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BLUE COLLAR ZOMBIE (CAPÍTULO 4)

Daniel L@grilidaelazul
8 sept 2026·14 min de lectura

Entre otras estrategias válidas para la eliminación de amenazas humanoides, están las presentadas por los instructores durante la capacitación previa a su relocalización.

  1. LA PINZA: Donde uno o más voluntarios harán uso de un objeto largo y de cabezal ancho para inmovilizar al humanoide atacante mientras sus compañeros se encargan de destruir el Sistema Nervioso Central (SNC)

  2. EL ROBLE: Donde se tiende una trampa al humanoide utilizando cuerdas u obstáculos para causar su caída de una posición ortostática a una posición que deje más expuesto el cráneo para su posterior eliminación.

  3. EL MARTILLO: Donde uno o más Voluntarios harán uso de sus herramientas de regulación para destruir el cráneo desde una distancia segura, considerando la movilidad del objetivo o alguna circunstancia que imposibilite el uso de una estrategia más segura.

Sin embargo, se recomienda siempre que el Voluntario evite un enfrentamiento directo con cualquier amenaza humanoide debido al alto riesgo que suponen para su propia persona y el resto de su equipo.

En caso de encontrarse aislado del resto del escuadrón frente a una amenaza humanoide sin posibilidad de evitar un enfrentamiento, el Voluntario deberá seguir las estrategias referidas al final de este capítulo del Manual, donde se explica cómo eliminar por sí mismo a un humanoide.

En caso de tener mayores dudas de carácter práctico, favor de referirlas al capacitador designado y este le instruirá en la mejor manera de proceder.

MANUAL DEL BUEN VOLUNTARIO, SEGUNDA EDICIÓN. EXPEDIDO POR EL GOBIERNO MEXICANO

El primer piso no tenía nada de especial, en el comedor visto por el Cerillo había algunas sillas de patas chuecas, pero poco más, el comedor funcionaba a su vez de cocina, cuando abrieron las alacenas, estas estaban vacías, no había más que algunos platos y algunos utensilios, cucharas, cuchillos sin filo, quizás podrían fundir todo eso después, de vuelta en el campamento. Revisaron el gas de la estufa, más por protocolo que otra cosa, Lupita sacó un botecito de agua con jabón que cargaban para tales tareas y embarró un poco en los quemadores. Abrieron el gas, pero no hubo burbujas.

Ágil. Era la palabra que Irinea estaba buscando.

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Se movían ágilmente, Lupita, Esteban, Roberto, avanzaron en silencio por el resto de la primera planta, los ojos al frente, los gestos exactos para llevar a cabo su labor. Dos al lado de las puertas mientras el otro la abría, revisión, hacen la marca, y avanzan a lo que sigue. Mientras tanto, Irinea y el Cerillo se encargaban de cuidar la escalera, tiesos como estatuas de sal, a una brisa de derrumbarse por completo.

La cosa chillaba aún y el sonido hacía reverberar el cráneo de Irinea, arañando sus sinapsis, mordiendo los axones en su cerebro, ponía todos los nervios de su cuerpo en llamas y le estrujaba los pulmones en un esfuerzo por extirparle una emoción que se convulsionaba en el fondo de su garganta, pateando su corazón, impidiendo el paso del aire con su cuerpo amorfo e hinchado.

Hubo un tiempo en el que casi podía jurar que estaba acostumbrada a esos gritos, esos chillidos como de animal en rastro, un tiempo en el que no conocía más lenguaje que el llanto y el crujir de dientes, donde su única experiencia de humanidad era la que encontraba embarrada bajo la suela de su bota, envuelta en el aliento de algo más, una cosa vieja y desquiciada...

Le había costado volver a ser Irinea. Cuando por fin encontró un camino fuera del infierno, cuando huyó, medio loca y con apenas carne en los huesos al descampado, al amparo de estrellas sofocadas por los largos dedos de incendios que parecían no apagarse nunca.

Una parte de ella agradecía que aún le aterraran esos ruidos. Otra parte quería arrancarse las orejas.

Algo la tocó en el hombro, la mujer se giró de golpe, encontrándose con el rostro del Cerillo, con la frente perlada de sudor y los labios apretados escondiendo un grito encuarentenado, le hizo un ademán para que avanzara.

Serían tres quienes subirían, ella, el Cerillo y Roberto al fondo de las escaleras.

Con pasos trémulos, con los pies como patas de golem, Irinea y el resto de la compañía avanzaron hacia el infierno pintado de alguna luz escurridiza al final de su ascenso.

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Uno. Dos. Tres escalones. Cuatro. Cinco. Seis. Hacía el intento por ocupar su mente con lo que tenía en frente, con aquello que podía ver y tocar, se fijaba en los detalles nimios de sus alrededores, el color de la pared que ya se iba descarapelando de pintura vieja, dejando al descubierdo la carne porosa, las membranas enladrilladas, los huesos de concreto escondidos en el cuerpo infecto de la casa.

Cuando llegaron al tope de las escaleras, se encontró con los restos descuartizados de los muebles ausentes. Habían sido rotos y afilados a forma de estacas y estas habían sido puestas sobre el respaldo y los asientos de un sillón largo que, supuso con sorprendente claridad, los anteriores ocupantes de la casa habrían usado como barricada entre el piso de arriba y algún visitante no deseado. Sin embargo, el sillón no cubría las escaleras, sino que alguien lo había hecho a un lado como para permitir el paso de personas sin mayor complicación.

-Estate atenta...-la voz del Cerillo sonaba extraña, como si se hubiera puesto a masticar un puño de arenisca mientras subían. - No sabemos si pusieron más chingaderas de esas por ahí.

Irinea asintió, o al menos creyó asentir, su cuerpo parecía hecho de varillas, sus articulaciones unos alambres oxidados, el dolor en su espalda baja, el latir constante de un segundo corazón.

Siguieron avanzando, pasando las escaleras, llegando por fin a ver lo que les aguardaba en la cima de aquella cumbre.

Un pasillo pequeño, cinco puertas, tres abiertas y dos cerradas.

Una de las puertas se movía, se agitaba convulsionando en sus goznes.

Irinea empuñó el cabezal de martillo de la herramienta, el pasillo era demasiado angosto para usar la versión más larga.

Revisó primero la apertura de la izquierda. Había más muebles ahí, aquellos que no habían sido destripados, unas cuantas sillas de comedor, algunos banquitos, un escritorio diminuto y colorido de plástico. La ventana estaba tapizada de hojas de periódico y algunas páginas de libros donde manos ausentes habían hecho rayones...aleatorios...temblorosos...ambiguos.

Inexpertos.

Algunas de las hojas estaban regadas sobre el suelo, el resistol se había rendido ante el batir tiránico del sol y le había permitido entrada a la única fuente de luz de aquel antro.

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Irinea alejó pronto la mirada de aquel cuarto, no quería fijarse en los colores sobre el escritorio, en las tijeras diminutas y sin filo que había en el piso, en las montañas de latas de comida dispuestas en las esquinas a las que les habían arrancado las tapas para crear formas tan extrañas que parecían hechas por una inteligencia ajena a aquel mundo, formas que colgaban de estambres delgados pegados en el techo, reflejando fragmentos de sol en el cuartucho.

El cabezal de martillo se le hacía más pesado cada segundo.

El Cerillo se acomodó en la puerta de la derecha moviendo la perilla con cuidado, esta no cedía, alguien le había puesto seguro.

Luego se encargarían de revisar aquella habitación silenciosa, los berridos corajudos que los habían invocado ahí arriba esperaban más adelante.

A la derecha, más adelante otra puerta abierta, esta daba a una suerte de estudio. Las paredes estaban llenas de libros, y en el centro, quedaban algunas pastas de otros que habían sido vaciados, abandonada su piel como caparazones de bichos angostos y torpes.

Junto a esta puerta había otra que daba a un baño del que salía un hedor náuseabundo que, por un momento, arrebató a Irinea del trance horrendo impuesto por los gritos.

Esta vez Roberto se asomó al interior, apenas un vistazo rápido antes de volver la mirada.

-Cubetas con aguas puercas...- Murmuró el muchacho con los ojos llorosos. -Ropa colgada...hay guacareada o cagada en el piso de la regadera.

- Ta bien. - Fue lo único que dijo el Cerillo. Su tono era plano, por un momento Irinea supuso que no había escuchado a Roberto, pero al verlo moverse, lo descubrió avanzando con ademanes extraños, casi fluidos, como de alguien que anda como en sueños.

No era la primera vez que lo veía así, acercándose a la puerta como quien ya sabe qué va a suceder, la mujer lo envidiaba, suponía que el Cerillo tenía una manera de apartarse de la situación, de arrebatarse a otro lado mientras su cuerpo hacía todo de la forma más exacta posible.

Quizás por eso era el lider.

Roberto por su parte, andaba como si nunca hubiera tenido pies, con andar torpe y enyesado, Irinea casi podía escuchar el castañeo de sus dientes mientras tomaba posición junto a la puerta, tras el Cerillo.

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Ella por su parte se sentía a punto de vomitar, una conocida bilis de miedo y asco le requemaban las tripas y algo parecido a una corriente eléctrica le abrasaba la piel por momentos, a veces restallando en su párpado en la forma de un levísimo temblor.

Nada que no hubiera atravesado antes. Nada para lo que no se hubiera preparado.

Trató de recordar los ejercicios de respiración que les habían enseñado durante el período de inducción, cuando aceptaron el traslado de la capital hasta los campamentos de recuperación, agua, comida y espacio habitables asegurados a cambio de tener que enfrentarse a las imaginaciones de Satanás sueltas por la tierra e ir limpiando las ciudades de la Patria un horror a la vez.

Nada le vino a la mente, nada podía habitarla más allá de los gritos.

Irinea se acomodó frente a la puerta, esta vez sí que empuñaba la versión larga de la herramienta, con el asa afilada de la pala apuntando hacia la puerta, se acordó de las imagenes del arcángel san Miguel que solía tener en su casa, de cómo parecía tan apacible mientras clavaba su espada en las carnes de Lucifer.

-¿Lista Irinea?- De nuevo la voz tranquila del Cerillo, apenas un suspiro en aquella orquesta de horrores.

-Sí. -Dijo ella, y se sorprendió de que su boca aún pudiese conjurar algo parecido a un lenguaje.

El Cerillo acercó la mano hasta la perilla de la puerta, la giró despacio y esta cedió con lo que parecía una paciencia casi burlona, como si la puerta misma fuera una presencia maligna burlándose de quienes se atrevían a atravesarla.

La puerta se abría para adentro, tendría que darle una buena patada para hacerla a un lado. Co algo de suerte, la chingadera que se retorcía del otro lado caería por el impacto.

Irinea apretó el asa de la herramienta, lista para lo que fuera que encontrase en el cuarto.

Por un momento, un brevísimo instante, la mujer dejó de percibir, ruido, luz, calor, frío, miedo. Por un breve momento, sólo existían ella y una puerta que estaba a punto de abrirse de golpe.

Y así fue.

La frontera entre ella y el misterio se partió de golpe con un sólo impacto rotundo. Una sensación sorda de algo parecido al calor se extendió por la base de su columna, pero la mujer no la notó.

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El olor fue lo primero en golpearla, la explosión de una atmósfera podrida se le metió por los ojos, empañándole los párpados, engrasando su cabello, ahogando sus fosas nasales, como la explosión de un bidón de gasolina, el hedor se robó todo el oxígeno de la casa e Irinea casi cayó de espaldas al suelo.

Cerró los ojos por instinto, apenas un segundo, pero eso era suficiente para que la figura emborronada y trémula que había logrado percibir entre las lágrimas se acercara hasta ella.

Sin pensarlo, la mujer echó la herramienta hacia adelante para detener el avance de la creatura. Pudo sentir cómo el asa de la pala se clavaba en algo suave, cómo esto resistía brevemente antes de ceder, una nueva oleada de hedores nauseabundos le asaltaron los sentidos, pero esta vez no se echó hacia atrás, con los ojos apenas entreabiertos, la mujer empujó con todas sus fuerzas hasta que los filos aserrados de la herramienta se hallaron su sitio en la carne, el hueso, el músculo, rajando corazón, pulmones, tráquea...

Aún así la cosa gritaba, se debatía con el agarre de la herramienta.

-¡Cerillo! -Exclamó Irinea al sentir que la hoja comenzaba a atravesar el cuerpo podrido de la creatura.

Pasaron uno...dos, tres, cuatro segundos, un crujido espantoso se le escurrió por los canales auditivos cual babosa maligna que buscara un lugar oscuro y cálido para hacer su hogar, un lugar donde Irinea, después no pudiera alcanzarla, arrebatarla, purgarla cuando, de noche, soñara con los chillidos que la acompañaban.

- ¡Cerillo!

Unas siluetas amarillas se movieron en su periferia, escuchó el impacto de los cabezales de martillo, el sonido familiar de fierro sobre hueso.

Una, dos, tres veces, y luego...

Uno, dos golpes sordos.

La fuerza debatiéndose del otro lado del asa de Irinea desapareció, dejando en su lugar el peso fofo del vacío empellejado.

-Ya está.- Escuchó que decía el Cerillo

Irinea soltó el asa, la vista aún obnubilada por lágrimas que se habían transformado ya en un salitroso charco de agua estancada sobre el lago de sus pupilas.

Parpadeó con fuerza, ni loca se llevaría las mangas a la cara, líquidos corporales del humanoide podrían haberle quedado en las mangas y si algo de eso entraba en su sistema...

Sin aquel ruido infernal, la mujer sentía que su cerebro iba recobrando poco a poco la cordura, sintió que volvía a ser ella misma.

-Puta madre, Cerillo. -Escupió una vez sus ojos estuvieron más o menos desempañados. - ¿Qué chingados te pasa?

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Se giró para mirarlo, pero él parecía no haberla escuchado. Parado entre ella y el cadáver del humanoide, inmóvil.

Roberto, por su parte, estaba sentado en el primer escalón dándoles la espalda, su cuerpo terriblemente quieto, la herramienta llena del lodazal que corría por las venas de los humanoides descansaba ennegrecida junto a él.

Irinea, sin decir nada, se incorporó y se acercó junto al capitán de su escuadrón.

Encontró a sus pies los secretos temores que aún guardaban todos ellos, el horror silente que se retorcía en los rincones de su percepción siempre que entraban a una casa, a un cuarto, a una sala, el horror de encontrar, emborronada en la decadencia, la huella de una existencia vivida, el rumor de una memoria olvidada, la sugerencia de algo con nombre.

La tragedia de lo que nunca debió ser, escrita con sangre podrida y grumos de seso desparramados sobre baldosas frías y empolvadas, iluminado todo por un haz de una luz chismosa que reconocía, como si del tacto de un invidente se tratase, el cuerpo diminuto, los brazos enjutos, el cabello empapado de inmundicia, la pijama colorida, salpicada de estrellas, lunas, soles, un cosmos entero que sonreía con dolorosa inocencia a los ejecutores.

***

Nadie habló mucho mientras los rociaban de desinfectante junto a los camiones, mientras el personal de atención se encargaba de eliminar cualquier rastro de muerte que hubiese quedado sobre el uniforme, mientras los preparaban para avanzar a la siguiente casa.

Creyó escuchar a Lupita decir que había otro cuerpo en el cuarto que habían encontrado cerrado, apenas y era un charco de materia sobre una cama queen size. Alguien había puesto una sábana sobre este, escuchó también a su compañera preguntarse cómo es que aquel cadáver había terminado así.

Irinea tenía algunas ideas, pero no quería compartirlas, no quería pensarlas, darle forma de palabra al fin del mundo encerrado en esas cuatro paredes, no, no quería saber más de esa casa, no volteó cuando sacaron la cama con el cadáver derretido para llevarla al pozo, hizo caso omiso mientras llevaban al otro cuerpo dentro de una bolsa demasiado pequeña, hizo caso omiso de los ruidos que aún anidaban en los bordes de su consciente, las sensaciones, los olores, las suposiciones, las teorías...

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Irinea pensaba en ponerse encima su chaleco. Irinea pensaba en poner un pie en frente del otro. Irinea pensaba...se recordaba que tenía que respirar de vez en cuando. Irinea pensaba en el peso de su herramienta, acentuado por el puñal que se clavaba en la base de la columna.

Irinea hacía todo lo posible por no pensar.

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Escrito porDaniel LUn nómada literario que escribe por diversión.
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