Tu historia no fue una presencia superficial ni un paso pasajero; fuiste la arquitectura entera sobre la cual erigí mis días. Al principio, recorrer estos pasillos era la sorpresa dichosa de tenerte; hoy es el ejercicio amargo de tropezar con la raíz que tu recuerdo dejó en la grieta del olvido. Me quedé amarrado a ti, suspendido en una paradoja donde eres mi mayor fantasía y, a la vez, la causa exacta que me causa dolor. Te fuiste al soltar tu ancla de mi puerto, dejando esta orilla vacía y expuesta al silencio; pero lo verdaderamente devastador es la trampa temporal en la que me has dejado: mientras tú avanzas, mi destino, hasta ahora, es tu pasado. Me vacié por completo, te entregué todo mi silencio para que hicieras ruido y ni aun así me escuchaste. Fuiste cada dimensión de mi existencia —mi cuerpo, mi espacio, mi tiempo, mi resistencia, mi ancla y mi único sonido—, y por eso, al faltar tú, a veces, me mareo sin tu cimiento…

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