Me tambaleo
Como mi casa se tambalea en el Océano Pacífico cuando las olas rompen con fuerza en la orilla, así el Parkinson tambalea mi cuerpo. Quizás ya hubiera muerto en uno de esos inviernos alemanes, rodeado de un aire encerrado y con los bronquios llenos de flemas, sin ver desde mi terraza la libertad de los delfines con su sonrisa, el chorro de agua de las ballenas o cómo las olas forman una torre que me tapa el infinito. Un infinito desde el cual, volando como una gaviota desde Acapulco, llegaría a Nepal, donde con mi profesión de maestro quise cambiar el futuro de los niños pobres de ese país.
Pero mis coordenadas para salvar al mundo cambiaron mi destino cuando me dirigí, en un auto de primer mundo, al oeste de un hospital donde esperé al niño que imaginé; pero fue una niña ligera que, por su comportamiento, resultó ser una gatita y no un futbolista, y que con el pasar de los inviernos se convirtió en una leona. Ella no solo cambió un punto en mis coordenadas, sino todos mis sentidos.
En las depresiones que trae el Parkinson me pregunto si vale la pena seguir viviendo, y yo mismo me contesto que sí. A pesar de que mis amigos no ven mi felicidad ni mi alegría —pues el Parkinson también ha convertido mi cara en una piedra que no refleja los sentimientos que llevo en el interior del alma—: voy a ser abuelo.




Cargando comentarios...