Estaba encerrado. Querían matarme. Jamás en mi vida había usado las armas con las que tenía que defenderme (y, sinceramente, se veían de muy mala calidad).

La chica encargada de acabar conmigo parecía estarme dando largas. Mis movimientos eran aleatorios e inexpertos y, en términos generales, bastante malos. Sospechosamente, parecían ser siempre los correctos. Levantaba mi remedo de escudo y detenía un certero ataque al corazón; blandía mi espada sin sentido y ella parecía estar en el lugar preciso para esquivarla en el último instante. A veces me hacía pensar que era realmente bueno en esto. Otras veces sospechaba que el efecto provocaba la causa.

Por mí, podíamos seguir así mil años.

Pero ambos lo sabíamos: algo tenía que pasar. O me mataba o se dejaba matar por mí. Y aunque parecía no querer lo primero, definitivamente no parecía dispuesta a lo segundo. Yo sí.

Así que dejé de pelear.

Tiré las armas y abrí los brazos. Ante su mirada extrañada y hermosa —la última que vi en mi vida— solo alcancé a decir:

—Al menos moriré por amor.

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