Toda su búsqueda lo llevó a esa silla.
Uno esperaría algo más imponente que una simple silla de madera, pero eso es lo de menos cuando se te concede audiencia para elegir un deseo.
Recuerdo que empezó gritando lento y suave, como sin entender qué es lo que estaba pasando.
Su cara se volteó hacia adentro, como si voltearas un títere. Comenzó a gritar mucho más fuerte. Parecía que gritaba con eco.
Comenzó a inflarse tanto que parecía que su torso se tragaba sus extremidades.
La humedad y el calor se hacían cada vez más insoportables.
Ya no lo podía ver, pero sus gritos comenzaron a apagarse más y más.
No como el grito de alguien que va sintiendo alivio, sino como el de alguien que se va alejando.
No sabía qué hacer. Habría preferido seguir escuchando sus gritos. El silencio era peor.
El calor y la humedad comenzaron a ceder.
Detrás del humo lo vi volver, disfrazado de sí mismo.
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