Es una casa nueva, ubicada en un barrio sin luz, con basura en las calles y donde la gente prende fuego en tambos de acero. El ambiente me obliga a respirar humedad. Hay perros ladrando de hambre y frío, y uno que otro llanto de bebé.

Dentro de las cuatro paredes hay un desorden que debo arreglar. Mis pertenencias caben en una mochila. Sentadas en el piso están mi mamá y una de sus hermanas. Mi padre es solo una figura inventada en mi mente, porque nunca lo conocí. Se reduce a algo ilusorio, a un término que nunca llegó a manifestarse en mi mundo real.

Abro la mochila para acomodar mis cosas y, al sacar la toalla, en un movimiento natural del brazo hacia un costado, descubro un artefacto que llama mi atención. Es un mini ropero viejo, de unos treinta y tres centímetros de alto por diecisiete de ancho y once de fondo, despintado, con tres cajones, en uno de ellos está clavado un letrero de advertencia. Me imagino a su anterior dueño, un niño con mucha imaginación, que sabía que alguien más terminaría quedándose con su juguete y quiso provocarle un susto.

En el letrero, con tinta azul, está escrita la frase: No abrir bajo ninguna circunstancia.

Ignoro los pelos de la nuca erizados y brota mi instinto curioso. Arrojo la toalla y la mochila a un lado y, aprovechando que mi madre y mi tía están en otra área de la casa, me levanto para ir directo al mueble. A lo ancho del primer cajón se alcanza a ver una cerradura diseñada para introducir cualquier figura menos una llave común: un laberinto tallado sobre un cilindro alargado. El entorno deja de existir, solo por unos segundos, y vierto mi energía en descifrar la combinación que revele lo que hay oculto detrás.

Cuando escucho el llamado de mi mamá, el sonido desaparece apenas entra en contacto con mi oído. Me asomo a través de esa extraña combinación y veo que algo se mueve. La fricción de ese movimiento oscilatorio provoca la proyección de una tenue luz roja. Ese hecho rebasa mi prudencia y levanto el artefacto para ordenarle, con una voz inescrutable: ¡Detente ahora!

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Me aparto para ver el resultado. La luz desaparece y ahora puedo ver cómo se forma una delgada palanca. Tomo un pedazo de espejo tirado en el piso y lo coloco frente al laberinto. Los pelos de la nuca se relajan al mismo tiempo que se refleja el patrón misterioso y la luz vuelve a la vida. Con una mano en el espejo y la otra en el mini ropero, me dejo guiar por la tenue luz roja y la palanca avanza formando un patrón sin lógica aparente. Se escucha un golpeteo que hace crujir la cerradura hasta liberar el cajón.

El pedazo de espejo que sostenía en la mano sale volando y cae intacto sobre la toalla. La luz se apaga mientras el letrero se incrusta en el mueble como si fueran uno solo. Escucho los pasos de mi madre y me apresuro a indagar qué hay dentro del cajón antes de que me descubra. Muevo la mano directamente hacia el mueble y se abre sin necesidad de contacto físico.

Desde dentro desprende un olor etéreo y aparece una fotografía antigua, de esas que se tomaban a los muertos como señal de duelo y para honrar su paso por este mundo. En la imagen aparecen dos mujeres y un hombre adultos, además de un niño pequeño.

Para entonces, ya no se escuchan los pasos de mi madre ni la conversación con mi tía. El ruido de los perros también desapareció. Hincado y con ambas manos sostengo la fotografía. Hay parecido con mi padre; por lo tanto, al fin lo conozco, cuando menos físicamente. Todos lucen inertes, con frío en las miradas, los labios resecos y un aspecto decaído.

Con mi mano derecha retiro el polvo del vidrio que la enmarca, tres de mis dedos están manchados de tinta color azul. En ese instante reconozco a todos: soy yo con mi familia entera. El timbre del despertador cumple su misión y, de un sobresalto, me despierto. FIN

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