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Mariposas que no vuelan

Angie Katherin García Navas@angiekatheringarcia
29 ago 2026·5 min de lectura

Se encontraba sentado en el suelo, sumido en sus pensamientos, como si el tiempo se hubiera disuelto en torno a él, como si las paredes hubieran dejado de marcar las horas y el aire se hubiera vuelto un espejo de su propio vacío. ¿Cuántas horas llevaba en esa posición? Tres, cuatro, quizá medio día. Divagaba en la ausencia, cargado de un silencio que parecía reclamarlo como suyo, un silencio que no era simple falta de ruido, sino una presencia densa, casi corpórea, que lo envolvía como una manta húmeda.

Era animador de fiestas. Lo contraté para el tercer cumpleaños de mi hija y aquel día la casa se llenó de música, baile, colores y alboroto. Mi hija fue feliz, y yo también. Al año siguiente volvió, esta vez con dibujos animados, y la celebración fue otra vez fenomenal. Su talento empezó a circular entre mis amistades, y poco a poco lo veía más seguido, en los cumpleaños de los hijos de mis más cercanos. Con el tiempo, nuestra relación se transformó en amistad: charlas prolongadas, cafés compartidos, confidencias que se abrían paso entre la rutina, como si cada encuentro fuera un respiro en medio de la vida cotidiana.

Recuerdo aquella tarde vespertina, luego del cumpleaños número cuatro de mi hija, en que, entre sollozos y copas, me habló por primera vez de sus vínculos afectivos. Observaba las gotas que resbalaban por el vaso de whiskey, como si en ellas se reflejara su propio desconcierto. Chasqueó los labios, suspiró, y sin despegar la mirada murmuró: —Creo que por primera vez me estoy enamorando. ¿Sabes qué hacer cuando un revoltijo en el estómago aparece cada vez que alguien se acerca?

Yo asentí, recordando al padre de mi hija. Mis mariposas no fueron sanas, me perforaban cuando él llegaba tarde a cenar, cuando olvidaba fechas especiales, cuando almorzaba fuera sin avisar, cuando sacaba pretextos para no acompañarme, cuando se negaba a tener intimidad conmigo, cuando no me tocaba igual, cuando su mano se volvía distante y su mirada se perdía en otra parte. Eran mariposas que no volaban, sino que se estrellaban contra mis entrañas, que me carcomían el intestino y se atascaban en mi tráquea.

Él levantó la mirada y dijo: —¿Y si las mías no entran en persecución? ¿Qué pasa cuando buscan las de ella, cuando despiertan con su voz, con su piel? Yo solo quiero aprender lo que le hace bien, vivir para verla sonreír.

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Entonces le respondí que, si estaba seguro, hiciera todo lo contrario a lo que yo había hecho con las mías. Porque las mías me perforaban, me ahogaban, y al final solo pude ahogarlas con el tiempo.

Después de esa vez ya no nos veíamos tan seguido. Él había dejado de aceptar trabajos como animador de fiestas. Yo simplemente supuse que estaba ocupado con otros asuntos personales. Lo llamé en un par de ocasiones, pero siempre se iba a buzón. Ahí me di cuenta de lo poco que sabía de él, a pesar de los años de amistad.

Faltando dos días para el cumpleaños de mi hija, encontré una tarjeta con su dirección. Sin pensarlo, tomé mi bolso y conduje hasta el otro lado de la ciudad. El conjunto cerrado me recibió con guardas distraídos, hamburguesas a medio comer y preguntas rutinarias. Uno de ellos, con la mostaza regándose por toda la mano, me miró mientras anotaba la placa de mi auto. Pensé en que no recordaba la última vez que había probado comida rápida, la última vez que había comido hamburguesa, había tardado más en llegar la orden que en llegar al hospital, pues era intolerante al gluten y estaba probando hasta dónde mi cuerpo podía recordármelo. El otro guarda, con el teléfono en la mano, me pidió datos: —¿Me regala por favor el número del apartamento y quién lo busca? Yo asentí, me aclaré la garganta y espeté: —Apartamento 265, torre número tres. El otro, con la boca llena, musitó:

—Nombre. —Kate Milton —anuncié, improvisando, recordando lo rígido que era vivir o visitar un apartamento, tan distinto a mi casa en las afueras, donde bastaba una clave en el portón y no había guardas ni policías.

Cuando accedieron a dejarme pasar, bajé del auto con la piñata en brazos y la tarjeta en mano. Subí al antepenúltimo piso. Toqué la puerta. Nadie abrió. Un vecino me dijo: —No insista, no abrirá. Hace mucho no se ve salir.

Alarmada, miré por la mirilla. Allí estaba en el suelo, inmóvil, con un frasco vacío de amoníaco entre los dedos. El aire de la habitación era espeso, tóxico, como si las paredes mismas respiraran su último aliento.

La policía llegó junto con un cerrajero. Vi la escena completa desde el marco de la puerta. Andrés había decidido asfixiarse.

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En sus manos dejaron una nota: “Las mías no vuelan, les corté las alas para que jamás me abandonaran, pero me están ahogando, las siento en la tráquea, tendré que asfixiarnos, pues me rehúso a que también se vayan.”

Ese tres de noviembre, el mismo día del cumpleaños de mi hija, fue su funeral. No hubo celebración, ni bailes, ni cantos. Había comprado boletos para Turquía esa misma noche. Nos despedimos de mis parientes y abordamos el avión.

No he vuelto a Estados Unidos. La muerte de Andrés reabrió el caso de mi exesposo y su secretaria. Me cambié el nombre y algunos rasgos físicos.

Las mariposas me perseguirán toda la vida. Aunque las deshice en la bañera aquel día que los encontré juntos, aunque no les corté las alas, no abandonaron mi cuerpo. Tengo la certeza de que, por el momento, no despertarán, están sepultadas tres metros bajo tierra.

Angie Katherin García Navas

Agosto de 2026

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© CC BY-NC-ND 4.0 — Solo lectura
Publicado en Textale · Obra registrada bajo licencia de autor
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Escrito porAngie Katherin García NavasApasionada por la narrativa, la cultura vitivinícola y García Márquez. Disciplinada en la lectura y …
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