Comportamiento errático
Me mantengo en espera del resultado que arroje el experimento dentro del laboratorio espiritista de la Edad Contemporánea. Mi error fue estar parada a un costado del médico. Detrás de nosotros están los curiosos que pagaron por estar en la demostración.
Después de extraer la cabeza de una mujer impía, cortada a la perfección desde la base del cuello, el líquido adiposo y repugnante provocó que el aroma y el semblante de los presentes cambiara. Fue como modificar el modo expectación por el espectral; este cambio se hizo evidente a través de un código secreto determinado por la mezcla entre lujuria y sorpresa.
Con la cabeza cercenada en sus manos, contemplando la división entre el placer y el silencio, en un movimiento de arrebato carnal, el médico descargó su horrenda sombra y, ante el unísono “oh” de los presentes, se perdió acercando su rostro entre los huesos y la piel escurrida recién tajada. Hizo la personificación de un beso con la asquerosidad que en estas circunstancias eso representa.
Fue imposible ocultar mi actitud repulsiva ante semejante acto. El enfermo giró hacia mí queriendo besarme con el rostro repleto de materia muerta. Por instinto, estiré mis manos para alejar al médico de mí, cayendo encima de mis brazos la evidencia inerte de quien minutos antes agonizaba en la superficie metálica.
Las señas de desaprobación por haber intentado besarme provocaron en el desquiciado su furia. Le contesté frente a todos: No es obligatorio, no tengo por qué hacerlo. Resignado, se despojó de su bata salpicada del pecado y la arrojó al piso. Mientras tanto, ante las miradas de asombro de los presentes, a toda prisa abandoné el laboratorio.
Ahora estoy seguro que esto forma parte de alguna de mis vidas pasadas.


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