Por las tardes empezaba su tarea. La boca de sangre, los ojos de sombra, el pelo de cascada negra que llega hasta el triangulo perfecto de su cintura. El rouge marcaba la carne y la hacia más sabrosa: bocado de ají escondido en los montes inhabitables, allí donde todos y cualquiera podrá ser soberano por un instante, entre malezas y ojos que confunden caras (todas diferentes, todas iguales). El roce del sol que entraba perpendicular al piso, sucio de amor desconocido, lograba darle a su perfil (distante de lugares demacrantes, noches de juego, estafas, licores y acuerdos estrafalarios en donde mediaban piernas y pases y copas y pezones) la virtud que le concede la tranquilidad de la libertad. Una bruma de fuegos fatuos danzando a su alrededor eran las luces de colores semejante a un juego de niños en verano de carnaval y una mano en el hombro palpando (atroz de tierna) su piel rajaba la tela del cuadro misterioso con una daga como frase: "Afuera te esta esperando Rodea".
Habían cambiado de titiritero a la marioneta de su pensamiento y ahora entrar en la comedia no era menos habitual que olvidar nombres. En sus piernas calzo las medias oscuras: rombos preciosos que si no fuera por las piernas serian meras figuras geométricas de aulas atestadas de indiferencia, pero no,
esos rombos eran la perfección en torbellino terminadas en tifón. La minifalda ocultaba sus labios de mar cansados y estropeados. Ya declinaba el sol rayando la entrada con las primeras sombras de brazos y piernas alargadas como luego se alargaría su virilidad sin nombre en algún cuarto oscuro ocupado por Alice, Sunshine o Yenny; atentas servidoras esclavas del placer, rosas deshojadas por el viento quemante de la noche siempre invernal.
Es verdad que alguna vez había amado y sentido su corazón latir unísono al cuerpo sudoroso de Diego. El sabía tanto de la vida en que estaba por hundirse. Pero eso fue anterior a los hijos y al matrimonio castrador de sol, en el que sabia mentir al principio y luego resignarse cobardemente a ese que acariciaba su cuerpo, cuerpo que no le pertenecía, tanto como el dinero. (Ella tuvo el primer hijo y fue feliz, lo tuvo ella, no el).
Su ingenuidad de
chica de campo llego hasta límites insospechados. Del campo a la ciudad hay kilómetros y kilómetros y más mentiras que kilómetros. Dejando a Diego como se deja la familia para aprovechar una beca estudiantil (más mentiras que kilómetros) e irse a las luces y al ruido, a los sueños de grandeza, a salir de su condición, la trajo hasta este lugar. No era esa la meta, no era ese el destino, algo torció las condiciones y la trajo a parar a este submundo encontrado en los labios de Rodea.
Diego le contaba antes de su partida, una noche, que los miraba ciclópea espectadora de trenzas de fuego, las andanzas en la ciudad: borracho de esquinas y luces que lo seguían como la luna esperando detrás de los edificios altivos enredados en niebla áspera en garganta, con un grupejo de
amigos encontrados en esos refugios malandras donde acecha la hoja de plata y el chamuyo superior; Diego sabia como hacer frente a los enredos de palabrería con su furia contenida siempre a punto de estallar (su cuerpo fundado en trabajos duros e insolados le habían dejado brazos atenazantes, espalda amurallada y manos agiles y rápidas que sin duda le ayudarían a hacer frente a cualquier problema). Era buen bebedor, de esos que nunca dejan un vaso a medio llenar o medio vacío, eso acarreaba a muchos
amigos; entre ellos, una noche apareció Rodea.
Dar vueltas por el vértigo de la ciudad: el vértice que los contenía era el alcohol y un juego de vasos y cigarros. Entre tropezones mas parecidos a pasos, probaban virilidad argumentando con palabras las carencias físicas y empuñando el aire llegaban a la calle donde se oculta el sol. Penumbra total apaciguada por faros rojos como el canto de las horrendas sirenas, inarrancable e inescapable. Inexplicables llegaron a la puerta de "
EL GATO NEGRO": Conocido boliche de prostitutas baratas y pendencias etílicas; conocido, por lo menos, para Rodea quien a esa altura había ganado el primer puesto en el podio de macho cabrio.
El relato prosiguió en mentiras, de esas que ensalzan al amor entre dos personas cuando deberían concluir con la verdad vista por ojos estériles, vagos. Se mostraba inmaculado en medio de la podredumbre circular de hombres inescrupulosos de almas lisiadas y conformistas del amor barato (es lo mas sensato que el dinero puede comprar) que se les prodiga por turnos. (Ella, inocente, veía una luz cegadora a la mitad de la noche, detrás de esta estaban las sombras varoniles y los obscuros rayos femeniles saliendo y escondiéndose en nubes negras en donde se podía escuchar, de vez en cuando, el estruendo del trueno en chirridos continuos).
Lo del gato negro fue solo una acotación en el relato, una vivencia de bajofondo y jerga. Lo importante era que en la ciudad, esa vorágine de luces y carteles y gente, era acogedora. Su amigo Rodea podría darle asilo ahí a donde ella se dirigía hasta que su posición económica fuera mejor y pueda alquilar algún cuarto en una pensión barata, total, ella no era pretenciosa (¿No era pretenciosa?).
Salio para adentro del salón en donde estaba Rodea esperando con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en el cenicero de la mesa manchada de cerveza mal limpiada. Era un antro que favorecía la bruma de las afueras, de la marginalidad de lo marginal en la ciudad; refugio de sátiros y ladrones, de pendencieros y locos de arrabal. Ahí se concertaban las reuniones clandestinas de los amantes encarcelados en empleos, en púdicas recetas de convivencia contenida por lazos de telaraña: pegajosos y débiles. Ahí estaba Rodea y ella también. Ella, la madonna de porcelana, estrella en lo alto de cerros nublados brillaba intensa, ¡El contraste le favorecía tanto! Sus manos pequeñas, agiles como dedos de tela surcando el mar tomaron la espalda del rufián, sin motivos ni sentimientos. Hoy te saco de acá mujer, no vas a laburar más en estos antros: para vos lo mejor. El semblante de Rodea había cambiado: brillaban cada vez mas sus ojos penumbrales, la comisura de los labios levemente se levanto del lado derecho (había sido ensartada por el anzuelo dinero), su mano pesada de callos enalmados de ira y saña contra sus mujeres, contra la cara de estas, contra sus flancos de tórax, contra sus piernas, contra su alma débil y resignada, se había dignado a acariciar la mano de ella: delicada de tanta vida.
Pensó en dejarse llevar, sabía que su destino había truncado en esta hora en donde todo se convierte en humo, en esta hora en donde todo se pierde, nada puede asirse, todo se pierde en ella. Y se deja llevar. Rodea rodea con su brazo de hierro la cintura aterciopelada, la lleva a su pieza (¿de quién?). Y lo de siempre: una maquina tratando de satisfacer su deseo de carne, de poder ser de carne cuando ella sabe que todo es engranaje, todo un vaivén y todo sincopado, un gemido grabado en su garganta como un grito encerrado en la fonola del salón, el yunque de la cara de su amante, el reflejo de correr los labios dejando expuesto el cuello y la saliva amontonada de las gotas de sudor en su pelo, acelerar y sentir que el engranaje se rompe y sentir que realmente no se siente, y la maquina reposada y llena de aceite acostada a su lado.
-Me parece que cada vez coges mejor vos, estas aprendiendo bien y aparte todavía sos joven y no estás arruinada como la Turca o la Renga. Me vas a hacer ganar mucha guita -prende un cigarrillo y a ella le parece una inmundicia el humo que sale de su boca, de su garganta, de los corrompidos pulmones del cafishio- ffffhfhfhfh. Te cambias y salimos para El Magdalena. Ya tenès reservada una pieza, un lujo, ahí solo va gente de filo nena, entendès? Toda la crema -la mira cínico- ja ja ja -le da un beso en la mejilla. Ella siente nauseas, terror y llanto- te espero en la puerta trasera, no tardes.
Sale con su valija y la carga en el baúl del coche, miraba derredor sin poder entender que pinos de color verde esperanza se transformen en tétrico color de cueva húmeda, que luciérnagas fugaces, estrellas al alcance de la mano, signifiquen hora de trabajar, que un gato, Dios para los egipcios (eso ella no lo sabía, pero de alguna manera lo sospechaba) ahora sea ella, Diosa entre la carne, Diosa de la carne y Diosa con un altar de pétalos de rosa forrados de sal.
Una lágrima escapa de los ojos rojos por nudos del deseo ajeno. Un deseo escapa a los nudos del sentir. Un nudo ajeno se trenza en el escapar de una lágrima. Un sentir trenzado por un sentimiento rojo envuelve los ojos. Un instante es la eternidad y la eternidad es la vida. Un filo plateado puede hacer sentir a la luna dueña de su luz, un movimiento de muñeca puede eclipsar el sol; plantearse un asesinato y llevarlo a cabo no es una empresa atroz si uno se convence de que ya lo hizo
[1], poder ser dueño de la vida no puede ser tan difícil.
Ella empuña la daga que había esperado en un cajón este día tantos días, Ella puede ser dueña de su vida y apasionada y contenta, con esa sonrisa de Diosa, asesta el golpe en el frente, justo en el diafragma. Con sus últimas fuerzas revuelve el puñal: remolino fulminante, y al sacarlo se le cae junto a una lagrima, junto a su fuerza, junto a su deseo, junto a su sangre esparcida a sus pies en ese charco de libertad.
[1] Perdón J. L. B.
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