ERITROCITOS
El buen Voluntario Reconstruccionista (de ahora en adelante referenciado con las consonantes VR) siempre deberá tener puesta la chamarra de regulación, esto no solo para facilitar el reconocimiento del VR como parte de los esfuerzos de recuperación en caso de extravío o emergencia, sino también para proveer a todos los miembros del equipo de la protección que necesitarán al momento de adentrarse en las viviendas y edificios que conforman las urbes de la Patria.
El chaquetón de los VR está hecho de un material resistente a rasgaduras y agentes químicos que podrían presentar un peligro al bienestar de las fuerzas de recuperación, a su vez, la flexibilidad y conveniencia de su estructura permitirá al buen Voluntario el ejercicio cómodo de sus capacidades motrices a voluntad.
A pesar de su apariencia, la chamarra de regulación posee cualidades antitranspirantes pensadas para la comodidad del VR durante su jornada...
-MANUAL DEL BUEN VOLUNTARIO, SEGUNDA EDICIÓN. EXPEDIDO POR EL GOBIERNO DE MEXICO
- ...de las tinieblas, ampárame; de la boca de la muerte, rescátame, y en tus brazos amorosos recíbeme cuando me llegue la hora de partir. Amén.
Irinea observaba al hombre en silencio. Roberto solía rezar antes de toda limpia, una oración bien conocida de todos de tanto que la habían estado oyendo en las últimas semanas, pero aún así, nadie podía decir con seguridad si se la había inventado el hombre o si la había aprendido de algún cura previo a los cismas.
Algunos decían que podían reconocer en la oración algunas de las letanías propias del rosario mariano, otros casi podían asegurar habérselo escuchado a alguno de los muchos "maestros" que surgieron durante la crisis. Aún así, nadie nunca le había preguntado de dónde se había sacado esos rezos.
La mujer escuchó cómo Esteban y Lupita suspiraban un Amén casi inaudible que de igual manera reverberó en el aire quieto de la casa en la que estaban adentrándose, como si esta no estuviera ya acostumbrada al sonido de las palabras humanas y tuviese que aprenderlas desde cero, engulléndolas, digiriéndolas y permitiendo que avanzaran por su sistema como hacía ahora con el cuerpo de los Cascos Amarillos.
Avanzaban lento, pero a veces Irinea sentía como si sus botas hiciesen temblar los cimientos de la casa, amenazando con hacerla desaparecer cual espejismo de un pasado inhóspito e imaginario donde otrora habitaran creaturas que respiraban, comían, hablaban y amaban, creaturas que la miraban desde fragmentos de tiempo esquirlado y dispuesto cual altar empobrecido de un viejo ermitaño; sobre el suelo y colgados de algunas de las paredes de la sala ahí estaban, recubiertos de polvo, manchados algunos del humo de velas hace mucho tiempo apagadas, derretidas ahora en algunos charcos del color de la caries a sus pies; la casa tenía ojos, rostros y algunos de estos enseñaban los dientes en una mueca congelada, ¿le daban la bienvenida? ¿O acaso le tendían una trampa?
Pocos de sus compañeros se animaban a mirar las fotos tan directamente como ella, el resto, apartaba la mirada con reverencia casi religiosa, como si de los cuadros empañados de abandono fuese a saltar algo, una presencia terrible, una realización aterradora. Pero ella hacía un esfuerzo por observarlas, por aprenderse los rasgos escondidos en la memoria impresa sobre el plástico. Un viejo hábito concebido durante su soledad, mientras andaba de casa en casa, recorriendo callejones y callejuelas, tejados y balcones, abriendo puertas, rompiendo ventanas, mientras vivía como el gérmen de un parásito extraño en el cadáver espasmódico de otra ciudad.
Irinea miró y vio a varias familias, hijos, padres, aquí sonrientes, allá ceñudos, comidas, vestidos de la primera comunión, trajes y velos de casados, ojos brillantes y ausentes, casi podía escuchar el sonido de las cámaras, casi podía sentir cómo el flash la cegaba, los aplausos, los regaños de los padres a los hijos berrinchudos que no querían posar para una tonta foto, prefiriendo que los dejaran correr y jugar en la playa, en el parque, en la plaza.
Y ahora, en esa sala vacía, de ellos era lo único que todavía quedaba.
Alguien detrás de ella le dio un empujón para que se pusiera en su lugar, Irinea entró en formación, a ella le tocaba estar detrás de Roberto, y este a su vez, detrás de Esteban; ellos estaban a la izquierda de la entrada que tenían en frente, formados en una suerte de semicírculo pensado para emboscar a posibles amenazas humanoides, la formación era más fácil debido a la curiosa falta de muebles en la habitación, cosa de la que Irinea se dio cuenta apenas cuando estaba en posición. Todos esperaban con su herramienta en ristre, como una parodia de caballeros antiguos aguardando la llegada de un dragón. Los de más adelante ponían la punta afilada de la pala al frente, a manera de lanza, mientras que Irinea y quien supuso era Lupita detrás, la levantaban en alto.
Del lado derecho de la habitación era casi lo mismo. El Cerillo, en vez de la herramienta completa, empuñaba en una mano "el cabezal" conformado por la cabeza del martillo que a su vez se extendía en dos apéndices elongados como colmillos que podían ser usados como palanca en caso de hallarse con alguna puerta cerrada. En su otra mano estaba el Cencerro, listo para sonar.
Los soldados, la labor del equipo de Perimetraje era la de realizar una limpieza rápida y efectiva de la zona por la que luego pasarían los Voluntarios Recuperacionistas con la finalidad de hacer su labor más fácil y por ende, más eficiente. Sin embargo, la metodología purgativa utilizada por los militares, a pesar de encargarse de la mayoría de los humanoides de un área específica, no se adentraba demasiado al interior de viviendas o espacios cerrados, prefiriendo atraer a los cuerpos hostiles por medio de trampas de sonido que los llevarían hasta las zonas de tiro designadas.
Por ende, no pocas veces les tocaba a los Cascos Amarillos toparse con algunos rezagados que ellos mismos tendrían que eliminar. El Equipo Militar Especializado, la media docena de soldados que iba con ellos generalmente sólo intervenían si los grupos Recuperacionistas se encontraban con un grupo numeroso de humanoides u hostiles humanos.
Los cuerpos se tensaron en anticipación, el aliento se contuvo y por un momento, todos esperaron encontrarse con el infierno ambulante del otro lado del umbral.
Pasaron uno, dos, tres segundos que Irinea contó con las punzadas que sentía en su espalda baja. La mujer maldijo su edad y los achaques que eso conllevaba "Si por una pendejada de estas me muero..." Fue lo que pensó antes de que el cencerro masacrara el silencio.
TALÁN TALÁN TALÁN TALÁN TALÁN
Sonaron los fierros, como campanazos apocalípticos que llamaban a los demonios a congregarse.
TALÁN TALÁN TALÁN TALÁN
Golpes rápidos y sonoros como una balacera que prometía carroña a los buitres hambrientos.
TALÁN TALÁN TALÁN TALÁN
Los pasos de la muerte sonaban como el paso de becerros. Y una vez terminados, una vez hecho el silencio...escucharon, escucharon y escucharon.
Nada.
Los Voluntarios se relajaron, Lupita se rasco debajo del casco, Roberto se secó el sudor de la frente y Esteban suspiró cansino, Irinea sólo agradecía que por fin podía bajar los brazos y así aminorar el dolor del puñal que parecía hundírsele en la carne de la espalda baja.
-Marquen el cuarto. - Susurró el Cerillo al tiempo que ponía algodón adentro del cencerro.
Esteban asintió y sacando la lata de aerosol se disponía a pintar la señal en el muro más cercano, pero luego de encontrarse con las miradas juzgonas de las fotos se movió hacia otra pared con más espacio. Ahí dibujo con el siseo ininterrumpido de la pintura el aro que significaba "Todo bien" o "Habitación despejada". De alguna manera, la mujer sentía que el ruido le devolvía algo de vida a aquel mausoleo, como si un doctor curase un órgano reseco y enquistado, recordándole su función por el bombeo de sangre en sus recámaras.
-Bien...- Continuó el Cerillo. - Ámonos al cuarto que sigue, se me hace que es el comedor. Hay varios muebles tonces ahí miren qué se va y qué se queda y lo marcan. - Entonces mirando a Irinea. -Leona, tú y yo nos vamos a quedar cuidando las escaleras por si acaso, los demás ya saben que...
Se escuchó entonces el crujir, el agitar furioso de una puerta en algún lugar de la planta superior, seguido por el chillido corajudo de una garganta deshecha.
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