Aparezco en un centro deportivo. En los camastros de la orilla de la piscina me acompañan Liza y Gonzalo. Desde el fondo emerge el monstruo de agua, con intención de atraparnos. Tiene la forma de un ajolote, es de color verde, no tiene cuero cabelludo y mide al menos cinco metros de altura. Al tratar de escapar de esa cosa, el lugar se convierte en arenas movedizas que debo cruzarlas para llegar a la barda principal y estar a salvo.

De pronto, Liza y Gonzalo se hunden sin oponer resistencia; ella desaparece dejando tras de sí su sombrero. El monstruo se levanta con sus patas traseras y se dirige hacia mí sin vacilar. De algún modo, me sumerjo bajo la arena que cubre la totalidad de mi cuerpo; puedo abrir los ojos y también alcanzo a respirar por las branquias que se activan al hundirme. Desde las profundidades percibo el terror de Gonzalo porque el monstruo lo descubrió y va tras él. Aprovecho la distracción y logro emerger, llegar a la orilla y saltar la barda para caer a salvo del otro lado. En el pasillo veo una puerta de malla gris y, tras estrujarla, se abre.

Ahora estoy dentro de un auditorio. Hay cuerpos muertos por todo el lugar. Al escuchar unos pasos, me escondo inmóvil entre ellos para pasar desapercibido, porque descubro que el lugar está infectado de monstruos. Tras unos minutos, el silencio se apodera del lugar; observo cómo las criaturas van retirándose, mientras mi cabeza quiere reventar de dolor.

En el centro del recinto hay un tragaluz sin el domo, les retiro las cintas al calzado de varios cuerpos para formar una soga, al final de esta, le amarro el torso menos dañado y lo arrojo por el hueco. Comienzo a trepar hasta llegar al techo. Después de observar al grupo de monstruos atacando a más personas, comienzo a sentir la explosión de mi cerebro, para enseguida despertar en mi cama.

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