Los sombreros que se llevan la vida
El reloj marcaba las 3:00 de la tarde, mis botas húmedas golpeaban la mesa creando un sonido seco y envolvente. Mi cabeza levemente levantada observando cautelosamente a mi padre, quien estaba ensimismado en la producción de un sombrero para la señorita Candase, había iniciado el día de ayer, por lo tanto, había avanzado considerablemente, él había mencionado que debía terminar hoy con este encargo especial, ya que debía surtir nuevamente la tienda.
Mientras comía un par de galletas de chocolate, el reloj apuntaba las 6:35 de la tarde, faltaba poco para anochecer, el calor del lugar ya había secado la nieve que se había quedado atrapada luego de jugar con algunos vecinos afuera, justo cuando iba a preguntarle si me dejaría asistir a una función de teatro el día siguiente, entra una llamada al teléfono de la tienda, ¡RING… RING...! mi padre toma el teléfono haciendo un amague y responde_¿si, hola? Oh, buenas noches señorita Candase… me falta ultimar detalles… sí, está bien, estaré justo antes de las 9:00 pm, confírmeme la dirección por favor, Avenida Cambridge edificio Miller 102… perfecto, ahí estaré_ cuando cortó la llamada giró la cabeza observándome, se levantó los lentes, se acercó y me jaló la mejilla diciendo, tan pronto terminemos, pasaremos a donde la señorita Candase a entregarle el sombrero, y luego iremos a casa, o si quieres pasamos a cenar, yo asentí con la cabeza restándole importancia al tema, y titubeé, papá… él enarcó una ceja, pero aún así continué, la señora Alice, me dijo que te preguntara si mañana puedo asistir a una función en el teatro del centro, ella me cuidará, además llevará a sus hijos… mi comentario quedó colgando en el aire, él parecía absorto en sus pensamientos, papá le llamé nuevamente, me dejarás asistir o no, aclaró un poco su garganta y espetó: Mañana charlaremos de eso, hoy debo terminar esto_ señaló el sombrero mientras yo intentaba forzar una sonrisa de lado.
De camino a la residencia de la señorita Candase, caminaba pensando justo en que quería ir al teatro, ya era tarde, y probablemente no le hablaría del tema a mi padre por hoy, pues se negaría rotundamente. Ya en casa, mientras mi padre entregaba el ejemplar, por cierto, no los llamaba sombreros, les decía ejemplares, ¿por qué? No lo sé, es menos complicado decirle sombrero, además, era eso, un sombrero. La señorita, tenía un gato, era hermoso, gris con blanco, mientras mi padre hablaba con ella yo aprovechaba a acariciarlo, amaba los gatos, aunque no tuviese uno en casa pues mi padre se negaba a dejarme tener uno. Cuando estábamos a punto de marcharnos, me dirigí hacia la señorita Candase, a quien le pregunté por el nombre del gato, ¡Cloud! que lindo nombre afirmé, con esto deduje que era una gata, además, le gustaba ronronear por toda la casa, moviendo su cola de una manera agraciada y elegante, a decir verdad, se parecía mucho a su dueña.
De camino a casa, la noche se iba extendiendo, y a su vez, desaparecían los colores del cielo. Las farolas encendidas hacían brillar los copos de nieve que caían perezosos. Caminábamos sin prisa, mi padre sostenía la caja donde llevaba los restos del material del sombrero, y yo, un silencio que pesaba más de lo que pensaba.
—Papá —dije, apenas audible—. ¿Te gusta hacer sombreros?
Él siguió mirando al frente, pero pude notar cómo una sonrisa se le formaba de a poco.
—Me gusta cuando a la gente le quedan bien —respondió—. Cuando se miran al espejo y parece que se reconocen.
No dije nada. En el fondo, quise preguntarle si él se reconocía cuando se miraba al espejo, pero no me atreví.
Al llegar al taller, el reloj marcaba las nueve y media. Encendió la lámpara grande del escritorio, esa que hacía que todo pareciera más pequeño de lo que era. Se quitó los guantes, los dejó sobre la mesa y se sentó un momento sin decir nada. Yo me acomodé en una silla, observando cómo el vapor de nuestras respiraciones se mezclaba con el olor a cuero y pegamento.
—¿A qué hora es la función de teatro? —preguntó, sin mirarme.
—A las cuatro, creo… —respondí, sorprendido de que aún recordara el tema.
Asintió despacio. Luego tomó un trozo de tela que había quedado de los sombreros y lo dobló con cuidado, como si tuviera algo que decirle.
—Entonces, mañana vas —dijo al fin—. Pero llévate esto.
Me pasó la tela. Era de un azul profundo, con una franja gris, como el cielo justo antes de nevar. No entendí del todo el gesto, pero lo acepté. Él se levantó, me revolvió el cabello y murmuró:
—A veces uno necesita mirar algo diferente para entender lo que tiene cerca.
No supe si se refería a mí, al teatro o a los sombreros, pero su voz sonó más cálida que de costumbre.
Al día siguiente, la función fue maravillosa. Nunca había visto algo igual, luces, música, gente que hablaba sin hablar, todo lleno de colores. Pensé que a papá le habría gustado ver cómo los actores cambiaban de sombrero para transformarse en otros personajes. Al salir, guardé el pedazo de tela en mi bolsillo y decidí llevarle un programa de recuerdo.
Cuando llegué a casa, lo encontré dormido sobre la mesa del taller, con las manos todavía manchadas de hilo y pegamento. A su lado, un sombrero nuevo, distinto a todos los que hacía: pequeño, de tela azul con una franja gris.
Y dentro, acurrucado, un gato diminuto dormía.
Al notar que abrí la puerta, el gato abrió los ojos y maulló bajito, como si ya me conociera. Mi padre despertó sobresaltado, se quitó los lentes y dijo, medio dormido:
—Parece que alguien vino a probarse su nuevo ejemplar.
Me reí. Él también. Por primera vez en mucho tiempo, reímos los dos al mismo tiempo.
Desde entonces, Cloud —porque así lo llamé, aunque no era el mismo— duerme en el taller, justo sobre el estante donde papá guardaba los moldes de sus sombreros. Y cada vez que el reloj marca las seis y media, me parece que él levanta la vista, se ajusta los lentes, y me pregunta lo mismo:
—¿Y qué historia me traes hoy del teatro?
Entonces entiendo que, aunque a veces no lo diga, papá siempre está escuchando.
Han pasado muchos años desde aquella tarde en que acompañé a mi padre a casa de la señorita Candase. A veces pienso que todo lo que vino después empezó aquella noche, cuando por fin me dijo que podía ir al teatro. No fue una gran conversación, ni hubo abrazos ni promesas, fue solo una frase, sencilla, casi distraída, pero en ella había algo que hasta entonces no había escuchado: confianza.
El tiempo siguió su paso, y con él se fue también mi infancia. Mi padre envejeció entre sombreros, hilos y medidas exactas, con esa paciencia suya que convertía el silencio en una forma de amor. Nunca fue de hablar mucho, pero bastaba verlo acomodar una cinta o ajustar el ala de un ejemplar para entender que en ese gesto estaba su forma de cuidar.
Cuando murió, el taller quedó en silencio por días. No era el ruido de las tijeras lo que más extrañaba, sino su manera de llenar el espacio, su respiración acompasada con el tic-tac del reloj. Cloud, fue quien me enseñó a seguir, aunque no lo supiera. Dormía sobre su silla, justo donde él solía dejar los moldes. Cada vez que lo miraba, me parecía ver a mi padre inclinándose sobre un nuevo sombrero.
Ahora el taller es mío. Las manos ya no son las mismas, pero conservo sus herramientas y el reloj que marcaba las tres cada tarde, o a lo mejor las 5:30, la hora donde solía comer galletas de chocolate. Cloud sigue aquí, viejo, con el pelaje más blanco que gris. A veces se sube al mostrador y me observa trabajar, como si vigilara que nada cambie demasiado.
Cuando el viento entra por la ventana y mueve las cintas de medir, cierro los ojos y puedo jurar que escucho su voz, suave, constante, diciendo aquello que siempre repetía cuando terminaba un sombrero:
—No importa cuánto tardes, mientras quede bien hecho.
Entonces levanto la vista, miro a Cloud, y sonrío.
Porque al final, todo lo que soy —el taller, los ejemplares, el silencio y este gato que envejece conmigo— es, de alguna manera, mi padre que sigue aquí, esperándome entre los hilos, el pegamento, las telas y la memoria.
FIN
-Angie Katherin García Navas




Cargando comentarios...