BLUE COLLAR ZOMBIE (CAPÍTULO 6)

Daniel L@grilidaelazul
30 sept 2026·7 min de lectura

UNA NOCHE CORTA

Sobre todo cuando son más recientes, es posible observar la existencia de los denominados comportamientos residuales, en su mayoría dichos comportamientos tienden a ser repetitivos y de apariencia cotidiana

En las últimas semanas ha sido posible observar gestos tales como:

  • Saludos

  • Tomar y soltar un objeto que no se encuentra ahí

  • Acunamiento o porteo

  • Tocarse el rostro

  • Rascarse el mismo punto del cuerpo (muchas veces hasta causarse lesiones)

  • Trancado (El acto de introducir una llave en una puerta)

  • Entre otros...

Sin embargo, el comportamiento que nos ha parecido al momento de las observaciones, más peligroso y, si se me permite decirlo, más perturbador, es el relacionado con la verbalización y balbuceo.

TERCER INFORME DEL ESTUDIO GENERAL DE SALUD REALIZADO POR LA DRA. JULIETA N. REGISTRADO Y ARCHIVADO POR EL ANTIGUO GOBIERNO DE MÉXICO.

El punto rojizo frente a su rostro respiraba con ella, seguía el movimiento de sus pulmones, el compás de su aliento, parecido a un faro diminuto y patético, sumida como estaba en aquel océano umbroso.

Escuchó algo tras ella, un cambio casi imperceptible en la atmósfera, una tremulación del aire que la rodeaba, la inclusión de una nueva presencia en aquella noche oscura.

Se giró con calma, la mano sujetando la empuñadura del cabezal de su herramienta.

Frente a ella, apenas perceptible, una figura, una sombra que se derretía en las orillas, diluyéndose en la oscuridad circundante.

-¿Quién? - Creía saber la respuesta, pero nunca estaba de más ponerse lista.

-Yo, mensa, ¿quién más?

Lorena suspiró y la punta del cigarrillo adoptó una tonalidad naranja y brillante.

-No mames, gata ¿dónde andabas?

-Cenando. - Respondió Irinea, sonaba ronca.

-¿Te fuiste tragando el arroz de uno en uno o qué?

La silueta no respondió de inmediato, Lorena la percibió acercándose a su lado, pudo sentir cómo se acomodaba en la barda. Encorvada, sus movimientos eran lentos, pesados.

-¿Sí me guardaste o no? -Inquirió.

Lorena chifló sin ganas. -Ya te las sábanas mija. - Le extendió un cigarrillo junto con su encendedor.

-Gracias.

-No hay de qué. -Vio el encendedor chispeando una, dos, tres, cuatro veces, revelando los trazos de los dedos que lo sostenían. Finalmente, un fuego infante nació entre los dedos de la mujer, Lorena vio cómo éste se movía hacia arriba, descubriendo primero el cuerpo torcido del cigarrillo y luego, una vez la flama se hubo trepado al cuerpo de papel, muy brevemente, alcanzó a vislumbrar, como una aparición al otro lado de una hoguera marchita, el rostro arrugado de su amiga.

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Las mismas arrugas, los borrones de cicatrices dejadas por el fuego sobre su frente y al lado de su ceja derecha, los rayones de rasguños en su mejilla, la boca torcida, atorada en una expresión que aparentaba, sino desdén, indiferencia. Pero había algo más esa noche, una suerte de tensión, como si el rostro de Irinea se hubiera vuelto una máscara de arcilla, y cualquier movimiento, cualquier torcedura, sería suficiente para resquebrajarlo, no era una mujer particularmente expresiva, pero la inmovilidad que presentaba en su faz, similar a un rigor mortis bien asentado…

Se sintió tentada a hacer una de esas preguntas…esas injerencias que luego a uno le pican en el pecho cuando ve a algo parecido a un amigo, una de esas preguntas que no sabe el que las formula si no serán nomás tiros al aire , sin propósito ni resultado o el traspié que de inicio a una avalancha.

- Día pesado. - Era una afirmación, un anzuelo sin mucha carnada. Nada más que un comentario inocuo, el esfuerzo culpable y vago del amigo que no está seguro de querer saber más.

-Cuándo no? - Fue la respuesta de Irinea.

Un silencio ensopado de humo se asentó entre ellas. Filtrándose en sus orejas, apesadumbrandoles los labios, cosiéndolos con hebras de aire renegrido.

Lorena aspiraba y exhalaba con el compás de quien ve abrirse un mar embravecido, a la orilla del acantilado, sopesando su sobreviviría al saltar hacia el pecho abierto de su amiga.

- De dónde los conseguiste?- Inquirió Irinea con un suspiro de ruido que no alcanzaba a romper el silencio entre ellas sino que se mimetizaba con el, se ahogaba, se descomponía en la bruma quieta.

-El Beto.- Sonrió Lorena, aunque dudaba que Irinea pudiera verla.

-¿Sigue vivo?

-Última vez que te comparto cigarro pinche mamona.

Esperaba que eso la pusiera de mejor humor, ninguna era muy directa. Irinea pareció no escucharla.

El humo de la quema parecía sofocar la ciudad, era como si la brigada estuviera encerrada bajo una cúpula impenetrable, como si más allá de las calles que determinaban la zona de despliegue, no hubiese más que un vacío negro e insondable.

Lorena se asomó por encima del barandal que había en el techo de la casa donde fumaban, adivinando con ojos grandes las figuras amontonadas de los durmientes que se apretujaban sobre el cemento partido, arriba de los camiones o dentro de los transportes.

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De repente los envidió, de repente el cigarro parecía ya no calentarle el pecho, de repente el peso de la noche y la presencia que junto a ella se movía le parecieron aplastantes, sofocantes. De repente se sentía cual buzo solitario que se echaba un clavado a las tripas de un buque podrido en el fondo del mar para hacer acopio de lo que se había perdido para alumbrar ahí donde quedaban preguntas de aquello que no había vuelto a la costa. El peso del mar la empequeñecía, el terrible y trágico monstruo que yacía en una herrumbe de huesos afilados amenazaba con tragársela sin remedio, sin marcha atrás, cerraría las fauces tras ella en cuanto entrara, mejor sería huir.

Y aún así, una parte de ella, un fragmento incómodo de Lorena le pedía quedarse, le pedía resistir, como tantas otras veces, algo en su fuero interno luchaba contra sí, una vieja convicción, un viejo valor.

Pero suficiente había tenido ella de valentía, de tragedia ajena. Suficientes naufragios, suficientes pérdidas, suficientes muertos ocultos al fondo de un pozo oculto tras los párpados de quienes la rodeaban.

Y en las aguas de Irinea, bajo olas violentas, ella podía ver los restos torcidos de una flotilla entera. Años de naufragios enlamados bajo el fango de lágrimas podridas que como zargazo se acumulaban en lagañas al borde del mar.

Una visión común en aquellos días, pero aún así, no era algo en lo que Lorena quisiera profundizar, ni con ella ni con nadie. Mejor era seguir andando por la costa, al amparo de las gaviotas y del sol.

Se terminó el cigarro pronto. Con un movimiento practicado, escupió en la palma de su mano y aplastó el objeto hasta convertirlo en una bola de basurilla fácil de ignorar. La tiraría por ahí, en algún lado donde nadie la viera.

- Bueno. - bostezó. - Ya me voy a echar. - Y levantándose, comenzó a andar con paso ágil en dirección opuesta a Irinea.

Ya casi estaba a salvo cuando escuchó a su amiga decir algo.

-¿Qué pasó? -Inquirió Lorena, más por instinto que por otra cosa, el buzo se le había zafado por un momento.

-Era un chiquillo. - Irinea era una sombra, un vacío en la noche, la luz del cigarro estaba del lado opuesto a donde se hallaba Lorena, por lo que parecía que Irinea se estaba comiendo la noche. -Un chiquillo.

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Al final el mar había ido al encuentro del buzo. - Algo escuché.-Suspiró en un último intento por escapar de las olas.

-Lo encerraron en su cuarto…- Podía escuchar la respiración de Irinea, acompasada, ausente. Por un rato no dijo nada más y Lorena pensó que podría irse por fin.

Estaba a punto de decir alguna frase descorazonada cuando la otra volvió a hablar.

-Mi nieta usaba la misma piyama.

Lorena se congeló, esperando el quiebre, la tormenta, el huracán. Pero el mar estaba quieto.

Con pasos lentos, se alejó de su amiga en silencio.

Cuando Irinea volvió para dormir, ya casi era de madrugada, la punta de sus dedos se había ennegrecido con el paso del fuego entre ellos, pero ella no lo sentía.

Cuando por fin pudo dormir, tras sus párpados no hubo sueños.

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