Me encontraba sentada en mi lugar de trabajo, en un intento de ser escritora, en un intento de huir de mi vida, de ser otra persona por un tiempo limitado, pues al cerrar la computadora todo volvería a su lugar, yo, sería solo yo.

Caigo en cuenta y tengo el pensamiento de que no les he contado una historia, que considero una pare de mí, tan arraigada a mi ser y que inconscientemente clasifico como uno de mis puntos débiles de esa fragilidad humana.

Mario, lo llamaré Mario… Aquel Mario que me causó emociones, compañía, seguridad, y que despertó sentimientos no expresados por mi parte, pero también está ese Mario oscuro, ese lado de nosotros que puede atemorizarnos incluso a nosotros mismos, ese Mario, que, causó desvelos, culpabilidad, aturdimiento, consternación y sequía para el alma.

Me encontraba en uno de los pasillos de la institución, entre el bullicio de 400 estudiantes en la hora de descanso, me encontraba algo enferma, había llamado a mi madre para que se acercara a la institución y trajera consigo el “medicamento” al que siempre recurría en momentos así. Me acercaba a portería cuando ella estiró su mano y me ofreció esta pastilla que venía en una bolsa con dos jugos y unas frutas, mi madre siempre que iba cuando la necesitaban o la llamaban, siempre nos llevaba algo para comer, me acerqué aquella mañana de aquel día, y lo recibí como si fuera costumbre, le agradecí y ella se despidió con un gesto de preocupación, pues todos confiábamos en que el “medicamento” siempre me ayudaba.

Subiendo las escaleras nuevamente al segundo piso, me encontré con un par de amigas, las cuales me acompañaron en la búsqueda de mi hermano, pues debía entregarle lo que mi mamá le había enviado, hago un paréntesis para ponerlos en contexto, soy mayor por 3 años y 3 meses exactos con mi hermano, él ya llevaba 2 años en la secundaria, cursaba séptimo grado en ese entonces, yo iría en décimo, justo en ese año, yo me había ausentado un poco con mis amistades, en pocas palabras, no me gustaba tener amigos, por el contrario, mi hermano sí pertenecía a un grupo de amistades bastante amplio y diverso, yo no los conocía del todo, a lo mejor los distinguía, pero de ahí a saber sus nombres y demás, no, volviendo a aquel día, cuando encontramos a mi hermano él estaba con dos de sus amigos más cercanos, los tres estaban riendo, yo simplemente lo llamé a unos metros, para entregarle la bolsa. Luego de este día, normalmente observaba a mi hermano con esos dos amigos, ya parecía que su círculo social eran ellos dos. Un día, lo presentó, un chico bajo, no más de 1.50 centímetros, de tez blanca, su rostro fino, parecía un sueño, sus ojos verdosos, no un verde esmeralda, no un verde profundo, un verde oliva, un verde calma, un verde que se mezclaba con su belleza en general. Luego de ello teníamos más contacto, más acercamiento, ya bromeábamos juntos, pero aún había una barrera, o tal vez era mi cuerpo diciendo que nada de esto terminaría bien, que era mejor ser completos desconocidos.

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Al principio, Mario era apenas un rostro entre tantos. Pero poco a poco, su presencia empezó a repetirse en mis días como una melodía que se instala sin permiso. No era que buscáramos encontrarnos, era más bien que el azar parecía conspirar para que nuestras miradas se cruzaran en los pasillos, en las escaleras, en los recreos.

Recuerdo la primera vez que me habló directamente, sin la mediación de mi hermano. Fue una frase simple, casi banal:

—¿Siempre caminas tan rápido?

Yo lo miré, sorprendida, y respondí con la sinceridad que me caracteriza:

—Si me detengo, pienso demasiado.

Él sonrió, y esa sonrisa fue suficiente para que el aire cambiara de textura. Desde entonces, cada encuentro llevaba consigo una tensión invisible, un hilo que nos unía sin que ninguno se atreviera a nombrarlo.

Las bromas se volvieron costumbre. Yo fingía indiferencia, pero por dentro sentía que cada palabra suya se quedaba grabada en mí. Había tardes en que coincidíamos en el patio, y aunque el bullicio de los demás nos rodeaba, parecía que el mundo se reducía a ese espacio compartido.

Con el tiempo, empezamos a caminar juntos. Al principio eran trayectos cortos, apenas unos metros. Luego, sin darnos cuenta, se convirtieron en rituales: él me acompañaba hasta mi casa, y en ese recorrido se tejían silencios que decían más que cualquier conversación.

—¿Te gusta que te acompañe? —preguntó una vez, con cierta timidez.

—Me gusta porque contigo el camino parece más corto —le respondí.

No hubo necesidad de más palabras. Ese día, por primera vez, me tomó la mano. Su mano era pequeña, cálida, y en ese gesto encontré una seguridad que nunca antes había sentido.

Las tardes se llenaron de estudio compartido. Yo le explicaba temas que no entendía, y él me escuchaba con una atención que parecía infinita. A veces íbamos a la casa de su abuela, donde el tiempo transcurría más lento, como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarnos respirar. Allí descubrí que la compañía podía ser tan simple como sentarse uno al lado del otro, sin necesidad de adornos ni palabras.

Pero había una barrera. Una sombra que se interponía entre nosotros: mi padre. Sus reglas estrictas, su rechazo a que yo tuviera amigos, mucho menos un novio. Mario lo sabía, y aunque nunca lo dijo abiertamente, esa presencia invisible empezó a pesar en sus gestos.

—Tu papá no me quiere cerca —me dijo una tarde, con la voz más seria que nunca.

—¿Y eso qué importa? —le pregunté, casi con desesperación.

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—Importa porque no quiero problemas.

Esa frase fue el inicio del final. Lo vi alejarse poco a poco, como quien se retira sin hacer ruido, pero dejando tras de sí un vacío imposible de llenar. Me dejó justo cuando más lo necesitaba, cuando más lo quería tener a mi lado, cuando más había aprendido a quererlo sin reservas.

Recuerdo la última caminata juntos. El cielo estaba teñido de un naranja suave, y el aire parecía cargado de despedida. Yo intenté detenerlo con una pregunta que nunca tuvo respuesta:

—¿Por qué ahora? ¿Por qué justo cuando más te necesito?

Él bajó la mirada, y solo dijo:

—No puedo.

No hubo explicación más allá de esas dos palabras. No hubo promesas, ni despedidas, ni siquiera un intento de consuelo. Solo un silencio que se instaló en mí, un eco que aún hoy me acompaña.

Después supe que buscó compañía en otras chicas. Que intentó llenar con ellas lo que había dejado en mí. Pero ninguna historia prosperó. Y yo, desde la distancia, me preguntaba si acaso buscaba mi esencia en cada una de ellas, si intentaba reconstruir lo que habíamos tenido sin tenerlo nunca del todo.

Hoy no sé dónde está. No sé si piensa en mí, si recuerda nuestras tardes en el pasto, nuestras manos entrelazadas, las conversaciones que pesaban en el aire. No sé si alguna vez entendió que lo que vivimos fue lo mejor que me pudo pasar.

Lo único que sé es que me dejó en el momento exacto en que más lo quería. Y esa certeza, aunque me duela, es también la prueba de que lo nuestro existió, aunque nunca se haya nombrado.

Un amor no amor. Una historia que se niega a ser olvidada. Una herida que, aun abierta, sigue brillando como el recuerdo más humano de mi fragilidad.

Y entonces, cada vez que cierro los ojos, vuelvo a escuchar su voz, suave, constante, diciendo aquello que nunca terminó de decir:

—A veces uno necesita mirar algo diferente para entender lo que tiene cerca.

Quizá eso fue lo que hizo. Quizá eso fue lo que me dejó. Quizá eso fue lo que nunca sabré.

Angie Katherin García Navas.

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