Después de celebrar mi cumpleaños número treinta y tres, se termina la reunión familiar con las velas del pastel apagadas y basura regada por toda la cocina. Nos dirigimos en fila para abordar una furgoneta; soy el único que lleva equipaje.

Por intuición, decido no viajar con ellos. Me despido de todos por su nombre; a las mujeres les doy un beso y, al pasar por cada una, voy alternando la mejilla. Mi marcha es amable y tranquila; ya me conocen, por eso nadie trata de convencerme de que los acompañe en su viaje compartido. Siento que ya no hay espacio para mí en la furgoneta. Al fin termino y me bajo para ver cómo se alejan, hasta que dejo de distinguir las placas traseras y la manita de mi sobrina preferida.

Cierro los ojos y percibo una condensación de gases con luz propia, que gira y se retuerce. Dentro de esa luz hay descargas eléctricas, aunque permanecen contenidas en el gas. Es un espectáculo de mensajes sobre el próximo cataclismo, una información que se propaga sin códigos conocidos. La nube de gas se complace de tener mi atención y me dice que dentro de mi cerebro se está generando poder, algo que en poco tiempo explotará en millones de oportunidades. Agradezco la información recibida y todo desaparece frente a mi vista.

Estoy bajo un puente peatonal. Está oscuro, aunque no es tarde; en cualquier caso, es de noche, y en un barrio como este eso debería importarme. Un colibrí zumbador descansa sobre mi hombro izquierdo quien me informa:

—El brujo mayor de esta zona te está esperando; sabe que estás listo, nada sucede por casualidad.

—Entiendo que eres un ave con capacidad cognitiva, pero recién decidí alejarme de la gente y estoy esperando a ver qué pasa. Con la oscuridad en el cielo se aprecian las estrellas que me guiarán en mi nueva travesía.

—Las cosas no pasan si no te dejas guiar por tu instinto y sigues creyendo en el destino; entonces, tarde o temprano tendrás que reunirte con él y recibir el mensaje que necesitas compartir a los demás.

Desorientado, doy los primeros pasos. ¿Dónde estará ese brujo? Suelto el equipaje para seguir el mensaje del colibrí. Apenas reanudo la caminata, comienzan a manifestarse cerca de mí seres de aspecto humano con ganas de molestar. Por alguna razón, conocen mis intenciones y me prohíben el paso.

Página 2

El primero arquea los brazos, aprieta ambos puños y se voltea la gorra para enfrentarse a mí. Con la fuerza de mi mano derecha expulso un gruñido y lo arrojo a un lado como si fuera un mosquito. Los demás desaparecen. Conforme me adentro en aquella zona peligrosa, se corre la voz sobre mi presencia entre los habitantes, quienes están deseosos de impedir mi encuentro con el gran señor.

La cantidad de personas violentas se multiplica. Estoy en un espacio nuevo, como si hubiera entrado en el siguiente nivel de un videojuego, y ellos también interfieren mi camino. Al reunirse más de treinta enfurecidos, de mi mano derecha sale un látigo cargado de fuego rojo vivo. Uno por uno, los tomo del cuello y, con un solo movimiento, les arranco la cabeza para que caigan como costales.

Los seres que se van integrando no parecen inmutarse ante lo que acaban de presenciar. Sin expresión facial ni corporal, avanzan como guiados por la flauta de Hamelín. Trato de evadirlos sin hacerles daño, pero siento su exhalación cerca de mi nuca y me siguen por cada atajo que tomo. Su misión está insertada en sus cerebros: impedir que me reúna con el gran Maestro.

Después de unos minutos, volteo hacia atrás y ya se ha formado una multitud. Decido elevarme al cielo para quedar por encima de ellos. Levanto ambos brazos y realizo movimientos circulares, dibujando un infinito, hasta formar una masa de fuego que después dirijo hacia ellos para desintegrarlos al instante.

Tres sobreviven. Se levantan, sacuden sus ropas y alzan los brazos tratando de alcanzarme. Los arcos y flechas que posan sobre sus espaldas son solo un adorno. Con mi mano derecha formo otro látigo de fuego rojo vivo y ahora sí los aniquilo. Algunos se funden en el piso, a otros sus ojos les brotan expuestos al humo. No hay quejidos ni gritos de dolor, solo lamentos que viajan como eco, y algunas máscaras quedan separadas de sus rostros.

Bajo al piso, aún caliente, y camino unos metros hasta encontrarme con otro grupo de personas con aspecto similar. Apunto hacia el cielo para producir un estruendo y dejo caer sobre ellos un rayo blanco que los cubre con su luz, al mismo tiempo que se abre un hueco en el asfalto para succionarlos por completo.

Página 3

En silencio y sin más habitantes a la vista, el colibrí vuelve a posarse en mi hombro segundos antes de abrir la tapa de una alcantarilla. Cierro la compuerta y desciendo para encontrarme de frente con uno de los guardianes del brujo mayor. Sin darle oportunidad de reaccionar, lo atrapo del cuello con el látigo de fuego y lo someto. Es una masa amorfa de 1.95 metros, pero mi poder es superior. Lo arrastro por las aguas fétidas subterráneas, como si paseara a mi mascota en señal de poder para quien se atreva a retarme.

Unos metros más adelante subo hacia la superficie con el gigante inerte tras de mí. A pocos metros aparece el segundo guardián, más alto y ancho que el primero, pero al hacer un movimiento brusco para intentar alcanzarme, lo someto igual al dejar caer sobre él una lluvia de azufre ardiendo. A pesar de su inmensa apariencia, languidece como los demás.

Libero mi látigo del cuello del primer guardián, restregando su mejilla en la calle. A lo lejos aparecen muchas personas. Forman una fila, hombro con hombro, sin hacer movimiento ni ruido. También son altas, pero tras su barricada humana alcanzo a ver el palacio donde se encuentra mi objetivo. Sé que estoy cerca. Me elevo por encima de ellos y decido alzar la voz para informarles:

—Les recuerdo que quien posee el poder de hacer y destruir soy yo. Todos aquellos que se han atrevido a desafiarme han terminado en la nada.

El colibrí me indica que estos seres con apariencia humana no escuchan ni hablan; en cualquier caso, solo siguen órdenes impuestas para cumplir lo que se les ordena, ya que les han extirpado su libre albedrío, igual que a los seres humanos.

Activo mi tercer ojo para comunicarme directamente a través de su glándula pineal:

—Les sugiero no oponer resistencia. Déjenme pasar y nadie saldrá lastimado.

Ellos avanzan de forma coordinada, ignorando el mensaje. En un episodio maniático, levanto mi mano derecha para pronunciar una imprecación:

—Aléjense para siempre del control mental que ejerce sobre ustedes el cubo negro. Desde hoy corto cualquier enlace que intente aplicar su manipulación en contra de cualquier ser vivo en el cosmos.

Acto seguido, con un movimiento implacable, dejo caer sobre ellos canicas de fuego y los sepulto con el poder que estas ejercen para eliminar de tajo a todos los guardianes.

Página 4

Bajo al piso y camino directo hacia donde, gracias a la oscuridad, se aprecia el reflejo dorado que se asoma tras el contorno de una inmensa puerta. Subo los escalones del salón; es una estructura descomunal, con postes de mármol negro boreal. Frente a la puerta hago un ligero movimiento con la mano derecha para abrirla. Avanzo y, al cruzar la entrada, todo lo que hay allí está bañado de color oro rojizo: el cielo, el piso y las paredes.

A lo lejos, en una de las esquinas, veo un mausoleo color negro opaco. Me acerco y descubro que está esculpido un cielo estrellado, un sol colgante, múltiples líneas verticales y el Ojo de Horus.

Dejo atrás el mausoleo y sigo por un largo pasillo de pisos y paredes oro rojizo. Al final llego al salón. Me miro la ropa y es del mismo color que el entorno. Regreso la vista al frente: el salón está repleto de piedras preciosas, joyas y reliquias. Todo cuanto se encuentra aquí es de oro, y siento un aire de resguardo. Aunque en apariencia todo lo que percibo es valioso, estas cosas materiales son irrelevantes para mí, por lo que debo enfocarme en mi objetivo.

Veo un montículo formado por artículos dorados y, en la cima, una silla de oro negro. Está ocupada por el gran Maestro. No lleva corona ni atuendos llamativos: es robusto, su cerebro creció hasta reventar el cuero cabelludo e imparables se alcanzan a ver las señales eléctricas de sus células. Respira con esfuerzo; de sus orificios nasales y oídos se asoman pelos delicados que usa como receptores sensoriales. Al fin me encuentro con el llamado brujo mayor, quien me recibe con honores.

El colibrí sale volando hacia el hombro derecho de él y reposa su delicada cabeza en la mejilla. El hombre, con mirada afectuosa, guía mi ascenso.

Hago ruido al trepar el montículo hasta llegar a la altura de la silla y le digo al Maestro:

—Estoy listo para recibir el mensaje que tienes para mí

—Bienvenido. Debes saber que eres mi único descendiente humano en la Tierra.

—Ahora lo entiendo. El colibrí zumbador cumplió con su encomienda.

—Te he esperado por largo tiempo y me complazco de haberte transmitido todo el poder para reunirnos y hacer que se cumplan los designios que ordenó el Padre Celestial desde antes de la creación.

—Dime Maestro, ¿cuál es ese mensaje?

Página 5

—Tu doble quiere compartirte esto: “solicité encarnar en este tiempo, pero antes de emerger de nuestra madre cambié de opinión. No quería repetir mi historia. Lo que me dejó no fue más que pérdida. Mamá tuvo que aceptar mis designios; el crisol tenía un error que no se pudo corregir. Dejé infectado el vientre de mi madre y me disculpo por eso. La mezcla que se usó en aquel crisol no era la que solicité. Hoy te observo desde la cortina etérea y estoy orgulloso de lo que eres; te has convertido en la mejor versión de los maestros ascendidos. Entiendo que tú recibiste la resaca de mi error, pero la combinación del polvo de estrellas para tu materialización es perfecta. Aunque sabes que eres valiente y poderoso, en ocasiones dudas. Tu nueva aleación conquistó un ser evolucionado; nunca sufrirás lo que tuve que afrontar, pero hay mucho por hacer. Por mi parte, espero paciente una nueva oportunidad. Bienvenido a tu ascensión”.

Su antebrazo izquierdo, con un tatuaje del nudo de Odín, cuelga de la silla, pero hace un esfuerzo para poner su palma a mi alcance. La tomo con mi mano derecha y, al contacto, tanto el colibrí como el brujo desaparecen, dejando un hilo gris de humo, igual que el último suspiro de un incienso. Volteo al techo por donde se fugaron los restos de aquellos seres.

Me acomodo en la silla y todo se transforma de color verde. El salón ahora es un bosque que respira al compás de los latidos de mi corazón. La silla deja de existir para convertirse en una colina. Respiro hondo para llenar mis pulmones del oxígeno que provee la naturaleza y me fundo con ella. Este es el complemento del mensaje: que soy, somos los seres humanos parte de la naturaleza, sin divisiones, ni razas o rangos; todos formamos parte de la red infinita de energía, esa que nos regala la oportunidad de experimentar la vida.

Vuelvo la mirada hacia el cielo azul y caen gotas de agua salada en mis labios. De un sobresalto despierto a causa de las lágrimas que felices viajan por mis mejillas.

10

Cargando comentarios...