UN LARGO DÍA
Aún se sigue estudiando el fenómeno psicológico conocido como Trastorno Paranoide por Encuentro con Humanoides, en cuanto a síntomas se refiere, es un trastorno similar al TEPT. Entre las comorbilidades presentadas por un paciente con Paranoia por Humanoides es posible observar:
Reviviscencias (principalmente en la forma de pesadillas y pensamientos aterradores).
Evasiones, tal y como ha sido posible observar en múltiples miembros de los brigadistas pertenecientes a los esfuerzos de recuperación, generalmente dichas evasiones se perciben como un alejamiento del círculo social conformado por el resto de un grupo.
Olvidos recurrentes.
Pensamientos negativos dirigidos a su propia persona.
Pérdida de interés en cosas que antes eran disfrutadas por el sujeto.
Problemas de concentración.
Hipervigilancia.
Usualmente es recomendado el uso de estrategias psicológicas de manual para tratar con estos casos, abordándolos como si se tratase de un usuario padeciente de TEPT. Sin embargo, los resultados del tratamiento pueden variar de persona a persona, esto debido sobre todo a algunos de los síntomas más peculiares del trastorno, entre los cuales es posible observar:
Desesperanza profunda.
Síntomas de psicósis paranoide (muchas veces con tintes religiosos).
Cambios de carácter o personalidad drásticos.
Se ha de considerar también el hecho de que los síntomas presentados por el usuario pueden adoptar la forma de comportamientos autodestructivos que pongan en peligro tanto su propia integridad física y psicológica como la del resto de sus compañeros, dichos comportamientos observados en personas que padecen de Paranoia por Encuentro con Humanoides son los siguientes:
Negarse a comer o a ingerir líquidos necesarios para el funcionamiento saludable del cuerpo.
Desarrollo de adicciones a sustancias, usualmente conseguidas por medio del contrabando o hurto.
Búsqueda de situaciones de riesgo que pongan en peligro la vida del sujeto.
Es por estos últimos comportamientos en específico que el equipo de investigación presente considera de vital importancia la inclusión de personal capacitado en estrategias de intervención psicológica o psiquiátrica dentro de las Brigadas de Recuperación.
ESTUDIO OFICIAL DE LOS EFECTOS PSICOLÓGICOS PROVOCADOS POR EXPOSICIÓN A HUMANOIDES. NUEVO INSTITUTO NACIONAL DE PSIQUIATRÍA.
Del pozo ascendía una tromba anaranjada, hinchada de rugidos airosos, un reclamo al cielo sofocado, un ariete contra las fronteras del firmamento, una señal de vida, de auxilio, de furia que se estiraba y se alargaba hasta perderse de vista en algún sitio lejos de las estrellas.
Fue una jornada lenta, casi todos los equipos habían encontrado cuerpos dentro de los edificios registrados, cosa que había hecho el avance mucho más tortuoso, pero más allá de eso, sólo tres escuadrones habían tenido un encuentro con humanoides.
El del Cerillo, los de Nacho y los dragones, al parecer uno de los cuerpos para la pila no había estado tan muerto, por fortuna se dieron cuenta a tiempo.
Una vez reunidos todos aquella tarde, les habían dado una nueva directiva para los cadáveres. Todos sin excepción debían ser tratados como humanoides en potencia, o en otras palabras, había que abrirles la cabeza a todos a punta de marrazos, a menos que el líder de escuadron considerase que el estado del cuerpo no permitiera la existencia de un posible humanoide en estado de suspensión, claro.
Irinea había hecho su trabajo, lo hizo de forma eficaz y en silencio. Casa por casa, cuarto por cuarto había hecho la labor que le habían encomendado en esa mentada ciudad "Recuperar los hogares de la Patria." "Restaurar el mundo que alguna vez fue." "Construir un futuro brillante donde todos puedan reconstruir un mañana mejor." y ahora estaba exhausta. Sentía que su cerebro se había calcificado con pensamientos a medio formar, ideas, sensaciones, todas secadas al impávido sol de una ignorancia voluntaria, y ahora su cabeza se sentía como un ladrillo, el líquido encefaloraquídeo que rodeaba su cerebro era argamasa, su materia gris sedimento entumecido, era como ir cargando un búnker en la cabeza.
En cuanto terminó el turno, la mujer se quitó el chaquetón y el casco, dejándolos en su bolsa, tomó la cena fría que les entregaron y se busco algún rincón escondido cerca de los camiones.
Algunos habían tratado de trabar conversación con ella, le habían preguntado cómo estaba, cómo se sentía, si notaba algo raro, lo normal, las preguntas de libro. Ella había respondido a su manera, con monosílabos, y solamente entreteniendo mayor interacción con los Voluntarios más insistentes, les decía lo que fuera, les sonreía, los miraba a los ojos, se encogía de hombros y de repente hasta bromeó, lo que fuera para que la dejaran sola.
Sólo necesitaba un rato a solas, un rato con un silencio diferente al de las casas muertas, un silencio con aire que aún pudiera moverse, no aquella quietud estéril de las tumbas viejas. Un silencio que sólo fuera suyo, una nada donde solo pudiera moverse Irinea y nada más.
La mujer se sentó con la espalda recargada en la troca oscurecida, el aire de la noche entraba demasiado fino a sus pulmones, no importaba cuánto los llenara, parecían no ser suficiente.
Intentó ignorar la sensación mientras abria el paquete de comida que le habían dado.
Unas cuantas barras de proteína, arroz frío y una tropa de frijoles nadando en un mar espeso que relamía el interior de un viejo vasito de plástico.
Irinea empezó con el arroz, sabía a agua vieja y estaba crudo, pero lo comió en silencio, con los dedos, llevándose bolas del alimento a la boca, obligándolo a descender por su garganta que ahora parecía el proverbial ojo de aguja por el cual un camello intentaba cruzar hasta una promesa vaga.
El aire de la noche era caliente, pero un escalofrío le recorría el cuerpo cada que tragaba.
Siguió con los frijoles, pero primero se guardó las barras de proteína en el pantalón, era mejor si las apartaba para otra ocasión.
Con dedos chamagosos de arroz, fue pescando las legumbres una a una, arrebatándolas del lado de sus compañeros, rescatándolas de su ahogo para ingerirlas, una a una. Era un proceso lento, tortuoso, laborioso, vuelto más insoportable por una súbita consciencia del movimiento de sus propias tripas mientras comía, mientras parecían negarse a nutrirse de aquel alimento.
Sintió como que el búnker se resquebrajaba aquí y allá, cosas que no quería ver comenzaron a filtrarse de las ranuras, la espiaban, la miraban con ojos atentos, casi suplicantes. Pero ella seguía comiendo. Ella se concentraba en los frijoles, en masticar y tragar, masticar y tragar, morder y tragar, masticar e infectar, clavarle la pala, gritar, masticar y tragar, le atravesó el pecho, la columna, masticar y berrear, berridos que aún hacían entre los recovecos de su cráneo...
Se detuvo.
De repente sus costillas se le hacían muy chiquitas para sus pulmones, sus brazos demasiado tiesos, las piernas le hervían de hormigas corriendo por sus venas.
"Chingada madre."
La cáscara de cemento en su cráneo se iba deshaciendo poco a poco y de ahí nacía una creatura a la que no quería ponerle nombre, porque darle nombre a las cosas es admitir su existencia, como llamarle zombi al zombi, no, es mejor llamarlo humanoide, es mejor pretender que esa cosa no va en contra de todas las leyes de la naturaleza, en contra de todas las creencias de la raza humana sobre sí misma y lo que le espera del otro lado de la última pregunta de todas. Es mejor pretender que el mundo no se ha desmoronado hasta no dejar nada en pie.
La cosa se estiraba desde el interior, crecía, se agrandaba, se hinchaba hasta comenzar a sofocar cualquier otro pensamiento, cualquier posibilidad de escape hacia otro lugar, hacia algún refugio hecho de imaginaciones, fantasías, imposibilidades, esperanzas...
Irinea se sentía atrapada, enjaulada en una celda que la iba aplastando lento.
-Chingado.- Siseó. -Chingada, puta madre.
Atravesándole el esternón, partiéndole la columna, el rostro desmenuzado. La cosa tiraba de neuronas, comprimía axones y reconfiguraba sinapsis llevándose a Irinea, raptándola a un ensueño pesadillesco donde el otrora se transfiguraba al ahora, lo suprimía, lo suplantaba. Rostros, decenas desfilaron frente a Irinea, rostros resquebrajados de narices mochas, ojos arrancados, muecas de infernal burla, piel derretida, gargantas reventadas, todos con nombres que no se quiso aprender, todos con las manos al frente, algunos con las manos cubriendo el rostro, unos lloraban, otros gritaban, más reían, pero en su mueca no se encontraba más que la más profunda tristeza. El aire le supo a ceniza, el suelo como un pantano de sangre, los pulmones no le servían, la horda, el infierno estaba cerca, desbordándose de las casas, saliendo de las alcantarillas, corría por las calles presa de un frenesí total, sus brazos no tenían suficiente fuerza, quiso levantarse, pero las piernas no le obedecían, la rodeaban, le jalaban de la ropa, tiraban de su piel, la arañaban, pronto, pronto sería una de ellos, estaría raptada en una pausa eterna, un dolor infinito, una monstruosidad que se extendería más allá de los límites del vacío, no, no, no, no, si tan sólo, ya la tenían, no podía moverse, ya la tenían, estaba atrapada, encarcelada, Dios santo, estaba...era uno de ellos, era presa de su propia piel, auxilio, quiso gritar, y quizás lo hizo, quizás, quizás, sólo quizás, pero la horda rugió y su voz se perdió entre aquel monstruoso aliento.
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