Hoy es un día extraordinario, pues dentro de la meditación descubro que estoy en un plano distinto. Soy consciente de que puedo hacer y decir lo que quiera, ya que me encuentro en una dimensión diferente a la realidad.
En la oficina, cerca de las seis de la mañana, me preparo como de costumbre para meditar con “La frecuencia más poderosa del universo”. Sentado en el sillón, antes de activar la frecuencia, me relajo con sonidos de cuencos.
Tras minutos de relajación, siento cómo una energía comienza a envolverme lento y pausado, inicia en mis brazos —en ese instante disfruto el trance porque sé lo que experimento en este proceso— y en cuestión de segundos me cubre por completo. En el aire, empiezo a girar, moviéndome por un lugar que parece el jardín frontal de una casa. Aunque está oscuro, estoy consciente de lo que sucede, me dejo llevar y disfruto esta sensación. Después de un breve vuelo giratorio, regreso a la silla, fundido con ese poder energético. Como si estuviera adherido a ella siento una fuerza que me empuja hacia abajo; no me resisto y disfruto. No hay choque con el piso ni con las paredes, solo vuelo entre un fractal que parece ser un holograma.
Aparezco sentado en un parque, junto con otras personas, niños y perros. Aprecio todo el entorno: el cielo, los movimientos de la gente —similar al ambiente que se vive en cualquiera de los mercaditos de la ciudad— y siento el aire que respiro. Una niña me mira, pero pasa de frente para seguir su camino.
Es entonces cuando me doy cuenta de que estoy en un lugar fuera del planeta Tierra; me digo a mí mismo: “Levántate.” Y lo hago. Ya de pie, me sorprendo y comienzo a caminar, mientras escucho las voces de todos los ahí presentes. Veo a un niño con una nieve de agua sabor limón, y volteo a la derecha para encontrar al vendedor con su carrito. Me acerco y le pido un litro de nieve de agua sabor limón. Él me pregunta si estoy seguro, pues sus reservas son limitadas; afirmo con confianza. Con la ayuda de otra persona, comienzan a llenar el recipiente. Con un vaso en la mano —igual al que lleva el niño— me pregunta si deseo probarla antes, para asegurar que me guste y no agotar sus reservas de nieve. Acepto el vaso y sabe deliciosa.
Con el recipiente lleno, me pregunta la forma de pago. Sin palabras, solo imagino haberle dado el dinero; su compañero le da una moneda de diez pesos, que es mi cambio, y me la entrega el vendedor. Nos despedimos con una sonrisa.
Sigo con mi experiencia y salgo a una avenida, donde me pregunto: “¿Y si me pongo a trotar? Hace días que no hago ejercicio.” Con una sonrisa pícara comienzo el trote, feliz por estar haciendo ejercicio en un plano distinto. Veo coches pasar como si nada fuera extraño, el esfuerzo es el mismo que en el orden material. Miro al piso y veo las boyas amarillas delimitando los carriles. Sigo trotando y disfrutando el momento.
Escucho la canción “Si no te hubieras ido”, de Marco Antonio Solís, y una tristeza poderosa me invade. Casi empiezo a llorar, un sentimiento que no quiero experimentar, por lo que regreso al sillón de la oficina. Aun con la vibración residual y las ganas de llorar, abro los ojos; sin comprender cómo esa canción logró traerme el recuerdo de una señorita cuya memoria permanece en el pasado.
Instagram: ortegaame
Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.
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