Es una calle cualquiera, un perro se acerca y con un giro le esquivo, me oculto para que no me vea. El perro se transforma en un guepardo —animal conocido por ser inofensivo para humanos—, y aunque aún no me detecta, me subo a unas gradas para ocultarme. De pronto, el guepardo se duplica. Uno de ellos ya me observa con atención. Hay una barda con un contenedor de basura que tiene picos de protección. Los guepardos se multiplican, fijan toda su atención en mí.
Subo la pared con picos sin hacerme daño y continúo escalando, pero los guepardos no me permiten descanso. En uno de los peldaños, un felino se acerca y me muerde con curiosidad la pantorrilla. Sé que estos animales no atacan a humanos, pero “en este plano dimensional ¿cómo me identifico”? Para distraerlos, les arrojo comida que encontré durante el ascenso, pues siento que tienen hambre y no soy un objetivo para ellos. Sin embargo, cuando olfatean la comida, la ignoran y se concentran en mí, entiendo que mi presencia es más importante que el alimento que les ofrezco.
Intento trepar más alto para alejarme, los guepardos se transforman en leones, estos siguen mi rastro, pero tampoco logran alcanzarme, en un descuido volteo y los leones se integran para formar un enorme tigre de Bengala furioso que muestra sus colmillos y avanza con deseos de dañarme. Continúo hasta alcanzar cables de luz para televisión y telefonía. El tigre está a centímetros y uso esos cables con las manos, enrollándolo como si fuera una gran telaraña. El tigre lucha con fiereza, pero cuanto más se resiste, más esfuerzo pongo para inmovilizarlo.
Mientras lucho, entre los cables se enganchan mis piernas. Primero logro liberar la pierna derecha, que merma el poder del tigre. Luego, con esfuerzo, libero la pierna izquierda, y así consigo inmovilizarlo por completo. Veo en su mirada la frustración tras el último intento por liberarse.
Me desprendo del último cable y aparezco en la calle, de pie, donde hay un bullicio de personas. De repente, ellos igual se duplican y vienen contra mí con intención de hacerme daño. Levanto la mano derecha y logro derribar a varios. Sin embargo, cada vez aparecen más —hombres, mujeres y niños— hasta que uno destaca: es un hombre joven, más alto que los demás, con la cabeza desproporcionada, poca ceja y cabello, y una mirada furiosa.
Mientras cae del cielo un rayo amarillo que paraliza desde mi cabeza hasta los pies, el hombre prohíbe el paso a los demás y se acerca, me sujeta en sus brazos y espeta:
—"Eres de la legión de los iluminados".
—No tengo idea, desconozco qué signifique eso.
Tras contestarle me libero, logro ponerle ambos pulgares en su frente, a la altura de su tercer ojo y le quito las fuerzas, soy libre otra vez. Muevo mis manos para tumbar uno a uno a los secuaces. Estoy a salvo de todos, humanos y animales.
Despierto y estoy de regreso en mi habitación; visualizo polvos dorados, como el confeti que se sopla desde la mano; ese polvo pasa frente a mí como señan de: “aquí estamos contigo acompañándote”.
Me siento tranquilo, en paz y protegido.
Instagram: ortegaame
Obras publicadas: Ojos de vida / Ser divergente / La invención de octubre 2023 / El crujido del tiempo / Leer enamora el alma / Nimrod y elocuencia / El arancel del Mictlán / Narrativas oníricas.
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar y formar parte de esta comunidad
Iniciar SesiónCargando comentarios...